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España

Después de quince días de vacaciones este blog regresa al tajo. Han sido dos semanas de imperfecta distensión, como todos los imperfectos estados de felicidad efímera. En este tiempo me aseguran que España ha cambiado, que ha sufrido la transformación pendiente, que su transición inconclusa a la modernidad por fin ha culminado con la victoria de la selección de fútbol en la Eurocopa. Ya adelanté al principio del torneo que el equipo de Luis Aragonés ni los que le precedieron habían logrado despojar mi indiferencia a la causa. Pero he de confesar que el formidable talento para el fútbol de estos chavales ha obrado el milagro; estos días he disfrutado con el equipo como se disfrutan las cosas en la adolescencia, cuando no hay complejos ni prejuicios acumulados. En ese sentido me siento rejuvenecido pero bien es verdad que todo se debe a que, en la mejor tradición hispana, me he apuntado a caballo ganador cuando ya no tenía duda alguna de que iba a ganar. Pecado venial, desde luego.
Mucho de este fervor patrio creo que tiene que ver con el simple hecho de que el triunfo y el éxito son dos poderosos catalizadores que movilizan a las masas. No hay un incondicional orgullo patrio sino una oportunista y lógica devoción por el ganador, que en este caso es de casa. El vencedor lo tiene todo, que decía la canción. Y el perdedor no es digno de la memoria popular. Pero como escribía Benedetti: “el júbilo es un ángel sospechoso, casi un enmascarado del dolor, suele durar menos que una bengala o es sólo un estrambote de la suerte”. Entiendo y me parece natural que miles de españoles salten a las calles con la bandera rojigualda en ristre. El fútbol ha hecho feliz a millones de personas en un país que todavía esconde los fantasmas acomplejados de su pasado. Desde este punto de vista, el deporte ha sido nuevamente el motor de las pulsiones primarias de una sociedad. Ninguna objeción al respecto. El entusiasmo colectivo está plenamente justificado y puedo aceptar hasta un determinado grado de desbordado nacionalismo español en estas horas de euforia mediática. ¿qué país no ha reaccionado así en similares circunstancias? ¿qué país no soñaría con un triunfo así?
Pero siento que la saturación ha llegado, y lo ha hecho demasiado pronto. Las ruidosas campañas de promoción de todos los medios de comunicación, la grandilocuencia de los periodistas, la hipérbole general y la liturgia mesiánica de Cuatro en la Plaza de Colón (la nueva Plaza Roja de Madrid), han llevado la íntima felicidad de cada ciudadano a una sobreexposición en la que no se admite la austeridad de los sentimientos. O se berrea a pulmón batiente o se es sospechoso de no ser adicto a la causa.
Y claro que uno se siente tremendamente feliz de ver jugar primorosamente a este grupo de jóvenes futbolistas. Pero no es necesario desplegar todos los atributos masculinos para expresar orgullo. Me recuerda al bando con el que Primo de Rivera proclamó la dictadura en 1923: “el que no sienta la masculinidad completamente caracterizada, que espere en un rincón”. Los que estamos rozando los 40 sabemos que hubo otra España deportiva de éxitos raquíticos e inferioridad patológica. Nosotros fuimos probablemente la última generación nacida en la caspa y el cornetín, la España de mesa camilla y deportistas lánguidos. Los triunfos que pudimos celebrar fueron discretos y aislados, fruto de la generación espontánea, tan prolífica en la producción de tipos talentosos en este país. Por eso es posible que nos encontremos incómodos ante tamaña manifestación de felicidad, tan llenos de remilgos y pudor como estamos.
Se ha escrito mucho estos días sobre el valor político y sociológico del triunfo de la selección del fútbol. Creo que es en este terreno donde el debate se ha embarrado y ha alcanzado las mayores cotas de estupidez. Del mismo modo que pienso que el fútbol es un elemento de cohesión sociológica del país, estoy convencido de que la victoria en la Eurocopa no ha servido para unirlo -en ese concepto de unión por exclusión- ni para que los que no se sienten españoles lo hagan ahora. Las audiencias televisivas son esclarecedoras: la final la vieron 16 millones de personas, lo que indica que a otros 30 millones de españoles no les interesó para nada lo que pasaba en Viena. Una tercera parte del país pasó de “la roja”.
He leído estos días profundas reflexiones sobre lo que significa la victoria de España. La derecha mediática ha cargado la escopeta y se ha lanzado a reconquistar los territorios desafectos blandiendo la Copa de Europa. De nuevo yerran en el diagnóstico del país. La selección no creo que fomente conversos al españolismo ni sirva para liquidar los brotes independentistas, como ha escrito algún columnista esta semana. Es un poco triste comprobar también como muchos han utilizado el triunfo de la selección para pasársela por los morros a los infieles vascos y catalanes, en un torpe ejercicio de pedagogía sociológica.
La selección no es más que el reflejo de una sociedad y de un país. No somos ni Francia ni Brasil ni Argentina, por eso el equipo español siempre carecerá de afecto en algunos territorios del estado en los que sencillamente no existe el sentimiento español. El fútbol no puede acabar con esta realidad de siglos, aunque muchos se empeñen en lo contrario. El tejido afectivo está deshilachado en sus costuras. Creo que es una insensatez sentar a España en el divan para fortalecer su identidad con la autoestima que genera algo tan azaroso como el fútbol. No ha sido el sentimiento español el que ha provocado la explosión de felicidad sino el fútbol, no lo olvidemos. El fútbol y el talento de unos futbolistas que juegan como los ángeles. Hemos ganado y además somos los mejores. Ese, entiendo yo, es el combustible que ha movilizado a miles de españoles, pero no a toda España.
