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Juan Gavasa

Huellas romanas

Huellas romanas

Un libro recién publicado coordinado por el arqueólogo José Luis Ona recuerda un importante y desconocido episodio de la historia reciente de la comarca. Se trata del hallazgo en julio de 1963 de un valioso mosaico romano en las cercanías de Artieda. El capitán de Infantería Enrique Osset Moreno, destinado durante varios años en Jaca, fue el responsable de este descubrimiento y su posterior divulgación entre las autoridades y los medios de comunicación de la época. Sus denodados esfuerzos por lograr que las excavaciones continuaran por otros campos de la zona, donde había constancia de la existencia de más restos de la época, es la crónica de un militar ilustrado que luchó hasta su prematura muerte en 1971 por recuperar una relevante parte del pasado de la Jacetania.

Un capitán de Infantería protagonizó en el verano de 1963 un sorprendente episodio en las cercanías de Artieda, que traspasó las fronteras de la Jacetania y fue divulgado por todo el país. Enrique Osset Moreno, alumno en aquel tiempo de la Escuela de Estado Mayor y destinado en Jaca durante buena parte de su carrera militar, pasaba el verano con su mujer, descendiente de Artieda, y con sus seis hijos en la localidad de la Alta Zaragoza.

Tres meses antes, el joven agricultor local Francisco Iguácel había roto la reja del arado de su flamante tractor mientras roturaba uno de sus campos. La pieza quebró al tropezar con una gran columna de piedra que se encontraba a treinta centímetros de profundidad. La familia Iguácel compró el tractor tan sólo 3 años antes, y hasta entonces había utilizado el clásico arado romano, que apenas profundizaba en la tierra. Aquella columna de grandes dimensiones resultó ser parte de una antigua mansión romana.

Artieda, como el resto de la comarca de La Jacetania, despertaba tímidamente en aquellos primeros años de la década de los 60 del pasado siglo a la era de la mecanización. Y ese salto en el tiempo fue como una conjunción planetaria que permitió enlazar el presente modernizador con un pasado remoto que ni se conocía ni se esperaba por estas tierras. Como escribió el periodista del diario Amanecer de Zaragoza, José Omat, en un artículo publicado en agosto de ese año, “lo moderno descubre lo antiguo”. En las puertas de la famosa y decisiva concentración parcelaria, muchos agricultores dejaron los viejos arados y compraron su primer tractor. Este hecho fue determinante en un hallazgo arqueológico de gran relevancia y repercusión que sirvió para certificar la presencia romana en la Canal de Berdún.

Enrique Osset escuchó en el bar de Artieda las explicaciones de Francisco Iguácel sobre el accidente que había sufrido tres meses antes con el arado. Osset, militar culto e inquieto que había realizado pocos años antes un interesante estudio sobre la geografía del Sáhara durante su destino en la entonces provincia española, intuyó de inmediato que aquel hallazgo podía ser algo más que un simple accidente agrícola. Su interés autodidacta por la arqueología le permitía saber que pese al transcurrir de los siglos siempre quedan vestigios de la presencia humana y de sus obras. Como escribiría posteriormente en un artículo publicado en la revista Ejército, “las huellas de un poblado prácticamente no desaparecen; tan solo es necesario saberlas descubrir o interpretar”. Y eso es lo que hizo.

Al día siguiente de aquella conversación en el bar fue hasta la partida de Rienda, a cuatro kilómetros de Artieda, a conocer la columna que le había descrito el agricultor. Pero lo primero que le llamó la atención fue el diferente colorido de la tierra y las tonalidades rojizas que adquiría en algunos puntos de la parcela, como si hubiese sido quemada. Ese campo, que había sido roturado por primera vez por un tractor después de siglos de trabajo manual, estaba salpicado de pequeños trozos de mosaicos destruidos por el arado. Como sospechaba Osset, las entrañas de esa tierra de labor ocultaban las huellas de un antiguo poblado, probablemente de origen romano. Los estudios estratégicos realizados por el militar a lo largo de su carrera, su experiencia en el Sahara y un erudito conocimiento de la historia de los ejércitos le permitieron observar cosas imperceptibles para el común de los mortales. “A mí me explicaba que esa tierra tenía diferentes tonalidades y que eso se debía probablemente a que aquel antiguo poblado romano fue incendiado, pero yo no entendía nada, yo veía todo del mismo color”, rememora la viuda de Osset, María Luisa Vicente, una octogenaria con una memoria privilegiada y un intenso recuerdo de su marido, fallecido prematuramente en 1971 con tan solo 42 años de edad.

