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Juan Gavasa

Viajeros (3)

Viajeros (3)

El Pirineo está considerado uno de los espacios naturales más valiosos del planeta. Desde tiempos remotos ha atraído el interés de botánicos, geólogos y naturalistas por su extraordinaria riqueza y diversidad. De hecho, los primeros exploradores de la cordillera, los que acuñaron a mediados del siglo XVIII el concepto del “pirineísmo”, fueron científicos y geodestas que participaban de las nuevas ideas de la Europa ilustrada. El conocimiento de la naturaleza era una de sus características.

Muchos de esos hombres de ciencias fueron después los grandes cronistas del Pirineo, fruto de un amor incondicional hacia estas montañas. Pero su interés primigenio tenía que ver con el conocimiento.  Palasser fue pionero en 1774 en el estudio de la geología pirenaica y aportó los primeros datos rigurosos.

Una década después el capitán Vicente de Heredia y el oficial francés Reinhard Junker dirigieron por encargo de las cortes de ambos países el proyecto para trazar el mapa franco-español y poner fin a siglos de litigios. Es posible que Heredia, en su trabajo de medición,  ascendiera antes que  Ramond el Monte Perdido. La cartografía militar fue, por lo tanto, otro vehículo de conocimiento del medio.  

Esa fiebre ilustrada del saber propició aventuras apasionantes por el Pirineo. La más celebrada fue la del botánico suizo Agustin Pyramus de Candolle, que en 1807 recorrió el Pirineo de mar a mar para estudiar sus especies vegetales. Fue una de las primeras aproximaciones científicas al patrimonio natural pirenaico.

La botánica y la ornitología han sido dos de los principales alicientes científicos del Pirineo. A principios del siglo XIX se sucedieron los trabajos de investigación sobre la flora de la cordillera, de gran valor por sus numerosas especies endémicas.  Uno de los más destacados fue el realizado de manera conjunta entre Picot de Lapeyrouse y Ramond sobre las especies que crecían en la alta montaña.

Como en la literatura, la mayoría de los estudiosos procedían de Francia, Alemania e Inglaterra. La anémica Ilustración española apenas dio nombres de prestigio en este campo. Sólo el militar, naturalista e ingeniero oscense Félix de Azara (Barbuñuales 1742-1821) se hizo un hueco en la pléyade de científicos de la época, aunque sus investigaciones más influyentes se realizaron en Paraguay.

Sin formación académica pero con grandes inquietudes ilustradas, se dedicó al estudio de los mamíferos y las aves de la región, aportando interesantes novedades a las investigaciones realizadas hasta entonces. Félix de Azara se anticipó a la teoría de la evolución de las especies que medio siglo después elaboraría Darwin. Al regresar a España en 1801 realizó dos trabajos centrados en el Alto Aragón: “Los olivos de Alquézar y sus aldeas” y “Las Pardinas del Alto Aragón”.

La economía de la montaña pirenaica tuvo durante siglos un carácter autárquico. La “casa”, era la institución sobre la que se vertebraba la sociedad. El individuo era desde niño una unidad de producción que contribuía a la supervivencia de la “casa” y a su desarrollo socioeconómico. La del Pirineo es una historia de sacrificios y renuncias, de dramas silenciosos y una entrega secular a las esclavas tareas del campo y el ganado.

La precariedad económica y la necesidad fueron el combustible de otros viajes: los del éxodo y la migración laboral. Históricamente la trashumancia ha sido uno de los movimientos de población más determinantes en la sociedad pirenaica. No sólo porque condicionaba el calendario de la vida, sino porque contribuía al sostenimiento familiar. La trashumancia fue también la vía de apertura de la economía de montaña hacia las transacciones monetarias en detrimento del tradicional trueque.

La madera, como recurso natural de primer orden, fue también hasta mediado el siglo XX un motor apreciable de la economía de montaña. La explotación forestal  y el transporte de la madera por los ríos formando “navatas” pertenecen a  la antropología pirenaica. También el exilio económico en los meses invernales a las fábricas de alpargatas de Mauleón (en el valle francés de Zuberoa), cuando la incipiente industria manufacturera finisecular ofreció una nueva oportunidad de subsistencia a los pirenaicos.

Ya hemos dicho que la geología fue el origen del interés por el Pirineo. El estudio científico de las montañas y la necesidad de realizar una cartografía rigurosa a efectos de inventario para los dos imperios que compartían la cordillera, promovieron las primeras incursiones foráneas en el siglo XVIII. Muchos siglos antes hasta el geógrafo griego Estrabón había especulado  sobre la orientación de la cordillera en su volumen dedicado a Iberia.

El despertar de la geología como herramienta de conocimiento de la materia pirenaica trajo por extensión un interés por las cavidades de sus montañas, por esos recónditos espacios que pertenecían al oscuro mundo de las creencias ancestrales. La espeleología en la cordillera fue una de las especialidades desarrolladas por el geólogo oscense Lucas Mallada, considerado el padre de la paleontología española. También por el incansable Lucien Briet, que dejó constancia de su interés por el tema en sus campañas por el Alto Aragón. No pasó mucho tiempo hasta que esas cuevas fueron un importante reclamo turístico e incluso un escenario deportivo incomparable, como los cañones de Sierra de Guara. En Villanúa, sus populares grutas fueron abiertas al público en 1926 por iniciativa del Sindicato de Iniciativas y Progreso de Aragón (SIPA).

En la foto Lucien Briet.

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3 comentarios

Carlos -

Hola Juan. Soy Carlos, el hermano de Fran Roca. Sólo quería darte las gracias por el artículo. Hastahora no lo había leido, y se me han puesto los pelos de punta. Gracias

Antonio Cardiel -

Enhorabuena por tu blog, al que accedo por Antón Castro. En el mío, Foto-relatos, menciono un libro recién editado sobre el Pirineo, sobre el valle de Pineta, "En el bosque". Veo que compartimos afición. Un saludo.

mayusta -

Preciso y precioso. Abrazos.
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