Restaurar el mito

Dice el libro sobre Canfranc de Pirineum Editorial que los mitos no se pueden destruir. Es posible. Pero algunos de ellos necesitan una profunda restauración para no correr el riesgo de perder su categoría. Es el caso de la estación internacional de ferrocarril, uno de los iconos más solventes del imaginario aragonés y en la misma medida una de sus vergüenzas más aireadas. La celebración del 80 aniversario de su inauguración coincide con la finalización de las obras de la segunda fase de su recuperación.
Cuando el arquitecto zaragozano José Manuel Pérez Latorre recibió en 2000 el encargo del Gobierno de Aragón de proyectar la rehabilitación de la estación inaugurada en 1928, se encontró con la abrumadora responsabilidad de enfrentarse no sólo a un edificio sino a un símbolo. Era por tanto una tarea que no se resolvía exclusivamente con destreza técnica sino que demandaba unas altas dosis de sensibilidad y tacto. Había que respetar los sentimientos colectivos, que habitan en el terreno de lo intangible, y aplicar además soluciones racionales y funcionales a un edificio que nunca más volverá a recibir un tren.
El encargo no ha estado exento de controversia desde el primer momento, lo que viene a confirmar aquel aserto que Pérez Latorre suele utilizar con frecuencia para dibujar el limbo en el que está instalado el Canfranc: “en Aragón hay tres cosas que nacen en el estómago de las personas: el agua, el Pilar y el Canfranc”. Y como todos los asuntos que se tratan en los arrabales de la razón, el de la línea ferroviaria ha estado y estará sometido a apasionados debates públicos en los que el arquitecto encargado de su restauración es un blanco fácil. Él lo sabe y lo asumió cuando decidió aceptar el reto.
El 16 de diciembre de 2005 comenzaron oficialmente las obras de rehabilitación de la estación de Canfranc. Aquél día se escenificó el inicio de una nueva época, la puesta de largo de un ambicioso proyecto para recuperar el esplendor perdido del complejo ferroviario mediante su inevitable catarsis. Los nuevos tiempos obligaban a un cambio en los usos del majestuoso edificio para transformarlo en un hotel de lujo con 115 habitaciones. Sería el mascarón de proa del renacer del valle, inmerso en una parsimoniosa decadencia desde que en abril de 1970 se clausurara el tráfico internacional a través del túnel del Somport.
En estos dos años y medio el edificio ha sido sometido a una profunda rehabilitación para corregir y fortalecer su quejumbrosa estructura. Se ha utilizado el novedoso método de la fibra de carbono para reforzar la estructura de hormigón, se ha doblado el grosor de las losas y se han creado estructuras metálicas suplementarias en la cubierta. Ha sido un trabajo meticuloso y concienzudo, que ha servido también para conocer con exactitud su ADN y diagnosticar sin margen de error su cuadro clínico. Como insinuaban sus síntomas externos, el edificio corría serio riesgo de sufrir el desmoronamiento de todas sus constantes vitales. Por fuera la estación ofrecía un aspecto lamentable pero su corazón y sus vísceras todavía estaban peor. Ahora ya se puede decir que la estructura “está acabada y garantizada su estabilidad”.
En otoño desaparecerá el gigantesco armazón que ha cubierto en este tiempo todo el edificio. Pero eso no supondrá el fin de la obra. Muy al contrario, entonces comenzará el verdadero proceso de restauración de la imagen externa de la estación. Hasta ahora se ha trabajado en sus entrañas y en la cubierta pero ahora llega el momento de hacerle el lavado de cara. Y eso llevará un tiempo.
El equipo de José Manuel Pérez Latorre está volcado en este proyecto desde hace ocho años. Arquitectos, aparejadores e ingenieros trabajan en desentrañar los misterios que esconde el edificio y buscar las soluciones más razonables para que el mito siga vigente sin renunciar a su funcionalidad. Este concepto en el siglo XXI se traduce por viabilidad económica y rentabilidad. Y es precisamente una de las razones del conflicto causado por la idea original del arquitecto de elevar 1,20 m el volumen de la cubierta para que cupieran más habitaciones en el futuro hotel.
APUDEPA (Asociación para la protección del Patrimonio Cultural Aragonés), denunció esta alteración de la morfología del edificio (declarado Bien de Interés Cultural) y finalmente el Gobierno de Aragón optó por recuperar el volumen original. Pérez Latorre señala en este sentido que la elevación de la característica cubierta en forma de mansarda estaba justificada desde la necesidad de garantizar la rentabilidad del edificio. “Es fácil tener dinero para la construcción pero muy difícil para su mantenimiento, por eso nosotros teníamos la obligación de buscar fórmulas razonables y sostenibles para conseguirlo. Hay casos muy significativos como la Gare de Orsay en Paris (reconvertida en el famoso museo de pintura impresionista), o el cercano Matadero de Huesca, transformado en Casa de la Cultura”. La polémica se congeló y ahora la vieja estación renace lentamente de su ignominioso abandono.
El despacho de Pérez Latorre está conquistado por el perfil del edificio diseñado en 1925 por el ingeniero Ramírez Dampierre. Se reproduce casi en cada rincón en forma de fotos, planos, bocetos, alzados... El espíritu del Canfranc sobrevuela por toda la casa. Es un piso amplio y luminoso situado en el céntrico Paseo Sagasta de Zaragoza. Las paredes están pintadas con colores vivos y rotundos, los techos altos enfatizan la sensación de espaciosidad y la ecléctica decoración revela el carácter creativo de los profesionales que allí trabajan.
Hay muebles antiguos en rebeldía con lámparas art decó, cientos de libros de arte y arquitectura, cuadros abstractos e impresionistas, grabados del XVI; todo el conjunto es casi un compendio de la historia del arte de los últimos siglos. Como colofón se esparcen por toda la casa algunas réplicas de edificios diseñados por Pérez Latorre, cuando eran tan solo una idea en la mente del arquitecto. Se podría decir que es uno de esos lugares que transmite “buenas sensaciones”.