El militar adoptó decisiones rápidas y precisas, propias de una mentalidad acostumbrada a la acción. Sabía que la arquitectura romana tenía unas características muy determinadas; las habitaciones se disponían alrededor de un patio central porticado con columnas. La situación de la columna hallada por el agricultor le facilitó la reconstrucción imaginaria de la antigua mansión y alimentó su sospecha de que en ese campo había muchos más restos arqueológicos. Ante la falta de brazos en el pueblo, entretenidos en las labores de recolección, Enrique Osset comenzó a hacer catas y pronto salió a la luz un extraordinario mosaico con motivos animales que estaba en un excelente estado de conservación y que podía corresponder al patio central de la vivienda. Se trataba de una pieza de 90 metros cuadrados.

El militar puso en conocimiento del Gobierno Civil el hallazgo mientras continuaba con las catas con la única ayuda de sus hijos Enrique y Marisina, de siete y seis años respectivamente. Con el inocente entusiasmo infantil se encargaban de limpiar con escobas lo que su padre dejaba en la superficie. El pequeño Enrique recuerda casi 50 años después aquellas jornadas en el campo de la familia Iguácel “casi como si fuera un juego porque nosotros estábamos encantados de ayudar a mi padre. Él había dibujado en un papel una distribución imaginada de cómo sería la casa y no se confundió. Donde él pensaba que podía estar el patio central allí encontramos el gran mosaico y otros en peor estado de conservación que podían pertenecer a otras habitaciones y restos de cerámica y otras piezas”.

El arqueólogo José Luis Ona explica en el libro publicado recientemente que “Osset tuvo el acierto de notificar el hallazgo a las autoridades, que con rapidez determinaron el envío del arqueólogo Antonio Beltrán, y de especialistas en el arranque de mosaicos”. Porque Enrique Osset entendió que era necesario seguir los conductos reglamentarios pero al mismo tiempo continuar con las catas para minimizar en la medida de lo posible los perjuicios que se estaban causando al propietario del terreno. Francisco Iguácel tuvo una actitud plena de sensibilidad y responsabilidad. El mismo día que su hijo topó con la columna romana decidió dejar de trabajar el campo de Rienda hasta que alguna autoridad determinara qué hacer con aquellos restos. Y así estuvo durante 3 años. Esa actitud cívica, sin embargo, no tuvo la réplica en los poderes de la época. Le expropiaron el campo de 3 hectáreas durante ese tiempo y se lo devolvieron destrozado y sin indemnización alguna.

Según Cándido Iguácel, hijo de Francisco, “nos expropiaron el campo durante 3 años pero no hicieron en ese tiempo ninguna cata más. Cuando mi padre fue a exigir una indemnización por los daños ocasionados enviaron a la Guardia Civil para detenerlo. Yo corrí a avisar al cura y sólo gracias a su mediación dejaron a mi padre en paz. Esto es lo que conseguimos de aquella historia”.  Enrique Osset sufrió especialmente aquel desprecio y son numerosas las cartas que guardan sus hijos en las que reclamaba insistentemente una indemnización a Francisco Iguácel. “Yo era muy pequeño –indica su hijo Enrique-, y no me enteraba de casi nada pero podía ver perfectamente que al señor Iguácel no le trataban bien las autoridades de la época”.

La dimensión del hallazgo probablemente hubiera sido otra si no hubiera existido la figura de Enrique Osset Moreno. El militar no era profesional de la arqueología  pero consagró los siguientes meses a estudiar la geometría del inmenso mosaico y dibujar en sus cuadernos de campo con una técnica primorosa las diferentes piezas que lo conformaban. La documentación que acumuló en este tiempo y el rigor de sus estudios fueron suficientes para que la comunidad arqueológica lo tratara como uno de los suyos. Publicó varios estudios y presentó junto a Antonio Beltrán sus conclusiones en el VIII Congreso Nacional de Arqueología celebrado en 1963.

