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Juan Gavasa

Ordesa

Ordesa

El mítico Roldán, rodeado por los árabes, lanzó su espada para poder ver su tierra antes de morir. Durandal atravesó con violencia las paredes de Ordesa y se perdió en el horizonte, dejando una brecha que realmente parece un tajo. Ese abrupto corte es depositario de leyendas y de historias humanas que hablan de contrabando, peregrinos y evadidos. Es uno de los rincones más visitados del espectacular Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, cuya entrada principal por el bello pueblo de Torla ve pasar cada año a más de medio millón de personas.

Aunque existen cuatro entradas naturales, ésta es la más popular. Desde aquí se domina una de las panorámicas con mayor poder iconográfico de todo el Pirineo; se trata de la cara sur del imponente murallón del macizo de Mondarruego. Torla representa uno de los valores más interesantes de Ordesa; su carácter humanizado. Pese a las figuras de conservación que rigen en el Parque, Ordesa no es una reserva. Existen varios pueblos en su interior y todavía es posible ver explotaciones ganaderas, algo que los biólogos consideran fundamental para la conservación del hábitat. En el valle  siempre hubo presencia humana, como así lo atestiguan las viejas fotos de principios del siglo XX, que muestran la desnudez de grandes extensiones de pastos en lo que hoy son frondosos bosques.  

Desde Torla se inicia el breve trayecto en autobús hasta la gran pradera en la cabecera del valle. La tupida red de pinos, abetos y hayas origina nuevos espacios recogidos en la penumbra que facilitan la conservación de determinadas especies que son endémicas del Pirineo. Otro de los rasgos más característicos de Ordesa es la gran variación de temperaturas y de humedad que se registran a diario, lo que genera profundas inversiones térmicas que quedan perfectamente reflejadas en la distribución de sus pisos vegetales. En sus majestuosos circos, en sus fallas y planicies, en sus impresionantes pliegues se puede observar la orogénesis de la cordillera pirenaica con una soberbia claridad didáctica. El geógrafo francés Franz Schrader describió mejor que nadie a finales del siglo XIX el Paisaje de Ordesa: “es un inmenso poema geológico”.

En la pradera del parque está el infinito. El río Arazas discurre a la derecha y a la izquierda se alza imponente el inconfundible Tozal del Mallo. El gran valle de origen glaciar en forma de U, se adentra durante 15 kilómetros rodeado de impresionantes paredones pétreos de imposible verticalidad, reconocibles por el rojizo de las areniscas y el color grisáceo de las dolomías. Son el ADN de esta maravilla natural, que certifica con exactitud científica que en el pasado todo lo que contemplamos fue un fondo marino. La exuberante vegetación aliviada por los infinitos caminos de agua que surcan las laderas representa un contraste absoluto con los desiertos kársticos de las cumbres del valle, muchas de ellas por encima de los 3.000 metros. Marboré, Cilindro, Taillón y, por supuesto, el Monte Perdido.

Aquí se comenzó a escribir la historia del pirineismo en 1802, cuando el barón alsaciano Ramond de Carbonniéres conquistó la cima por primera vez. No obstante, la leyenda y quizá la lógica, aseguran que los pastores de Ordesa ya lo habían hollado mucho tiempo atrás. Un siglo después, otro compatriota suyo, Lucien Briet, recorrió los senderos de Ordesa y fotografió sus paisajes y sus gentes. Hoy se recuerda con una placa de bronce junto al río Arazas su determinante contribución a la creación del Parque Nacional en 1918.

El recorrido más popular en esta parte del Parque es el que conduce al Circo de Soaso y la famosa Cola de Caballo, un espectacular salto de agua situado a 1.758 metros de altitud, colgado del mismo Perdido. Se trata de una excursión relativamente sencilla y apta para casi todos los públicos. Son cerca de 4 horas de caminata que permiten descifrar buena parte de los arcanos naturales que guarda Ordesa.

Uno de los más valiosos es su fauna,  representada principalmente por la perdiz blanca, el buitre leonado, el singular quebrantahuesos, la marmota o el accesible rebeco. Ya no queda, sin embargo, ningún ejemplar del mítico “bucardo”, una subespecie de la cabra hispánica que desapareció hace algunos años por el afán aniquilador del hombre.

