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Juan Gavasa

Viajeros (2)

Viajeros (2)

A mediados del siglo XIX el Pirineo se transformó en un espacio para el deleite de las exclusivas élites intelectuales y aristócratas europeas. La irrupción de las corrientes románticas, que reivindicaban el placer como estímulo vital, transmutó las inhóspitas montañas en espacios naturales de exuberante belleza. El temible escenario de las oscuras leyendas del imaginario popular nutría ahora los estímulos de los primeros viajeros. Encontraron en el Alto Aragón un país pobre pero hospitalario en el que sus gentes vivían ajenas al tesoro que les cobijaba. El viajero Víctor Balaguer, explicó de forma luminosa en 1896 lo que les ofrecía el Pirineo: “no hay edificio que no tenga su historia, peña que no recuerda una tradición, sitio que no haya dado origen a una crónica”.

En un primer momento fueron la montaña y la naturaleza los aditivos de estas pulsiones nómadas. El placer de viajar y conocer recónditos parajes guió a esos pioneros entre los que descuellan Louis Ramond de Carbonnieres, Henry Russell, Franz Schrader, Edouard Wallon o Ayamard d’Arlot de Saint-Saud. Ellos relataron por primera vez las bellezas del Pirineo y le dieron un sentido poético al trabajo práctico que hasta entonces habían venido realizando los cartógrafos. Para todos ellos la cordillera pirenaica se convirtió en una íntima obsesión. El Conde Russell, considerado el padre del pirineísmo, expresó su amor de forma más pragmática y compró el macizo del Vignemale. Él había dejado escrito que “la palabra silencio no tiene sentido para el habitante de las llanuras que nunca ha vivido en las montañas”.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    

Durante muchos años sólo escribió sobre Pirineo el visitante extranjero, principalmente francés e inglés. No hubo literatura autóctona hasta mucho tiempo después. Entre 1750 y 1904 más de 80 autores extranjeros dejaron textos o libros sobre sus viajes por la cordillera. Fue el incipiente y minoritario turismo el que generó una interesante bibliografía que abarcaba casi todos los campos del saber. Desde un origen casi exclusivamente científico derivó hacia el romanticismo y el naturalismo.  Finalmente aparecieron las guías de viajes.

El pirineismo se considera que nació con el geólogo y botánico francés Louis Ramond de Carbonnieres. Su relato de la pionera ascensión a Monte Perdido en 1802 es una de las primeras aportaciones a la literatura pirenaica, trufada a partir de entonces de narraciones sobre las experiencias personales de los montañeros, viajeros y agüistas. Una de las más célebres fue la escrita a mediados del siglo XIX por Victor Hugo, el más importante escritor romántico francés, en su libro “Pirineos”. De acuerdo al perfil del pirineista ideal que proclamaba el sabio Henri Beraldi; escalaban montañas, sentían y escribían. Luego vendrían los viajeros en coche y más tarde con esquíes, y la pureza del espíritu montañero se resentiría para siempre.

El Pirineo sufrió una nueva transformación en el primer tercio del siglo XX, cuando los viejos viajeros románticos fueron relevados por una nueva especie que buscaba formas de ocio innovadoras expresadas a través del deporte. El esquí fue, sin duda, una de las grandes revoluciones en la percepción de la montaña como espacio natural. Pero también el montañero dejó de escalar por simple placer sensorial e incorporó un componente competitivo y de superación.

Las inquietudes deportivas de una sociedad que comenzaba a valorar la importancia del cuidado físico según el aserto latino “mens sana in corpore sana”, guiaron a un nuevo tipo de viajero menos romántico y más hedonista. Fue entonces cuando, por ejemplo,  prácticas ancestrales de supervivencia como la caza se convirtieron en un ocioso atractivo del paraíso pirenaico. En ese contexto hay que enmarcar también el turismo de las aguas, aunque para encontrar su origen hay que remontarse a principios del XVIII. En ese tiempo surgieron decenas de balnearios y termas que explotaban las propiedades curativas de las aguas pirenaicas. Monarcas, nobles y burgueses de toda Europa se instalaron en estos enclaves privilegiados y contribuyeron a crear lujosos balnearios de los que todavía se conserva una hermosa arquitectura de aires señoriales. 

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