La mesa de reuniones está presidida por una colección de grabados de Piranesi, el artista italiano del XVIII, correspondiente a su serie de las Carceri. Enfrente hay otro del siglo XVI perteneciente a la escuela del alemán Durero. Está extraído de un libro sobre la melancolía, argumento que da pie al arquitecto a iniciar su periplo por la azarosa memoria de su relación con el Canfranc. “La melancolía, como el Canfranc, es lo que nos da la sensación de la vida, la imposibilidad de alcanzar la perfección. Es un elemento fundamental del pensamiento, siempre se está en estado melancólico. Cuando uno se acerca al Canfranc y observa el abandono descubre la sensación de incapacidad del ser. Porque el tren era el anhelo de los aragoneses por salir a Europa y romper la barrera de los Pirineos. Ahí reside su simbolismo. El edificio no es tanto un edificio como un paisaje, desde la entrada del valle hasta las montañas que lo circundan. Y la pregunta inevitable que surge es: ¿qué hace un edificio de estas dimensiones en un lugar como éste?”.
Pérez Latorre reviste de una pátina intelectual todo su ideario arquitectónico. Su discurso profesional está trazado a partir de conceptos filosóficos que buscan alimentar las explicaciones técnicas. En más de una ocasión ha reprochado a asociaciones críticas con su proyecto de rehabilitación como APUDEPA que los criterios que exponían nacían exclusivamente de lo legislativo y no tenían ningún basamento intelectual. “El trabajo que hemos hecho es el resultado de una reflexión, no es una arbitrariedad. Aquí no existe el valor de la antigüedad sino el histórico-documental, el rememorativo o el instrumental, que son los que hacen deseable su preservación”.
El arquitecto suele describir la relación con el Canfranc como un diálogo en el que hay preguntas y son necesarias las respuestas para que la función fática actúe con eficacia. Es fundamental que exista una buena disposición mutua entre emisor y receptor. “Trato de entender el edificio. Tiene que haber una necesidad. En este caso el proyecto supera la naturaleza del encargo, que en esencia era restaurar el inmueble para convertirlo en un hotel. Visto así no es nada, si no se tratara del Canfranc”.
Todo comienza en el Archivo General de la Administración (AGA) en Alcalá de Henares. Ahí se conserva íntegra la documentación sobre el Canfranc. Recuperando el símil hospitalario, “en ese archivo está toda la historia clínica del enfermo, que era preciso conocer si queríamos curarlo y permitirle otro tanto de vida útil dentro de lo efímero que es siempre el campo de la construcción”, apunta Pérez Latorre.
En el archivo de Alcalá están detallados todos los proyectos, modificaciones y reformados a los que fue sometido el edificio a lo largo de su historia. “Al margen de la sorpresa que siempre genera su tamaño está su estructura; se trata de un edificio moderno de estructura de hormigón, aunque en el exterior tiene una fachada que no corresponde con los elementos de su interior. Existe por un lado la estructura y por otro la forma y para nosotros esto fue un gran impacto. Para que la gente lo entienda, lo más parecido que podemos encontrar es el Pueblo Español de Barcelona. La fachada es sólo ornamento y detrás hay como una nave, por eso el Canfranc tiene algo de festivo”.
En esa inabarcable documentación se recogen los graves problemas que tuvieron que enfrentar los constructores para vencer el entorno hostil del valle de los Arañones. Se describen profusamente los continuos parones por culpa de los aludes de nieve o las inundaciones, y las indemnizaciones que hubo que afrontar por los desastres naturales que llegaron a cobrarse más de una vida. “Es en estos papeles –indica Pérez Latorre- donde compruebas que hay una parte emocional y otra racional, donde se resumen las lecciones que dejó la construcción del Canfranc y que para nosotros han sido esenciales para afrontar su restauración”.
Una de esas conclusiones es que la cubierta del edificio no estaba diseñada para soportar la climatología del Pirineo. En 1930, tan solo dos años después de inaugurarse el edificio, se produjo un grave incendio que destruyó el ala sur. Las armaduras se deformaron y el hormigón aguantó, pero el informe técnico correspondiente ya advertía de la existencia de numerosas goteras en toda la techumbre.
Este dato y la evidencia del deterioro constante de la cubierta indujeron a introducir el zinc como sustituto de la pizarra. Este será uno de los grandes cambios en el nuevo Canfranc, aunque apenas se percibirá visualmente. “El zinc nos da garantías mayores -señala el arquitecto- y los problemas de humedad serán casi imposibles. Hay que tener en cuenta que el edificio tiene cerca de 3.500 metros cuadrados de cubierta y su mantenimiento incide muchísimo en su construcción”. Aunque la textura del zinc es diferente a la de la piedra, el resultado visual será el mismo, asegura Pérez Latorre. Además, se ha optado por un material al que ya se había recurrido insistentemente en otras épocas para cubrir zonas deterioradas del edificio, “por lo tanto, -afirma el arquitecto- no es un material en absoluto extraño”. El zinc también cubrirá respetando sus formas originales todos los elementos decorativos de piedra y hormigón que rematan el edificio.
Otra de las transformaciones se apreciará en las formas de la cúpula central. Se ha peraltado ligeramente pare evitar los problemas de acumulación de nieve que registraba desde su inauguración en 1928. También se sustituye el chapitel de remate por otro de zinc más proporcionado con la leyenda de Canfranc. La cubierta se elevará en toda su extensión entre 60 y 80 centímetros para crear una estructura de ventilación y distribución de otros servicios del inmueble. De este modo no será necesario construir nuevas chimeneas.