El río Arazas es la principal referencia. Nace en las faldas del Monte Perdido y va a desembocar al Ara, el único río no regulado del Pirineo aragonés. En su curso recibe las aguas de numerosos torrentes y su adaptación a la endiablada orografía convierte su recorrido en una suerte de saltos, cascadas y rápidos de una belleza selvática. Probablemente uno de los lugares más emblemáticos son las Gradas de Soaso, unas curiosas terrazas de origen glaciar en las que el Arazas adquiere formas insospechadas. Como ocurre frecuentemente, el legendario popular atribuyó connotaciones mágicas al lugar.

La belleza casi indómita de este rincón contrasta con el espectacular valle de Añisclo, incorporado al Parque Nacional en 1982 junto a los de Escuain y Pineta. Es un profundo cañón en cuya cabecera tiene un circo de origen glaciar. Al valle se accede desde el pueblo de Escalona por una estrechísima carretera que sigue paralela al curso del río Bellós entre cascadas y correntías.

Trece kilómetros después de Escalona se alcanza el hermoso puente de piedra que salva el cañón y la ermita rupestre de San Urbez, punto de inicio real del conocido como Cañón de Añisclo. En el pintoresco pueblo de Escuaín se encuentran las gargantas del río Yaga, cuyas aguas descienden impetuosas desde el Monte Perdido por una brecha de 200 metros de profundidad.

 

Artículo publicado en el nº 172 de Viajes de National Geographic

Banderas

Banderas

El féretro de Labordeta estaba cubierto con una bandera de Aragón. Carmen París trajo una tricolor y la depositó junto al ataúd. Nunca he sentido nada especial por la bandera aragonesa, no integra mi imaginario ni representa nada de lo que considero esencial en una sociedad. Atribuir valores universales a una bandera es un ejercicio de funambulismo sentimental. Soy aragonés, pero a mi manera.

La tricolor representa un país anhelado, una España que pudo ser pero fue asesinada en el intento. Es el país derrotado y usurpado, arrancado de las manos de la dignidad, la decencia democrática y el sentido de libertad. Acaso una idea nostálgica y melancólica pero siempre el estímulo que nos mantiene vivos en el deseo de otra sociedad y otro mundo.

Decía Borges que detrás de las banderas siempre hay un ejército. En los últimos meses he conversado largamente con los amigos más cercanos sobre el desconcierto que nos causaron las celebraciones por el triunfo en el mundial del fútbol. Nosotros, que pertenecemos definitivamente una generación perdida entre las tinieblas del franquismo y el brillo cegador de los oropeles democráticos, seguimos blandiendo los prejuicios del que se habituó a perder. No tenemos la costumbre del ganador, algo que nuestros hijos sólo verán como pura arqueología sentimental, un desecho de las generaciones que les precedieron.

La España que salió a la calle con la bandera constitucional ya no nos pertenece, es el país de nuestros hijos; desacomplejado, neutro y arrogante. Tan limpio de prejuicios antiguos que produce sana envidia. Escribió el historiador aragonés Alberto Sabio, con su habitual flema inglesa, que era más gratificante que los chinos vendieran banderas españolas que las portaran los delfines de Blas Piñar, como había ocurrido hasta ahora en este país.

El escrito italiano Andrea Camilleri reflexionaba hace unos meses sobre la historia de su país y aseguraba que Italia era “una expresión geográfica, como lo son en cierto en cierto modo todas las naciones”. Me pareció brillante esa definición, sobre todo porque la consideré perfecta para describir lo que es España. En los días posteriores al triunfo de la selección, y envalentonados seguramente por el calor veraniego que derrite las meninges, muchos analistas y escribidores se aventuraron a anunciar el final del problema español. El mundial había logrado que los españoles salieran por fin a la calle sin complejos con la enseña nacional y que una nube de españolismo cubriera toda la península, incluso sobre aquellos territorios desafectos a la idea uniforme de la España única.

Falso. He de reconocer que el éxito deportivo ha acabado con años de prejuicios y complejos. Y me alegro por ello. Creo que un país que muestra sus símbolos de manera natural tendrá menos problemas de salud mental y menos conflictos sentimentales. Yo los seguiré teniendo porque pertenezco a una generación lastrada por los fantasmas de nuestra historia. Mi hijo no. Pero el tejido afectivo de este país, desde mi punto de vista, sigue deshilachado e irresoluble. España tiene problemas de encaje y cuentas pendientes con su pasado. Y sería un error observar en el entusiasmo colectivo, contagioso y oportunista del triunfo futbolístico el antídoto a los nacionalismos periféricos. Estos existen y continúan donde solían, desde el matrimonio de los Reyes Católicos. Nada ha cambiado.

