Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2008.
08/02/2008
Los otros

En el primer tercio del siglo XX la zozobra en la que estaba sumida España se manifestaba en el ámbito artístico en la confluencia de diferentes corrientes que buscaban la regeneración del país, el regreso a las raíces castellanas en la búsqueda de los valores tradicionales o sencillamente la reinvención misma del estado. El vendaval creativo que arreciaba con fuerza en Europa y América había consolidado una cronología de ismos que parecía enterrar definitivamente la visión de los naturalistas de la realidad por su carácter reaccionario. En medio de esta confusión de estilos, de esta lucha entre adversos, la fotografía adquirió su mayoría de edad con una efervescencia creativa que le situó definitivamente en la categoría de expresión artística, privilegio discutido hasta entonces con denuedo.
En el Alto Aragón la vida iba un paso por detrás. El atraso secular del país adquiría en la remota provincia oscense tintes casi dramáticos, sólo matizados por una incipiente pero tímida industrialización y el inicio del “asalto civilizador” al Pirineo con la llegada de las centrales hidroeléctricas y el tren, la construcción de los primeros pantanos y el desmontaje de las estructuras sociales vigentes durante siglos.
Paralelamente a este proceso, y quizá como consecuencia directa de él, en Aragón brotó con fuerza una corriente institucional y social que reivindicaba la recuperación de los valores patrios, encarnados en la exaltación del paisaje y el folclore aragonés como representantes máximos de una herencia que era necesario preservar y divulgar. Era parte del discurso regeneracionista que lideró Joaquín Costa. Así nacieron los primeros clubes de montaña o el Sindicato de Iniciativa y Propaganda de Aragón (SIPA) en 1925, que consiguió aglutinar a la mayoría de las personalidades más influyentes de la región. Su vocación turística pronto derivó en una pujante organización regionalista que asumió las principales reivindicaciones del regeneracionismo aragonés. Esta evolución explica con claridad la convergencia de intereses que en aquellos años unía al turismo y la política, sin saber bien qué era lo verdaderamente prioritario.
Esta contextualización es necesaria para explicar el trabajo que realizaron en esas primeras décadas del pasado siglo varios fotógrafos aragoneses y españoles en el Pirineo aragonés, y en concreto en la comarca de la Jacetania. La búsqueda del tipismo, la divulgación del folclore de cada localidad, el enaltecimiento de los tópicos y la admiración del paisaje fueron los ejes de una producción fotográfica que dejó para la posteridad un inabarcable catálogo de archivos y fotógrafos de desigual calidad artística pero de indudable valor documental.
La gran mayoría se sintieron cautivados por las gentes, los pueblos y el paisaje de la Jacetania, aunque sin duda fue Ansó la localidad que atrajo al mayor número de fotógrafos. La singularidad y belleza de sus trajes, el soberbio casco urbano y la impresión real de retroceder en el tiempo ejercieron un influjo irresistible para decenas de profesionales y aficionados. Probablemente no hay otro caso similar en Aragón. Los grandes fotógrafos y etnógrafos de principios de siglo pasaron antes o después por Ansó. Y cuando a los nuestros les tocó luego reivindicar lo propio no encontraron mejor icono que el hombre y la mujer ansotanos. José Ortiz Echagüe, Fritz Krüger, Juli Soler Santaló, Ramón Violant i Simorra, Adolf Mas, Aurelio Grasa, Ricardo Compairé, Diego de Quiroga, Hauser y Menet, De las Heras… la lista es interminable.
Los salones fotográficos, exposiciones y concursos que proliferaron en aquellos años se nutrieron de estampas recurrentes del traje típico. El objetivo tenía tantos detalles que encuadrar que apenas se esforzaba por ofrecer enfoques originales o poco convencionales. Pero vistos hoy, todos son excelentes documentales gráficos que enorgullecen el pasado de la localidad y revalorizan su riqueza antropológica. No es de extrañar que esa fama de lo ansotano traspasara las fronteras aragonesas y acabara convirtiéndose en un referente fundamental del tipismo español. Cuando Joaquín Sorolla eligió una estampa ansotana para representar a Aragón en su monumental “Las regiones de España” para la Hispanic Society de Nueva York, el aislado pueblo pirenaico tenía ya una clara proyección nacional.
La publicación de postales, la divulgación de fotos y los reportajes en la prensa de la época hicieron el resto. A diferencia de otras zonas del Pirineo aragonés, la Jacetania disfrutaba en las primeras décadas del siglo XX de unas dignas comunicaciones (se podía acceder por tren y carretera), y su legado histórico y monumental proporcionaba numerosos elementos susceptibles de ser fotografiados por la nueva y entusiasta clase turista. San Juan de la Peña, San Pedro de Siresa, la estación de Canfranc y, por supuesto, Jaca con sus monumentos y su trama urbana fueron objetivo prioritario. El caso de la capital de la comarca ha sido suficientemente tratado en monografías y en los ensayos históricos publicados en los últimos años.
A partir de los años 30 del pasado siglo la irrupción de las Kodak democratizó además lo que hasta entonces había sido coto de los profesionales y las clases privilegiadas. En ese momento surgió una nueva estirpe de fotógrafos que aunaba su interés por este arte con una inquietud inagotable por el conocimiento de nuevos paisajes, el excursionismo y la cultura tradicional. En ese grupo se puede incluir a personajes como el citado Compairé, el catalán Alfonso Foradada o los oscenses Ildefonso San Agustín o Julio Escartín, por poner sólo unos ejemplos cercanos.
La fabril actividad fotográfica de los años 20 y 30 del pasado siglo se frenó abruptamente en 1936 con el inicio de la Guerra Civil. Los estragos de la contienda y la primera postguerra rasgan la creatividad en los trabajos que se reemprenden a mitad de la década de los 40. Se adaptan a la retórica del nacional-catolicismo con una enfatización del folclore como expresión de los valores más tradicionales de la patria. Son fotos en las que nuevamente el paisaje adquiere gran protagonismo, pero con huellas evidentes del nuevo estado fascista. Los campamentos de la OJE, en los que se alentaba el nuevo espíritu nacional, o las acciones educativas plasman las costuras de un país aturdido y triste al que el blanco y negro de las fotografías le hace tremenda justicia. Si sobradamente conocido es el trabajo de Ricardo Compairé o Francisco De las Heras, por poner un ejemplo, esta sobreexposición de su obra ha dejado en la sombra otro material igualmente interesante y en algunos casos realmente brillantes. Los otros fotógrafos de la Jacetania acaban de completar un friso artístico, antropológico e histórico de una riqueza extraordinaria.
Artículo publicado en la revista "Jacetania", que edita el Centro de Iniciativa y Turismo de Jaca y realiza Pirineum Editorial. / La foto que ilustra el artículo es de José Ortiz Echagüe y está tomada en Ansó.12/02/2008
Sorolla vuelve a casa
Durante los próximos doce meses el gran mural de las regiones de España que Joaquín Sorolla pintó para la Hispanic Society de Nueva York recorrerá algunas de las principales ciudades de nuestro país. Será el acontecimiento cultural más importante del año y una oportunidad única de contemplar de cerca la monumental obra que el pintor valenciano creó entre 1911 y 1919 por encargo del multimillonario americano Archer Huntintong. La Jacetania, y principalmente Ansó, tienen un protagonismo especial en esta soberbia creación que regresa a España después de 80 años para ser exhibida públicamente por primera y última vez.
“Las regiones de España” es el nombre del gigantesco mural de 220 metros cuadrados que decora desde 1926 la Sala Sorolla de la sede de la Hispanic Society de Nueva York, una entidad fundada en 1904 por Huntintong para difundir la cultura de España y Portugal en Estados Unidos. El multimillonario americano dedicó buena parte de su vida y de su fortuna al conocimiento de la cultura hispana y a la adquisición de miles de libros y obras de arte españolas que nutrieron los fondos de su biblioteca y museo público.
En 1911 el magnate estadounidense encomendó a Sorolla la decoración de una gran estancia rectangular de la Hispanic Society con una serie de paneles que ilustrarían las diferentes regiones españolas a través de las peculiaridades de sus gentes y sus paisajes. El resultado fueron 14 murales de tres metros y medio de altura que plasman escenas cotidianas y folclóricas de Andalucía, Extremadura, Valencia, País Vasco, Navarra, Aragón, Cataluña, Galicia y Castilla-León. Muchos consideran este encargo como la obra magna de Sorolla. Le costó siete años de interminable trabajo, penosos viajes por todo el país y un esfuerzo físico y emocional que le dejó muy mermado. Un año después de concluir el último panel sufrió una hemiplejia de la que ya no se recuperaría.
La idea original de Huntington era la de revisar los principales hitos de la historia de España pero Sorolla le disuadió con el argumento de que una obra de tipo histórico le exigía investigar sobre cuestiones con las que no estaba familiarizado. Sin embargo, la serie de paisajes de las provincias españolas le otorgaba mayor libertad creativa. El pintor valenciano tenía claro que quería ofrecer una representación de España buscando lo pintoresco de cada región “pero que conste que estoy muy lejos de la españolada”, aclaró en una de las múltiples misivas cruzadas con el multimillonario.
Sorolla comenzó a trabajar inmediatamente después de cerrar con su mecenas los detalles del contrato el 26 de noviembre de 1911, por el que recibiría 150.000 dólares americanos. Recopila documentación escrita y fotográfica y viaja durante 1912 por todo el país para tomar anotaciones, realizar bocetos y adquirir objetos característicos de cada región. Desde el primer momento el artista sabía lo que quería para el panel dedicado a Aragón. “La encarnación máxima y más universal del espíritu aragonés se manifestaba en la jota”, había dicho en más de una ocasión. Así que decidido el argumento del lienzo, eligió Ansó y el traje ansotano para darle forma por su exuberante riqueza y colorido.
Casualmente, el primer apunte que realiza Sorolla nada más firmar el contrato tiene que ver precisamente con Ansó. Lo hace en su recién estrenado estudio madrileño del paseo General Martínez Campos en el mes de diciembre de 1911. Contrató a dos mujeres ansotanas que habían bajado a Madrid a vender los productos típicos de la región para que posaran durante dos sesiones. Es un magnífico cuadro a tamaño natural que llama “Abuela y nieta. Valle de Ansó” y del que todavía se conserva una interesante fotografía en la que se observa al pintor ultimando el grandioso lienzo. Ese primer trabajo establece el método de producción que el pintor seguiría en los años posteriores para preparar los catorce grandes murales: bocetos de tamaño natural, realismo puro en la captación de los elementos fundamentales y despreocupación por su conclusión.