Existirá un Canfranc visible y otro oculto en las entrañas de la gran explanada que se creó de forma artificial en los años 20 del pasado siglo para hacer posible el complejo ferroviario. En su interior se prevé construir una galería de servicios que dejará visible la estructura de arcos de hormigón que soporta el edificio. También permitirá ocultar el parking del hotel, las cocinas y otros servicios como el spa o la piscina.
Es posible que todavía tengan que pasar algunos años para que el proyecto de restauración de la estación internacional de Canfranc sea una realidad. La coyuntura económica y los ritmos de la administración parece que tienden a ralentizar la culminación total de la obra. Pero se ha dado el primer paso para el renacimiento del emblemático edificio con todo su esplendor. Ya no hay duda de que, al menos, el mito ya nunca correrá el riesgo de derrumbarse.
Artículo publicado en el número 220 de la revista "Jacetania".
Jánovas

"Mi padre tiene alzheimer, ha vuelto a la niñez y hace tiempo que dice que él ya está en su pueblo. Mi madre está bien, y ella sí que se ha puesto muy contenta". Así describía Antonio Garcés la reacción de sus padres al conocer que el Ministerio de Medio Ambiente va a proceder por fin a la reversión de los terrenos expropiados o comprados en los años 50 del pasado siglo para la construcción del pantano de Jánovas. Pero la anhelada noticia tiene letra pequeña: los antiguos propietarios tendrán que pagar las cantidades que recibieron en su día pero actualizadas. Es decir; la administración no valora la tragedia de los habitantes de Jánovas, Lavelilla y Lacort, desprecia el sufrimiento al que se vieron sometidos y olvida que fueron arrancados de sus tierras por un regimen dictatorial que no garantiazaba los más elementales derechos ciudadanos. ¿Cómo se puede admitir esta ignominia? Antonio, como tantos otros hijos de Jánovas, ya ha dicho que pagará si le devuelven la casa tal y como estaba cuando se la expropiaron, antes de que la dinamita de los de Iberduero dejara todo en ruinas.
Jánovas no puede ser un expediente administrativo más, no puede ser gestionado desde la lejania de un despacho ministerial con la frialdad del derecho. Jánovas es un símbolo que representa eso que tantas veces se ha llamado la dignidad de la montaña, que en definitiva es el orgullo esquilmado de tantos y tantos pueblos a los que no se les dejó elegir su destino. Se corre el riesgo de cosificar el perfil humano de los que protagonizaron involuntariamente ese drama. No puede ser y el Gobierno de Aragón creo que tiene que ejercer de intermediario necesario para que no se reviva una vergüenza histórica incompatible con un estado de derecho. No estamos en pleno franquismo, pero a veces lo parece. La displicencia de la administración sigue recordando la de la España pretérita, la del "vuelva ustede mañana" de Larra.
Pero, pese a todo, la noticia es una luz de esperanza, aunque a muchos les ilumine condenadamente tarde. Como a Emilio Garcés, el paradigma del resistente, el hombre que dignificó el espíritu de Jánovas y por extensión el de todas las injusticias sociales. Pero me alegro, sé que tarde o temprano todo se solucionará y en Jánovas volveran a escupir humo las chimeneas. Me alegro por los Garcés, por los Buisán, los Viñuales, los Palacio, me alegro por las gentes del Sobrarbe, por los montañeses, me alegro por Marisancho Menjón (sé que ayer fuiste inmensamente feliz), me alegro por los que han aportado su grano de arena a la causa (Jánovas no rebla), y por los que nunca abandonaron la certeza de que resistir es vencer.
Hoy recupero un reportaje que publiqué hace diez años en la revista El Mundo de los Pirineos. En compañía del gran fotógrafo zaragozano Javier Cebollada estuvimos con Emilio y Francisca en Jánovas. Sus testimonios de entonces adquieren hoy una nueva dimensión. Va por ellos.
Emilio y Francisca no visitan Jánovas desde hace más de dos años. “Me jode ver tanta ruina. No lo soporto”. Ellos fueron el último matrimonio que abandonó el pueblo cansados de soportar las amenazas, la dinamita, la incomprensión de sus vecinos y la soledad. Eso fue en 1984, veinticinco años después de recibir la primera notificación de expropiación de Iberduero para construir un pantano. Hoy no hay pantano ni máquinas trabajando. Sólo ruinas, maleza y desolación, los ingredientes que provocan una reacción de odio en el matrimonio Garcés. “No sé cómo pudieron llegar a hacernos tanto daño para no conseguir ningún bien” lamenta Emilio, un hombre fortalecido por la constante lucha contra todos los poderes que le arrancaron de las entrañas del pueblo que le vio nacer.
El matrimonio Garcés vive ahora en Campodarbe, a escasos kilómetros de Jánovas. Viven solos, con la única compañía de las vacas, las gallinas y las ocas que cuidan a un propietario madrileño. Sus seis hijos residen entre Boltaña, Huesca y Barbastro pero todos los fines de semana acuden a visitarles. En 1959 Iberduero logró del régimen franquista los derechos de expropiación sobre un extenso territorio de la comarca del Sobrabe para la construcción de un pantano. Jánovas era uno de los pocos obstáculos para su ejecución. “Los de Iberduero vinieron y como todo el pueblo ya era de ellos nos llamaron para que fuéramos a cobrar las indemnizaciones. Ellos mismos las habían fijado previamente. Sólo acudieron cinco familias y les pagaron una porquería”. Emilio recuerda el caso de Severino Sierra Buesa, de casa “Sarrate”, el hacendado del pueblo. “Le dieron 823.000 pesetas por la casa y todos los terrenos que tenía, que eran una barbaridad. Era el más rico de Jánovas, de esos que para las fiestas sacaban a la calle a los mulos con campanillas para mostrar su poder. A pesar de su riqueza, tuvo que ceder”. Emilio Garcés y su familia, sin embargo, se negaron a abandonar el pueblo y soportaron durante varios meses las amenazas de los directivos de la empresa hidroeléctrica, la Guardia Civil y los oscuros poderes locales del antiguo régimen. “Dinamitaron las casas de los que se fueron, nos dejaron sin agua porque taparon las acequias de riego y nos desmontaron las fuentes”. Pero el episodio más triste se produjo la mañana en la que un ejecutivo de Iberduero tiró la puerta de la escuela a patadas mientras los niños estaban dando clase. “La gente cogió un temor enorme, fue la ruina, desistió y comenzó a marcharse. Fue terrible. La mayoría no tenía a donde ir pero no les quedó más remedio”, recuerda con la voz entrecortada Emilia.
