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Juan Gavasa

Bendito error

Bendito error

Hace casi ocho años publiqué en El Mundo de los Pirineos un reportaje sobre el Instituto Pirenaico de Ecología de Jaca. En aquellos momentos el centro atravesaba una importante crisis que hacía vaticinar su futura desaparición. El artículo lo enfoqué en ese sentido y me generó algunos problemas. Incluso recibí una carta del director del centro en la que me acusaba de manipular la realidad, de ser tendencioso y de no sé cuántas cosas más. El caso es que yo me limité a recoger la percepción general que se palpaba en el ambiente, el pesimismo indisimulado de los científicos y la tozudez de los hechos. Hoy puedo decir, sin embargo, que el tiempo me ha quitado la razón. Y no sábeís cómo me alegro de haber metido la pata. Hace algunas semanas ha comenzado a construirse a la entrada de Jaca  por Pamplona un nuevo Centro más moderno y mas amplio que garantiza el futuro del Instituto y refuerza su papel como principal centro de investigación del ecostistema pirenaico. Algún amigo del Instituo me ha dicho recientemente que aquél artículo ayudó a despertar conciencias y puso la primera piedra del proceso de relanzamiento del centro jaqués. Quizá resulte demasiado pretencioso creer que eso fue así (de hecho lo dudo por completo), pero la construcción del nuevo edificio es la noticia que todos quisimos dar. Bendito error.

En el Parque Nacional de Ordesa se han descubierto restos de pesticidas que llegaron transportados por el aire desde el vertedero de lindano de Bailín, en Sabiñánigo. El hallazgo es fruto de seis años de investigaciones de un grupo de científicos del Instituto Pirenaico de Ecología de Jaca, que se han dedicado en este tiempo a estudiar la cadena trófica en tierra y agua hasta confirmar que el lejano inicio de la protección del Parque no ha impedido su leve contaminación por efectos procedentes de la moderna sociedad industrial. La investigación dirigida por Cesar Pedrocchi forma parte de uno de los 35 proyectos que cada año acomete el Instituto desde su doble sede de Jaca y Zaragoza y que, en muchos casos, se extienden a ecosistemas que nada tienen que ver con la montaña. Desde su creación en 1942 con el nombre de Estación de Estudios Pirenaicos, su prestigio ha crecido constantemente hasta convertirse en un lugar de referencia, en una fuente obligada para el estudio y conocimiento de la cordillera.

Sin embargo, su salud no atraviesa un buen momento; más bien ofrece síntomas preocupantes. En un país que no concede demasiada importancia a la investigación, el trabajo del IPE de Jaca parece realizado por los “últimos mohicanos” de la ciencia, por una “rara avis” que pone en su empeño las mismas dosis de vocación que de pasión por el Pirineo. Aunque su director, Pablo Martínez Rica, asegura con rotundidad desde Zaragoza que “el centro tiene la viabilidad asegurada y su cierre es imposible”, hay indicios que parecen cuestionar esta afirmación. Y no es una inquietud reciente. Desde que en 1990 el Centro Superior de Investigaciones Científicas creara, no sin traumas, la doble sede en Jaca y Zaragoza, la decadencia del centro jaqués ha sido lenta pero constante. Hay quien habla de una segura “muerte biológica” dentro de quince años, cuando buena parte de la plantilla actual engrose la lista de jubilados. Porque desde 1986 no ha vuelto a contratarse a ningún científico. Daniel Gómez, que ostenta ese dudoso honor, no oculta su preocupación por un futuro que “depende inexcusablemente de que se vayan renovando las plantillas. En este tiempo se han perdido muy buenos científicos que tras acabar su periodo como becarios tuvieron que buscarse la vida como pudieron porque el centro no les acogía”.       

En la actualidad trabajan en la sede de Jaca 35 personas entre profesores de investigación, investigadores, científicos, becarios y personal auxiliar. Desde el inicio de la década de los 90 se gestiona bajo el “modelo americano”, que se basa en la autofinanciación mediante la gestión de proyectos con instituciones y entidades privadas. Cada uno de los tres grupos en los que está dividida la plantilla científica tiene la responsabilidad de buscar proyectos, asegurar su financiación, contratar a becarios, adquirir el material, pagar el teléfono y algunas cosas más. El CSIC sólo asume lo básico. “Al final se pierden más esfuerzos en la gestión financiera que en la investigación, y así no se puede ser competitivo”, lamenta Cesar Pedrocchi. No obstante, este modelo se aplica actualmente en casi todo el mundo. “Antes era el científico el que se interesaba por unos temas. Ahora, con la escasez de recursos para la investigación, tiene que trabajar en los temas que la sociedad demande y que esté dispuesta a pagar”, explica Martínez Rica. Además, si a esa investigación se le quiere dar valor curricular tiene que publicarse en alguna de las revistas científicas que conforman el “Citation Index”, un listado de publicaciones, la mayoría americanas, que destacan por su prestigio y trascendencia en el mundo científico.            

