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Juan Gavasa

Modestia y vanidad

Modestia y vanidad

Macaco es uno de los fenómenos de masas del actual panorama musical español. Él es consciente de que está en la cresta de la ola y que su música es en estos momentos una demanda casi general en cualquier festival. Estuvo en el Rock in Río y arrasó ante cerca de 60.000 personas con unas canciones y un estilo tan reconocibles y especiales que han creado un sello propio, difícilmente imitable. Macaco es Macaco y su personal concepto sonoro es una fórmula de éxito que puede resultar atractivo para los más modernos y para los que añoran los buenos tiempos de la rumba catalana. Él es dedudor de Peret y Gato Pérez, sin duda, pero también de Manu Chao, de Ojos de Brujo y de otros artistas que hace ya muchos años decidieron arrancarse las estiquetas de encima y experimentar con la música, la electrónica y las enormes posibilidades que ofrecía el break beat. Música real con coberturas digitales y samplers que suenan como rasgaduras. Macaco vive un dulce momento que sueñan todos los artistas; es un icóno de los adolescentes y un músico respetado por su colaboración con diversas causas sociales. En la noche del sábado en Graus se pudo comprobar el enorme tirón que tiene entre los más jóvenes con una media de edad que descendió en casi tres décadas respecto a la registrada la noche anterior con Los Secretos. Daniel Carbonell estuvo muy intenso durante todo el concierto, alternando algunas de su canciones más emblemáticas con soflamas en defensa del medio ambiente, la comunicación o la solidaridad. Sin duda el momento álgido de la noche llegó con la interpretación de "Moving", la canción que le ha llevado definitivamente a su consolidación entre el gran público. Macaco y sus conocidos movimientos sobre el escenario absorben la atención de todos. Pero no habría que olvidar la enorme calidad de su grupo, músicos de gran altura que envuelven con eficacia ese producto musical llamado Macaco.

Antes de él abrieron la noche los madrileños Joe Crepúsculo, un interesante proyecto musical que bebe de las torrenciales fuentes de la música española de finales de los 70. Sus canciones recuerdan a Aviador Dro o Kaka de Luxe, pero eso no significa que su propuesta musical sea un simple sucedáneo. Ellos reinterpretan los estilos que definen su música y se permiten versionear clásicos como "Al Alba" de Luis Eduardo Aute, una irreverencia que respeta con pulcritud el espíritu de la simbólica canción. Después de Joe Crepúsculo saltó al ruedo Amparo Sánchez  y no necesitó  ni una canción para demostrar que es una de las voces más  interesantes del panorama nacional. Despojada de las ataduras de Amparanoia, ahora  es ella y sus excelentes músicos, nadie más. Ahora es Amparo y toda su carga  de mestizaje y fusión, que le lleva a transitar por los turbulentos caminos que unen Tucson con La Habana, el nombre de su nuevo disco. Amparo es una profesional de los pies a la cabeza y, por lo tanto, su principal virtud es la modestia y la cercanía. Este año va a recorrer medio mundo con su nuevo album pero sigue siendo la misma Amparo de amplia sonrisa y mirada cercana.

El telón lo bajaron los Rap'susklei con la presentación de las canciones que componen su último disco, "Pandemia". Los zaragozanos son tremendamente solventes en el escenario y conocen a la perfección los inciertos estados de ánimo por los que puede gravitar un auditorio durante un concierto. Eso sólo se puede llegar a conocer con muchas horas sobre el escenario y ellos entendieron que los grausinos querían marcha y poderío. Ellos no defraudaron y fueron el colofón perfecto a tres días de música con "ñ".

Nostalgia y vanguardia

Nostalgia y vanguardia

La primera noche del Ribagorza Pop Festival en el escenario del Centro Recreativo Gradense respondió a las expectativas de la organización. Noche de verano, buena entrada y tres propuestas musicales tan diferentes que permiten entender con claridad cuál es la filosofía de este Festival: valores emergentes del panorama nacional con estrellas consagradas. Esta parte de la programación quedó en manos de Los Secretos, mítica banda madrileña  que acaba de iniciar su nueva gira después de recorrer el país con un tour primaveral en el que recuperaron parte de su repertorio menos conocido. Sin embargo, en Graus la banda que lidera Álvaro Urquijo fue a lo seguro y durante hora y media se dedicó a repasar su inmensa y brillante discografía, compuesta por algunos de los iconos musicales más populares de la música española de las últimas tres décadas. Nostalgia y profesionalidad, una buena mezcla que Los Secretos pusieron en práctica ante un auditorio que sabía lo que quería. Cuando en el repertorio conviven canciones como "Déjame", "Sobre un vidrio mojado" o "La calle del olvido", todas ellas parte de la memoria musical de toda una generación de españoles, dificilmente se puede fracasar.

