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Juan Gavasa

Ruta del Solano

Ruta del Solano

La toponimia en el Pirineo es casi siempre un libro abierto. Allí donde aparece el término “solano” no habrá duda de que hallaremos un lugar acariciado con obstinación por los rayos del sol. La conocida como “Ruta del Solano”, en el valle de Benasque, fue en la antigüedad un lugar anhelado por su benigno clima. Atrapar las escasas horas de luz invernal fue el desvelo de los antiguos pobladores y la razón de los inhóspitos asentamientos. Más tarde, cuando las comunicaciones estructuraron las sociedades, aquellos escarpados lugares quedaron a desmano de todo. Pero pasaron a ser un idílico itinerario alejado del turismo de masas. Hoy es un balón de oxígeno en el masificado valle benasqués.

 

La ruta existe, aunque la carretera no aparezca reflejada en muchos mapas. Se trata de una antigua pista que ha sido asfaltada como buenamente ha permitido la tortuosa orografía. En algunos tramos el piso es irregular y en otros el pellizco del vértigo es una sensación somática, pero todo queda compensado por la magnitud de los paisajes. La “Ruta del Solano” une las pequeñas localidades de Eresué, Ramastué, Liri, Arasán y Urmella. La carretera comienza poco después de pasar el Santuario de Guayente, a mano derecha, y se pega de forma endiablada a las faldas del majestuoso pico Gallinero (2.728 m.). Este itinerario alternativo va a morir después de un espasmódico bucle en la carretera que asciende por el Coll de Fades desde Castejón de Sos, en lo que representa la frontera entre la zona axial y la unidad surpirenaica. Es un territorio de escasa demografía, abatido por el inclemente éxodo rural y por los gélidos inviernos de nieve y frío.

 

Así que estamos en un ecosistema de alta montaña de manual. El Gallinero y el Basibé (2.723 m) encima de nosotros, a la derecha la Sierra de Chía, al fondo el macizo del Turbón (2.492). Todo lo que alcanza a ver nuestra vista es un espectáculo de cumbres que rozan los tres mil metros y que subliman el puro paisaje pirenaico. Las montañas mitigan el furor nervioso de las curvas sin parapetos y justifican plenamente este tránsito en el que el tiempo sólo puede tener un valor relativo.

 

El primer pueblo es Eresué. Su reducida dimensión proyecta de forma gráfica las dificultades de la vida cotidiana y las limitaciones de una agricultura de inciertos rendimientos. La simple existencia fue un ejercicio de supervivencia, parecen decir las fachadas de sus casas, orientadas invariablemente al sur. Y es que resulta inevitable transitar entre las evocaciones melancólicas del pasado de la zona y el proceso actual de reinvención, que se manifiesta en una considerable actividad constructora. En todos los pueblos se están rehabilitando viejas casas y se percibe cierto afán por asentar definitivamente el territorio en el siglo XXI.

 

Eresué tiene una hermosa iglesia románica (s. XII) con evidentes influencias lombardas. Es la joya patrimonial más preciada de la ruta. Se accede por el cementerio y destaca por el singular coro ubicado en la parte posterior del edificio. La planta es rectangular con cabecera semicircular. La austeridad del edificio responde bien a las condiciones de vida del lugar y entronca con la tradición del románico del valle del Ésera.

 

La carretera continúa hasta Ramastué. Es probable que en algún momento nos crucemos con un coche en sentido contrario. El embarazoso envite requiere paciencia y mucha prudencia. Ramastué es la localidad más alta de la ruta (1.442 m.). Su apretado casco urbano mantiene la ortodoxia de fachadas con piedra cara vista y una disposición meditada para protegerse de los vientos invernales. En medio, los restos de Casa Riu con su llamativa portada blasonada de medio punto. Como un faro perdido en mitad del vendal, la torre de la antigua iglesia de Santa Eulalia (s. XVI), ahora en ruinas, despunta solitaria con el Turbón al fondo.

 

En el centro de la ruta surge Liri. El nombre del lugar nos transporta directamente al universo onírico de las cascadas de agua y los barrancos. Las populares doce cascadas de Liri son uno de los templos pirenaicos para los amantes del barranquismo. Estas turgencias descienden directamente del pico Gallinero y conforman un entorno natural de una belleza casi mágica. Las corrientes de agua compiten por atraer la atención del viajero con la rampa de lanzamiento que, aseguran los expertos, es una de las mejores de la cordillera para la práctica del parapente. Así que entre barranquistas con neopreno y pilotos se nutre el paisanaje de la zona.

 

Pero Liri tiene además un casco urbano de cierta entidad. Partido en dos por un barranco y asentado sobre una pronunciada ladera, el caserío está presidido por la iglesia de San Martín (s XVI y XVII), que más parece una fortaleza que un tempo religioso. Su posición de vigía sobre una mole rocosa le confiere cierto aspecto defensivo. Fuera del núcleo aparece “Casa La Plana”, que perteneció a los muy influyentes barones de Castanés. El poderío familiar queda constatado por el patio interior con torreón de la vivienda y los restos de una capilla en una de sus esquinas.

 

En el tramo final de la ruta están Arasán y Urmella. La primera todavía conserva algunas edificaciones populares de los siglos XV y XVI, que en el valle del Ésera se caracterizan por tener un patio con portadas doveladas, blasones, jambas y dinteles. Casa de las Primicias, Casa Chuliá o Casa Agustí son los mejores ejemplos. La iglesia de la Asunción tiene una hermosa torre renacentista. En Urmella todavía se pueden apreciar los restos del antiguo monasterio medieval de los santos Justo y Pastor, reconvertido en iglesia parroquial después de unas obras realizadas en 1613. La carretera se precipita en una secuencia interminable de curvas hacia el Coll de Fades, punto de reencuentro con los trazados del siglo XXI y final de una ruta que es toda una retrospectiva de la vida en el Pirineo.

Publicado en el número 73 de la revista El Mundo de los Pirineos.

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