Pocos meses después Sorolla emprende el trabajo de campo por todo el país. Del 20 al 28 de agosto de 1912 se establece en el valle del Roncal, donde realiza dos grandes estudios bajo el título común de “Tipos del Roncal”. El pintor aprovechó la celebración de la fiesta en honor a la Virgen del Castillo para captar multitud de elementos y realizar diversos estudios previos que después utilizaría en la ejecución del mural definitivo dedicado a Navarra. La técnica siempre era la misma: primero dibujaba escenas individuales que después trasladaba a la obra final. En este acopio de documentación se apoyaba también en el trabajo de los fotógrafos que le acompañaban ocasionalmente.
El 20 de agosto, día de la Virgen del Castillo, el fotógrafo de turno es el jaqués Francisco De las Heras, a quien Sorolla debió de conocer en Jaca en alguna de sus habituales estancias veraniegas. Y es que la vinculación del pintor valenciano con la capital de la Jacetania fue mucho más que casual, como luego podremos comprobar. La instantánea de los integrantes de la Junta del Valle del Roncal accediendo a la ermita con las banderas de sus respectivas localidades es la que Sorolla utilizará dos años después para pintar el mural de Navarra para la Hispanic Society. De aquella jornada de romería en el valle navarro Francisco De las Heras realizó una valiosa colección de postales de la que apenas se conserva alguna imagen suelta.
El día 24 de agosto el pintor viaja a Ansó donde permanece tan sólo unas horas. A ese momento pertenece su ensayo “Tipos aragoneses”, que actualmente se puede contemplar en el Museo Sorolla de Madrid. El artista escribe a su mujer, Clotilde García, una carta desde el valle ansotano en la que le confiesa que “Ansó es admirable para pintar figuras; así es que cuando tenga que hacer estudios para el cuadro de Aragón volveré aquí”. Y así lo hizo en el verano de 1914, pero esta vez acompañado de su esposa y sus tres hijos. Hasta entonces el artista se somete a un gran esfuerzo físico como consecuencia de los numerosos desplazamientos que tiene que realizar por todo el país. Las condiciones de los viajes eran penosas y los alojamientos infames. A sus 49 años de edad los achaques comienzan a ser habituales. 1912 culmina con la realización de veinticinco grandes estudios, innumerables apuntes de menor formato y varios gouaches. El trabajo de recopilación ha sido fructífero.
Después de un año de trabajo en su estudio madrileño Sorolla vuelve a viajar con la intención de ejecutar in situ algunos de los paneles definitivos. En agosto de 1914 llega a Jaca y se instala hasta principios del mes de septiembre. La idea del baile como expresión del carácter festivo y vigoroso de los aragoneses es el fundamento del mural que dedicará a nuestra tierra. Y los ansotanos sus protagonistas indiscutibles. La larga estancia de la familia Sorolla pasa prácticamente desapercibida en la prensa local de la época. Sólo un gran acontecimiento social rompe esa discreción. El 7 de septiembre contrajo matrimonio en la catedral de Jaca la hija del pintor, Maria Clotilde, con el también artista valenciano Francisco Pons. El enlace estaba previsto en Madrid pero Sorolla obliga a su hija a casarse en Jaca porque no desea realizar nuevos desplazamientos. Está absolutamente inmerso en su trabajo y quiere plena dedicación. El padre regala a la hija un apunte de un paisaje jacetano.
El mes y medio que la familia pasa en Jaca es de una actividad frenética para el pintor. Con toda la información recopilada en su estancia en el valle de Roncal en 1912 realiza el panel dedicado a Navarra sin necesidad de salir de la Jacetania. Más complejo es el proceso de creación de “La Jota”. Sorolla realiza diversos bocetos en los que combina las figuras agitadas de unos niños joteros con los perfiles casi estáticos de dos mujeres ansotanas ataviadas con su característica indumentaria, que tanto había impresionado al pintor en su primer viaje al Pirineo.
Otro estudio preparatorio, titulado simplemente “Aragón”, mezcla nuevamente a joteros y músicos entonando guitarras y bandurrias con dos mujeres ansotanas, en un intento de contraponer la sobriedad de éstas últimas con el desenfreno de las aguerridas danzas. El fondo elegido es un caudaloso río, en alusión al Ebro, que se pierde en las montañas nevadas que se divisan en el horizonte. Paralelamente Sorolla realiza numerosos estudios paisajísticos de los alrededores de Jaca que acabará utilizando en la realización del panel definitivo.
Finalmente se centra en exclusiva en un grupo de ansotanos que danza de forma vigorosa, mientras en un primer plano un mozo corteja a una muchacha. A juicio de los expertos, “a partir de este panel la técnica de Sorolla evoluciona hacia una mayor amplitud de trazo. Las figuras quedan completamente envueltas por los perfiles sinuosos de las montañas del paisaje ansotano, con el que llegan a fundirse los personajes como si las montañas y esos hombres y mujeres estuviesen constituidos de la misma sustancia”. El pintor, impresionado por el traje ansotano, descartó los bocetos previos en los que planteaba la incorporación de los típicos baturros, y optó por el aspecto casi pétreo de la singular indumentaria de Ansó. Como ocurre en otros murales, el paisaje de fondo no corresponde a la escena plasmada. Se trata en realidad de las estribaciones pirenaicas correspondientes a Jaca y sus alrededores, una opción elegida por el artista tras desechar la idea original de dibujar el perfil de Zaragoza o algún monumento representativo de la tierra.
Según José Luis Díez, subdirector del Museo del Prado, “tanto por su original iconografía como por la potente expresividad de su planteamiento plástico, este panel es probablemente uno de los más equilibrados de la serie, a lo que contribuye no poco la sencillez de su composición, en la que el pintor huye de cualquier artificio de juegos de escorzos y perspectivas”.
Concluido el trabajo programado, Sorolla abandona Jaca a mediados del mes de septiembre de 1914 camino de San Sebastián, donde realizará el panel dedicado al País Vasco. Ya no regresará a Aragón. En los años siguientes su entrega al encargo de la Hispanic Society es tan absorbente que se convierte en una obsesión perniciosa. En una carta dirigida a su mujer le reconoce que “no debía haberme comprometido con esa obra tan larga y pesada”. En 1918 Huntintong le visita en España y deja escrito en su diario la triste impresión que le causa su aspecto: “Sorolla no goza de muy buena salud. Está más delgado y débil y me preocupa su estado. Le encuentro decaído en general y muy cansado”.
En junio de 1919 Sorolla finaliza el último de sus paneles para la Hispanic Society, el dedicado a la pesca del atún en Ayamonte, sin duda uno de los mejores de toda la serie. Pocas horas después recibe la felicitación personal de Alfonso XIII, que había seguido de cerca todo el proceso de creación y había mediado infructuosamente para que los cuadros se expusieran en España antes de viajar a Nueva York. Un año después el pintor sufre un ataque de hemiplejia que le aparta de sus pinceles para siempre. Murió en 1923 en su casa de Cercedilla, tres años antes de que se inaugurara oficialmente la Sala Sorolla de la Hispanic Society.
Artículo publicado en la revista "Jacetania", que edita el Centro de Iniciativa y Turismo de Jaca y realiza Pirineum Editorial.
13/02/2008
Joseph Habierre, el francés de Jaca

La vida cada vez es más difícil en Jaca. Varias epidemias consecutivas de cólera, viruela y dengue han dejado maltrecha a la población, que practica cada mañana un heroico ejercicio de supervivencia. Las cosas no mejoran mucho en el campo y la alarmante falta de trabajo mantiene a muchas familias en la absoluta indigencia.
Orosia Rapún, natural de Borau, con la viudedad recién estrenada y la desesperación en el alma, decide cargar a sus cinco hijos, el más pequeño todavía de pecho, y tomar el camino de Oloron en busca de futuro. Corre el año 1892 y a Jaca acaba de llegar la luz eléctrica y también el tren. Tremenda paradoja.
La carretera que lleva a la frontera ha sido construida hace muy pocos años pero el Somport sigue siendo inhóspito y traicionero. Pese a todo, a finales del siglo XIX cruzar a Francia sigue siendo más sencillo que bajar al llano, tierra ajena y desconocida. Orosia arrastra a sus hijos y una carga de dolor que al tiempo le insufla valor. Es lo único que pesa en el mísero equipaje de una viuda de jornalero que quiere mitigar el hambre de sus cinco hijos.
Al llegar a lo alto del Somport continúan sin descanso hasta Lescar, muy cerca de Pau. Han llegado a la tierra prometida con la certeza de que el camino andado es tan sólo una estación intermedia. Allí les preguntan por sus apellidos y el Javierre del marido y padre fallecido (jota rotunda e impronunciable para los franceses) se convierte en una hache aspirada que lo transforma en Habierre. Con el afrancesado se quedaron para siempre, iniciando un proceso de desespañolización que culminó en uno de los errores más importantes de la historia del ciclismo español, sólo resuelto más de un siglo después.
La revista belga Coups de pédales (Pedaladas) desveló el pasado año que José María Javierre, uno de los hijos de Orosia, fue el primer español que corrió el Tour de Francia en 1909, y no el bilbaíno Vicente Blanco “El Cojo”, al que se le atribuía históricamente ese privilegio después de tomar parte en la ronda gala de 1910. Para encontrar el origen de esa confusión hay que remontarse a ese lejano año 1892, cuando la familia Javierre inicia la diáspora hacia Oloron y pasa a ser Habierre.
Orosia Rapún, nacida en “Casa Soro” de Borau, había contraído matrimonio con Justo Javierre, natural de Javierregay. Vivían en el número 3 de la antigua Plaza de la Estrella de Jaca, actual plaza de Ripa, detrás del claustro de la Catedral. José María fue el tercero de cinco hermanos que vivían hacinados en una casa de escasos recursos y muchas renuncias.
