Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2008.
Crímenes perfectos

He recordado una canción de Andrés Calamaro al leer hoy el escalofriante reportaje que firman en El País R. Chisleanschi y A. Burgo sobre el treinta aniversario de la inauguracón del Mundial de fútbol de Argentina. Lo han titulado "El Mundial más tétrico", aunque bien pudieran haber tomado prestada la canción del cantante argentino. "Crímenes perfectos" trata en realidad del desamor y de corazones rotos, de los destrozos de la ruptura, de las simas que se abren en el alma cuando asoma la soledad. Es verdad que no hay crimen trazado con mayor frialdad que el del abandono. "Todo lo que termina, termina mal" canta Calamaro. Pero no le he evocado hoy por ello. En esa monumental balada hay una estrofa que retrata a toda a una generación de argentinos:
"Me parece que soy de la quinta que vio el mundial setenta y ocho, me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor".
Hace treinta años el mundo miraba a Argentina y un país entero ocultaba bajo la alfombra su terrible ignominia mientras se entregaba a sus futbolistas. Sólo durante la celebración de ese mundial desaparecieron más de 60 argentinos. La rutina del terror y la picana en la que estaba instalada la Junta Militar de Videla no paraba ni para celebrar los goles de Kempes, que probablemente son mis primeros recuerdos sólidos en una pantalla de televisión.
Hoy no quería hablar de fútbol sino de ciclismo -mi verdadera pasión deportiva- y de Contador, ese excepcional ciclista que tiene la insolencia de Delgado, la sensatez de Indurain y el carácter de Amstrong. Pero no escribiré de ciclismo. Otro día será. "La moneda cayó por el lado de la soledad".
Claudio Morresi, actual secretario de Deportes del Gobierno argentino, tenía 16 años en 1978 y era un prometedor centrocampista de la cantera del Huracán. Dos años antes, el 23 de abril de 1976, la dictadura militar que llevaba un mes en el poder había secuestrado a su hermano mayor, Norberto, quien desde entonces permanece desaparecido. Morresi sabía que el 1 de junio, día inaugural de la Copa del Mundo, los integrantes de la Junta Militar que gobernaba el país estarían presentes en el estadio del River Plate. Incluso, que el presidente de la misma, Jorge Rafael Videla, daría un discurso. Pero el amor por el fútbol pudo más. Se abrigó bien para combatir la fría tarde invernal y se acomodó en las gradas junto a otros 75.000 espectadores. "Cuando habló Videla, me quedé de brazos cruzados, insultando para adentro", recordó. La gran mayoría, en cambio, aplaudió. Gritó "¡Argentina, Argentina!" y se sumó a la fiesta del Mundial más polémico y controvertido de la posguerra, una mezcla de fútbol y utilización política; celebrado en medio de una brutal represión cuya dimensión, sin embargo, muy pocos conocían. Alemania y Polonia disputaron aquel encuentro inaugural. Un triste empate sin goles.
Treinta años después resulta imposible deslindar lo que se pudo ver por televisión y por primera vez en colores desde las heladas canchas argentinas (1978 fue, hasta la fecha, el último Campeonato del Mundo jugado con camisetas de mangas largas) de lo que simultáneamente ocurría alrededor.
El Alemania-Polonia se jugó a la misma hora que en la plaza de Mayo, frente a la Casa de Gobierno, un grupo de mujeres caminaba en torno a la pirámide con pañuelos blancos en sus cabezas. La ronda se repetía desde hacía más de un año ante la indiferencia general, pero la televisión holandesa decidió emitir la imagen minutos antes de conectar con el estadio del River. Las Madres de Plaza de Mayo, que pedían por sus hijos secuestrados, recibían al fin difusión masiva en el exterior. Justo en el instante en que la Junta iniciaba su gran campaña propagandística.
Para los milicos que derrocaron a Isabel Perón en marzo de 1976, el Mundial fue un maná. Argentina había sido designada en 1964, cuando perdió con México la votación para organizar el torneo de 1970. Desde entonces apenas se habían designado las sedes y, en tiempos de Isabel y José López Rega, se diseñaron la mascota y el logotipo, que evocaba los brazos levantados de Juan Domingo Perón sosteniendo una pelota.
Recién asumido el poder, Videla, Agosti y, sobre todo, Emilio Massera, el marino de la Junta, tal vez el más feroz de los represores y, sin duda, el de mayor ambición política, vieron en el Mundial su gran escaparate. Se creó una sociedad organizadora, el EAM’78, y se estrecharon los lazos con la FIFA para asegurarse que nada haría cambiar la sede del torneo.
El general Omar Actis y el contralmirante Carlos Alberto Lacoste, mano derecha de Massera, fueron designados al frente del EAM. Pero Actis, contrario a los grandes dispendios y a las pretensiones de la FIFA de montar un sistema de televisión en color para retransmitir los partidos al resto del mundo, fue asesinado el 21 de agosto de 1976, dos días antes de presentar su modesto proyecto. Su lugar lo asumió el general Antonio Merlo, pero, en la realidad, Lacoste quedó al mando y bajo su tutela Argentina montó el Mundial más caro de la historia hasta entonces, con más de 700 millones de dólares de gasto legal y una suma imposible de calcular pagada en comisiones y prebendas. Con el retorno de la democracia, Lacoste sería acusado de administración fraudulenta y enriquecimiento ilícito e implicado en el asesinato de Actis, pero João Havelange, entonces presidente de la FIFA y cuya compañía de seguros fue beneficiada con el 25% de las pólizas durante el torneo, le mantuvo como vicepresidente del máximo organismo del fútbol hasta 1984.
