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Juan Gavasa

Transpirene

Transpirene

He vuelto, nunca me fui, aunque lo pareciera. El último mes ha sido un caos de trabajo y obligaciones y, como siempre, lo acaba pagando el pobre blog, que lo tenía olvidado y tristón. Bueno... para retomar el pulso os deseo a todos unas felices fiestas y os informo de que ya está en la calle la guía del Pirineo "TRANSPIRENE", que publico con Sua Edizioak. Un buen regalo para estas navidades si no se os ocurre nada mejor. Os adjunto la intro de la guía para que os hagáis una idea de su contenido, en el que he estado trabajando casi dos años, aunque no lo parezca.

 

 

TRANSPIRENE es un ambicioso proyecto que pretende mostrar de forma original pero al mismo tiempo rigurosa y veraz todo el valor de la cordillera pirenaica. La propuesta se podría resumir de manera simple: 7 etapas desde la montaña de Jaizkibel hasta el Cap de Creus; 1.462 kilómetros para recorrer en coche lo que en línea recta apenas superaría los 400 kilómetros. ¿una locura? Quizá, pero se trata de un reto apasionante concebido para abrir la piel del Pirineo y adentrarse en su universo mágico de pueblos, montañas paisajes, fauna, flora, historia, leyendas, tradiciones…

 

El biólogo francés Claude Dendaletche escribió que “los Pirineos separan dos mundos muy distintos: al norte un país de colinas y laderas con hábitat dispersos, a menudo verdeante, cubierto de robledales salpicados de landas y de cultivos; al sur un país seco, árido, de tipo mediterráneo, donde el ocre domina y donde los lechos de los cursos de agua son desmesuradamente grandes”. Este Pirineo diverso y complejo es el que pretende desnudar este trabajo, que tiene la doble vocación de guía turística al uso y de libro de viajes, al estilo de las narraciones clásicas de los viajeros.

 

Se suele decir que el Pirineo es una unidad geográfica, un territorio con un tronco común y una identidad propia forjada por encima de los vaivenes de la historia y de los mapas administrativos. Es cierto en parte. Esta descripción, avalada por una entusiasta defensa de una suerte de civilización pirenaica, no puede obviar la extraordinaria diversidad de la cordillera y la existencia de tantas realidades como los valles que surcan su orografía. Sabido es que el Pirineo es la única cadena montañosa de la tierra que une dos mares: el Cantábrico y el Mediterráneo. Entre ambos extremos se extiende un bello territorio de profundos contrastes y de gran riqueza, condicionado por su rotundo carácter montañoso y por la influencia que esta circunstancia ha ejercido desde siempre en sus habitantes.

 

Queda muy lejos ya el espíritu de los primeros pirineistas, a los que les guiaba la pasión por el conocimiento y la aventura. Nada tiene que ver el viajero de hoy con el que describía el sabio Henri Beraldi en el siglo XIX, quien tan sólo consideraba buen pirineista al que escalaba montañas, sentía y escribía. Hoy, por suerte, ya no es necesario enfrentarse a empresas de este calibre para ser considerado un buen viajero, pero es importante no perder la capacidad de sorpresa y el deseo de descubrir nuevos territorios.

 

El filósofo francés Hyppolyte Taine trazaba a mediados del XIX una ingeniosa y cruel taxonomía de los turistas de la época, una categorización que en muchos casos mantiene una sorprendente vigencia. Taine se refería en uno de los apartados a los “turistas sedentarios”. Los describía sagazmente: “Contemplan las montañas desde sus ventanas; sus excursiones consisten en pasar de su habitación al jardín inglés, del jardín inglés al paseo. Sestean sobre el brezo y leen su periódico tendidos en una hamaca. Después de esto dicen que han visto los Pirineos”. Cerraba Taine la certera radiografía afirmando que “no hacen ni sienten nada si no es con una obra escrita en la mano, y además hecha por buenas autoridades”.

 

Desde la humildad, este libro/guía está concebido para ser un buen compañero de viaje; sólo tiene sentido en las manos de un viajero en plena actividad. La utilidad de su lectura menguará en el reconfortante sillón del hogar. Pero, desde luego, sus informaciones, consejos y documentación, –más allá del cumplimento del trazado propuesto-, no son más que un incentivo para el vuelo libre, intuitivo e imaginativo. Es la forma en la que definía el periodista Manuel Leguineche la diferencia entre el viaje y el turismo: “el primero se produce como consecuencia de una mala planificación”. 

 

Aunque los tiempos han cambiado, hay actitudes que perviven y hoy en día parece muy extendida esa forma de viajar que sólo aspira a acumular lugares sin desentrañar su alma. No importa tanto lo que se ha visto como cuánto se ha visto. Este libro intenta romper esa inercia e invitar a sondear el alma de los pueblos y valles pirenaicos, el espíritu de sus gentes y el tangible peso de su historia; incitar la curiosidad y combatir cierta pereza intelectual que es hija de un modo de viajar agostado por el tiempo y las prisas. Esta tendencia a la superficialidad ha convertido la aventura del viaje en una prospección sobre el terreno que frecuentemente se queda en la epidermis.

           

TRANSPIRENE aspira a romper esa inercia y ser el vehículo de las pulsiones del viajero. Decía Marcel Proust que viajar “no es cambiar de paisaje sino cambiar de mirada”, y lo que pretende este libro es abrir una nueva mirada al Pirineo que nos permita observar más allá de los tópicos y convencionalismos. La ruta que propone TRANSPIRENE, es de entrada, una original propuesta de viaje que quiere combinar los lugares más conocidos de la cordillera con otros que no suelen aparecer en las rutas de viaje. Por eso se han diseñado unos trayectos en los que frecuentemente se invitará al lector/viajero a adentrarse por carreteras secundarias, puertos de alta montaña y rutas alternativas que nos mostrarán un Pirineo menos conocido, pero igualmente exuberante. Itinerarios que generalmente integran ambas vertientes con el fin de reforzar esa idea de unidad territorial.

 

Las 7 etapas –más una previa a modo de prólogo en Jaizkibel-, mantienen cierta coherencia geográfica, climatológica e incluso cultural. Desde el ondulado perfil de las verdes montañas navarras hasta el abrupto paisaje marino del Cap de Creus, pasando por los colosos del Pirineo aragonés; el viajero podrá recorrer la cordillera en estado puro y percibir de manera privilegiada y gradual los profundos contrastes del territorio.

 

El país de los Pirineos es real y se constituye a partir de una diversidad fascinante. Aunque TRANSPIRENE propone 7 etapas para cubrir en otros tantos días, lo cierto es que la propia confección de esas etapas permite absoluta libertad para realizarlas como se considere oportuno: a veces como una lucha contra el tiempo y los kilómetros; y otras como una oportunidad de deleitarse de forma relajada con todo lo que brinda la cordillera. En última instancia, será el lector quien decida el ritmo del viaje.

 

El tronco principal del libro es la ruta TRANSPIRENE, definida claramente por las citadas 7 etapas con sus correspondientes kilometrajes –acumulados y totales-, tiempos parciales y totales, carreteras atravesadas y lugares visitados. Esta información viene detallada con una amplia documentación de todos los núcleos que recorre la ruta, poniendo especial énfasis en la historia, el patrimonio, los paisajes, la cultura, el ocio y los servicios (restaurantes, alojamientos, museos, centros de interpretación…) de cada lugar. Al final de cada etapa se dedica un capítulo especial a la localidad de destino, con una atención más pormenorizada y una extensión acorde como su importancia. Estas localidades son Hondarribia, Elizondo, Otsagabia, Jaca, Bielsa, Vielha, Puigcerdà y Cadaqués. De algún modo representan la columna vertebral del Pirineo.

 

El tono utilizado en todo el libro es pretendidamente ameno al tiempo que divulgativo. Se suceden las descripciones del paisaje y de las carreteras que atravesamos, apuntes históricos, reflexiones personales del autor, referencias a las leyendas y tradiciones de los lugares visitados, aportaciones geomorfológicas, alusiones a la flora y fauna, visiones sobre la montaña y una constante mirada retrospectiva para rescatar lo que otros viajeros vieron y escribieron con anterioridad sobre los mismos paisajes.

