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Juan Gavasa

El signo de los tiempos

Pobres diablos

Pobres diablos

Vengo de un país en el que lo primero que hacen los políticos neoliberales es aprobar una plaza de funcionario para tener un trabajo vitalicio en la administración del Estado. Una vez garantizado el asunto laboral, se entregan con convicción al ejercicio de la política para defender la necesidad de un mercado libre de regulaciones en el que el Estado aparezca poco y perezca por inanición. Curiosa manera de afrontar la vida: no creen en un Estado fuerte ni en el empleo público pero por si acaso se hacen funcionarios. Y después se dedican a impartir doctrina neoliberal y a construir panegíricos de lo privado; el mercado tiene los mecanismos de corrección necesarios para generar riqueza y evitar desigualdades. Ya se sabe, la ele con la a del pensamiento de Smith, de probados resultados como se ha demostrado.

Estos neoliberales españoles denuncian las intromisiones del estado en los asuntos de la economía pero exigen su irrupción a machamartillo en los de la moral. Cabría decir que en los de su moral. Según esta cínica teoría, el Estado no debe intervenir en los mercados financieros y su natural tendencia reguladora sólo puede interpretarse como una intolerable alteración del marco de las libertades individuales, tan santificadas cuando la cuestión es ganar dinero. Tales libertades sólo existen, parece ser, para que la gran juerga de la economía de mercado y del capitalismo se celebre sin horarios de cierre y sin límite de decibelios.

Otro asunto es la libertad de conciencia para decidir sobre temas que en rigor sólo pertenecen al ámbito privado del individuo como el aborto, el matrimonio, el divorcio o la religión. Éste ya es campo minado. El ciudadano sí que necesita entonces una tutela y estos neoliberales apelan socorridos a un Estado fuerte que impongan el imperio de la ley para evitar que la moral difusa se convierta en libertinaje y acabe permitiendo que cada uno haga lo que le dé la gana. ¿En qué quedamos? No es necesario un Estado que imponga algunos principios básicos de la convivencia democrática como la solidaridad, la equidad, el reparto justo de la riqueza o la igualdad; pero sí que es apropiado reclamar un ámbito de gobierno superior que exija –o imponga mediante leyes ad hoc-, el cumplimiento del manual de decencia y buenas costumbres. Las costumbres de las gentes de ley y orden de toda la vida, que como la historia de España enseña, siempre han estado muy sensibilizadas con mantener la paz aunque fuera a base de unos cuantos golpes de estado y algunas guerras.

Vengo de un país en el que una parte cada vez mayor de sus ciudadanos no tiene trabajo ni se espera. Un país en el que el 50% de sus jóvenes menores de 25 años está en paro. Es un país en el que, pese a todo, existen miles de personas que defienden unas medidas que abocan a millones de españoles a la ruina mientras una minoría mantiene intactas su riqueza y privilegios. En vez de girar el dedo acusador hacia esa minoría, los ciudadanos de este país, reeditando las viejas cuitas de siempre, nos hemos convertido en los tontos útiles que hacen el trabajo sucio mientras los de arriba nos miran con ternura y suspiran: “pobres diablos”. 

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Es el futuro, estúpido

Es el futuro, estúpido

La huelga general del 14N ha dejado varias reflexiones en el aire, algunas urgentes y precipitadas, consecuencia del ruido todavía intenso de las multitudes en la calle y de la violenta respuesta policial en algunos casos concretos. Si quedaba alguna duda de la división real del país, ésta quedó disipada durante la jornada de ayer en las refriegas continuas de datos, valoraciones y explicaciones sobre lo que estaba ocurriendo. Una parte de la sociedad española, vinculada ideológicamente al Partido Popular, interpretó la huelga como una iniciativa sindical para desestabilizar al Gobierno. Es lo que se ha llamado huelga política; injusta y calculada.

Este amplio segmento social no reparó en las razones objetivas que llamaban a la movilización sino que prefirió mirar a otro lado con la conciencia tranquila porque la “algarada callejera” era cosa sindical. Y así es como durante todo el día la interpretación de lo que ocurría en el país se medía en términos muy concretos: violencia de los piquetes, consumo energético, porcentajes de participación o funcionamiento de los servicios públicos. Este empirismo intentaba racionalizar la respuesta ciudadana y situarla en un contexto político –de política de partidos-, con toda la carga de desprestigio que eso supone y que quienes la alentaban conocían perfectamente.

Poner el acento en quién convocaba y no en las razones por las que se convocaba fue ayer el ejercicio más practicado por la derecha mediática; monolítica, inasequible y placentera en el manejo de la neolengua. Forma parte del juego político y el partido en el gobierno necesitaba hacer acopio de un buen arsenal de argumentos para deslegitimizar la respuesta ciudadana, que en modo alguno procedía exclusivamente del mundo sindical. Siempre hay voceros dispuestos a hacer su trabajo, aunque ellos también puedan verse perjudicados en el futuro por las medidas adoptadas por el gobierno que ahora defienden como si les fuera la vida en ello.

Con cuatro fotos de contenedores ardiendo, algunas de piquetes excesivamente briosos y mucho pañuelo palestino consideraban arruinado el carácter democrático de la huelga. Pero no comprenden que fuera de su aislado entorno esas imágenes se interpretan como la medida exacta de la indignación de una sociedad que sale a la calle porque ya no tiene otras opciones reales de enfrentarse a un gobierno que ha hecho lo contrario de lo que dijo que haría, hace ahora un año. Porque la han culpado de una crisis que no provocó y la han obligado a asumir todas las cargas del sacrificio mientras los responsables verdaderos siguen en una reconfortante impunidad, imponiendo las nuevas reglas de juego. Esas imágenes no desprestigian a España sino a sus gobernantes.