Los militares siguieron secuestrando: según el libro La vergüenza de todos, del periodista Pablo Llonto, 63 personas desaparecieron durante los 25 días que duró el Mundial.
Con la segunda fase llegaron los mejores momentos de fútbol. Holanda y Alemania brindaron un vibrante 2-2; Brasil se pareció a sí mismo frente a Perú (3-0) y Polonia (3-1) con un deslumbrante Dirceu al mando; Austria se dio el gusto de eliminar a Alemania con Krankl en plan estrella (3-2), y Argentina encontró en Kempes el goleador que necesitaba. Un golazo de Haan desde fuera del área metió a Holanda en la final a costa de Italia (2-1) y el célebre 6-0 a Perú clasificó a Argentina para el partido decisivo. Esa noche, en el momento en que Luque marcaba el cuarto tanto, una bomba estalló en el domicilio de Juan Alemann, secretario de Hacienda y crítico acérrimo de los manejos económicos en torno al Mundial. Nunca se conoció a los autores.
La final se jugó el 25 de junio en el Monumental, de Buenos Aires. Argentina ganó por 3-1 en la prórroga, Havelange le permitió a Videla entregar el trofeo a Passarella, el capitán argentino, y Ernst Happel, el entrenador holandés, sugirió off the record que en las dos finales sucesivas perdidas por el equipo naranja (1974 y 1978) "el laboratorio lo manejaban nuestros rivales".
Millones de argentinos inundaron las calles celebrando el título. Entre ellos iba Graciela Daleo, detenida en el centro clandestino de la ESMA, a escasos 500 metros del estadio de la final. Sus carceleros pensaron que sería una buena idea que ella y otras compañeras pudieran ver la explosión de júbilo popular. Acabaron cenando juntos en un restaurante a las afueras de la ciudad.
Al día siguiente nacía Guido, hijo de Laura Carlotto, secuestrada en 1977 y asesinada poco después de dar a luz. Guido fue dado en adopción con otro nombre. Su abuela, Estela Carlotto, es la presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo, organización que ya ha recuperado a 87 niños de los cerca de 500 que se calcula nacieron en cautiverio, y continúa buscándole. Carlotto todavía recuerda sus reproches a los familiares que gritaban los goles argentinos de aquel Mundial.
Eugene Smith

La primera y única vez que tuve un ejemplar de la revista Life en el que aparecía publicado el famoso reportaje “Sapanish Village” del fotógrafo americano Eugene Smith fue en una tienda de GAP en Montreal. Insólito lugar, sin duda, para tan prometedor y efímero encuentro. En la tienda de ropa habían diseñado un espacio dedicado a moda mediterránea, o lo que ellos desde Canadá identificaban como tal: un empacho de colores estridentes que pasaba en varios pueblos a lo que aquí entendemos como un hortera contenido. En resumen; que era un horror. Siempre he sospechado que para los canadienses el concepto de Mediterráneo era un confuso cruce de leyendas medievales y oníricos paisajes de postal donde todo es posible. Los de GAP, no contentos con dejar en evidencia nuestros gustos estéticos, habían decorado la “zona mediterránea” con grandes fotos de Mikonos y Creta; una réplica de las utilitarias Vespas romanas que popularizó Fellini, unas panorámicas de la Costa Azul y como remate una pequeña librería nutrida con libros de España. Aparentemente los interioristas de GAP no se habían roto la cabeza. Casi todos esos libros tenían más de 50 años; uno de ellos era un bello tomo de fotografías en blanco y negro de la Andalucía de los años 60 del pasado siglo. Cada foto estaba acompañada por un verso de Lorca, Machado o Miguel Hernández. Junto a él, casi humillado por la incontinencia de los grandes libros de fotografía que poblaban la librería, permanecía discreto y ninguneado un viejo ejemplar de LIFE, roído por las puntas como casi todas las viejas revistas. Era el número del 9 de abril de 1951 en el que Eugene Smith publicó el reportaje “Spanish village”. Ese pueblo español era Deleitosa, en Cáceres, y el fotógrafo no lo eligió por casualidad. Con la revista en mis manos me agarró por el cuello la lógica y muy razonable tentación de robarla. ¿Para qué iban a querer estos canadienses este ejemplar ajado de LIFE? ¿Qué coño sabían ellos de España y de Deleitosa? Seguro que no echarían en falta la revista si me la llevaba. Pero no me la llevé. Se impuso mi proverbial canguele ante estos episodios de ansiedad delictiva y empecé a imaginar alarmas ensordecedoras y vigilantes de dos por dos (ahí en Canadá todos los guardas jurados y los policías tienen esa proporción), abalanzándose sobre mi para evitar el formidable hurto. Así que el ejemplar de LIFE se quedó en el GAP de Montreal y yo me fui derrotado y convencido de que a esos vigilantes seguramente la dichosa revista se la traía muy floja. Eugene Smith ha vuelto a España gracias a la exposición que se ha montado en el Teatro Fernán Gómez de Madrid con motivo del certamen “PhotoEspaña”. El reportaje que realizó en mayo de 1950 en Deleitosa por encargo de la