 

Las 7 etapas de TRANSPIRENE permiten atravesar buena parte de los puntos de interés más notables y de los lugares más bellos y espectaculares del Pirineo pero, como es obvio, se tienen que quedar otros muchos fuera. En ocasiones se ha optado a conciencia por diseñar itinerarios poco convencionales para llegar a espacios menos difundidos en detrimentos de los evidentes. Precisamente con el objetivo de darle un valor añadido a esta novedosa propuesta de viaje.

 

Sin embargo, la publicación ofrece una información añadida de gran utilidad para que este libro sea en realidad una gran guía de todo el Pirineo. Esa información no hace sino completar todos los destinos que cualquier amante del Pirineo demandaría. Se han articulado de tal modo que siempre aparecen de manera destacada como alternativa a la ruta principal de TRANSPIRENE:

 

Espero que la lectura de este libro estimule su deseo por hacer la TRANSPIRENE y conocer estas maravillosas montañas, su historia, y las gentes que habitan en ellas. Si disfruta tanto como lo he hecho yo, habrá merecido la pena.

 

 

 

La foto está tomada en el Cap de Creus.

Belleza

Estoy inmerso estos días de forma insistente en los envolventes sonidos de Mogwai. La melancolía atmosférica de sus primorosas orquestaciones me devuelve constantemente a tiempos pasados, a la niñez, cuando el frío o la lluvia me encogían el alma en un descenso frenético hacia el interior. Cuando escucho “Take me somewhere nice” comprendo que no todo se ha perdido, que aún es posible un mundo más hermoso, que aún existe ese lugar que demanda Mogwai. Esa isla en la que poder naufragar.

Cuando escucho a Mogwai identifico y comprendo la belleza, y me rebelo con más vehemencia contra la pesada levedad de esta sociedad pueril y alienada. Me rebelo contra el horror cotidiano de la televisión, contra esa tendencia autodestructiva alimentada con lo más soez y canallesco de nuestro mundo. Si había alguna posibilidad de que las cosas fueran más feas, esa posibilidad fue encontrada. Y así los personajes que proyecta la televisión son la peor versión de nosotros mismos, un triste chiste si no fuera porque son reales y omnipresentes. Escatológicos muñecos de trapo que se han apropiado de los iconos de nuestro tiempo, referencias visuales encontradas en los basureros más inmundos, deshechos sociales encaramados a la fama efímera, arrogante y humillante.

Así nos hemos constituido como sociedad moderna; en torno a políticos corruptos embadurnados de eufemismos para ocultar su inmoralidad, con patéticas figuras mediáticas que se constituyen en el modelo a imitar por las nuevas generaciones. Lo sucio y lo feo se ha impuesto en una sociedad que busca ejemplos de procacidad para justificar la pereza intelectual y el innecesario valor del conocimiento y de la experiencia. Caminamos por senderos sin retorno, guiados por impostores y poderosos “gurús” que han encontrado un campo abonado en los agujeros negros de nuestras mentes. Tan negros y tan grandes como el universo mismo.

El rock orquestal de Mogwai nos empuja a la reflexión autocrítica. Nos arroja por la ventana de nuestros propios miedos en la seguridad de que difícilmente quedaremos indiferentes. Cuando escucho a Mogwai reconozco la belleza pero, fundamentalmente, me defiendo ante el atronador estruendo de las radio-fórmulas, me apeo de una música que ni es mía ni quiero hacer esfuerzos para comprenderla. No quiero contextualizar el tedio, me niego a buscar coartadas para explicar lo que detesto. Cuando escucho a Mogwai me reafirmo en mis convicciones y acentúo mi irremediable frustración, mi eterno desengaño.

“Take me somewhere nice” es probablemente uno de los temas más utilizados en internet para ambientar montajes audiovisuales. La belleza contenida de sus acordes, esa desesperante melancolía de sus pasajes sonoros encierra el concepto mismo de la belleza, tal y como lo entiende cualquier persona sensible. En 1999 -dos años antes de publicarse el disco “Rock action”, en el que estaba incluido este tema-, Fridmanns hizo un soberbio vídeo titulado con el mismo nombre. Cuando Mogway publicó el disco lo utilizó para su vídeo; el resultado lo podéis encontrar en youtube. No creo que mis palabras puedan decir mucho más: http://www.youtube.com/watch?v=cIUHxVeFgSA&feature=related

Sin embargo, os quiero recomendar también el cortometraje animado realizado por el diseñador Manuel Morales hace 2 años. Utilizó el tema de Mogwai como banda sonora y seguramente no pudo encontrar mejor maridaje entre la ambientación musical y su discurso creativo, un compromiso con la paz y contra cualquier manifestación de violencia. La historia de los dos niños amigos, uno alemán y el otro judío, en la antesala del horror nazi sólo puede encogeros el corazón. En su pueril sencillez se encuentra la esplendorosa belleza, aunque a veces esta belleza produzca dolor.

Tasio

Tasio

Fue hace 25 años cuando un carbonero navarro, de nombre Tasio, cambió el rumbo de la vida de Montxo Armendáriz. Dejó atrás el mundo de la electrónica y los arreglos a televisores para entrar de lleno en el cine. Hoy, este cineasta, nacido en Ollea (Navarra) en 1949 no tiene nada más que gratos recuerdos de aquel héroe solitario que trabajaba en una humeante montaña negra. Tasio fue la ópera prima de Armendáriz que desde entonces ha dirigido ocho películas y ya trabaja en el guión de la siguiente, No tengas miedo, sobre los abusos sexuales y las secuelas que dejan en hombre y mujeres.

 

El director navarro presentó ayer en la Academia de Cine de Madrid un hermoso libro, Tasio 25, editado por la Fundación del Instituto Navarro de las Artes Audiovisuales y la Cinematografía, que conmemora los 25 años de esta película que produjo Elías Querejeta y que marcó un estilo de hacer un cine muy cercano al documental.

 

"Hay personas, acontecimientos o personas que modifican el rumbo de nuestras vidas. En mi caso, fue Tasio", asegura Armendáriz. El cineasta recuerda que conoció al auténtico Anastasio Ochoa, más conocido como Tasio, en los años ochenta durante el rodaje del documental Carboneros de Navarra. Vivía en un pequeño pueblo de la comarca de Zúñiga pero su verdadero hogar era el monte. Fue al conocer la historia de este carbonero que nunca fue a la escuela cuando el realizador se empeñó en llevarla al cine. "Una historia", dice Armendáriz, "de amistad, de amor, muerte y soledad y también de la tenacidad y la voluntad de un hombre que nunca se doblegaba".

 

El filme, protagonizado por Patxi Bisquert, se estrenó el 19 de septiembre de 1984 en el Festival de Cine de San Sebastián, en el que ganó el segundo premio de la sección oficial y el Fipresci de la crítica. El libro Tasio 25, de más de 700 páginas y gran formato, incluye no solo el guión original, con escenas originales nunca filmadas y otras que se eliminaron posteriormente en el montaje, sino también un DVD remasterizado de la película, además de otros materiales, como el DVD de Carboneros de Navarra y una pieza sobre la filmografía de Montxo Armendáriz, dirigida por Arantxa Aguirre, el storyboard dibujado por Gerardo Vera, y las fotografías del rodaje realizadas por José Luis López Linares.

 

"Fue un rodaje largo y complicado pero placentero. Cualquiera que haya trabajado en cine sabe hasta qué punto el ambiente de un rodaje aparece de algún modo en las imágenes y la narración de la película", recuerda Elías Querejeta en el libro. López Linares, foto-fija en el rodaje, cuenta que intentó pasar desapercibido para intentar captar los momentos verdaderos y que de allí transformado con un sobrenombre nuevo por el que se le conoce desde entonces. Fue Nacho Martínez, un actor ya fallecido, quien, al ver a López Linares usar alguna técnica oriental para no ser visto antes de apretar el disparador le llamó López-Li, el fotógrafo chino.

