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Juan Gavasa

14 de abril

14 de abril

Hace 78 años el rey Alfonso XIII buscaba una salida airosa que mitigara la frustración de las elecciones municipales del 12 de abril. El pueblo se había expresado de manera contundente e inequívoca; en las principales ciudades españolas el voto republicano era mayoritario. El monarca buscó angustiado pactos insólitos que le mantuvieran en el trono, ajeno a una realidad que sonaba cada hora más atronadora en la Puerta del Sol de Madrid. “El ejército del sol, de la alegría”, que escribió Miguel Hernández. El conde Romanones –verdadero poder fáctico de la época-, intentó persuadirle de cualquier maniobra que deslegitimara lo que el pueblo ya había dictado. Sanjurjo puso a la Guardia Civil a las órdenes de la inminente nueva República, argumento demoledor que Alcalá Zamora utilizó en la desesperada reunión convocada por el propio Romanones al mediodía del 14 de abril para sondear al “enemigo”. No había nada que hacer. La II República se asomaba en la primavera del 31 con el vigor de las masas y el entusiasmo de la virginal esperanza tricolor. En la noche de ese 14 de abril el monarca cruzaba la frontera por San Sebastián camino del exilio romano: “las elecciones celebradas el domingo revelan claramente que no tengo el amor de mi pueblo…” reconoció en su escrito de despedida a la nación. Tarde comprendió el Borbón que sus súbditos querían ser tan solo ciudadanos.

            Cada 14 de abril me pregunto lo mismo: cómo actuarían los políticos de hoy en aquellas circunstancias. Quién se declararía republicano y quién confesaría simpatías monárquicas. Quién se subiría al carro de la revolución pacífica y quien conjuraría para defender el orden establecido. Quién actuaría con oportunismo y quién con mansedumbre. Quién sería quintacolumnista y quién simplemente demócrata. Mis disquisiciones se extienden, claro está, a parte de la fauna con la que a uno le toca convivir habitualmente. La pretensión final sería la de intentar buscar analogías entre la España del 31 y la de hoy como parte de un improbable experimento sociológico. Empeñados unos y otros en buscar similitudes entre la actual crispación política y la que derivó en la guerra civil, lo fácil sería aplicar de forma maniquea los mismos patrones de conducta y establecer líneas de sucesión entre los discursos y posiciones políticas de entonces y los de ahora. Pero creo que el citado experimento siempre se quedaría inconcluso y, por lo tanto, irritantemente inservible.

            Sin embargo, sí que resulta tangible el sopor de la irredenta España; la misma de entonces y la misma de ahora. La que se recluyó temerosa con el advenimiento de la República y la que ahora proclama la moral única entre cirios y saetas. Es la España púrpura y eterna que se resiste a retroceder, que niega el progreso y los derechos del individuo porque en la conquista de su libertad está también su fracaso. Es la España de santos y crucifijos, que ocupa la calle como una demostración de fuerza más que como un acto de fe. La que inunda las calles y arrolla provocadora a los iconoclastas, la que manipula la moral para arrogarse poder. Es la España de los siglos de plomo y sotana, sumida en la oscuridad de las mazmorras, aislada de la luz ilustrada y racional. Estos días esta España de fervor ultramontano me recuerda a otro país que detesto y me da miedo. Un país que regresa porque en realidad nunca se ha ido.

            Mañana martes muchos de los que han participado en esta demostración anual de músculo católico doblarán sus túnicas y guardarán sus capirotes, y acudirán a una cena republicana. Gritarán que muera el Borbón y también los curas y frailes. Cantarán el Himno de Riego y volverán a casa con su cuota de impostado republicanismo consumida hasta el año que viene. Ninguno reparará en la incoherencia de sus actos. Reivindicar lo improbable se ha convertido para ellos en un plácido ejercicio exento de riesgos morales. Nadie dijo que en la República no caben los católicos -Alcalá Zamora era un católico de misa diaria-; precisamente la grandeza de los valores republicanos reside en el respeto absoluto a las creencias y a la ideología del individuo.

