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03/03/2008
Jorjón

Cierra Le Pas d’Aspe. El sueño de Jorjón llega a su fin después de cuatro años de irreductible lucha por mantener en pie ese hotelito de Urdos que había simbolizado muchas de las metáforas de este Pirineo. Cierra después de haberlo intentado todo y de haberse enfrentado a todo. La falta de nieve, la crisis, el desconocimiento, las comunicaciones, la frontera sicológica que todavía sigue representando la cordillera… cierra Le Pas d’Aspe y en cierta medida todos cerramos la esperanza de una hermosa utopía que durante cuatro años sólo se alimentó de esa fe desbordante y contagiosa de Jorjón. El cierre de un establecimiento tiene hoy en día en el Pirineo el mismo impacto que producía hace treinta o cuarenta años el abandono de una casa. Hay un inconfundible hedor a éxodo, vacíos y ausencias.
No quiero utilizar la palabra fracaso porque no creo que sea apropiada. Es más; pienso que si alguien no ha fracasado en esta aventura ha sido Jorjón, porque él ha sido el único que dio un paso adelante y se atrevió a embarcarse en una aventura incierta, fue el único capaz de nadar contracorriente en busca de su sueño, el único que tuvo los arrestos necesarios para replantear su vida y explorar nuevos caminos hacia la felicidad. Eso nunca puede ser un fracaso.
El cierre de Le Pas d’Aspe lleva implícitos muchos mensajes. El primero de ellos y el más triste es la constatación de que el modelo de desarrollo en que está inmerso el Pirineo desde hace años es pan para hoy y hambre para mañana. Una advertencia que Jorjón no se ha cansado de manifestar desde hace años. Puede que el cierre de Le Pas pase inadvertido en el Valle de Canfranc, henchido como está de grandes urbanizaciones y megaproyectos, pero en el Aspe va a ser un mazazo. Jorjón trajo aire fresco al deprimido valle francés, su apuesta empresarial fue un mensaje de esperanza que además se digería mejor con buen vino español y buenas tapas. Era un proyecto de empresa pero cargado de un fuerte compromiso pirenaico.
Las gentes de Urdos, Lescun, Bedous, Cette Eygun… todas ellas percibieron en la aventura de ese joven grandullón español un anclaje al futuro. Pero no ha podido ser. Este Pirineo de grandes masificaciones, horizontes urbanizados y turismo convencional no está preparado todavía para nuevas vías de desarrollo basadas en modelos más racionales, prudentes y equilibrados como el que representaba Le Pas d’Aspe. Ya lo decía Cela en su "Viaje al Pirineo de Lérida" en 1964: "Los turistas probablemente, son especie gregaria y muy asna que se conforma con lo que se le da (aunque no venga a cuento lo que se le dé)". Jorjón, que es montañés, de Canfranc, sabe bien que la mayor derrota es la resignación y en esta tierra nos hemos acostumbrado a resignarnos demasiadas veces.
Ahora te vas a Zaragoza y me alegro por ti porque sé que tus nuevos proyectos ayudarán a enterrar los viejos y, además, te van a conservar intacto tu entusiasmo natural. Pero siempre que un habitante del Pirineo aragonés tiene que irse a vivir a la capital, deja una estela de melancolía en los que se quedan. Es una historia que se repite, que se viene repitiendo desde hace medio siglo.
04/03/2008
What's going on

Me gusta recrearme con el hecho de que nací el mismo año en que Marvin Gaye publicó “What’s going on”; 1971. Será una veleidad adolescente pero me divierte fomentar esta casualidad y pensar que mientras yo pedaleaba en el útero de mi madre un tipo estaba a punto de cambiar el curso de la historia de la música en el lejano Detroit.
Para muchos, entre los que me encuentro, éste es uno de los mejores discos de todos los tiempos e incluso sería capaz de aseverar según qué días que indiscutiblemente es el mejor. No sólo por su valor musical sino por su repercusión en todo lo que vendría después.
“What’s going on” sigue siendo hoy uno de los discos más influyentes y analizados de toda la historia, un álbum conceptual que transformó para siempre la vida de su autor y marcó una gruesa línea entre su pasado almibarado y su futuro comprometido y combativo.
Marvin Gaye llevaba varios años triunfando como uno de los valores más seguros y rentables de la mítica Tamla Motown, dirigida por el ambicioso Berry Gordy, un personaje de fino olfato y certeras intuiciones. Gaye aspiraba a rivalizar con Sinatra o Nat King Cole pero se quedó en representante de una generación que suspiraba con sus inolvidables y fogosos duetos románticos que sublimaban su imagen de soulman; Mary Wells, Kim Weston y, sobre todo, Tammi Terrel, con quien firmaría el hermoso “Ain’t No Mountain High Enough”.
Pero mientras la factoría de Gordy producía decenas de singles que inundaban los primeros puestos de las listas de discos, en Estados Unidos estaban pasando muchas cosas. El país estaba inmerso en la guerra de Vietnam, Nixon gobernaba en Washington, los derechos civiles movilizaban a la población de color, las drogas causaban estragos en el otoño de la revolución hippie y el deterioro ambiental comenzaba a levantar conciencias. Estados Unidos había perdido la inocencia definitivamente y el soul vitamínico de letras intrascendentes de la Tamla era un duro contraste.
Marvin Gaye, un personaje marcado por una dura infancia –su padre lo educó con mano de hierro-, y eternamente insatisfecho sintió que se agotaba el producto musical que representó con solvencia durante los 60 y comenzó a explorar nuevos trayectos. Envuelto en brumas y cerca del abismo artístico, Gaye se lanzó a trabajar en el que sería el primer álbum sobre el que tendría un control absoluto.
Abandonó el discurso estilístico de la Motown y se adentró en las alcantarillas de una sociedad que tenía serios problemas. Así nació un disco íntimo que era fiel reflejo del signo de los tiempos: política, esclavitud, guerra drogas… con “What’s going on” el soul dejó atrás la plácida adolescencia y maduró de la noche a la mañana. Fue el primer disco conceptual que abordó sin complejos las miserias de una sociedad convulsa y desconcertada.