    Con esa materia prima lo normal es que el público se rinda ante los primeros acordes. Y si además los músicos son buenos profesionales, solventes y eficaces con sus instrumentos, el éxito es una cuestión rutinaria. Y así ocurrió ayer. Los Secretos manejan un catálogo memorable de canciones y Álvaro Urquijo puso ese conocido tóno melancólico en cada interpretación, que las hace inimitables e intemporales. 30 años de historia se pueden resumir de muchas maneras y seguramente una de las más interesantes es a través de la música. La memoria de un país es también la memoria de sus canciones y Los Secretos son responsables de un pedazo fundamental de su banda sonora. Grupo superviviente y tenaz, recuperado una y mil veces de cada golpe de la vida, y en su caso han sido unos cuantos. El recuerdo de Enrique Urquijo sobrevoló inevitablemente el auditorio gradense y cada una de sus canciones fue como un pequeño homenaje de un público, mayoritariamente "cuarentón", que regresó por unos minutos a los felices tiempos de la adolescencia.
   
    Antes de Los Secretos abrió la noche el grupo local El eterno proyecto, interesante banda que transita entre el Indie y el Pop. Los grausinos son un claro ejemplo de la filosofia que impregna la programación del Ribagorza Pop Festival. La apuesta por grupos emergentes de calidad que difícilmente pueden encontrar un hueco en los circuitos habituales. Su programación en la nueva edición del Festival responde a esa idea genérica de apoyar todo lo bueno que está surgiendo en el panorama musical nacional. El eterno proyecto demostró sobre el escenario que tiene tablas y una idea muy precisa del sonido que quiere experimentar. Algo parecido a lo que ocurre con Telephunken, la extraordinaria banda liderada por el zaragozano Ernesto Sánchez. Ellos tienen un recorrido más largo y una trayectoria avalada por cuatro discos y un sonido que ha sido unánimemente elogiado por la crítica musical. Sobre el escenario son un cañón de sonidos y estilos en los que se entrevera el funk, el jazz, el break beat, la música latina o el raggamufin. Una propuesta moderna, atractiva y sofisticada que mejora con el paso de los años. Telephunken forma parte de la élite española de la música electrónica y en cada concierto se muestran más solventes y brillantes. Ayer hicieron un concierto impecable, ideal para una noche de verano y para un público que sólo quería bailar y pasarlo bien. Y en eso Telephunken son auténticos maestros.

Cuando cantar es una caricia

Cuando cantar es una caricia

Ana Fernández tiene una voz que atrapa. Sus registros son tan variados que difícilmente se le puede adscribir a un estilo determinado. Su voz es un instrumento más, un delicado artefacto que ella maneja con una sorprendente mezcla de delicadeza y fortaleza. Sabedora de un privilegio innato, difícilmente moldeable si no existe un valor natural, ella canta como si sostuviera sobre la atmósfera de sus conciertos cada palabra de cada una de sus letras. Su voz acaricia el sonido de la guitarra y transforma sus mensajes en un susurro, en un derroche contenido de talento que ella dosifica sabiendo que en los pequeños suspiros se almacena mejor lo bello. Luego están los jardines del Espacio Pirineos, un rincón que parece inventado precisamente para albergar conciertos como el de la noche del jueves. Difícilmente se puede encontrar un lugar más recógido y magnético. La sonoridad es perfecta y la atmósfera que genera invita a dejarse mecer por la música como si se tratara de canciones de cuna. Cuentan que Baltasar Gracián escribió en ese lugar a mediados del siglo XVI su popular obra "El Criticón". El aragonés era entonces un hombre desengañado de la vida y el cinismo del pesimismo dirigía su prosa. Aquellos muros, otrora convertidos en un encierro para el jesuita aragonés, inspirarían en noches como la del jueves otro verbo y otra visión de la vida, alejada de los conflictos morales que provocaron su caida en desgracia.

Uno de los populares aforismos de Gracián mil veces repetido es el de lo bueno, si es breve, es dos veces bueno. El concierto de La Bien Querida fue breve, apenas duró una hora, y durante este tiempo recorrió buena parte de las canciones que componen su primer disco "Romancero", al que la crítica ha recibido con una unanimidad de elogios. "Rock de Luxe" y "Mondosonoro" coincidieron en considerarlo el mejor disco español de 2009. Y el pasado año estuvo presente en la programación de dos de los festivales más importantes del calendario nacional, el FIB de Benicassim y el Primavera Sound.