Camilleri recordaba que en Italia se hizo muy popular una frase en los tiempos de la unificación: “Una vez hecha Italia, habrá que hacer a los italianos”. Durante siglos en España ocurrió lo mismo, pensamos que existía España pero nos olvidamos hacer españoles. Usurpando nuevamente a Camilleri, “los españoles son continuamente ellos mismos y lo contrario de ellos mismos”.

Adios Labordeta

Adios Labordeta

Quería escribir hoy de Labordeta en mi regreso al blog. Pero no sé qué escribir. He leído tanto y tan variado en estas últimas horas que me siento incapaz de aportar algo valioso al canto unánime y desgarrador de quienes le admiramos e incluso de quienes le detestaron. Sorprende el respeto con el que le han tratado en sus obituarios incluso los medios de la derecha ramplante española.

Salvo alguna lamentable excepción, la brunete mediática ha dejado las ideologías a un lado y han valorado el perfil humano e intelectual de Labordeta. Han puesto el acento en el hombre bonachón, sencillo y cercano, asumiendo incluso que sus famosas andanadas en el Congreso fueron el grito frustrado del ciudadano humilde, en el que se sintieron identificados hombres y mujeres de todo el país.

Miguel Mora en El País escribió:

“Labordeta fue la voz de una tierra callada. La voz de Aragón, lugar de miseria, emigración y soledad, tierra baldía y náufraga que con él, que como Buñuel fue un aragonés de mirada muy larga, volvió al mapa por la puerta grande de la libertad”.

(…)

“Habrá un día en que todos agradezcan a Labordeta los servicios prestados a este país de sordos voluntarios. Entretanto, los jóvenes que no le hayan oído todavía deben saber que hubo pocos cantautores menos plastas que él, porque sumaba a la hondura de sus himnos la gracia irresistible del pop agrícola pirenaico”.

Confieso que lloré el domingo. Aragón TV ofreció un excelente documental dirigido por el periodista Pablo Carreras, hijo del inolvidable profesor Juan José Carreras. Fue un documental elaborado en los últimos meses, cuando la inminencia de la muerte de Labordeta obligaba a realizar el doloroso trabajo periodístico de hablar en pretérito sobre alguien que todavía no se había ido. Una anticipación a la muerte cuando ésta se vislumbraba al fondo.

Hay palabras huecas que suenan a compromiso en el momento de la muerte. Es reconocible el eco de la nada, los discursos alambicados construidos para ocultar que no hay mucho que contar. Con la muerte de Labordeta hay una lengua de dolor que cubre todo Aragón; en realidad Aragón es la metáfora de la que se sirvió Labordeta para clamar contra la injusticia, la opresión y la falta de libertad. Por eso un viento de pena sincera recorre el país, porque en el fondo todos queríamos ser como Labordeta; libres, sencillos, honestos y queridos. Hombres y mujeres sin banderas. Ciudadanos.

Periodistas

Periodistas

Me gusta esta foto. Los que soléis seguir mi blog bien sabéis que casi nunca cuelgo fotos mías y suelo evitar la autocomplacencia con las cosas que voy haciendo por la vida. En esos casos siempre me remito al señor “Lobo” de Pulp Fiction, para no olvidar aquella máxima del periodismo de que las noticias de hoy servirán para envolver los bocadillos de mañana. Un mantra periodístico aplicable a la vida misma, como podemos comprobar desde que tenemos uso de razón.

La foto es de Pilar Hurtado y está tomada hace unos días en una de esas ruedas de prensa que solemos convocar en Pirineos Sur todos los sábados por la tarde. La discoteca del Hotel Nievesol se transforma por unos días en una Sala de Prensa y allí se reúnen periodistas de Madrid, Barcelona, Bilbao… (casi ninguno de Aragón), para hablar de música, interrogar al artista de turno o simplemente conversar con la organización sobre el desarrollo del Festival.