 

Con motivo de este aniversario, la Academia de Cine dedica estos días su ciclo Joyas del cine español a la cinematografía de Montxo Armendáriz, con la proyección de varias de sus películas, documentales y cortometrajes. También en la sede de la Academia (Zurbano, 3) se puede ver hasta el próximo 18 de diciembre la exposición Tasio. 25 años, que revela las claves de esta película y ofrece un homenaje a quienes participaron en su creación.

El País. 26 de noviembre de 2009

Otoño

Otoño

Hace unas cuantas semanas tomé un café con Emilio y Kenia. Los muy “jodíos” están ahora en Vietnam. Emilio me regaló una de sus formidables fotografías: Time Square de Nueva York. La tengo ya colgada en mi oficina. Los dos compartimos la misma fascinación por esta ciudad y a los dos nos ha ido uniendo poco a poco el virus bloggero y una común inquietud por muchos temas, casi siempre relacionados con las alcantarillas de esta sociedad y de esta partitocracia que seguimos llamando democracia.

            En aquel café precipitado acabamos hablando del Pirineo; más bien de la visión desenfocada que se suele tener de la vida en la montaña y del lastre ideológico que muchos cargan cuando vienen aquí en busca de una nueva vida. No es fácil, pero de eso uno se da cuenta cuando ya ha caído en la farragosa introspección del alma. Desde mi punto de vista, o más bien a través del filtro de mis sensaciones, no hay nada más triste que un pequeño pueblo pirenaico en una tarde de noviembre. No hay melancolía más punzante que la de unas calles vacías y oscuras, cargadas de silencios y ausencias. En los pueblos pirenaicos esas ausencias se perciben más que en cualquier otro lugar; esas ausencias representan el fracaso de un modelo de vida y la claudicación sin condiciones de una civilización milenaria.

            El hombre solitario acaba convirtiéndose en un ser huraño y asocial, renuente a la convivencia y, finalmente, triste y desnortado. No pretendo trazar un perfil psicológico del hombre rural; soy incapaz de ello. Sólo plasmo las reflexiones que he ido construyendo a lo largo de los años a base de conocer y escuchar historias; a través de la convivencia, a veces fugaz otras más sólida, con hombres y mujeres pirenaicos que me mostraron los jirones causados por una soledad doliente pero, quizá, inconsciente. Una soledad casi somática.

            Muchos podréis rebatir estos argumentos con cientos de ejemplos que muestren lo contrario. Sin duda, los habrá. Pero no habló del individuo como un ente autónomo sino como parte de una sociedad que se desangra sin remisión. La inmensa mayoría de los pueblos del Pirineo aragonés tienen cercana una segura muerte biológica. Hoy son tan solo hermosos barrios residenciales de fin de semana ubicados en parajes de ensueño. Es el resultado de casi un siglo de lenta despoblación, como una sutil pero irreversible eutanasia que ha acabado con una cultura y la ha sustituido por un remedo folclórico sin alma. Como explicaba una vez Severino Pallaruelo, “determinadas tradiciones recuperadas en el Pirineo son como un pájaro disecado”. Lo mismo ocurre con la vida misma en los pueblos.

            En otoño esa melancolía del abandono se vuelve insoportable. Y el ánimo de montañés dibuja un mohín forzado por viejas historias íntimas y unas cuantas frustraciones. Hace poco un amigo, secretario de ayuntamiento en un pueblo pirenaico, me confesaba su derrota: “tengo claro que no nos queda otra alternativa que ser un parque de atracciones, he desistido de luchar por otro futuro, la realidad se ha impuesto tozuda. Nuestros pueblos se mueren”. Aquella declaración ahondó mi pesimismo. En otoño este pesimismo también es insoportable. Tengo la sensación que nos empeñamos en destacar los ejemplos de quienes han venido a vivir con nosotros porque buscamos desesperadamente un signo de esperanza. Tantos se han ido a lo largo de los años y tantos se irán, que la extraordinaria osadía de un ingenuo romántico nos encoge el corazón y nos ilumina el alma. Pero sospecho que es la luz de una vela a punto de apagarse.

 

La foto es de Emilio Mateo en la Semana Santa de Fuentes Claras. Me gusta el lúgubre encanto de esta estampa. Tiene algo del turbador y pretendido pesimismo visual de las fotos de Eugene Smith en Deleitosa.

Muros

Muros

Hay en el mundo 17 muros que separan países, culturas, economías y personas. En el 20 aniversario de la caída del muro de Berlín el dato estremece y amortigua, sin duda, la relevancia histórica de la efeméride. Hay otros tantos muros en proyecto y la perversa mente humana levantará en el futuro nuevas murallas; desoladora metáfora en la sociedad globalizada.

Escribía Manuel Rivas que a veces el infierno está en el interior de nosotros mismos. Los muros más infranqueables se construyen también en la mente de los políticos y en el fanatismo de las personas. De hecho, el fanatismo es el primer muro de la humanidad, el más letal y efectivo. Las murallas mentales son las que han provocado las guerras a lo largo de la historia; las que han azuzado el conflicto de civilizaciones que teorizó Huntington en 1996, las que han alimentado el racismo, los dogmatismos y la ortodoxia ideológica.

Son muros invisibles y, por lo tanto, inermes para transformarse en iconos en esta sociedad visual. Finalmente, inexistentes ante los ojos de la inmensa mayoría, necesitada de imágenes que refuercen sus fatuas convicciones.

Hay murallas electrificadas, recubiertas de cables de espino, vigiladas por gorilas bien adiestrados, inaccesibles ante el sueño de la libertad y la esperanza. Hay murallas invisibles y discretas, que crecen en lo más profundo del ser humano. Sus ladrillos son pequeños brotes de egoísmo, ignorancia, incultura, egocentrismo, necedad y radicalismo. Por sí solos bien podrían ser pequeños defectos humanos, merecedores de indulgencia; juntos forman una aleación de efectos corrosivos y destructivos.

Los muros no generan fronteras lejanas. Los muros mentales están conviviendo con nosotros, en cada conversación doméstica y en el posicionamiento diario ante cada hecho de la vida. Todos somos animales políticos. Y esas barreras pertenecen al lado más oscuro e inconfesable de nuestro ser. Aunque todos los días nos subimos al andamio para poner un nuevo ladrillo en el muro. 

Por tierra de Cajal

Por tierra de Cajal

Hay un viento matutino que golpea cada día suavemente las tierras del Reino de los Mallos. Lo llaman “Alaniés” y es el causante de la extraordinaria luminosidad del lugar y de la pureza de su atmósfera. Este aire dulcifica el clima hasta extremos inverosímiles en el Altoaragón y facilita la producción de vino y aceite, la observación de rapaces, la escalada o el senderismo. A ello se une un patrimonio cultural de primera magnitud que ha acabado por convertir el territorio en un próspero polo de atracción turística.

 

            Lo que se conoce por arte del márquetin como “Reino de los Mallos” tiene un poso histórico que le concede cierto rigor y sustancia. El territorio que limita al norte con las sierras de San Juan de la Peña, Oroel y el Puerto de Santa Bárbara y al sur con la ciudad de Huesca, fue en época medieval un efímero reino surgido de un gesto de amor. El rey Pedro I dejó en 1097 en herencia a su segunda esposa, doña Berta Cruz, un territorio que comprendía los mallos de Riglos y su entorno. Era la dote más hermosa de sus vastas posesiones. Tiempo después Alfonso I el Batallador reintegró el pequeño lugar en el Reino de Aragón, frustrando la última voluntad de su hermano.

            Aquellos mallos enigmáticos y grandiosos son hoy el icono principal en torno al que se ha construido la nueva marca turística. Pero sería un error pensar que el valor de la zona sólo se limita a su inquietante orografía y a su intrincado pasado. En la última década sus habitantes han sido capaces de modificar un destino que parecía irreversible y han logrado hacer de la necesidad virtud y recuperar la economía de la zona. Hace 20 años se modernizó la N 330 por el puerto de Monrepós y supuso la puntilla para la carretera autonómica 132, eje vertebrador del territorio de los Mallos y hasta entonces conexión principal con el Pirineo. El tráfico derivó a la nueva vía y la otrora transitada carretera prácticamente cayó en el olvido.