Su condición de militar ilustrado alimentó otros ensayos de carácter geoestratégico que vinculaban directamente el trabajo de los arqueólogos con el estudio militar. En un artículo publicado en 1964 en la revista Ejército argumentaba que “una vez realizado el reconocimiento militar de una zona y señalados los puntos técnicamente interesantes, hay que dejar paso al arqueólogo, ya que la técnica de excavación, el estudio de la cerámica, etc., salen del campo puramente militar”.  En ese mismo estudio desarrollaba una documentada hipótesis sobre las razones estratégicas del asentamiento romano de Artieda, en las que mostraba su profundo conocimiento de Roma y de sus ejércitos, de la geografía pirenaica y de la historia militar. “Este punto cierra el valle de Roncal y presenta múltiples circunstancias que favorecen su defensa, como el cauce del río Aragón, que constituye un foso natural, o sus taludes, en las laderas norte, este y oeste”.

Enrique Osset Moreno mantuvo desde el primer momento un firme equilibro entre el pragmatismo del hombre de acción y los formalismos jerárquicos del disciplinado militar. De hecho, como recuerda su viuda María Luisa Vicente, “a la primera persona que puso en conocimiento el hallazgo fue al Capitán General de Zaragoza, Mariano Alonso, que había sido profesor suyo en la Academia General y tenía casa en Villanúa”. En aquella carta el capitán explicaba a su superior que “aquí la gente ve que voy a picar y no concibe que un “señorito” lo haga por amor al arte, preguntan si apareció el tesoro y al responder que el tesoro era el mosaico alguno aventuró la sospecha ¿qué habrá debajo del mosaico?"

Osset Moreno recibió rápidamente la respuesta de su antiguo profesor, que le aseguraba que haría las gestiones oportunas. Con los formulismos de la burocracia de la época el 5 de agosto de 1963 (pocos días después del hallazgo), el militar recibió una postal desde Peñiscola del profesor Antonio Beltrán, quien le informaba estar al tanto del descubrimiento de Artieda y le aseguraba que al finalizar sus vacaciones en septiembre iría “a verle y estudiar el arranque del mosaico”. En esas fechas Osset ya había aventurado la hipótesis de que los mosaicos y restos hallados podían pertenecer a la célebre ciudad romana de Seguia, que algunos estudiosos situaban en Ejea de los Caballeros. Mientras llegaba Beltrán siguió picando y encontró nuevos restos de mosaicos aunque en peor estado de conservación. Cada cata reforzaba las intuiciones del militar.

Beltrán cumplió su promesa y un mes después constató “in situ” la importancia de lo que hasta entonces sólo conocía por referencias. El Consejo Provincial del Movimiento destinó por vía de urgencia 40.000 pesetas para el arranque del mosaico y se requirió al restaurador del Museo de Sevilla, señor Tomillo, el principal experto en este tipo de trabajos en España, para que dirigiera la operación. La rápida actuación de las autoridades de la época fue profusamente divulgada en los medios de comunicación, que se hicieron eco del relevante hallazgo de Enrique Osset Moreno. En una entrevista concedida a Heraldo de Aragón en noviembre de ese año, el militar confesaba que “temía estropear algo pese al cuidado que ponía. Por otro ignoraba las leyes establecidas para estos casos y sobre todo me preocupaba la avaricia de los buscadores de tesoros capaces de picar en el mismo mosaico para ver si encontraban debajo la olla con las onzas”.

En el mes de septiembre se contrató a varios vecinos de Artieda para que hicieran los trabajos de excavación. En pocos días se sacó a la luz todo el mosaico y mediante un delicado proceso de arranque, traslado  y pegado se reconstruyó para su exposición en el Museo de Zaragoza, donde todavía permanece. Pese a la constatación de que había más restos en la partida de Rienda y en otros campos adyacentes, las autoridades no financiaron nuevas excavaciones. Osset Moreno, frustrado y resignado, se dedicó durante los siguientes años a llamar a todas las puertas posibles para sensibilizar a la administración sobre la necesidad de seguir investigando la huella romana de Artieda.

