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01/04/2008

Bendito error

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Hace casi ocho años publiqué en El Mundo de los Pirineos un reportaje sobre el Instituto Pirenaico de Ecología de Jaca. En aquellos momentos el centro atravesaba una importante crisis que hacía vaticinar su futura desaparición. El artículo lo enfoqué en ese sentido y me generó algunos problemas. Incluso recibí una carta del director del centro en la que me acusaba de manipular la realidad, de ser tendencioso y de no sé cuántas cosas más. El caso es que yo me limité a recoger la percepción general que se palpaba en el ambiente, el pesimismo indisimulado de los científicos y la tozudez de los hechos. Hoy puedo decir, sin embargo, que el tiempo me ha quitado la razón. Y no sábeís cómo me alegro de haber metido la pata. Hace algunas semanas ha comenzado a construirse a la entrada de Jaca  por Pamplona un nuevo Centro más moderno y mas amplio que garantiza el futuro del Instituto y refuerza su papel como principal centro de investigación del ecostistema pirenaico. Algún amigo del Instituo me ha dicho recientemente que aquél artículo ayudó a despertar conciencias y puso la primera piedra del proceso de relanzamiento del centro jaqués. Quizá resulte demasiado pretencioso creer que eso fue así (de hecho lo dudo por completo), pero la construcción del nuevo edificio es la noticia que todos quisimos dar. Bendito error.

En el Parque Nacional de Ordesa se han descubierto restos de pesticidas que llegaron transportados por el aire desde el vertedero de lindano de Bailín, en Sabiñánigo. El hallazgo es fruto de seis años de investigaciones de un grupo de científicos del Instituto Pirenaico de Ecología de Jaca, que se han dedicado en este tiempo a estudiar la cadena trófica en tierra y agua hasta confirmar que el lejano inicio de la protección del Parque no ha impedido su leve contaminación por efectos procedentes de la moderna sociedad industrial. La investigación dirigida por Cesar Pedrocchi forma parte de uno de los 35 proyectos que cada año acomete el Instituto desde su doble sede de Jaca y Zaragoza y que, en muchos casos, se extienden a ecosistemas que nada tienen que ver con la montaña. Desde su creación en 1942 con el nombre de Estación de Estudios Pirenaicos, su prestigio ha crecido constantemente hasta convertirse en un lugar de referencia, en una fuente obligada para el estudio y conocimiento de la cordillera.

Sin embargo, su salud no atraviesa un buen momento; más bien ofrece síntomas preocupantes. En un país que no concede demasiada importancia a la investigación, el trabajo del IPE de Jaca parece realizado por los “últimos mohicanos” de la ciencia, por una “rara avis” que pone en su empeño las mismas dosis de vocación que de pasión por el Pirineo. Aunque su director, Pablo Martínez Rica, asegura con rotundidad desde Zaragoza que “el centro tiene la viabilidad asegurada y su cierre es imposible”, hay indicios que parecen cuestionar esta afirmación. Y no es una inquietud reciente. Desde que en 1990 el Centro Superior de Investigaciones Científicas creara, no sin traumas, la doble sede en Jaca y Zaragoza, la decadencia del centro jaqués ha sido lenta pero constante. Hay quien habla de una segura “muerte biológica” dentro de quince años, cuando buena parte de la plantilla actual engrose la lista de jubilados. Porque desde 1986 no ha vuelto a contratarse a ningún científico. Daniel Gómez, que ostenta ese dudoso honor, no oculta su preocupación por un futuro que “depende inexcusablemente de que se vayan renovando las plantillas. En este tiempo se han perdido muy buenos científicos que tras acabar su periodo como becarios tuvieron que buscarse la vida como pudieron porque el centro no les acogía”.       

En la actualidad trabajan en la sede de Jaca 35 personas entre profesores de investigación, investigadores, científicos, becarios y personal auxiliar. Desde el inicio de la década de los 90 se gestiona bajo el “modelo americano”, que se basa en la autofinanciación mediante la gestión de proyectos con instituciones y entidades privadas. Cada uno de los tres grupos en los que está dividida la plantilla científica tiene la responsabilidad de buscar proyectos, asegurar su financiación, contratar a becarios, adquirir el material, pagar el teléfono y algunas cosas más. El CSIC sólo asume lo básico. “Al final se pierden más esfuerzos en la gestión financiera que en la investigación, y así no se puede ser competitivo”, lamenta Cesar Pedrocchi. No obstante, este modelo se aplica actualmente en casi todo el mundo. “Antes era el científico el que se interesaba por unos temas. Ahora, con la escasez de recursos para la investigación, tiene que trabajar en los temas que la sociedad demande y que esté dispuesta a pagar”, explica Martínez Rica. Además, si a esa investigación se le quiere dar valor curricular tiene que publicarse en alguna de las revistas científicas que conforman el “Citation Index”, un listado de publicaciones, la mayoría americanas, que destacan por su prestigio y trascendencia en el mundo científico.            

La vieja sede de Jaca tiene cierto aire de antiguo ministerio, un aspecto anacrónico que se lleva mal con lo sofisticado. Tan solo los ordenadores y algún aparato de investigación son capaces de romper la impresión de que a la vuelta de cualquier esquina van a surgir los espíritus de Ramón y Cajal o de Severo Ochoa. Sus largos pasillos carecen de cualquier elemento decorativo. Los grandes murales del Pirineo y de la fauna, las conclusiones de investigaciones recientes, el tablón de anuncios y alguna cartografía indescifrable componen el adusto decorado. Todo lo demás es un  silencio de convento de clausura. Un silencio alterado de vez en cuando por el teléfono de la recepción. A cada lado hay despachos atiborrados de papeles, carpetas, fotografías, planos, mapas y los objetos más insospechados. Y siempre alguien con los ojos clavados en un monitor de ordenador o en un microscopio, que parece vivir ajeno a todo lo que pasa alrededor. “Aquí solo paramos para comer. Estamos metidos en tantos berenjenales y asumimos tantas investigaciones que nuestros días y nuestros años los pasamos aquí dentro”, afirma Federico Fillat. Con su grupo de “Ecología de Sistemas Pastorales” trabaja desde hace más de diez años en un interesante proyecto de desarrollo sostenible en el pequeño pueblo de Fragen, en el valle de Broto.  En ese entorno han desplegado un ambicioso estudio que analiza los pastos, la biodiversidad, los cambios de uso en el territorio y su influencia en el cambio climático. Este verdadero laboratorio natural ha roto también con la vieja idea de que las investigaciones que realiza el centro casi nunca son conocidas por la sociedad. “En este caso hay un compromiso de transferir el proyecto a los agentes sociales representados en la Asociación de Ganaderos del valle de Broto. Además desde hace cuatro años en el colegio de Broto se explica a los críos todo lo que estamos trabajando y después se les lleva al monte para que lo apliquen”, recuerda Fillat. Esta implicación de los futuros ganaderos y agricultores acerca un poco más el sueño del desarrollo sostenible.           

En la planta baja está el herbario, la joya más preciada del Instituto. Tres personas trabajan en la conservación, catalogación y ampliación de la tercera colección más importante del país después de las de Barcelona y Madrid. Pedro Monserrat, el verdadero padre de la obra, llegó al Pirineo en 1960 para explorar su riqueza botánica. Su fascinación fue tal que se quedó en Jaca y comenzó a acumular especies, primero en el ámbito regional y después en el europeo. Cuarenta años después están catalogadas diez mil especies diferentes de toda la flora de Europa y el norte de África y más de 250.000 ejemplares. Su participación en sociedades de intercambio de todo el mundo explica su extraordinaria dimensión. “Sólo por el tamaño de esta colección es imposible pensar que algún día se cerrará este Instituto, es imposible moverla. Además, el clima de Jaca es el idóneo para su conservación”, explica Luis Villar. Hoy el herbario se puede visitar y se ha convertido en un lugar único para la consulta de los aficionados a la botánica.            

La labor de investigadores como Enrique Balcells, director durante 20 años, o Pedro Monserrat es indispensable para entender la larga historia del centro y también su papel en los albores del nuevo siglo. Para Pablo Martínez Rica, ·”nuestra labor es demostrar que es muy importante estudiar la montaña y que los centros de estudio tienen que estar cerca de ella”. Luis Villar aporta más argumentos  incuestionables para defender la necesidad del centro cuando afirma que “El Pirineo es una de las zonas de Europa más interesantes en el estudio de la flora”. Pero esta clara conciencia sobre la importancia del IPE choca cada día con la realidad de una sociedad que arrincona la investigación y, en ocasiones, le hace la vida imposible. Ricardo García, que en sus 25 años de profesión ha trabajado en más de 20 proyectos, apunta que “siempre hay que estar empezando de nuevo porque la gente se va. Está unos años como becario y se va porque no tiene posibilidades de lograr estabilidad laboral. Siempre hay que estar renovando los equipos”. En esa situación de incertidumbre se encuentra Chema Martinez, que trabaja como becario en un proyecto de investigación de las relaciones entre las aves y los arrozales en Monegros. “Nosotros estamos en periodo de formación pero cada vez estamos más como mano de obra. El sesenta y cinco por ciento del trabajo está hecho por becarios que trabajan en condiciones precarias. Si no hay sustituto al becario, la investigación se tambalea.” Con un ojo en el nuevo proyecto y otro oteando el incierto horizonte, los trabajadores del Instituto Pirenaico de Ecología no frenan, pese a todo, su ingente actividad investigadora y continúan con la publicación de libros, la colaboración en revistas, el asesoramiento a instituciones en materia medioambiental y la contribución a la creación de una conciencia social respetuosa con la naturaleza. Son, como bautiza César Pedrocchi, “los obreros de la investigación”.