El Ribagorza Pop Festival siempre se ha caracterizado por tener un olfato especial para reconocer la calidad de los valores emergentes. A lo largo de sus cinco años de historia ha apostado por formaciones minoritarias que poco después han dado el salto al gran público. Con La Bien Querida el Festival vuelve a acertar de pleno y proyecta la calidad indiscutible de una banda y de una cantante, Ana Fernández, que indiscutiblemente es una de las mejores voces del panorama español.

Massive Attack

A principios de los 90 del pasado siglo el mayor foco de creatividad musical se concentró en Bristol, la ciudad portuaria de la costa oeste de Inglaterra. Los últimos años de los 80 habían estado marcados por la irrupción definitiva del hip hop como género musical mayor, y el nacimiento de numerosas corrientes alternativas y subgéneros que compartían la misma raíz callejera y experimental. La electrónica vivía en permanente revolución y se había despojado de las ataduras conceptuales y técnicas de pioneros como Kraftwer. Definitivamente era otra cosa, el universo se había abierto y para muchos fue como una epifanía, una caída paralela de otros muros de la creación, una caída tan estrepitosa y trascendental como la del muro de Berlin.

            En Bristol comenzó a cocinarse todo. Desde Estados Unidos llegaban con una profusión incontrolable nuevos estilos y experiencias que dejaban en constante evidencia la capacidad de renovación de la música europea. Así había sido desde principios de la década de los 70, cuando la desaparición de los Beatles trasladó definitivamente el pulso de la inspiración y de la experimentación al otro lado del charco. Ahora la música se fraguaba en pequeños estudios de grabación o en la mesa de mezclas de DJs neoyorkinos o de la costa oeste. La discoteca había alcanzado la condición de templo de la creación musical. Y en cierta medida, aunque con una revisión permanente de los decorados de fondo, así ha seguido siendo hasta ahora, cuando el ordenador y los beats han sustituido definitivamente la composición convencional a partir de un grupo de instrumentos.

            En Bristol comenzó la última etapa de esa revolución, la que estableció las bases sobre las que se desarrollaría una forma de hacer música que bien podría calificarse como el arte del reciclaje o, como escribía Boris Vian, el aprovechamiento de “las sobras completas” de unos y de otros. Al fin y al cabo, en Bristol se dignificó el ejercicio del usurpaje como expresión máxima de una manera de crear que reinventaba lo que otros ya habían hecho, o mejor dicho, reutilizaba lo que otros ya habían olvidado en sus roperos. Una suerte de “deconstrucción” de tonos, armonías, ritmos, secuencias y los famosos breakbeats. “Soul crepuscular” le llamaron.

            En Bristol estaba Massive Attack, un grupo que mantenía estructuras formales que no se limitaban al propio hecho creativo. Constituidos como una comunidad o fábrica de ideas, un atelier en el que se horneaba el futuro de la música, se autodenominaban “The Wild Bunch”, marca que nunca llegaron a perder puesto que sus primeros discos aparecieron bajo el sello del mismo nombre. Andrew “Mushroom” Vowles, Grant “Daddy G” Marshal y el artista grafitero 3D fueron la primera formación estable de esa comunidad que en 1990 pasaría a llamarse Massive Attack. A ellos se uniría eventualmente la cantante Shara Nelson, mujer de portentosa voz que tendría después una discreta trayectoria en solitario. En aquellas fechas ya habían grabado algunos temas como “Daydreaming” pero hasta 1991 no tuvieron oportunidad de publicar “Blue line”, el disco más influyente de la década de los 90 y, sin ninguna duda, uno de los mejores de la historia de la música.

            “Blue line” abre la puerta de lo que pronto se universalizaría como trip hop, una variante del hip hop que estaba directamente vinculado con el movimiento musical que se había generado en Bristol, hasta el punto de que muchos lo bautizaron sencillamente como “Bristol Sound”. La creación de ampulosas secuencias atmosféricas a partir de breakbeats reiterados con una velocidad inferior a la habitual, estableció un sello inconfundible que muchos lo compararon con la experiencia de un viaje sonoro. Como un levitar arropado por sonidos que parecen condensados en la atmósfera. Todo ese artilugio se tejía a partir de influencias claramente definidas como el jazz, el soul, el rap y  otros géneros menores como el dub jamaicano.