Escribía Tony Judit que los intelectuales no se preguntan si algo está bien o está mal, “sino si una política es eficaz o ineficaz”. Es aquello de la ética de la responsabilidad frente a la ética de la convicción sobre lo que Weber teorizó para definir el trabajo de los políticos. Pues bien, uno en la consciencia del mundo en el que vive y de las batallas que se perdieron en el camino, no debería de escandalizarse por el juego subterráneo que se practica en el entorno del poder. Debería de interpretar el lenguaje como una parte de los códigos de conducta que se utilizan en la política para combatir al enemigo y reforzar las posiciones.  Debería de saber, en definitiva, que la impostura de las palabras está en la naturaleza del poder. Debería de relativizarlo.  

Pero ayer miles de ciudadanos españoles prefirieron parapetarse tras las siglas de su partido político porque consideraron que la huelga era un ataque contra ellos y no la expresión de la desesperación y la denuncia de unas políticas que están acabando con el estado de bienestar y con el modelo de sociedad que nos habíamos concedido después de años de lucha. En las redes sociales circulaban los comentarios en contra de los sindicatos y, por extensión, de la huelga como parte de su estrategia de acoso y derribo al Partido Popular. La pobreza de argumentos, la simplicidad de las opiniones y el maximalismo de las bravatas eran propias de la emancipación ideológica de la adolescencia, no de la gravedad del momento, que no admite frivolidades ni demagogia. Y resulta cuando menos insólito que esos ciudadanos que también han perdido el paraguas del estado y tendrán un futuro tan incierto como el de los que decidieron ir a la huelga, optaron por criticar a los sindicatos sin advertir que lo importante estaba detrás de las pancartas.

“Pienso en España vendida toda, de río a río, de monte a monte, de mar a mar” escribía Machado. Mientras eso ocurre ahora con descarnada literalidad, hay un país que sigue enfangado en las batallas partidistas sin advertir que el mundo se cae encima de todos, de ellos también. Les ocurre como a aquellos soldados japoneses que seguían en las trincheras y a los que nadie les dijo que la guerra ya había terminado. No se enteran. Gentes de ley y orden que anteponen su muy conservadora tranquilidad al estrépito de las turbas que buscan en la calle el eco de sus lamentos porque en sede parlamentaria solo se espera el silencio.

Ahora bien, los sindicatos españoles deberán de preguntarse en qué momento se jodió el movimiento sindical, utilizando el título del libro de Luis G. Lumbreras. Deberán de preguntarse por qué tantos y tantos españoles salieron a la calle a pesar de ellos, por qué perdieron la representatividad de la clase obrera y su papel de contrapeso en la democracia española. Deberán de preguntarse por qué acabaron convirtiéndose en aparatos burocráticos y clientelistas tan poco democráticos como los mismos partidos políticos. Deberán de preguntarse por qué alentaron –y no remediaron-, entre los ciudadanos la especie de que eran un nido de parásitos, vagos de horas sindicales y oportunistas acomodados en comités de empresa. Deberán de preguntarse cuándo se hicieron decepcionantes y, sobre todo, deberán de preguntarse qué van a hacer para volver a ocupar el papel indispensable que tienen que desempeñar en una democracia.

Pero mientras eso ocurre, el país que conocimos se precipita por el aliviadero del futuro sin que las certezas de la esperanza logren detener la sangría. Y ante el horror de ese espectáculo dramático muchos españoles prefieren aferrarse a la eterna España, a la “de la rabia y de la idea” de Machado. “Nuestro español bosteza. ¿Es hambre, sueño, hastío? Doctor, ¿tendrá el estómago vacío? El vacío está más bien en la cabeza”.

El problema no era la huelga, es el futuro, estúpido. 

Se acabó la clase de historia

Se acabó la clase de historia

Es muy interesante el nuevo escenario que se ha abierto en España y en Catalunya tras los acontecimientos de las últimas semanas porque en él ya no cabe el ventajismo de la ambigüedad ni la contorsión de los argumentos. Unos y otros van a tener que utilizar a partir de ahora otras narrativas para explicar qué futuro les espera a los ciudadanos si deciden seguir el camino emprendido por la clase política y una parte de la sociedad civil catalana. Y en ese nuevo relato es indispensable tratar no sólo los aspectos beneficiosos de la independencia sino también los costes, riesgos, renuncias y sacrificios que conllevará para Catalunya y también para España. Se ha acabado el tiempo de la historia alterna.  Pero es indispensable que se abra el de la democracia real en el que imperiosamente tendrá que encajar el derecho de los catalanes a expresarse sobre su futuro. No habrá mayor muestra de madurez democrática que el reconocimiento del estado español de ese derecho y de esa voluntad, si así queda manifestada en referéndum.

La nueva realidad económica y política ha superado el discurso clásico que había alimentado el debate entre España y Catalunya a lo largo del último siglo. Por fortuna para la higiene mental de la inmensa mayoría, parecen superados los tiempos en los que el conflicto se dirimía en las páginas de los libros de historia y en el diletante pensamiento de algunos políticos.  Debatir sobre las causas nos ha tenido entretenidos durante el último siglo sin acertar a encontrar la solución. Y así hemos consumido de manera irresponsable un tiempo precioso que nos ha llevado a un punto sin retorno.

De un plumazo han desaparecido de la escena pública los razonamientos históricos para justificar o explicar un sentimiento identitario, o para ponerlo en cuestión. Hemos soportado durante décadas un fuego cruzado de hitos y fechas, una  soporífera retahíla de agravios, desagravios, derrotas y enemigos comunes que se desperezaba en el catre de la historia haciendo de la mitología una narración histórica y de las leyendas una fuente inagotable de quebrantos y lamentos. Desde los esponsales de Petronila y Ramón Berenguer la vecindad entre Catalunya y Castilla ha sido un rosario de calamidades y estrépitos que ha dado combustible en épocas más próximas a afrentas seculares y a las más absurdas ofensas y cruzadas. Y así hasta nuestros días. Es aliviador comprobar que el debate hace un escorzo y se escabulle por un nuevo escenario en el que a las cosas indefectiblemente habrá que ponerles precio, nombres y apellidos.