Tal fue el impacto en la factoría de Detroit que Berry Gordy se negó a editar el LP porque lo consideraba excesivamente político y escasamente comercial. Probalemente le preocupaba más la segunda razón. Pero Gaye se hizo fuerte y se negó a aceptar cualquier condición que limitara su caudal creativo. Gordy aceptó que se publicara como anticipo el single “What’s going on”. Fue uno de los mayores éxitos comerciales de la historia de la compañía.
El LP vio la luz en abril de 1971. Producido por el propio Gaye, sus maravillosas orquestaciones, la sensual cadencia de sus ritmos, los lujosos saxos y la voz en plena madurez de Marvin lo convirtieron de inmediato en un acontecimiento musical. Nada volvería a ser igual. Stevie Wonder, Curtis Mayfield, Michael Jackson, Prince… todos son hijos de “What’s going on”.
37 años después Estados Unidos tiene otra guerra y un negro aspira a ser presidente del país.
“Padre, padre, no necesitamos ascender. Verás que la guerra no es la respuesta. Sólo el amor puede conquistar el odio. Sabes que tenemos que encontrar una manera para atraer el amor hoy. Piquetes y pancartas, no me castigues papa con brutalidad, ven, háblame para que tú veas lo que está pasando”.
What’s going on
06/03/2008
Misiones Pedagógicas

He leído estos días un hermoso libro. Se trata del catálogo de la exposición sobre las Misiones Pedagógicas desarrolladas durante la Segunda República, que organizó en Madrid hace algo más de un año la Fundación Francisco Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza. El libro-catálogo está editado primorosamente con un cuidado diseño y una valiosa aportación fotográfica que da buena cuenta de lo que fue aquella formidable experiencia. Es un libro que emociona en la misma medida que entristece. Una tristeza inevitable por el conocido final de la historia.
Las Misiones Pedagógicas fue el proyecto regenerador y educativo promovido por el gobierno republicano para intentar acabar con la proverbial incultura de las zonas rurales del país. Un España mísera y abandonada que había detenido el reloj del progreso en el siglo XIX; “esa pobre España que bosteza, con hambre, sueño y frío, porque tiene estómago vacío, vacío el corazón y la cabeza”, en los versos de Machado.
Durante casi todo el periodo republicano (1931-1936) un amplio grupo de profesores, actores, artistas, escritores y pintores recorrieron los pueblos más recónditos del país para llevar brotes de cultura a donde no solía llegar ni la luz eléctrica ni el agua. Como mercaderes ambulantes, transportaron su mercancía imperecedera por caminos de herradura e inhóspitos parajes. No sabían lo que se iban a encontrar en cada aldea, desconocían la reacción de unas gentes que nunca habían tocado un libro ni tenían constancia de la existencia de un maravilloso invento llamado cine.
La iniciativa del gobierno republicano estaba inspirada en un viejo proyecto del pedagogo Manuel Bartolomé Cossio, alumno de Giner de los Ríos en los primeros años de la Institución Libre de Enseñanza, y años después miembro de su claustro de profesores. Dentro del debate instalado en una parte de la sociedad española de la época sobre la necesidad de solucionar los males endémicos del mundo rural, Cossio defendía el derecho de los habitantes de esa España marginada a una formación similar a la de los ciudadanos de las grandes urbes, que les permitiera participar en la cultura universal.
Así se creó el Patronato de Misiones Pedagógicas un mes después de proclamarse la República, sobre las bases del proyecto madurado durante décadas por Cossio. Éste se fundamentaba en la creación de bibliotecas y la exposición itinerante de reproducciones de los cuadros más importantes del Museo del Prado, la proyección de películas, el servicio de música y coros del pueblo y las representaciones teatrales. Es decir; casi todas las manifestaciones artísticas iban a integrarse en el ambicioso programa educativo.
Es interesante y en ocasiones descorazonador rescatar los debates políticos de la época. Las Misiones Pedagógicas encontraron la indiferencia y el escepticismo de los partidos derechistas, que desconfiaban de los resultados de la experiencia y mostraban abiertamente sus dudas sobre el interés real de la España rural por ser culturizada. ¿Pero eso sirve para algo? Se preguntaban constantemente. En palabras de Ramón Gaya, “Cossio no quería que sirviera para nada concreto, sólo quería que existiera, quería regalar eso de una manera desinteresada”.
Las fotos del libro editado por la Fundación Giner de los Ríos resuelven la duda. Los rostros de asombro y sorpresa, de inmensa felicidad y desconcierto, de interés y desconfianza… esos rostros absortos confirman que el proyecto de Cossio mereció la pena. Fue un intento honesto y real, un gesto de inteligencia que pretendía acabar con siglos de injusticia social y dar forma a la “España del cincel y de la maza”, recordando nuevamente a Machado.
Las Misiones Pedagógicas de la Segunda República reunieron a la mejor generación de maestros e intelectuales que dio España durante el pasado siglo. María Zambrano, Luis Cernuda, Miguel Hernández, Ramón Gaya, Alejandro Casona, José Val del Omar… Decía María Zambrano que “la inteligencia no funciona incondicionalmente, sino sobre las circunstancias sociales, políticas y económicas en las que se mueve”. Y eso era precisamente lo que querían cambiar; el destino marcado de cientos de miles de españoles pertenecientes al submundo del campo.
Muchos de los “misioneros culturales” fueron fusilados en la Guerra Civil, otros huyeron fuera de España y una gran parte sufrió un silencioso y abyecto exilio interior. El franquismo borró de un plumazo la obra de las Misiones. Volvía “esa España inferior que ora y bosteza”.
“Muchos de los hombres y, desde luego, casi todas las mujeres y los niños no habían salido jamás de este lugar. Vimos chiquillos que primero huyeron y luego corrían tras de nosotros asombrados y llenos de júbilo. Las mujeres vestían de negro; las niñas de diez o doce años tenían el aspecto de mujeres minúsculas con sus faldas largas hasta los pies, que recogían al correr. Los niños eran tristes y temerosos y la mayor parte de ellos no cesaba de toser mientras nos contemplaban. Tratábamos de acercarnos a los grupos de hombres y mujeres que, aun convencidos de nuestro carácter pacífico, se resistían, sin embargo, a entrar en relación con nosotros”.