            En torno a Massive Attack se movía un círculo de creadores cosidos por el mismo patrón, muchos de ellos protagonistas en primera línea de numerosos acontecimientos posteriores en la música de los 90. Tricky y Portishead ya habían colaborado en varios trabajos de “The Wild Bunch” y desarrollaron carreras inevitablemente influenciadas por Massive. Sus vínculos se mantendrían durante mucho tiempo, aunque tuvieron trayectorias independientes con desigual fortuna. “Blue line” fue un fracaso comercial pero logró una unánime e insólita acogida de la crítica, fascinada por la revolución sonora que llegaba desde Bristol. En esa obra maestra de nuestra tiempo sobresalen joyas intemporales como “Safe from harm” y, sobre todo, “Unfinished sympathy”, una monumental canción nacida para trascender de las modas e instalarse en la sala de los clásicos. Shara Nelson alcanza la plenitud como vocalista y probablemente también su cumbre como artista. Veinte años después “Blue line” sigue vigente, su sonido no ha perdido ni un ápice de vanguardia y frescura, fue tan innovador entonces que ahora le sobre fuelle para pasarle por la izquierda y por la derecha a tantas nuevas tendencias que no son más que remedos del pasado.

Massive Attack ha publicado nuevo disco, “Heligoland”. Ellos sufrieron la ingratitud de la genialidad. Su opera prima no admitía segundas partes y no las hubo. Todo lo que vino después tuvo un perfil menor, sin la exuberancia del primero ni su irreverente capacidad de sorpresa. Todo lo que tenían que decir lo dejaron escrito en “Blue line”. Pero aun con todo Massive Attack mantiene un extraño prestigio que no puede justificarse por el resultado global de su trayectoria. Sólo algunos discos y algunas canciones están llamados a ocupar un lugar en nuestros corazones. Pero muy pocos pueden hacer que nos sintamos orgullosos de haber sido contemporáneos de esa obra. Nosotros asistimos al parto de “Blue line”... algún día lo podremos contar.

La mano

La mano

Cuando Garzón logró poner la mano encima a Pinochet, el mundo entero contempló admirado el gesto quijotesco del juez español. En su sorpresivo asalto a la fortaleza de cristal del despreciable dictador chileno acabó también con los muros invisibles del derecho internacional. Ya no habrá refugio para los dictadores y los criminales, se dijo entonces. Al mismo tiempo, las voces más críticas con la actuación del juez pusieron sobre la mesa un reproche moral de ida y vuelta, nada inocente y nada gratuito: “por qué no se dedican los españoles a juzgar a sus propios dictadores y dejan a los demás en paz…”

 

La razón ha tardado en llegar pero se ha presentado sin remilgos, con toda su cruda realidad. En España nuestros dictadores todavía son poderosos. Aquel franquismo sin Franco que aspiraban a conservar los supervivientes del viejo búnker cuando arribara la democracia, fue el principal legado de la transición española. La herencia franquista siempre ha estado visible en estas tres últimas décadas, pero nuestra inocencia democrática nos impidió comprender durante mucho tiempo que la herencia más peligrosa era la que no se veía; la que se escondía en los oscuros e inaccesibles foros de poder, la que se ocultaba en consejos de administración, organizaciones judiciales, familias bancarias, altos funcionarios de la administración y élites políticas.

 

Hemos gastado nuestras energías en reivindicar derechos básicos y fundamentales para nuestra convivencia democrática como la restitución de la dignidad y la memoria de las víctimas del franquismo. Hemos derrochado pasión en la defensa de la Ley de la Memoria Histórica, en la exigencia de acabar con las dos Españas pero sólo después de desagraviar a los que la perdieron en el 36. Hemos convenido que sólo era posible la reconciliación si se pagaba primero la terrible factura de los años de la ignominia. Recordar para nunca olvidar. Olvidar después de recordar.

 

Hemos creído en batallas justas y al final, como siempre en la historia de la civilización, los poderosos han aparecido en el último acto para acabar con cualquier insurgencia, para plantar la bota sobre el pueblo y restaurar el orden que en realidad nunca fue desorden. Todo se controlaba en las bambalinas del poder… la democracia es un juego en manos de quien no cree en ella. Un instrumento de fácil manejo para manipular las apariencias sin que nada cambie en el trasfondo. Lampedusa dijo… La democracia hay que trabajarla cada día, nos decían, porque es más débil de lo que parece.