Había nacido el 6 de febrero de 1888 y bautizado en el mes de abril en la Catedral. En el libro de Cumplimiento Pascual que conserva el Obispado de Jaca se indica con claridad que en la Pascua de ese año vivían en la Plaza de la Estrella el matrimonio Javierre y sus hijos Miguel, de 10 años, Cándida, de 7, y José María, de meses. También se informa de que compartían techo con cuatro personas más que no pertenecían a la familia.
Tres años después se había sumado un hijo más, Luis, de seis meses, pero ya había fallecido el cabeza de familia. En 1892, tras el nacimiento de Dámaso, ya no queda ningún Javierre en esa dirección. A esas alturas Orosia ya había iniciado el exilio forzado hacia el otro lado del Pirineo. Nunca más volvería. En Lescar encontraron las oportunidades que la Jaca burguesa y acomodada les negaba. Con 17 años José María comienza a interesarse por las bicicletas y se compra una para hacer largos recorridos por la tarde, después de trabajar en la fábrica del pueblo. En Francia el ciclismo es ya uno de los deportes más populares. Tan sólo dos años antes el diario ciclista L’Auto, dirigido por Henri Desgrange, ha comenzado a organizar la Vuelta a Francia. La prueba ha logrado arrastrar en poco tiempo a miles de franceses a las carreteras y el pequeño Maurice Garin es la estrella del momento tras ganar la primera edición.
José María Javierre es ya Joseph Habierre. Su infancia jacetana apenas la reporta recuerdo alguno. Desde los cuatro años vive en Lescar y piensa como un francés, habla francés y se siente francés. Pero sigue siendo español. Su afición ciclista le concede cierta notoriedad en algunas carreras locales y regionales. En el velódromo Bois Louis de Pau gana varias pruebas con 19 años y en 1908 consigue el triunfo en la más que respetable Monein-Artix. Las victorias se suceden en la Pau-Puyoo-Pau con un record que se mantendría durante varios años. Apenas consigue dinero, corre por el honor y algunas medallas, nada más. Ha ganado fuerza y confianza y se encuentra preparado para dar el salto al Tour de Francia, “la prueba deportiva más grande”, como rezaba la publicidad de L’Auto.
Un 5 de julio de 1909 Joseph Habierre se inscribe con el dorsal 70 en el que iba a ser el Tour más frío y lluvioso de la historia. Preguntado por su lugar de origen responde que es natural de Lescar, y francés. Los rudimentarios métodos de inscripción de la época no daban para más. Aquel Tour recorrió 4.497 kilómetros durante 14 terroríficas etapas de 300 kilómetros por carreteras infames sobre rudimentarias y pesadas bicicletas. Ganó con una autoridad insultante el luxemburgués François Faber (logró seis victorias de etapa), y Habierre finalizó en una meritoria 17ª posición en la general.
El Tour de 1909 fue el primero que admitió la categoría de los isolés, los ciclistas solitarios que competían sin equipo ni apoyos técnicos. El de Jaca fue uno de ellos. Hercúlea empresa en un tiempo en que el ciclismo pertenecía al universo de la épica. Su primera participación en el Tour fue alabada por los medios de comunicación y admirada por sus paisanos de Lescar, que le recibieron con una pancarta que decía “Vive Habierre” cuando la carrera atravesó el pueblo en la terrible etapa entre Bayona y Burdeos. Según recogía la revista de Pau Eclair-Pyrenées, en un reportaje que dedicó a Habierre en 1952, éste besó a su madre y le espetó en bearnés “Adiou Mama”.
Ese día el de Jaca hizo la mejor etapa de su vida y concluyó el 15º, a una hora y media de Constant Ménager, exhausto ganador con un tiempo de 10 horas. Al final del Tour Habierre ocupó el sexto lugar de su categoría en una carrera dominada por los grandes equipos del momento, sobre todo el patrocinado por la mítica marca de bicicletas Alcyon, maravilloso equipo de galácticos en el que militaba el propio Faber, Garrigou y Alavoine.
En aquel reportaje publicado 43 años después en Eclair-Pyrenées, se relataba con detalle una de esas etapas, que ilustraba sin ambages la dureza de una aventura heroica. “Entre Brest y Caen, a las 3 de la mañana, Habierre pinchó. Mientras repara el neumático al borde de la carretera, en la oscuridad más completa, una fuerza brutal le empuja y le manda al fondo de la cuneta. Era un ciclista retrasado y despistado. Habierre, aunque tarda un poco, recupera el sentido, pero lo que no recupera es el desmontable. A cuatro patas busca ansioso entre la hierba. Por fin lo encuentra. Termina de arreglar el pinchazo y vuelve a partir. Llega al primer control con 1.20 horas de retraso y debe rodar solo los 415 kilómetros de la etapa”. Al año siguiente el jaqués se traslada a vivir a Oloron y abre una tienda de bicicletas Alcyon. Su vida se vuelca definitivamente en el ciclismo y decide participar nuevamente en el Tour de Francia, y vuelve a terminarlo. Es la edición de los Pirineos, la primera que asciende el Tourmalet, el Peyresourde, el Aspin y el Aubisque en una misma etapa. Henri Desgrange, el padre del Tour, había enviado a un emisario el año anterior para inspeccionar los puertos pirenaicos. Quería más espectáculo y dureza y estaba convencido de que la capacidad de sufrimiento de los ciclistas no había alcanzado su límite. Ese emisario encontró en el Tourmalet una pista forestal intransitable pero envío un telegrama a Paris en el que decía: “Superado el Tourmalet. Stop. Muy buena ruta. Stop”. Los Pirineos engrandecían la leyenda del Tour. El mítico Octave Lapize, ganador de aquella edición, dedicó a los organizadores una de las frases más terribles de la historia del Tour al coronar el Tourmalet: “¡sois unos asesinos!”.
Vicente Blanco, “El cojo” de Bilbao
En España el ciclismo no pasaba buenos momentos. Tras el boom de finales del siglo XIX la mayoría de velódromos había desaparecido y la popularidad del deporte perdía peso en beneficio de otras especialidades como el fútbol. La prensa deportiva consideraba al Tour como “la prueba ciclista más importante del mundo” y contaba con envidia el espectáculo anual de la grand boucle. “¿Llegaremos aquí algún día a imitar esos o parecidos ejemplos?” se preguntaban. En Bilbao llevaba varios años dominando las carreras locales Vicente Blanco, al que le apodaban “el cojo” por las evidentes secuelas que le habían dejado dos graves accidentes laborales cuando trabajaba en la metalurgia. Sin embargo, sobre la bici era invencible y en muchas tabernas de Bilbao colgaba su foto como ejemplo de ídolo local. Manuel Aznar, su mentor, le convenció para que se adentrara en la aventura del Tour. Era la única forma posible de agrandar su leyenda y competir con los mejores del mundo, casi todos ellos franceses. Los periódicos españoles de la época recibieron la noticia con entusiasmo y expectación. La de Blanco fue la historia de un sueño imposible. La Federación Atlética Vizcaína a la que pertenecía no pudo costearle el viaje a París y el ciclista se fue a la capital francesa pedaleando. Llegó agotado la víspera del inicio del Tour y en la primera etapa con final en Roubaix los adoquines de las carreteras y el cansancio le obligaron a retirarse. Exhausto y sin dinero regresó a su tierra convertido en el primer español que participaba en el Tour. Así fue hasta el pasado año. Joseph Habierre terminó en la 24ª posición en una edición dominada de principio a fin por el equipo Alcyon. Tres de sus ciclistas, Lapize, Faber y Garrigou ocuparon las primeras posiciones en la general y en las clasificaciones parciales. El jaqués mantuvo una regularidad absoluta y realizó meritorias actuaciones en complicadas etapas como la Roubaix-Metz, de 398 kilómetros. Esta segunda experiencia en la carrera francesa había colmado sus aspiraciones y decidió no volver más. Sus participaciones le habían otorgado cierta relevancia y respeto entre sus rivales y el mismo Desgrange le envía una carta: “Espero que este año vuelva a participar en el Tour de Francia. Antes de tomar una decisión, piense en la gloria que recae sobre todos los corredores que participan”. El padre del Tour no logró convencerle. Desde este momento, Habierre se empeña en conseguir la nacionalidad francesa. Los éxitos deportivos no eran suficientes y necesita sumar méritos. Se inscribe en la Legión Extranjera y participa en la I Guerra Mundial como cabo del batallón senegalés. Regresa cojo de una pierna y marcado por la metralla para siempre, pero recibe la Legión de Honor, la Cruz de Guerra, la medalla militar y, por fin, la nacionalidad francesa. El precio había sido muy alto. En 1920 se casa con Anne Loustalot, natural del cercano pueblo de Lurbe, y tiene dos hijos, Auguste y Cécile. Dos años antes de morir asegura al periodista de la revista Eclair-Pyrenées que “el Tour de Francia de ahora es cosa de mujeres, no sufren, llegan a meta en un sillón”. Lo dice en los tiempos épicos de Coppi y Bobet. Falleció en 1954 con 66 años atacado por el reumatismo, un cansancio crónico y un corazón debilitado por los esfuerzos de la bicicleta y la guerra.
Artículo publicado en la revista "Jacetania" que edita el Centro de Iniciativa y Turismo de Jaca y realiza Pirineum Editorial.
Falcón, el hombre y el río
Lo recuerdo perfectamente, como se conservan esas imágenes de la infancia que perduran con una nitidez asombrosa. Sentado en la barra de la cafetería Somport, con su inseparable pipa, el pelo blanco revuelto y una libreta en la que escribía de manera aleatoria, guiado más por los impulsos inciertos de la inspiración que por el método y la constancia. Era José Manuel Falcón, el dueño y también el artista, aunque esto lo he sabido mucho tiempo después.
Aquel Somport no era como el resto de bares de Jaca a los que me llevaba mi padre en el vermout dominical. Tenía algo especial y desconocido que luego con los años descubrí que se llamaba cosmopolitismo, o más bien, para huir de ese provincianismo pretencioso, modernidad y bohemia. Exhibía un piano que le daba un aspecto cinematográfico y sus paredes de pulcra madera blanca nada tenían que ver con el habitual alicatado del país o el amarillo con sabor a cognac y humo de eternos puros vespertinos. Casi siempre reunía a una clientela francesa de Pernod y Ricard que se alejaba notoriamente del estereotipado jaqués de la época. A principios de los 80 cerró pero ese local todavía sigue siendo el del Somport.
