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Juan Gavasa

Tocad el cielo

Tocad el cielo

El empeño del hombre por superar las adversidades de la naturaleza alcanzó proporciones épicas a principios del pasado siglo, cuando un grupo de entusiastas de la meteorología y la astronomía promovió la construcción de un observatorio en la cima del Pic du Midi de Bigorre (2.877 metros de altitud) para el estudio de los astros y los fenómenos atmosféricos.

La epopeya de los hombres que construyeron el observatorio es la de tantos montañeses  anónimos que quedaron al margen de la historia, ocultos tras el brillo intelectual de los grandes pirineistas, ajenos a los reconocimientos públicos y perdidos en la memoria colectiva. Como los soldados que trabajaron para Napoleon en la apertura del abismal Chemine de la Mature, o los obreros que excavaron el interminable túnel ferroviario del Somport, los hombres que ascendieron hasta la cima del Midí con el pesado material científico arriesgaron sus vidas en interminables jornadas cargadas de calamidades y peligros constantes. Sus nombres no quedaron para la posteridad pero el resultado de su sacrificio es tan imponente que nadie puede quedar indiferente. ¿cómo lo hicieron? Cuando estás arriba, la pregunta es inevitable.

La historia nos ha dejado, sin embargo, huellas indelebles de sus promotores intelectuales. La soberbia obra no fue el fruto caprichoso de las corrientes naturalistas y románticas de finales del XIX, sino la culminación de un viejo sueño  que comenzó en 1741 con el astrónomo François de Plantade, responsable de los primeros trabajos científicos conocidos en la cima del Midi. Para él y para algún otro extravagante visionario, como François Cassini, la montaña no era el inhóspito infierno habitado por seres abominables, según la creencia instalada en el imaginario popular, sino la atalaya privilegiada donde la pureza de la atmósfera era absoluta y la visión irrepetible. Plantade pagó caro su sueño y murió ese mismo año en el Sencours (2464 m), la antesala del Midi, pero su nombre quedó para siempre vinculado a la historia de la cumbre.

            En 1787, en las vísperas de la Revolución Francesa, aparece en escena Louis Ramond de Carbonnieres, figura capital en la historia del pirineismo y en particular del Midi de Bigorre. Junto al Cardenal de Rohan, de quien era secretario particular, viaja exiliado a Barèges tras una rocambolesca historia de intrigas y acusaciones en el seno de la monarquía parisina. En ese momento comienza un intenso idilio con el Midi que le llevaría a escribir una bella obra titulada “Observations faites dan les Pyrenees pour servir de suite a des observations sur les Alpes”, que se convierte en una ardiente defensa de la construcción de un observatorio en su cima. 

La influencia de Carbonnieres en las elites políticas, científicas y económicas de su época  fue decisiva para convencer a la burguesía francesa de la necesidad de  avanzar en el terreno de la investigación y la ciencia. Pero la Revolución Francesa frenó los impetuosos avances durante varias décadas, hasta que el doctor Arnaud Costallat dio un paso gigantesco en 1852 al romper por primera vez la gruesa línea que separaba las ideas de las realidades.

Ese año construyó un pequeño albergue para turistas en  el Secours, no muy lejos de donde Plantade había muerto 89 años antes,  que los historiadores consideran el primer espacio para la observación levantado en el Midi. De hecho, muy pronto fue ocupado por científicos y astrónomos que lo utilizaban como campo base para sus estudios, pero una avalancha de nieve lo asoló a los pocos meses. Costallat no claudicó, cuatro años después  abrió un nuevo edificio y comenzó a contar con la colaboración del físico Jean Bernad Foucalt, el hombre del péndulo, o Le Verrier, el organizador de la incipiente red meteorológica francesa.

Son años de frenética actividad, de espesos debates científicos que culminan en 1865 con la fundación en Gavarnie de la Sociedad Ramond, que impulsa decididamente la construcción de un observatorio en la cima del Midi. Con tal fin se constituye la Comisión Internacional del Pic du Midi, formada, entre otros, por el prestigioso y adinerado conde Henry Russell, y Maxwell Lyte, que en 1860 había logrado fijar sobre una placa un eclipse solar.

            Costallat  muere en 1871 y toda su pasión por la ciencia y la naturaleza es transmitida a Charles de Nansouty, un singular general retirado en Bagneres de Bigorre que tenía además de un glorioso pasado en el ejército imperial, una sensibilidad especial hacia la naturaleza y el Pirineo. Desde 1873 hiverna en el pico de Sencours para observar los fenómenos meteorológicos. Las fotos y grabados de la época muestran a un hombre adulto de largos bigotes y estampa ermitaña que casa poco con el estereotipo del hombre de ciencias. Sin embargo, su pequeña locura alerta de la inminencia de unas inundaciones en el invierno de 1875 y el valle amenazado es evacuado a tiempo.

Desde entonces, la utilidad del observatorio quedará fuera de toda duda.  La primera piedra del edificio se pone en 1878 y dos años después finaliza la obra. Para su construcción se utilizaron las mismas piedras que estaban en la cima del Midi y el agua del deshielo. Eso reducía considerablemente los esfuerzos humanos para el transporte pero no así los innumerables inconvenientes propios de una construcción en altura. La arena para fabricar el cemento fue subida por mulos, un animal indispensable en la historia del observatorio,  desde el cercano lago de Oncet. En cada viaje los mulos portaban cien kilos de arena, que transportaban con una parsimonia que a veces desesperaba. Pero su presencia ahorró grandes sacrificios.  Nansouty fue el primer inquilino del flamante edificio en el invierno de 1881, cuando ya tenía 66 años.