El cataclismo ha sido tan repentino y de tal magnitud que el mortecino debate sobre el concepto de España y el conflicto con los nacionalismos periféricos repentinamente se ha visto desbordado por una realidad que precisa decisiones más urgentes. Siempre consideré un esfuerzo estéril, inútil, aquél que realizaban con obstinación los que se empeñaban en desacreditar la legitimidad histórica de las reivindicaciones catalanas y los que desde este bando intentaban acumular los méritos de sus antepasados para fortalecer su hecho diferencial. Esta vieja costumbre fue arraigando hasta acabar convertida en una gráfica explicación de lo que es España.

El desaparecido historiador catalán Pere Anguera afirmaba que “sólo cabe hablar de nacionalismo catalán de manera paralela a la aparición del español. Surge en respuesta a la voluntad centralista y unitarista de Castilla, y acaba confundiendo lo castellano con lo español”. Esta circunstancia todavía permanece y a ella se refería recientemente en un artículo publicado en El País la periodista Soledad Gállego Díaz. La idea de España como país de extremistas surge de la distorsión que se divulga desde los nacionalismos periféricos del origen de sus problemas, y en el imaginario catalán España acaba siendo un país de ciudadanos extremistas, afirmación que proyecta de manera injusta sobre el colectivo la posición de una muy determinada y reconocida élite política, económica y periodística.

Aquellas discusiones tediosas y tramposas sobre nuestra historia, en las que todos jugaban a poner el límite de la cronología allá donde interesaba para sostener el argumentario propio, han envejecido repentinamente por la irrefrenable fuerza de una realidad tan devastadora que se ha llevado por delante las pocas certezas que todavía mantenían cosido nuestro tejido social y emocional. La crisis económica, como ya ocurriera a finales del XIX, ha embravecido los desafectos a la idea de España y ha impulsado la convicción de que continuar aquí es un mal negocio.

Parece que se ha eliminado cualquier opción para una tercera vía que responda al carácter tradicionalmente pactista de los catalanes y que esté a la altura de la sensatez que exige la gravedad del trascendental momento histórico que vivimos. El discurso se ha instalado en las trincheras y ahora sólo queda espacio para el enfrentamiento de dos nacionalismos: el catalán y el español. Ambos bandos parecen encontrarse cómodos en la demostración de músculo y testosterona, que lamentablemente acaba derramando por los suelos la sensatez que exige la gestión de una situación extremadamente delicada. Como en la peor pesadilla de los conflictos bélicos, se valoran los atributos de la militancia y la adhesión y se denuncia la equidistancia y la tibieza. La espiral de declaraciones induce en la misma medida al miedo y al bochorno con un uso que creíamos enterrado de una retórica frentista que irremediablemente esta vez nos devuelve –salvando las distancias-, a la inquietante sombra del 36. Por desgracia, la estupidez es común a ambos bandos y ésta no aspira a un estado propio porque está en todos.

Hay sorprendentes analogías entre la reacción de la cerril España de ahora y la que en las primeras décadas del siglo XX combatió el incipiente nacionalismo político catalán. Entonces, los pistoleros a sueldo del gobierno de Maura intentaron subvertir una realidad social que ni comprendían ni querían aceptar. Ahora se pone en vanguardia a la "brunete mediática"; la misma impericia, sin sangre pero igualmente violenta y ultramontana. El fracaso en la negociación del primer Estatut catalán en 1919 y la disolución de la Mancomunidad catalana en 1925 por la dictadura de Primo de Rivera ofrecen decepcionantes paralelismos con lo que ha ocurrido 70 años después en plena democracia. La principal lección que debería de extraerse es que el problema catalán está ahí desde hace más de un siglo, con la misma fuerza y empuje que llevó a la redacción de las Bases de Manresa en 1892 o a la creación de la Lliga Regionalista de Cambó en 1914, la proclamación de la República catalana dentro de la República Federal Española en 1931 por Francesc Maciá o el Estatut de Nuria del año siguiente, último intento de atender las aspiraciones catalanas que el golpe de Estado de Franco acabaría arruinando. El famoso viajero e hispanista inglés Richard Ford ya escribía en 1845: “Los catalanes no son ni franceses ni españoles, son un resto de Celtiberia y suspiran por su independencia perdida. Siempre están dispuestos a emprender el vuelo”. Nada pues que no supiéramos aunque nos negáramos a ver.

Por lo tanto, el momento actual no puede considerarse ni imprevisible ni insólito ni consecuencia de una determinada coyuntura. La historia de España nos enseña que es la consecuencia natural de un largo proceso histórico de desencuentros que ahora se ven agravados con una crisis económica que los catalanes han interpretado como el síntoma definitivo de que su situación en España es, cuando menos, insostenible.  Y tanto entonces como ahora, desde el gobierno español y su cohorte mediática se actúa utilizando la misma estrategia: se atacan las contradicciones o prejuicios del nacionalismo catalán blandiendo las bondades de otro nacionalismo, el español.

Soy de los que piensa que el nacionalismo se identifica mejor con la derrota porque alimenta su victimismo y fija su enemigo. La gran novedad es que esa educación en la melancolía patriótica nacida de la asimilación de historias que hablaban de derrotas y enemigos,  a las que aludía  hace años Jon Juaristi, ha dado paso a un fervoroso vitalismo que asimila la independencia como la única esperanza, como el único proyecto ilusionante en medio de una crisis de magnitudes devastadoras. Continuar en España ya no sólo es un mal negocio, además es indigno y humillante. Y en el solar ideológico y social en que la crisis ha convertido al país, la independencia se observa como el único camino que huele a futuro, porque probablemente no hay otro.

