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Juan Gavasa

Bardem

Bardem

Ha ganado Bardem. La noticia se coló de soslayo en las portadas de los periódicos españoles, preocupados más por el sopor del debate electoral que por el éxito de uno de los mejores actores de la historia del cine español. Y que conste Señora Danvers que sigo pensando lo mismo de los premios, incluidos los Oscar. En ocasiones son los actores los que engrandecen los premios; éste es el mejor ejemplo. La Academia ha sabido estar a la altura de uno de los actores más completos de la escena actual. No al revés. Ha premiado a un profesional de izquierdas, comprometido y muy poco entusiasmado con la idea de incorporarse al universo de Hollywood.

            Javier Bardem me cae bien, me cae muy bien. Desde “Jamón jamón” lo he visto como un tipo auténtico, un chulo con galones para poder ser chulo. No todo el mundo puede serlo, aunque muchos lo intentan infructuosamente. Ser chulo es un mérito. Javier es un pedazo de actor con  una capacidad camaleónica natural, ese atributo que tanto gusta de adjudicar a otros actores con perfil más bajo. Bardem es un currante de la cámara, un machaca que ha conseguido lo que ha conseguido gracias a un concepto stajanovista del trabajo, se ha metido tan de lleno en sus personajes, los ha diseccionado con tanta meticulosidad que ha logrado ser un trasunto de ellos. Hay ejemplos como el de Reynaldo Arenas que producen vértigo por su extraordinario parecido.

            Bardem pertenece a una saga familiar que resulta incómoda para determinada derecha de este país. Directamente no los soportan. No pueden con ellos porque son brillantes, independientes, cáusticos y un poco brutos cuando defienden causas en las que creen. Es esa delgada línea que otros llaman crispación y que no es más que el derecho democrático a la libertad de expresión.

            Hay otra cosa que duele de los Bardem y que Elvira Lindo lo definía ayer muy bien; han llegado a la aristocracia gracias al trabajo. Es decir; que nadie les puede reprochar absolutamente ningún privilegio heredado ni pago de favor alguno. Pilar Bardem es una señora que las ha pasado bien putas en esta vida; y quizá por ello observa ésta con un punto de descreimiento e ironía que también sienta fatal. Es una mujer forjada en las trincheras y no en las alfombras rojas. El papel que le recuperó para el cine, la madura suegra de Victoria Abril en “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto” de Agustían Díaz Yanes, es de algún modo un retrato descarnado de su propia vida y un despliegue impecable de su enorme talento cinematográfico.

De la trayectoria de una mujer dura e imperturbable surge un hijo instalado en las mismas coordenadas vitales. Un personaje al que se le puede imaginar sin distorsión tomando cervezas en un bar de carretera de los Monegros, o compartiendo un Dry Martini con George Clooney en el selecto hotel Chateau Marmont de Sunset Boulevard.

Hay otra cosa que desarmó a muchos en la madrugada del lunes. El rojo antipatriota dedicó el Oscar a España. A esa España de la que se ha apropiado una parte del país que sólo entiende el concepto patriótico envuelto en una gran bandera rojigualda y abrazado a los valores tradicionales heredados de la noche oscura del franquismo. Bardem representa a otra España tan patriota como la anterior pero construida sobre valores universales como la solidaridad, la igualdad, el diálogo y el respeto al otro. Eso que algunos llaman relativismo.

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