oficina de LIFE en París provoca un nudo en el estómago por su crudeza y realismo descarnado. No podía ser de otra forma en una España miserable como aquella. Siempre he considerado este trabajo como el mejor retrato posible de la España franquista, un adagio visual que es posible elevar a una dimensión todavía más tenebrosa con la música de fondo de otro adagio, el de Barber. Smith formó parte del primer contingente de fotógrafos extranjeros que entró en España a partir de 1950. Cartier Bresson, Robert Frank, Jean Dieuzaide o William Klein recorrieron con mayor o menor intensidad algunas de las regiones españolas que ofrecían el catálogo más completo de tópicos y arquetipos del país. Casi todos ellos lo hicieron desde una óptica artística, buscando casi lo antropológico a partir de planteamientos estéticos que reforzaban la idealizada visión que tenían de la vigente España medieval. Smith, sin embargo, era ante todo un reportero gráfico y quería hacer periodismo. Acompañado de su ayudante Ted Castle viajó por casi todo el país buscando un pueblo que representara la esencia española. El encargo buscaba mostrar los problemas de aprovisionamiento que sufría la España interior en pleno bloqueo internacional, más como una pretensión de narración costumbrista que de periodismo de denuncia. Por eso las autoridades franquistas, tan espabiladas y eficientes ellas, no pusieron ninguna traba burocrática al fotógrafo americano, que sería el primer reportero autorizado a moverse con cierta libertad por España desde el final de la Guerra Civil. El franquismo creía que era una oportunidad fantástica de denunciar una vez más la habitual conjura judeo-masónica y de mostrar al mundo el espíritu libertador del régimen. Pero ese espíritu vagaba como alma en pena en un país desolado e inmerso todavía en la memoria colectiva del horror. El fotógrafo lo vio claro muy pronto: “Voy a intentar entrar en el pueblo español a fin de describir la pobreza y el miedo engendrado por el régimen franquista". Los franquistas tardaron bastante más, cuando ya no había remedio y el reportaje se preparaba en las rotativas de LIFE en París. Smith escribió una carta a su madre con un tono epifánico: “será algo absolutamente irrefutable, como lo fueron mis fotos de la guerra”. Y es que cuando el fotógrafo llega a España arrastra una larga experiencia en algunos de los acontecimientos más importantes de la época; sobre todo la segunda Guerra Mundial que cubrió en el frente del Pacífico en Pearl Harbor. Por lo tanto, no era un advenedizo, sabía lo que quería y tenía la capacidad de descifrar los mensajes implícitos de las situaciones extremas. El objetivo de su cámara se enfocó desde el primer momento en ofrecer la versión real de España, alejada del ridículo mesianismo franquista. Lo que el fotógrafo de Kansas tenía ante sí era un conmovedor paisanaje, “una suerte de reivindicación del orgullo y la fortaleza moral de unas gentes obligadas a sobrevivir en condiciones de extrema dificultad”, según sus propias palabras. Smith y Castle acompañados por su guía, Nina Peinado, estuvieron en Deleitosa (un pueblo de apenas 2.000 habitantes), varios días retratando la cotidianeidad simple y llana. No necesitaba recrear la realidad. Su descripción de los modos de vida de una pequeña comunidad de la España rural más marginal fue perturbadora. El ritual de la muerte, las celebraciones religiosas, la actividad en el campo, las hilanderas o la intimidad de una casa desvencijada fueron el mejor antídoto para la perversión de la propaganda oficial. Consciente de ello, Smith se fue el 23 de mayo a Madrid para revelar el material con la intención de regresar para finalizar el reportaje. Antes de llegar a la capital había hecho la más famosa de todas sus fotos: el trío de guardias civiles, tétrica estampa de un país acongojado. Castle se quedó en Madrid y el fotógrafo volvió a Deleitosa pero ya no pudo hacer ninguna foto más porque las autoridades le buscaban para incautar los negativos. Un año después, las fotos dieron la vuelta al mundo. Smith no quería retratar la belleza, quería la verdad. No hay tipismo en sus imágenes ni tópicos recurrentes. No se encuentran en su producción las hermosas gitanas que retrató como nadie Dieuzaide (la más bella de todas la Gitana del Sacromonte (1951), que mira con el rostro iluminado al horizonte mientras su hijo de meses mama en su pecho desnudo). O la gitana rumana que tiempo atrás había fotografiado Ricardo Compairé en el mercado de Huesca. Smith fue despedido cinco años después de LIFE por incompatibilidad con sus jefes, pero siguió siendo uno de los reporteros gráficos referenciales. Estuvo en el 69 en Woodstock, cuando sus problemas con el alcohol y el dinero le empujaban por ambientes poco aconsejables. Dos años después se fue como profesor a Tucson y falleció en 1978. Desde entonces cada año se concede el premio “W. Eugene-Smith” al mejor reportaje fotográfico.