Al resto de españoles, ahogados en la certeza de un futuro sin futuro, no nos queda otra opción a la que agarrarnos. Ahora la melancolía es nuestra. Por eso el independentismo se ha transformado en una opción que ha venido para quedarse, porque los catalanes la viven como una esperanza. Nadie les ha dicho cómo va a ser el camino ni el séquito de incertidumbres que les acompañará en la travesía. Pero como en los grandes proyectos vitales, las pulsiones individuales que incitan al movimiento colectivo pueden más que los detalles. Y en estas nuevas generaciones de catalanes, ajenas a los prejuicios y pudores del pasado, el horizonte de la independencia genera probablemente menos miedos, menos vértigo y más ilusión que la permanencia en un país que ya no ofrece ni un solo síntoma de esperanza.

Estos días varios analistas políticos han ofrecido una idea que probablemente explica la nueva dimensión del fenómeno político  catalán: “No hay que ser nacionalista para ser independentista”. El argumento introduce un nuevo e interesante matiz porque asume que el auge del independentismo en Catalunya se debe, en buena medida, a razones económicas y no étnicas o identitarias, como era tradición. No importa lo que ocurra en el futuro, ni siquiera se previene de la frustración que sucede a un estado de excitación colectiva, como la historia nos demuestra con insistencia. Cuando eso ocurra se asimilará como parte de los daños colaterales y se interpretará con la benevolencia de quien es dueño de su propio destino. 

El futuro no es lo que era

El futuro no es lo que era

Me asaltó recientemente la curiosidad y releí algunos de los diálogos que componen  el “El futuro no es lo que era”, aquella conversación entre Felipe González y Juan Luis Cebrián plasmada en un libro publicado pocos días después del atentado de las Torres Gemelas en 2001. Ambos habían sido protagonistas directos del proceso de consolidación de la democracia en España y, alejados ya en ese momento de los púlpitos desde los que influyeron sobre el rumbo del país, se solazaban reflexionando sobre vidas pasadas y sobre lo que esperaban del nuevo siglo recién estrenado.

Habían tomado prestada una frase del ex presidente de Uruguay, Julio María Sanguinetti, para titular aquel libro con el ánimo crítico de proyectar cierto desasosiego e inquietud frente a lo que deparaba el futuro. Hace diez años la revolución digital solo era una certera intuición, la globalidad un fenómeno nada contrafactual y la obsesión por la seguridad internacional una inminente amenaza de distopia.

González había decidido poner punto final a su carrera política y Cebrián a su profesión de periodista. El primero era ya ese “jarrón chino” que ilustraba su propia metáfora de los políticos en desuso y el segundo se dedicaba a construir un imperio mediático entre canales de televisión e inversiones transoceánicas. Aunque los dos contertulios dan muestra de una lúcida capacidad de análisis y de perspicacia, los cambios que ha experimentado el mundo en esta última década han resultado ser tan demoledores que han arrasado hasta el más prudente ejercicio de prestidigitación. Incluso el de aquellos que, como González y Cebrián, poseían un caudal de información superior a la media y una influencia notable como generadores de opinión.

Así es que las reflexiones que vierten en el libro han envejecido de manera prematura y se han convertido en una especie de arqueología intelectual. Pero no es tan importante la obsolescencia de las previsiones como las ideas que se arrebujan entre una narrativa de grueso calibre y que permiten intuir –con la ventaja que otorga releerlas diez años después de haber sido pronunciadas-, algunos de los escenarios que decoran nuestro convulso presente. Cebrian habla en un momento de la conversación sobre la necesidad de que los seres humanos tengan la educación y habilidades necesarias para incorporarse al nuevo proceso implementado por el mundo digital. Se refiere a los profesionales de la comunicación, obviamente; y aquella afirmación retumba hoy como si estuviera encerrada entre cuatro paredes, sometida a ese desastroso criterio de la senectud como virtud que declina entre las exigencias del nuevo periodismo.

Cuando se enzarzan en una discusión sobre el papel que debe desempeñar el sindicalismo en un mundo globalizado en el que los tradicionales sistemas productivos han sido sustituidos por nuevos mecanismos de plusvalía, Cebrián subraya las bondades del capitalismo salvaje porque debajo guarda cierta conciencia social. Enlazar esta afirmación con una referencia a Adam Smith resulta previsible. Pero ocurre. El egoísmo individual puede movilizar un bien general, dice. Finalmente habla de la “justicia social” a la que aspiran los sindicatos como un “concepto abstracto” alejado de “intereses concretos” y, por lo tanto irreal.

En esta década transcurrida desde la publicación de “El futuro no es lo que era”, han pasado demasiadas cosas y muy pocas han sido buenas. La crisis económica ha derivado en una gran depresión que ha removido los cimientos del estado de bienestar y las certezas sobre las que varias generaciones habían construido su vida. En el campo de los medios de comunicación se ha sumado además una crisis de modelo que está destruyendo no solo una industria sino también una cultura de la información. Recientemente el Instituto Reuters publicaba el informe “Diez años que agitaron el mundo de los Medios”, en el que, entre otras conclusiones, recuerda que “los viejos medios han conseguido grandes audiencias en internet pero pequeños beneficios”. Dicho de otro modo; el periodismo sigue siendo una demanda social pero no ha encontrado todavía el ajuste en el nuevo mundo digital para garantizar su rentabilidad.     

El libro colectivo “Queremos saber. Cómo y porqué la crisis del periodismo nos afecta a todos”, reúne las opiniones de grandes periodistas españoles como Javier Espinosa, Ramón Lobo, David, Jiménez, Mayte Carrasco o Mónica Prieto. Todos ellos defienden una misma idea: sin un periodismo serio y riguroso, sin una información veraz y refractaria de la propaganda, el mundo será menos libre. Es, en definitiva, la defensa del viejo trabajo del periodista, explicado mil y una veces mediante frases ingeniosas o sonoros quiasmos. La cronista chilena Rocío Montes argumentaba recientemente que su trabajo consiste en capturar un trozo de la realidad que merece ser contada “e investigarla como quien disecciona a un muerto”. Es otra buena descripción.