Llevo veinte años dedicado al periodismo y pese a las advertencias de Kapuscinsky, lo cierto es que me he vuelto algo cínico y maniqueo con las cosas de la profesión. No me suelo creer casi nada porque generalmente detrás de las declaraciones de relumbrón uno descubrió hace tiempo que existe una trastienda más ingrata. El mundo real, vamos.

            La realidad periodística es un camino paralelo a la vida real. A veces se cruzan pero por lo general lo que se proyecta a través del trabajo del plumilla suele ser una deformación interesada y forzada, o simplemente la conclusión a años de desengaños. Valle Inclán utilizaba la metáfora de los espejos cóncavos para explicar la decadencia de España. Una cosa era lo que veíamos o lo que queríamos ver, y otra la realidad. El periodismo es una profesión mentirosa; te atrapa al principio pero pronto se revela como un amante cargado de defectos y oscuros rincones. Del éxtasis del enamoramiento químico pronto se pasa a la más profunda de las decepciones, al descubrir que casi nada en lo que creíste es real.

            En las ruedas de Prensa de Pirineos Sur me suelo reconciliar por unos minutos con la profesión. Los periodistas musicales suelen ser tipos bien formados, divertidos, sagaces y, sobre todo, amantes apasionados de su profesión. Nunca sueltan preguntas de compromiso, nunca se quedan callados si delante tienen alguien que merece la pena. Siempre tienen una cuestión en la boca que desarma por su contundencia y sentido. Cada pregunta suele tener una base histórica, un rigor musical que explica los años de audiciones, festivales y críticas. Cuando descubres que todavía es posible aprender de un compañero de profesión, todo lo anterior queda en cuarentena. Hasta la próxima vez.

Grosem me envía una de las memorables frases que aparecen en el memorable guión de "Primera Plana". Creo que acaba de cerrar el artículo.

- Walter Matthau: "Cásese con un enterrador o con un verdugo; con quien sea, menos con un periodista".

- Susan Sarandon: "Pero Hildy va a dejar el periodismo".

- Walter Matthau: "No se pueden quitar las manchas a un leopardo ni enganchar un caballo de carreras a un carro de basura".

Zaragoza, Casablanca, Orán

Zaragoza, Casablanca, Orán

Pirineos Sur ha forjado su prestigio de festival ideológico a partir de varias certezas y convicciones. La más importante es que el rastro musical que sigue por el mundo desde hace casi dos décadas está marcado por un olfato privilegiado para percibir lo interesante. A veces las músicas sólo pueden ser catalogadas entre buenas y malas. En escasas ocasiones se logra además que lo bueno tenga sustancia; es decir, que resulte perecedero, trascienda de su tiempo y acabe convirtiéndose en un clásico. En Pirineos Sur la nómina de clásicos es ya inabordable para la memoria. En la noche del sábado, la más multitudinaria hasta el momento en esta XIX edición, se reunieron un clásico de la talla del argelino Rachid Taha; una estrella universal en ciernes, la marroquí Oum, y un músico que hará escuela, el aragonés Alejandro Monserrat. Mucha dinamita para una noche construida con varios registros y una coherencia artística digna de elogio.

Oum ya estuvo el pasado año en Pirineos Sur como figura central del proyecto de cooperación “Romper el muro” con el festival Le Boulevard de Casablanca, que dirigió Luis Miguel Bajén y su Biella Nuei. Entonces la cantante marroquí ya dio pistas de su dimensión como artista y mostró sobre el escenario un aura que sólo acompaña a algunos elegidos. Ella lo es. En aquella ocasión apenas se pudo ver un perfil de Oum, quizá el más cercano a sus raíces musicales más tradicionales, las cuales forman parte de su bagaje musical pero más como referencia intelectual que como propuesta artística.

Ayer fue muy diferente. En Pirineos Sur se vio a una Oum más occidental, navegando por unas aguas en las que se encuentra cómoda y segura, moldeando su prodigiosa voz para adaptarla a unos registros menos exigentes pero más sugerentes. Y es así como se descubre a una Oum completamente rendida a las voces clásicas del soul y del funky de todos los tiempos, facturando un concierto que bien podría firmar la mismísima Erikah Badu o la brasileña Cibelle (incluso la forma de vestir recuerda asombrosamente a la de Texas). Las referencias son tan evidentes y el sonido tan envolvente que algún despistado seguramente no caería en la cuenta que Oum nació en Casablanca y no en Detroit. Oum es una estrella en su país, un personaje de gran poder mediático que seguramente muy pronto romperá definitivamente el muro con occidente para instalarse en las emisoras europeas. Ella es muy buena, ella es hermosa, ella tiene una imagen arrolladora.