El mito

Al final nos hemos decidido a reeditar "Canfranc. El Mito", el libro que publicamos en 2005 sobre la historia de la línea ferroviaria y la estación internacional. Se agotó en apenas cuatro meses y desde entonces han sido constantes las peticiones de adquisición procedentes de todo el país e incluso de Sudamérica, donde es sorprendente el conocimiento que se tiene del Canfranc. El libro lo presentaremos el próximo 18 de julio en el Hotel Santa Cristina de Somport, coincidiendo con el 80 aniversario de la inauguración de la línea. Creo que no podía ser mejor día para presentar la segunda edición. La fecha se las trae. El destino (y una pandilla de miltares) quiso que ese 18 de julio, que el periódico zaragozano El Noticiero bautizó como "San Canfranc", pasara a ser ocho años después el símbolo del alzamiento nacional y el día del inicio del horror. En Canfranc el 18 de julio era la representación de la vida, una exaltación festiva; la estación dio origen al poblado de Arañones y como en las historias épicas del viejo Oeste americano, el tren llegó para instalar el progreso y la modernidad. Un contraste terrible con el triste significado que tiene para la mayoría de españoles.
Este solapamiento de "emotividades" creó no pocas suspicacias en los años de la transición. De hecho, los primeros ayuntamientos democráticos de Canfranc, arrastrados por esa necesaria corriente depurativa que quería limpiar las miasmas de la memoria franquista, decidieron trasladar la fecha de las fiestas para que nadie dudara de su sentido y oportunidad. En esa entendible esquizofrenia ideológica, donde la sospecha tenía el peso de la certeza, el 18 de julio desapareció del calendario sentimental de los canfranqueses, pese a que ellos sabían bien que aquél día de 1928 un tren les apeó en la estación de la esperanza. Esperanza, bien es verdad, que pronto se tranformó en la mayor de las frustraciones que ha experimentado esta tierra en el último siglo.
80 años después la estación de Canfranc está en pleno proceso de rehabilitación para su conversión en un hotel de cinco estrellas. El majestuoso edificio diseñado por el ingeniero Ramírez Dampierre nunca volverá a recibir un tren, pero al menos ahora sabemos que tampoco correrá el riesgo de hundirse; hipótesis muy real hasta no hace mucho. En otoño desaparecerá el enorme andamio que ahora cubre la estructura del edificio y entonces podremos ver el resultado de la primera fase de su restauración. Pero aún tendrán que pasar algunos años más para que el inmueble vuelva a tener un uso definido y desaparezcan los vacíos y los silencios.
El Canfranc nunca ha tenido buena suerte. Incluso ahora, cuando por fin las administraciones se deciden a frenar su vergonzoso deterioro, la crisis económica jugará seguramente a medio plazo en contra de sus intereses. La restauración del edificio la pagará el Gobierno de Aragón con las plusvalías que le genere la urbanización y construcción de la inmensa playa de vías que se extiende en el lado francés. El parón del sector inmobiliario va a afectar directamente a las vías de financiación del proyecto. A mi me sigue sorprendiendo la tibieza de los apoyos que recibe el Canfranc en contraste con otros proyectos que se han desarrollado en Aragón en los últimos años. Si el ferrocarril pertenece al territorio de los símbolos y sobre él se construyó el discurso autonomista en los años de la transición, cómo es posible que cueste tanto dignificarlo. ¿No está en juego nuestra propia dignificación como sociedad? Yo creo que si.
El último partido

Hoy debuta España en la Eurocopa pero he de confesar que el partido no ha logrado despertar mis efluvios futbolísticos. España no me pone, definitivamente. Y el fútbol cada vez menos. Pero hoy he leído en El País un reportaje de Vitorio Duque de Seras sobre el último partido internacional que disputó la selección de la España republicana; fue un 3 de mayo de 1936, dos meses antes de que estallara la Guerra Civil. Y este texto sí que ha logrado captar mi atención, aunque sólo tenga una relación transversal con lo que hoy se cocina en Innsbruck. El artículo tiene un incontenible e inevitable hedor melancólico, porque es una historia que acaba mal.
Berna, 3 de mayo de 1936. Estadio de Neufeld: 12 jugadores españoles, junto al seleccionador y un directivo, posan para una foto antes de enfrentarse a la selección suiza. Sobre el pecho, el escudo de la Federación Española de Fútbol. Un cronómetro suizo se alza desafiante a sus espaldas. La publicidad reza Zenith, die genaueste Uhr, que, traducido al castellano, viene a decir algo así como Zenith, el reloj más exacto. Aquel formidable equipo de España había llegado a su cénit aquella mañana suiza. Un grupo de futbolistas que jamás volvería a reunirse tras esa foto. Dos meses después, la Guerra Civil dio un zarpazo brutal a la furia que nació en Amberes. Sólo uno de ellos, Gorostiza, volvería a enfundarse la camiseta nacional.
Tras la guerra, Blasco, Luis Regueiro, Lángara, Aedo y Ventolrá siguieron sus exitosas carreras profesionales en México. Zubieta, el jugador más joven en debutar con la selección absoluta y que esa tarde alcanzaba su segunda y última internacionalidad con 17 años, llegó a ser todo un ídolo en Argentina. Fue capitán del San Lorenzo de Almagro y ha sido el jugador que más veces se ha enfundado la camiseta del club argentino. Muguerza y Guillermo Eizaguirre se retiraron del fútbol. Zabalo triunfó en Francia. Roberto Echevarría, Lecue y Gorostiza siguieron jugando en nuestra Liga. Pero ya nada fue lo mismo. Un océano de penosas circunstancias había separado a aquellos 12 futbolistas para siempre.