08/03/2008
Quién

Otro muerto sobre la mesa, un muerto en las horas previas a unas elecciones democráticas. Un muerto inútil ¿algún muerto es útil? Es evidente que para algunos sí. De nuevo una familia destrozada. ¿cómo se puede explicar el asesinato de un trabajador? ¿Cómo se puede explicar que ha sido asesinado por sus ideas? ¿Cómo se puede explicar que un vasco ha asesinado a otro vasco? ¿quién es más vasco? ¿cómo se puede explicar que alguien en lo más brumoso de su pensamiento considera necesaria esta muerte? ¿qué habrá pensado el asesino al ver los ojos de su víctima? ¿habrá pensado algo? ¿qué idea de país justifica un solo asesinato? ¿qué país puede soportar un segundo más esta ignominia? ¿qué clase política puede seguir dándonos clases de moral? ¿qué político puede alegrarse por una muerte? ¿qué político pesa los muertos con votos? ¿qué ciudadano puede alegrarse por una muerte? ¿qué ciudadano puede asistir indiferente a una muerte? ¿qué ciudadano puede permanecer impasible? ¿quién no habrá llorado al conocer la noticia? ¿quién seguirá esperando nuevas muertes? ¿qué derecho histórico justifica una sola muerte? ¿de quién son los derechos históricos? ¿quién será el próximo? ¿qué ciudadano puede estar feliz hoy?
10/03/2008
Xavi Brescó

En Casa Escolá siempre se había hecho chocolate. Así al menos se lo repetían los más viejos del lugar a Francisco Brescó, propietario de la tienda de ultramarinos de la calle Mayor de Benabarre.
El suyo era el colmado de toda la vida, una especie del medio rural en peligro de extinción, en el que se vendía desde pan hasta la última urgencia cotidiana. En la memoria del pueblo todavía flotaba el aroma difuso a chocolate negro, como incierta huella de un pasado no demasiado remoto.
Y resultó ser cierto. En 1985 Francisco Brescó descubrió en el altillo de la casa los viejos manuscritos del abuelo con las recetas de la elaboración del chocolate y los instrumentos con los que se hacía. Los viejos del pueblo tenían razón.
Aquél hallazgo tenía la forma de una herencia tardía. El abuelo había fabricado chocolate hasta que su muerte en 1936 truncó una tradición que, parece ser, se remontaba hasta 1830. Demasiado peso familiar para obviarlo.
El chocolate pasó a ser otra vez el alma de la economía de Casa Escolá. Francisco Brescó falleció en un desgraciado accidente en 2003 y su hijo Xavi, que estudiaba en el seminario de Barbastro, decidió colgar los libros para continuar con la tradición familiar. “Yo trabajaba con mi padre en verano y en vacaciones. Recordaba de niño que él había empezado a trabajar con el chocolate y que pasaba horas en el obrador. Yo me fijaba en cómo lo hacía y con esos recuerdos comencé a fabricarlo yo. Alguna vez se me quemó pero he progresado”.
Xavi ha madurado con rapidez. Con quince años apartó las inquietudes de un adolescente y se puso al frente de una empresa familiar que crecía gracias al chocolate de piedra, elaborado casi con los mismos métodos rudimentarios que utilizaba el bisabuelo. “No han cambiado muchas cosas. Evidentemente hemos incorporado máquinas que nos permiten producir más cantidad para responder a la gran demanda que tenemos, pero modernizarse mucho supone perder el sello de artesano y es llevar también la herencia de mis antepasados a la nada”.
Ha recibido clases del gran pastelero catalán Lluis Morera, que trabajó muchos años en la prestigiosa marca Valor. “Él me está formando para dar el salto de calidad que pretendemos, sin perder nuestra esencia”. Y sobre esa delgada línea han construido un sello propio apoyado en una amplia gama de productos que abarca desde el chocolate negro clásico (50% de cacaco) hasta el novedoso chocolate con frutas del bosque o naranja, los bombones de coca-cola y los que llevan maíz salado. “Tenemos más de cien tipos de bombones y chocolates de todo tipo. Tenemos puntos de distribución en todo el Pirineo oscense y catalán, en algunos puntos del país y en Japón, Alemania e Inglaterra”.
Hace cuatro años abrieron una nueva nave al pie de la carretera N-230 en la que trabajan siete personas. “Con los embutidos y los quesos somos los tres pilares de la economía local. Yo siempre tuve muy claro que tenía que continuar con esto por mi familia y también por Benabarre, porque nuestro chocolate trae turismo y se nos conoce fuera. Soy feliz aquí, soy montañés y aragonés hasta la médula, sólo hace falta que nos den oportunidades para quedarnos aquí. Yo la he tenido”.
La foto es de Jacques Valat y pertenece a la exposición "El rostro del Pirineo" de la Diputación Provincial de Huesca
11/03/2008
El roto
Cuando la democracia es un combate.Eminencias (2)

Los que hemos estudiado en colegio de curas sabemos que, al igual que en las películas policiacas de Serie B, siempre está el cura bueno y el cura malo. Pero conviene no confundirse. Hay polis que por exigencias del guión son tipos verdaderamente honestos y entregados a su profesión, convencidos de que han nacido para servir al prójimo con entera dedicación. Buenos padres de familia y mejores profesionales. Alguno pensará que policía bueno es un oximón, una falsa apariencia, pero como decía antes, son exigencias del guión y ahí reside su pureza.
Sin embargo el cura bueno es una especie más difícil de catalogar. Los que hemos estudiado en colegio de curas sabemos que al cura malo se le veía venir; primero porque la fama le precedía y en segundo lugar porque no hacía absolutamente nada contradictorio con su leyenda. Si era un cabrón, lo era desde que se levantaba hasta que se acostaba.