 

Hace tiempo que sabemos que la democracia es vulnerable. No nos sorprende el desprecio a la que la someten los políticos que públicamente la defienden. El mundo financiero se ha aprovechado en estos años de su laxitud para fortalecer un estado paralelo en el que realmente se deciden las cosas que nos afectan como ciudadanos. Se trata de un estado obtuso y oscuro, ajeno al juego de las mayorías y exento de los juicios populares, que en democracia son las elecciones. Deciden por nosotros pero nosotros nunca podremos decidir si los queremos; están allí.

 

Con el franquismo ha ocurrido lo mismo. Un grupo de abogados de ultra derecha y la misma Falange están a punto de acabar con la carrera judicial de Garzón. Su delito ha sido buscar los culpables del crimen permanente sobre el que se construyó aquella deplorable dictadura. En el mundo no entienden lo que está ocurriendo. En 2010 España vuelve a ser ese gran misterio exótico que atrajo a viajeros románticos durante el XIX, recuperamos nuestra peor versión de la España de “Mano negra”, la de los poderosos que manejaban en la sombra los hilos de un país vencido definitivamente por los estigmas de su pasado de plomo.

 

Prejuicios

Prejuicios

Los prejuicios marcan en buena medida nuestra determinación en la vida. Son una fuerza extraña que al modo freudiano limitan nuestra autonomía y nos impiden ejercer con total libertad nuestro yo. Los prejuicios nacen en la adolescencia, en la necesidad de construir una personalidad que nos refuerce en el ámbito tribal en el que se desenvuelven esos años de zozobra y soberbia. El imperioso sentido de pertenencia al grupo nos exige grandes renuncias, algunas inconscientes y la mayoría insensatas. Los prejuicios hacia el otro, hacia lo desconocido, hacia lo diferente, hacia lo que nos gusta pero no nos conviene… a lo largo de la vida dejamos en forma de goteo constante una retahíla de abandonos y de renuncias. Es una huella imperecedera que adquiere el perfil de nuestra otro yo, aquél al que renunciamos un día por incómodo. Como Dorian Grey, nos miramos en un retrato que en realidad no es otra cosa que un sucedáneo de lo que realmente quisimos ser.

Esos jirones en el camino, esos desechos son la estela de una perversión. Los restos que vamos dejando dicen tanto de nosotros como todo lo que decidimos acumular. He pensado muchas veces en ese gran derribo del alma que son nuestros prejuicios. Estos días he escuchado insistentemente el nuevo CD de Bunbury, “Las consecuencias”. El zaragozano me parece un inspirado letrista que está muy por encima de la media nacional; a veces me supera su engolado y sobreactuado modo de cantar pero entiendo que forma parte de su perfil artístico y de la personalidad que ha ido tejiendo eficazmente durante dos décadas.

En ese disco incluye una versión de un tema del compositor Manuel Alejandro, “Frente a frente”, una canción que hizo muy popular en los años 70 del pasado siglo la meliflua Jeannette. El resultado es realmente sorprendente. Bunbury ha rescatado de los vertederos de la caspa nacional una canción que definió como ninguna otra la corriente baladista que asoló la música nacional en aquellos primeros años de la transición.

Pero, indirectamente, Bunbury ha querido reivindicar la figura de un compositor excepcional, Manuel Alejandro, al que su altura creativa nunca correspondió la de los cantantes que perpetraban sus composiciones. Leí el otro día a Bunbury decir que siempre le habían gustado las canciones de Alejandro. A mí también. Y el iconoclasta zaragozano, artista libre y librepensador, ha querido recuperar de forma valiente y desacomplejada un tipo de creador que no tiene hueco posible en el habitual y excluyente “establishment” nacional.

Manuel Alejandro es el típico ejemplo del creador superado por el contexto. O más bien, el claro caso de artista superviviente en un medio hostil, donde la creación estaba al servicio de un país tan triste y poco refinado como el dictador que gobernaba. En “La silla de Fernando”, Fernando Fernán Gómez reconocía que le tocó trabajar en infinidad de películas infames porque “era lo que había en ese momento”. La confesión del actor en realidad no era tal, simplemente constataba el hecho de la claudicación estética del país y, sobre todo, la necesidad de comer diariamente. Otros actores coetáneos de Fernán Gómez tuvieron que arrastrarse por el mundo cinematográfico con dolorosas interpretaciones y bochornosos guiones: Alfredo Landa, José Luis López Vázquez, José Sacristán… Cuando el dictador murió y se abrieron las ventanas y se fue el olor a cerrado y a naftalina, esos inmensos actores encontraron por fin unos guiones a la altura de su talento.