Foto del Despacho de arquitectos Ramón Fañanas

01/04/2008 11:30 Autor: juangavasa. #. Tema: Pirineo Hay 1 comentario.

03/04/2008

Jazzaldia

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El 43 Heineken Jazzaldia, que se desarrollará en San Sebastián entre el 22 y el 27 de julio, ha desvelado un extraordinario programa cuajado de brillantes estrellas artísticas durante su presentación, celebrada ayer en el Club del Teatro Victoria Eugenia. El Festival continúa así su excelente trayectoria a lo largo de más de cuatro décadas que le ha hecho merecedor del Premio a la Difusión otorgado por la Academia de la Música, galardón que será recogido hoy 3 de abril, durante la gala de entrega de los Premios de la Música en Valladolid.

Durante el 43 Heineken Jazzaldia, la Sala de Cámara del Kursaal acogerá las actuaciones del jazz más ortodoxo: David Murray, Dianne Reeves, Ahmad Jamal, Anthony Braxton, Kenny Barron, Jean-Luc Ponty y Soft Machine Legacy. Sólo la enumeración de los artistas mencionados ya configura un programa excelente, pero es únicamente el principio. Por el remozado Teatro Victoria Eugenia desfilarán Johnny Winter, Maceo Parker, Steve Coleman, Don Byron, Bugge Wesseltoft, Stefano Bollani y John Hiatt, ofreciendo una forma más participativa, incluso bailando, de vivir el jazz. Y aún hay más. El magnífico Auditorio del Kursaal será el escenario de los grandes acontecimientos: Keith Jarrett, Paolo Conte, Diana Krall, Return to Forever, Lucía Lacarra bailando el Duke Ellington Ballet coreografiado por Roland Petit, y Liza Minnelli.

Pero esto no es todo. Una de las señas de identidad del Heineken Jazzaldia es la gran cantidad de conciertos gratuitos que se desarrollan en la Playa de la Zurriola y las Terrazas del Kursaal, abriendo el Festival a toda la ciudad y sus visitantes. Allí se podrá ver una muestra de los estilos más diversos: Beirut, Caravan Palace, Pink Martini, The Mungolian Jet Set, Konono Nº1, Frank Wess, Kate McGarry, Stefano di Battista, Erika Stucky, Marc Ribot, Musica Nuda, Daniel Haaksman, Benjamin Biolay, Kings of Convenience, Lokua Kanza, Richard Bona y Gerald Toto.

03/04/2008 08:59 Autor: juangavasa. #. No hay comentarios. Comentar.

Laicismo

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El pasado sábado el suplemento Babelia de El País publicaba una inteligente conversación entre dos escritores brillantes y mordaces: Eduardo Mendoza y Fernando Savater. El encuentro entre los dos viejos amigos giraba en torno al libro recién publicado por el primero, “El asombroso viaje de Pomponio Flato” (Seix Barral), una hilarante novela de crímenes en la mejor línea cómica de Mendoza, ambientada en la Galilea de Augusto y Herodes. He comenzado a leerla y desde la primera página el escritor catalán ofrece muestras de haber recuperado el músculo ingenioso que se le había atrofiado tras “La aventura del tocador de señoras”.

            Volviendo a la conversación entre Mendoza y Savater, ésta giraba fundamentalmente en torno a la religión, o “a la cuestión pendiente de la religión”, como se solían referir los políticos durante la Segunda República. Una cuestión pendiente desde los anhelos liberales de los primeros Ilustrados españoles hasta esta democracia supuestamente consolidada y madura en la que nos encontramos. Inevitable es sospechar de esta madurez en una sociedad en la que todavía se producen debates al respecto propios de ensayos democráticos abocados al fracaso. No es el caso, pero es evidente que la fractura provocada por los cuarenta años de dictadura no se ha logrado recomponer y todavía existen amplios sectores sociales que defienden la existencia de una iglesia católica que, como afirmaba el escritor Juan Cruz: “ha tomado en su mano, de manera infame, el tópico de la ultraderecha, que la democracia no tiene derecho a existir sin tutelas: sin la tutela del Ejército, sin la tutela de Dios”.

            Era Bertrand Russell en su ensayo “Por qué no soy cristiano” el que ya alertaba en 1927 que “el hombre que posee el arte de despertar el instinto de persecución de la masa tiene un poder particular para el mal. (…) Contra este peligro, la protección principal es una educación sana destinada a combatir las inclinaciones a las explosiones irracionales de odio colectivo”. Russell fue encarcelado en dos ocasiones por decir cosas como ésta.

            La iglesia católica sabe muy bien que lo que advertía el filósofo británico era una verdad palmaria y por eso nunca despreció sus enseñanzas; muy al contrario, las aplicó con eficacia a lo largo de la historia y con especial énfasis durante el siglo XX. Savater cree que “la religión cristiana ha sido domesticada por el mundo civil”, y puede que tenga razón. Pero lo que no ha conseguido la sociedad civil española es que la iglesia católica asuma su subordinación al poder civil. Con el arma arrojadiza del laicismo el clero ha pretendido construir una supuesta conjura política y social de extrema izquierda que, a su juicio,  sólo pretende acabar con la libertad de expresión y por extensión con la religiosa. Sorprende este repentino interés de la iglesia católica por defender la libertad del individuo, cuando nunca a lo largo de su historia la ha practicado.

            Y aquí encontramos una nueva mentira; la perversa manipulación de los conceptos laicidad y laicismo. Como recordaba recientemente Gregorio Peces Barba, “la persona de fe, el creyente, está protegido en las sociedades democráticas modernas por la libertad ideológica o religiosa y por las instituciones y los procedimientos de una democracia laica. La laicidad supone respeto para los que profesan cualquier religión, mientras que personas e instituciones religiosas con visiones integristas o totalizadores, lo que abunda en sectores católicos antimodernos, no respetan al no creyente”. Es, por lo tanto, necesario aclarar que la laicidad nada tiene que ver con el laicismo, que es una actitud enfrentada y beligerante contra la iglesia. Dos ortodoxias enfrentadas.

            Russell decía también que la decadencia de la fe dogmática sólo puede hacer bien. Yo creo que las sociedades modernas y democráticas debemos de luchar por hacer real la separación de la iglesia del Estado. No una separación retórica (como la que sufrimos en España), sino un distanciamiento valiente, enérgico y civilizado. Es nuestro derecho y así aparece reflejado en el artículo 16.3 de nuestra Constitución. Es un derecho y no podemos renunciar a él. Juan Cruz defiende que la sociedad reclame “muy alto que la Iglesia vaya por su cuenta y el Estado afirme su voluntad laica, aconfesional, civil". Mientras eso llega, haremos lo que recomienda Eduardo Mendoza: “en estos tiempos, la religión es el último reducto del humor. Nada me ha divertido más que las encíclicas papales”. Pues eso, riámonos… a carcajadas.  

03/04/2008 22:33 Autor: juangavasa. #. Tema: Miscelánea Hay 2 comentarios.

08/04/2008

Alfonso

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El próximo 18 de abril presentaremos a las 20.00 horas en el Salón de Actos de la DPH en Huesca el libro "Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la sublevación de Jaca. 1923-1936". Al día siguiente será la presentación en Jaca a las 20.30 horas en la Casa de la Cultura y el 16 de mayo en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés en Zaragoza.

 

Alfonso Sánchez García nació accidentalmente en Ciudad Real en 1880 pero vivió prácticamente toda su vida en Madrid. Su padre, un antiguo republicano dedicado al inestable negocio teatral, falleció en 1891 y Alfonso tuvo que dejar la Escuela de Artes y oficios para contribuir al sustento familiar. Son duros años de vagar de tajo en tajo en un Madrid que sigue siendo un poblachón áspero de profundas desigualdades.

            Con 15 años accede como aprendiz al estudio de Amador, uno de los retratistas más conocidos de la capital. En ese estudio se brega haciendo fotos de bodas, banquetes y acontecimientos sociales dentro de los equipos ambulantes, que recorrían la ciudad buscando negocio. En esos años consigue su primera “exclusiva”; fotografía el cuerpo incorrupto de San Isidro en una de las raras exposiciones públicas que se hacía en su ermita.

            En 1897 lo contrata Manuel Compañy, uno de los mejores fotógrafos de Madrid. Su aprendizaje del oficio es constante y muy pronto muestra dotes innatas para la cámara. Se especializa en estrenos teatrales y comienza a trabar relación con destacados personajes del periodismo y la política de la época como Joaquín Costa, Mariano de Cavia o Joaquín Dicenta.

            En 1904 lo ficha El Gráfico, el primer diario ilustrado que aparece en España. Será su director, Julio Burell, el que decida firmarle las fotos simplemente con su nombre de pila, “Alfonso”. Acababa de crear una marca que será un referente del periodismo gráfico español. Trabaja después para El Imparcial de Eduardo Gasset, un personaje que tendrá gran influencia en su carrera, y sigue fomentando una de sus especialidades; el retrato.