El foco de atención de la noche estaba puesto, sin embargo, en el proyecto producido por Pirineos Sur y Le Boulevard, “Miradas cruzadas”, con la dirección del guitarrista zaragozano Alejandro Monserrat. La cooperación entre los dos festivales está mostrando una fertilidad creativa más que notable y un compromiso ideológico que no sólo se queda en las grandes frases y los buenos propósitos. Alejandro es un tipo tímido y discreto que se transforma en el escenario con su guitarra. Entonces deja los complejos en el camerino y se viste con un poderío y un carisma que muy pronto se transmite al resto de músicos. El proyecto que le propuso Pirineos Sur era un reto en toda regla; fusionar el flamenco con la música tradicional marroquí y con otros géneros contemporáneos como el rap, el hip hop y la electrónica, que en el país vecino gozan de una sorprendente vitalidad. El resultado ha sido primoroso.

Alejandro explicaba en las horas previas que éste era un encuentro de músicos y no de músicas. Quería decir que con buenos músicos todo es posible y en este proyecto compartido con la formación Al-Baïda lo que sobraba era talento y mentes abiertas. Las diez canciones compuestas para el proyecto y ensayadas con gran disciplina y meticulosidad durante varios meses de residencias suenan perfectas, cosidas con un fino hilo que da coherencia y sentido a la globalidad del proyecto. La guitarra de Alejandro es la columna vertebral sobre la que se apoya el resto del grupo, formado por diez músicos de aquí y de allá que logran el difícil equilibrio entre el respeto al espíritu del proyecto y la libertad para sondear sus propios territorios creativos. Alejandro Monserrat ha logrado diseñar un proyecto que es fiel al legado cultural de ambos países pero que no se queda en la mera reproducción de sonidos, como si la fusión no fuera otra cosa que mezclar cosas sin criterio. Eso no sería mestizaje y en este caso Monserrat no ha mezclado sino que ha maridado lo mucho que tenemos en común para crear algo nuevo que, sin embargo, es respetuoso con las materias primas que ha utilizado. El guitarrista aragonés estaba obsesionado con no ofender, con cuidar las fuentes de su proyecto consciente de que el bien cultural es el patrimonio más importante de los pueblos. En Casablanca recibió en mayo la aprobación entusiasta del público marroquí. El sábado en la reválida aragonesa recibió la matrícula de honor.

La noche todavía no había terminado. Pirineos Sur había dejado para el final un viejo conocido de Lanuza, el cantante argelino Rachid Taha, uno de los pioneros del rock árabe allá por la década de los 80. A los conciertos de Taha se asiste como los taurinos a las corridas de Curro Romero; con la disposición a vibrar de emoción o quebrar de lamento. Es lo que tienen los mitos, que pueden permitirse determinadas debilidades porque incluso en esos momentos ofrecerán accesos de lucidez que resultarán inolvidables. En Lanuza Rachid Taha hizo un concierto a la carta, recurriendo a sus grandes clásicos para no complicarse la vida. Un salto con red para cerrar una apacible noche en la que el público sólo quería bailar y bailar. Acompañado como siempre de excelentes músicos, el de Orán interpretó con esos desgarros de voz tan reconocibles casi todas las canciones que han servido para construir durante tres décadas su azarosa trayectoria musical. Carismático y cercano, Taha tocaba en casa y sabía que al otro lado del escenario no estaba el enemigo. Lo sabía y ordenó su repertorio manejando un tempo ascendente que culminó con la mejor versión hecha nunca del clásico de los Clash, “Rock el Casbah”. Fuego en Lanuza para despedir al mito.

 

La foto es de Pilar Hurtado.