"Cuando mi padre se fue de gira con la selección vasca durante la guerra, lo hizo porque era un deportista. Era un futbolista. Si sus compañeros iban, él tenía que ir", relata emocionado el hijo de Aedo desde México. "No podía estar parado. Mi padre era un aldeano de Barakaldo que no entendía de política. Inconscientemente, tomó una decisión deportiva que tuvo consecuencias políticas. Pero era un hombre de principios. Cuando a los jugadores vascos exiliados se les ofreció regresar, la mayoría de aquella selección vasca optó por no hacerlo", añade; "habían tomado una decisión y la siguieron hasta el final. Mi padre no volvió a ver a su madre. Mi padre no regresó para firmar con el Barcelona, con quien lo tenía hecho para la temporada 1936-1937 por un dineral. El valor de una palabra dada, aunque vaya en contra de tus intereses, era sagrado para él". La ropa de invierno de su padre estuvo muchos años esperándole en una maleta en la sevillana pensión de las hermanas Conde, lugar donde vivía antes de la guerra Serafín Aedo, entonces jugador del Betis.
Simón Lecue, el jugador que marcó el último gol de aquella España republicana aquel día en Berna, pasaba el verano de 1936 en su Arrigorriaga natal. Al estallar la guerra, un directivo de la federación le recogió en su coche y, vía Barcelona, le trasladó a Madrid. El niño de oro debía estar a buen recaudo, lejos de riesgos para la entidad que había invertido muchísimo dinero en su contratación. Una vez terminada la guerra y según reza su ficha federativa, fue sancionado con seis años de suspensión seguramente "por jugar donde no debía". La pena le fue conmutada por la de seis meses de suspensión.
Gorostiza, que se enroló en la selección vasca durante el periodo bélico, decidió regresar a España. Volvió a vestir la camiseta roja en la entonces España franquista. Acabó sus días en un asilo, olvidado de todos, como recoge el maravilloso documental de Manuel Summers Juguetes rotos. Para unos fue un traidor. Para otros, un héroe. Él sólo fue un futbolista. Cuando no les fue útil, le abandonaron los unos y los otros. Paradojas del destino: su último partido con la selección española fue ante Suiza, como sus compañeros de foto de 1936, pero el día de los inocentes de 1941.
El 22 de julio de 2006, y sobre el mismo césped de Berna, un miembro de esa misma Federación Española de Fútbol mira su reloj. Piensa en un segundo que ha llegado al cénit de su carrera arbitral. Va a dirigir la final del Campeonato de Europa sub 19 femenino entre Alemania y Francia. Se llama Paloma Quintero Siles. Ella no sabe lo que pasó en el Neufeld Stadion hace 70 años. Le llama la atención el viejo graderío con bancos de madera. Parece como si... Pero sí, ha pasado el tiempo. Mucho tiempo. Y ha pasado para bien. Ella es una excelente muestra de ello.
Nabateros

El viernes se inaugura la Expo de Zaragoza y Severino Pallaruelo ha publicado en Prames un necesario libro sobre la historia de las nabatas y los nabateros. Con ese trabajo metódico de recopilación y reflexión, mostrado ya en libros imprescindibles como "Pastores del Pirineo, "José. Un hombre del Pirineo" o la "Guía de Aragón", Severino aporta un estudio riguroso pero agradablemente ameno sobre la historia de los hombres que usaron durante siglos los ríos del Pirineo como caminos. En pleno jolgorio de la fiesta del agua, este libro es una serena aportación que nace de la experiencia anónima de cientos de pirenaicos. Está planteado también como un justo homenaje a su memoria y tiene la vocación de reivindicar unos modos de vida que cayeron fulminados cuando el rayo del progreso reventó de pleno en las montañas. Pero no lo hace con melancolía ni nostalgia. Severino Pallaruelo no ha caído en la tentación de otros historiadores de mirar al pasado con frustración, como si su tiempo fuera el que nunca llegó a conocer. La historia es una secuencia de acontecimientos que sólo se puede alcanzar a analizar desde su globalidad, sin pervertir la lógica de la relación causa efecto.
Y en este sentido Pallaruelo no se cansa de relativizar el mito romantico de las montañas, construido sobre lugares comunes y una sobrecarga de teoría y literatura fantástica. Lo que ocurrió en el Pirineo a mediados del siglo pasado -la crisis del mundo rural y el éxodo a las ciudades- fue la consecuencia de un conjunto de elementos y circunstancias que no pueden ser segmentados. Hubo una parte de displicencia y otro de catarsis necesaria; un abandono forzado y también un camino abierto entre matorrales hacia la modernidad. Todo ocurrió demasiado rápido, pero la velocidad no puede errar el objetivo del análisis. En su libro sobre los nabateros Severino ofrece la crónica del fin de una época y, como todos los profundos cambios, fue una traumática experiencia en la que se colapsó el sentido de la vida y el tradicional pausado ritmo de los acontecimientos.