            En 1907 comienza a trabajar con el Heraldo de Madrid y con el resto de cabeceras de la Sociedad Editora Española: El Imparcial y El Liberal. En 1909 viaja con el director de El Heraldo, José Rocamora, a cubrir la guerra de Marruecos. Una experiencia traumática que, sin duda, le marcará. Permaneció tres meses en los que apenas pudo ejercer su oficio. Contaba su hijo tiempo después que “la matanza de soldados españoles fue tan copiosa que mi padre tuvo que soltar la cámara para dedicarse a transportar en camilla a los heridos. Caían por todas partes”. Alfonso fue condecorado con la Medalla de Campaña de distintivo rojo.

            El fotógrafo madrileño se convierte en el más importante de la capital. Sus fotos ilustran los principales periódicos y revistas de la época y su prestigio crece con cada nuevo trabajo. En 1910 abre su flamante estudio en la calle Fuencarral, que se convierte en obligado punto de encuentro para toda la fauna de bohemios, intelectuales, políticos, periodistas y artistas del Madrid más farandulero. Todos los que son o aspiran a serlo pasan a formar parte del catálogo de celebridades que Alfonso fotografía: Valle Inclán, Emilia Pardo Bazán, los hermanos Machado, Pío Baroja, Ortega y Gasset, Blasco Ibáñez, Alejandro Lerroux, La Chelito, Raquel Meller, Margarita Xirgú…

            En estos años la cámara de Alfonso está presente en todo lo que se mueve. La muerte de Joselito, la primera reunión del Gobierno provisional de la república portuguesa, la foto de Pedro Mateu, uno de los tres anarquistas que atentó contra Eduardo Dato; la foto del capitán Sánchez vestido de militar (autor de uno de los crímenes más famosos de la época); o la huelga general revolucionaria de 1917.

            Tres años después se hace cargo de la sección gráfica del recién nacido diario La Voz, que ya entonces tiraba 150.000 ejemplares diarios. Trabaja con Manuel Machado y Luis de Oteyza en el democrático y progresista La Libertad, y sigue dedicado al retrato, una actividad que le distingue del resto de sus compañeros de profesión.

            En 1922 entra en escena su hijo Alfonso, que inevitablemente pasa a ser conocido en el gremio con el diminutivo de Alfonsito. Su padre le manda en compañía de Oteyza a Marruecos para recoger el desastre de las tropas españolas en Annual. Consiguen una exclusiva mundial: la entrevista con el líder de los insurrectos rifeños Abd-el-Krim. El hijo se revela como un fotógrafo de gran talento y perspicacia, digno sucesor de su progenitor. Poco a poco se van incorporando al negocio sus otros dos hijos, Pepe y Luis, y la firma Alfonso se convierte en una agencia de distribución de fotografías para España y el extranjero. Nace la Agencia Gráfica Alfonso, en la que llegarán a trabajar 23 personas. El fantástico logotipo diseñado por Manuel Torán se afianza como un excelente emblema gráfico que representa a una de las sagas fotográficas más importantes del país.

            Alfonsito, que había crecido entre cubetas, reveladores y magnesio, será el único que tendrá una sólida carrera como reportero. En esos años se editaban en el país 11 revistas ilustradas de gran calidad, algunas de ellas de resonantes evocaciones como Blanco y Negro, Nuevo Mundo, Mundo Gráfico o La Esfera. En ese Madrid lúgubre en el que pululan toda clase de buscavidas, traperos, cacharreros y bohemios, la actividad editorial resulta pletórica. Y los Alfonso ponen la imagen a esa ingente producción.

            Según señala el historiador Publio López Mondéjar, “la figura gigante de Alfonso dejó siempre en la sombra a sus hijos y colaboradores, que nunca pasaron de ocupar un lugar subalterno y segundón en la jerarquía profesional de la casa”. En los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera y durante la Segunda República se puede asegurar que los hijos fueron los autores de buena parte de las fotografías del archivo Alfonso, aunque López Mondéjar matiza que “lo único que resulta hoy incuestionable es la responsabilidad del fundador de la firma en la planificación y tramitación de los reportajes”. Así se entiende la nebulosa que ha rodeado la autoría de las placas que integran el archivo Alfonso, más aún en un tiempo en el que el concepto de los derechos de autor no existía y los fotógrafos solían pasarse las copias sin ningún problema.

            Alfonso reparte juego entre sus hijos y fortalece la imagen de marca de la Agencia. Llegan a casi todos los puntos noticiables del país y siguen extendiendo una eficaz red de contactos personales y relaciones públicas, una de las virtudes que más contribuyó a construir el inmenso catálogo de fotos y de retratos. Alfonsito, por ejemplo, se especializa en la parte más sórdida y deprimente del país, dotando a su trabajo de un apreciable contenido social. Luis y Pepe se mueven mejor por el mundo del deporte y del teatro. El padre dirige a todos. En 1930 era el único periodista gráfico de Madrid que figuraba como redactor con contrato.

            Durante la nefasta dictadura de Primo de Rivera Alfonso se relaciona con Azaña, Besteiro, Ortega y Gasset, Alcalá Zamora o Gregorio Marañón, las figuras que a partir de 1931 asumirán las riendas del país. Esas amistades explican en cierto sentido que durante la Segunda República Alfonso alcance su madurez profesional y realice sus mejores reportajes. El ministro republicano Diego Martínez Barrio dijo de Alfonso que “es un singular artista que está haciendo estéticamente la historia de una época. Sus fotografías son inexcusables para acercarse a la historia de España de este siglo”.

            Pero llegó la Guerra Civil y como tantos otros artistas y creadores, los Alfonso sufrieron la represión de los vencedores. Durante la contienda se identificaron con la causa republicana al igual que algunos compañeros de profesión como Centelles o Díaz Casariego. Pero nunca mostraron especial interés por la fotografía propagandística del frente. Sus mejores fotos de esos tres años están tomadas en la retaguardia, con la miseria de la vida cotidiana. Aun con todo ofrecieron al mundo a través de revistas como Life, Regard o L’Illustration los muertos en el asalto al Cuartel de la Montaña, la batalla de Teruel o a un decrépito Julián Besteiro anunciando el fin de la resistencia de Madrid.

            Acabada la guerra los Alfonso fueron depurados y se les prohibió ejercer el periodismo gráfico. Semidestruido el estudio de la calle Fuencarral, se trasladaron a otro más modesto en la calle Santa Engracia antes de instalarse definitivamente en la Gran Vía. Alfonso comenzó a hacer retratos de los personajes del nuevo régimen que le permitieron con los años rehabilitarse. Pero nada de la alegría y del optimismo del pasado volverían a sus fotografías. El Alfonso reportero acabó para siempre. Tampoco los franquistas olvidaron su pasado republicano. En El Alcázar se publicaba una carta conminatoria: “que trabaje, pero en silencio, sin ruido, porque no se puede provocar a los que tenemos memoria”.

            Pese a todo, en 1949 Alfonso hace un retrato de Franco para el ABC y El Alcazar. Será su último trabajo de relevancia. Tres años después son rehabilitados como reporteros gráficos pero ya no ejercerán. En 1953 muere Alfonso y con él los estertores de un prestigio marchito. Sus hijos mantendrán a duras penas el nombre de la casa, pero ahora con el trabajo de las bodas, bautizos y comuniones. Eran tiempos de subsistencia. Alfonsito, entregado en los últimos años de su vida a conservar el inmenso legado familiar, muere en 1990.

 

 

Foto: Manuel Azaña en un mitin en 1933 (Alfonso. VEGAP, Huesca 2008). La foto está extraída del libro "Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y  la sublevación de Jaca. 1923-1936".

08/04/2008 10:08 Autor: juangavasa. #. Tema: Personajes Hay 3 comentarios.

09/04/2008

Cerler

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Cerler ya estaba antes de que llegara la estación de esquí en 1970. En los libros de historia apenas se localizan referencias y los viajeros decimonónicos parece que nunca se interesaron por su existencia, pero el origen de esta pequeña aldea está documentado en el siglo IX. Ahora Cerler sólo es el nombre de uno de los centros invernales más pujantes del estado, pero en medio de un urbanismo estereotipado sobrevive el núcleo histórico, apiñado y protegido de los golpes de aire del desarrollo.

La imagen de Cerler se ha ido moldeando en las últimas décadas a base de tópicos y lugares comunes que, de tanto usarse, han acabado transformándose en un trasunto de su historia real. Las duras rampas del mítico Ampriú que hay que ascender para alcanzar el pueblo han sido escenario tradicional de la épica ciclista nacional. Todavía son muchos los que se sorprenden al descubrir que junto a la estación de esquí hay un pequeño núcleo de casas ajeno a las nuevas urbanizaciones. Y tan eterno como intrascendente será el debate sobre si Cerler es el pueblo más alto del Pirineo o el honor lo tiene que discutir con la cercana Villarrué.

“La verdad es que Cerler casi se ha tenido que reinventar a sí mismo y escribir una nueva historia. Poco se sabe del pueblo porque en la Guerra Civil todos los archivos fueron destruidos y casi toda nuestra historia se fue con ellos” apunta Luis Cornell, concejal pedáneo de Cerler (el núcleo pertenece al ayuntamiento de Benasque), y propietario de Casa Cornell, probablemente el edificio más antiguo y de mayor valor arquitectónico que se conserva en el pueblo.