De Tucson a Sevilla vía Bogota

De Tucson a Sevilla vía Bogota

Howe Gelb procede de los áridos desiertos de Arizona. Es normal que piense que la lluvia es agua bendita. Raimundo Amador nació en Sevilla y por una cuestión de genética se balanceó siempre entre el flamenco que corría por sus venas desde la cuna y el blues que producía desgarros en el alma humedecida de las plantaciones del sur de Estados Unidos. El flamenco y el blues tienen en común su tendencia dramática, incapaz de concebir su existencia desde la cómoda placidez de la levedad vital. Pero otras veces Raimundo retaba a su conciencia y empujaba a su “Gerundina” a los territorios ignotos de los fiordos islandeses, para hacer maridaje con Bjork. No había un patrón de conducta establecido. 

Howe Gelb es un tipo singular. Es un peso pesado del folk norteamericano pero a diferencia de otros compañeros del género, su universo no se circunscribía a la América profunda sino que buscaba y buscaba otros sonidos que pudieran casar con su concepto intuitivo de la música. Es muy conocida su anécdota de los años que pasó en el desierto, en los que sólo tenía tres cintas en su coche; de Tom Waits, Miles Davis y Tomatito. Por lo tanto era cuestión de tiempo que el destino o un visionario productor como Fernando Vacas uniera a Howe y Raimundo para inventar algo grande. El de Sevilla ya había hecho colaboraciones memorables con el gran BB King, por lo tanto manejaba los códigos de la convivencia con el blues como parte de su proceso de madurez como artista.

Howe lidera desde hace más de 20 años la banda Giant Sand, de la que salieron años después dos de los fundadores de Calexico. Cuando Howe, de gira por España en 2007, escuchó en Córdoba la propuesta de Fernando Vacas para grabar un disco en el que mezclara el folk americano, el blues y el flamenco, recordó las palabras de Rainer Ptacek, ex guitarrista de Giant Sand fallecido en 1997: “el flamenco es la mejor música de guitarras del mundo”.

Así surgió el proyecto para grabar el disco “Alegrías”, que se concibió desde el principio con el mismo tacto que el orfebre utiliza en el diseño de sus piezas. La portada está ilustrada con el bello cuadro de Julio Romero de Torres, de mismo nombre. Y en estas apareció Raimundo para completar la Gypsies Band, formación excepcional creada para sostener el proyecto de Howe Gelb. En la noche del viernes todo ese encuentro de emociones, intuiciones, convicciones y arte irrumpió en el escenario de Lanuza con la fuerza que sólo puede contener algo realmente especial.

No llovió en la noche pirenaica, no al menos esa lluvia epifánica que estimula a Howe. Pero hizo frío como es norma en Lanuza de vez en cuando. Después del verano pleno de la primera semana llegó el verano crepuscular que en el valle de Tena significa abrigos y chaquetas. Raimundo Amador decía que le gustaba la sucia aspereza de las guitarras de Giant Sand, limpias de cualquier operación estética. Incluso confesó que después de grabar “Alegrías” llegó a la conclusión de que Howe era el gitano y él el payo. En Lanuza se pudo entender lo que quería decir Amador, al que aquellos flirteos con el blues de sus años de Pata Negra le sirvieron para engranar perfectamente en esta banda interina que transita entre el blues y el folk americano. El de Sevilla tiene menos protagonismo en este proyecto formado por músicos de largo recorrido como el propio Fernando Vacas, Juan Fernández, Añil Fernández y Thorke, pero sigue teniendo magia en sus dedos. Faltaban algunos de los músicos que participaron en la grabación de “Alegrías” pero el resultado fue igualmente espléndido, con un Howe Gelb en plenitud que anclado unas veces a su guitarra, otras a su órgano o a veces a los dos al mismo tiempo, ejerce de indiscutido maestro de ceremonias. 

La noche la abrieron “La Mojarra eléctrica”. El hallazgo de grupos como el colombiano justifica por sí solo la existencia de Pirineos Sur. Aunque en su país son una institución en España no han logrado pasar hasta el momento de los circuitos minoritarios o muy especializados. Una pena. Ellos anunciaban una explosión sonora en el escenario y así fue. Con unos músicos excepcionales y unos deslumbrantes arreglos, la banda de Bogotá puso en escena todo el catálogo de influencias que manejan en su repertorio. Pueden sonar a veces a la Van Van y otras a John Coltrane e incluso a Ornette Coleman, con todo el significado que tiene el vínculo con el inventor del free jazz. Su música bebe de aquí y de allá, hay evidentes bases rítmicas abrochadas al funky más tradicional encarnado en James Brown o al reggae de Bob Marley. Pero lejos de parecer un refrito, “La Mojarra eléctrica” suena a nuevo porque bajo esa argamasa de estilos hay una sólida identidad colombiana que da coherencia, rigor y credibilidad a lo que hacen. Porque pese a todo, “La Mojarra” es una banda fundamentalmente colombiana que no olvida que en sus raíces está África, y que en todo su territorio se conserva una diversidad que responde al carácter mestizo de la sociedad. Desde la “chalupa” y el “bullerenge” de la Costa Atlántica hasta los sonidos nacidos a orillas del Pacífico sur. Una maravilla que justifica esta XIX edición de Pirineos Sur.