El cura bueno era peor. Solía utilizar tu mismo lenguaje, manejaba sutiles pero muy efectivas tácticas de acercamiento y penetración en el grupo, muchas veces jugaba contigo a fútbol o baloncesto y en el colmo del buen rollo ejercía en ocasiones de confidente de la tropa de imberbes. Cuando tú bajabas la guardia convencido de que era uno de los tuyos, cuando el instinto de supervivencia flaqueaba... ¡zas! Surgía el verdadero rostro del cura bueno, que era tan fiero como el del cura malo. Es decir; que te daba las mismas hostias con el agravante de que no te las esperabas. Casi siempre eran por detrás, para despistar, entre la colleja y la oreja, en ese territorio habituado a grandes batallas y grandes derrotas, objeto de todos los fracasos y todos los mamporros. Y siempre con la mano abierta.
Venía a cuento este devaneo nostálgico tipo “historias de la puta mili” porque el individuo de la foto de arriba es, sin duda, el rostro del cura malo malísimo, ese que imponía un permanente estado de terror allá por donde pisaba. Miro la foto una y otra vez y siento un permanente “Deja Vu”. La diferencia es que aquellos curas de nuestra infancia, como mucho, nos dieron un inagotable arsenal memorístico para aburrir a nuestros nietos y la conciencia del sistema pedagógico que abominamos.
El de la foto, sin embargo, tiene más poder y, por lo tanto más peligro. Antonio María Rouco Varela, Tucho para los amigos, ha vuelto a ser elegido jefe de los obispos españoles, si es que alguna vez había dejado de serlo. Es el jefe de esa iglesia reaccionaria y carpetovetónica que financia una emisora de radio donde se dicen cosas tan tremendas como que la victoria de Zapatero del domingo es como la de Hitler en 1933. O donde se acusa a Pilar Manjón de haber fingido las lágrimas y haber hecho teatro en su comparecencia ante la Comisión de Investigación del 11 M.
Es la misma iglesia que no ha tenido pudor alguno en pedir el voto al PP en las últimas elecciones. Que ha alimentado en homilías y cartas pastorales la teoría de la conspiración en los atentados de Atocha y ha abierto un enfrentamiento directo contra el gobierno democrático español al sentirse ultrajada por las medidas sociales y de igualdad aplicadas en estos últimos cuatro años. La misma iglesia que se encolerizó con la Ley de Memoria Histórica y al día siguiente beatificó a más de 500 curas muertos en el bando nacional durante la Guerra Civil.
Una iglesia que no difiere mucho de aquella que en 1937 escribió una carta colectiva de apoyo al golpe de estado de Franco en la que decía que “fue el poder Ejecutivo del Estado con sus prácticas de gobierno, el que se empeñó en torcer bruscamente la ruta de nuestra historia en un sentido totalmente contrario a la naturaleza y exigencias del espíritu nacional, y especialmente opuesto al sentido religioso predominante en el país”. ¿Les suena? Insisto, esto fue escrito en 1937, aunque nos parezca que lo escuchamos ayer en la emisora de la Conferencia Episcopal.
El teólogo Juan José Tamayo escribía recientemente que el estado tiene un problema pendiente con la religión; con la católica fundamentalmente. Al margen de proponer tres medidas para resolver esta situación insólita en cualquier país occidental (supresión de la financiación de la iglesia, nueva Ley de Libertad de Conciencia y Libertad Religiosa y un estatuto de laicidad), denunciaba con razón la actitud de nuestros políticos. “No dice mucho a favor de la laicidad del Estado la reiterada presencia de representantes de las distintas instituciones públicas en ceremonias religiosas de profundo significado simbólico como procesiones, funerales católicos llamados de “Estado”, elevación de obispos españoles al cardenalato, canonizaciones, beatificaciones, etc. Esa presencia choca con la no menos reiterada ausencia de autoridades políticas del mismo rango en otras confesiones religiosas”.
Ahora que se acerca la Semana Santa vamos a volver a asistir a ese ritual que, para sorpresa de muchos, ya nadie cuestiona, ni siquiera la mayoría de nuestros amigos que consideramos de izquierdas. “Es la costumbre” me suelen decir. Hay que joderse. Valle Inclán decía al respecto que en cuestiones religiosas España es un país tercermundista. También el escritor Adolfo García recordaba con tino hace unos días que la iglesia católica y el islam “viejos enemigos mutuos a sangre y fuego, están íntimamente unidos hasta el punto de coincidir en lo más paradigmático de su esencia común: la manipulación de la verdad, y con ello la manipulación de las vidas y los derechos de las personas, evitando su progreso hacia la libertad y legislando el hechizo inmovilista del origen”.
Cuando Rouco Varela dice que las políticas de progreso tienden hacia el relativismo y el fin de la democracia, cuando suelta los fantasmas del Apocalipsis a pasear, cuando denuncia que la asignatura de Educación para la Ciudadanía manipula conciencias, cuando defiende exclusivamente su modelo tradicional de familia, cuando niega los derechos de los homosexuales... cada vez que dice una estupidez de este calibre la iglesia refuerza su posición en la retaguardia de la sociedad, donde siempre estuvo y donde más cómoda se encuentra. Es el momento de que la sociedad coja distancia y escape de su alargada sombra.
12/03/2008
Fago

A Fago le han estigmatizado para siempre. La repugnante serie que emite la televisión pública desde el pasado lunes ha vinculado definitivamente el nombre de la localidad pirenaica con las más tenebrosas pulsiones humanas. Una versión moderna del clásico Fuenteovejuna pero sin el matiz heroico y de justicia social de la obra de Lope de Vega. En este Fago televisivo todo huele a espectáculo inmoral. Sus responsables se desentienden de la polémica y aseguran que han querido hacer una historia de ficción a partir de un suceso real, lo que los ingleses llaman “faction”. Sólo les ha faltado decir que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia y que los protagonistas son personajes creados por la imaginación del director.
Detrás de este esperpento está el periodista Melchor Miralles, todo un experto en construir conjuras imposibles y escándalos mediáticos al abrigo de su padrino profesional; Pedro J. Ramírez. Por lo tanto, el resultado de este despropósito está en la línea de su conocidísima trayectoria profesional. Sus últimos y más llamativos capítulos se pueden encontrar en la serie por entregas que el diario El Mundo nos ofreció hace unos meses sobre los atentados del 11 M. En ella se disparaba munición sin discreción para intentar argumentar la insólita teoría según la cual, ETA, el PSOE, el gobierno de Marruecos, la Policía, un puñado de confidentes, seguramente el mismísimo Bin Laden y el Atlhetic de Bilbao se habían puesto de acuerdo para hacer los atentados con el fin de echar del poder al PP.