La antigua residencia de Pedro Cornell, Obispo de Tarazona en el siglo XV, es hoy un coqueto hotel que conserva la casa-patio como ejemplo casi paradigmático de planta baja protegida por un pórtico abierto al patio descubierto del interior. Los Cornell son una estirpe de tradición centenaria en el valle. Hidalgos, curas, militares e incluso un ministro jalonan el árbol genealógico de una de las familias más influyentes de la zona.

“Su importancia se extendía al otro lado del Pirineo –señala el arqueólogo José Luis Ona-. Está documentado que durante siglos los grandiosos rebaños de la familia, compuestos por cerca de cuatro mil ovejas, cruzaban los puertos a más de 2.400 metros de altitud y pastaban en la vertiente norte en Luchon, a diferencia del resto de ganaderías que bajaban en invierno al llano. Se sabe que uno de los Cornell pleiteó incluso con la Orden de Malta francesa en los tribunales parisinos por los derechos de uso de los pastos”.

La anécdota histórica pone de relieve el peso económico que tuvo Cerler en su entorno durante varios siglos, aunque como reconoce Ona, “ha sido siempre una aldea de Benasque y siempre estuvo a la sombra de ésta, por eso su arquitectura es sencilla y austera”. El caso es que el casco urbano se erige casi intacto en contraste con las urbanizaciones de dudoso gusto que se levantaron al noreste en la década de los 70 del pasado siglo al calor de la estación de esquí.

Las normas urbanísticas llegaron a tiempo para proteger el pasado y aislarlo de las veleidades arquitectónicas posteriores. Casa Betrán, Santa Maria, Pepe, Casalero, Antondos, Barbero, Marta y Caballé componen el itinerario obligado que repasa la austeridad formal de la arquitectura popular de la zona. Una ortodoxia de piedra, forja, madera y pizarra que se repite de forma invariable por sus calles.

La del Obispo es la principal, atraviesa el pueblo desde la entrada hasta la plaza Mayor y recibe como afluentes otras vías menores de factura impecable: La Fuente, Fuendemuro, Camino Benasque... Y es que hasta que llegaron los remontes a Cerler, el único acceso al pueblo era un camino de herradura que costaba transitar casi una hora y que partía desde el puesto de la Cruz Roja de Benasque. Merece la pena echarle un vistazo ahora y convenir que treinta años no son nada.

Eugenio Saura sabe bien lo que es el aislamiento. Durante muchos años se dedicó a la cría de mulas como otros muchos del pueblo. De hecho,  Cerler tenía fama de ser el lugar donde mejor se domaba la cabaña mular. “Las domábamos durante tres o cuatro años y luego las vendíamos en las ferias de Barbastro y Graus. Íbamos andando durante tres días en pleno diciembre, era tremendo”.

Las cosas han cambiado tanto que la narración de Eugenio parece inmersa en plena edad media. Hoy el perfecto empredrado de las calles de Cerler sólo sostiene el paso de los turistas y las furgonetas de las empresas de construcción. En el valle se han creado decenas y no llegan a todos los tajos que les demandan. Las antiguas casas y los edificios agropecuarios han mudado sus usos añejos y se reinventan como hoteles, viviendas de turismo rural y restaurantes. En Cerler hay una oferta gastronómica envidiable.

José Solana, de 85 años, es un buen ejemplo. Ha convertido la soberbia casa familiar en un alojamiento turístico con vistas privilegiadas a todo el valle en plena plaza Mayor, frente a la iglesia. “todos hemos tenido que adaptarnos. Las cosas cambiaron muchísimo cuando llegó la estación y ahora está claro que el turismo es nuestra economía”. Sólo casa Paulo y Casa Poca tienen vacas y en casa Caballé y Batista todavía conservan pequeños rebaños de ovejas. Son los últimos de una larga tradición ganadera en vías de extinción. Cerler ya es sólo nieve.

El pueblo Estación

La historia de Cerler está inevitablemente unida a la estación de esquí creada en 1970. Hasta entonces el pequeño pueblo encaramado sobre Benasque no era más que un conjunto de casas apiñadas de difícil acceso e improbable futuro. Situado a 1540 metros de altitud, el núcleo se forjó en una economía de subsistencia  expresada tanto en su arquitectura como en su proyección exterior. A mediados del pasado siglo explotó una cercana mina de pirita que no fue capaz de alterar el retroceso demográfico.

            Tras la crisis de los años 80, la entrada de la sociedad mixta ARAMON en el accionariado de la estación de esquí ha provocado un renacimiento del centro invernal y de las expectativas de desarrollo de todo el valle. En la última década Cerler ha visto duplicada su población estable hasta alcanzar los 300 habitantes, un fenómeno que rompe la tendencia general del resto del Pirineo. Hace 8 años reabrió su escuela después de décadas de silencio y este curso tiene dos aulas de infantil y primaria. 

Este reportaje publicado en el número 55 de la revista El Mundo de los Pirineos recibió el primer premio de registros periodísticos del Certamen Literario "Villa de Benasque" fallado el pasado sábado.

09/04/2008 14:15 Autor: juangavasa. #. Hay 2 comentarios.

11/04/2008

Jornadas Republicanas en Huesca

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Sábado día 12:

11h Ofrenda floral en las trincheras de Tierz.

Intervendrá Michel Latre, vicepresidente de la MER

                                                                                 

12h Homenaje en el local social de Tierz a los combatientes del POUM y

CNT. Intervendrán los historiadores Raúl Mateo, por CNT, y Andy Durgan por la Fundación “Andreu Nin”

 

14h Comida en el Hotel Esperanza

 

19h DPH. Homenaje a Martín Arnal, combatiente cenetista.

Actuará como mantenedor el historiador José. Mª Azpiroz

 

Domingo día 13:

10h Visita a la Sierra de Alcubierre y ofrenda a los combatientes

 

12h Homenaje en Tardienta a la Columna “Carlos Marx” con proyección de fotografías en el local municipal. Intervendrán Ernesto Baringo, socialista, y José Mª Ballestín secretario del PCE-PCA

 

14h Comida de “trinchera” en el aeródromo de Tardienta

 

Lunes día 14:  

16.30h Visita a las tumbas de los Mártires de la II República en el Cementerio Municipal.

Ofrendas musicales, florales y poéticas.

 

20h Conferencia “La II República: historia y recuerdo”:

Julián Casanova, catedrático de la Universidad de Zaragoza.

 

22h Tradicional cena popular en el Camping San Jorge de Huesca

 

Martes día 15:

20h Conferencia “Las misiones pedagógicas en los tiempos de la gran

ilusión”: Víctor Juan, director del Museo Pedagógico de Aragón.

Proyección del documental de Gonzalo Tapia:“Las misiones pedagógicas”

 

Miércoles día 16:

20h Conferencia “La revista Talión y el germen de la II República en Huesca”:

José Domingo Dueñas coordinador del Centro de Estudios Senderianos.

 

Jueves día 17: 

20h Proyección de la película de 1932: “La Proclamación de la II República.

Cómo nació la República Española”: presentará Manuel Benito     

                               

Viernes día 18:

20h Presentación del libro “Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la sublevación de Jaca. 1923-1936” Juan José Oña (Pirineum Editorial)

 

Las conferencias tendrán lugar a las 20.00 horas en el Salón de Actos de la Diputación Provincial de Huesca. Durante las jornadas podrá visitarse en la Sala Saura de la DPH en horario de 18 a 21 horas la exposición itinerante de la Fundación Anselmo Lorenzo de carteles y fotografías sobre la Guerra Civil.

 

11/04/2008 08:30 Autor: juangavasa. #. Hay 1 comentario.

13/04/2008

Arquitectos

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He rescatado este artículo del Babelia de ayer. Una luminosa reflexión de W. Curtis sobre la arquitectura actual y su discrepancia entre funcionalidad y estética fatua. En estos momentos en España se vive una alocada fiebre política por plantar en cada ciudad y en cada pueblo eso que se ha venido en llamar "edificio emblemático" o "icono arquitectónico". Epígonos del "efecto Guggenheim" de Bilbao que han provocado que no haya otro país en el mundo en el que proyecten al mismo tiempo tantos premios Pritzker como aquí. ¿Ambición, originalidad, vanguardia, progreso... o simplemente actitudes de nuevos ricos?

 La arquitectura en la actualidad corre el peligro de degenerar en un juego que se desarrolla con formas excesivamente complicadas e imágenes generadas por ordenador, cuando diseñadores y clientes atraen la atención sobre sí mismos con los llamados edificios "icónicos". Todo se hace para conseguir un efecto rápido y seducir a los políticos e inversores con gestos sensacionalistas en sintonía con la economía de la mercadotecnia, con la privatización, con los intereses fugaces del capitalismo global y con la "sociedad del espectáculo". Como es habitual, la arquitectura también se emplea para ocultar e idealizar las maniobras y maquinaciones del poder político y financiero. Pero los grandiosos proyectos resultantes a veces no funcionan adecuadamente, chocan con su contexto y cuestan una fortuna en mantenimiento. Ahora tenemos el juego "icónico" en el que promotores y arquitectos intentan argüir que sus proyectos sobredimensionados aportan "identidad" a esta o aquella ciudad, una afirmación absurda cuando se trata de lugares centenarios.