            La crisis provocó la catarsis y la puesta en valor de un potencial que nunca hasta entonces había sido necesario explotar. Ahora ha dejado de ser zona de paso para convertirse en destino. La apuesta por un turismo diversificado y renuente a la masificación ha obrado el milagro. En una década ha cambiado profundamente la economía y el paisanaje de la zona. Los tipos con neopreno que se lanzan por las turbulentas aguas del Gállego se mezclan con los circunspectos ornitólogos; los escaladores de siempre conviven ahora con los amantes del enoturismo y con los que se pierden por las suaves laderas del entorno en busca de setas. En el Reino de los Mallos se produce vino (hay 3 bodegas), el río ha generado una potente estructura de empresas de aventura que da trabajo estable durante casi todo el año, se ha fomentado un elitista turismo ornitológico y gastronómico, y ha adquirido una nueva proyección el valiosísimo patrimonio monumental, manifestado principalmente en el Castillo de Loarre y la Colegiata de Bolea. Hay un dato que resume definitivamente la magnitud del cambio: hace 10 años no había ninguna habitación con baño y ahora hay más de 300 en los nuevos hoteles y casas de turismo rural que se han abierto. Como afirma José Antonio Sarasa, Alcalde de Ayerbe, “hace una década pensábamos que nos íbamos a quedar solos y ahora no dejamos de crecer”.

            El Reino de los Mallos está situado geográficamente en el pre-Pirineo pero ha mantenido históricamente importantes lazos económicos, sociales y culturales con la gran cordillera. Su proximidad y el empaque que le conceden los mallos de Riglos y Agüero le ubican sin discusión en ese universo montañero por el que tantos suspiran.

Aunque administrativamente pertenece a la comarca de la Hoya de Huesca, lo cierto es que tradicionalmente ha tenido una personalidad propia que ha sabido difundir con la poderosa presencia de las moles graníticas. En la actualidad la zona está formada por los municipios de Agüero, Ardisa, Ayerbe, Biscarrués, Bolea, Riglos, Loarre, Loscorrales, Lupiñén, Murillo de Gállego, Puendeluna y Santa Eulalia de Gállego. Se trata de un territorio de grandes contrastes que transita entre los paisajes abruptos del norte y los sinuosos perfiles del pantano de la Sotonera, zona de paso de las grullas e importante reserva natural.

            Todos los pueblos de la zona ofrecen un importante legado monumental y un catalogo más que respetable de ejemplos de arquitectura tradicional. Se hace  indispensable una visita a la bella iglesia de San Salvador de Agüero (S.XI), con su hermoso retablo barroco, o a la de Murillo de Gállego, de imponentes dimensiones. Son, tan sólo, dos ejemplos de un rico patrimonio que incluye además decenas de pequeñas ermitas que han sido restauradas con cuidado en los últimos años.

            Ayerbe ha sido históricamente el centro neurálgico de la zona y una de las localidades más prosperas de la provincia. Hoy está volcada en el turismo y en una discreta actividad agrícola. Su feria fue en tiempos un verdadero acontecimiento social y económico que reunía a gentes de todo el entorno. Las fotos en blanco y negro de hace un siglo muestran un hervidero de gente haciendo transacciones de dinero, de ganado y de materias primas. Todo eso es ahora tan solo un rumor en la memoria pero las dos plazas contiguas de Ayerbe siguen imponiendo. El Palacio renacentista de los Marqueses de Urriés (s.XV), separa los dos espacios y le otorga cierta distinción al lugar. Se trata de una valiosa pieza de arquitectura civil aragonesa que está siendo rehabilitada para diversos usos públicos y privados. Los Urries fueron una de las familias más poderosas e influyentes en tiempos del emperador Carlos I. Como establecen los códigos de poder, en su árbol genealógico enraizaban militares, empresarios, curas e incluso obispos.

            Junto al Palacio se encuentra la Torre del Reloj, un edificio exento levantado en 1798 que permanece inalterado pese a los avatares de la historia y su aparente fragilidad. La iglesia de Ayerbe está dedicada a San Pedro. Fue construida en el siglo XVI y es llamativa la ausencia de campanario, por lo que los ayerbenses escuchan las campanas de la torre de San Pedro, adosada a los restos de la antigua colegiata, y miran la hora en la Torre del Reloj de la plaza. En lo más alto del cerro sobre el que se esparce el casco urbano de Ayerbe, se conservan los restos del que fuera el castillo musulmán más septentrional de la península.

Las historias de Ayerbe se entreveran bajo el sol impenitente que golpea en la plaza. Por sus calles correteó el Premio Nobel, Santiago Ramón y Cajal, que vivió aquí su infancia (1860-1869), y dejó deliciosas anécdotas de ese tiempo en su célebre biografía. La casa familiar es hoy un Centro de Interpretación sobre la vida del científico, en el que tienen tanto peso sus correrías por las tapias del cementerio de Ayerbe como sus primeras aproximaciones al complejo interior del cerebro humano.

Junto a la antigua vivienda de los Cajal abrió sus puertas hace casi 20 años Casa Ubieto, un establecimiento de alimentación que, en realidad, es el punto de referencia para quienes quieren adentrarse por primera vez en el territorio. Emilio Ubieto es una caja de sorpresas. Llegó a Ayerbe atraído por el mundo de la micología, del que es uno de los expertos más reputados, y acabó desarrollando múltiples facetas al estilo del hombre renacentista. Es el organizador de las afamadas “Jornadas Micológicas” de Ayerbe que se celebran en octubre, y su libro “Trufas. Guías y recetas” recibió en 2007 el prestigioso Premio Gourmand al “Mejor libro de cocina innovadora del Mundo” y al “Mejor libro de fotografía en lengua española”. Su tienda tiene probablemente la mejor selección de títulos sobre micología de todo el país y la única temática dedicada a Ramón y Cajal. Un espacio que proyecta el sabor de los viejos colmados pero con hechuras de templo del gourmette. “Promovemos los productos de la zona; el vino, la miel, el chocolate… porque son realmente excelentes. Tenemos que recuperar nuestra autoestima”.

La conversación con Emilio fluye de un rincón a otro con asombrosa facilidad. Habla del espectáculo de los almendros en flor que cautivó al director británico Ridley Scott cuando en 2004 grabó en Loarre el “Reino de los Cielos”. Reflexiona sobre las huellas descarnadas que dejó la Guerra Civil en toda la zona y atisba signos de esperanza cada vez que un nuevo forastero decide instalarse en algún pueblo del entorno. El último de ellos en un profesor de la Sorbona de París y su mujer, entregados a un estudio sobre la etnociencia y la etnología de la comarca.

Ayerbe es el punto de partida de todos los caminos. Desde aquí se toma la carretera que conduce a las faldas de los mallos de Riglos, siempre deslumbrantes y sobrecogedores. Al otro lado del río Gállego se erigen los de Agüero, más discretos y contenidos. Ambos son un lugar de peregrinación para los aficionados a la escalada en roca y un paraíso ornitológico. Recientemente se ha puesto en funcionamiento el Centro ARCAZ de Riglos para la observación de aves rapaces y la educación medioambiental. La instalación forma parte del proyecto de cooperación conocido como “Vultouris”, en el que participan también los centros pirenaicos de la Foz de Lumbier y Aste-Beon en el Valle de Ossau.