Pero uno sospecha que esa idea corre riesgo de convertirse en idílica. Cebrián, el mismo que hace diez años decía que El País pretendía representar “el ánimo de los progresistas españoles”, ha dilapidado el prestigio y el carácter institucional de ese medio de comunicación con un ERE que es tanto una noticia como un síntoma. La noticia es el abrupto final de ese periódico como principal medio de referencia nacional; y el síntoma es el nuevo tiempo que se abre para el periodismo y, por lo tanto, para la sociedad de la información en el que el futuro tampoco será lo que era.

En los últimos meses Cebrián se ha entregado a la causa de anunciar la muerte de la prensa “tal y como la conocemos”. Hábil estrategia para dibujar el contexto de sus decisiones. Con el ERE se van los periodistas más veteranos y se naturaliza la especie de que en el nuevo tiempo no será importante quién escribe ni cómo lo haga. Una manera confusa de entender aquello que decía Camba de que “el público no debe darse cuenta de que un autor escribe bien”. No es eso. Sí que me encaja otra cosa que escribía Ben Bradlee en sus magníficas memorias “La vida de un periodista”: “no es casual que los mejores periódicos en América sean aquellos controlados por familias para quienes hacer periódicos es una tarea sagrada”. Quizá ese fue el problema, cuando se pasó de gestionar un periódico a jugar a trilero. En ningún caso la culpa era del periodista.

Gobernadores

Gobernadores

Cada día se hace más patente el imposible carácter depurativo de esta crisis. “Refundemos el capitalismo” consignaban algunos líderes mundiales en las primeras horas del naufragio financiero, cuando la sospecha sobre la futilidad de la debacle todavía no tenía el tufo de la ignorancia. Cinco años después todo se ha transformado agitado en un bucle infinito de mentiras y engaños, y aquella ingenuidad morosa se observa como parte del drama o como la más abyecta de las imposturas. No va a haber catarsis pero esta sobreexposición de la ruina moral en que ha devenido la crisis al menos nos permite jugar a diario con reflexiones sobre los que hemos hecho o hemos sido en el pasado. Juego vacío e inútil, pero ontológico y pedagógico.

Cuando Gerald Brenan escribió en 1943 que España ha existido únicamente como nación “cuando se sintió bajo la influencia de alguna gran idea o impulso”, se limitaba a subrayar el antropológico carácter trágico del país y su tendencia al ventajismo. Brenan atribuía al economista Francisco Martínez de la Mata otra invectiva trastornadora del país: “no existe en ninguna de sus partes ni amor ni interés por la conservación del todo; cada hombre piensa únicamente en su utilidad presente y en modo alguno en la futura”. Lo escribía a mediados del siglo XVII.

El hispanista británico ofrecía más munición para el desaliento en la búsqueda de los dédalos del país al que había consagrado sus obsesiones más recónditas. En tiempos también de Martínez de la Mata, el embajador de Venecia en Madrid, Giovanni Cornaro, reportaba un memorándum en el que, a modo de epítome, condensaba las excelencias de lo que había encontrado al llegar a España: “desde el pobre hasta el rico, todo el mundo consume y devora la hacienda del rey; los unos, a pequeños bocados; la nobleza, a boca llena; y en cuanto a los grandes en cantidades fabulosas…”

Descubrir ahora la picaresca como parte de nuestra identidad nacional sería precisamente un juego ventajista e indudablemente reduccionista. Las cosas de la historia se mueven en otra dimensión, refractaria de sofismas y panfletos. Lo que abruma es la vigencia de los mismos males. El veterano periodista norteamericano Gay Talese afirmaba recientemente en una entrevista que “la gente importante hace declaraciones, pero eso no significa que sea la verdad”. Ácido retrato de la clase política actual, desnortada en su impericia y vanidad.

Talese retrata a una casta endogámica que mantiene fluidos vasos comunicantes con los periodistas, a los que el viejo reportero critica con sarcasmo. Desprecia su mansedumbre y su obstinado empeño en renunciar a las responsabilidades naturales del ejercicio de la profesión, observadas ahora como si se tratara de un tráfago. Una nueva irresponsabilidad que acentúa la crisis general y vulnera los equilibrios básicos sobre los que se sostenía la vejada idea de democracia. Unos y otros, políticos y periodistas influyentes, están en el frontispicio de la crisis ejerciendo de actores principales cuando, en general, sólo están capacitados para papeles secundarios o para alborotar en la clac. Las excepciones están alumbradas por la espesa luz de unos focos de escasa potencia.

Hay algo de herencia cortesana en esa actitud sumisa al poder. Uno puede comprender la fascinación que ejerce el núcleo del átomo, transitar sobre esa línea difusa que separa al político del periodista –o viceversa-; en ese reducido habitáculo de las altas esferas del poder con sus conciliábulos de intrigas y “off the record” en los que uno valora su peso profesional en función de sus fuentes y de sus silencios.  Cuando el fango llega a las rodillas de todos supongo que la reacción natural es la solidaridad. Después el instinto de supervivencia.

Siempre me ha causado hilaridad este mismo fenómeno en los ámbitos locales o provinciales. En veinte años de profesión he conocido a compañeros que transportaban su profesión en las espaldas como un mandato divino. Viven el trabajo como una nueva suerte de ascetismo y manejan la información como si manipularan piedras preciosas o la más refinada ambrosía. Se sienten parte de una estirpe privilegiada que hace del acceso a la noticia una cuestión inaprensible para el común de los mortales. Aman la intriga palaciega de rumores y desmentidos, de cafés a escondidas con el concejal de hacienda o el portavoz de la oposición. Muchedumbre de vanidades atropelladas. Cuando uno se concede tanta trascendencia acaba participando de un soporífero designio ridículo a ojos del resto. Pero ellos no solían ser conscientes de la esterilidad de sus propósitos.