El lenguaje de los gabinetes estratégicos se usa para comunicarnos que ahora la arquitectura es una "marca" para vender una cosa u otra en el mercado global: todo, vino, arte, moda o propaganda de dictaduras. En este ambiente de promoción sorprende poco que se haga tanto hincapié en la imagen seductora y virtual a costa de la realidad construida. Muchas operaciones de construcción a gran escala no son más que paquetes de inversión internacional. Aportan pocos indicios de preocupación social o local, aunque esté de moda limitarse a unos pocos molinos de viento para demostrar que se piensa en el medio ambiente. Como las imágenes efímeras que titilan en la pantalla de un ordenador, el proyecto arquitectónico corre el riesgo de verse reducido al nivel de las superficies y los efectos fugaces.

El llamado "efecto Bilbao" ha sido una bendición de doble filo para la arquitectura. Los alcaldes están ahora sometidos a la ilusión ingenua de que sus ciudades sólo tienen que construir grandes proyectos de manos de arquitectos estrella para garantizar el "prestigio". Lamentablemente, en lugar de producir edificios funcionales, sólidos y bellos, varios miembros del star system, algunos de ellos ganadores del Premio Pritzker (al que absurdamente se hace referencia como el Nobel de la arquitectura) generan diseños arbitrarios y ostentosos sin sustancia perdurable: una arquitectura de gestos vacíos y formas complicadas en exceso que no entrañan un verdadero significado.

El mismo Pritzker se usa como una "marca" que supuestamente garantiza superioridad, pero esto sucede en el mismo momento en que la cantidad se impone a la calidad. La arquitectura contemporánea sufre de una hiperinflación que combina una deliberación precipitada del diseño, estudios excesivamente grandes y una producción de vía rápida. Hay un riesgo real de que los arquitectos produzcan caricaturas de su propio trabajo en el "mercado". En este sistema, la arquitectura pierde el alma y se vulgariza como una forma de publicidad. ¿Necesitamos de verdad más museos como parques temáticos, aeropuertos faraónicos que no funcionan o rascacielos con formas vagamente fálicas? La arquitectura tiene objetivos más serios que perseguir, ya que debe servir a la sociedad y a la cultura a largo plazo, contribuyendo de manera positiva tanto a la ciudad como a la naturaleza. -

© William J. R. Curtis, 2008. Traducción de News Clips. William J. R. Curtis (Birchington, Reino Unido, 1948) es autor de La arquitectura moderna desde 1900 (Phaidon).

13/04/2008 12:34 Autor: juangavasa. #. No hay comentarios. Comentar.

Republicanos

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El 14 de abril de 1931 España fue una fiesta. Lo sabemos por las fotos de Alfonso en Madrid, por las de Martín Chivite en Zaragoza, las de Centelles en Barcelona, las de De las Heras en Jaca… la primavera republicana iluminó a los españoles de esperanza y anhelos de regeneración y justicia. Si alguna vez este país se levantó unido por un entusiasmo colectivo, si la República fue alguna vez feliz e hizo feliz, lo fue aquella tarde del 14 de abril de 1931, cuando Alfonso XIII abandonó España y el gobierno provisional republicano asumió el poder.

            De un tiempo a esta parte se han multiplicado exponencialmente los Círculos Republicanos por todo el país. Es una buena noticia. El pudor conminatorio de la Transición y cierta amnesia provocada por un inconsciente y perdurable sentimiento de culpabilidad habían reducido el republicanismo español al ámbito íntimo y al universo de la izquierda desacomplejada.

            Han tenido que pasar tres décadas desde la muerte del dictador para que en este país se pueda hablar y vindicar la República sin la compañía habitual de un halo autoinculpatorio y furtivo. Si como decía Azaña la “República o es democrática o no lo es”, sigue siendo un misterio el perverso mecanismo de la mente humana que bloqueaba hasta no hace mucho la legítima defensa de esta tautología. La quiebra que ocasionó el franquismo en la cultura democrática de este país es posiblemente la principal razón de esta sinrazón. Y esos espesos y pegajosos polvos nos han dejados unos lodos que no  logramos quitarnos ni con agua hirviendo.

            Ahora se ha hecho habitual que los que nos sentimos republicanos reunamos nuestra fe en torno a una mesa y un mantel una vez al año. Sin duda, el republicanismo español todavía se conforma con muy poco, consecuencia a mi entender de un lacerante complejo de inferioridad que es necesario enterrar definitivamente para aspirar a una tercera república. Lo que comenzó siendo una vía de oxigenación democrática y la recuperación de un orgullo maldito, ha derivado en una impostada retórica de formas y gestos. Como escribió con malévola puntería cierto escritor, han proliferado en los últimos años los republicanos de mesa y mantel, que se visten con la tricolor una vez al año, gritan “salud y república”, se cagan en los borbones y en los curas y berrean el Himno de Riego en su popular versión anticlerical. El ardor republicano dura lo que dura la cena.

            Al día siguiente muchos de ellos vuelven a sus reuniones de cofradías, llevan a sus hijos a colegios católicos, explotan a los trabajadores inmigrantes, practican la xenofobia, cuestionan el exceso de libertad de la democracia, maldicen a catalanes y vascos, y matizan que no son monárquicos, que son “juancarlistas”. Algunos también se embarran en ese insólito placer de las conjuras políticas y cortesanas, tan propio de partitocracias y políticos de medio pelo.

            En una conferencia sobre la educación para la ciudadanía, José Miguel Sebastián se veía en la obligación de recordar que “la ciudadanía republicana es la disposición del ciudadano a comprometerse con la cosa pública” y que la democracia “no se limita a que los ciudadanos elijan a sus representantes cada cuatro años”. El republicanismo democrático incide, para Sebastián, en la búsqueda de fórmulas de democracia deliberativa “que permitan al ciudadano ser algo más que un mero elector, incentivando su participación en los asuntos públicos e introduciendo mayores exigencias de responsabilidad, transparencia y rendición de cuentas”.

            Tengo la fundada sospecha de que en España ese concepto cívico de naturaleza republicana es inexistente. Es lo que el filósofo Philip Pettit definía en su conocido libro “Republicansimo. Una teoría sobre la libertad y el gobierno”, como la necesidad de “repensar las instituciones democráticas, desplazando la noción de consentimiento a favor de la disputabilidad”. Creo que hay una importante mayoría de ciudadanos que se encuentra más cómoda en su condición de súbditos usufructuarios del sistema de libertades.

            La asistencia a estas comidas me ha hecho llegar a otra conclusión igual de lamentable: la República es un concepto que se guarda en formol como la iglesia guarda los restos de un santo en una urna. Los expone una vez al año para agitar la fe de los fieles y alimentar el dogma. No conviene abrir debates porque se corre el riesgo de cuestionar la infabilidad. Estoy cansando y aburrido de que el aniversario de la República sólo se utilice para recordar la memoria de los fusilados en la Guerra Civil, llorar el drama del franquismo y denunciar los estragos de la represión. Todo este trabajo de historiadores e investigadores es fundamental, no hay duda, para recomponer la dignidad de este país y hacer justicia con los que no la tuvieron durante 40 años. Pero es llamativo que en el empeño del desagravio se caiga en el tremendo error de ratificar las tesis de la historiografía franquista de presentar la Guerra Civil y los cuarenta años de dictadura como la consecuencia directa del caos republicano, en una sucesión histórica indisoluble.

            Albergo la impresión de que algunos de los que promueven estas conferencias, mesas redondas y seminarios en el marco de la efemérides republicana no tienen el más mínimo interés de entablar debates actuales y pragmáticos sobre la vigencia y sentido del discurso republicano en los albores del siglo XXI. Y no lo tienen porque más de uno se vería retratado. Resulta muy placentero reivindicar la memoria de la Segunda República pero muy comprometedor trabajar por la Tercera en la búsqueda de la virtud cívica o, lo que es lo mismo, una ciudadanía que se autogobierne en lo público y en lo privado, en palabras de José Miguel Sebastián. Añoramos la nostalgia de lo que nos hubiera gustado ser pero sabemos complacidos que nunca nos veremos en la obligación de serlo.

            Aquél lejano 14 de abril de 1931 millones de españoles se echaron a las calles convencidos de que la nueva República iba a traer por fin el impulso necesario para regenerar, modernizar y culturizar el país. El golpe de estado de la cuadrilla de militares africanistas frenó ese ímpetu; pero a mi me gustaría que cada 14 de abril se reviviera de verdad el fervor republicano, que cada acto fuera una fiesta reivindicativa y no un coro de plañideras con la tricolor en la cabeza.

13/04/2008 15:23 Autor: juangavasa. #. Tema: El signo de los tiempos Hay 2 comentarios.

15/04/2008

Ignacio Ara

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A Antón Castro, que me descubrió al "catedrático del boxeo", de Sigüés.

