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Juan Gavasa

Viajeras (I)

Viajeras (I)

El Ayuntamiento de Sabiñánigo me invitó a dar una charla ayer jueves sobre las mujeres viajeras del Pirineo en los siglos XVIII y XIX. Hubo media entrada en la flamate biblioteca "Rosa Regás", algo que no está nada mal teniendo en cuenta que competía con una charla sobre fútbol organizada por la Peña Zaragocista de Sabiñánigo. Estaba derrotado de antemano pero claudiqué con dignidad. Sobre el tema de las mujeres viajeras han escrito muchos estudiosos y estudiosas más preparados que yo, a los que voy citando a lo largo de la charla. Yo no he hecho más que recopilar el trabajo de otros. A partir de hoy os voy a ofrecer en diversas entregas todo lo que conté, y de paso alimento este desnutrido blog.

En la pequeña historia de la cordillera, el protagonismo de la mujer hasta bien entrado el último tercio del siglo XX se redujo al angosto y sofocante ámbito de la casa, un espacio construido de renuncias, silencios y sacrificios. En una sociedad de profundas raíces conservadoras y latente machismo, la mujer fue considerada tradicionalmente un ser inferior que no tenía derecho a determinados privilegios atribuidos en exclusiva al hombre. Sin olvidar la influencia perversa e inquisidora de una iglesia católica omnipresente, preocupada en vigilar las almas y las costumbres, sobre todo, de la mujer.

 

Bien es cierto que esta realidad social se puede extrapolar a las sociedades urbanas sin necesidad de introducir demasiados matices correctores, pero a diferencia de la gran ciudad, el núcleo rural solía ser un minúsculo microcosmos aislado del exterior que encerraba sin remisión a sus habitantes; es decir, no había escapatoria posible al destino marcado desde la cuna. Ya se sabe que en Aragón el primogénito heredaba la propiedad familiar, el segundo hijo se entregaba a Dios y el resto quedaba como mano de obra barata para el resto de los días. La fortuna del hombre podía encomendarse a la tímida emancipación del servicio militar, los azares de una boda o la rutina de la trashumancia.

 

Pero la mujer quedaba fuera de este juego de la vida. En esta última escala ella ocupaba el lugar más ínfimo: el de sirvienta de los abuelos, padres, marido,  hermanos e hijos; el de madre y el de incansable trabajadora en las labores del campo. La última de la casta; un servicio impagable, sin duda, que daría pie a hablar largamente del marcado carácter matriarcal de la sociedad pirenaica. Escribía Bertall en 1876, seguramente con una mal disimulada misoginia, “eran mujeres rudas, con las que sería mejor no encontrarse en un rincón del bosque”.

 

El filósofo francés Hipólito Taine relató en su célebre “Viaje a los Pirineos” de 1858 un encuentro con un grupo de mujeres en el Valle de Ossau que transportaban piedras “por un sendero que daría miedo hasta a las cabras”, aseguraba. Taine afirmaba que labores tan duras como éstas “les han dejado en la mirada una vaga expresión de melancolía y de reflexión”. Como sentenciaba la viajera francesa Juliette Drouet en 1843, “los trabajos en el campo arruinan la belleza en muy poco tiempo”.

Pero no hemos venido aquí a hablar de la belleza de la mujer (evidentemente), ni de las nefastas consecuencias de la vida en el Pirineo en los siglos XVIII y XIX. Sí que hemos venido a hablar de la mujer en un sentido genérico y de su vinculación con la cordillera pirenaica a través del relativamente reciente fenómeno del viaje, o el tour, como se solía llamar. Me he referido en el inicio de esta conferencia a la mujer pirenaica porque aunque el título induzca a pensar que “viajera pirenaica” es aquella que procede del exterior, en realidad considero que este atributo también debe de otorgarse a las mujeres que viajaron desde el interior.