Hubo en la provincia de Huesca un gobernador civil en tiempos de la dictadura, Víctor Fragoso del Toro, que como recuerda la historiadora Anabel Bonsón ”gobernó la provincia a su antojo” entre 1964 y 1975. La hemeroteca es pródiga en actos oficiales y visitas institucionales por los pueblos de Huesca rodeado de un séquito de camisas viejas, concejales de tercio y sindicalistas verticales. En los pueblos le recibían mocitos y mocitas ataviados con trajes regionales lucidos con esmero para interpretar el sacrificio público de coros y danzas. El pueblo aplaudía a rabiar y el alcalde de turno se sostenía la cabeza con el nudo de la corbata.

La democracia apenas ha mudado esos hábitos y costumbres en la relación entre el poder, el pueblo y la prensa. Más bien los ha reforzado con el falsario argumento de la legitimidad de las urnas, capaz de sostener cualquier tropelía y abuso. Ahora existe la figura de los consejeros autonómicos o los directores generales, que tras ser designados por sus méritos de militancia se ven ungidos de la noche a la mañana de una clarividencia infalible. Y viajan por los pueblos del territorio como lo hiciera aquel gobernador civil franquista y actúan con la misma solvencia institucional y el mismo recelo hacia el ciudadano. Adquieren pronto un tono indulgente en sus intervenciones, que no es más que la distorsión de un íntimo deseo de escapar del lugar para evitar incómodos trámites públicos. Pero están arropados por el calor del pueblo que admira al hombre de poder, y es la misma admiración que había brindado al viejo camisa azul cuarenta años atrás. Los libros de honor de nuestros ayuntamientos están repletos de firmas de tipos grises y mediocres que un día fueron nombrados gobernadores o consejeros o directores generales. Brenan ya se hacía la misma pregunta: “¿no es España, después de todo, el país en que la Historia –y de qué monótona manera-, se repite una y otra vez?”

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Lo que somos

Lo que somos

Escribía Manuel Chaves Nogales en su dramático prólogo a la primera edición del trémulo “A sangre y fuego”, que la estupidez y la crueldad “se enseñoreaban en España”  en los primeros días de la Guerra Civil. “Es vano el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita” apuntaba el periodista sevillano, que atribuía indistintamente a ambos bandos. Las trágicas horas del conflicto bélico revelaron la ruina moral de un país y su incapacidad para resolver pacíficamente, o cuando menos dignamente, sus males endémicos. En el naufragio de la nación salieron a flote todas las verdades ocultas durante siglos conformando un miasma que lo emponzoñó todo con su pestilente hedor.

España se enfrenta a una nueva hora dramática con la misma resuelta tendencia a la autodestrucción. La música ahora ya no son marchas militares ni el arte propaganda, pero el enemigo localizado en otras trincheras más inhóspitas y abruptas ha acabado por volver a sacar lo peor de nosotros mismos. La inicial crisis financiera ha devenido en una crisis sistémica y moral que ha arrumbado todas las certezas sobre las que habíamos consolidado nuestra etapa democrática.

Y como en todas las grandes crisis de la historia del país, el efecto anestésico de la fatalidad ha dejado al descubierto la gran mentira en la que vivíamos. En la crisis de 1898 los españoles descubrieron que ya no formaban parte de un imperio y que si éste había existido alguna vez fue tan solo en la tumultuosa ensoñación de algunos reyes de ambiciones desbocadas. Aquel estrépito generó un fenómeno todavía perdurable de desafectos hacia la idea de España y un estado de melancolía del que ya nunca nos desprendimos. Aprendimos también entonces que el nuestro era un país de derrotas, constatación que consagraría Gil de Biedma en aquella frase terrible: “de todas las historias de la Historia, la más triste, sin duda, es la de España porque termina mal”.

Otros vinieron para ahondar en la herida y hacer costumbre del sentido trágico nacional. Ortega acabó asumiendo que España era el problema; un sintagma con aspiración de fórmula para redimirnos de nuestros pecados originales. En la Transición las élites políticas protagonizaron un simulacro de consenso democrático que, convenientemente publicitado, prosperó como modelo de pacto, convivencia y reconciliación. Pero el tiempo ha demostrado que era una solución de emergencia tan eficaz en su momento como incapaz en su devenir. Enric González afirma que la idea de la Transición “consistía en saltar por encima de los problemas endémicos de España y plantarse en el futuro sin resolver el pasado”.

La prosperidad económica de las últimas décadas y la sensación general de progreso alimentaron la ilusión colectiva del final de nuestra leyenda negra. Europa representaba la síntesis de todo lo que habíamos anhelado durante siglos, una estación de destino en la que nos esperaba el futuro. La única certeza posible. Nos habíamos desprendido del hatillo y ahora viajábamos con equipaje. Pero como escribía el periodista alemán Sebastian Schoepp en el Süddeutsche Zeitung, en nuestra alocada carrera “modernizarse significaba, sobre todo, parecer moderno”.

El dinero fácil de la última década escondió por un tiempo todos los defectos de una construcción nacional que, utilizando el símil, tenía más el aspecto de una “burbuja democrática” que de un proyecto solvente de regeneración. Esa repentina fe democrática traía toda la prosopopeya del converso.  El teórico de la democracia, Alexis de Tocqueville, ya advirtió en el siglo XIX de que la cultura democrática no era posible si carecía del apoyo de las costumbres. Y mientras la riqueza fue un bien común asistimos con displicente indiferencia a los defectos de forma de nuestro país, convencidos de que eran taras asumibles en el nuevo tiempo. No nos importaba la escasa cultura democrática de nuestra clase política, la permanencia de las élites económicas y políticas de siempre en los principales estamentos del país, la corrupción que atribuíamos a la tradición tragicómica española, el despilfarro legítimo de los nuevos ricos o el derecho a una nueva vida en la que era más importante aparentar que ser.

