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Juan Gavasa

Pirineo desconocido (I)

Pirineo desconocido (I)

Este viaje por algunos de los pueblos menos conocidos y más bellos del Pirineo aragonés comienza en su vertiente más occidental, en un territorio en el que las montañas todavía no alcanzan la categoría de grandes cumbres y los paisajes son acariciados levemente por el clima atlántico. Biniés es la puerta de entrada a los valles occidentales de la comarca de la Jacetania, especialmente a Ansó y Fago. También es una de las postales más reconocibles de esta zona. Su castillo-palacio del siglo XI domina toda la panorámica del pueblo y a uno le hace pensar que no fue construido por casualidad en este lugar.

Alguien decidió que aquí, construido en un promontorio sobre las aguas del río Veral, el edificio reforzaría su condición de fortaleza y competiría en grandiosidad con el entorno. Biniés da nombre también a una de las foces más hermosas y espectaculares del Pirineo central. Durante siglos fue uno de los escasos pasos naturales hacia el valle de Ansó y actualmente es un destino turístico obligado. Biniés no es un pueblo pirenaico en el sentido geológico del término. Se despereza entre las grandes llanuras cerealistas de la Canal de Berdún y los primeros indicios de la cordillera, pero su historia lo vincula directamente con los pueblos del inminente Pirineo.

En cierta medida, su castillo-palacio le otorgó la condición de puerta natural de acceso a las cumbres y hoy en día es una especie de salvoconducto turístico. El renombrado edificio fue asolado por un incendio en 1928 y restaurado completamente en 1998. Hoy, más que una antigua fortaleza parece el capricho de algún multimillonario desconocido. Enfrente se alza la iglesia parroquial de San Salvador, un singular ejemplo de barroco popular en una tierra donde se prodigó con especial intensidad el arte románico.

            La foz de Biniés puede ser una excelente alternativa para llegar a Urdués a través del valle de Ansó primero, y después del de Echo, a cuyo término municipal pertenece. Urdués no suele estar en las guías de viajes, su nombre se esconde ensombrecido por el esplendor de Echo y la magnificencia de los valles cercanos. Bien visto ésta puede ser una de las razones del aspecto casi inmaculado de su pequeño casco urbano, recogido bajo el pico de La Cuta (2.147 m.). El barranco de Romasiete, que se precipita directamente desde la cumbre del pico, marca la divisoria entre el pequeño núcleo de casas y el arrabal levantado junto a la iglesia de San Martin (s. XII).

            La pureza de los paisajes y el silencio rompe con todos los tópicos del Pirineo masificado. Da la impresión de que nada ha sido alterado en siglos. El conjunto urbano mantiene algunas constantes muy reconocibles en toda la arquitectura del valle. Los característicos tejados de dos y cuatro aguas rematan unas casas generalmente individuales que quedan separadas por un estrecho callejón que en esta zona le llaman “gallizo”. La piedra cara vista contrasta con algunas fachadas encaladas en las que se pueden ver bellos ejemplos de chimeneas troncocónicas y cuadradas. Casa Mingué, Casa Arrigaz o Casa Cabalero son referencias indispensables en un recorrido por el pueblo. La iglesia de San Martín es de origen románico pero las sucesivas intervenciones transformaron por completo su aspecto original. Su llamativa torre, sobredimensionada respecto a la planta, fue levantada en el siglo XVII.

La ruta nos marca un itinerario imaginario de Oeste a Este por los pueblos de la Jacetania y Alto Gállego. Paralelo a Urdués está el valle de Jasa y Aragüés del Puerto y después el de Aísa. Estamos ante uno de los valles menos humanizados del Pirineo aragonés. Surcado por el río Estarrún y presidido por el imponente Aspe y la Llana de la Garganta y Del Bozo, la historia del pueblo es la crónica mil veces repetida de una lucha épica por superar las dificultades de la vida en el Pirineo. Pero esa historia también habla de una tenacidad épica por defender la tierra y sostener el pueblo ante los empentones del progreso y el éxodo rural.

Aísa (1.045 m), ha logrado salir airoso de todas esas plagas del siglo XX y hoy en día luce un formidable aspecto. Buena parte de sus casas han sido sometidas a concienzudas rehabilitaciones que han realzado el conjunto urbano. No pasa desapercibida cierta abundancia en el pueblo, una contenida alegría económica que se ha traducido en pequeñas obras y restauraciones que han dejado calles perfectamente empedradas y plazas de impecable factura. No hay que olvidar que la estación de esquí de Candanchú pertenece al término municipal de Aisa y ello tiene que influir en la cuenta de resultados de su ayuntamiento.

            En el pueblo cuentan historias de muchos vecinos que tuvieron que irse hace décadas a Jaca o Huesca en busca de prosperidad y ahora han regresado. Lo dicen con orgullo y cierta complacencia. Muchos vuelven sólo el fin de semana pero unos y otros han cumplido un pacto no escrito para preservar la esencia del pueblo y contribuir a su mejora. En la plaza Ramón y Cajal o en las calles Alta y Baja se pueden apreciar interesantes ejemplos de arquitectura tradicional en los que destacan los laboriosos trabajos de forja de los balcones o algunas chimeneas de cierta entidad.

Luego está la austera iglesia de La Asunción, un templo del siglo XVIII construido sobre otro anterior del que tan sólo se conservan un contrafuerte adosado al muro sur. El término municipal de Aisa está conformado también por los núcleos de Esposa y Sinués, en donde se mantiene uno de los dances más originales del todo el Pirineo aragonés. En todo el valle todavía se conservan los modelos tradicionales de economía agro-ganadera.