El Gobierno de Aragón organizó en Zaragoza hace ya cinco años una exposición antológica con la obra pictórica de José Manuel Falcón. Dirigida por Concepción Lomba y Antonio Pérez Lasheras, la muestra repasaba la vida del artista, fallecido en Granada en 1990, y dibujaba los retazos de una personalidad tan atrayente, poliédrica y controvertida como su propia creación artística. Fue entonces cuando descubrí la verdadera dimensión del hombre de la pipa y el pelo blanco, su talla como creador, intelectual, iconoclasta y activista político en una Jaca que dormitaba apaciblemente bajo el calor de una dictadura renqueante pero insoportable.
El Somport (y ahora ya no lo veía a través de los ojos del niño), resultó ser un islote de libertad, progresismo e inconformismo, un oasis en medio de un desierto de espesa y pesada arena, tan pesada y compacta como la oligarquía religiosa, política y económica local. Y José Manuel Falcón se erigió a través de su restaurante en una “mosca cojonera”, en un irreductible y constante luchador, porque la vida y una hemofilia heredada desde la infancia no le dejaron otra alternativa que la de la lucha como escenario vital.
Desde su nacimiento en Zaragoza en 1938 sufrió las fatídicas consecuencias de la dolencia, que le postraron en cama durante largas temporadas y le perfilaron el carácter del típico superviviente; fuerte carácter, gran sensibilidad y una tendencia al relativismo cuando no al escepticismo. Su padre Julián, anarquista afiliado a la CNT, es detenido en 1946 cuando es descubierta una célula comunista que solía reunirse en el Niza, el café que regentaba en la capital aragonesa. Este suceso provocó el cierre del establecimiento y la decisión familiar de instalarse en Jaca, donde en el verano de 1949 abrirá Los Cuatro Vientos, pequeño quiosco de bebidas. Cuatro años después funda el Bar-Restaurante Somport.
A los 16 años José Manuel tiene clara su vocación artística, que había estado cultivando durante la infancia y la adolescencia como parte de su universo de limitaciones y penurias físicas. José Ramón Marcuello le recordaba en aquellas tardes de verano participando en las correrías de la pandilla por Jaca: “... y afuera de todo, un vendaval incontenido duramente conquistado palmo a palmo, pedrada a pedrada, cuquera a cuquera. Era aquella una guerra vedada para Pepe, prisionero prematuro de una injusta y traicionera tiranía. Una tiranía que hizo de él un curtido partisano, un entrañable encajador de malas rachas y un fiel y generoso amigo para siempre al que en el fondo y sin nunca saberlo, todo envidiábamos un poquico”. A esas alturas ya ha escrito, ha creado versos y ha pintado, tiene una innegable capacidad creativa pero necesita encauzar tamaño caudal artístico. Fue, sin embargo, la muerte de su madre, Goya Pérez, en 1955, a la que estaba muy unido, la que definitivamente le hace decantarse por la expresión artística como medio de vida, después de algunos tanteos con la arquitectura.
Entró en la prestigiosa escuela de Alejandro Cañada, la más notable de la época, por la que pasaron también artistas de la talla de Julio Dorado, Maribel León o Julián Borreguero. Luego se trasladó a Barcelona a la Escuela de Bellas Artes de San Jorge y más tarde a la madrileña de San Fernando después de unos años de empeoramiento de su enfermedad que le obligaron a permanecer mucho tiempo en cama. Viajó por Italia y Francia (residió un tiempo en París) y compartió inquietudes con numerosos pintores coetáneos (Antonio Saura, Manuel Violsa, José Beulas...). De él escribieron que nunca “se dejó seducir por las corrientes artísticas emrgentes en aquellos años, un periodo de tiempo cargado de novedades estéticas que iban desde el informalismo, pasando por el “pop art” hasta el arte conceptual, el objetual o la nueva figuración”.
Tanto en su pintura como en la poesía mezcló la crítica social con las evocaciones del hermoso espacio pirenaico. Prefirió siempre los paisajes rurales a los grandes edificios monumentales que se esparcían por el Pirineo, porque entendía que la arquitectura rural de los pueblos representaba la humanización del paisaje. Así se explica la proliferación de estampas y rincones de pueblos de la Jacetania en toda su producción, que se caracterizó por el desarrollo de dos ejes temáticos: el paisaje y el realismo crítico, basado según Concha Lomba, “en un carácter expresionista que se torna casi mágico. Delicada, irónica y dura expresión de la pasión y el amor, la tensión o el repudio que el entorno natural y el ambiente social del momento le producían”. En este ámbito hay que destacar la serie dedicada a Santa Orosia inspirada en el conocido trabajo fotográfico de Francisco de Las Heras, que muestra evidentes influencias de los grabados de Goya.
Al mismo tiempo escribía bajo los impulsos del lector voraz que era, aunque en ocasiones confesaba que la escritura era un pequeño entretenimiento burgués. Como adolescente, y por mediación de su padre, había asistido a algunas de las tertulias literarias del conocido como Grupo del Niké (en referencia a la cafetería zaragozana), en el que figuraban importantes escritores como Miguel Labordeta, Manuel Pinillos, José Antonio Rey del Corral o Emilio Gastón. Pronto mitificó este espacio, que perduró como referencia intelectual, y puede encontrarse en él el origen de su pasión por la charla y la conversación. También de esos encuentros heredó la visión hipercrítica de la vida de Miguel Labordeta, a la que se refirió como la “gran farsa”.
A finales de los sesenta regresa Jaca y comienza una intensa actividad cultural con la organización de exposiciones individuales y colectivas, la programación de representaciones teatrales al abrigo de los Cursos de Verano de la Universidad de Zaragoza, y la consolidación del Somport como espacio de tertulias políticas en el que, según José Antonio Labordeta (asiduo del lugar), “intentábamos darle al ambiente una patina de intelectualidad inexistente”. En 1969 José Manuel Falcón contrae matrimonio con Marichu Gracía-Fresca Herrera en Santa Cruz de la Serós y en 1972, tras la muerte de su padre, ambos asumen la regencia del restaurante. “Allí estaba el “cojo Pepe” con su bastón y su pipa en ristre y su cara de sorna, siempre dispuesto a retar al primero que se dejara a un debate de agudezas, cual gracianesco aragonés”, recordó de él tiempo después Félix Monge. En 1973 fundó junto a otros artistas e intelectuales de Jaca el grupo artístico, cultural y de debate Asociación Mozalla, germen de futuras exposiciones y movimientos socioculturales que contribuyeron a cepillar el páramo cultural local.
En 1979 cerró temporalmente el Somport ante el avance de su enfermedad, y abrió una herboristeria en la calle San Nicolas que filtró en la impermeable Jaca de ternasco y patatas “a lo pobre” los beneficios desconocidos del naturalismo y la comida vegetariana. Otra cosa de rojos comunistas. Ya entonces comenzaba a rumiar la idea de abandonar Jaca e instalarse en Granada, decisión que tomó poco después de pasar unas vacaciones en casa de Conchita Fernández-Montesinos, sobrina de Federico García Lorca. En 1986 abandona el Pirineo para afrontar en el sur la última etapa de su vida. No dejó de escribir ni de pintar, ni de recordar el Pirineo, al que se refería constantemente en sus versos. “¿Cómo estará la nieve en mi otra casa? Frente a L´Arbesa, Peña de Oroel. ¿Desgajará la nieve los árboles del parque?” escribía en 1988. Murió el 26 de diciembre de 1990 sin ver cumplido su deseo último de regresar a Aragón.
El Somport, un islote cultural
Llegaba el verano y Jaca se desmelenaba. En los 60 los Cursos de Verano de la Universidad de Zaragoza traían aire fresco a la ciudad y un arsenal de intelectuales confluía en el único lugar capaz de abosrber tanto progresismo furtivo. “Supuso un foco de aire fresco y de cultura en una ciudad lastrada por un conservadurismo atroz y rígidamente controlado por los poderes fácticos. Estos veranos convertían la ciudad en algo completamente diferente de lo que era el resto del año, ya que se vivía un pequeño oasis cultural e intelectual que se mantenía en los meses de julio y agosto y desaparecía, como por espasmo, al entrar septiembre”, describe Antonio Pérez Lasheras. En el Astoria se proyectaban las películas de Luis Buñuel, la gran pianista Pilar Bayona ofrecía recitales musicales, visitaban regularmente la ciudad hispanistas como José Manuel Blecua o sus hijos Alberto y José Manuel, Alan Deyermond, Ildefonso- Manuel Gil o Mariano Baquero, historiadores como Manuel Tuñón de Lara o novelistas de la categoría de Carmen Martín Gaite. Eso era Jaca en verano, una hermosa máscara estival que escondía la mediocridad cultural del resto del año, “la monotonía de ciudad provinciana con pretensiones burguesas” según Pérez Lasheras.
Y en ese ambiente de multiculturalidad el Somport fue el punto de encuentro y José Manuel Falcón su “alma mater”. Dice Labordeta que su terraza “era como un barco varado en la orilla de la carretera que conducía al país vecino, que enfrentaba las miradas a la calle Mayor –“ya no la rondan chavales”- y que en los mediodías invernales, con el sol golpeando las cabezas de los contertulios, resultaba un lugar paradisiaco, mientras que en verano, recubierto con sus toldos, cobijaba a los profesores de la Universidad de Verano y a los alumnos y alumnas extranjeras -¡qué ricas estas últimas!-“.
En su microcosmos particular Falcón fortaleció sus certezas y convicciones, su amor por la pintura y la escritura (realizó a lo largo de su vida varias antologías políticas), y sus convicciones políticas, que le llevaron a ingresar en el PCE y enarbolar una bandera roja con la hoz y el martillo el día de la legalización del partido por las calles de Jaca. Labordeta recuerda que “naturalmente, el negocio dejó de tener clientes locales y sólo los foráneos entrábamos en la casa que, poco a poco, iba llenándose de sombras y de ausencias”. Colaboró en la mítica Andalán (su anuncio “Restaurante Somport (Jaca). Se come bien”, era uno de los fijos), lo que le causó, según Eloy Fernández Clemente, más de un problema, que no hacía sino engrosar la larga lista de incordios que causaba en la derechona local. “Cada quince días pasaban los tenaces miembros no sé si de la Guardia Civil o de la Brigada Político Social a preguntar en los puestos de venta los nombres de los compradores que, claro, habitualmente eran pocos y aun así regateados. En el fondo Pepe disfrutaba enormemente con aquella situación que, sin embargo, fue en aquellos años realmente delicada, peligrosa”,
En la vida o eres río o eres hombre, dice Labordeta, “y tipos como José Manuel, que podían ser las dos cosas, difícilmente entran más de uno por millón, y aquí apenas lo somos”. Fue un utópico en un desierto entre montañas.