El río Gállego se desvía a la altura de Ayerbe y continúa su curso hacia Biscarrués. El nombre de esta localidad se ha asociado en los últimos años al proyecto de embalse que amenaza el futuro de la zona. Los vecinos lideraron una frontal oposición que obligó a la administración a reconsiderar el proyecto original, que anegaba el casco urbano de la localidad y arruinaba el negocio de las empresas de aventura. Lola Giménez, portavoz de la “Coordinadora Biscarrués”, asegura que el nuevo proyecto “sigue inundando todo el cañón de aguas bravas, lo que en la práctica supone acabar con uno de los medios de vida más estables de la zona”. Así lo confirma Gustavo Ortas, presidente de la Asociación de Empresas de Aventura, quien recuerda que en un reciente estudio socieconómico de la zona quedaba constatado que la influencia del sector en el territorio era fundamental para mantener la población y cifraba el impacto económico entre los 6 y los 9 millones de euros.

Un impacto también relevante es el que generan los dos grandes monumentos de la zona. El Castillo de Loarre es la joya de la corona. Su primoroso estado de conservación –es la fortaleza románica mejor conservada de Europa- y su privilegiada posición sobre un promontorio de vistas inabarcables lo consolidan en la lista de los monumentos más valorados de todo el país. El lugar es fascinante. Desde su posición se puede controlar la extensa llanura de la Hoya de Huesca, y no es difícil imaginar la tensión con la cercana Bolea, la principal plaza musulmana en este extremo de la Marca Superior de Al-Andalus.

En esta localidad se esconde otro de los tesoros del patrimonio de Huesca, la Colegiata de Santa María. Levantada en el siglo XVI, acoge en su interior el maravilloso retablo mayor, considerado una obra maestra de la pintura española del Renacimiento. Pedro Bergua, Presidente de la Comarca de la Hoya y fundador de la “Asociación de Amigos de la Colegiata de Bolea”, explica con pasión los arcanos del templo, al que ha dedicado parte de su vida. Le ha tocado de todo, desde recoger restos humanos de una cripta hasta hacer labores de peón. En realidad, su perfil político se diluye cuando ejerce de cicerone; “la Colegiata y su retablo es una de las grandes joyas de nuestro patrimonio y no podemos olvidar que ha sido la iniciativa ciudadana la que evitó en su día que el templo acabara prácticamente en ruinas”.

La reflexión adquiere el aire de metáfora vinculada con el propio territorio del Reino de los Mallos. Los años de incertidumbre que cayeron sobre la zona parece que se están superando como si se tratara de un monumento en proceso de restauración. Por toda la zona se suceden las obras de rehabilitación de iglesias y ermitas (Marcuello, Agüero, Mueras, Concilio, Santa Águeda…), los planes de dinamización y los proyectos empresariales que responden a una idea de país basada en la prudencia y la austeridad. Como indica Silvia Fernández, gerente del Plan de Dinamización Turística que destina 3 millones y medio de euros a inversiones en la zona, “tenemos que coger nuestros recursos y ponerlos en valor para creer en nosotros mismos”.

Artículo publicado en el número 72 de la revista El Mundo de los Pirineos

Viajeras (y IV)

Viajeras (y IV)

La baronesa francesa George Sand, -seudónimo de Amandine-Aurore-Lucile Dupin-,  visitó también la cordillera en dos ocasiones: 1825 y 1837, en esta ocasión con su hija Solange. Fue una mujer realmente especial e irreverente, un alma libre que contravino todas las normas escritas y no escritas de la sociedad de su época. Prolífica y brillante escritora, abandonó a su esposo y comenzó a utilizar ropa masculina para lograr penetrar en los exclusivos ambientes parisinos limitados al hombre. Esta actitud le ocasionó numerosos problemas. Se le atribuyeron infinidad de romances y sórdidas historias que dejaremos aparcadas en el quicio de la leyenda.

 

Nos interesa su vertiente viajera y su paso por el Pirineo, al que llegó por primera vez en julio de 1825 para tomar las aguas en el balneario de Cauterets. En este lugar inicia una intensa vida social y fomenta nuevas amistades que le permitirán descubrir territorios desconocidos de la cordillera y protagonizar, al tiempo, algunos escándalos sociales en la recatada sociedad agüista. “Me siento tan entusiasmada con los Pirineos que, el resto de mi vida, sólo voy a soñar y a hablar de montañas, grutas, torrentes y precipicios”, señaló en alguna ocasión. De hecho, algunos de esos escenarios, como Cauterets, el circo de Gavarnie o las grutas de Loups servirán de influencia para algunas de sus novelas posteriores.

 

Con la separación de su marido en 1836 comienza una nueva etapa en su vida marcada, como hemos indicado antes, por una auténtica reafirmación de su personalidad y una defensa a ultranza de la libertad y la independencia. Inicia su faceta como escritora y publica en revistas como “Figaro” o “La Revue de París”. Participa en el libro “Rosa y Blanco” con Jules Sandeu, aunque es éste el que firma en exclusiva la novela.

 

Su aportación literaria más destacada es “Lavinia”, ambientada en Saint-Sauveur, lugar en el que aireó su amor secreto con el joven Aurèlien durante sus estancias en Cauterets. Después escribe “Géant Yéous”, una narración legendaria del combate de Miquelon cerca del Midi de Bigorre. “No pensé necesitar guía alguno: me parecía que los torrentes, de los que tan sólo debía seguir sus cauces con mis piernas o con mis ojos, debían ser los hilos de Ariadna destinados a conducirme a través de este laberinto de gargantas”.

 

El universo de los balnearios y centros termales era realmente especial. Monarcas, miembros de la nobleza, acaudalados empresarios y todo tipo de espíritus ociosos convivían en lujosos lugares que eran como islas en mitad del paupérrimo Pirineo. El francés Hipólito Taine en 1858 es quien probablemente mejor describió lo que ocurría en esos ambientes de frivolidad, ostentación y lujo: “Está generalmente admitido que la vida en los baños es muy poética y que se suele encontrar allí aventuras de toda clase, sobre todo aventuras del corazón. Si la vida en los baños es una novela, lo es solamente en los libros. Para ver allí grandes hombres es preciso traerlos encuadernados en piel, dentro de la maleta”.

 

Y es verdad que muchos de los testimonios dejados por estas viajeras agüistas parecen novelas pertenecientes al género rosa. Parece ser que muchas de ellas llegaban a Cauterets, Bagneres de Bigorre, Bagneres de Luchon, Eaux Bones o Panticosa, no sólo a tomar las aguas sino también a buscar aventuras amorosas que rompieran la mordaz rutina de la vida palaciega. Así lo podemos comprobar en textos como el de la anteriormente citada George Sand, o en los que dejaron Juliana de Krüdener o Sophie Cottin. Esta última, una popular escritora, estuvo en Cauterets en 1791 y posteriormente en Bagneres de Bigorre en 1803, donde escribe en medio de una gran expectación popular su novela “Mathilde”.

 

Algunas de esas mujeres llevaron una vida sedentaria pero otras optaron por aprovechar los maravillosos entornos naturales de los balnearios para emprender excursiones de mayor o menor dificultad, guiadas por un notable espíritu de aventura. En determinados casos se unía la envergadura de la expedición con la condición real de sus protagonistas. Quizá el más relevante es el que llevó a cabo en 1807 la Reina de Holanda Horetensia, esposa de Luis Bonaparte, hermano de Napoleón I. Ascendió en compañía de un notable séquito a la “Hourquette d’Ossoue” (2.734 m) y descendió hasta Gavarnie. Recompensó a dos de sus porteadores con una medalla conmemorativa y un sueldo anual de 100 francos durante 22 años.

 

Esta pequeña hazaña de la Reina Hortensia fue un acicate para otra mujeres, que siguiendo el ejemplo de la monarca se atrevieron a experimentar sensaciones acotadas hasta entonces al género masculino. Así en 1809 (dos años después tan solo); la joven Duquesa de Abrantes viaja a Cauterets para tratarse de una enfermedad nerviosa y contrata a los dos porteadores premiador por la Reina Holanda. Su intención es alcanzar la cima del Vignemale pero aunque nunca fue sincera del todo –en su narración dice expresamente: “Martín me dijo que no tuviese miedo y se lanzó conmigo desde la cima del Vignemale hacia los valles inferiores”-,  parece que sólo alcanzó la misma altura que su predecesora.

