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Juan Gavasa

El otro

El otro

Al principio te dedicas a buscar sombras, sombras de tu propio pasado que te aporten las certezas extraviadas en el nuevo país. Buscas en realidad un lugar en el que reconocerte o un simple síntoma de que tu existencia es real. Lo agarras en una etiqueta escrita en español en el supermercado, en una conversación entre argentinos cazada al vuelo en la cola del Go-Train o en el niño que lleva la camiseta del Barça. Cualquier cosa vale.

Con el paso de los meses aquellos pequeños detalles devienen paisanaje y pierden la capacidad de sorpresa, se vuelven fruslerías porque ya no interesa tanto estar como ser. En el momento exacto en el que uno es consciente de que empieza a mimetizarse en la nueva sociedad es cuando asimila el hecho de la emigración, nunca antes. El día en que asista perplejo a su propia transformación estará indicado por un suceso revelador, de esos que inauguran un nuevo tiempo: se habrá quitado los ropajes de la ignorancia porque, como escribía Xoan Tallón, “los prejuicios son los mayores proveedores de ignorancia”. Y comenzará a entender todo.

Verá a partir de entonces derrumbarse ante sus narices el edificio en el que había habitado caliente y confiado en el pasado; con sus miedos y sus creencias, con sus certezas y con sus dudas, con sus lugares comunes y sus fobias, con sus mierdas y sus seguridades incluidas. El que emigra tiene que estar dispuesto a quedarse en calzoncillos en el camino, como si fuera asaltado por una banda de cuatreros en mitad del bosque sin más salida que la plomiza y vergonzosa rendición.

Pero esta desnudez no nos volverá pudorosos y ridículos. Bien al contrario nos proporcionará cierto placer y calidez, un regocijo casi lascivo y prohibido que se emparenta con el hallazgo de nuestra propia reinvención, un asunto que merece todos los honores. Nunca se acaba de entender el país de acogida y sus costumbres pero tampoco existe la obligación, que demandaría una renuncia en toda regla. Basta con aceptar la convivencia con “el otro” como un trabajo que sólo exige civismo, incompatible con el miedo. Se sabe que el miedo al otro es el combustible que atiza todos los nacionalismos, a veces incluso en Canadá.

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2 comentarios

Juan -

Hola Alfonso, la verdad es que he tenido un verano bastante ajetreado de trabajo y compromisos varios, así que he tenido bastante abandonado el blog. Pero regreso con nuevos bríos. Aquí lo de las camisetas del Barça es una locura, se ven más incluso que las del Toronto Maple Leafs.

Me alegro mucho de saber de ti y de que te sigas pasando por este blog.

Un fuerte abrazo.

Alfonso -

Hola Juan,

Parece has estado de vacaciones,cierto?
y bueno, una vez mas disfruto tu escrito que mas conciso y preciso no podria ser, en esta ocasion. Aca, en Amsterdam, tambien las conversaciones agarradas al vuelo son de Argentinos o Uruguayos :) y ya ni te digo de la plaga de camisetas del Barca.

A plantar fuerte!

Alfonso
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