En 1964 la familia Garcés se quedó sola en el pueblo. Las obras del pantano se habían paralizado pero no el empeño de Iberduero por derruir el pueblo. Los seis hijos de Emilio y Francisca estuvieron tres años sin poder ir a clase hasta que finalmente les permitieron escolarizarlos en Boltaña. Hoy Emilio no puede disimular su emoción cuando enseña la orla de la más pequeña de sus hijas de la promoción del 90 de veterinaria de la Facultad de Zaragoza. “Por esto merece la pena todo lo que pasamos”. El tiempo ha reconocido la lucha solitaria de Emilio y Francisca. El pantano no se ha hecho y el pasado verano el Ayuntamiento de Fiscal, uno de los que defendía el embalse, le declaró su hijo predilecto. “La vida tiene estas cosas, te lo niega todo cuando lo necesitas y cuando ya no vale te sonríe, que le vamos a hacer”.
Peret

Escribo desde Sallent de Gállego. Estoy trabajando en el Gabinete de Comunicación de Pirineos Sur, el festival de música que se celebra desde hace 17 años en el escenario flotante del pantano de Lanuza. Ayer se inauguró con el homenaje a Peret, el rey de la rumba catalana. A muchos puristas les sorprendió que el templo de la "world music" dedicara su primera noche al artista de Mataró, representante todavía en el subconsciente colectivo de la España de chiringuito, calimocho y verbena. Cinco minutos después de salir al escenario a nadie le quedaba duda de que la elección de la organización era un ejercicio de justicia con una de las personalidades más influyentes de la música española de las últimas décadas. En Peret han abrevado una cantidad ingente de grupos con mayor o menor fortuna; algunos (Estopa es el ejemplo más evidente), le deben la inspiración para asirse a la escena española como mercaderes de una propuesta tan callejera y popular como exitosa. Pero en verdad lo que han hecho es reinterpretar todo lo que Peret llevaba haciendo desde los años 70.
Decía Luis Calvo, director de Pirineos Sur, que la música española le debía un homenaje a Peret, un desagravio público despúés de años de desprecio y olvido. Para muchos el músico de Mataró era el representante de la España casposa que era necesario olvidar, una lastre franquista que había que lanzar al vacio en el vuelo a la modernidad que emprendió el país en los primeros años de la transición democrática. Esa injusticia estética y estilística la sufrieron también otros artistas como Alfredo Landa, ejemplares de deshecho que había que esconder como esconden las mejores familias a sus ovejas negras. Decía el crítico musical Gonzalo de la Figuera que la rumba estaba considerada "un género menor, hortera y pachanguero, un tipo de música absolutamente despreciable a los ojos de cualquier rockero enrollado e incompatible con el gusto por las guitarras eléctricas". Peret sonaba sin descanaso en ferias y autos de choque, "verbenas de fiesta mayor y discotecas playeras de la España franquista de los setenta". Ese era el Peret que conocimos muchas generaciones.
Confieso que yo era uno de los que estaba atiborrado de prejuicios respecto a Peret, como lo estoy en esta vida con tantas otras cosas por pura ignorancia. Peret tiene 73 años como mi padre, pero yo no me imagino a mi padre con ese derroche de fuerza y vitalidad que deslumbró ayer a los que estuvimos en el escenario natural de Lanuza. Al público no le movió la nostalgia, fundamentalmente porque la media de edad era de unos 25 años. Cuando Peret era el producto más exportado de la España franquista los que estaban ayer cantando todas su canciones no habían nacido. En Viña Rock, el festival de rock español más importante, el pasado año echaron del escenario al impostor Ramoncín. Este año Peret ha sido la gran estrella de la muchachada de greñas y pantalones de pitillo. La cuestión merece un análisis casi sociológico. Probablemente la única razón es que al final del día, la honestidad y la modestia acaban recibiendo sus frutos. Y las modas son esas cárceles del pensamiento que al final, por suerte, siempre se acaban derribando para dejar en libertad a los mejores. Peret es uno de ellos. José Manuel Gómez, crítico de El Mundo y especialista en rumba, afirmaba ayer que cuando vió tocar de niño la guitarra a Peret comprendió que Elvis era un advenedizo. Quizá exagere pero ilustra la admiración que de repente ha levantado en este país quien hasta no hace mucho era un apestado cultural.
Ayer Peret demostró su grandeza en Lanuza con un catálogo de genialidades que nacían de su talento y, sobre todo, de su larga vida. El resto tendremos que vivir cuatro vidas para alcanzar a ver lo que él ha visto. Un amigo me contaba anoche que coincidió con él en Zaragoza el pasado mes de octubre: "Maestro -le preguntó-, ¿todavía sigue predicando?; no amigo, -le contestó- que ya no cuela". Otro golpe de efecto. Después le presentó a su novia de 19 años. Lo espiritual no vale nada cuando lo carnal tiene tanta pujanza.