 

Ignacio Ara está considerado uno de los mejores boxeadores españoles de todos los tiempos. Fue Campeón de Europa de los pesos medios en el lejano 1932. Ningún otro púgil español de su categoría lo ha vuelto a lograr. Le llamaban el “catedrático del boxeo” por su elegancia y su prodigiosa rapidez de movimientos. A Ignacio el apellido le delataba. Era aragonés, de Sigüés. Allí nació en 1909. El universo del boxeo tiene encumbrado a Ignacio Ara como una figura estelar de su particular historia. Lo tiene desde que protagonizó en la década de los años 30 del pasado siglo algunos de los duelos más feroces y violentos que se recuerdan con el francés Marcel Thil, al que nunca pudo vencer y al que tampoco nunca le pudo arrebatar la corona de Campeón del Mundo, que logró en 11 ocasiones. La última vez que lo intentó fue en mayo de 1935 en un memorable combate celebrado en la plaza de toros de Madrid.

            Ara era el hombre del momento, sólo él podía convocar a 30.000 personas para presenciar un duelo que olía a revancha y orgullo herido por los cuatro costados. Ya se habían enfrentado por primera vez en 1933 en París: los cronistas aseguran que había ganado el aragonés pero los jueces decidieron lo contrario. Dicen que aquel choque fue brutal, se repartieron mamporros sin freno y los dos salieron malparados.

            Un año y medio después tuvo lugar la revancha también en la capital francesa pero Ara midió mal sus fuerzas. El francés, un tipo rocoso y experimentado, le propinó una soberana paliza que le dejó maltrecho. No tuvo opción en ningún momento. El de Sigüés no escarmentó y retó a Thil a un nuevo combate, el de la madrileña plaza de toros.

            La historia se repitió, pero el guión fue bien diferente al de ocasiones anteriores. Ara perdió nuevamente pero su formidable actuación le permitió mantener intacto su prestigio y, sobre todo, su dignidad. El semanal AS lo resumió perfectamente: “Ignacio Ara vencido, pero no derrotado, por Marcel Thil, Campeón del Mundo del peso medio”. La crónica de aquel combate se enmarca en la galería de excelencias literarias de la prensa deportiva de la época.

            El popular semanario le dedicó al duelo la portada de su número del 3 de junio de 1935. La imagen resume lo que fue la pelea; un rudo e imperturbable Thil castiga sin compasión al boxeador aragonés, que apenas puede mantenerse en pie. Sus músculos tensionados y el pelo desbaratado hablan por si solos. En el interior de la revista la crónica se extiende en detalles de lo que fue un verdadero acontecimiento nacional. Era la primera vez que la capital española albergaba un Campeonato del Mundo y uno de los aspirantes era aragonés, de Sigüés.

            De Ara decía Angelo, el cronista deportivo de AS, que era “bien proporcionado, limpio, fino y elegante, aunque parece también más frágil que su rival. Sin saber sus características, sin conocer sus estilos, bastaría verlos bajo la luz de los reflectores formando el grupo con el árbitro rubicundo y serio, ante la batería de fotógrafos, para pronosticar exactamente qué clase de combate va a hacer cada uno”.

            No se equivocaba; el combate transitó por esos derroteros. “Ignacio Ara, indiscutiblemente más boxeador que su rival, en el sentido de que el boxeo es algo más que un ejercicio de pura y bruta fuerza, domina francamente a lo largo de los primeros asaltos. Brilla su estilo variado y magnífico frente a la torpeza maciza de su adversario, que se empequeñece en la comparación, encorvándose, replegándose, hundiendo su cabezota en el pecho”.

            En palabras de Angelo, el especialista en boxeo del AS, “Ignacio Ara es el matador inteligente y fino; Thil es el toro robusto y poderoso que embiste”. Mal asunto si las fuerzas del aragonés se agotaban antes de tiempo, como así fue. “¿qué valen las embestidas desprovistas de belleza, constantes pero lentas, ante la elegancia de los pases del matador?”, se preguntaba el periodista. Thil no es un toro de sangre sino de granito y todo ese despliegue de golpes que realiza Ara choca contra un muro que parece recibirlos casi sin inmutarse.

            Las 30.000 almas que abarrotan la plaza de toros gritan “Ara, Ara, Ara”, es un coro ensordecedor asegura el periodista, que pretende empujar al jacetano a una victoria que se hace cada vez más incierta. El francés digiere las embestidas de su rival y comienza en el último tercio una ofensiva salvaje que le llevará al triunfo final. “Aunque Ara rehuía el cuerpo a cuerpo, no podía evitar el abrazo de oso de su rival, que le golpeaba en los costados. Marcel Thil sabía bien que en ello estaba su fuerza”. El desenlace está cerca y Angelo describe unos minutos angustiosos que parecen horas: “Los golpes del francés han llegado con toda su fuerza a su rostro y han tenido una repercusión en el cerebro, exactamente en el momento en que las piernas empiezan a flaquearle. Embadurnado en sangre, atontado por los golpes, no pierde la claridad de su juicio; sabe lo que puede pasarle y lo evita”.

            En el decimotercer asalto el árbitro declara vencedor al francés en medio de la bronca general. Pero no hay duda; Thil renueva su título mundial con toda justicia. El periodista, con arrobo patriótico, asegura que “el estilo de Ara, su boxeo claro y brillante, su valentía y su corazón han valido más que toda la resistencia, toda la labor de basto obrero del “ring” del Campeón del Mundo”.  En el cenit de su carrera, Ignacio Ara salió del envite magullado pero con el orgullo alimentado por una afición que lo veneraba. Sin embargo, nunca más volvería a aspirar a grandes empresas. Sus sueños de gloria se quebraron en aquella velada madrileña con 30.000 enfervorizados aficionados como testigos del inicio del largo y lento declive. En 1968, ya retirado, confesaba en una entrevista concedida al prestigioso periodista deportivo Pedro Escamilla, que “no llegué, como me exigía mi hombría, a campeón del mundo del peso medio. Una vez porque me robaron, otras, porque me vencieron”.

 

La historia de un montañés

Ignacio Ara nació en abril de 1909 en Sigüés, donde apenas permaneció unos meses porque sus padres emigraron a Mauleón, al otro lado de los Pirineos. No era el viaje de las golondrinas, que cruzaban la cordillera con la caída de la hoja para regresar en la primavera. Era un viaje definitivo, sin retorno. Las prósperas fábricas de alpargatas de la localidad francesa eran el destino de un exilio económico español que huía de la miseria diaria. El padre de Ignacio, Mariano Ara, comenzó a trabajar en una de esas fábricas y alcanzó el puesto de encargado. Vicenta, la madre, se empeñó en la educación del hijo. Fueron seis años de intensas vivencias en una casita llamada “Chalet Vicenta”. Ignacio creció hablando castellano y francés.

En 1916 la familia decide regresar a España y se instala en Jaca, donde uno de los abuelos regentaba una talabartería. La amenaza alemana en la primera Guerra Mundial convence a los Ara de la necesidad de desandar el camino y buscar espacios más seguros. Jaca lo es. Fue una decisión temporal, condicionada por los acontecimientos internacionales, pero en la mente de Mariano Ara no se borra la idea de regresar a Francia tan pronto como finalice la guerra.

Instalados de nuevo en “Chalet Vicenta” los Ara retoman la normalidad. Ignacio estudia en un colegio de frailes, donde el padre Abadie le inculca el amor por el deporte, por cualquiera de ellos sin distinción. Son tiempos en los que el ciclismo genera pasiones en Francia. El Tour en esas fechas ya se ha consolidado como uno de los grandes acontecimientos deportivos mundiales. Pero el pequeño de los Ara se va arrastrando por otros derroteros. En las habituales trifulcas con compañeros de clase descubre la fuerza de sus puños y su marcado instinto de supervivencia.

 Es un tipo de profundos contrastes. Cultiva al mismo tiempo un perfil duro y agresivo con otro inquieto y sosegado. Le anuncia a su padre que quiere ser cocinero y viaja a Paris para trabajar como pinche en el Hotel Point-Neufe. En realidad, es una salida de urgencia ante la rotunda negativa de su padre a que se dedique a la pelota-mano, su verdadera pasión. En París, sin el ojo escrutador de su padre, encuentra tiempo para jugar en un frontón cercano junto a un joven que pronto haría historia, Paulino Uzcudun, un exleñador que acabaría siendo leyenda del boxeo y varias veces aspirante a la corona universal de los pesados ante Joe Louis y Max Schmelling.

Junto a ellos también está otro vasco de oro, Isidoro Gaztañaga. Los tres entrenan casi a diario en el gimnasio Anastesie, donde Ignacio Ara va comprobando poco a poco que lo que realmente le produce fascinación es el boxeo. El escritor y periodista Antón Castro, profundo conocedor de la vida de Ara, cuenta que en ese gimnasio el de Sigüés “se quedaba entusiasmado con un tipo llamado Molina, era un auténtico bailarín de claqué que soltaba las manos con la velocidad del rayo”.

El destino de Ignacio Ara está marcado. En 1925 acompaña a su amigo Gaztañaga a San Sebastián y casi por azar se planta encima de un cuadrilátero ante el italiano Ambrosoni; le bastó un asalto para dejarle KO. De este episodio es probable que surja también el error divulgado en los últimos tiempos por el Archivo Auñamendi y alguna enciclopedia de boxeo, sobre el origen donostiarra de Ignacio Ara. 

