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Juan Gavasa

Miguel Poveda, por Javier Losilla

Diríase que, por alguna confabulación extraña, el flamenco y Pirineos Sur son climáticamente incompatibles. Y es que no falla: siempre que un cantaor (o guitarrista) jondo sube al escenario de Lanuza, el termómetro se pone borde y desciende notablemente. Las crónicas del festival así lo certifican: Maite Martín, Vicente Amigo, José Mercé y Guadiana, por citar solo unos cuantos artistas tuvieron que pelear en sus presentaciones en Pirineos Sur con unas temperaturas propias de los fiordos noruegos. Que uno recuerde, solo Paco de Lucía se salvó de un descenso térmico canalla, y pudo arrancar de su guitarra excitantes sonidos sin que se le atascaran las falanges. El sábado no hubo excepción a la norma y Miguel Poveda y su cante largo, profundo y en ocasiones oblicuo, tuvo que vérselas con una temperatura más propia de noviembre que de julio. Pero Poveda, acompañado por un combo espléndido en el que destacó la sabiduría joven de ese espléndido guitarrista llamado Juan Gómez Chicuelo, es mucho cantaor y no hay frío que le ladre.

Visto lo visto, Miguel, que contó con mucho gracejo su experiencia oscense cumpliendo el servicio militar, adaptó su programa al espacio y al ambiente, se lió una pasmina al cuello y facturó, bailes incluidos, uno de los conciertos más notables que le hemos visto en los últimos tiempos, y le hemos visto y oído unos cuantos. Abrió brecha con una liviana, y pronto puso en marcha un repertorio festivo, no por ello poco intenso, dando toda una lección no solo de profesionalidad en circunstancias poco favorables: también de vigor y talento interpretativos. Cantiñas, malagueña, tangos de Triana, un recorrido por la copla y unas bulerías que revolucionaron las entretelas configuraron su subyugante presencia en el escenario. Poveda tiene, además del pulso y la hondura de los grandes cantaores que han sido y son, una forma de cantar que arrebata, porque es un maestro en el uso del compás y del decir, respirando donde pocos saben hacerlo, y haciendo que el cante fluya, vibrante, como un río que te arrastra al éxtasis.

Así que una vez que Miguel Poveda hubo concluido su actuación, el resto de las propuestas de la noche lo tenían, como es fácil colegir, bastante crudo. Con un homenaje al septuagenario cantaor Manuel Tejuela continuó la velada. Cantaron Manuel y su nieto, brevemente, y luego un largo elenco de flamencos zaragozanos montó una discreta juerga flamenca. Ya al final de la noche salió a escena Aramenco, un interesante proyecto liderado por el guitarrista Manuel Santiago, que conjuga lenguajes musicales como la jota y el flamenco, buscando un punto de encuentro que escapa de la fusión convencional. La hora tardía, el público escaso y una temperatura de perros deslucieron la presentación.

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