De esta esquizofrenia periodística nacían perlas como la famosa cinta de la Orquesta Mondragón, transformada de repente en una credencial de la cooperativa vasca, que desde hace años se empeñan en vincular con ETA desde los medios más conservadores de Madrid. Cosas como ésta son fruto de esas investigaciones periodísticas tan al gusto de Miralles, siempre a marchamartillo caiga quien caiga.
Pues este Fago televisivo es primo hermano de los productos de la factoría Miralles. Se cogen cuatro datos verídicos, se revuelven con cuatro certezas de cosecha propia, se eliminan algunas verdades incomodas y todo se agita para que parezca lo que tiene que parecer. Mejor dicho; lo que nos interesa que parezca. El morbo ante todo.
Que existía y existe un conflicto entre los vecinos de Fago es una evidencia. Que supuestamente uno de esos vecinos asesinó al alcalde parece otra evidencia. Que el alcalde tenía problemas con parte del pueblo es otra prueba. Que lo que pasaba en Fago es la historia eterna de desencuentros en el endogámico mundo rural es algo que sabe todo el que tiene relación con cualquier pueblo de este país. Pero nada de eso tiene que ver con el planteamiento tendencioso de la serie, teledirigido desde la primera escena para contextualizar el asesinato y, de paso, implicar implícitamente a la mitad del pueblo en su ejecución.
La serie televisiva es un insulto a la inteligencia y un mediocre trabajo profesional. Actores de registro plano, biotipos convenientemente enfatizados, lugares comunes y un mejunje de hechos verídicos y otros completamente falsos componen este bodrio infame producido a mayor gloria del share. La escena final de la pelea entre los dos bloques en mitad de la plaza es sencillamente una desfachatez. Nunca ocurrió pero los cerca de cuatro millones de espectadores que la vieron difícilmente podrán desligarse ya de una idea que sobrevuela toda la serie: en el Pirineo hay pueblos en los que mejor no acercarse.
17/03/2008
Mallos

Inmensos y solitarios, los mallos singularizan el paisaje de las sierras exteriores del Pirineo central. No pertenecen al perfil grandioso de la cordillera axial pero rivalizan en espectacularidad y asombro. Riglos, Agüero, Vadiello... grandes torres de conglomerado surgidas de la nada, ancladas como barcos varados en medio de paisajes que no están a la altura de las circunstancias de la naturaleza. Los mallos, topónimo aragonés derivado del latín malleus “mazo”, son grandes escarpes rocosos de rotunda verticalidad, adosados en la ladera de una montaña. Nacieron en la era terciaria de un antiguo cono de deyección constituido por una masa de conglomerados que se depositaron en el borde externo de la cordillera pirenaica. Estos deshechos adquirieron vida propia y se transformaron en sugerentes y altivas formaciones graníticas tan salvajemente bellas que se instalaron en el imaginario popular como obra de seres malignos. Sólo una mente diabólica podía ser capaz de tamaño reto a la madre naturaleza.
Y así durante la oscura Edad Media los mallos, principalmente los de Riglos y Agüero, fueron habitados por seres malignos que protegían las formaciones rocosas y sus privilegiadas perspectivas. En este tiempo Riglos fue el efímero Reino de los Mallos, cuando a su muerte Pedro I dejó en herencia a su esposa Doña Berta Cruz, el único paisaje que podía compararse a su belleza y dignidad. Poco después Alfonso I el Batallador recuperó los territorios para el Reino de Aragón y rompió con su espada aquel sueño de amor.
En esos riscos imposibles Pedro el Saltamontes labró su leyenda de saltador prodigioso y atleta memorable. Una vez apostó con los vecinos que podía saltar desde el Pisón, el mallo más alto de Riglos, al suelo sin sufrir daño alguno. Sólo puso como condición que los espectadores se alejaran del lugar de caída “para verle mejor”. Nada más saltar corrió con su mujer y el dinero de la apuesta en dirección contraria y nunca más se supo de él. Los mallos mantienen intacta la magia que azuza retos humanos y nuevas conquistas. Paraíso de sueños montañeros y buitres que realzan con su sereno vuelo la altivez y majestuosidad de una verticalidad natural sobrecogedora.
18/03/2008
Fago (2)

Después de ver el segundo capítulo de la serie televisiva “Fago” me escandaliza todavía más que la justicia no encuentre razones para retirarla. Las apelaciones al derecho a la libertad de expresión y un supuesto vacío legal han permitido la emisión de una nueva entrega que supera en desfachatez a la anterior. Ese vacío legal más bien parece un agujero negro por el que se escapa el sentido común y la decencia. La justicia tiene estas cosas. A veces no admite como prueba una grabación que deja en evidencia el delito, y en otras como ésta considera irrelevante el riesgo de intoxicación del tribunal popular que juzgará al supuesto autor del asesinato del alcalde de Fago.
¿Cómo es posible? A los que vivimos en estos valles nos resulta terriblemente familiar todo lo que vemos en esta serie. Demasiados lugares comunes y demasiada información que ahora aparece tergiversada o sesgada. Por eso nuestra indignación es mayor. Los que en algún momento de nuestra vida nos hemos cruzado con Miguel Grima sabemos que era una persona complicada pero nos vemos incapaces de juzgar todos los conflictos que protagonizó con algunos habitantes de Fago. Yo, al menos, carezco de la información suficiente para tener una opinión formada. Todos se hacían lenguas de lo que pasaba pero los comentarios no tenían otra categoría que la del rumor.
Sin embargo, la serie ha diluido cualquier posibilidad de imparcialidad. Sus responsables se han decantado claramente por el espectáculo irresponsable y han construido una enloquecida parodia de la realidad de la que sale trasquilado el propio muerto. Parece ser que había dos bandos claramente definidos en el pueblo; los que defendían al alcalde y los que le odiaban a muerte. Pero en la serie sólo encontramos las razones de los segundos. Sabemos que la mayoría del pueblo le apoyaba y le votaba en las elecciones, pero en “Fago” este dato es simplemente un detalle menor. El retrato que se dibuja del edil ofrece los trazos inconfundibles de un déspota rural, un trasunto actualizado del viejo cacique de la Restauración.