Prejuicios (II)

Prejuicios (II)

Pirineos Sur se inventó para romper tópicos. Decía Marcel Proust que “viajar no es cambiar de paisaje sino cambiar de mirada”. El Festival oscense nació hace casi dos décadas con ese propósito, con el de superar prejuicios y mostrar las culturas del mundo sin los barrotes de lo pintoresco y la necedad de los tópicos. En este tiempo el Festival ha trabajado concienzudamente para educar el oído y abrir las mentes. Podría parecer pretencioso el objetivo, pero en realidad en cada edición de Pirineos Sur se ha propuesto un viaje sonoro para cambiar la mirada del espectador sin necesidad de alterar el paisaje. El Valle de Tena se muestra estos días espléndido, consecuencia de una insólita primavera húmeda que ha dejado unas montañas tupidas de un intenso verde. Por lo tanto, el paisaje sigue siendo el mismo pero una vez más lo que cambia es la mirada que Pirineos Sur quiere proyectar del mundo, siempre en la búsqueda de la identidad, sin artificios.

            Se podría pensar que en Argentina el tango y la canción de autor lo dominan todo. Falso. Se podría pensar que en México las rancheras y los narcocorridos no dejan espacio para nada más. Falso también. Sería como dar por buena la especie de que en España más allá del flamenco sólo existen campos yermos. En la noche del viernes se dieron cita en el nuevo auditorio de Lanuza dos propuestas que hacen saltar por los aires algunos prejuicios de cuna. La noche era memorable, tanto en lo musical como en lo meteorológico. Y esto último no es un asunto baladí para los que han sufrido durante la historia del Festival los rigores inclementes del verano pirenaico. No hicieron falta ni chaquetas ni anoraks. Un festival veraniego en toda regla, un lujo.

            Estelares es un cuarteto de largo recorrido. Surgió en 1996 en La Plata a raíz de la puesta en común de unas cuantas certezas musicales, que transitaban desde la inevitable flema tanguera argentina hasta el pop melódico británico, todo ello aderezado con una solvente capacidad literaria de Manuel Moretti, el vocalista y guitarrista del grupo. Ellos reconocen su deuda eterna con Los Beatles, aunque ya se sabe que las influencias pueden resultar irreconocibles cuando pasan el filtro de un estudio de grabación. Desde entonces el grupo ha experimentado una interesante evolución, que le ha permitido sumar nuevos sonidos y enriquecer su directo.

Es inevitable la comparación con Calamaro y con el propio Fito Paez (que actúa en la noche del sábado en Pirineos Sur), pero igualmente se entreveran algunos punteos de guitarra que suenan a Wilco y a algunas otras bandas del nuevo rock americano. Esta es la mejor noticia; la versatilidad sonora de Estelares y su eficacia en directo, como demostró sobradamente el viernes en Pirineos Sur, presentando las canciones de su último disco “Una temporada en el amor”.

            Estelares dejaron el camino allanado a Molotov. Cambio de registro y una nueva patada a los prejuicios. Los mexicanos irrumpieron hace 15 años en el panorama musical con una irreverencia desconocida. Letras muy agresivas, crítica sin concesiones a los poderes políticos y económicos, agrestes producciones y una fuerza en directo que se acentuaba con la violencia sonora que transmitían sus dos potentes bajos. Molotov llegó para romper con todo lo establecido e inevitablemente encontró el respaldo mayoritario y entusiasta de un público joven que sintió fascinación por ese artefacto sonoro. Molotov sonó el viernes en Lanuza con la misma potencia de siempre, pese a la errática carrera del grupo, que incluso les llevó a anunciar su separación hace tan solo tres años. Fue un globo sonda que, por suerte, nunca se confirmó.