El Artículo 25 del Título III de la Constitución de 1931 establece: “No podrán ser fundamento de privilegio jurídico: la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la ideas políticas ni las creencias religiosas”. Es decir, la sublimación de la igualdad del ser humano. Desde mi agnosticismo irreversible respeto la fe del creyente e incluso admiro su devoción, pero no logro entender a quienes ponen una vela a Dios y otra al diablo. Pienso, como escribía Buñuel en “Mi último suspiro”, que “Dios no se ocupa de nosotros. Si existe es como si no existiese”. Hay aspectos que defiende con vehemencia esta iglesia católica española que son manifiestamente incompatibles con el ideario republicano, en tanto que valores democráticos. Decía Bertrand Russell que “la mayoría de la gente cree en Dios porque le han enseñado a creer desde su infancia”. Así es como se llega a la confusión entre fe y tradición, y se esgrime ésta última de forma demagógica cuando no farisea. Por eso me cuesta observar sin sospecha a quienes se declaran republicanos y después se escudan frívolamente en la tradición para empujar un paso o portar a la Santa en romería. No es esto, no es esto; que diría Ortega y Gasset.

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5 comentarios

Juan -

Así es, la caverna en la que quieren enclaustrarnos de formas diversas: contra los avances en la investigación, contra la libertad del individuo, contra los derechos colectivos... la lista es inagotable.

BOLI -

Cris, como mienbro de la familia Gavasa te doy las gracias por tu abrazo, que se que es de corazon y um besito para Claudia, y que se reponga lo antes posible

39escalones -

España ha sido siempre un país de sometidos; en cuanto se ha atisbado un halo de libertad y de mayoría de edad, sea afrancesada, republicana o de democracia reciente, enseguida surge la caverna para echarse en brazos del oscurantismo, la superstición y el perfeccionado mundo de hipocresías en el que todo vale mientras no se sepa. Y la caverna lleva años acechando de nuevo.

Juan -

Gracias Cristina. Tú conoces perfectamente la sociedad de nuestro pueblo, que no es más que la representación a menor escala de la sociología nacional. La doble moral está instalada con irritante naturalidad y la falta de coherencia y principios también. Es algo que me cuesta aceptar. Como bien dices, esa coherencia debería de ser un valor hereditario pero casualmente lo que están heredadno las nuevas generaciones (las nacidas en democracia), son los mismos roles que aplicaron sus padres en otra sociedad y en otro país que vivía bajo el yugo de un dictador y de su iglesia católica. En este aspecto no hemos cambiado nada.
Hoy me ha dicho José Luis que Claudia está mejor. Me alegro. Mándale un besazo.
Y otro para tí.
¿vendrás el Viernes de Mayo?

CRIS -

"Mañana martes muchos de los que han participado en esta demostración anual de músculo católico doblarán sus túnicas y guardarán sus capirotes, y acudirán a una cena republicana. Gritarán que muera el Borbón y también los curas y frailes". JUAN ME HA IMPACTADO TANTO ESTE PÁRRAFO QUE NO PUEDO MÁS QUE REPETIRLO. FORMARÁ PARTE DE MIS ORACIONES AGNÓSTICAS CUANDO MIRO LA INCOHERENCIA QUE PULULA POR EL AIRE. NO ES FÁCIL ENCONTRAR TRANSPARENCIA EN ESAS MIRADAS QUE CUELGAN EN LA PEANA EL LAZO BLANCO Y TREINTA AÑOS ATRÁS MANDARON A SU "DESLIZ" A ABORTAR A LONDRES. LA COHERENCIA DEBERÍA DE SER UN VIRUS CONTAGIOSO , UNA HERENCIA PEGAJOSA DE PADRES A HIJOS, UN RH COMÚN A TODOS..EN FIN GRACIAS UNA VEZ MÁS POR TU LETRA Y UN ABRAZO MUY FUERTE, DESDE EL CORAZÓN, A LA FAMILIA GAVASA
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