            Tras aquél primer combate victorioso, el aragonés ganó los 36 siguientes y el campeón español del momento, Ricardo Alis, le evitó para ahorrarse desagradables sorpresas. Tras un desastroso encuentro con sus padres, que no aprobaban la nueva profesión del hijo, Ignacio regresa a París con la obsesión de hacerse rico y ganar el cetro mundial. Peleó en un combate memorable con un tal Valclaund, según indica Antón Castro, y desde ahí dio el salto al Albert Hall de Londres y Nueva York, donde combatió en 1929 con Eddie Bowie. Un comentarista escribió de Ara: “es el boxeador extranjero de mayor combatividad que he visto en mi vida. Su estilo es maravilloso”.

            Pocos días antes de ese viaje a Estados Unidos, Ignacio estuvo en Jaca. Así informó de su estancia El Pirineo Aragonés: “Está en Jaca este simpático y popularísimo paisano nuestro. Bien merecido tiene tal título: nació en Sigues y en Jaca pasó los primeros seis años de su niñez. De nuestra ciudad se acuerda muy gratamente. Por eso, después de repetidos y notables triunfos en sus luchas de boxeador, admirando a inteligentes públicos de populosas capitales extranjeras. Ignacio Ara quiere visitar a Jaca y a Sigues con toda su cordialidad y simpatía. Después, inmediatamente, va a volver a Norte América, donde ha de cumplir contratos de importancia. Bien venido, Ignacio, y venga esa mano, pero sin apretar mucho ¿eh?”

            En 1930 se fue a La Habana, uno de los puntos de ebullición del boxeo mundial. Allí ganó a José de la Paz, Jimmy de Capua y Relámpago Sagüero, uno de los mejores boxeadores cubanos de todos los tiempos. En ese momento ya era uno de los púglies más importantes del mundo. El especialista en boxeo cubano, Melchor Rodríguez, le otorgaba no hace mucho tiempo la categoría de “rutilante estrella mundial”, a la altura de Jack Dempsey o Joe Dundee, al que vapuleó sin compasión en un memorable combate en febrero de 1931.

            Tras hacer las Américas y recién proclamada la II República Ignacio Ara regresó a España y por fin pudo pelear con Ricardo Alis. Le duró unos segundos. Al año siguiente ganó el Campeonato de Europa de los medios ante el austriaco Kar Neubauer, paso inmediato para atacar el cetro mundial que nunca pudo conquistar.

 

La posguerra y el declive

Ara pasó la Guerra Civil en Buenos Aires y cuando acabó volvió para continuar con un desenfrenado carrusel de combates que alcanzaría los 300. Un palmarés inigualable que todavía hoy sigue impresionando. Se retiró en 1947 con 38 años, justo después de coronarse campeón nacional de los pesados. Desde entonces se dedicó a entrenar. Lo hizo en Buenos Aires con Fred Galiana; lo hizo en Salamanca con los olímpicos españoles que iban a competir en México 68, lo hizo con un tal Tony Leblanc, al que enseñó todo lo que tenía que saber sobre el boxeo. Así lo confesaba el actor en una reciente entrevista realizada en el diario ABC, en la que recordaba sus remotos inicios como púgil.  

            Ignacio Ara murió en 1977 en Buenos Aires, la ciudad que se había convertido en su pequeña patria. Nació aragonés, creció francés y murió con la nostalgia porteña. El jacetano está enterrado en el popular cementerio de La Chacarita, junto a Carlos Gardel y otras leyendas del boxeo argentino como Luis Angel Firpo y Ringo Bonavena, el púgil asesinado por la mafia por no aceptar la abyecta orden de tirarse en el quinto round de su último combate. Un clásico del lado oscuro del boxeo. De Ignacio Ara escribieron en Buenos Aires que era “el catedrático de las doce cuerdas, tan querido de la afición argentina”. Ahí descansa, junto a Carlos Gardel.

 

Artículo publicado en el número 219 de la revista Jacetania.

15/04/2008 08:45 Autor: juangavasa. #. Tema: Eminencias Hay 3 comentarios.

17/04/2008

Beijing

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Mi principal temor antes de decidirme a publicar este blog era mi pudor casi patológico y la fundada sospecha de que muy pronto se me acabaría la imaginación y la disciplina para alimentarlo. De momento he de confesar que este ejercicio se ha vuelto en algo adictivo y estimula unos cuantos instintos que creía desaparecidos. El otro gran miedo, este aterrador, era y es el riesgo de acabar opinando de todo en la mejor tradición del contertulio radiofónico español, el taxista “copero” o el bravucón de casino de provincias y barra de bar. Este miedo me va a perseguir siempre así que prefiero hacer esta declaración antes de que la inercia me conduzca por caminos que no deseo transitar. Espero que nunca ocurra.

            Digo esto porque hoy quería escribir de los Juegos Olímpicos de Beijing, las amenazas de boicot y la campaña internacional a favor de la causa tibetana. Para ahorrarme discursos hieráticos diré que estoy absolutamente en contra de cualquier boicot a los Juegos Olímpicos como acontecimiento deportivo. Pero respaldo fervientemente que sean utilizados como altavoz de injusticias humanas tan flagrantes como las que sufre el Tibet. Si los Juegos Olímpicos vienen siendo utilizados por todos los gobernantes -desde Hitler en 1936- para mostrar al mundo sus logros políticos, no hay razón para considerar una manipulación que algunas minorías se aprovechen de ellos para denunciar su sufrimiento.

            Es irritante escuchar estos días a los responsables del Comité Olímpico Internacional y al propio gobierno chino en sus escasas y lacónicas intervenciones. ¿qué esperaban? ¿nunca midió el COI las consecuencias de su polémica decisión? ¿Acaso confiaban en que la grandeza de los Juegos Olímpicos iba a disipar cualquier atisbo de rebelión social? Si hay un culpable de esta situación es, sin duda, el COI, que fue el primero que se dejó seducir por la política para elegir a Beijing, como hizo con Londres para los Juegos de 2012 en detrimento de París, y con Sochi para los de invierno de 2014 pese al sentido común que recomendaba la elección de Pyongyang.

            Hace mucho tiempo, probablemente desde que Juan Antonio Samaranch accedió a la presidencia del COI, que el deporte cedió terreno a la política y el dinero para construir el nuevo “movimiento olímpico”. A estas alturas a nadie puede engañar Jacques Rogge cuando dice que no se puede mezclar política con deporte. No lo puede decir el presidente del organismo que mejor ha sabido interpretar el pensamiento de Clausewitz y adaptarlo a su trinchera: el deporte es una extensión de la política.

            Beijing fue elegida sede de los Juegos Olímpicos del 2008 porque es la capital de un país habitado por más de 1.000 millones de personas; es decir, 1.000 millones de consumidores que ven televisión y compran. El tinglado olímpico se sostiene gracias a los derechos televisivos que pagan las cadenas norteamericanas y a un “Top Ten” de patrocinadores que son los que aportan el dinero y explotan la prestigiosa marca de los cinco aros. En ese grupo de “partners” hay alguna conocidísima marca de ropa deportiva que tiene fábricas en China y que se nutre de mano de obra barata, por no decir esclava. El círculo de intereses es redondo y cerrado como la luna llena. No hay fisuras en el negocio. Que la China que no respeta los derechos humanos y ejerce una férrea y abyecta dictadura fuera sede del mayor acontecimiento universal era cuestión de tiempo.

            Por razones profesionales tuve la ocasión de participar en la Asamblea General de los Comités Olímpicos Europeos que se celebró el pasado mes de noviembre en Valencia. En esa reunión anual intervienen las ciudades que van a organizar los Juegos Olímpicos para presentar su Informe de Progreso, un documento en el que explican cómo llevan la preparación del evento. En Valencia el Comité Organizador de Beijing tenía su última comparecencia antes de los Juegos y por lo tanto los asamblearios preguntaban cosas muy concretas: qué pasa con el tráfico de la ciudad, qué se va a hacer con la contaminación, qué ocurre con la limitación de acreditaciones para los periodistas, por qué se demoran las inscripciones de deportistas, por qué la burocracia está retrasando tanto unos procesos habitualmente más fluidos… a nada de esto respondieron los delegados de Beijing. Lo único que salía de sus labios era una salmodia resumida en una frase: “lo solucionaremos”. Nadie exigió a los chinos mayor rigor en su información, nadie se escandalizó.

            El periodista oscense Antonio Broto, corresponsal de la Agencia EFE en China, afirma en su blog ChinaChano que el boicot a los Juegos es un error porque “despertará a la bestia. China no se volverá más buena sino que se encerrará en sí misma al considerarse insultada por la comunidad internacional”. No hacerlo entra dentro del mismo juego político que justificó su concesión; es necesario complacer al gigante porque nos interesa a todos. El corresponsal de Asuntos Mundiales de la BBC, Paul Reynolds, escribía recientemente que el canciller británico David Militan “había declarado que los diplomáticos ya no deben tener miedo de hablar sobre derechos humanos con China para no dañar las relaciones económicas”. No se puede ser más cristalino.

            El columnista de The New York Times, Nicholas D. Kristof recordaba la importancia del valor de los gestos propagandísticos como el de los atletas negros en los Juegos de Mexico 68. Y por eso, al igual que otras asociaciones internaciones, defiende un boicot mediático a Beijing 2008 que no afecte a los deportistas ni a la competición, los únicos protagonistas de esta historia que realmente no pueden sufrir las consecuencias de la desmedida ambición de sus dirigentes.

