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Juan Gavasa

Erykah

Erykah

Llevo unas semanas escuchando casi exclusivamente el último disco de Erykah Badu, “New Amerykah”. Me suele ocurrir siempre: exprimo un CD hasta el agotamiento de manera excluyente, sin compasión hacia el resto de mi discoteca. Después, cuando la cosa no da más de sí, cuando amanece el aburrimiento, me entrego perdidamente a un nuevo disco y así sucesivamente. Luego pasan los meses y a veces hasta los años y redescubro con arrobo aquellos fogonazos deslumbrantes que en su día me habían obnubilado. Estas historias de amor y desamor con la música son fascinantes porque tienen algo del complejo dédalo de las relaciones humanas. Los reencuentros reviven los pasados felices y refuerzan la vigencia de unas sensaciones cautivas. No hay nada más redentor que la música.

            Se suele otorgar con demasiada ligereza la condición de “nueva reina del soul” a toda cantante de color que irrumpe en el panorama musical con característica voz desgarradora (cargada de matices cromáticos se entiende), remedo de Aretha y Ella; epígono estético de Billie y Diana; y todo ello bañado en algo de almíbar y un poco de ron para que el mejunje resulte más auténtico. Pero en los últimos veinte años ninguna de esas promesas pregonadas ha culminado el proyecto para el que fue creada. ¿Alguien se acuerda de Lauryn Hill? ¿Qué fue de la frágil Whitney? ¿Y Macy Gray? Tampoco la fútil Shola Ama aguantó el empuje irreverente de las leyendas de la Motown. Ahora la convulsa Amy Winehouse se despereza en un memorable empacho de soul de manual y la aditiva Duffy empuja melancólica el personaje que le han adjudicado. Ninguna progresará.

            Erykah Badu (su verdadero nombre es Erica Wright) es la única. Inimitable e irrepetible. La tejana se curtió en los primeros ensayos serios del hip hop con formaciones que ya son clásicas como The Roots o Arrested Development. En esos tiempos maleó el hormigón con el que construyó las sólidas bases de un discurso filosófico y existencial que nada tiene que ver con la tradición inocua de la factoría de Detroit. Ese fue su primer éxito.

            Erykah forjó una personalidad propia y diseñó una estética y unos códigos de conducta refractarios de los modos burgueses y banales de Berry Gordy, el magnate de Tamla. Por lo tanto, era digna sucesora de las grandes divas del soul pero su compromiso iba mucho más allá que el de ser simple heredera de un legado cultural formidable. Erykah podía ser lo que fueron ellas pero nunca sería como ellas. Tenía suficiente personalidad y carácter para romper las estrictas normas de consumo.

            El soul y el funky son probablemente los territorios más encorsetados de la música. La tiranía de los productores y su desproporcionada influencia en el producto final han menguado talentos impresionantes y han magnificado terribles fraudes. Sólo Marvin Gaye en 1971 logró romper esa esclavitud estilística cuando creó “What’s going on”. Hasta entonces y, por desgracia, después de aquella extraordinaria excepción, los cantantes y sus canciones fueron lo que quisieron sus productores. Eran tan sólo un producto de consumo envuelto en una instrumentación de ensueño.

            Erykah Badu publicó en 1997 su primer disco, “Baduizm”, un conjunto de espléndidas canciones rodeadas de una atmósfera de jazz y soul que proyectaba todo el espacio de sus influencias musicales. Ese mismo año editó un disco en directo “Live”, que pasa por ser una de las más sofisticadas grabaciones de las últimas décadas. Hay momentos de ese concierto en los que el público entra en una especie de éxtasis colectivo que recuerda los efectos devastadores que provocaba Marvin Gaye o Sam Cooke en sus directos. La leyenda dice que eran capaces de provocar el orgasmo en algunas mujeres sólo con su voz. En los discos estas cosas no se ven, ya se sabe, pero podrían intuirse con algo de atención. El momento culminante es “Stay”, pero también es fascinante el guiño al estándar por excelencia del jazz: “So what” de Miles Davis. “New Amerykah”, el disco que acaba de publicar, es un cortocircuito de sensaciones. Erykah es capaz de cantar con voz de terciopelo en ese registro de diva del jazz y rasgar con la zarpa de un felino cuando se lanza por la senda de Sly Stone. Hay suaves melodías deudoras del espíritu de la Motown y carpetazos de hip hop, herencia directa de los tiempos de Arrested Development. Todo el disco es una exuberante muestra de poderío y talento que huye de la impostada estética de la música negra más comercial y agresiva. No hay ni cadenas de oro ni ese forzado rictus de clase marginada. Erykah lleva encima todo el peso de la leyenda del soul y lo sabe. Sabe que ella es la única reina, la auténtica. 

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