Al año siguiente pasó a ser propiedad del estado y asume su dirección el ingeniero Celestin-Xavier Vaussenat, otro de los nombres imprescindibles de esta epopeya.  Su busto, junto al de su compañero Nansouty (considerados por la historia como los fundadores del complejo científico), preside desde principios del siglo XX la entrada al edificio de la antígua cúpula, reconvertido hoy en museo y restaurante.  Vaussentat engrosó la leyenda negra del pico al fallecer mientras era trasladado enfermo a la base en 1891.

Con el inicio del siglo XX surge la figura de Benjamin Baillaud, un científico del Observatorio de Tolouse que emprende la empresa más difícil acometida hasta entonces: la construcción de una cúpula para la observación de los astros. La realización de este proyecto culmina los sueños de todos sus antepasados; de Plantade, Darcet, Carbonnieres, Costallat, Nansouty... todos ellos habían imaginado un observatorio en el que de manera indisoluble se estudiara la meteorología y astronomía, ciencias que consideraban complementarias. Así los astros y el Midi estuvieron definitivamente más cerca.

Pero la envergadura del proyecto y las dificultades intrínsecas de su peculiar ubicación convirtieron los veranos de 1906 y 1907 en jornadas dramáticas de esfuerzos sobrehumanos y riesgos latentes. Los soldados del regimiento de Tarbes habían habilitado unos estrechos caminos de acusadas pendientes  para mover las pesadas piezas con la fuerza de los mulos. Sus dimensiones eran tan considerables que esos minúsculos caminos apenas servían para transitarlos a pie. Así que los militares tuvieron que recurrir al plan más primitivo y cargar a sus hombros las piezas y escalar con ellas en línea recta. Un suplicio agravado por el tórrido calor. Baillud dejó escrita la crónica de aquellos días: “el comandante Lallemand y los artilleros del Regimiento de Tarbes, que estaban a sus órdenes, bajo un sol de plomo, con fatigas extremas y corriendo grandes peligros,  escalaron la montaña con las piezas del instrumental. Hubo que asaltar la cima veinte veces en quince días, donde el enemigo era reemplazado por estas enormes piezas de fundición, que no sabían ni cómo sujetar ni cómo mantener. Tanto los oficiales como el resto de hombres expusieron varias veces su vida y vivieron grandes angustias. Un momento terrible fue el causado por el choque, imposible de prever, de una gran piedra que rodó desde lo alto de la montaña contra uno de los mulos”. En septiembre de 1907 concluyó la instalación del instrumental bajo la cúpula que hoy se conoce con el nombre de su promotor.

Comenzó así la edad de oro de la astronomía en altura. La instalación crecía y se modernizaba,  y decenas de científicos hivernaban en la cima del pico aprovechando las nuevas comodidades, la pureza del cielo, la nitidez de la luz,  y la ausencia de polvo en suspensión; unas condiciones inmejorables para el estudio y observación del cielo y los fenómenos meteorológicos. El abastecimiento se seguía haciendo con mulos, cuando no por los hombres más fuertes y aguerridos del valle, que se convirtieron de este modo en protagonistas secundarios pero irreemplazables de la epopeya del Midi. En 1926 la apertura de la carretera de Tourmalet a Sencours facilita el ascenso de los hombres y los materiales a través de un estrecho camino, pero también provoca un incremento de turistas que altera la anhelada soledad de los científicos.

Cuatro años después Bernard Lyot inventa el coronógrafo, que le permite observar la envoltura externa del sol. Ni la llegada de la electricidad ni de la alta tensión contribuyeron tanto al final de la epopeya del Midi como la construcción del teleférico en 1952. Su puesta en funcionamiento borró de un plumazo las adversidades a las que se tuvieron que enfrentar durante siglos todos los que lucharon por convertir su cima en un laboratorio científico. En tan solo unos meses dejó de ser ese lejano lugar en el que, según Henry Russell,  “hay mañanas en las que los ángeles tienen nostalgia de la tierra”.

 

EL TURISMO PARA GARANTIZAR SU FUTURO

Los últimos cincuenta años del Observatorio han sido especialmente azarosos. En 1963 la instalación del telescopio de 106 cm. en la cúpula Gentili permitió establecer convenios de colaboración con la NASA para la preparación de las misiones del Apollo. En 1980 entra en funcionamiento el TBL (Telescopio Bernard Lyot), el mayor de Francia, pero esta inversión no garantiza el futuro del centro, que comienza a cuestionarse desde la administración central. Cuando en 1994 el gobierno francés amenaza con su cierre los agentes políticos, sociales y científicos de la región se movilizan y crean un sindicato mixto para promover la explotación turística del Observatorio sin renunciar a sus fines originales.

El proyecto “Pic 2000” promueve la construcción de un nuevo teleférico con capacidad para 45 personas por cabina, que cubre la distancia entre la estación de Mongie y la cima del Midi en 15 minutos con un transbordo en  el pico Taulet. Parte de los antiguos espacios destinados a la investigación se convierten en restaurantes, terrazas panorámicas  y el museo, en el que se revisa la historia del observatorio y se ofrece una interesante mirada al mundo de la astronomía y la ciencia. Allí podemos observar una gran maqueta del Pic du Midi, la auténtica cúpula Baillud, instalada en 1907 para el estudio del sol, proyecciones audiovisuales, exposiciones fotográficas sobre el universo y réplicas de los aparatos de investigación. El acceso al Midi cuesta 23 euros y el teleférico, que parte desde la estación de esquí de Mongie, funciona durante todo el año, aunque supeditado a las condiciones climatológicas. Gracias a la explotación turística, el observatorio tiene garantizado desde el año 2000 el futuro de su actividad científica.

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