Artículo publicado en la revista "Jacetania" que edita el Centro de Iniciativa y Turismo de Jaca y realiza Pirineum Editorial.
14/02/2008
Frank Belsué; Paco de Jaca

Francisco Belsué Galindo nació en Jaca en 1935 en el seno de una familia numerosa. Su madre era la mondonguera más popular de la ciudad y su padre trabajaba en la serrería de Altahoja. Los duros años de la postguerra los pasó entre las aulas de los Escolapios y como monaguillo en las liturgias diarias, en las que se quedaba absorto contemplando el arte sacro, ajeno a las diatribas del sacerdote de turno. Ahí nació su pasión por el diseño, que con el tiempo se convirtió en una fructífera carrera profesional que le condujo en 1968 a Canadá. En el país de la hoja de arce ha vivido desde entonces y ha dejado su singular concepción de la estética publicitaria en infinidad de trabajos, algunos de los cuales se convirtieron en reconocidos iconos que compitieron en popularidad con la propia bandera rojiblanca. Hoy, jubilado pero activo en su producción creativa, piensa en su próximo viaje a Jaca mientras sigue a través de internet la actualidad de su pueblo y de Aragón. Su despacho lo preside una gran foto hecha desde Oroel y el remite de sus emails lo firma con un expresivo “Paco de Jaca”.
En el verano de 2004 conocí a Francisco Belsué en Toronto, la próspera capital de la provincia de Ontario, en el sureste de Canadá. Allí vive desde que llegó hace ahora cuarenta años. Ocupa un pequeño adosado de dos plantas cerca del barrio de “Greekville”, una extensa zona del sur de Toronto habitada por la numerosa colonia griega. Está a escasa distancia del omnipresente lago de Ontario, desde donde se disfruta de todo el skyline de la ciudad, con la popular CN Tower, el Air Canada Center, el estadio del mítico Toronto Maple Leafs (NHL) y de los Toronto Raptors (NBA), y el moderno centro financiero, expresión del espectacular crecimiento económico experimentado por la ciudad en las dos últimas décadas.
Paco tiene una sonrisa contagiosa y un timbre de voz casi infantil que no se corresponde con su inmensa figura, rematada por una barba blanca que le da un aire entre intelectual y bohemio, algo ácrata y sin duda inconformista. Media vida en Canadá no ha sido suficiente para borrar las huellas de su origen, plasmado tanto en los cuadros que decoran la casa (estampas de Prado Largo antes de ser urbanizado, Albarracín, Rapitán...) como en su particular forma de expresarse, una nueva versión del incipiente “spanglish” transformado en “sparanglish”. En su conversación se mezcla el “lunch-time” con el “mozo”, el diseño “nice” con el “hay que joderse”, o el “anyway” con el muy jacetano “jodo”. Uno no ha anulado al otro, simplemente se han sumado para enriquecer su vocabulario.
La historia de su vida está marcada por el viaje que decide realizar en 1968 a Canadá para trabajar en una película de dibujos animados. Su amigo Juan Tudela había recibido una carta en la que pedían dibujantes españoles, cotizadísimos entonces entre todas las agencias publicitarias. Eran unos privilegiados en aquella España triste y casposa que empezaba a desperezarse con el desarrollismo industrial y el turismo emergente. Paco no desperdició la oportunidad y con el aval de su experiencia en tres agencias de publicidad de Zaragoza decidió cruzar el Atlántico y establecerse en un desconocido país que no era habitual receptor de la emigración española. “Aunque yo siempre he dicho que emigré para viajar, era lo único que quería hacer, no tenia intención de quedarme tantos años, pero, ya ves, la vida siempre está dispuesta a sorprendente” señala.
Antes de iniciar la inconsciente diáspora, su vida entre Jaca y Zaragoza es un guión escrito con casualidades, abierto a la improvisación y modelado a impulsos de una personalidad que tenía mal encaje en la provinciana España franquista. Crear sin resultar sospechoso, admirar el arte sin prejuicios raciales y aspirar a un horizonte más abierto formaban parte de una declaración de principios poco considerada con el poder establecido. “Muchos nos sentíamos asfixiados en la España de entonces, aunque ahora compruebo que la dictadura de Franco era como la de Bush”. Aquí emerge el Belsué mas combativo, el mismo que critica sin miramientos la política belicista de la administración norteamericana, el poder de las multinacionales –“me jode haber trabajado para grandes compañías”, asegura- o la gestión hidráulica del anterior gobierno español. La suya es una actitud permanente de hostilidad ante cualquier poder.
Desde niño se vincula a las actividades religiosas de casi todas las iglesias de Jaca. “No soy una persona religiosa –asegura-, he sido monaguillo de todas las iglesias del pueblo. Siempre digo que soy creyente por si acaso. Yo estaba de monaguillo y me perdía fascinado por lo que veía. Me quedaba embobado viendo los retablos, era lo que verdaderamente me interesaba”. Con doce años ayudaba a misa en las Benitas y recibía en compensación un pedazo de chocolate que las monjas de clausura le dejaban en el torno. “Allí tenían una habitación que ya no está en la que se guardaba en sepulcro de Doña Sancha. Yo tenía llave y la enseñaba a los turistas porque la conocía perfectamente” recuerda.
Infancia entre retablos y olor a incienso que marcó definitivamente su vocación creativa y su pasión por el arte sacro. Sus primeras creaciones nacieron de los duros de oro y plata que le traía el padre capuchino Esteban para que los transformara en alambre para rosarios. “Hice montones de pulseras”. Eran los años de la escasez y el racionamiento en una Jaca acongojada por la cercana guerra civil. El ritmo diario lo marcaba la iglesia, el ejército y una burguesía local que se había preocupado en acrecentar las diferencias entre clases. Con la mirada del niño y la memoria del adulto, los recuerdos infantiles se empapan de ese sabor agridulce que siempre queda en el poso de las cosas. “Un mes de febrero los escolapios nos hicieron subir a los “externos” del colegio, así nos llamaban a los que no podíamos pagar la matrícula, todos los ladrillos que hacían falta para construir la segunda planta del edificio de la calle mayor. Los que pagaban no lo hicieron, por supuesto. Es algo que todavía recuerdo”.
Otro escolapio, el padre Benito, le encargó que calculara cuántas baldosas había que comprar para alicatar el popular zócalo del patio interior del colegio. “Dibujé todos los cuadritos, uno por uno, y al final me equivoqué en muy pocos. Confiaban en mí para estas cosas y ellos también se quitaban responsabilidades”.
Poco después empezó a trabajar en la Joyería Muñoz como aprendiz y más tarde en la librería El Siglo. Un día llegó Víctor Sarriá, un viajante que comercializaba las postales Victoria, y le ofreció un trabajo en Zaragoza y 300 pesetas de sueldo. Así comenzaba la etapa zaragozana y su dedicación definitiva al diseño. Enseñó dibujo en las Escuela Pías y estudió en la Escuela de Artes y Oficios con los profesores Félix Burriel y Luis Berdejo, aunque siempre se ha definido como “un autodidacta en todo. Fui profesor sin acabar el bachillerato, mi único título es el de Maestro Artesano, aunque lo considero una anécdota”, apunta.
Su calidad le permitió entrar como diseñador en los afamados Talleres Quintana, especializados en orfebrería religiosa. Era la culminación de un sueño tan anhelado que había prometido diseñar un manto para Santa Orosia si conseguía el trabajo. Lo hizo en 1958 y hoy se sigue exponiendo cada 25 de junio. Paco seguía los pasos de su hermano Santiago, que ya se había convertido en un reputado encuadernador y restaurador de libros. Entre 1956 y 1957 trabaja intensamente en las reformas del camarín de la Virgen del Pilar y en el diseño de la corona que se coloca en la ofrenda de flores. Suyas son también las vidrieras, sagrarios y comulgatorios de la iglesia de Caldearenas. La impronta religiosa está presente en esos primeros trabajos de forma palmaria y comprueba hasta qué punto ha sido rentable su infancia entre curas y retablos, “conocía la iconografía religiosa a la perfección y pude trabajar desde muy joven adaptando sus interpretaciones a mi gusto”.
El cierre de Talleres Quintana le obliga a especializarse en publicidad y artes gráficas. Combina el trabajo en varias agencias con la formación junto a Natalio Bayo, Juan Tudela y José Luis López Velilla en el estudio de pintura de Alejandro Cañada. La orfebrería y la cristalería han dado paso a los anuncios de Pikolín, Konga o la Pitusa. En Zaragoza una generación pionera de excelentes dibujantes se forma de manera autodidacta en las artes del diseño publicitario. Francisco Belsué es uno de sus principales ejemplos.
UN SÍMBOLO DE CANADÁ
Los Blue Jays son el primer equipo de béisbol de Canadá y el principal emblema deportivo de Toronto, sólo superado por el equipo de hockey sobre hielo de los Toronto Maple Leafs, uno de los seis históricos fundadores de la NHL, la primera liga del mundo. El club se fundó a mediados de los setenta con un despliegue mediático inusitado y el respaldo de algunas de las primeras compañías del país. El diseño del logotipo había sido adjudicado a la agencia Savage Sloan Ltd. en la que acababa de desembarcar Paco Belsué. No le gustaba el deporte pero recibió el encargo de diseñar la imagen del equipo.
El blue jays es un pájaro azul, blanco y gris que abunda en toda la zona noreste de Norteamérica. Con esa imagen hizo unos cuantos bocetos hasta dar con el definitivo. Sin pretenderlo, acababa de diseñar uno de los iconos más populares de Canadá, el símbolo más conocido después de la hoja de arce. Sólo la primera semana generó diez millones de dólares de beneficio, aunque Paco sólo cobró su cheque semanal en la empresa. Fue el artista anónimo para el logotipo más reconocido. En el libro “This side of Spain”, que reflejaba la actividad de la colonia española en el país en los años 80, se referían a Belsué asegurando que “su contribución a Ontario y Canadá ocupará un lugar en la historia del país”.