 

¿Acaso no fueron viajeras las mujeres de los valles de Echo, Ansó y Roncal que cada año cruzaban la muga para ir a las fábricas de alpargatas de Mauleon en el valle de Zuberoa? Las famosas golondrinas. ¿Se imaginan la literatura que se podría crear a partir de sus dramáticas experiencias? Eran viajes por la supervivencia, por la comida, por la simple existencia. Como escribía John Berger, “la vida campesina es una vida dedicada por entero a la supervivencia. Ésta es tal vez la única característica totalmente compartida por todos los campesinos a lo largo y ancho del mundo”. No era un viaje de placer, no había un sentido hedonista en el afán por buscar otro horizonte.

 

¿No fueron viajeras las mujeres de Ansó que bajaban a Madrid a vender té? ¿Pueden detenerse por unos instantes a imaginar las penosas condiciones de esos viajes? Yo lo puedo imaginar: interminables y tortuosos caminos, noches en vela, infaustas posadas, días de incertidumbre... eran mujeres de avanzada edad con sus hijas –y a veces con sus nietas-, las que abandonaban el ignoto valle de Ansó para viajar a la capital del país. Era salir de un mundo anclado en el Medievo para avanzar unos cuantos siglos en pocos días.

 

El valor de aquellas mujeres merecería mucha literatura ¿verdad? No sabían escribir y tampoco nadie se interesó por ellas. Hoy sólo nos lo podemos imaginar, nada más. En justicia habría que citar al pintor Joaquín Sorolla, que se quedó prendado con aquellas ansotanas vestidas con el traje típico que aparecían cada cierto tiempo por las calles de Madrid. Fueron su primera inspiración para el lienzo que dedicó a Aragón en la obra “Las regiones de España” encargada por el multimillonario americano Archer Huntigton para la Hispanyc Society de Nueva York.

 

En la localidad catalana de Massat las madres llevaban a sus hijos pequeños a Tolouse para pedir limosna, tal era su miseria. Eso también es viajar ¿verdad?  O las mujeres que huían en retirada con sus hijos por los impracticables puertos de Lera y Viejo, en Bielsa, mientras el aliento de las tropas franquistas llegaba a sus cuerpos ajados y derrotados. Fue otro viaje terrible y humillante, un dramático episodio que forma parte de la ignominiosa historia de la Guerra Civil española. A lo largo de la historia los hombres y mujeres se han visto obligados a viajar y desplazarse de sus asentamientos naturales por muchas razones; casi siempre había un drama detrás, la búsqueda de recursos para la supervivencia o una fuerza persuasiva capaz de anular la voluntad individual.

 

Pero estarán de acuerdo conmigo en que siempre que hay un viaje, surge una experiencia que contar, independientemente de su valor, su relevancia histórica o su interés.  Al fin y al cabo, en el caso del pirineísmo, los relatos de los viajeros nos han servido, sobre todo, para conocer con mayor profundidad un tiempo, una sociedad y una cultura prácticamente extinguidos. Generalmente, no fue tan trascendente el propio viaje como las descripciones que nos dejaron los que decidieron –o pudieron- plasmar en un papel sus experiencias.

 

Esta afirmación cargada de obviedad viene al caso porque existe el permanente debate sobre los parámetros que se utilizan generalmente para definir el concepto de viajero o viajera. Los historiadores disertan con frecuencia sobre cuál es el límite en el que hay que circunscribir la idea misma del viaje, quién posee los atributos del viajero tradicional –o convencional-, y quién es simplemente mero espectador de paso. Queda lejos ya el conocido axioma del sabio Henri Beraldi, según el cual el viajero ideal era aquél que escalaba montañas, sentía y escribía.