Este Grima televisivo está construido para ser odiado, para manipular desde el primer fotograma la conciencia todavía virgen de los espectadores. No hay contrapeso. Lo he podido comprobar con mis suegros. Ellos, que viven habitualmente fuera de España y desconocían lo ocurrido, se han formado inevitablemente una idea distorsionada del alcalde asesinado. Sus fuentes sólo son las televisivas y estas sólo escupen agua en una dirección. En un momento del capítulo el policía científico que dirige los interrogatorios espeta: “tengo la sensación de estar juzgando al muerto en vez de buscar a su asesino”. Aterradora clarividencia.
Dice Melchor Miralles que la serie se ha basado escrupulosamente en el sumario del caso y en las declaraciones de los vecinos de Fago. Mentira. Si fuera así, el resultado de este producto televisivo sería otro. Pero es la marca de la casa. Ya se sabe que en la factoría de Miralles se aplica aquél viejo axioma periodístico de que una verdad no te puede quitar una gran noticia. Aquí la verdad sería la justicia pero los productores optan por inflar a quienes se la toman por su cuenta. Luego lo decoran con la salmodia habitual del periodismo corporativo sobre el derecho a la libertad de expresión, y se acabó el debate.
“Fago” es una serie muy mala y muy cutre. Los actores sobreactúan, el guión es pésimo, las situaciones improvisadas, los personajes no se los traga nadie… pero todo esto pasa desapercibido ante la dimensión de su inmoralidad conceptual. La mano de Miralles es muy alargada y alcanza hasta a algunos de los protagonistas; esos vascos de inconfundible estética abertzale y patriotismo fingido que el productor pagaría por que pertenecieran a un comando etarra. Entonces “Fago” ya sería la hostia.
“Fago” fue visto en la noche del lunes por 4.766.00 millones de espectadores, un millón más que en el primer capítulo.
21/03/2008
El retrato del fin

El escritor y reportero Joseph Kessel y el fotógrafo Jean Moral viajaron a España en el otoño de 1938 para cubrir para Paris Match y Paris-Soir los últimos meses de la Guerra Civil. Ciertamente no fueron conscientes hasta pisar suelo español de que lo que iban a encontrar era el estertor de la contienda, el derrumbe de la esperanza republicana y el final de la resistencia heróica de Barcelona, Valencia y Madrid. Su decepción fue mayúscula. No llegaron a tiempo de recoger la épica de la batalla ni el entusiasmo de los primeros meses. Nada de esos quedaba ya en un país destrozado y a punto de ser sometido por completo a la bota del franquismo.
El periodista de Le Monde, Michel Lefebvre, hijo de un republicano español, ha reunido en un libro de hermosa factura todas las crónicas publicadas por Kessel y las fotos de Moral que ilustraron sus reportajes. ("Kessel-Moral. Dos reporteros en la Guerra Civil Española". Inédita Editores). Es la imagen de la rendición, de la derrota de un pueblo que lleva dos años resistiendo lo inevitable. En su mayoría son imágenes que apenas se han difundido porque carecen seguramente del misticismo romántico de las de Capa, Alix, Centelles o Taro. A nadie la interesaba el fracaso, y a esas alturas no había otra cosa en el rostro de los españoles y en el paisaje de sus frustraciones. No hay ni una sola gota de idealismo ni de utopía, el edificio sobre el que se construyó el sueño de la revolución se había desmoronado estrepitosamente.
Pero llama la atención sobremanera la atmósfera de normalidad en medio del caos, la naturalidad con la que los madrileños y barceloneses esperaban el desenlace final. Su dignidad estremeció a los dos reporteros franceses. Las bombas caían constantemente pero los bares, restaurantes y teatros seguían abiertos, fieles a su cita diaria. “Los refugios están atestados –escribe Kessel-, de gente que duerme bajo la asfixiante protección de la oscuridad, mientras en los teatros se actúa a la luz de los quinqués. En los clubes nocturnos, bajo la titilante llama de los quinqués de petróleo, obreros, soldados y policías hacen bailar a las chicas en medio de un coro de risas y gritos que salen de bocas invisibles”.
Los españoles se morían de hambre pero cuenta el reportero que nunca nadie le pidió ni un mendrugo de pan. “El hambre de cigarrillos, el único confesable, obsesiona a hombres y mujeres por igual. Hasta he llegado a ver a hombres decentes seguirme por la calle para recoger del suelo mis colillas” afirma en una de sus crónicas. En otra de ellas se pregunta: “¿ cuál fue ese gobierno que, derrota tras derrota, logró poner en pie un ejército y mantener durante un año a la población civil en un estado de hambruna prácticamente crónica?”. Los reportajes de Kessel y Moral hablan del fracaso y, sobre todo, de la dignidad de un pueblo. La esperanza traicionera se ha esfumado pero se sigue cultivando un orgullo que bien podría confundirse con un mero instinto de supervivencia; un resorte natural que se activa cuando el ser humano contempla a la vuelta de la esquina el final.
Es eso lo que se desprende de las crónicas de los periodistas franceses. Quizá un brote de inconsciencia en un momento en el que ya nada importa, salvo el deseo de mantenerse en pie cueste lo que cueste. En un artículo publicado en noviembre del 38 en Barcelona recoge el testimonio de una mujer que le confiesa preferir el hambre y la muerte a la derrota. Escribe también de las costumbres inalteradas, de esos banquetes en el antiguo hotel Ritz en los que ahora el único manjar es un plato de lentejas duras como la piedra. Pero incluso en torno a ese plato putrefacto los madrileños se visten con sus mejores galas para engañar a la realidad. O ese cura que pide una oración en mitad de la misa por “los que van a morir” tras oír las sirenas que anuncian nuevos bombardeos. La normalidad de la tragedia impacta en cada texto.