La crisis se ha llevado por delante no sólo la economía del país y la de millones de familias sino la idea irresponsable e irreverente de que la democracia es un bien natural que no requiere grandes atenciones. Ahora, cuando sumidos en una sima económica y moral comprobamos cuan falsos eran los pilares sobre los que se sostenía nuestro edificio, clamamos contra todo lo que nos rodea sin percibir nuestra cuota de responsabilidad. Enric González culpabiliza de la ruina económica a los errores de la construcción europea, “pero la ruina moral es enteramente nuestra”.

Todas nuestras certezas están bajo sospecha. Como señalaba en El País, José Ignacio Torreblanca, las sombras han ido alcanzando a las principales instituciones del país y ya hemos asumido que nuestro modelo social se está transformando para un futuro que será más incierto todavía. España no tiene solución. Esta nueva crisis, quizá más angustiosa y clarividente que las que la antecedieron, nos está devolviendo a nuestro estado natural con la sensación de que nunca más tendremos derecho a aspirar a tiempos mejores. Cometimos la imprudencia de vivir un sueño sin más argamasa que nuestra voluntad y el crédito ilimitado. Los excesos del pasado nos han dejado la más desoladora de las realidades; no es posible cambiar el rumbo de nuestro destino, que se manifiesta como si de una maldición bíblica se tratara. Somos lo que éramos.

La teoría de que el miedo paraliza a las masas ya no es sólo atribuible a los estados totalitarios. En esta democracia mutilada y vigilada los ciudadanos hemos sucumbido a un estado de alienación colectiva que nos impide racionalizar la arbitrariedad  de los abusos, los desmanes y la arrogancia de los poderosos. Y ahora, frustrados y con la resignación de una pueril culpabilidad, comprobamos exhaustos que las palabras de Gil de Biedma se han transformado en una letanía: siempre termina mal, siempre termina mal.

¡Vaya tropa!

A la misma hora que la "rentable y transparente" Bankia (Mister Rato dixit) mostraba sus vergüenzas y sus dirigentes silbaban y ponían la mano con el Rolex para exigir un pastón cósmico al erario, un matrimonio de invidentes iba a ser desahuciado por no pagar la hipoteca, uno más entre miles.

Les diré ahora una obviedad: la crisis no trata igual a los de arriba que a los de abajo. En medio de ese océano que llamamos crisis sobrenadan dos clases de expertos: los que saben de lo que hablan y los que hablan de lo que saben. Los primeros suelen ser los prácticos, esos ciudadanos anónimos sumergidos en los remolinos de su trabajo cotidiano que día tras día afrontan con ánimo las llagas de la maldita crisis. Profesionales de la educación, la sanidad, la asistencia social y todos aquellos jornaleros posmodernos que se relacionan con las personas realmente existentes, uno a uno y ojo en el ojo, tratando de combatir su ignorancia, de reparar las averías del cuerpo y del espíritu que les causan sus formas de vida; normopatías, las llama un amigo psicoanalista. Pegados a la piel del mundo, suelen tener un equipamiento moral inoxidable que los hace aún combativos y optimistas. Son un enjambre de buenos funcionarios, campesinos, oficinistas, pequeños empresarios autónomos, artesanos y demás obreros de nuestro agonizante Estado del bienestar. Clase media amenazada de derribo, gente cabal que se ganó el nombre de pueblo, que sabe de lo que habla aunque no alcance a expresarlo con palabras de terciopelo, porque ellos trabajan y viven prácticamente en el mundo real; y los mejores de entre estos lo habitan poéticamente, como quería aquel loco solemne llamado Hölderlin. Fin de la descripción del pueblo medio y bajo, por decirlo con un gramo de demagogia. Veamos cuál es el perfil de los de arriba.

LOS DEL ÁTICO viven en otro planeta. Asentados en una amurallada urbanización para ricos, sobrevuelan el mundo real en una ingrávida burbuja de cinismo y elegancia. Hablan y no callan de lo mucho que saben; pero es un saber formalista, desvitalizado, aprendido en sede académica y en las cotizaciones de bolsa, contando rentabilidades y poniéndose de perfil para citar bibliografía y espiar la crónica de miserias y triunfos de sus cofrades. Pura güisquipedia. Magistrados de puñetas y crucifijo; políticos y parlamentarios electos y convictos; concejales y tertulianos; banqueros orondos y obispos ingrávidos; publicistas, truchimanes y demás criaturas de palabra fácil, sustanciosos ingresos y vida regalada, en el doble sentido de acomodada y gratuita.

Algunos provienen de abajo pero acontece con regularidad pasmosa que, en cuanto echa barriga su currículo, aumentan sus amistades y plusvalías, escalan sigilosamente o trepan ruidosamente, según temperamentos, y se afanan por llegar a la cima donde verdean pesebres y billetes; y codician por colarse en un discreto consejo de administración donde el usurero encorbatado baila con el sindicalista barbado. Es el paraíso donde el dinero canta su bendita letanía: calla, que algo te queda. Otros ni se han esforzado en subir: tienen marcados en el lomo los genes necesarios para habitar el ático y, claro, dan como cosa natural de su casta los privilegios, regalías y robos de guante blanco de su cofradía. Corporativismo, silencio y pelotazo. Hay un detalle que tiene gracia: esa tropa de presuntos expertos, que asesinan la gramática nada más abrir la boca, se olvida pronto de aquel aireado sueño de su lejana juventud de un mundo justo y fraternal. No solo lo olvida sino que, si el sueño reaparece hoy como movimiento de indignación social, se ríe con sarcasmo del perro y la flauta y se apresura a llamar a los guardias de la porra.