Manuel Alejandro escribió hermosas canciones pero casi nunca encontró cantantes que las hicieran mejores. A caso Nino Bravo, Raphael y poco más. Pero sus composiciones pertenecen a un tiempo polvoriento y soporífero en el que la belleza sólo se intuía y la sombra alargada del dictador emborronaba incluso las letras más inspiradas. Ese tiempo pasó y es el momento de mirarnos a nosotros mismos, sin complejos, para saber realmente cómo somos, quien se esconde realmente detrás de nuestro autorretrato.

Trabajo

Trabajo

Antonio Muñoz Molina en El País. Suscribo el artículo, desde la primera letra hasta el último punto.

El señor Rodríguez Ibarra, presidente jubilado de la Junta de Extremadura, dedica una parte de su ocio a informarnos sobre el funcionamiento del mundo moderno desde la irrupción de Internet. El señor Rodríguez Ibarra, para que podamos comprender sus enseñanzas, nos las presenta en forma de parábolas, un poco a la manera del mensaje evangélico, o como los maestros antiguos nos explicaban la aritmética, con ejemplos claros y simples, peras o manzanas, fregonas o maletas. El señor Rodríguez Ibarra nos comunica así su más reciente descubrimiento (EL PAÍS, 5-1-2010): la originalidad creativa no existe, porque toda invención se apoya en otras anteriores, de modo que reclamar propiedad intelectual o querer cobrar por un trabajo relacionado con ella es un fraude. También ha descubierto, y así nos lo informa, que cuando va a la frutería y quiere comprar dos kilos de naranjas, le parece ilícito que el frutero quiera cobrarle además unos melones y no sé qué más fruta. El señor Rodríguez Ibarra ha salido a pasear y se ha comprado dos kilos de naranjas y sólo quiere pagar esa fruta, tan rica en vitaminas.

 

Aplicando su parábola sobre la originalidad, quizás deduzca también que el frutero no es el único causante de la existencia de la fruta, ya que ésta ha llegado a la frutería traída por un transportista, y antes de eso fue cultivada por un agricultor.

 

El señor Rodríguez Ibarra probablemente no discutirá el derecho de ninguno de estos ciudadanos a recibir una remuneración a cambio del trabajo en el que cada uno ha contribuido para que los dos kilos de naranjas lleguen a su bolsa. Claro que, igual que no quiere pagar melones o berenjenas, a no ser que haya decidido soberanamente comprarlos, también discutirá la conveniencia de abonar la parte del precio que no corresponde a las naranjas en sí, sino, digamos, a la gasolina que el transportista gastó para llevarla, o a la electricidad gracias a la cual el frutero ilumina tan atractivamente su puesto.

 

El señor Rodríguez Ibarra sólo quiere, en principio, pagar por sus naranjas. Nada más humano. También quiere pagar sólo una canción del último disco del maestro Sabina, según él mismo dice, concretamente la titulada Tiramisú de limón. Las otras parece que no le gustan, o no tanto como para pagar por ellas. ¿Eliminará también la parte correspondiente al trabajo de los músicos, o de los técnicos de sonido? Al señor Rodríguez Ibarra sólo le parece bien pagar por aquello que efectivamente se lleva. Quizás el frutero debería descontarle de las naranjas el peso de las cáscaras, o de las semillas, porque éstas no suelen ser comidas. Como el señor Rodríguez Ibarra fue durante tantos años presidente de la Junta de Extremadura, podría uno preguntarse si no se le habría debido descontar de su sueldo, que imagino generoso, la parte de su vida no exactamente dedicada al bien de los ciudadanos. Sus horas de sueño, o de asueto, o aquellas que dedicó a comidas oficiales de grato recuerdo, pero tal vez de insuficiente resultado práctico.

 

Todo esto sin mencionar que el señor Rodríguez Ibarra ahora se encuentra jubilado y con tiempo suficiente para comprar fruta y dar largos paseos y mirar estatuas en las plazas e iluminarnos sobre la sociedad de la información y, sin embargo, sigue cobrando una paga que imagino digna, a pesar de que ya no dedica sus desvelos al bien de su comunidad y, por extensión, de todos nosotros.

 

A mí, por ejemplo, me gustaría ser tan selectivo en mis gastos ciudadanos como el señor Rodríguez Ibarra lo quiere ser en sus compras de fruta o de canciones. Me gustaría no pagar con mis impuestos, indiscriminadamente, a toda la innumerable casta de los políticos españoles, retirados y en activo, sino tan sólo a aquellos que me parecen honrados, o que no practican la más barata demagogia. Modestamente, sin que nadie me haya pedido permiso, contribuyo a la pensión del señor Rodríguez Ibarra, y hasta habrá una parte ínfima de mis ingresos que haya derivado hacia esas ya célebres naranjas, o hacia la adquisición de ese disco del maestro Sabina que el señor Rodríguez Ibarra no quiere comprar completo.