Los hijos de Osset Moreno (tiene 8), conservan todo un arsenal de correspondencia que define también la personalidad del militar. Su hija Concha confirma que “mi padre era disciplinada, metódico y organizado hasta un extremo realmente impresionante. Guardaba todo y era profundamente ordenado con todo lo que trabajaba”. De esa ingente documentación epistolar se rescatan perlas que ayudan a explicar también la pesada burocracia del régimen franquista y los códigos internos de una administración que, como explicaba uno de sus funcionarios, “mostraba la sensibilidad de una tortuga”

Enrique Osset se batió el cobre para que la familia Iguácel cobrara una indemnización. Mantuvo un intenso y cómplice cruce epistolar durante años con el director del Instituto Español de Arqueología, Alberto García y Bellido, para que las excavaciones continuaran. El funcionario, un hombre de vuelta de todo y profundo conocedor de las interioridades de la obtusa administración, le confesaba en una carta que “si las fuerzas armadas dependieran de ministerios civiles como el mío posiblemente no se habría decidido aún la adopción del arma de fuego y continuaríamos discutiendo las ventajas de la ballesta sobre el arco”. En otro misiva de marzo de 1966 respondía a Osset de manera lacónica sobre el asunto de la indemnización a los dueños del campo: “si Artieda perteneciera a Navarra no hubiera sido necesario dejar transcurrir tres años”.

Osset lo intentó todo. Incluso logró comprometer a la Escuela Militar de Jaca, en la que estaba destinado a finales de la década, para que los nuevos trabajos de exploración los hicieran soldados adscritos al cuerpo con el traslado de los mosaicos hallados a la capilla de la Escuela como posible compensación. La legalidad no lo permitió.  En 1969 escribió incluso a Manuel Fraga, Ministro de Información y Turismo, después de la visita que éste había realizado a Jaca. Le remitía todos sus trabajos sobre los yacimientos romanos de Artieda y le informaba de que la Embajada Italiana en España se había mostrado interesada en continuar con las excavaciones. El militar retaba de forma inteligente al ministro y le tocaba la fibra: “me agradaría más que el trabajo fuera realizado por españoles y que nada de lo nuestro fuera a parar a museos extranjeros. En marzo de 1970, pocos meses antes de caer enfermo, el director del Instituto Español de Arqueología le animaba a “seguir explorando este “castellum” porque puede ser de un interés muy grande”. Era una forma irrefutable de confirmarle que el Estado no iba a hacer nada más en Artieda.

Enrique Osset Moreno murió en enero de 1972 después de una fulminante enfermedad. En sus últimos años estuvo destinado en la Ciudadela de Jaca y fue el impulsor de su restauración. No llegó a tiempo de ver en la calle su libro “El castillo de San Pedro”, el único estudio global publicado hasta ahora sobre la historia de la Ciudadela. En este trabajo plasmó nuevamente el rigor, disciplina, entusiasmo y tenacidad que caracterizaron su investigación en Artieda. Gracias a su estudio y trabajo de campo en las partidas de “el Forau de la Tuta”, “Rienda”, “Campo del Royo” o “las Viñas del Sastre” se pudo saber que aquellas teselas y restos de cerámica que aparecían con frecuencia no eran “cosa de los moros”, según el imaginario popular, sino las huellas de un campamento y un poblado romano que ejerció durante siglos un estratégico papel en la defensa del norte de Hispania.

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4 comentarios

Conchita -

A mi,tambien me ha gustado muchisimo tu articulo,no sabia nada de esta historia y es muy muy interesante.besitos

Juan -

Gracias a las dos. La historia de Enrique Osset es realmente fascinante.

inde -

¡Qué precioso artículo, Juan! Y toca un tema para mí especialmente sensible: el de la desidia no de la población, a la que siempre se echa la culpa, sino de sus mandos y "responsables". Tengo el libro de Osset sobre la ciudadela de Jaca y, conociendo ese trabajo, no me extraña que actuase como cuentas en el caso de Artieda. Me alegra que hayas contado esta historia, y que la hayas contado tan bien. Qué buen trabajo. Un abrazo.

Pilar Ortega -

leí el árticulo el la revista Jacetania y me encató
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