Aquél logotipo fue modificado tiempo después por los dueños del club, pero los auténticos aficionados siguen llevando en cada partido el de Paco, el primero de todos. Incluso en la página web del equipo se sigue utilizando y comercializando. No ha sido el único. Empresas como American Express, Banco de Italia, Viscount, Benson & Hedges o Kellogg’s han pasado por las manos del jaqués.
15/02/2008
Premios

Herbie Hancock ha sido el gran triunfador de la última edición de los Grammy. Una de las últimas leyendas vivas del jazz acumula los premios más importantes (mejor disco del año) del galardón más comercial, previsible, superfluo y convencional de la industria musical. Sería una excelente noticia si los premios significaran algo, pero detrás de esa aureola de prestigio no hay más que combustible para el ego, que es la máquina que alimenta el mundo de la creación. Y dinero, más dinero.
Hace tiempo que no creo en los premios; en ninguno de ellos. Siempre he pensado que el oscuro secreto que guía a algunos de sus promotores es ser ellos mismos los receptores algún día de su criatura. Así se cierra el círculo y todos estamos contentos. Tranquilo muchachos que habrá para todos. Los premios Nobel sirven para poner a prueba nuestra culturilla general, sobre todo los de Literatura y la Paz, que son los únicos en los que todo el mundo tiene opinión aunque no se sepa de qué se está opinando. Lo de economía o ciencia es un rollo que a nadie interesa, claro está.
Reinterpretando a Groucho diría aquello de que no puedo aceptar unos premios que nunca premiaron a Lorca o Machado, por poner ejemplos cercanos. Y aquí, lo siento, soy intransigente. La reciente apertura de los archivos de la academia sueca ha puesto al descubierto la zafiedad oportunista de los criterios manejados por los académicos en sus deliberaciones. Escribes bien pero hablas demasiado; me gusta cómo escribes pero no cómo piensas… así que no hay nada que hacer. Qué pena, si a éste no lo hubieran fusilado por maricón y rojo igual le hubiéramos premiado… pero ya es demasiado tarde.
Pero parece que estamos subidos en una corriente en la que lo propio y recomendable es conjeturar sobre los premios como si fuéramos alquimistas de la incertidumbre y lo arbitrario. Nos gusta especular con las especulaciones de los jurados y nos encanta todavía más hacer esas quinielas que sólo sirven para alimentar los mitos sobre los que se han construido tantos premios que sólo tienen piel; no hay ni vísceras ni pulmones y muchos menos corazón.
¿Alguien sabe de dónde procede el supuesto prestigio internacional de los premios Príncipe de Asturias? A estas alturas ya parece algo incuestionable pero yo creo que fuera de aquí pasan desapercibidos. En este país todos los medios de comunicación ya sólo se refieren a ellos con la concesión previa de esa categoría que, a mi entender, debe de usarse con infinita prudencia. Eduardo Haro Tecglen hace tiempo recordaba que era muy español lo de pasarse en los elogios, casi tanto como en las críticas. Cuando leía que una obra de teatro había triunfado “de forma memorable y unánime” en su primera representación fuera del país, él solía acudir a la prensa de ese país extranjero para comprobar que o pasaba desapercibida o sólo era objeto de escarnio. Y en todo esto los medios tienen buena culpa. Se otorga el dogma de la infabilidad al desconocido jurado de turno que toma decisiones, supongo, con criterios arbitrarios y subjetivos influídos por cómo se ha levantado ese día..
La tentación es libre pero me niego a seguir el juego. Los Goya son el esperpento versión hispana con su punto rancio y kitsch. Hay premios para todos, y si no nos ha dado la gana darte uno no te preocupes que cuando estés a punto de morir nos inventaremos otro para tapar todos los feos que te hemos hecho en vida. ¡Será por premios! Y los Oscar… ahí reconozco que lo tengo más difícil. Nunca he visto una gala de entrega por la televisión; suelo dormirme demasiado pronto y me aburre tanto esa liturgia de agradecimientos y falsas pulsiones que azuza mi pereza congénita. Pero, lo dicho, aquí juego en campo contrario y no poseo el balón.
A Elia Kazan le dieron un Oscar honorífico a toda su carrera, incluida supongo su etapa de confidente y dedo acusatorio de sus compañeros en la peor etapa del macarthismo. Pero era lo políticamente correcto y para eso los americanos no tienen pudor. No los tuvieron tampoco para loar a Nixon el día de su muerte, banalizando casi el episodio de su dimisión como consecuencia del pequeño desliz del Watergate. Una chiquillada.
Perdón por la digresión. Hablaba de Kazan pero quería hablar también de Clint Estwood, premiado por la menor “Million Dollar Baby” en compensación por la huérfana y excelsa “Mistyc River”. A eso me refiero, a la injusticia histórica de los premios, a la falsa apariencia de objetividad y rigor cuando lo que se lleva entre manos es el poder de decidir y manipular, de ensalzar y de humillar, de conceder y negar, de premiar y de castigar. Las trayectorias quedan supeditadas al momento, encapsulado en una suerte de gloria efímera que congela la parte por el todo. Hay tantos castigos históricos como reconocimientos memorablemente injustificados en la trayectoria de los Oscar. El premio como medio, no como fin.
Quizá el único honesto sea el Planeta. El que se presenta lo hace por la pasta y el que gana no hay duda de que exulta de alegría por los 100 millones de pesetas (50 después de impuestos) que le han tocado. No hay imposturas ni falsa retórica. Lo del prestigio y el honor está muy bien pero 100 kilos son 100 kilos. Así que volviendo a los Grammy de este año, uno que adora el jazz asiste indiferente al premio al mejor álbum del año que ha recibido Hancock por su excelente revisión de la obra de la canadiense Joni Mitchell en “River: The Joni Letters”. Pero inevitablemente el premio es sospechoso. Desde el memorable y lejano encuentro entre Stan Getz y Astrud Gilberto no se había vuelto a premiar un disco de jazz fuera de su categoría. Ahora le toca al autor del magistral “Maiden Voyage” con un disco que ni de lejos es el mejor de su trayectoria. Justicia a medias. Supongo que alguien habrá tocado arrebato y se habrá convenido que era necesario abrir la ventana para que entrara aire fresco; para volverla a cerrar de inmediato por si alguien se enfría. No es bueno cuestionar la industria ni experimentar demasiado. En 2009 seguro que volveremos por donde solíamos transitar: U2, Santana, Madonna, Beyoncé… en su estertor camuflados como lo más “cool” del momento.
Por cierto, ha muerto Henri Salvador. Hasta siempre maestro.
18/02/2008
El canfranero, camina o revienta

El Canfranc casi forma parte del universo mitológico de los altoragoneses. Hay tanto de verdad como de leyenda en su breve pero azarosa historia, sometida al inapelable juicio del tiempo de forma prematura y a la corrosiva exposición de su símbolo como un sentimiento que va más allá de lo racional.
En el Canfranc se han depositado frustraciones, complejos de inferioridad y todos los secretos inconfesables de los aragoneses. Ha sido el pañuelo donde se han secado las lágrimas de la incomprensión y el zaguán en el que muchos políticos han escondido su ineptitud. Fue un sueño a mediados del siglo XIX, una esperanza el día de su inauguración y una gran decepción casi todo el resto del tiempo. Un conocido político aragonés dijo con tino que el “Canfranc nunca tuvo buenos tiempos” y parece que la realidad se empeña en darle la razón.
Por todo esto y por mucho más el viaje en el “canfranero” no es un simple trayecto en tren. Abstraerse de todo lo que representa sería abaratar el valor de la memoria y hasta cierto punto concederle a otros ferrocarriles el privilegio de compartir la categoría que nunca tendrán.
El Canfranc es único, “un símbolo para todos los que amamos los trenes, primero está el Canfranc y después el resto”, me aseguraba recientemente, con una rotundidad difícil de expresar por escrito, el historiador y especialista en trenes Carlos Teixidor. Viajar en un símbolo tiene que ser tan complejo de explicar como ser un mito. Los mitos, como los símbolos, son la piel que envuelve a los mortales, el aura que hace especial lo que nació en igualdad de condiciones.
Nada de eso se escapa a la experiencia íntima de viajar en el canfranero y recorrer su tramo más pintoresco e insólito, el que parte de Huesca y llega a Arañones casi tres horas después. El tiempo deja de tener un valor absoluto cuando te introduces en sus vagones, hay que asumir el viaje como un medio para alcanzar el placer, nunca como un medio para el transporte. Cuando las prisas se instalaron en la sociedad, se convirtió de inmediato en una maravillosa reliquia. Quizá siempre lo fue, mientras esperaba que alguien cambiara su destino.
La nueva estación intermodal de Huesca es el único edificio que respira aires de modernidad en todo el trayecto. Funcional y austero, carece de la intensidad vital de otras estaciones mayores, del ensordecedor murmullo de voces en despedida, de taconeos apresurados y llamadas por la megafonía. Es posible que las estaciones sean un reflejo de sus ciudades. Las hay vigorosas, nerviosas y tumultuosas, otras que son tímidas, discretas y silenciosas. La de Huesca es una de éstas.
No hay demasiado movimiento en esta mañana de lunes de noviembre. Acaba de salir un tren Altaria con destino a Zaragoza. De repente, han desaparecido las dos azafatas que daban la bienvenida a los pasajeros en la entrada del andén. Ese simple gesto de distinción se ha borrado de un plumazo cuando llegamos los tres viajeros que vamos a subir al canfranero. Está claro que somos clientes de segunda, como el ferrocarril en el que vamos a viajar. También ese andén parece haber retrocedido de categoría hasta quedarse nuevamente en una simple estación de provincias.
Los tres pasajeros nos hemos distribuido en dos de los tres vagones que componen el tren automotor de una sola pieza que RENFE ha reciclado para esta línea. No hay tumultos en el acceso ni embotellamientos en los pasillos, aunque le hemos roto el sueño a la joven que dormía plácidamente en la parte delantera. Se ha despertado tan aturdida que probablemente ha dudado un instante dónde estaba. El caso es que con ella somos cuatros viajero y el revisor, que acaba rápido su trabajo.