            La causa del Tibet tiene poderosos defensores que han universalizado su mensaje. Esto es algo que tampoco valoraron los dirigentes chinos. No tengo el conocimiento suficiente para juzgar el problema, aunque objetivamente la invasión del Tibet por parte de China en 1959 es un hecho histórico riguroso. Un amigo, profundo conocedor de la causa tibetana, me decía hace poco que las nuevas generaciones de tibetanos no compartían el discurso pacifista del Dalai Lama y que en un futuro muy cercano el conflicto podría entrar en una dinámica violenta que haría añorar a los dirigentes chinos la situación actual.

            Insisto, no tengo opinión al respecto ni comparto esa visión romántica y edulcorada que se tiene desde occidente del Tibet. Pero tengo claro que en todo esto el problema no son los tibetanos sino la pretensión de impunidad que intentó transmitir el COI el día que eligió a Beijing como sede de los Juegos Olímpicos. China pretende aplicar con el acontecimiento más mediático del mundo las mismas políticas opresoras y oscurantistas que practica en su interior. Y esto, por suerte, hoy en día ya no es posible.

17/04/2008 22:29 Autor: juangavasa. #. Tema: Miscelánea Hay 2 comentarios.

20/04/2008

Presentación en Huesca

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El viernes por la noche presentamos en el salón de actos de la Diputación Provincial de Huesca "Los años convulsos" en el marco de las Jornadas Culturales organizadas por el Círculo Republicano de Huesca. Fue un acto entrañable, reivindicativo y muy participativo. Reproduzco la noticia que publicó ayer el Diario del Alto Aragón (en la foto el autor, Juan José Oña).

HUESCA.- El movimiento de sublevación republicana protagonizada por los capitanes Fermín Galán y Ángel García es el punto de partida que toma el historiador zaragozano Juan José Oña en su último libro, ‘Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la sublevación de Jaca (1923-1936)’, para dar una “nueva visión” sobre este acontecimiento, “con sus antecedentes y con su proyección más inmediata, como fue la segunda República, y la más lejana, la Guerra Civil”, señaló el autor a DIARIO DEL ALTOARAGÓN.

Oña aborda uno de los momentos más agitados de nuestra historia a través de las instantáneas tomadas por el fotógrafo madrileño Alfonso, que vivió en primera persona, como reportero de varios diarios de la época, este periodo. Se han recuperado además “muchas fotografías iné­ditas del fondo de Alfonso”, y se han incluido también imágenes “de la prensa, portadas de libros con un diseño muy avanzado en aquel momento, partituras de música dedicadas a Fermín Galán, e incluso de la película que le dedicaron en 1931”. En total, Oña ha conseguido reu­nir cerca de 500 imágenes con las que quiere dar una visión global a partir de lo local. “Creo que aportamos algo original, y es que no enfocamos directamente a Jaca como se ha hecho hasta ahora, sino que comenzamos con la perspectiva del Gobierno de Madrid”, viendo que es lo que está ocurriendo allí y cómo “se percibe que algo anómalo está sucediendo en Huesca”. Oña recuerda cómo Alfonso retrata con su óptica estos acontecimientos apenas un día después, el 13 de diciembre, cuando se dirigía a Jaca. Entonces, “a su paso por Huesca, es cuando se da el enfrentamiento entre los sublevados de Jaca y las tropas leales al Gobierno en la Loma de Cillas. Él refleja las vicisitudes de este último bando, mientras que su hijo Alfonso, en Madrid, inmortaliza lo que está sucediendo con otro movimiento, conexo al de Jaca, que es el de Cuatro Vientos, logrando además una de las mejores fotografías de la historia, que es cuando el avión de Ramón Franco intenta bombardear el Palacio del Rey”.

Sus fotografías, prosiguió Juan José Oña, “reflejan la Huesca y la Jaca de entonces”, pero también otro de los lugares que “casi nadie recuerda”, y que tuvieron gran importancia, como por ejemplo, Ayerbe, “que es donde se rinde Fermín Galán, allí llegan las tropas gubernamentales y se fija la rendición. Ayerbe es un testimonio fundamental e importantísmo”. Fotografías de gran valor estético e histórico que Oña recoge en este libro, publicado por la editorial Pirineum, y cuya presentación ayer sirvió para cerrar las Segundas Jornadas Culturales Republicanas que se han celebrado en Huesca. Hoy se celebrará una nueva presentación, a las 19.30 horas, en la Casa de la Cultura María Moliner de Jaca.

Vanessa GODIA

20/04/2008 21:49 Autor: juangavasa. #. No hay comentarios. Comentar.

A vueltas con los símbolos religiosos

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Reproduzco el artículo que publicaba en la edición de ayer de El País el historiador zaragozano Julián Casanova. Clarificador como siempre.

La Iglesia católica y el Estado español estuvieron atados durante mucho tiempo de nuestra historia contemporánea por estrechos lazos ceremoniales y el legado que de ello queda es todavía considerable. Se suele atribuir esa herencia a la larga época de privilegios institucionales que la Iglesia tuvo durante la dictadura de Franco, pero su origen y fundamentos básicos se encuentran en el sistema político de la Restauración borbónica. En realidad, sólo la Segunda República dio una batalla a esa presencia de manifestaciones religiosas en la sociedad civil. Durante el período de gestación de la democracia actual, los políticos no quisieron que ese tema turbase la necesaria estabilidad para llevar a cabo la transición e hicieron a la Iglesia católica importantes concesiones. Y aunque la Iglesia no es, treinta años después, una amenaza real para el régimen constitucional y la sociedad española es ahora mucho más diversa y plural, los símbolos de la religión católica todavía se exponen públicamente en algunas ceremonias políticas.

El artículo 11 de la Constitución de 1876, la de más larga duración de la historia de España, plasmó un reconocimiento explícito del catolicismo como religión oficial del Estado. Entre esa Constitución de 1876 y la proclamación de la Segunda República en abril de 1931, la Restauración borbónica presidió un auténtico renacimiento católico, tras los efectos de las desamortizaciones y de las revoluciones liberales del siglo XIX, y abrió nuevos caminos de poder e influencia social a la Iglesia. Los poderes políticos, con el rey a la cabeza, repartían honores a las instituciones eclesiásticas y los símbolos religiosos penetraron en todas las ceremonias de la administración civil y militar. De los primeros años del siglo XX procede el culto masivo a la Virgen del Pilar y al Corazón de Jesús, dos emblemas de la religiosidad popular española. Fue Alfonso XIII quien mandó erigir en 1919 el majestuoso monumento al Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles. Dos años antes, en 1917, el mismo monarca había declarado el 12 de octubre, día de la Virgen del Pilar, fiesta nacional, símbolo de la "hispanidad" y de la unidad católica.

Con la llegada de la República, se abrió un abismo entre dos mundos culturales antagónicos, el de los católicos practicantes y el de los anticlericales convencidos, y salió también a la luz una enconada lucha, de fuerte carga emocional, por los símbolos religiosos. La Marcha real, que durante la Monarquía se escuchaba en las misas oficiales en el momento de la consagración, pasó a considerarse una de las señas de identidad de la reacción, una provocación, igual que todas las manifestaciones religiosas. La retirada de los crucifijos en las escuelas provocó lloros en muchos pueblos de España. Otros protestaron por la supresión de las procesiones. Así de estrecha era la identificación entre el orden y la religión, la monarquía y la política autoritaria de derechas.

Esa simbiosis entre la religión y la política se consumó con la sublevación militar de julio de 1936 y antes de que la jerarquía de la Iglesia católica convirtiera oficialmente el asalto al poder en cruzada, las ceremonias político-religiosas se extendieron por toda la España controlada por los militares que se habían sublevado contra la República. Especial carga simbólica tuvieron los innumerables actos de "reposición" y "regreso" de los crucifijos a las escuelas en los comienzos de aquel curso escolar de 1936-37. La abolición de la legislación republicana y la reposición de la España tradicional se daban la mano con los niños como testigos. Tras la victoria de las tropas de Franco en abril de 1939, los ritos y las manifestaciones litúrgicas llenaron las calles de pueblos y ciudades. La Iglesia y la religión católica lo inundaron todo: la enseñanza, las costumbres, la administración y los centros de poder.

Cuando murió Franco, el 20 de noviembre de 1975, la Iglesia católica española ya no era el bloque monolítico que había apoyado la Cruzada y la venganza sangrienta de la posguerra. Pero el legado que le quedaba de esa época dorada de privilegios era, no obstante, impresionante en el sistema educativo, en los aparatos de propaganda, en los medios de comunicación y en la presencia de los ritos y símbolos religiosos en las ceremonias públicas.

A la democracia que siguió a la larga dictadura no le resultó fácil deshacer ese legado de fuertes vínculos entre el poder civil y el eclesiástico. Los acuerdos firmados desde 1976 a 1979 entre los primeros gobiernos de la transición, presididos por Adolfo Suárez, y el Vaticano, que tuvieron a la educación y a la protección de las finanzas de la Iglesia como principales focos de conflicto, determinaron el marco jurídico que la Iglesia católica iba a tener dentro del Estado democrático. La democracia y sus órganos de poder dieron a partir de ese momento a la Iglesia un trato exquisito. Nadie puso objeciones a que los ritos de la liturgia católica estuvieran presentes en los actos públicos de las nuevas instituciones democráticas