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Juan Gavasa

Peret

Peret

Escribo desde Sallent de Gállego. Estoy trabajando en el Gabinete de Comunicación de Pirineos Sur, el festival de música que se celebra desde hace 17 años en el escenario flotante del pantano de Lanuza. Ayer se inauguró con el homenaje a Peret, el rey de la rumba catalana. A muchos puristas les sorprendió que el templo de la "world music" dedicara su primera noche al artista de Mataró, representante todavía en el subconsciente colectivo de la España de chiringuito, calimocho y verbena. Cinco minutos después de salir al escenario a nadie le quedaba duda de que la elección de la organización era un ejercicio de justicia con una de las personalidades más influyentes de la música española de las últimas décadas. En Peret han abrevado una cantidad ingente de grupos con mayor o menor fortuna; algunos (Estopa es el ejemplo más evidente), le deben la inspiración para asirse a la escena española como mercaderes de una propuesta tan callejera y popular como exitosa. Pero en verdad lo que han hecho es reinterpretar todo lo que Peret llevaba haciendo desde los años 70.  

Decía Luis Calvo, director de Pirineos Sur, que la música española le debía un homenaje a Peret, un desagravio público despúés de años de desprecio y olvido. Para muchos el músico de Mataró era el representante de la España casposa que era necesario olvidar, una lastre franquista que había que lanzar al vacio en el vuelo a la modernidad que emprendió el país en los primeros años de la transición democrática. Esa injusticia estética y estilística la sufrieron también otros artistas como Alfredo Landa, ejemplares de deshecho que había que esconder como esconden las mejores familias a sus ovejas negras. Decía el crítico musical Gonzalo de la Figuera que la rumba estaba considerada "un género menor, hortera y pachanguero, un tipo de música absolutamente despreciable a los ojos de cualquier rockero enrollado e incompatible con el gusto por las guitarras eléctricas". Peret sonaba sin descanaso en ferias y autos de choque, "verbenas de fiesta mayor y discotecas playeras de la España franquista de los setenta". Ese era el Peret que conocimos muchas generaciones.

Confieso que yo era uno de los que estaba atiborrado de prejuicios respecto a Peret, como lo estoy en esta vida con tantas otras cosas por pura ignorancia. Peret tiene 73 años como mi padre, pero yo no me imagino a mi padre con ese derroche de fuerza y vitalidad que deslumbró ayer a los que estuvimos en el escenario natural de Lanuza. Al público no le movió la nostalgia, fundamentalmente porque la media de edad era de unos 25 años. Cuando Peret era el producto más exportado de la España franquista los que estaban ayer cantando todas su canciones no habían nacido. En Viña Rock, el festival de rock español más importante, el pasado año echaron  del escenario al impostor Ramoncín. Este año Peret ha sido la gran estrella de la muchachada de greñas y pantalones de pitillo. La cuestión merece un análisis casi sociológico. Probablemente la única razón es que al final del día, la honestidad y la modestia acaban recibiendo sus frutos. Y las modas son esas cárceles del pensamiento que al final, por suerte, siempre se acaban derribando para dejar en libertad a los mejores. Peret es uno de ellos. José Manuel Gómez, crítico de El Mundo y especialista en rumba, afirmaba ayer que cuando vió tocar de niño la guitarra a Peret comprendió que Elvis era un advenedizo. Quizá exagere pero ilustra la admiración que de repente ha levantado en este país quien hasta no hace mucho era un apestado cultural. 

Ayer Peret demostró su grandeza en Lanuza con un catálogo de genialidades que nacían de su talento y, sobre todo, de su larga vida. El resto tendremos que vivir cuatro vidas para alcanzar a ver lo que él ha visto. Un amigo me contaba anoche que coincidió con él en Zaragoza el pasado mes de octubre: "Maestro -le preguntó-, ¿todavía sigue predicando?; no amigo, -le contestó- que ya no cuela". Otro golpe de efecto. Después le presentó a su novia de 19 años. Lo espiritual no vale nada cuando lo carnal tiene tanta pujanza.

La noche caía en Lanuza y las mansas aguas del pantano pasaron a ser cristal, un espejo en el que se reflejaba la luna y las cumbres del valle. Me imagino que en una tarde como ésta hace casi dieciocho años Luis Calvo y compañía decidieron que éste era el lugar idóneo para inventarse un festival. Me los imagino sentados en la ladera junto a las casas espaldadas de Lanuza en plena ensoñación, ensimismados con La Foratata a la derecha y el agua en los pies. Me los imagino buscando las claves racionales para explicar semejante desvarío, vistiendo de sentido el sinsentido de un proyecto cultural que a principios de los noventa necesitaba los arrestos de un explorador insensato e inconsciente. Así quiero imaginar que nació y así cumplirá el próximo año 18 años. Bendita mayoría de edad.

La foto es de Pilar Hurtado.

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2 comentarios

Mikel -

Viva la rumba catalana.

Inde -

Me pasó a mí con la copla, tío. Media vida asociándola con la caspa, lo rancio y el facherío, fíjate qué cosa más absurda...

...y luego vas y descubres un mundo lleno de poesía y belleza. Ditos prejuicios...
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