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Juan Gavasa

Gavarnie

Gavarnie

Gavarnie tiene un telón de fondo que estremece. El pueblo se encoge por todas sus aristas ante el increíble escenario natural que lo envuelve. Se mire por donde se mire, no puede escaparse de esa imposible pared que forma parte de las imágenes más reconocibles del Pirineo. El circo glaciar está omnipresente, se impone desde todos los ángulos del pueblo, como un decorado de cartón piedra que siempre le roba el protagonismo al eventual primer plano de la fotografía.

Hasta que llegaron los primeros pirineístas a finales del siglo XIX,  Gavarnie evocaba más bien temor y peligro al desprotegido peregrino que atravesaba el Camino de Santiago. En la iglesia de Notre Dame du Bon Port (s. XIV), en mitad del sendero, recibían auxilio espiritual de los hospitalarios de San Juan de Jerusalén antes de cruzar la Brêche de Roland o el puerto de Boucharo (Bujaruelo). Tenían que digerir todavía 911 kilómetros exactamente y una pléyade de contrabandistas y bandoleros que acechaban a cada paso.  Gavarnie era un alto en el tortuoso camino, no eran tiempos para admirar tanta belleza natural.

Siglos después nacieron las corrientes románticas y hedonistas que reivindicaban el placer como estímulo vital y Gavarnie se transformó en el templo del excursionismo que hoy conocemos. En esa época se construyeron edificios ya emblemáticos como el Hotel des Voyageurs primero, el hotel Vignemale años después o el hotel Compostela. Referencias de una forma de entender la montaña que cultivaron los grandes pirineistas como Frederic Swan, Victor Hugo, Ramond de Carbonnieres y, por supuesto, el conde Henry Russell, cuya egregia estatua ubicada a la entrada del pueblo marca en cierta medida la frontera entre los dos núcleos que componen hoy Gavarnie y que expresan el pasado y el presente. A la derecha el pueblo clásico de callejuelas estrechas y arquitectura anárquica, con casas que parecen transportadas desde el barrio de Montmatre de Paris como el albergue Jan Da Lo. A la izquierda el templo de los mercaderes,  nacido de un desarrollo turístico reciente influido más por la cercana Lourdes que por el mundo excursionista.

            Este Gavarnie de casas prefabricadas, tenderetes, restaurantes y tiendas de souvenirs es el precio pagado por pertenecer al universo irrepetible del circo glaciar. Bien mirado, es un precio razonable. El pueblo ha claudicado ante el empuje del turismo de masas pero ha conservado como último señuelo del viejo romanticismo decimonónico cierta armonía en la trama urbana y un impagable horizonte despejado de grandes bloques de apartamentos. La tentación de los constructores no ha encontrado terreno de cultivo. A ambos lados de la amplia calle que cruza el nuevo Gavarnie,  crecen los puestos de souvenirs. Hay de todo: la prolífica marmota convertida en mascota que silba a tu paso, ovejas que balan, osos que asustan, postales del circo desde cientos de ángulos, grandes posters de Jean Masson, gafas, camisetas, gorras, calendarios, miel del país, vino de la tierra, queso autóctono... el Pirineo convertido en producto de marketing. Y luego los burros y los asnos para garbeos turísticos hasta el circo, otra herencia de los tiempos en los que no existían los 4x4. Mochileros, niños, padres de familia, señoras de avanzada edad y discapacitados llegados de Lourdes transitan por esta arteria sin salida que va a parar al rincón más bello del Pirineo. Hay cierto cosmopolitismo que contrasta con el entorno.

            No muy lejos de ahí, aislado del ruido, apartado del fragor cotidiano, está el cementerio pirenaico, donde reposan el mayor número de pirineistas de renombre de toda la cordillera. En este pequeño terruño junto a la iglesia se escenifica en toda su magnitud el doble carácter épico y trágico de la montaña. Allí  descansa el gran Jean Arlaud, fundador de la Federación Pirenaica de esquí, muerto en Gourgs Blancs en 1938. “Por consagrar su vida a la montaña. En primer lugar a la exploración profunda de los Pirineos”, reza su epitafio. “A la memoria de Celestin Passet y de los guías de Gavarnie”, “A Claude Valleau y Richard Winkler, guías de montaña”, “A notre chere Marthe, morte en montagne”... No hay ostentación en las tumbas, sólo admiración y respeto.

            De nuevo abajo, en el núcleo original, regresan las evocaciones de tiempos pasados, cuando el conde Russell se alojaba en el Hotel des Voyageurs, el mismo en el que el 19 de agosto de 1864 se fundó la primera asociación pirineísta, la Societe Ramond. Allí también se alojaron Ramond de Carbonnieres, Henry Russell, Victor Hugo, Gustave Flaubert o el pintor Gavarní. En una de sus habitaciones nació el que años después sería Napoléon III. Esta reserva de la memoria pirineista pronto se convertirá, según anuncia un cartel, en 10 apartamentos de alto standing. Es el signo de los tiempos. Esta es la zona más montañera del pueblo, donde se encuentran los albergues y refugios con mayor tradición como el Jan Da Lo o Le Gypaete, y se conserva la trama urbana original de empinadas callejuelas diseñadas cuando sólo las podían atravesar caballos y mulos. Todo el viejo encanto tiene un aspecto actual. Parece que siempre estuvo allí, rodeado de inmensas montañas.

            Efluvios de romanticismo y modernidad que no desentonan pese a todo. Gavarnie sigue siendo la seña inequívoca del pirineismo en estado puro, el punto de partida para cientos y cientos de montañeros que cada año atraviesan la Gave de Pau para alcanzar uno de los grandes templos de la cordillera,  donde la memoria de los pioneros sobrevuela cada nueva expedición. 

           

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