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Juan Gavasa

Viajeros (1)

Viajeros (1)

Los pioneros del pirineísmo dejaron escritos los más hermosos testimonios sobre la cordillera. Sus descripciones abundaban en la exuberante belleza de las montañas y en el misterioso magnetismo de unos paisajes que azuzaban todos los instintos vitales. Henry Russell escribió que “hay mañanas en las que los ángeles tienen nostalgia de la tierra”. Pero en las faldas de esas montañas, en los fondos de los valles habitaban hombres y mujeres que pertenecían a una cultura milenaria, de la que casi nadie se había interesado durante siglos.

Tuvieron que llegar los primeros fotógrafos para que la geografía humana adquiriera protagonismo. El viajero francés Lucien Briet fue el más popular e influyente de todos. Recorrió desde 1889 a 1911 en sucesivas campañas todo el Pirineo aragonés y dejó el mejor documento visual de la cordillera, un legado gráfico que es un auténtico almacén de la memoria. Otros reforzarían el valor estético y humano de estas montañas, como el maestro del pictorialismo José Ortiz Echagüe, los catalanes Adolf Más y Juli Soler I Santaló o los locales Francisco De las Heras, Ricardo Compairé, Aurelio Grasa, Andrés Burrel y Alfonso Foradada. Para ellos era más importante la esencia del hombre que el paisaje que le rodeaba. Unos se detuvieron en el tipismo de unas tradiciones ancestrales y otros optaron por ejercer de notarios de un tiempo que se consumía en las llamas fatuas del progreso. Pero todos compartieron la misma fascinación por unas gentes y unos pueblos que habían permanecido secularmente aislados. Allí encontraron la pureza de su inspiración creativa. La misma que condujo a Joaquín Sorolla a Ansó para elaborar el mural dedicado a Aragón en la monumental obra sobre las regiones de España encargada por la Hispanic Society.

El alemán Fritz Krüger publicó en 1935 “Los Altos Pirineos”, el mayor compendio jamás escrito sobre la tradición y las formas de vida del Pirineo español. Veinte años después el catalán Ramón Violant I Simorra editó el mítico “El Pirineo Español”, un clásico de la etnografía pirenaica que sigue siendo considerado un referente para entender la cultura y antropología pirenaicas. En ambos casos, sus autores acudieron al rescate de los restos de una civilización que intuían cercana a su desaparición. Otros, como el jaqués De las Heras, contribuyeron de manera inconsciente a dejar testimonio eterno de ese epílogo sociológico. El fotógrafo captó con su cámara el “triste desfile de muerte en vida” de las espirituadas en la procesión de Santa Orosia de Jaca en los años 20 del pasado siglo. Hoy es el único documento gráfico completo que se conserva de aquel tenebroso espectáculo.

Fue el tiempo también de los etnógrafos, antropólogos y folcloristas. Superado el impacto perturbador del paisaje, era necesario interpretar y comprender el origen de las tradiciones de los pirenaicos y el dédalo de sus creencias. Dos de los más destacados fueron la inglesa Violet Alford y el norteamericano Alan Lomax. En la primera mitad del siglo XX viajaron asiduamente a la cordillera y se detuvieron en la música y las tradiciones religiosas y festivas, imprescindibles para alcanzar a entender la dimensión antropológica de la cultura pirenaica.

En el siglo XIX los viajeros románticos exploraron con fortuna diversas manifestaciones artísticas para expresar las sensaciones que les provocaba la montaña. Los pintores Gustave Doré, Gavarní, Albert Tissander o Victor Petit fueron algunos de los más significados evocadores del paisaje pirenaico. En los primeros escarceos del siglo XX la vanguardia artística europea derivó en el Pirineo para poner en práctica su revolución conceptual. En 1906 un joven Picasso se preparaba en Gosol para transformar para siempre la visión del arte. Chagall, Dalí, Gris o Duchamp vibraron con la riqueza cromática que desprendían las montañas. Pero quizá la ejemplificación de todo ese caudal inspirador corresponde a Joaquín Sorolla con la gran pintura de los ansotanos que realizó para su monumental “Las regiones de España”.

El 24 de agosto de 1912 viajó desde el Valle de Roncal hasta Ansó para documentarse. Sorolla tenía claro desde del principio que “la encarnación máxima y más universal del espíritu aragonés se manifestaba en la jota”. Al regresar de la localidad ansotana escribió a su mujer Clotilde García: “Ansó es admirable para pintar figuras; así es que cuando tenga que hacer estudios para el cuadro de Aragón volveré aquí”.

Sorolla volvió en 1914 y se instaló en Jaca durante los tres meses de verano. Allí creó el mural definitivo que representaría a Aragón en el inmenso mural destinado a decorar la biblioteca de la Hispanic Society de Nueva York. En su estancia en Jaca pintó numerosos cuadros y bocetos de los paisajes y las montañas del entorno. El 7 de septiembre su hija María Clotilde se casa en la Catedral de Jaca obligada por su padre, que no quiere desplazarse a Madrid para la ceremonia. Está absolutamente inmerso en su trabajo y quiere plena dedicación. El padre regala a la hija un apunte de un paisaje jacetano.

Foto: Alan Lomax en una de sus campañas en España 

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