He rescatado un artículo que nos escribió Severino Pallaruelo hace 8 años para el monográfico de la revista "El Mundo de los Pirineos" que dedicamos al siglo XX; la centuria de la revolución pirenaica. Es un evocador artículo sobre las nabatas y los nabateros, un texto de corte periodístico sobre el comienzo del fin. Severino, que es hijo de nabatero, lo narra con la fuerza y el crédito del testigo presencial. Ocurrió hace casi cien años pero la crónica parece extraída del diario de ayer.
"Al comenzar el siglo XX había grandes planes para los ríos pirenaicos. En los despachos de la Administración y en las sedes de las grandes compañías, entre datos pluviométricos y medidas de aforos, bullían los proyectos hidráulicos: presas, canales, centrales eléctricas, regadíos... Nadie parecía acordarse de que los ríos eran también caminos. Se estaba planificando cómo cerrarlos y cómo sacar el agua de sus cauces naturales sin que una sola voz se alzara para recordar que por los ríos navegaban los troncos y que mucha gente, en los Pirineos, se ganaba la vida conduciendo madera desde los bosques de las montañas hasta las ciudades de las riberas y hasta las puertas del mar. Los llamaban almadieros en Navarra y en la parte occidental de Aragón, nabateros en el Cinca y raiers en Catalunya, pero los tres nombres definían un mismo oficio: el de los hombres que, erguidos sobre grandes plataformas de madera atados con ramas de avellano o de sauce, guiaban la madera mediante remos muy largos sobre las aguas que nacían de las nieves pirenaicas. Para construir presas había que hacer túneles que desviaban el caudal hacia las entrañas de la roca, dejando libre el viejo cauce. A los hombres del río no les dijeron nada. Un año, al descender con sus almadias, en mayo, vieron gente que medía algo y examinaba las rocas del acantilado donde el valle se estrechaba en un desfiladero imponente. Al año siguiente, cuando volvieron a descender, en primavera, ya no pudieron pasar por el camino fluvial que habían seguido ellos y sus padres desde tiempo inmemorial: les hicieron entrar con sus nabatas por un túnel al que llegaba el caudal describiendo un quiebro dificilísimo. Alguien pagó con la vida el nuevo camino. Pero nadie les dijo nada. No importaban: eran seres del pasado. Su futuro era oscuro como el túnel.
En los años veinte no se hacían sólo obras hidráulicas. El ferrocarril estaba llegando a las entrañas de los Pirineos. Donde llegaba el tren desaparecía la almadía. En el río Gállego se abandonaron al comenzar el siglo. En la cabecera del Aragón pocos años después el ferrocarril de Canfranc acabó con el transporte fluvial. Lo mismo sucedía con las carreteras: su apertura traía el abandono del camino del río. En los años del dictador Primo de Rivera la fiebre de las carreteras llegó a todas partes. Los camiones pudieron acceder a los principales valles y los almadieron, impotentes, tuvieron que dejar su viejo oficio.
Agonizaban sin sufrir la más pequeña evolución técnica. Los dibujos del siglo XVI muestran nabatas y herramientas de nabateros que son exactamente iguales a las que se empleaban en 1930, cuando el oficio de raier se extinguió en Catalunya y, en Navarra, los almadierons dejaban de conducir madera por el agua, camino del Ebro. Tras la Guerra Civil, el proceso de ruralización que se dio en toda España, y la escasez de combustibles aun forzaron una cierta revitalización del viejo oficio del río, que todavía resistió una década. Los que más aguantaron fueron los más aislados, los que no tenían ferrocarriles ni camiones, aquellos a los que habían obligado en 1915 a pasar con sus troncos por un túnel tenebroso. Los nabateros del Cinca cerraron la página del transporte fluvial en los ríos pirenaicos: en julio de 1949, con madera procedente de los montes del Sobrarbe, llegaron a Tortosa los últimos nabateros. El asfalto había ganado. Los ríos ya no eran caminos".
Paul Newman

Lo publica hoy Carlos Boyero. Como en la mayoría de las ocasiones en las que cuelgo un texto ajeno, se trata de un artículo que me hubiera gustado escribir a mi pero alguien se adelantó. Y también como siempre, lo hace mucho mejor que yo. Así que lo más inteligente es no caer en la tentación de emular a nadie y simplemente publicar el post con un poco de evidia sana y frustración eterna. Va por Paul.
Leo en este periódico que el irremplazable Apolo está seriamente enfermo. Lo ha contado su amigo y su socio. Lo desmiente el agente de una de las mayores empresas publicitarias del progresismo, de la belleza combinada con la inteligencia, de un tipo llamado Paul Newman. Y pienso que cada uno hace su trabajo, pero lamento que tu colega íntimo vaya de chota con los cuervos si tú no le has dado permiso para constatar la presencia del monstruo. Son cosas privadas. Tu enfermedad, tu decrepitud, tu adiós.
No habiendo disfrutado por desarreglos genéticos y vocacionales de la condición homosexual o bisexual, tan de moda ellas, confieso sentir el placer de la hermosura cuando veo y escucho en una pantalla a Cary Grant, a Brando, a Bogart, a Mitchum, a Nolte, a Connery. Y haciendo esfuerzos épicos incluso encuentro en el cine moderno a un chulazo sensible como Matt Dillon recogiendo esa herencia de machos. Pero, ante todos, flipo con la hermosura del Newman joven, admiro cómo consolida su talento cuando el físico amenaza con el deterioro, y cuando se hace definitivamente viejo posee el respeto, la admiración y el amor de las leyendas perdurables, del incontestable veredicto del jamás existió un actor tan guapo, tan magnético, tan deseable.Siempre desconfié del Newman joven. Demasiado narcisismo, demasiada interiorización, demasiado tributo a ese invento fatuo, prestigioso y sobrevalorado (quería decir asqueroso, pero el maximalismo sin causa ya no queda bien a mis años) que se inventó el intocable Stanislasvki, esa cuna de impostores que podían disimular con adornos la falta de auténtico talento, de simulacros obsesionados con la expresión corporal, de tanto sentimiento vistoso y hueco.