 

Incluso pagar por Tiramisú de limón, gustándole tanto, le parece injusto al señor Rodríguez Ibarra. Una canción, nos explica, proviene de otras muchas canciones. Gran hallazgo. En algunos el parecido está tipificado como delito. Se llama plagio. Una naranja no ha crecido en la frutería. Pero si el señor Rodríguez Ibarra se marcha sin pagar sus dos kilos descubrirá que el frutero irá tras él llamándole ladrón. Una canción viene de otras canciones y también de mucha gente que ha trabajado para que llegue a su estado final: casi tanta como la que se necesita para que las naranjas aparezcan en la frutería del señor Rodríguez Ibarra.

 

El señor Rodríguez Ibarra, como tranquilo jubilado, nos informa de que, aparte de comprar naranjas, también va a un parque y se sienta en un banco y mira a una estatua. Al señor Rodríguez Ibarra le parece incongruente que alguien quiera cobrarle por mirar la estatua. Al señor Rodríguez Ibarra que le quisieran cobrar por mirar la estatua le irritaría tanto como que hubiera que pagar para sentarse en el banco. Hay que pagar, no obstante. Impuestos. Por sentarse en el banco, porque haya una estatua hacia la que mirar y por tener un pavimento adecuado para que puedan caminar por él sin peligro las personas jubiladas o no, y para que exista una policía que, en caso de que un escéptico sobre los derechos de propiedad quisiera robarle con malos modos al señor Rodríguez Ibarra sus dos kilos de naranjas, persiga al delincuente.

 

Los bancos, las estatuas, los parques, la seguridad, no son bienes gratuitos. Son tan caros de mantener como todo lo que damos por supuesto sin reflexionar sobre su valor, como la sanidad pública o la educación pública; y como la clase política a la que pertenece el señor Rodríguez Ibarra. Y si esos bienes existen es gracias a algo de lo que dicho señor ya está disculpado, el trabajo. El trabajo de quien compone una canción o el de quien barre una calle o imprime un libro o el que instala un banco o el del kiosquero que se levanta antes del amanecer para vender el periódico en el que se publica este artículo y los del señor Rodríguez Ibarra, o el del fabricante o el transportista o el ingeniero o el programador que han hecho posible que nuestros artículos puedan ser leídos gratis en un ordenador; la suma de inteligencia, perseverancia y variadas destrezas que se confabulan en cualquier empeño memorable, el que hay detrás de una orquesta o de una película, de una función teatral o una escuela o un hospital.

 

No hay nada valioso que no sea fruto del trabajo de alguien. El señor Rodríguez Ibarra duda de que el derecho a la propiedad intelectual sea de izquierdas. Cabría preguntarle si, como socialista, considera que el trabajo merece o no ser remunerado con justicia. 

 

Ruta del Solano

Ruta del Solano

La toponimia en el Pirineo es casi siempre un libro abierto. Allí donde aparece el término “solano” no habrá duda de que hallaremos un lugar acariciado con obstinación por los rayos del sol. La conocida como “Ruta del Solano”, en el valle de Benasque, fue en la antigüedad un lugar anhelado por su benigno clima. Atrapar las escasas horas de luz invernal fue el desvelo de los antiguos pobladores y la razón de los inhóspitos asentamientos. Más tarde, cuando las comunicaciones estructuraron las sociedades, aquellos escarpados lugares quedaron a desmano de todo. Pero pasaron a ser un idílico itinerario alejado del turismo de masas. Hoy es un balón de oxígeno en el masificado valle benasqués.

 

La ruta existe, aunque la carretera no aparezca reflejada en muchos mapas. Se trata de una antigua pista que ha sido asfaltada como buenamente ha permitido la tortuosa orografía. En algunos tramos el piso es irregular y en otros el pellizco del vértigo es una sensación somática, pero todo queda compensado por la magnitud de los paisajes. La “Ruta del Solano” une las pequeñas localidades de Eresué, Ramastué, Liri, Arasán y Urmella. La carretera comienza poco después de pasar el Santuario de Guayente, a mano derecha, y se pega de forma endiablada a las faldas del majestuoso pico Gallinero (2.728 m.). Este itinerario alternativo va a morir después de un espasmódico bucle en la carretera que asciende por el Coll de Fades desde Castejón de Sos, en lo que representa la frontera entre la zona axial y la unidad surpirenaica. Es un territorio de escasa demografía, abatido por el inclemente éxodo rural y por los gélidos inviernos de nieve y frío.

