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Juan Gavasa

El futuro no es lo que era

El futuro no es lo que era

Me asaltó recientemente la curiosidad y releí algunos de los diálogos que componen  el “El futuro no es lo que era”, aquella conversación entre Felipe González y Juan Luis Cebrián plasmada en un libro publicado pocos días después del atentado de las Torres Gemelas en 2001. Ambos habían sido protagonistas directos del proceso de consolidación de la democracia en España y, alejados ya en ese momento de los púlpitos desde los que influyeron sobre el rumbo del país, se solazaban reflexionando sobre vidas pasadas y sobre lo que esperaban del nuevo siglo recién estrenado.

Habían tomado prestada una frase del ex presidente de Uruguay, Julio María Sanguinetti, para titular aquel libro con el ánimo crítico de proyectar cierto desasosiego e inquietud frente a lo que deparaba el futuro. Hace diez años la revolución digital solo era una certera intuición, la globalidad un fenómeno nada contrafactual y la obsesión por la seguridad internacional una inminente amenaza de distopia.

González había decidido poner punto final a su carrera política y Cebrián a su profesión de periodista. El primero era ya ese “jarrón chino” que ilustraba su propia metáfora de los políticos en desuso y el segundo se dedicaba a construir un imperio mediático entre canales de televisión e inversiones transoceánicas. Aunque los dos contertulios dan muestra de una lúcida capacidad de análisis y de perspicacia, los cambios que ha experimentado el mundo en esta última década han resultado ser tan demoledores que han arrasado hasta el más prudente ejercicio de prestidigitación. Incluso el de aquellos que, como González y Cebrián, poseían un caudal de información superior a la media y una influencia notable como generadores de opinión.

Así es que las reflexiones que vierten en el libro han envejecido de manera prematura y se han convertido en una especie de arqueología intelectual. Pero no es tan importante la obsolescencia de las previsiones como las ideas que se arrebujan entre una narrativa de grueso calibre y que permiten intuir –con la ventaja que otorga releerlas diez años después de haber sido pronunciadas-, algunos de los escenarios que decoran nuestro convulso presente. Cebrian habla en un momento de la conversación sobre la necesidad de que los seres humanos tengan la educación y habilidades necesarias para incorporarse al nuevo proceso implementado por el mundo digital. Se refiere a los profesionales de la comunicación, obviamente; y aquella afirmación retumba hoy como si estuviera encerrada entre cuatro paredes, sometida a ese desastroso criterio de la senectud como virtud que declina entre las exigencias del nuevo periodismo.

Cuando se enzarzan en una discusión sobre el papel que debe desempeñar el sindicalismo en un mundo globalizado en el que los tradicionales sistemas productivos han sido sustituidos por nuevos mecanismos de plusvalía, Cebrián subraya las bondades del capitalismo salvaje porque debajo guarda cierta conciencia social. Enlazar esta afirmación con una referencia a Adam Smith resulta previsible. Pero ocurre. El egoísmo individual puede movilizar un bien general, dice. Finalmente habla de la “justicia social” a la que aspiran los sindicatos como un “concepto abstracto” alejado de “intereses concretos” y, por lo tanto irreal.

En esta década transcurrida desde la publicación de “El futuro no es lo que era”, han pasado demasiadas cosas y muy pocas han sido buenas. La crisis económica ha derivado en una gran depresión que ha removido los cimientos del estado de bienestar y las certezas sobre las que varias generaciones habían construido su vida. En el campo de los medios de comunicación se ha sumado además una crisis de modelo que está destruyendo no solo una industria sino también una cultura de la información. Recientemente el Instituto Reuters publicaba el informe “Diez años que agitaron el mundo de los Medios”, en el que, entre otras conclusiones, recuerda que “los viejos medios han conseguido grandes audiencias en internet pero pequeños beneficios”. Dicho de otro modo; el periodismo sigue siendo una demanda social pero no ha encontrado todavía el ajuste en el nuevo mundo digital para garantizar su rentabilidad.     

El libro colectivo “Queremos saber. Cómo y porqué la crisis del periodismo nos afecta a todos”, reúne las opiniones de grandes periodistas españoles como Javier Espinosa, Ramón Lobo, David, Jiménez, Mayte Carrasco o Mónica Prieto. Todos ellos defienden una misma idea: sin un periodismo serio y riguroso, sin una información veraz y refractaria de la propaganda, el mundo será menos libre. Es, en definitiva, la defensa del viejo trabajo del periodista, explicado mil y una veces mediante frases ingeniosas o sonoros quiasmos. La cronista chilena Rocío Montes argumentaba recientemente que su trabajo consiste en capturar un trozo de la realidad que merece ser contada “e investigarla como quien disecciona a un muerto”. Es otra buena descripción.

Pero uno sospecha que esa idea corre riesgo de convertirse en idílica. Cebrián, el mismo que hace diez años decía que El País pretendía representar “el ánimo de los progresistas españoles”, ha dilapidado el prestigio y el carácter institucional de ese medio de comunicación con un ERE que es tanto una noticia como un síntoma. La noticia es el abrupto final de ese periódico como principal medio de referencia nacional; y el síntoma es el nuevo tiempo que se abre para el periodismo y, por lo tanto, para la sociedad de la información en el que el futuro tampoco será lo que era.

En los últimos meses Cebrián se ha entregado a la causa de anunciar la muerte de la prensa “tal y como la conocemos”. Hábil estrategia para dibujar el contexto de sus decisiones. Con el ERE se van los periodistas más veteranos y se naturaliza la especie de que en el nuevo tiempo no será importante quién escribe ni cómo lo haga. Una manera confusa de entender aquello que decía Camba de que “el público no debe darse cuenta de que un autor escribe bien”. No es eso. Sí que me encaja otra cosa que escribía Ben Bradlee en sus magníficas memorias “La vida de un periodista”: “no es casual que los mejores periódicos en América sean aquellos controlados por familias para quienes hacer periódicos es una tarea sagrada”. Quizá ese fue el problema, cuando se pasó de gestionar un periódico a jugar a trilero. En ningún caso la culpa era del periodista.

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2 comentarios

Juan -

Estoy de acuerdo en todo lo que dices. Y "Primera plana" no deja de ser la crónica de una época del periodismo que sospecho que ha desaparecido para siempre. Lo peor es no saber qué tenemos ante nosotros, qué futuro nos depara.

grosem -

Hola, Juanito
me encanta que hayas puesto la foto de "Primera plana" para ilustrar tu texto. Al menos, el personaje que hacía Walter Matthau no engañaba a nadie, y confesaba sin ambages que su único propósito era vender más periódicos, y si para eso había que untar, comprar o mentir, pues bien hecho estaba.
Lo que está pasando con "El País" es fruto de la hipocresía que les adorna: grandes alharacas para criticar la reforma laboral de Rajoy y luego se acogen a ella para echar a un tercio de la redacción. Mucha denuncia del capitalismo de salón, y el patrón máximo se lleva millones de euros por conducir una empresa sin rumbo, ninguna crítica a los bancos que les han prestado dinero a mansalva...
No sé si ha llegado a tierras canadienses una frase en catalán que ahora se oye mucho por aquí ("jugar a la puta i la Ramoneta").
El panorama de los medios es desolador por aquí. Como dejas entrever en tu texto, ya no se hace periodismo. Y los que lo intentan son minoritarios, abren sus pequeñas ventanas en internet y cuesta mucho encontrarlos.
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