Pero un tal Robert Rossen, un chivato de la caza de brujas, alguien simplemente eficiente que a raíz de su sentido de culpa, del pecado y la necesidad de explicarlo se inventa dos películas tan atormentadas como geniales llamadas El buscavidas y Lilith le ofrece que interprete a Eddie Felson, ese virtuoso del billar que no sabe beber, ese genio arrogante que tendrá que sufrir el templado e implacable machaqueo del Gordo de Minnesota, el suicidio de esa borracha coja que intenta convencerle de que un artista jamás es un perdedor, la necesidad de la redención para sobrevivir en el infierno. Y a partir de ese momento sublime, entre humo, resaca, tormento, peligro, desolación, Newman encarna la épica más dolorosa, la resistencia moral frente al capitalismo inteligente y depredador. Le recordaría durante toda mi vida aunque solo hubiera interpretado a esa piltrafa que aprende dignidad y desafía a su amo con un sobrecogedor: "Dime Bert: ¿Cómo puedo perder? Ya sé lo que es tener carácter".
Nadie ha envejecido mejor que Newman. A partir de los 40 años todo en él es veracidad, ritmo, matices, gracia, aroma, seducción, profundidad. Se despidió del cine con una interpretación memorable en Camino de Perdición, la de ese patriarca irlandés que tiene que salvar a Caín aunque ame a Abel. Qué grande es usted, señor Newman. La demostración de ese milagro de que el más guapo también puede ser el más listo.
Expo

Empezó la EXPO y he de reconocer que tengo sentimientos enfrentados con el evento en cuestión. No dudo de su importancia para la microhistoria de Zaragoza y de su categoría como evento de masas. Entiendo el entusiasmo colectivo que ha generado principalmente en la capital aragonesa y no es necesario esforzarse mucho para percibir que acabará siendo un éxito popular. Esto del éxito o el fracaso es un valor relativo que nunca se suele someter a juicios objetivos. Por sistema en este país los grandes y también los pequeños acontecimientos que nacen de una iniciativa pública suelen ir acompañados de un discurso triunfalista vacunado ante cualquier crítica. No se admiten las “moscas cojoneras”, salvo que se expongan a ser descalificados y tachados de antipatriotas. En el caso de la EXPO no deja de resultar sospechosa la unanimidad absoluta que ha brindado la clase política y los principales medios de comunicación en estos tres últimos años. Ni una mácula ni una duda; nada podía desenfocar el objetivo final.
Tengo mis dudas sobre el verdadero valor de la EXPO más allá de su condición de extraordinario y muy caro acontecimiento social y cultural. La verdad es que no tengo argumentos sólidos para defender mi tesis; más bien parte de una ligera intuición y del conocimiento superficial de experiencias similares celebradas en el pasado. Estos días creo que tanto los políticos aragoneses como los periodistas y analistas de temporada se han emborrachado con la euforia de la inauguración y han entrado en una dinámica de declaraciones y asertos grandilocuentes de escaso rigor. Dicen que Zaragoza ha recuperado la autoestima con la EXPO; parece ser que el orgullo de una ciudad se alimenta a base de ladrillo, hormigón y fantasía arquitectónica. Costoso tratamiento que al final puede generar el efecto contrario al deseado: una depresión colectiva si el dorado no era tal.
Está claro que la autoestima no se recupera con cultura, civismo, solidaridad y bienestar. De unos años a esta parte estos conceptos -que serían objetivos irrenunciables de cualquier colectivo- se maquillan con grandes obras civiles que explotan nuestro orgullo ciudadano pero dejan intacto cualquier atisbo de conflicto moral. Los edificios emblemáticos y los cinturones de circunvalación acaban con cualquier sentimiento de inferioridad. No hay mejor antídoto contra la depresión y las deudas históricas.
La EXPO además creo que va a empeorar aquél doloroso diagnóstico del sociólogo Mario Gaviria, que en plena transición hablaba del “Zaragoza contra Aragón” para describir las profundas desigualdades de la comunidad y su irreversible macrocefalia. A más Zaragoza menos Aragón. Pero quizá ésta era la última de las preocupaciones de quienes se inventaron la EXPO para espabilar a la provinciana capital. Fueron hábiles y buscaron en el agua la coartada perfecta para justificar el invento y dotarle de la legitimidad social y política exigida. El lema como excusa necesaria.
No he ido a la EXPO pero iré. Por eso no hablo de su contenido ni me atrevo a adelantar opiniones de las que luego me pueda arrepentir. Por la televisión tiene buena pinta; el puente de Zaha Hadid es impresionante y la torre del agua tiene hechuras de icono. Un desapasionado vistazo a los periódicos nacionales logra encontrar el matiz crítico que en Aragón no surge ni por asomo. Veremos en los próximos meses. De momento, os hablo de otra EXPO que se celebrará en Zaragoza del 28 de junio al 6 de julio pare denunciar los conflictos que el agua genera en todo el mundo. El agua aquí no es la coartada; es el drama.