 

Hoy en día al viajero ya no se le exige ese compromiso intelectual, pero a lo largo de los tres últimos siglos podemos encontrarnos con numerosos ejemplos que nos harían dudar, o cuando menos abrir un fructífero debate, sobre cualquier posición preestablecida al respecto. La antropóloga Elisa Sánchez defiende que “viajero es la persona dotada de la energía y el empeño suficientes para llevar ese viaje a cabo”. Y Julio Llamazares argumenta que “el turista viaja por capricho y el viajero por necesidad”. Aserto que se podría completar con aquél de Proust que afirma que “viajar no es cambiar de paisaje sino cambiar de mirada”.

 

En la definición y construcción de lo que se conoce como pirineísmo tuvieron un papel relevante los montañeros y los viajeros; los protagonistas de la “conquista del Pirineo”, los hombres y mujeres que escalaron por primera vez las míticas cumbres y después lo narraron con primoroso lirismo. Así surgió también una suerte de literatura pirenaica que hizo tanto por el conocimiento de la cordillera como los estudios antropológicos o geomorfológicos posteriores. Se considera comúnmente que el pirineísmo nació con Louis Ramond de Carbonnieres y su célebre relato de la pionera ascensión a Monte Perdido en 1802, una de las primeras aportaciones a esa literatura pirenaica. 

 

Pero es el francés Henry Russell al que la historiografía pirenaica ha concedido la categoría de “padre del pirineísmo”, sin ningún disfraz científico, como matiza el escritor Marcos Feliú. Elevó su amor por la cordillera al paroxismo hasta el punto de adquirir en concesión por 200 años una parte del Vignemale, la montaña a la que se entregó en vida y con la que firmó un simbólico matrimonio –él que era profundamente católico-, que reforzaba su visión panteísta del universo. Rusell probablemente fue el último viajero romántico del Pirineo, antes de que el siglo XX mudara los hábitos del viaje y surgiera tímidamente el fenómeno del turismo tal y como lo conocemos hoy en día.

 

Entre 1750 y 1904 más de 80 autores extranjeros dejaron textos o libros sobre sus viajes por la cordillera, muchos de ellos de una calidad literaria incuestionable, otros, no tanto. De ellos, tan solo una pequeña parte procedía de la pluma de una mujer. Y nos referimos solamente a los foráneos porque, como todo el mundo sabe, la anémica Ilustración española no dio para mucho, y menos para crear una literatura propia sobre el Pirineo. Hasta la primera década del siglo XX sólo supimos de nosotros por las descripciones que hicieron los viajeros extranjeros (franceses, ingleses y alemanes, principalmente).

 

En esa formación de la idea del pirineísmo se ha otorgado un brillo especial, como se puede ver, a los viajeros románticos e Ilustrados, quizá porque el propio vigor de su pluma tuvo más eco popular que otras aportaciones de carácter científico. Otra cosa es si todos los hechos que contaron fueron verídicos o si sus textos son útiles como fuentes históricas o documentos etnográficos.

“Aldeanos de Panticosa”. Litografía de Touchstone.

3 comentarios

Juan -

Pili: hubiera estado bien un pequeño debate o algún turno de preguntas, pero qué le vamos a hacer. Yo acabé contento, no esperaba a casi nadie. Así que os agradezco vuestro esfuerzo por venir.

Hermana, qué va a decir la familia ¿no?

Besos

BOLI -

PUES,HERMANITO,A MI ME HAN DICHO QUE NO ESTUVE NADA MAL,QUE LO HICISTE MUY BIEN.... Y SEGURO QUE LA GENTE QUE FUE A ESCUCHARTE LO HIZO PORQUE LE INTERESABA EL TEMA,
BESITOS

Pili A. -

Más vale poco y bueno que mucho y mediocre... (lo digo por lo de blog desnutrido)

Buena charla la de ayer (aunque no hubiera moderador/a para el debate y te hiciera la competencia el médico de la selección...)

Yo quería completar lo aprendido en el curso de Severino de "Viajeros por el Pirineo" y ya que vas a poner tú la conferencia me ahorras el pasar mis malos apuntes a limpio (cosa que casi nunca termino haciendo, la verdad)

Pues eso, gracias y hasta la próxima,