Kessel volvió a Madrid con su hermano en febrero de 1939, cuando todo el mundo huía del país, cuando Barcelona ya había caído y la única esperanza era escapar. Lo que encontró es sobrecogedor: “Los dados están echados pero una parte importante de la población aún lo ignora, y agotada, se deja mecer por la calidez primaveral mientras los que saben temen represalias y otros, irreductibles, intentan aún desesperadamente inclinar hacia el otro lado la balanza del destino”. En tres meses la probabilidad de empeorar se ha cumplido. “El pasado noviembre a pesar de la hambruna y de los bombardeos, sus habitantes desprendían una alegría y una fuerza que ahora no se ve en ninguna parte”.
El final ya se conoce. Como dijo Gil de Biedma, la historia de España siempre acaba mal. Y los dos reporteros franceses llegaron a tiempo para testificar el final de un sueño de libertad que apenas duró cinco años. “Vaya y repita en Francia lo que acaba de oír” le dice un amigo republicano a Kessel, en un tono conminatorio que suena a súplica para suavizar las seguras represalias. El mismo tono utilizado por Azaña cuando pidió paz, piedad y perdón a los sublevados en su discurso de 1938. Nada de eso hubo.
24/03/2008
Los años convulsos
Por fin hemos metido en imprenta el último libro de nuestra editorial (Pirineum). "Los años convulsos", del historiador Juan José Oña. Ha sido un proceso largo, largo, largo, que comenzó allá por el año 2004. Hubo un momento en este tiempo en el que desistimos de su edición porque los problemas que se nos presentaban parecían irresolubles. Pero se solucionaron. Y el día 12 de abril lo presentaremos en Jaca, el 18 en Huesca y el 16 de mayo en Zaragoza. (Os iré informando con detalle de estas presentaciones). De momento os anticipo la hermosa portada y la sinopsis de la contra. Se trata de un libro sobre la sublevación de Jaca a partir del hallazgo de un valioso material del fotógrafo Alfonso, uno de los mejores reporteros gráficos de la historia del periodismo español. En torno a este relevante suceso hemos trazado un viaje visual por la historia de España entre 1923 y 1936, un periodo convulso, sin duda, que explica muchas de las cosas que hoy ocurren en nuestro país. Las fotos de Alfonso nos permiten ese viaje por el retrovisor de la historia. Espero que os guste.
"Los años convulsos” es un viaje por la España del primer tercio del siglo XX a través de la lente del genial fotógrafo Alfonso. Se trata de uno de los periodos más agitados, apasionantes y trágicos de nuestra historia que desembocó en la Guerra Civil y en la posterior dictadura franquista. El libro gira en torno a un eje: la sublevación republicana protagonizada por los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández el 12 de diciembre de 1930 en Jaca. Para el autor, la causa de esta insurrección fue el declive irreversible de la Monarquía de Alfonso XIII; la proclamación de la Segunda República mediante unas elecciones democráticas cuatro meses después, su consecuencia directa.El volumen es el resultado de la exhaustiva investigación en los fondos del fotógrafo madrileño Alfonso sobre los sucesos de Jaca, que cubrió como reportero para los diarios El Sol y La Voz. La recuperación de un valioso material inédito de aquellas históricas jornadas ha dado pie a este libro que proyecta desde el ámbito local una perspectiva general de lo que fue España entre 1923 y 1936. Alfonso Sánchez, uno de los periodistas gráficos más importantes del periodismo español de la época, y sus hijos Alfonsito, Luis y Pepe, estuvieron presentes en buena parte de los acontecimientos políticos, sociales y culturales más relevantes de aquellos años. A través de sus fantásticas imágenes –muchas de ellas sobradamente conocidas– el libro sigue el curso de la historia española y rescata la esencia de un tiempo de convulsión y de esperanzas.
26/03/2008
Nueva York

Nueva York. ¿qué se puede decir original de Nueva York? Absolutamente nada. Es la ciudad de los lugares comunes. Todas las ciudades tienen sus lugares comunes repetidos hasta el vómito por sus visitantes, pero en Nueva York la cosa es hilarante. Lo normal es contar a tu regreso que Nueva York es una ciudad que resulta tremendamente familiar, que todas sus avenidas, sus plazas, sus restaurantes, sus edificios y sus parques parece que ya los hayas visto mil veces. Esta es la primera tontería que solemos decir al regresar de Nueva York.
El escritor irlandés Brendan Behan iba más allá y aseguraba que cualquier persona que vuelve a casa después de estar en Nueva York encontrará bastante oscuro su lugar de origen. Esto no es una tontería. Es la gran verdad del individuo enfrentado en su levedad a la ciudad que nunca duerme. El periodista Enric González, en su luminoso “Historias de Nueva York” afirma que cuando en la Gran Manzana “son las tres de la tarde, en Europa son las nueve de diez años antes”. Uno de los personajes de Paul Auster sostenía que Nueva York “es un espacio inagotable, un laberinto de interminables pasos”. Escribo hoy de Nueva York porque es mi ciudad favorita, el escenario de mis ensoñaciones; y también porque en los últimos días dos personas cercanas me han anunciado que pronto viajarán a Manhattan. Pocas cosas me pueden producir más envidia.
De pequeño tenía una gran foto apaisada del skyline de Nueva York en mi habitación, ese conocido encuadre realizado desde Brooklyn con el puente en primer plano. Si a algo se le puede considerar un icono del siglo XX, sin duda es a esa imagen. El póster era el sueño imposible de un adolescente de pueblo, la lamentable constatación de que existían paraísos lejanos inexpugnables. Hace pocos días discutía con un amigo sobre el alcance de la influencia del cine americano en nuestra educación y, sobre todo, en nuestros referentes culturales. En este sentido no me escondo; soy un producto (o quizá un subproducto), del cine americano, de sus paisajes y de su lenguaje visual, de sus códigos de expresión y de su arquitectura estética. Casi todo me parece maravilloso, empezando por Nueva York, el mayor plató cinematográfico jamás conocido.
Milito también, como Carlos Boyero, en ese amor sin condiciones hacia el talento de Hollywood. Ni el cine europeo ni, por supuesto, el asiático, han logrado alcanzar un dominio del arte cinematográfico tan brillante y eficaz como el americano. Si alguno lee esto rápidamente podrá añadir que los americanos también han hecho los bodrios más grandes de la historia. Y no le faltará razón. Pero yo no estoy hablando ahora de bodrios, sino de la grandeza del cine como expresión artística.