La noche caía en Lanuza y las mansas aguas del pantano pasaron a ser cristal, un espejo en el que se reflejaba la luna y las cumbres del valle. Me imagino que en una tarde como ésta hace casi dieciocho años Luis Calvo y compañía decidieron que éste era el lugar idóneo para inventarse un festival. Me los imagino sentados en la ladera junto a las casas espaldadas de Lanuza en plena ensoñación, ensimismados con La Foratata a la derecha y el agua en los pies. Me los imagino buscando las claves racionales para explicar semejante desvarío, vistiendo de sentido el sinsentido de un proyecto cultural que a principios de los noventa necesitaba los arrestos de un explorador insensato e inconsciente. Así quiero imaginar que nació y así cumplirá el próximo año 18 años. Bendita mayoría de edad.
La foto es de Pilar Hurtado.
Jánovas (2)

Sigo estos días a medio camino entre Sallent de Gállego y Jaca sin perder de vista lo que ocurre con la reversión de Jánovas. En la última semana se ha publicado en toda la prensa una larga serie de entregas informativas que permiten intuir que el asunto no va a ser ni sencillo ni rápido de resolver. Pero almenos sí que he percibido que el sentido común tiende a imponerse sobre el despropósito legal y cada vez son más las voces que exigen un tratamiento especial que no se someta a la tiranía administrativa sino al poder de la razón y el valor intangible del drama humano. Porque como escribía hoy Jánovas no rebla: "tan expropiados creo que debe considerarse en justicia a los que lo fueron legalmente como a los que vendieron creyendo que no tenían más alternativa". Y creo que aquí está el nudo gordiano de la cosa, la poderosa e irrebatible reflexión que explica la necesidad de que la administración sea por una vez un ente al servicio del ciudadano y sea capaz de estar a su altura. Sobre todo porque fue la administración (la franquista), la que promovió un proyecto y lo llevó adelante a sabiendas del grave perjuicio que estaba ocasionando sobre la población afectada. ¿No es más lógico que sea la administración la que indemnice a los ciudadanos perjudicados y asuma las responsabilidades del fracaso social y económico de un proyecto que nunca se llegó a hacer? ¿No sería de justicia que el estado pidiera un perdón simbólico a quienes arrancó de sus tierras sin otro equipaje que la incertidumbre y la desazón en esa España abisal de los 50 del pasado siglo? ¿No sería un inmenso acto de redención que el estado costeara la recuperación piedra por piedra del pueblo que arruinó a golpe de dinamita? Almenos en lo material la administración tiene la capacidad de corregir el desaguisado que cometió. En lo espiritual y sentimental cavó una sima impenetrable de la que muchos sobrarbenses ya nunca podrán salir. Y eso ya no lo puede remediar nadie. El estado es poderoso pero el alma rota de sus ciudadanos es impermeable. Son estas cosas las que no aparecen en los expedientes de expropiación. No hay un apéndice para levantar acta notarial de la estulticia de nuestros políticos.
Como estos días no tengo demasiado tiempo para escribir posts en condiciones, voy recuperando cosas que publiqué hace tiempo y que de repente han adquirido un tono actual sorprendente. Esto me recuerda un aserto que me lanzó hace ya muchos años un periodista jaqués: "para ejercer esta profesión en Aragón hay que manejar tres o cuatro temas porque no hay mas, son los mismos de siempre, nunca se solucionarion y probablemente nunca se solucionarán. Si manejas bien estos temas no tendrás problemas para prosperar". El agua y el problema hidráulico era uno de ellos. El texto que cuelgo a continuación se titula "La tercera transición" y fue publicado en la desaparecida y añorada Trébede en octubre de 2001, pocas semanas después de anunciarse el informe negativo del estudio de impacto ambiental que descartaba definitivamente el pantano de Jánovas. Han pasado siete años y aquí seguimos hablando y escribiendo de lo mismo. Esta tierra es Aragón, tenía razón mi amigo.
Hubo un tiempo en que el Pirineo se desangraba a borbotones como consecuencia de las profundas heridas que le provocaba el desarrollismo, los pantanos y la despoblación. La gente huía o la expulsaban de sus tierras y en su triste marcha dejaban también el orgullo montañés y la conciencia de pueblo entre casas espaldadas, campos yermos y valles inundados. Los sesenta cultivaron en el Pirineo un sentimiento derrotista y un complejo de inferioridad que perduró en el tiempo al albur de estúpidos estereotipos urbanos convenientemente fomentados por la sociedad capitalista. Comarcas como el Sobrarbe iniciaron el siglo XX con 23. 000 habitantes y lo han acabado con 6.000. Nunca se valorará convenientemente en Aragón la brutal dimensión de la emigración que ha sufrido la montaña en las últimas décadas en beneficio de un confuso desarrollo. Muchos de los que se quedaron cultivaron cierto furtivismo sentimental, una especie de discreta militancia pirenaica no exenta de razonables dudas sobre la conveniencia de perseverar o claudicar como lo habían hecho los que se fueron. Vivir cautivos en la tierra que amaban se convirtió en el gran conflicto interno, en la eterna duda existencial. Más tarde llegaron antropólogos e historiadores como Rafael Andolz, Julio Gavín, Durán Gudiol, Enrique Satué o Severino Pallaruelo, que reivindicaron la pervivencia de una valiosa cultura milenaria y alarmaron sobre los riesgos de su decadencia definitiva. Sus libros e investigaciones golpearon en la conciencia de quienes rehuían de sus orígenes por pudor o por simple desconocimiento, y de quienes desde la lejanía oteaban el horizonte montañoso con desdén e indiferencia. El Pirineo se convirtió entonces en un producto turístico; muy lejos, desde luego, de las inquietudes que habían incitado el trabajo de aquellos estudiosos. Satué decía hace siete años que “el Pirineo está de moda. Lo está como estuvieron las playas del Mediterráneo hasta que se depreciaron por el caos y la contaminación. Pero la montaña es algo más que un