Como es sabido, entre Junio y Septiembre tendrá lugar en Zaragoza la Expo Internacional – 2008 bajo el lema “Agua y Sostenibilidad”. A pesar del lema, esta EXPO dista mucho de inscribirse en la lógica de la Nueva Cultura del Agua, al haber entrado en contradicción flagrante con los principios más elementales de la sostenibilidad; por otro lado, supone un gasto ingente de dinero público que podría y debería tener otros destinos más razonables.
Por ello, un amplio abanico de colectivos y movimientos sociales hemos decidido organizar el Foro Mundial de la Luchas del Agua (FMLA), a modo de un Foro Social del Agua, al margen de la Expo, abierto a la participación de los diversos movimientos que vienen luchando en todo el mundo por una Nueva Cultura del Agua basada en principios de sostenibilidad, equidad y participación ciudadana. El FMLA acogerá y dará espacio de apoyo y debate a los representantes de los colectivos y movimientos que defienden el derecho de los afectados a vivir en sus pueblos, hoy amenazados por la construcción de grandes presas y trasvases; a las comunidades que viven de la pesca y defienden la salud de los ríos, lagos, humedales y manglares de los que depende su supervivencia; a los pueblos que vienen oponiéndose a la privatización de los servicios de agua y saneamiento, bajo la presión del Banco Mundial; a los movimientos que defienden el derecho humano al agua potable y que luchan contra la mercantilización del agua y de los ecosistemas acuáticos; a los que luchan contra la minería a cielo abierto que envenena las cabeceras fluviales y mata poco a poco a millones de personas; a las comunidades indígenas que luchan por preservar sus derechos ancestrales y su derecho colectivo a existir como pueblos…
El FMLA, que se celebrará entre el 28 de junio y el 6 de julio de este año en Zaragoza, se convoca para acoger en nuestra casa a todos aquellos que están y han estado implicados en las luchas del agua. A todos aquellos que habiéndose sacrificado con generosidad para conservar lo más importante hoy se ven criminalizados y reprimidos con brutalidad en muchos casos. El Foro quiere convertirse en altavoz de denuncia, espacio de información y de participación ciudadana, al tiempo que en ámbito de solidaridad y acogida. Los días del Foro serán también reivindicativos. No queremos ni podemos callarnos; y no puede ser de otra manera en organizaciones nacidas en la lucha por la defensa de los derechos más inalienables.M uchos de esos grandes proyectos hidráulicos, de las actividades contaminantes más agresivas y de los procesos de privatización de aguas en países en desarrollo, están siendo protagonizados por empresas Europeas, e incluso Españolas. Por ello los movimientos de afectados en esos países buscan en Zaragoza, y encontrarán en este Foro un espacio de información, de denuncia y de solidaridad frente a estas empresas, que venden en los países desarrollados imágenes corporativas bien diferentes.
Por la mañana tendrán lugar reuniones y encuentros entre los diversos movimientos en lucha, no sólo de nuestro entorno europeo, sino de todo el mundo, abordando cada día un área temática. Junto a los debates y encuentros se están organizando actos reivindicativos. Por la noche, la Plaza de San Bruno será el espacio ciudadano de la Nueva Cultura del Agua y, tras presentar las conclusiones del día, disfrutaremos, en compañía de amigos y amigas, los conciertos diarios que se han organizado gracias al apoyo desinteresado de los artistas y grupos que han comprometido sus actuaciones.
El Sábado tendrá lugar, en el Teatro Principal, un solemne y emotivo acto de homenaje a los pueblos que luchan en los múltiples conflictos de agua abiertos en todos los continentes. Con la participación de artistas, poetas, cantantes y personas de alto reconocimiento nacional e internacional, vinculadas en muchos casos a los movimientos altermundialistas, se rendirá un emotivo homenaje a los representantes invitados que vienen de Narmada (India), Tres Gargantas (China), Yacyretá (Argentina-Paraguay), Chixoy (Guatemala), La Parota (Méjico), Río Senegal (Senegal), Kariba (Mozambique), Mekong (Camboya), Cochabamba (Bolivia), Ilitsu (Kurdistán), Cajamarca (Perú), Alta (Noruega), Loira (Francia), Vajont (Italia), Klamath (EEUU). Junto a estas personas rendiremos también el merecido homenaje a las gentes que han luchado y luchan en nuestro país: Yesa, Biscarrués, Santaliestra, Jánovas, Delta del Ebro, Mularroya, El Val, Itoiz, Genal, Río Grande, Riaño, Castrovido, Ter, Bajo Júcar… entre otros. Por último, el domingo 6 de Julio, cerraremos este Foro con la gran fiesta reivindicativa de los ríos europeos: el Big Jump, el Gran Chapuzón, que se convoca cada año en preparación de la convocatoria fijada para que en 2015 (cuando la Directiva Marco de Aguas esté completada) cientos de miles de europeos se bañen a la misma hora en sus ríos, como espacios ciudadanos a recuperar.
coagret@coagret.com