LOS DE ARRIBA creen que han llegado a la cima y alivian su raquitismo moral tapándose el cerebro con una camiseta de fútbol o una boina identitaria de buena marca, de esas impermeables a la reflexión propia. El poder corrompe solo a quien se quiere corromper y a quien calla ante la corrupción ajena por interés y cálculo. Lo público se evapora, la privatización arrasa y se condena a la miseria y a la explotación laboral a los de abajo. Virus nuevos que alcanzan ya a la clase media, ese sector social que había crecido con la democracia, la educación pública y la sanidad universal. Mientras, la engominada parentela del Tío Gilito está encantada de unos políticos que, a solas, les comen en la mano con la docilidad del pícaro lacayo que se inclina calculando su ganancia.

ESTE ES UN PAÍS de buena gente que quiere vivir su vida con alguna dignidad pero que es desvalijada por una docena de tiburones financieros y una recua de tiralevitas y palmeros que les ríen las gracias. Se liquidan las viejas reglas del juego democrático y mucha gente desconcertada pide mano dura ya. Vaya tropa de usureros mafiosos, vaya tropa de incompetentes para afrontar la crisis; más parecen personajillos de una comedia bufa de Lope de Vega. Pero tanta vileza no puede durar tanto tiempo ni vulnerar a tantos. Nadie olvide que si de la indignación a la desesperación hay un paso, de esta a la violencia no hay ni medio.

Artículo del periodista Fabricio Caivano en El Periódico

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El pasmo

El pasmo

Valle Inclán solía decirle a Belmonte: “¡Juanito, no te falta más que morir en la plaza”. A lo que el torero respondía azorado: “se hará lo que se pueda, don Ramón, se hará lo que se pueda”. Merkel unas veces y otras veces los mercados insinúan al Gobierno español lo mismo aunque de manera sutil y sofisticada, de acuerdo a un dogma de fe enfangado en el limo del equilibrio presupuestario. Rajoy viene a responder lo mismo que el torero sevillano: “se hará lo que se pueda doña Angela, se hará lo que se pueda”. Y el voluntarioso y disciplinado político español se enfrenta a las embestidas de la economía de mercado con el mismo pasmo que hizo inmensamente popular al de Triana. Rajoy ha convertido su gestión en una trocha que conduce a España a la irreversible pobreza económica y a la miseria moral. Morir es lo que le falta al país. Una tragedia pública en la mejor tradición de la historia española. Sin sangre ni espadones; sólo el último drama en directo.

Algunos nos preguntamos si merecía la pena tanto arrobo de poder para acabar haciendo esto. “Hay método en su locura” decía el Polonius de Hamlet. Y sin duda hay método en el afán de la derecha española por desmontar un sistema de convivencia y bienestar que los españoles hemos convenido concedernos a lo largo de décadas de lucha, pactos, gestiones, cesiones y negociaciones. Esta locura planificada ha encontrado el marco idóneo de una crisis inmisericorde para razonar el argumento. Subvirtiendo principios democráticos que parecían insoslayables, el partido de gobierno apela a su mayoría absoluta ganada en las urnas para destruir los pilares básicos de nuestro sistema; sin necesidad de consensos ni explicaciones. La gran paradoja es que blande su crédito democrático precisamente para hacer exactamente lo contrario que sostenía en el programa con el que se presentó a las elecciones del pasado 20 de noviembre.

El desprecio a la razón democrática y la soberbia desmedida de quien tiene un poder ilimitado han revertido la derecha de siempre, aquella para la que el gobierno era una condición natural que se veía suplantada cuando caía en manos de los socialistas. Se sentían usurpados. Cuando las cosas regresaban a su orden natural actuaban “con sentido común”, que es la manera castiza y muy conservadora de decir que las cosas tienen que seguir como estaban dentro de unos principios morales y económicos. El general Primo de Rivera pregonaba en las primeras horas de su golpe de estado que había llegado el tiempo para aquellos que tuvieran la masculinidad “completamente caracterizada”. Es decir, era una cuestión de cojones.

Ahora la derecha mediática, cada vez más enfervorizada e inyectada en sangre, pide más cojones contra quienes se sublevan frente al sistema. Son radicales que no creen en la democracia, perroflautas malolientes que necesitan mano dura, aseguran. Es decir; que la única violencia legal existente actúe contra ellos como si se tratara de criminales. El país se hunde y los levantamientos desesperados son ataques contra el sistema. Contra el mismo sistema que ha llevado a la ruina a la economía de medio mundo y con ella a millones de familias. Pero estos comunicadores y sus políticos actúan con la habilidad del profesional de la cosa y consiguen que los ciudadanos de a pie dirijamos nuestras iras contra el prójimo: el inmigrante, el funcionario, el sindicalista, el universitario. Nos despedazamos mientras ellos continúan su marcha.

Churchill decía que la democracia es algo excelente en la medida en que nos libra de sistemas políticos peores. Sin embargo, nuestra clase política está desvirtuando los valores esenciales de la democracia con una perversidad que resultaría hilarante si no fuera dramática.  El riesgo de perder lo que tenemos ya no es una hipótesis o la maldición de una distopia. Es el inicio de una nueva época y nosotros estamos en medio, comenzando a añorar lo que tuvimos e incapaces de saber lo que nos quedará.

Fernando Savater explicaba hace unos meses que hay noticias importantes en sí mismas y otras solo como síntomas. En España hace meses que las noticias dejaron de ser importantes porque son fugaces. No tenemos tiempo a digerir la toxicidad de su contenido y mucho menos a analizar sus componentes. Son yuxtapuestas por otras más letales y graves. Y en esa espiral infinita las noticias acaban siendo síntomas que proyectan el cuadro clínico de un enfermo en coma inducido. Aprovechando las ausencias o las deserciones cada día asistimos a un nuevo episodio de una regresión social, que es el escenario ideal para que hagan juego viejas ideas totalitarias que siempre que irrumpieron en la historia lo hicieron precedidas de los mismos argumentos: el miedo y la incertidumbre.

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