La mañana es fría, muy fría, cubierta por una espesa niebla que sólo comienza a retroceder cuando nos acercamos al Pirineo. El paisaje de la Hoya oscense evoca escenarios misteriosos en los que cualquier cosa es posible. El horizonte se vuelve cercano y la visión desde el interior del tren pasa a ser plana y monótona, sólo rota por la silueta perdida de algún castillo en ruinas o una fonda en desuso.
El primer tramo del trayecto atraviesa la comarca de Huesca, la parte más sencilla del recorrido. Aquí el tren se muestra ligero y atrevido, como si quisiera dejar en evidencia todas las leyendas sobre su impuntualidad, sus achaques y su senectud. No hay todavía noticias del Pirineo y eso se nota en la velocidad. En Plasencia del Monte el tren no se detiene, no hay ningún viajero que haya demandado sus servicios previamente.
Así seguiremos, rumbo a toda máquina hasta Ayerbe, donde nos detendremos diez minutos para esperar el cruce con el tren que viene de Jaca. La estación es todo abandono. Una adolescente con aspecto hippie y un señor de avanzada edad esperan silenciosos en uno de los bancos del anden. La estampa y el decorado acentúan los contrastes de una escena que bien podría pertenecer al universo de Almodóvar. En este tiempo no se miran ni se mueven, tan sólo apuran sus cigarros como si el reloj no corriera. Y es que parece que no corre.
El edificio de la estación aguanta a duras penas la caída del calendario. Tiene la melancolía de esos lugares en los que todavía se conservan tenuemente las huellas de un pasado no lejano de vitalidad. Pero no son más que huellas que se vuelven cada día más mohínas.
Nadie se ha subido al tren y el maquinista reemprende la marcha. El revisor aprovecha para dar una pequeña cabezada. Maneja los tiempos del viaje con el rostro aburrido de quien sabe perfectamente lo que va a pasar en los próximos minutos. Esa certeza relaja el espíritu, me imagino. En el interior no se oye más que el sonido monótono del tren. Fuera todo pasa por el filtro blanco de la niebla, cada vez más difusa. Avanzan los kilómetros y el paisaje se vuelve más agreste y bello, y crece la convicción de que estamos ante una soberbia obra del ser humano. Hemos dejado el llano oscense y nos dirigimos hacia el Pirineo. El tren torna cansino y extenuado su ritmo y por momentos da la sensación de que no va a dar más de sí. La vía se interna por estrechos corredores, por paredes rasuradas que encajonan la máquina y limitan la perspectiva. Surgen los túneles, y con cada uno de ellos el trayecto se empina un poco más.
Es ahora cuando comienza a adquirir su verdadera dimensión el símbolo del Canfranc. Es en estas primeras rampas, que anuncian la inminencia del Pirineo, donde la intervención del ser humano se hace palpable, donde se inicia el duelo entre el hombre y la naturaleza. En las cercanías de Riglos también toma cuerpo el valor social del tren como vertebrador del territorio. Muchos de los pueblos que atraviesa lo recibieron hace setenta años como el último eslabón que les podía unir a la modernidad, al desarrollo y a la esperanza de un futuro. Se sacrificó el tiempo pero se aseguró entonces la vida de numerosas localidades.
Los mallos de Riglos asoman la cabeza entre los últimos estertores de la niebla. La visión que se tiene de ellos desde el tren es irrepetible, parece que en algún momento se van a volcar irremediablemente sobre la máquina. Aquí tampoco se para el tren, aunque reduce considerablemente la velocidad para atravesar con seguridad el corredor que cruza la vertical de los mallos. En los años 40 decenas de montañeros utilizaron el tren para viajar hasta el templo de la escalada y conquistar sus cumbres, hasta entonces inaccesibles.
Vamos ahora hacia el pantano de la Peña y Santa María. Los técnicos franceses que participaron a finales del siglo XIX en el diseño del trazado de la línea internacional siempre fueron claros con sus homólogos españoles: “hay que trazar una línea recta, el Canfranc sólo será viable si hacemos el trayecto más corto”. Está claro que las cosas no se hicieron así y casi todos los estudiosos del ferrocarril coinciden en atribuir al tortuoso trazado español una de las razones de su fracaso. La Z que dibuja desde Huesca a Canfranc fue letal para su rentabilidad.
En Santa María vuelve a girar bruscamente a la izquierda camino de Anzánigo. Son zonas de escasa demografía y comunicaciones poco desarrolladas. El tren que trajo en los años 30 la prosperidad a todos esos pueblos, apenas es hoy un leve aliento incapaz de insuflar algo de esperanza. La preeminencia de la carretera de Somport como conexión hacia el Pirineo hirió de muerte a principios de los 80 los caminos históricos de Santa Bárbara y Oroel, precisamente los que sigue transitando el tren, cada vez más solitario.
Anzánigo es simplemente un hito en el libro de ruta, el tren no se detiene. La pequeña estación es un edificio desvencijado y abrumado por el paso de los años, la ausencia de servicio y el abandono. Como casi todas las estaciones y edificios ferroviarios que surcan el camino, pasó de ser centro de actividad local a esporádico refugio de excursionistas y cobijo de noches a la intemperie.
En Caldearenas la maleza ha borrado las vías auxiliares. Fue una de las estaciones más prósperas y febriles de la zona pero esos fueron otros tiempos. Por aquí ya no pasan los obreros que venían todos los días desde Ayerbe para trabajar en la incipiente industria de Sabiñánigo. No hay remolinos de gente impaciente esperando el espectáculo del siguiente tren. El pequeño hilo de vida que surca el Pirineo está repleto de memoria, pero de nada más.
Sabiñánigo ha remozado recientemente su estación. Aquí, como en Canfranc, el tren está indisolublemente unido a su historia. Se ha bajado la chica somnolienta y ya sólo quedamos los mismos tres viajeros que nos habíamos subido en Huesca. La parada es breve y el tren reemprende su marcha camino de Jaca. Cruzamos de la Val estrecha a la Val Ancha y vemos a la izquierda Collarada y a la derecha la Peña Oroel. Por unos minutos el trayecto recupera la horizontalidad y la máquina se toma un respiro. Queda lo peor, pero también lo más bello.
Jaca y el tren
Cuentan las crónicas de la época que cuando el tren llegó por primera vez a Jaca, en 1893, la empresa concesionaria del ferrocarril se indignó considerablemente porque ningún jacetano fue a recibir el nuevo y extraño artefacto. Había preparado un convite popular pero ante el escaso éxito del invento sólo invitó a los trabajadores. No es difícil imaginar el tremendo impacto del tren en los jaqueses de finales del siglo XIX. El panorama que observó el maquinista de aquel primer ferrocarril cuando se acercaba a la estación poco tiene que ver con el que se contempla hoy. La expansión urbanística de la ciudad ha dejado el edificio en medio de las nuevas zonas residenciales, y las vías se han integrado en el casco como una calle más. Probablemente ningún urbanista visionario podría haber imaginado esto hace un siglo, cuando se tuvo la prudencia de ubicar la estación lejos del casco urbano amurallado. Esta vez el tren ha parado en Jaca y se ha subido una pareja de avanzada edad. Por la sonrisa entusiasta de sus rostros, parece que están ante su bautismo ferroviario en el canfranero. Sonríen sin parar y miran a todos los lados, como si no quisieran perder ni un solo detalle del paisaje prometido. La máquina comienza la marcha y se adentra en el valle de Canfranc con paso firme pero discreto. Ha rebajado la velocidad ligeramente.
Hemos atravesado Castiello de Jaca, disfrutando de una panorámica privilegiada que no permite la carretera. Después de atravesar un largo túnel llegamos al viaducto con sus 28 arcos, una de las obras más notables del majestuoso Canfranc, fotografiada primero por De las Heras en los años 20 y después por cientos de fotógrafos que buscaban la belleza del tren. Aquí, sin duda la encontraban. Pronto queda Villanua abajo y la vía alcanza su altura máxima. La carretera nacional parece minúscula y el valle se hace angosto y temerario. Canfranc Pueblo muestra las huellas descarnadas del incendio de 1944, aunque la reciente fiebre constructora hace que cada nueva casa sea como una tirita en la herida. Contemplando el paisaje hemos llegado a los Arañones y disfrutamos del momento único del acceso al anden de la estación internacional. La expectativa es tan grande que surge el reconocible pinchazo de la frustración ante la soledad del recibimiento. Cómo no imaginar los tiempos de esplendor del edificio, cuando se mostraba a cada nuevo viajero insolente, vivo y orgulloso. El nerviosismo infantil de cruzar el túnel y viajar a Francia.
Artículo publicado el año 2006 en la revista "Jacetania" que edita el Centro de Iniciativa y Turismo de Jaca y realiza Pirineum.
19/02/2008
Sephira

Ayer llegó Karen, la divertida mujer de Tony, mi cuñado. Ella es irlandesa y, por lo tanto, amante de las conversaciones interminables, el buen vino y la diversión. Los irlandeses y los españoles nos parecemos mucho, aunque sigo envidiando de ellos que tuvieran a Phill Lynot, Gary Moore, los primeros U2, Sinead O’Conor y tantos otros. Estuve en Dublín en diciembre de 2005 y por razones laborales tuve el privilegio de asistir en directo a un concierto privado del terceto Sephira, una maravillosa formación compuesta por la vocalista y violinista Joyce Oleary, su hermana Ruth Oleary y el pianista Colm Henry.
Varados en la mejor tradición musical irlandesa, su sonido de formación académica se enreda entre voces angelicales y el fondo aterciopelado de unos violines que no suenan; susurran y acarician. La belleza melancólica, casi gótica, de las dos hermanas provocó un efecto hipnótico entre los que aisistíamos embelesados al hallazgo. Parecían pintadas por Modigliani. Sephira es la auténtica expresión de lo exquisito, me temo que lo que alguna vez pretendieron sólo en su ensoñación otros irlandeses y otras hermanas, The Corrs. Nada que ver, salvo la belleza de ellas.
Ayer volvimos a escuchar a Sephira en honor de Karen.
20/02/2008
Tocad el cielo

El empeño del hombre por superar las adversidades de la naturaleza alcanzó proporciones épicas a principios del pasado siglo, cuando un grupo de entusiastas de la meteorología y la astronomía promovió la construcción de un observatorio en la cima del Pic du Midi de Bigorre (2.877 metros de altitud) para el estudio de los astros y los fenómenos atmosféricos.