sumatorio de especies a extinguir”. En este escenario surgieron los engendros urbanísticos de Jaca y sus sucedáneos, la obsesión por hacer unos cuantos Salous para los zaragozanos en invierno y la manía de meter la mano en cada palmo de tierra. Por desgracia seguimos en esta tesitura porque aquel “clan del hormigón” que defendía con ardor un veterano político oscense hace unos meses sigue marcando el ritmo de los acontecimientos. Pero no todo está perdido. La máxima de “cuanto peor, mejor” ha obrado en el Pirineo el renacimiento de la abandonada conciencia de pueblo, la recuperación de un orgullo por la tierra que se fortalece en la misma proporción en que se multiplican las agresiones externas. El rechazo a los proyectos hidráulicos ha sido el estandarte de esa unión que ha hecho posible manifestaciones populares inéditas en la montaña como el paro general del 25 de octubre pasado. “Queremos vivir en el Pirineo” se ha convertido en la proclama que resume todo, en la justa consigna que mueve a “esa minoría”, como le gusta denominar a Marcelino Iglesias. Los conciertos de La Ronda de Boltaña, elevada a símbolo de la montaña aragonesa, han adquirido en los últimos tiempos un clima reivindicativo que recuerda ese aire de entusiasmo que envolvió a las actuaciones de los cantautores de la transición española. Quizá hoy los pirenaicos, enfrentados a los mismos problemas y a las mismas amenazas que hace cincuenta años, sentimos que nuestra transición a la democracia todavía no ha concluido. Por eso, el definitivo descarte del pantano de Jánovas ha sido un soplo de esperanza. Aunque “nos hemos hecho viejos esperando”, como lamentó Emilio Garcés, el último de Jánovas, al conocer la noticia. La foto es de Juan Pulido Velasco y la he tomado prestada de Jánovas no rebla
Bruce

A Sara la primera hora no le gustó. Decía que Bruce estaba entretenido en otros asuntos ajenos a la música, perdido entre los toqueteos de los privilegiados que ocuparon la primera fila del concierto. Decía que la E Street Band andaba perdida y algo torpe, descreída por el acceso mesiánico del Jefe. A Carlos a Grosem y a mi no nos convenció la argumentación de Sara. En verdad a nosotros nada nos puede convencer de lo contrario; ni la peor de la sonorizaciones posibles ni el Bruce menos inspirado. Somos militantes y como tales no admitimos ni la disidencia ni la crítica, aunque sea constructiva. No cabe el quebranto en nuestro espíritu, somos fanáticos y hasta nos ponemos un poco burros cuando alguien osa mentar el nombre de Bruce en vano. Sara lo hizo y las recibió de todos los colores. ¡qué osadía! ¡a nosotros! En "Orquesta Club Virginia" un taxista sirio aseguraba que las naranjas de su país eran mejores que las valencianas. Sus pasajeros españoles -Quique San Francisco y compañía- le destrozaron el coche embrutecidos. Bruce es nuestra naranja valenciana, más o menos.
En Barcelona este sábado el Boss exprimió todas las naranjas y el zumo que nos dio era exactamente el que le habíamos pedido. No nos decepcionó pero tampoco nos sorprendió, fue lo esperado. Pero como su oficio está en unos niveles de coherencia y calidad insuperables, cada rutina de sus conciertos es un momento extraordinario para la historia de la música. Un instante que pasa por ser tres horas de intensa emoción e iconos sonoros de nuestras vidas. En una semana he vibrado con dos tipos de 73 y 58 años; uno el rey del universo rumbero y el otro del rock contemporáneo. O me estoy haciendo muy mayor y tiendo a la nostalgia o realmente el panorama actual de la industria musical es un páramo creativo. Al igual que el eterno debate sobre la muerte de la novela, en el rock hace muchos años que todo se dejó inventado y lo que vino después fue una reinterpretación de los esquemas fijados. Sobre estas estructuras musicales se ha reinventado la industria una y otra vez a partir de maquillajes aditivos.
No hay mas que comprobar que hoy en día sólo cuatro músicos -todos ellos por encima de los 50 años- son capaces de llenar un estadio de 75.000 espectadores como el Camp Nou. Si fuera malicioso y radical optaría por pensar que en las dos últimas décadas no ha surgido nadie que merezca realmente la pena. Pero no creo que sea así. Sin embargo sí que pienso que esta cuestión biológica tiene algo que ver con la degradación del producto músical y su transformación en un bien efímero. Como he comentado en alguna otra ocasión, hasta no hace mucho la adquisición de un disco era un acontecimiento de relevancia en la trayectoria personal de cada uno. Marcaba de algún modo la trazabilidad en el proceso de construcción de la personalidad y los gustos. Ahora eso se ha relativizado hasta el punto de que los discos ya no se compran sino que se descargan algunas de sus canciones y cuando se han sobado demasiado se borran para dar paso a unas nuevas. Esas canciones, como los besos, se pierden en algún oscuro rincón del olvido.
Los dinosaurios que llenan los estadios pertenecen a un tiempo en el que la trayectoria y la solidez profesional se valoraban como un elemento indispensable para construir los mitos. Los advenedizos y oprtunistas caían por su propio peso y sólo se hacían grandes quienes realmente lo eran. Aunque el divismo es intrínseco a la música, ahora la industria comete frecuentemente el error de construir estrellas de papel que se tiran al primer signo de agotamiento. Pero mientras dura el invento estas estrellas de cartón piedra se vuelven arrogantes y pretenciosos, y se olvidan de que su profesión es la música. ¿Alguien cree que a Bruce se le ha olvidado su trabajo? Leonard Cohen y Morrisey han sido los otros dos grandes triunfadores del fin de semana en el FIb de Benicassim. Demasiada casualidad. El director de un conocido festival de música me decía recientemente que tras diecisiete años de experiencia podía asegurar que las estrellas más rutilantes eran siempre las más cercanas y normales. Los "jóvenes valores" eran los que, por el contrario, le solían tocar las narices con mil exigencias de niño consentido.