 

Tuvieron que pasar casi 20 años –1828- para que otra mujer perteneciente a la nobleza italiana, Marie-Caroline de Nápoles, duquesa de Berry, protagonizara un nuevo hito del montañismo femenino. Alcanzó la Brecha de Rolando después de realizar durante varios días diversas excursiones por todo el entorno. Fue la primera mujer que lo logró y según anotó en 1843 en su diario Juliette Drouet, otra de las grandes mujeres del montañismo pirenaico: “las mujeres no realizan ascensiones difíciles en los Pirineos, a excepción de la Duquesa de Berry, que llevó a cabo la de la Brecha de Rolando acompañada por treinta guías”.

 

Un año después Madame de la Granville de Beaufort llega al Pirineo procedente de París para tratarse de una tuberculosis bastante avanzada. En Bonnes se somete a una intensa cura durante diez días que no logra combatir por completo la enfermedad. Prosigue su peregrinar rumbo a Saint-Sauvert, otro de los balnearios preferidos por la nobleza y la burguesía, y allí asciende en compañía de porteadores a Gavarnie. En su diario de viaje, compuesto por 18 cartas,  deja la siguiente reflexión: “Estas montañas de piedra han sido talladas con demasiada audacia; se recortan y se dibujan con demasiado orgullo, para mostrar otra mano que no sea la de Dios”.

 

Hubo otras mujeres dignas de reseña como Henrica Rees Van Tets, viajera por Gavarnie, Cauterets y Luz; la que afirmó ante el Monte Perdido: “qué pequeñas son las obras de los hombres comparadas con estas escenas realizadas por la mano del Gran Ser”. Las dibujantes Henrietta-Ann Fortescue y Josephine Sarazin, la inglesa Sarah Ellis, que escribió en 1840 “Summer and winter in the Pyrenees”, un repaso a todos los lugares de moda y balnearios pirenaicos de la época; la irlandesa Louisa Stuart, que viajó por el Pirineo vasco en 1843 y escribió “Bearn and the Pyrenees; un legendario tour...”, o la irritable Mary Eyre, autora en 1865 de “Over the Pyrenees into Spain”, una crítica visión de la cordillera con perlas como ésta: “los habitantes de Ariège son malos, los andorranos peores, los españoles los peores de todos”.

 

He dejado para el final a tres mujeres que considero especiales por sus singulares estilos de vida, su interesante aportación a la historia del pirineismo y por lo que representaron para otras mujeres.

En el verano de 1859 la emperatriz Eugenia de Montijo y Luis Napoleón Bonaparte estuvieron varios días tomando las aguas en el balneario de Saint Sauver. Nunca más volvieron pero aquella estancia sirvió para dar el empujón definitivo al centro termal y construir el popular Puente de Napoleón colgado a 66 metros sobre la gave de Pau. Se levantó un año después de la visita real para salvar la garganta de St. Sauver. Junto a él se localiza el paseo de Eugenia, que desciende hasta la base de la garganta fluvial para culminar en un mirador.

La española Eugenia de Montijo fue una habitual de los centros termales pirenaicos, frecuentaba Euax-Bonnes, Cauterets, Biarritz y, sobre todo, Saint Sauver. Su sola presencia, siempre radiante y febril, fue determinante para el desarrollo del turismo termal de la zona. Atrajo a otros representantes de la nobleza e invirtió importantes esfuerzos en dotar de nuevas infraestructuras a los establecimientos. Su vida en los balnearios no se limitó al descanso, también se aventuró por senderos y cumbres de relativa accesibilidad.

 

La condes de L’Epine, de la que me han oído hablar a lo largo de esta charla, fue la primera mujer que atravesó el corredor entre Gavarnie y el Valle de Hèas por Coumèly, la entrada al circo de Estaubé, las Gloriettes y la entrada de Tromouse para acabar en Cauterets, todo en un mismo día. Ocurrió en 1818 durante un largo periplo pirenaico que hizo en compañía de sus dos hijos. Atravesó Aragón y Catalunya junto a un amplio séquito en el que incluye varios guías autóctonos. Dado su habitual cinismo y vehemencia, sorprenden los halagos que vierte sobre sus acompañantes:

 

“Estos ligeros montañeses que, descalzos, se aferran a esas rocas tan duras...: trepan, saltan, escalan con un equipo que resulta prodigioso. Arriesgamos mil veces la vida y, sin embargo, inspiran tanta confianza que no sentimos ningún temor”.

 

El resumen de sus experiencias por el Pirineo quedó plasmado en el libro “Voyage dans les Pyrenees”, que durante mucho tiempo fue atribuido a otro autor. L’Epine resulta atractiva por la viva personalidad que desprende y, desde un punto de vista literario, por la visión extremadamente subjetiva que proyecta sobre todo lo que ve. Quizá es el ejemplo más radical dentro del ámbito de la literatura pirenaica de mujeres.

 

Y finalmente les quiero hablar de la inglesa Anne Lister y el Vignemale. La gran montaña del Pirineo francés fue el escenario de la legendaria rivalidad entre Ann Lister y el Príncipe de Moskova por coronarla por primera vez en el verano de 1838. La pionera fue la intrépida aventurera británica, pese a las malas artes del noble, que intentó convencer a todos de que él había sido el primero. Al final se descubrió su engaño y Lister pasó a la historia como la primera montañera que ascendió el Vignemale.

 

El conflicto que protagonizaron Lister y Moskova y la despreciable actitud del mediocre Príncip, hicieron verter ríos de tinta y colocaron el episodio en un lugar prioritario de la historia del pirineísmo. La reacción de ambos ante el brillo de la fama es fiel reflejo de cómo el hombre y la mujer afrontaron de manera diferente el hecho del viaje o el de la escalada: el hombre buscaba el reconocimiento y la mujer simplemente, la belleza o la experiencia interior.

 

Explica Nanou Saint-Lèbe, gran estudiosa del fenómeno de las viajeras pirenaicas que “después de 1850 las mujeres escalaron las cimas más altas acompañadas por una persona allegada y pocas veces sola. Habrá que esperar algunos decenios a la emancipación femenina, para que algunas de ellas fueran consideradas como pirineistas de pleno derecho”. Esta realidad enfatiza más si cabe el valor de la hazaña de Anne Lister, a la que sería injusto tratarla sólo como una montañera.

 

Fue una precursora de los movimientos feministas y de igualdad, viajó por todo el mundo, escribió y reflexionó sobre la sociedad que le tocó vivir y, además, heredó una gran fortuna que le permitió desarrollarse como mujer y proyectar todos sus sueños y empresas. Pero quizá la parte menos conocida de Lister es la relativa a su condición sexual. Fue una de las primeras mujeres que habló abiertamente de su homosexualidad, toda una provocación para la época. Afirmó que “amo y sólo amo al sexo más hermoso y así, siendo amada por ellas, mi corazón rebela contra cualquier otro amor que no sea el suyo”. Lister se refería a su simbólica esposa Ann Walker, con la que acudió en 1838 a Saint-Sauver, punto de partida de su mítica ascensión al Vignemale. Anne Lister es uno de los personajes más admirados por los movimientos homosexuales, ella defendió derechos que hoy en día sólo se cuestionan desde posiciones extremadamente conservadoras.

 

Podríamos seguir hablando durante mucho más tiempo. Quedan muchas cosas por contar y por analizar, como la visión que los hombres tenían de estas mujeres. Pueden imaginarse la falta de tacto y la insolencia con la que observaban estos gestos de rebelión y afirmación personal. Sólo citaré brevemente algunos ejemplos: Lambrón decía que las mujeres no tenían la fuerza para llevar a cabo la ascensión de una cumbre; Oscar Commettant reconocía el derecho de la mujer a “la belleza, al encanto, a la gracia... y a la idiotez”. El Conde Roger de Bouillè las consideraba simplemente “ridículas” y bramaba que “no necesitamos leonas que enseñen a nuestros cachorros las virtudes de las amazonas”.