 

Así que estamos en un ecosistema de alta montaña de manual. El Gallinero y el Basibé (2.723 m) encima de nosotros, a la derecha la Sierra de Chía, al fondo el macizo del Turbón (2.492). Todo lo que alcanza a ver nuestra vista es un espectáculo de cumbres que rozan los tres mil metros y que subliman el puro paisaje pirenaico. Las montañas mitigan el furor nervioso de las curvas sin parapetos y justifican plenamente este tránsito en el que el tiempo sólo puede tener un valor relativo.

 

El primer pueblo es Eresué. Su reducida dimensión proyecta de forma gráfica las dificultades de la vida cotidiana y las limitaciones de una agricultura de inciertos rendimientos. La simple existencia fue un ejercicio de supervivencia, parecen decir las fachadas de sus casas, orientadas invariablemente al sur. Y es que resulta inevitable transitar entre las evocaciones melancólicas del pasado de la zona y el proceso actual de reinvención, que se manifiesta en una considerable actividad constructora. En todos los pueblos se están rehabilitando viejas casas y se percibe cierto afán por asentar definitivamente el territorio en el siglo XXI.

 

Eresué tiene una hermosa iglesia románica (s. XII) con evidentes influencias lombardas. Es la joya patrimonial más preciada de la ruta. Se accede por el cementerio y destaca por el singular coro ubicado en la parte posterior del edificio. La planta es rectangular con cabecera semicircular. La austeridad del edificio responde bien a las condiciones de vida del lugar y entronca con la tradición del románico del valle del Ésera.

 

La carretera continúa hasta Ramastué. Es probable que en algún momento nos crucemos con un coche en sentido contrario. El embarazoso envite requiere paciencia y mucha prudencia. Ramastué es la localidad más alta de la ruta (1.442 m.). Su apretado casco urbano mantiene la ortodoxia de fachadas con piedra cara vista y una disposición meditada para protegerse de los vientos invernales. En medio, los restos de Casa Riu con su llamativa portada blasonada de medio punto. Como un faro perdido en mitad del vendal, la torre de la antigua iglesia de Santa Eulalia (s. XVI), ahora en ruinas, despunta solitaria con el Turbón al fondo.

 

En el centro de la ruta surge Liri. El nombre del lugar nos transporta directamente al universo onírico de las cascadas de agua y los barrancos. Las populares doce cascadas de Liri son uno de los templos pirenaicos para los amantes del barranquismo. Estas turgencias descienden directamente del pico Gallinero y conforman un entorno natural de una belleza casi mágica. Las corrientes de agua compiten por atraer la atención del viajero con la rampa de lanzamiento que, aseguran los expertos, es una de las mejores de la cordillera para la práctica del parapente. Así que entre barranquistas con neopreno y pilotos se nutre el paisanaje de la zona.

 

Pero Liri tiene además un casco urbano de cierta entidad. Partido en dos por un barranco y asentado sobre una pronunciada ladera, el caserío está presidido por la iglesia de San Martín (s XVI y XVII), que más parece una fortaleza que un tempo religioso. Su posición de vigía sobre una mole rocosa le confiere cierto aspecto defensivo. Fuera del núcleo aparece “Casa La Plana”, que perteneció a los muy influyentes barones de Castanés. El poderío familiar queda constatado por el patio interior con torreón de la vivienda y los restos de una capilla en una de sus esquinas.

 

En el tramo final de la ruta están Arasán y Urmella. La primera todavía conserva algunas edificaciones populares de los siglos XV y XVI, que en el valle del Ésera se caracterizan por tener un patio con portadas doveladas, blasones, jambas y dinteles. Casa de las Primicias, Casa Chuliá o Casa Agustí son los mejores ejemplos. La iglesia de la Asunción tiene una hermosa torre renacentista. En Urmella todavía se pueden apreciar los restos del antiguo monasterio medieval de los santos Justo y Pastor, reconvertido en iglesia parroquial después de unas obras realizadas en 1613. La carretera se precipita en una secuencia interminable de curvas hacia el Coll de Fades, punto de reencuentro con los trazados del siglo XXI y final de una ruta que es toda una retrospectiva de la vida en el Pirineo.

Publicado en el número 73 de la revista El Mundo de los Pirineos.