La vieja sede de Jaca tiene cierto aire de antiguo ministerio, un aspecto anacrónico que se lleva mal con lo sofisticado. Tan solo los ordenadores y algún aparato de investigación son capaces de romper la impresión de que a la vuelta de cualquier esquina van a surgir los espíritus de Ramón y Cajal o de Severo Ochoa. Sus largos pasillos carecen de cualquier elemento decorativo. Los grandes murales del Pirineo y de la fauna, las conclusiones de investigaciones recientes, el tablón de anuncios y alguna cartografía indescifrable componen el adusto decorado. Todo lo demás es un  silencio de convento de clausura. Un silencio alterado de vez en cuando por el teléfono de la recepción. A cada lado hay despachos atiborrados de papeles, carpetas, fotografías, planos, mapas y los objetos más insospechados. Y siempre alguien con los ojos clavados en un monitor de ordenador o en un microscopio, que parece vivir ajeno a todo lo que pasa alrededor. “Aquí solo paramos para comer. Estamos metidos en tantos berenjenales y asumimos tantas investigaciones que nuestros días y nuestros años los pasamos aquí dentro”, afirma Federico Fillat. Con su grupo de “Ecología de Sistemas Pastorales” trabaja desde hace más de diez años en un interesante proyecto de desarrollo sostenible en el pequeño pueblo de Fragen, en el valle de Broto.  En ese entorno han desplegado un ambicioso estudio que analiza los pastos, la biodiversidad, los cambios de uso en el territorio y su influencia en el cambio climático. Este verdadero laboratorio natural ha roto también con la vieja idea de que las investigaciones que realiza el centro casi nunca son conocidas por la sociedad. “En este caso hay un compromiso de transferir el proyecto a los agentes sociales representados en la Asociación de Ganaderos del valle de Broto. Además desde hace cuatro años en el colegio de Broto se explica a los críos todo lo que estamos trabajando y después se les lleva al monte para que lo apliquen”, recuerda Fillat. Esta implicación de los futuros ganaderos y agricultores acerca un poco más el sueño del desarrollo sostenible.           

En la planta baja está el herbario, la joya más preciada del Instituto. Tres personas trabajan en la conservación, catalogación y ampliación de la tercera colección más importante del país después de las de Barcelona y Madrid. Pedro Monserrat, el verdadero padre de la obra, llegó al Pirineo en 1960 para explorar su riqueza botánica. Su fascinación fue tal que se quedó en Jaca y comenzó a acumular especies, primero en el ámbito regional y después en el europeo. Cuarenta años después están catalogadas diez mil especies diferentes de toda la flora de Europa y el norte de África y más de 250.000 ejemplares. Su participación en sociedades de intercambio de todo el mundo explica su extraordinaria dimensión. “Sólo por el tamaño de esta colección es imposible pensar que algún día se cerrará este Instituto, es imposible moverla. Además, el clima de Jaca es el idóneo para su conservación”, explica Luis Villar. Hoy el herbario se puede visitar y se ha convertido en un lugar único para la consulta de los aficionados a la botánica.            

La labor de investigadores como Enrique Balcells, director durante 20 años, o Pedro Monserrat es indispensable para entender la larga historia del centro y también su papel en los albores del nuevo siglo. Para Pablo Martínez Rica, ·”nuestra labor es demostrar que es muy importante estudiar la montaña y que los centros de estudio tienen que estar cerca de ella”. Luis Villar aporta más argumentos  incuestionables para defender la necesidad del centro cuando afirma que “El Pirineo es una de las zonas de Europa más interesantes en el estudio de la flora”. Pero esta clara conciencia sobre la importancia del IPE choca cada día con la realidad de una sociedad que arrincona la investigación y, en ocasiones, le hace la vida imposible. Ricardo García, que en sus 25 años de profesión ha trabajado en más de 20 proyectos, apunta que “siempre hay que estar empezando de nuevo porque la gente se va. Está unos años como becario y se va porque no tiene posibilidades de lograr estabilidad laboral. Siempre hay que estar renovando los equipos”. En esa situación de incertidumbre se encuentra Chema Martinez, que trabaja como becario en un proyecto de investigación de las relaciones entre las aves y los arrozales en Monegros. “Nosotros estamos en periodo de formación pero cada vez estamos más como mano de obra. El sesenta y cinco por ciento del trabajo está hecho por becarios que trabajan en condiciones precarias. Si no hay sustituto al becario, la investigación se tambalea.” Con un ojo en el nuevo proyecto y otro oteando el incierto horizonte, los trabajadores del Instituto Pirenaico de Ecología no frenan, pese a todo, su ingente actividad investigadora y continúan con la publicación de libros, la colaboración en revistas, el asesoramiento a instituciones en materia medioambiental y la contribución a la creación de una conciencia social respetuosa con la naturaleza. Son, como bautiza César Pedrocchi, “los obreros de la investigación”.

Foto del Despacho de arquitectos Ramón Fañanas

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1 comentario

Josemi -

Mi querido amigo, esto de informar, darle a pluma y ejercer la autoestimulación cultural esta muy bien, pero sigo echando de menos esas conversaciones mas ludicas e intranscendentes por el Coll de la Navasa.
Felicidades bloguero.
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