Bruce es la coherencia y el sentido de la responsabilidad. Principalmente con la música y con su público, al que le ofrece tres horas de ensueño convencido de que es lo mínimo que puede hacer por quienes han pagado una pasta por verle actuar. De nuevo en Barcelona reeditó el idilio iniciado un 21 de abril de 1981, cuando ofreció el mejor concierto de su vida, según el crítico musical Dave Marsh. Yo no soy especialmente mitómano (tiendo a imaginármelos sentados en la taza del baño como cualquier mortal), pero reconozco que Springsteen me tiene encandilado y siento por él un profundo respeto; no sólo porque me emocionan sus canciones, sino porque sigo creyendo que cree en lo que hace. Aunque Sara siga pensando que flojeó en la primera hora. Puede que sea así, pero yo no me di cuenta.
James Brown según África

El Festival Pirineos Sur echa el cierre mañana sábado a su XVII edición con un espectáculo que promete hacer historia. Varios artistas africanos se reunirán sobre el escenario flotante de Lanuza para homenajear a James Brown, “el padrino del soul”, uno de los músicos más influyentes, controvertidos y tormentosos del siglo XX. Fallecido en diciembre de 2006, su legado artístico ha servido de referente para decenas de grupos de todo el mundo. Muchos consideran -con razón- que su frenético ritmo contribuyó decisivamente a crear estilos tan populares como el rap, el hip-hop o la música disco. De hecho, ha sido sin duda uno de los músicos más sampleados de la historia. El espectáculo de mañana se ha llamado “Todavía negro, todavía orgulloso”, una paráfrasis que no admite duda sobre el espíritu que mueve a sus protagonistas.
El proyecto que se presenta en el Auditorio de Lanuza está dirigido por los músicos de jazz Pee Wee Ellis y Fred Wesley, miembros relevantes de la banda de James Brown, y cuenta con la presencia de los artistas africanos Cheikh Lô y Angelique Kidjo, que regresa a Pirineos Sur después de haber actuado por primera y única vez en 1995 dentro del proyecto “Wakafrica” dirigido por Manu Dibango. Kidjo no sólo participará en el homenaje a James Brown sino que después también hará su propio concierto en solitario como colofón de lujo a esta edición de Pirineos Sur. Por lo tanto, lo que se pretende mañana es establecer una conexión clara entre el sonido que creó James Brown y sus evidentes vinculaciones con las raíces musicales africanas. Como indica el crítico musical Javier Losilla, “”Brown, pura dinamita de la negritud y carne de escenario fue, además de un artista único, un intérprete cuya influencia llegó hasta las mismísimas raíces de la música que interpretó: hasta África”.
El saxofonista Pee Wee Ellis se enroló en la banda de James Brown en 1965 y dos años después le nombró director musical, lo que significó una redefinición del sonido del grupo, que quedó plasmado en algunas piezas clásicas del repertorio como “Cold sweet” o “Funky Drummer”. La influencia de Ellis en el rumbo musical de la banda fue de tal calibre que pasó a ser considerado el “inventor del funk”. En 1969 terminó su relación con James Brown e inició una carrera en solitario que combinó con colaboraciones con estrellas de la talla de Van Morrison, George Benson, George Clinton, JB Horns o Maceo Parker, otro viejo colaborador del “padrino”.
El trombonista Fred Wesley militó en la banda de Brown desde 1968 a 1975. Fue arreglista, instrumentista y compositor. A lo largo de su carrera ha colaborado también con Ike y Tina Turner, Ray Charles, Count Basie Orchestra o nuevamente Maceo Parker y Van Morrison. Su característico estilo sincopado a la hora de tocar encajó perfectamente en la textura de voz de Brown y en sus pulsiones sobre el escenario. Ellis y Wesley, dos monstruos del jazz, compartirán escenario con Cheikh Lô y Angelique Kidjo. El primero, nacido en Burkina Faso pero criado en Senegal, es un cantante notable y un timbalero consumado que ha insuflado nuevos bríos al mbalax senegalés. En 1995 convenció a Yossou N’Dour para que le produjese su disco “Né le Thiass”. Esa experiencia marcó definitivamente su rumbo musical, que ya no se desprendería de constantes guiños al funky y la música afro-caribeña.
Angelique Kidko, por su parte, es en la actualidad la artista africana de mayor proyección internacional. La propia Kidjo ha dicho de sí misma: “algunos llaman a lo que hago afro-funk. Pueden llamarlo como quieran pero realmente es difícil catalogar mi música dentro de un estilo. Incluso cuando utilizo la música tradicional no intento crear un solo estilo sino que los mezclo todos”. Esta declaración de principios de la cantante de Benin define perfectamente su trayectoria musical, siempre con un ojo en África y otro en Europa. Su música tiene de todo: una técnica vocal próxima al blues y unos sonidos que se imbrican en los patrones del jazz, el rock y el funk. El pasado año editó su último disco “Djin Djin”, en el que cuenta con la colaboración de toda una constelación de estrellas del rock y el pop: Alicia Keys, Carlos Santana, Joss Stone o Bradford Marsalis. Además se atreve a versionear uno de los clásicos por excelencia del repertorio de los Rolling Stones, “Gimme Shelter”.

