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Juan Gavasa

El beduino

El beduino

Aseguraba Kapuscinski que los cínicos no podían dedicarse al periodismo. Nada dijo al respecto de los políticos. Leyendo a Labordeta en sus “Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados”, a uno no le queda ninguna duda de que hacen falta pesadas cargas de cinismo para dedicarse a la cosa pública en la capital de la Corte y no morir en el intento. El libro de Labordeta es un vaivén de recuerdos, anécdotas y experiencias contadas con la conocida austeridad de su prosa y la certera percepción de quien camina por la vida sin maquillaje.

            Labordeta ya era muy popular antes de lograr el acta de diputado en Madrid. Lo era en Aragón como símbolo de una identidad en ciernes, y en el resto del estado como parte de un movimiento social y cultural que reivindicaba la democracia primero y con ella la errante justicia. Llegó esa democracia pero no necesariamente acompañada de los valores que se le suponían. Muchos se volvieron acomodaticios y otros se hicieron demócratas de toda la vida sin necesidad de grandes esfuerzos morales. Quedó finalmente una minoría que siguió combatiendo en el convencimiento de que el experimento democrático venía lastrado por los cuarenta años de dictadura y la volatilidad de los nuevos principios.

            Y así llevamos más de treinta años, alardeando en el exterior de las bondades de nuestra transición sin ser capaces de percibir sus notorias debilidades. La comodidad del discurso complaciente ha eliminado cualquier arrobo autocrítico y ha grabado a fuego aquella extendida tesis de que en 1978 se logró un gran acuerdo ejemplar entre vencedores y vencidos para reinstaurar la democracia en España. Como recordaba hace algún tiempo el historiador oscense Manuel Benito, en realidad lo único que ocurrió en aquellas fechas es que los que estaban en el carro del poder “dejaron un hueco para que se subieran los que habían permanecido en la oposición durante la dictadura”.

            Las fisuras de aquel “gran acuerdo” se han dilatado con el paso del tiempo y actualmente los síntomas de agotamiento y caducidad de la Constitución son alarmantemente patentes. La experiencia de Labordeta en el Congreso de los Diputados -más allá de su interés memorístico y su carga de ironía y retranca-, refleja las telarañas de un sistema obsoleto y carpetovetónico, construido para perpetuar la partitocracia y anular valores tan democráticos como la participación ciudadana o la conciencia cívica. El profesor de Análisis Económico en la Universidad de Valencia, Juan Manuel Blanco, escribía recientemente: “Así, la partitocracia acaba vaciando de contenido una buena parte de los órganos del Estado porque las decisiones que estos órganos toman formalmente ya se han adoptado previamente en otros ámbitos. De este modo, la separación de poderes desaparece de hecho pues suele ser el jefe del partido mayoritario (generalmente también jefe del ejecutivo), quien toma realmente las decisiones por todas estas instituciones aunque ellas sean formalmente independientes”.

            La presencia de un tipo tan normal como Labordeta en el Congreso (se entiende por normal al individuo ajeno a las élites políticas y no al que apelaba por exclusión insistentemente Rajoy en la última campaña electoral), nos permite observar de manera desfigurada la realidad oficial de la sede parlamentaria, el supuesto templo de las libertades y símbolo supremo de la democracia española. Labordeta, como diputado único de CHA, afronta su llegada al Congreso como esos famosetes que son lanzados a una isla desierta en mitad de un océano. El presunto noble juego de la política se convierte de inmediato en un ejercicio de supervivencia en un medio hostil y desconocido. Cada paso que da el beduino (alter ego de Labordeta), por esos pasillos enmoquetados esconde una trampa difícilmente previsible para el diputado de provincias ajeno a las castas políticas. Sólo los profesionales de carrera conocen las claves que esconden los mapas.

            Su narración de los primeros días de su primera legislatura (2000-2004, la del rodillo de Aznar), es en síntesis el testimonio de una ascensión al Everest: los compañeros de expedición son los diputados del Grupo Mixto, todos ellos políticos “peligrosos” y “desafectos” al régimen de Aznar. Entre “separatistas” e “izquierdosos trasnochados” Labordeta y sus compañeros articulan una improbable oposición política que encuentra el desprecio del PP y el silencio de los medios madrileños. Su voz es casi imperceptible en medio de un coro de fieles palmeros; pero su dignidad y su compromiso público lograrán sonados triunfos mediáticos y una reconfortante paz interior. En las sesiones previas a la invasión de Irak el grito de la razón resonó más que las voces desbocadas e uniformes de decenas de diputados mercachifles.