Siempre se habla de los valles de Aísa y Borau como una misma unidad. Son vecinos pero históricamente independientes, y eso lo subrayan cada vez que pueden los habitantes de Borau. Y es que el pueblo llegó a tener hasta mediados del pasado siglo médico, notario y escuelas, lo que en resumen significaba poder económico y relevancia social. Nada queda ya de ese pasado de esplendor salvo lo esencial: un casco urbano primorosamente conservado y algunos ejemplos de arquitectura tradicional realmente espléndidos.

Borau está arremolinado en torno al Lubierre, un modesto riachuelo que en el estío se seca y el resto del año apenas es capaz de transportar un exiguo caudal. Su proverbial aislamiento modeló un hermoso caserío que crece escalonado en un anfiteatro sobre la ribera izquierda del río. En Borau no se ha abusado de la arquitectura tradicional rediseñada en los últimos años en los despachos de arquitectos. Es decir; la ortodoxia de las fachadas de piedra cara vista apenas es visible y sí, por el contrario, una mezcla de estilos en los que se impone la pared encalada como era costumbre en el Pirineo hasta no hace mucho tiempo.  

Borau ha quedado al margen de la fiebre constructora que ha sufrido el Pirineo en las últimas décadas. Apenas hay edificios de nueva planta y los que se han construido han respetado escrupulosamente los elementos de la arquitectura tradicional del valle. Algunas chimeneas troncocónicas de sobria factura aportan nuevos elementos al rico catálogo de detalles y ornamentos que lucen sus casas, todas grandes y aparentes.

            A la entrada del pueblo se erige la más sorprendente de todas: es la vieja escuela del pueblo inaugurada en 1929, diferente a todas las del entorno. Su torre rematada con un llamativo reloj no se encuentra en el resto del Pirineo. Ahora que ya no hay niños (en el pueblo apenas viven 30 personas), las viejas aulas se han transformado en restaurante y salón social. Detrás del edificio se levanta uno de los frontones más lustrosos de la comarca. En lo alto del pueblo domina buena parte del valle la iglesia de Santa Eulalia, un sobrio edificio de grandes proporciones levantado en el siglo XVI. Su lamentable estado de conservación obliga a mantenerlo cerrado mientras alguna administración se decide a intervenir para evitar su ruina. En la plaza central hay una pequeña ermita abierta al culto. Allí está también la vieja “Casa Cipriano”, hoy felizmente restaurada, que muestra en su fachada una característica ventana geminada. A escasos kilómetros del pueblo se encuentra el antiguo monasterio de Sasabe (siglo XI), una de las piezas más relevantes del primer románico aragonés.

Hay un pueblo en la comarca de la Jacetania desconocido y sorprendente. Se trata de Botaya, un núcleo de larga historia escondido en una recóndita hondonada en las estribaciones meridionales de la sierra de San Juan de la Peña. Hasta hace una década coqueteaba peligrosamente con el umbral del abandono pero en los últimos años ha visto cómo se reabrían algunas de sus casas y se instalaban jóvenes familias de aspecto neorrural. Botaya ha recuperado la vida y con ella se ha desprendido de cierto anonimato que encubría uno de los cascos urbanos más bellos e impresionantes de la comarca jacetana. Muchos consideran que es el pueblo mejor conservado de la zona y probablemente no les falte razón. Todas las recientes rehabilitaciones se han realizado con un primoroso respeto, utilizando materiales tradicionales como la losa en los tejados y la madera en los vanos. El resultado es un caserío de extraordinaria armonía en el que no hay elementos distorsionadores. Pocos casos pueden encontrarse en el Pirineo aragonés con esa pureza formal.

            Las robustas casas de Botaya transmiten también la idea de un pasado de cierto esplendor bajo la influencia del monasterio de San Juan. Son edificios poderosos y soberbios como Casa el Herrero y Casa Francha, ambas del siglo XVI, ubicadas en la plaza del pueblo. Este rincón es el salón de la localidad y también el centro neurálgico que distribuye el resto del caserío. La otra pieza arquitectónica que establece la referencia visual es la iglesia de San Esteban, un templo de origen románico aunque profundamente alterado en el siglo XVII. En su portada destaca el valioso tímpano con imágenes de Cristo, los apóstoles y un crismón trinitario. Cuentan en el pueblo que el deteriorado estado de conservación de las figuras de los apóstoles se debe a la costumbre de los más pequeños de probar su puntería con las cabezas de los santos.

En la línea divisoria entre las comarcas de Jacetania y Alto Gállego está Acumuer, el único pueblo habitado del valle que atraviesa el río Aurín. Es un corredor natural agreste, de pronunciadas laderas forradas por frondosos bosques de pinos, abetos y hayas. Al final de ese valle se eleva Acumuer sobre un magnífico promontorio que le concede unas vistas privilegiadas. Detrás se insinúa el pico Collarada y la Collaradeta, geográficamente pertenecientes al valle de Canfranc pero con gran ascendente sobre Acumuer.

El pueblo sobrevive con escasa población y un núcleo urbano que conserva dignamente algunos de sus valores arquitectónicos más preciados. Casa Piedrafita con su fachada blasonada o los ornamentos de Casa Bordetas llaman la atención de inmediato por su belleza en medio de cierta austeridad. Son interesantes ejemplos de arquitectura señorial pirenaica. También sorprende por lo insólito el exótico jardín japonés de una de las viviendas ubicadas a la entrada del pueblo, propiedad de  Manuel Vinué, un artista de la localidad. El contrapunto lo ponen los bancales yermos de las laderas, herencia nostálgica de los tiempos en los que el pueblo y el valle palpitaban de vida y actividad.

Publicado en el número 68 de la revista El Mundo de los Pirineos

Premio "Villa de Benasque" de registros periodísticos 2009

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