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Juan Gavasa

Sam Cooke

Sam Cooke

Diego Manrique escribía hoy en El País un formidable artículo sobre Sam Cooke. Lo titulaba sin riesgo de caer en el ditirambo, “La voz suprema del siglo XX”. Muchas décadas antes, cuando el cantante de Mississippi comenzaba a deslumbrar con sus portentosas aptitudes vocales, el dueño de la mítica Atlantic, Jerry Wexler, dijo de él que era “sin discusión el mejor cantante que haya existido nunca”. Su amigo James Alexander solía pregonar que Cooke era capaz de llevar a las mujeres hasta el orgasmo en los conciertos sólo con su voz, “en un estado de auténtico frenesí”. Si la música pudo alguna vez determinarse como una sinestesia, fue con Sam Cooke sobre un escenario. Pero como bien apuntaba Manrique, las circunstancias vitales de Sam Cooke conspiraron contra su recuerdo. Su trágica muerte (fue asesinado en un motel de Hollywood en diciembre de 1964 cuando sólo tenía 33 años), interrumpió abruptamente una fértil y consistente carrera musical y menguó considerablemente su influencia y reconocimiento dentro de la historia de la música. Otros vinieron detrás como Marvin Gaye, Otis Reeding, Solomon Burke, o Smokey Robinson, ungidos por un prestigio que tuvo eternas deudas pendientes con Sam Cooke, el verdadero inventor del soul.

            Manrique también recordaba acertadamente que el reconocimiento del gran público llegó muchos años después casi de manera fantasmal,  como una de esas apariciones efímeras que tienen tanto de efectista como de incierta. Fue en la película “Único testigo”, en la escena en que Harrison Ford y Kelly McGillis bailaban en un granero del poblado amish mientras en la radio del coche sonaba “Wonderful world”. Y el Sam Cooke que cantaba esa perfecta e inocente canción, era la versión más blanda y almibarada de cuantas podía ofrecer su ilimitado registro. Como tantos artistas de su tiempo, Cooke fue en demasiadas ocasiones el producto facturado por una cohorte de productores que buscaba una música comercial de consumo rápido y beneficios inmediatos.

            En esos discos Sam Cooke renunciaba forzadamente a su espíritu originario que había forjado como cantante de góspel en aquella maravillosa formación llamada “The Soul Stirres”. Lo que empezó a hacer en la edad adulta se perdía en los ignotos caminos de la industria musical, más preocupada por fabricar una estrella que un cantante. A su música la encasillaron como “sweet soul music”, un producto tan fútil como perfecto para el público blanco, que estaba dispuesto a escuchar música de negros siempre que no pareciera que la cantaba un negro. Eran los terribles años de los conflictos raciales y la lucha por la igualdad.

            En ese convulso país en el que un cantante negro podía ser un potencial líder de masas, Cooke fue trazando una trayectoria musical limitada en lo creativo por las exigencias de la industria, y en lo conceptual por la situación social y política de Estados Unidos. Pese a todo, su discografía alterna momentos intrascendentes con verdaderas joyas imperecederas de la música contemporánea. Himnos como “Bring It On Home to me” o “A change is gonna come” son rastros fehacientes de un camino que es necesario recorrer para entender la evolución de la música negra en el siglo pasado.

            Diego Manrique olvidaba, sin embargo,  la obra póstuma de Sam Cooke, el disco grabado en directo en el Harlem Square Club en 1963 (un año antes de su asesinato), y que no apareció publicado hasta 1985. Ese hallazgo tardío pero maravilloso supuso la redención a toda una carrera y el testamento musical de quien sólo se sentía libre en el escenario, cuando su voz se proyectaba libre y rebelde. En ese disco Sam Cooke se aleja del cliché de cantante pop, casi melódico, que le había hecho tan popular en su país y ofrece la auténtica medida de sus posibilidades, Y éstas eran infinitas. El soul en estado puro, sin trabas para expresarse como artista y como hombre. Fue un concierto memorable, uno de esos en los que Sam podía transportar a su público femenino hasta el orgasmo, tan sólo con su voz. También fue su venganza póstuma, servida fría 20 años después de su muerte. Para que la historia supiera quién era el verdadero Sam Cooke.

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