            Labordeta se revela en ocasiones cargado de inocencia democrática; una pecado venial para quien cree que los poderes del estado se constituyeron para servir al pueblo. Estos poderes están agujereados por infinidad de subterfugios, callizos y usufructos que en la práctica hacen inviable la participación activa del ciudadano en la vida política. El caso de la Comisión de Peticiones es especialmente ilustrativo: “aquello me pareció una estafa desde el primer día”, concluye Labordeta. O las famosas “peneles” (Proposiciones no de ley), que durante la segunda legislatura de Aznar sólo fueron aceptadas cuando procedían del partido mayoritario.

            Las reflexiones de Labordeta en el Congreso nos remiten en algún momento a Manuel Azaña, cuando confesaba en su diario a principios de 1933 que “he de permanecer aquí hasta hacerme pedazos y quedar inutilizado”. El beduino escribe: “y dispuesto a cruzar el Rubicón de los elementos contrarios, me fui acorazando contra mucha desilusión, demasiado combate y, sobre todo, enormes carretas de incomprensión. Porque el diputado forastero que era no había estudiado en los colegios mayores en los que habían estudiado los jefes, los segundones y los arribistas; tampoco había sido subjefe de algo, ni director de asuntos varios, ni compañero de pupitre de ilusionados violadores del verso, con perdón solicitado a mis paisanos del rap. Pronto comprendí la inutilidad de todo eso que tú crees que eres, porque no eres nada para los que, con mucamas filipinas, llevan los zapatos brillantes y las corbatas relucientes”.

            Labordeta; que ha cantado a la libertad y a las utopías, que ha rescatado del anonimato al hombre humilde y sencillo, que ha transitado por los caminos polvorientos de la España adusta, esculpe en su libro un retablo compuesto por políticos y politicastros, dóciles meritorios y arribistas acomplejados, hombres sensatos y viejos influyentes en el otoño de su poder. A todos los describe con el mismo tino y el trazo certero del eterno observador. Al final la diferencia entre unos y otros es la forma de llevar la corbata.

4 comentarios

Juan -

Emilio: Tengo la terrible sensación de que se nos escapa la democracia como el agua entre las manos y nos nos estamos enterando o, lo peor, no nos importa.

39 escalones: Es que la idealizada Transición forma parte de los mitos modernos de este país, como lo fueron el Cid o los Reyes Católicos para el franquismo. Ahora es la Transición y el rey, al que precisamente Cercas pone en su sitio en su último libro sobre el 23 F.

Marisa: Labordeta es uno de los personajes más admirables de este páramo intelectual que se llama Aragaón. Y su honestidad, que muchos confundieron con oportunismo, de lo poco que todavía podemos exportar a la política nacional.

marisa -

Juan, estupendo artículo...Labordeta son palabras mayores: honestidad, inteligencia y humildad. demasiado para la política heredada de esa falsa transición que jugó con el miedo , la dignidad y la esperanza. Un abrazo

39escalones -

Estupendo y acertado texto. Especialmente en lo comentado sobre la idealizada Transición. Como pone Cercas en boca de uno de sus personajes de "Soldados de Salamina": "una mierda para la Transición".
Saludos.

Emilio -

Este fin de semana me estaba leyendo una biografía sobre Abimael Guzmán, titulada La Cuarta espada del comunismo. Vi sobre la mesa el libro de Labordeta que se lo había dejado mi padre y lo leí de un tirón sin parar. Como siempre coincido en tu artículo en todo, y en lo que dices de la necesidad de recuperar la política por los ciudadanos y que se cree un marco en los que estos tomen verdaderamente las decisiones. LAbordeta cuenta en este libro de manera clara y llana lo que Hanna Harendt en "sobre la revolución" y que a mi me costó tanto comprender.

Un abrazo. Emilio