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Juan Gavasa

Discos

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Me gustó por su clarividencia el artículo publicado hace una semana por el crítico musical Diego Manrique en El País. Yo, que nunca me he descargado una canción de internet y que sigo asistiendo ingenuamente a la compra de un CD como un acontecimiento de gran significado personal, comparto la crítica hacia esa hipocresía general que alimenta la crisis de la industria musical. Pienso que todos tienen (tenemos) nuestra cuota de culpa circunscrita casi siempre a pequeños gestos profundamente delatores. Desde los grandes magnates de las discográficas hasta el último consumidor de ese producto cultural que es la música, todos achican agua con cubos de plástico en un barco bombardeado en su línea de flotación. Nadie cree en lo que está haciendo pero nadie para.

El pasado sábado se celebraba en Estados Unidos y Canadá el Día de la Tienda de Discos. De las tiendas independientes, naturalmente, no se trataba de las cadenas que venden pocas referencias (o que obligan, caso de Wal-Mart, a fabricar discos censurados que no polucionen los oídos de esos clientes que se la cogen con papel de fumar). Se pretendía destacar el papel social de esas tiendas llevadas por gente que ama la música, gente que cuida de personas aquejadas de la misma enfermedad.

Cuentan que fue una gran fiesta, con conciertos de pequeño formato, presencia de superestrellas (¡Metallica charlando con sus beligerantes fans en una tienda californiana!), ediciones especiales a la venta solamente durante el sábado, regalitos, sesiones de DJ a cargo de algunos ilustres clientes. Una celebración urgente: sólo en EE UU, han desaparecido más de tres mil puntos de venta en los últimos cinco años. En España, no tenemos estadísticas fiables pero la situación luce catastrófica.

Las causas son bien conocidas. En su inefable ceguera, las discográficas penalizan a las tiendas modestas, bien con condiciones onerosas o bien favoreciendo a los grandes comercios. Aunque el mayor enemigo, sin duda, son las descargas: Internet hace prodigios por la difusión de la música, pero está resultando fatal para los minoristas del disco. Lo siento: la excusa habitual de "me lo bajo y, si me gusta, me compro el CD" no casa con el descenso de ventas y la consiguiente ola de cierres.

Aquí, algo semejante sería difícil de materializar: las compañías desprecian a las tiendas pequeñas ("pagan mal...hacen pedidos ridículos"). Además, nuestras estrellas no compran discos, como si el acudir a una tienda de música fuera síntoma de falta de inspiración (curioso: nuestros astros van a las librerías, convencidos de que adquirir un tomo de Paulo Coelho les proporciona caché). Su insensibilidad al respecto resulta apabullante. Hace unos años, entrevisté a ese cantante que va de tipo humilde. Me explicaba muy convencido que detestaba los centros comerciales, los grandes almacenes, las cadenas: "Lo mío son las tiendecillas de barrio". Dado que controla muy de cerca todo lo que se hace con su producto, le pregunté inocentemente si se ocupaba de que las tiendecillas pudieran despachar sus discos a precio competitivo. Su confusión parecía genuina: "No... yo no me puedo meter en esas cosas... Podría enfadarse El Corte Inglés".

Entre todos la mataban y ella sola se moría. En España se alza un coro de plañideras cuando los cines caen ante las fuerzas inmobiliarias. Y si echa el cierre una librería emblemática en cualquier ciudad, el escándalo siempre es general. Sin embargo, dejó de funcionar Discoplay y no he visto el más mínimo reflejo en la prensa. Discoplay, que nació como tienda cara al público en la Gran Vía madrileña, se recicló en servicio de venta por correo y, a lo largo de sus treinta años de vida, hizo más por la difusión de la cultura que algunos ministros del ramo.

En realidad, las tiendas de discos son focos musicales, puntos de encuentro, nudos del tejido cultural. Como tales, deberían ser mínimamente protegidos, aunque sólo fuera para evitar la homogeneización del paisaje urbano, invadido por los Zara y los Starbucks. Me adelanto a las objeciones. Acepto que las disquerías no siempre son lugares acogedores: abundan los dependientes impertinentes, al estilo de Jack Black en Alta fidelidad, por no hablar de los tenderos demasiado cool. Y tampoco deben ser necesariamente lugares diminutos. Para muchos, entre los que me cuento, hay pocos recintos más sagrados que los tres establecimientos de Amoeba en California, hangares donde caben todas las músicas: aparte del stock profundo, cumplen las reglas de los precios moderados y los empleados eruditos; ellos editan incluso un fanzine donde comparten sus hallazgos. Como debe de ser.

 

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