 

En fin... por encima de la trascendencia de las hazañas montañeras o el valor testimonial de los diarios de viaje, yo prefiero quedarme con el espíritu libre de estas mujeres. Fueron la vanguardia de los movimientos femeninos y canalizaron a través de su amor por la aventura y su pasión por los Pirineos una forma de entender la vida que rompía con siglos de exclusión y sometimiento. La verdadera montaña que escalaron fue la de la sinrazón, el machismo, la incultura y los dogmas. Y la conquistaron.

Imagen: Anne Lister

Viajeras (III)

Viajeras (III)

Probablemente Josephine de Brinckmann fue la primera viajera francesa por la España del siglo XIX. Recorrió parte del país entre 1849 y 1850; un país convulso y sumido en una caótica efervescencia política y bélica. Finalizaba la segunda Guerra Carlista y Madrid era una corte de intrigas y despropósitos que nada podía hacer para frenar la inestabilidad y precipitada decadencia del país. De Brinckmann se encontró un panorama desalentador, agravado por su condición de mujer. Por ejemplo, su llegada a algunos pueblos andaluces causó tal expectación que la Guardia Civil tuvo que actuar para protegerla de los curiosos. Luego conoceremos sus opiniones al abandonar nuestro país por el valle de Tena.

 

Pocos años antes, en 1830, Madame de la Granville de Beaufort cuenta en su “Viaje a los Pirineos” una ilustrativa anécdota de su llegada a un pueblo de la cordillera, cuyo nombre no especifica. La situación pone blanco sobre negro también el cosmos que separaba a las mujeres pirenaicas de las esporádicas visitantes:

 

“Había que ver cómo nos escudriñaban todos esos ojos, examinando nuestros sombreros y nuestros abigarrados vestidos, un poco maltratados por la lluvia. Alguien procedente de la Conchinchina no hubiera suscitado tanta curiosidad y sorpresa. Finalmente nos vimos envueltas en carcajadas, más o menos reprimidas, que me desconcertaron hasta el punto de hacerme abandonar el lugar”.

 

La controvertida Madam d’Aulnoy recuerda al inicio de sus memorias sobre el viaje a España en 1679 –viaje que, por cierto, no está nada claro que hiciera, más bien fue fruto de su fértil imaginación-, que poco antes de su llegada a la península se había producido la ejecución en la hoguera de una mujer por delitos de brujería. En esas circunstancias su propia extravagancia podía ser considerada resultante del maligno. El contraste entre la lúgubre realidad  de la ultracatólica España y la Europa de la cultura, la razón y la ilustración es de proporciones siderales.

 

La francesa Josèphine de Brinckmann, perteneciente a una acaudalada familia de ingenieros, recorre España y establece una intensa relación epistolar con su hermano Hugues, que vivía en San Petesburgo. Ese conjunto de cartas dieron lugar a un libro que se publicó en 1852 en París. Brinckmann había viajado por varios países europeos y, sobre todo, por Italia, el país referente en las rutas del Grand Tour, una especie de rito iniciático que constituía parte de la formación de los jóvenes de las burguesías europeas. Su objetivo era enseñar los saberes y los logros de los estados europeos modernos.

 

El viaje constituía una ciencia más que una actividad de ocio. En muchos casos, esas rutas tenían como fin la formación de un cuerpo de diplomáticos, políticos, abogados y militares bien capacitados. Era parte de la instrucción de las futuras elites europeas.  España sólo entra a formar parte de esas rutas a mediados del siglo XIX, y sobre todo durante el Sexenio Revolucionario iniciado en 1868, que supone una tímida apertura a las nuevas corrientes ideológicas procedentes de Europa.

 

Josèphine de Brinckmann es el paradigma de la mujer que se adentra en los Pirineos durante esos años. Un perfil similar al suyo lo volveremos a encontrar en numerosas mujeres que desde los centros termales del norte emprendieron incursiones por los territorios más populares de la cordillera. La viajera nacida en 1808 en Dupont-Delporte recorrió buena parte de España y de regreso a Francia optó por la alternativa del puerto de Portalet en detrimento del Somport porque “me dijeron que por la ciudad de Jaca el paisaje no es tan bonito”. Previamente pasó por Huesca y simplemente se limitó a apuntar que “no hay nada interesante que ver en Huesca mas que su catedral”.  Su detallada peripecia ofrece perlas de rotunda sinceridad y desarraigo, al tiempo que expresa una viva admiración por los paisajes pirenaicos, “esa naturaleza tan bella y variada en la que cada paso que se da es un nuevo placer”.

 

Al llegar a una posada en Sallent de Gállego, De Brinckmann exclama: “¡Dios mío, qué posada! Pero al menos fuimos resarcidos al encontrar leche de vaca; verdaderamente era para nosotros un festín, desde mi entrada en España era la primera vez que la veía”. Tras atravesar la cima del Portalet la viajera inició un complicado descenso en compañía de sus guías hasta Gabás, donde pensaban hacer noche. Sin embargo, nadie quiso alojarles y tuvieron que descender unos kilómetros más hasta Eaux-Chaudes y repetir un lastimoso peregrinar por varios hoteles que se negaban a acogerles. Finalmente lo lograron en el último. De Brinckman confiesa en su libro que “al entrar en mi país hice con tristeza comparaciones entre la hospitalidad española y la nuestra”. Pese a que al fin le sirven una buena cena y puede descansar en un buen lecho, reconoce con tristeza que ya ha entrado en la vida real, en la vida prosaica, lejos ya de la tierra soñada.

 

Ya hemos señalado reiteradamente las dificultades añadidas que encontró la mujer para hacer con normalidad lo que los hombres tenían por costumbre. La historiadora Elena Echeverría recuerda que a mediados del siglo XIX “la sospecha seguía pesando sobre los desplazamientos de las mujeres, sobre todo de las mujeres solas”. Y aporta un interesante dato que nos da la medida de la irritación que causaba entre la población masculina las “irreverentes” veleidades viajeras de ese reducido grupo de mujeres.

 

“Los médicos moderaban sus ardores, advirtiéndoles de los perjuicios del sol, que estropea el cutis, o sobre los perjuicios de los transportes caóticos, nocivos para los órganos. Abrumar a las mujeres con innumerables precauciones y problemas contribuía a disuadirlas”, señala la historiadora.

 

El viaje fue para ellas una liberación y una forma de reafirmar su independencia en un tiempo en el que la emancipación de la mujer se ha convertido en una de las principales causas de movilización social, principalmente en Inglaterra. No, desde luego, en España. Surgen las asociaciones de mujeres que luchan por el sufragio universal y el derecho a la igualdad con el hombre. La aspiración a la liberación se materializa en algunos casos extremos en la ruptura de los lazos matrimoniales y en el inicio de una nueva vida marcada por la independencia. Muchas de ellas convierten la aventura del viaje en una reivindicación misma de su nueva condición social. A mediados del siglo XIX un tercio de las mujeres pertenecientes a la nobleza inglesa –mayoritariamente protestante-, era soltera. Pueden imaginarse el impacto que causaron estas mujeres en la atávica sociedad pirenaica y, fundamentalmente, en la sometida población femenina.

 

Madame de l’Epine narra de forma gráfica un encuentro con una mujer del pueblo francés de Saint-Aventin en 1818: “era joven muy hermosa que no desea otra cosa sino casarse, me dijo”. Mrs. Boddington recuerda en su libro “Sketches in Pyrenees” su incidente con una joven que le intentó timar: “no obstante, existe una integridad tal en su obstinación que consigue enmascarar la extorsión”, afirma condescendiente. Juliette Drouet revela en su diario de viaje en 1843 una conversación con una mujer de Luz, la cual le inquiere: “ustedes, las mujeres de la ciudad, son muy afortunadas, nunca tienen demasiados hijos, lo cual sería más fácil para nosotras, las pobres”.