La epopeya de los hombres que construyeron el observatorio es la de tantos montañeses anónimos que quedaron al margen de la historia, ocultos tras el brillo intelectual de los grandes pirineistas, ajenos a los reconocimientos públicos y perdidos en la memoria colectiva. Como los soldados que trabajaron para Napoleon en la apertura del abismal Chemine de la Mature, o los obreros que excavaron el interminable túnel ferroviario del Somport, los hombres que ascendieron hasta la cima del Midí con el pesado material científico arriesgaron sus vidas en interminables jornadas cargadas de calamidades y peligros constantes. Sus nombres no quedaron para la posteridad pero el resultado de su sacrificio es tan imponente que nadie puede quedar indiferente. ¿cómo lo hicieron? Cuando estás arriba, la pregunta es inevitable.
La historia nos ha dejado, sin embargo, huellas indelebles de sus promotores intelectuales. La soberbia obra no fue el fruto caprichoso de las corrientes naturalistas y románticas de finales del XIX, sino la culminación de un viejo sueño que comenzó en 1741 con el astrónomo François de Plantade, responsable de los primeros trabajos científicos conocidos en la cima del Midi. Para él y para algún otro extravagante visionario, como François Cassini, la montaña no era el inhóspito infierno habitado por seres abominables, según la creencia instalada en el imaginario popular, sino la atalaya privilegiada donde la pureza de la atmósfera era absoluta y la visión irrepetible. Plantade pagó caro su sueño y murió ese mismo año en el Sencours (2464 m), la antesala del Midi, pero su nombre quedó para siempre vinculado a la historia de la cumbre.
En 1787, en las vísperas de la Revolución Francesa, aparece en escena Louis Ramond de Carbonnieres, figura capital en la historia del pirineismo y en particular del Midi de Bigorre. Junto al Cardenal de Rohan, de quien era secretario particular, viaja exiliado a Barèges tras una rocambolesca historia de intrigas y acusaciones en el seno de la monarquía parisina. En ese momento comienza un intenso idilio con el Midi que le llevaría a escribir una bella obra titulada “Observations faites dan les Pyrenees pour servir de suite a des observations sur les Alpes”, que se convierte en una ardiente defensa de la construcción de un observatorio en su cima.
La influencia de Carbonnieres en las elites políticas, científicas y económicas de su época fue decisiva para convencer a la burguesía francesa de la necesidad de avanzar en el terreno de la investigación y la ciencia. Pero la Revolución Francesa frenó los impetuosos avances durante varias décadas, hasta que el doctor Arnaud Costallat dio un paso gigantesco en 1852 al romper por primera vez la gruesa línea que separaba las ideas de las realidades.
Ese año construyó un pequeño albergue para turistas en el Secours, no muy lejos de donde Plantade había muerto 89 años antes, que los historiadores consideran el primer espacio para la observación levantado en el Midi. De hecho, muy pronto fue ocupado por científicos y astrónomos que lo utilizaban como campo base para sus estudios, pero una avalancha de nieve lo asoló a los pocos meses. Costallat no claudicó, cuatro años después abrió un nuevo edificio y comenzó a contar con la colaboración del físico Jean Bernad Foucalt, el hombre del péndulo, o Le Verrier, el organizador de la incipiente red meteorológica francesa.
Son años de frenética actividad, de espesos debates científicos que culminan en 1865 con la fundación en Gavarnie de la Sociedad Ramond, que impulsa decididamente la construcción de un observatorio en la cima del Midi. Con tal fin se constituye la Comisión Internacional del Pic du Midi, formada, entre otros, por el prestigioso y adinerado conde Henry Russell, y Maxwell Lyte, que en 1860 había logrado fijar sobre una placa un eclipse solar.
Costallat muere en 1871 y toda su pasión por la ciencia y la naturaleza es transmitida a Charles de Nansouty, un singular general retirado en Bagneres de Bigorre que tenía además de un glorioso pasado en el ejército imperial, una sensibilidad especial hacia la naturaleza y el Pirineo. Desde 1873 hiverna en el pico de Sencours para observar los fenómenos meteorológicos. Las fotos y grabados de la época muestran a un hombre adulto de largos bigotes y estampa ermitaña que casa poco con el estereotipo del hombre de ciencias. Sin embargo, su pequeña locura alerta de la inminencia de unas inundaciones en el invierno de 1875 y el valle amenazado es evacuado a tiempo.
Desde entonces, la utilidad del observatorio quedará fuera de toda duda. La primera piedra del edificio se pone en 1878 y dos años después finaliza la obra. Para su construcción se utilizaron las mismas piedras que estaban en la cima del Midi y el agua del deshielo. Eso reducía considerablemente los esfuerzos humanos para el transporte pero no así los innumerables inconvenientes propios de una construcción en altura. La arena para fabricar el cemento fue subida por mulos, un animal indispensable en la historia del observatorio, desde el cercano lago de Oncet. En cada viaje los mulos portaban cien kilos de arena, que transportaban con una parsimonia que a veces desesperaba. Pero su presencia ahorró grandes sacrificios. Nansouty fue el primer inquilino del flamante edificio en el invierno de 1881, cuando ya tenía 66 años.
Al año siguiente pasó a ser propiedad del estado y asume su dirección el ingeniero Celestin-Xavier Vaussenat, otro de los nombres imprescindibles de esta epopeya. Su busto, junto al de su compañero Nansouty (considerados por la historia como los fundadores del complejo científico), preside desde principios del siglo XX la entrada al edificio de la antígua cúpula, reconvertido hoy en museo y restaurante. Vaussentat engrosó la leyenda negra del pico al fallecer mientras era trasladado enfermo a la base en 1891.
Con el inicio del siglo XX surge la figura de Benjamin Baillaud, un científico del Observatorio de Tolouse que emprende la empresa más difícil acometida hasta entonces: la construcción de una cúpula para la observación de los astros. La realización de este proyecto culmina los sueños de todos sus antepasados; de Plantade, Darcet, Carbonnieres, Costallat, Nansouty... todos ellos habían imaginado un observatorio en el que de manera indisoluble se estudiara la meteorología y astronomía, ciencias que consideraban complementarias. Así los astros y el Midi estuvieron definitivamente más cerca.
Pero la envergadura del proyecto y las dificultades intrínsecas de su peculiar ubicación convirtieron los veranos de 1906 y 1907 en jornadas dramáticas de esfuerzos sobrehumanos y riesgos latentes. Los soldados del regimiento de Tarbes habían habilitado unos estrechos caminos de acusadas pendientes para mover las pesadas piezas con la fuerza de los mulos. Sus dimensiones eran tan considerables que esos minúsculos caminos apenas servían para transitarlos a pie. Así que los militares tuvieron que recurrir al plan más primitivo y cargar a sus hombros las piezas y escalar con ellas en línea recta. Un suplicio agravado por el tórrido calor. Baillud dejó escrita la crónica de aquellos días: “el comandante Lallemand y los artilleros del Regimiento de Tarbes, que estaban a sus órdenes, bajo un sol de plomo, con fatigas extremas y corriendo grandes peligros, escalaron la montaña con las piezas del instrumental. Hubo que asaltar la cima veinte veces en quince días, donde el enemigo era reemplazado por estas enormes piezas de fundición, que no sabían ni cómo sujetar ni cómo mantener. Tanto los oficiales como el resto de hombres expusieron varias veces su vida y vivieron grandes angustias. Un momento terrible fue el causado por el choque, imposible de prever, de una gran piedra que rodó desde lo alto de la montaña contra uno de los mulos”. En septiembre de 1907 concluyó la instalación del instrumental bajo la cúpula que hoy se conoce con el nombre de su promotor.
Comenzó así la edad de oro de la astronomía en altura. La instalación crecía y se modernizaba, y decenas de científicos hivernaban en la cima del pico aprovechando las nuevas comodidades, la pureza del cielo, la nitidez de la luz, y la ausencia de polvo en suspensión; unas condiciones inmejorables para el estudio y observación del cielo y los fenómenos meteorológicos. El abastecimiento se seguía haciendo con mulos, cuando no por los hombres más fuertes y aguerridos del valle, que se convirtieron de este modo en protagonistas secundarios pero irreemplazables de la epopeya del Midi. En 1926 la apertura de la carretera de Tourmalet a Sencours facilita el ascenso de los hombres y los materiales a través de un estrecho camino, pero también provoca un incremento de turistas que altera la anhelada soledad de los científicos.
Cuatro años después Bernard Lyot inventa el coronógrafo, que le permite observar la envoltura externa del sol. Ni la llegada de la electricidad ni de la alta tensión contribuyeron tanto al final de la epopeya del Midi como la construcción del teleférico en 1952. Su puesta en funcionamiento borró de un plumazo las adversidades a las que se tuvieron que enfrentar durante siglos todos los que lucharon por convertir su cima en un laboratorio científico. En tan solo unos meses dejó de ser ese lejano lugar en el que, según Henry Russell, “hay mañanas en las que los ángeles tienen nostalgia de la tierra”.
EL TURISMO PARA GARANTIZAR SU FUTURO
Los últimos cincuenta años del Observatorio han sido especialmente azarosos. En 1963 la instalación del telescopio de 106 cm. en la cúpula Gentili permitió establecer convenios de colaboración con la NASA para la preparación de las misiones del Apollo. En 1980 entra en funcionamiento el TBL (Telescopio Bernard Lyot), el mayor de Francia, pero esta inversión no garantiza el futuro del centro, que comienza a cuestionarse desde la administración central. Cuando en 1994 el gobierno francés amenaza con su cierre los agentes políticos, sociales y científicos de la región se movilizan y crean un sindicato mixto para promover la explotación turística del Observatorio sin renunciar a sus fines originales.
El proyecto “Pic 2000” promueve la construcción de un nuevo teleférico con capacidad para 45 personas por cabina, que cubre la distancia entre la estación de Mongie y la cima del Midi en 15 minutos con un transbordo en el pico Taulet. Parte de los antiguos espacios destinados a la investigación se convierten en restaurantes, terrazas panorámicas y el museo, en el que se revisa la historia del observatorio y se ofrece una interesante mirada al mundo de la astronomía y la ciencia. Allí podemos observar una gran maqueta del Pic du Midi, la auténtica cúpula Baillud, instalada en 1907 para el estudio del sol, proyecciones au