Es inevitable virar al cine cuando se habla de Nueva York. La primera vez que estuve, en compañía de dos amigos, nos alojamos en el Hotel Pensylvannia, en plena Octava Avenida, frente al Madison Square Garden. Pero no os llevéis a engaño; el hotel era una pensión de mala muerte, con suelos de sospechosa alfombra y paredes mil veces agujereadas. Uno de mis amigos sostiene, seis años después de aquel viaje, que en la primera noche sintió que un roedor le pasaba por encima del estómago. Seguramente la posibilidad del roedor es la más laxa de todas las hipótesis. Pero incluso esa habitación tenía el lúgubre encanto de la decadencia. Sólo faltaba un neón rosa iluminando intermitentemente la estancia. Y el dueño del hotelucho abriéndonos las ventanas vestido con una camiseta interior de tirantes, un cigarro en la boca y una cerveza en la mano.
Al día siguiente estuvimos en una exposición de Richard Avedon en el Metropolitan. Y topamos con el imponente Jeff Goldblum. Nosotros, que llevábamos el pueblo en la cara y la ignorancia en los bolsillos, flipamos con aquel encontronazo. La verdad es que el primer viaje a Nueva York es una permanente pérdida de la virginidad. Tu carga de inocencia es tan pesada a la llegada que son necesarios unos cuantos kilómetros por Manhattan para acabar todo el proceso de descompresión. Pero esa primera experiencia es fascinante. Boyero también suele decir que envidia desesperadamente a quienes todavía pueden disfrutar del primer encuentro con Nueva York; es decir, a quienes todavía no la conocen. Bienaventurados ellos porque serán deslumbrados por la luz cegadora de un hallazgo irrepetible. Todos los viajes a Nueva York son inolvidables, pero ninguno puede superar al primero. Yo guardo a fuego el impacto que me produjo el skyline nocturno de Manhattan cuando salimos del Queens- Midtown Tunnel. Era el póster de mi niñez, por fin hecho realidad.
30/03/2008
Los libros muertos

Llevo casi toda la semana con un trancazo primaveral que me ha dejado hecho unos zorros, con pocas ganas de alimentar el blog. Pero el blog necesita agua casi a diario (qué os voy a contar), y hoy voy a reproducir un artículo del escritor madrileño Luisgé Martín que publicó ayer en la página 2 de Babelia. Creo que más de uno se reconocerá en el texto. Confío en que pronto pase el virus.
Mi padre, cuando yo era niño, compraba libros, los hojeaba vagamente y los guardaba luego en la biblioteca que teníamos en el salón mientras repetía una frase ritual: "Para la jubilación". Yo crecí creyendo, así, que los libros eran uno de esos tesoros que se van acopiando poco a poco para ser gastados luego con paladeo. Crecí creyendo que la recompensa que traía la vejez era ésa: la placidez de un tiempo interminable en el que poder leer.
Cuando por fin se jubiló, mi padre no leyó ninguno de aquellos libros, pues algunos hábitos necesitan adiestramiento. Yo, sin embargo, seguí creyendo que en la edad provecta encontraría ese paraíso: días sin fin ocupados con la lectura. Hasta los treinta años estuve convencido de que, salvo que muriera joven, tendría tiempo a lo largo de mi vida para leer todo lo que me interesaba. Por eso gastaba mucho dinero en comprar libros que no podría leer de inmediato pero que, en esa jubilación dorada o en alguna vacación, tendría ocasión de disfrutar. Luego empecé yo mismo a publicar libros, a conocer a escritores y a tener tratos con editoriales de todo pelaje. Comenzaron a llegarme a casa novelas, ensayos, volúmenes de cuentos y tomos misceláneos que había que sumar a los que yo seguía comprando meticulosamente. Y llegó un momento en el que me di cuenta de que, como muchas otras cosas cardinales, aquel asunto tenía una formulación dolorosamente matemática. A causa de mis obligaciones laborales, de los tratos con amistades y familia, de mi pasión por el cine y del desafuero de la vida urbana, solía leer al año entre 40 y 60 títulos. En ese mismo periodo, mi biblioteca, haciendo números redondos, se engrosaba con unos 250, de los cuales me apetecía leer al menos la mitad. Es decir, que cada año mi saldo negativo engordaba en 75 libros, a los que yo de vez en cuando acariciaba el lomo diciendo: "Para la jubilación".A los cuarenta años me hice construir en mi dormitorio una pequeña biblioteca para acoger los libros pendientes, pero se llenó enseguida. A los cuarenta y tres, aprovechando una mudanza, me hice fabricar otra con muchas más estanterías y purgué los títulos con un criterio exigente: guardé allí sólo aquellos por los que sentía verdadero deseo y trasladé a la biblioteca ordinaria o regalé los que habían dejado de interesarme poderosamente. Redoblé además el rigor con el que abandonaba a medio leer los libros que no me seducían lo suficiente, procurando así vaciar con mayor rapidez los estantes hacinados. A pesar de todos mis esfuerzos, sin embargo, siguieron llenándose sin remisión.
He calculado que a este ritmo llegaré a la edad de jubilación con 2.000 libros pendientes de lectura. Suponiendo que viviera veinte años más con buena salud y que el ritmo de engordamiento anual de mi biblioteca fuera en ese tiempo menor (descartados ya los clásicos), debería engullir unos cuatro libros cada semana para morir en paz literaria, todo ello sin darme ocasión a releer ni una sola página. Es decir, debería dedicar mi vejez a leer sin desfallecimiento, obsesivamente, lo que resulta una tarea imposible y desagradable. Por eso cuando entro cada día al dormitorio y me paro frente a los anaqueles a mirar los libros sin abrir, veo las sombras de la muerte. Trato de averiguar cuáles de aquellos volúmenes mansos irán quedándose allí año tras año. Qué personajes o qué aventuras. Qué palabras del laberinto.
Luisgé Martín (Madrid, 1962) es autor de Los amores confiados y El alma del erizo, ambos en Alfaguara.