 

En San Sebastián Madame de la Grandville de Beaufort se quedó impactada con los velos que cubrían parcialmente el rostro de unas mujeres: “este velo les otorga aún más resplandor a estas penetrantes fisonomías españolas”, afirma.  Finalmente la referida Madame de l’Epine regresa a su proverbial mordacidad en la visita que realiza en 1818 al albergue de Luderviel:

 

“Hablé con la madre y con la hija; ésta última parecía tan vieja como la otra y, sin embargo, amamantaba a un pequeño que gritaba hasta dar pena y que conseguí acallar dándole azúcar: estas mujeres no sabían lo que era. Se sorprendieron también al ver un cangrejo y unos limones que llevaba conmigo”.

 

Los dos mundos que representan la mujer pirenaica y la viajera foránea se enfrentan constantemente, a veces casi de forma refractaria. Como hemos indicado al inicio, la visión de la visitante registra cierta displicencia y escaso interés por lo que se aleja del paisaje mismo. Sus reflexiones subliman la belleza del Pirineo y buscan la emotividad en el lector, en contraste con la aspereza prosaica de la vida diaria de los montañeses y montañesas.

 

Frecuentemente se advierte de un cúmulo de prejuicios consecuentes con su categoría social y estilo de vida; una frontera infranqueable que el sentido romántico del viaje no logra derruir. Como sostiene la historiadora Esther Ortas, “a mediados del siglo XIX ya se habían tornado tópicas muchas propuestas estéticas del Romanticismo europeo y del tratamiento de la naturaleza en las narraciones de desplazamientos”.

 

Entre el siglo XVIII y XIX tan sólo 19 mujeres francesas recorrieron el Pirineo. El extraordinario estudio realizado por Alain Bourneton sobre los viajes realizados por turistas foráneos por el Pirineo aragonés entre 1750 y 1904 revela que se redactaron y publicaron en ese periodo no menos de 209 artículos escritos por 84 autores diferentes. De todos ellos, ya hemos indicado que prácticamente ninguno fue realizado por una mujer. El dato no hace sino confirmar el papel secundario que han protagonizado ellas en la conquista del Pirineo. Pero ni siquiera la frialdad empírica de esos datos debe de hacernos minimizar o mitigar el valor de sus testimonios, como podremos comprobar.

  

Hemos rescatado algunos de ellos para constatar la frescura de muchas descripciones y la originalidad de determinados planteamientos que se escapan de la norma común, establecida hasta entonces por el ojo crítico del hombre:

La aristócrata inglesa Henrietta Chatterton viajó por ambas vertientes de la cordillera en 1841 y posteriormente plasmó sus experiencias en el libro “The Pyrenees with excursions into Spain”, volumen que fue ilustrado con 16 litografías de Bichebois. Chatterton visita Soule, Bious-Artigues, Bagnères de Luchon, los Montes Malditos o Viella, y confiesa sentirse horrorizada por el Puerto de Benasque y las Maladetas: “La vista aquí es demasiado terrorífica para ser pintoresca, pero es verdaderamente sublime”, señala. La doble índole moral y religiosa que Lady Chatterton utiliza para envolver lo sublime de la naturaleza constituye, según la historiadora Esther Ortas, “el elemento más significativo de su percepción del paisaje del Pirineo aragonés”.  La aristócrata perpetúa una corriente de componente filosofal que identifica el soberbio paisaje de la montaña con la fuerza creadora y el poder de Dios, convirtiéndolo en un privilegiado reducto espiritual. Desde Bious-Artigues, Lady Chatertton observa el Midi d’Ossau y exclama:

 

“La palabra montaña es excesivamente vaga y banal para designar tal objeto: describámoslo como el comienzo de algún monumento ciclópeo, de algún pilar destinado a alcanzar el cielo”.

 

Tres años después del viaje de Henrietta Chatertton, en 1844, otra inglesa, Selina Bunbury, recorre el Pirineo a caballo con el fin de divulgar la Biblia anglicana (sin comentarios), igual que hiciera entre 1836 y 1840 su compatriota George Borrow por toda España. De aquellos viaje surgió uno de los libros más populares dentro de la literatura de viajes por nuestro país, “La Biblia en España”. Selina Bunbury escribió después de su estancia en la cordillera el libro “Rides in the Pyrenees” y los cuentos “Evenings in the Pyrenees”. Nuevamente las Maladetas causan un impacto paralizante en la viajera cuando entra  en España por el Puerto de Benasque,  y deja fluir su torrencial espiritualidad para reflexionar sobre la grandiosidad de la naturaleza:

 

“Apenas puedo decir que eran las glorias de la naturaleza lo que vi, la naturaleza misma; por lo menos este mundo más bajo, estaba escondido de mi vista, pero no por la niebla ni el vapor”.

 

Selina Bunbury cabalgó por el valle de Aspe hasta Bedous y después continuó hasta Gavarnie, el Midi du Bigorre y el Tourmalet. Llega a Arreau y prosigue por el Peyresourde. Allí protagoniza un enfrentamiento con su guía, al que acusa de desconocer el terreno que pisan: “nuestro guía parecía conocer peor el camino que nosotros, recurría al dialecto provincial para pedir información sobre nuestra ruta a los campesinos que encontrábamos en el camino, sin que nosotros lo supiéramos”, recuerda.

 

Otra mujer fundamental en la historia del pirineísmo es Mary Boddington, popular escritora perteneciente a la alta burguesía inglesa, que participó en dos campañas por la cordillera; la primera en 1821 y después en 1832. En ese año 1821 también visita el Pirineo Marianne Colston en compañía de su marido, dentro de un largo viaje que incluía Francia, Suiza e Italia. Al año siguiente aparecería la obra “Journal of a tour in France, Switzerland and Italy during the years 1819, 1820 y 1821”, un álbum con 50 dibujos de los que 27 pertenecen a su paso por la cordillera.

 

Volviendo a Mary Boddington, publicó en Londres en 1837 “Sketchs in the Pyrenees” y un libro de poemas que incluye “Otoño en Bearn”. Sólo visitó la vertiente norte en su primer viaje y cruzó a España en 1832 por el Puerto de Benasque en medio de unas nefastas condiciones climatológicas. Su vasta producción literaria se nutrió de otros muchos viajes que realizó a lo largo de su vida, en los que indudablemente se incluía Francia, Italia o Suiza.

 

Esta experiencia viajera y el conocimiento de otros paisajes igualmente sublimes –según recurrente expresión de la literatura decimonónica-, sirvió para introducir un debate de largo recorrido en aquellos años: la comparación entre Alpes y Pirineos. Otros autores como el mismo Ramond, Harry Inglis o Willkoman ya habían tratado con entusiasmo el asunto, pero Mary Boddington se posiciona firmemente:

 

“En los Pirineos el aspecto general de la naturaleza es más suave, y –si puedo decirlo así-, toca más; actúa más sobre las afecciones del corazón y se enlaza más con nuestros sentimientos ordinarios y humanos; mientras habitamos en ella, el espíritu lleno de creencia, de felicidad, de confirmación, se anima, más aún con amor por la tierra bella, un sentimiento por sus deleites, un deseo de permanecer en ella, como si fuera otra palabra del cielo”.

 

El viaje de Boddington por el Pirineo español fue una especie de epifanía. Arrastrada por los tópicos que relacionaban el país con un lugar caluroso sin la morfología habitual de los espacios montañosos, al llegar a nuestro país se siente gratamente desconcertada y realiza un derroche de lirismo para describir todas las sensaciones que le provoca un paisaje tan bello como terrible:

 

“En los días de verano, cuando el aire está tranquilo, el cielo sin nubes y los pastos cubiertos de rebaños, esta vertiente española de los Pirineos puede presentar un aspecto más apacible y menos imponente. Los picos pueden perder su nieve, el valle su silencio e incluso la Maladeta una parte de sus terrores; pero ahora es un hueco tormentoso adustamente cercado y silencioso (...) Nos quedamos de pie unos momentos en un mudo homenaje al gigante desierto y entonces, sometiéndonos al frío y al viento extremos, nosotros mismos fuimos sus víctimas al ser lanzados de repente nuevamente a través de la grieta”.

“Salida para España (Aragón)”. Litografía de Touchstone