            Poderosos y contundentes, los mexicanos ofrecieron un largo repertorio que bien podía ser una retrospectiva de toda su carrera. Fue un concierto que comenzó con titubeos y terminó con una arrolladora explosión sonora, casi incontrolable. Tocaron sus éxitos más aclamados (“Puto” fue el más vibrante), y otros que pertenecen a trabajos más recientes como el disco “Con todo respeto”, en el que versioneaban clásicos de rock contemporáneo. El concierto lo abrieron con una demoledora versión del “Amadeus” de Falco. Probablemente el directo es el hábitat natural de Molotov, el ámbito en el que mejor pueden desarrollar todas sus capacidades como músicos, sin las limitaciones del frío estudio de grabación. El viernes en Lanuza confirmaron que existe una banda para mucho tiempo, si mantienen la complicidad mostrada en Pirineos Sur.

León Gieco

León Gieco

León Gieco habla pausado. Parece que su discurso está instalado en una continua improvisación pero es sólo consecuencia directa de su espíritu indomable. Es decir; no necesita la vehemencia para acentuar la fuerza de sus palabras, la honestidad de sus valores, el rotundo dolor de sus verdades.

León Gieco habla pausado. Como si quisiera abaratar el precio de su discurso. Como si un acceso de timidez asaltara sus certezas y convirtiera su verbo fluido en un constante retroceso. Como si nunca encontrara el camino libre para desparramar el espeso fluido que son sus palabras.

León Gieco habla pausado. No quiere que su voz llegue distorsionada. León dice que es como un periodista del rock, “tratando de poner poesía a la realidad”. León no quiere modular sus palabras ni utilizar amplificadores que trufen de artificio lo que es natural como la vida misma. León sabe que sus palabras no necesitan más altavoces que los de la conciencia de las personas. León sabe que la vida no hizo mucho caso a los trovadores. Tampoco tuvieron mejor suerte los predicadores del siglo XX. Sólo el peso de las conciencias logró encumbrar a los líderes sociales. Sin el hábito no hay norma. Sin conciencia no hay campo abierto.

León Gieco habla pausado. Es reivindicativo pero no panfletario. Es solidario pero no caritativo. Es viejo pero demasiado joven. Es famoso pero actúa como un desconocido. Tiene historia pero habla como un niño. Tiene cicatrices pero dice que no le duelen. Tiene amigos pero los utiliza. Tiene canciones pero sigue cantando. Tiene cansancio pero sigue luchando.

León Gieco habla pausado. Habla como esos viejos profesores que se saben la lección de carretilla. Su lección es la vida pero él no la vive como un ejercicio rutinario. Solamente algunos brotes de cinismo descomponen su compromiso vital. El cinismo es la secuela que deja la vida después de vivirla, cuando algunas esperanzas y algunos sueños se observan con una sonrisa de displicencia, de incredulidad. Entonces León Gieco suelta una de sus frases electrocutantes: “las canciones no cambian nada, sólo acompañan los procesos populares que viven los países”. Más tarde suelta ésta otra: “si las canciones pudieran arreglar los problemas del mundo, Silvio, Pablo, Juan Manuel y yo solucionaríamos todo en una tarde”. Y es entonces cuando adviertes la presencia de talentos naturales que la vida ha moldeado e incluso ha maltratado como parte de ese eterno duelo entre lo posible y lo real.

León Gieco habla pausado. León Gieco habla de sus 250 canciones, de sus 37 discos, de sus millones de copias vendidas antes de que internet acabara con el negocio. León habla de su amiga Mercedes Sosa, la más grande. León dice de ella que “es nuestro Mick Jagger, nuestro Paul McCartney”. León llora su muerte. León habla de Pablo, Pablo Milanés. León habla de Silvio, Silvio Rodríguez. León habla de Joan Manuel, Joan Manuel Serrat. León habla de James, James Taylor. León habla de sus amigos como si fueran sólo sus amigos. No importa su profesión.

León Gieco habla pausado. Y habla de su Argentina y de los desgarros de su historia. Habla del asesino Videla y de Alfonsin, habla del nefasto Menem y del corralito. León habla del rock como ansiolítico para el dolor del horror. “El rock –ha recordado-, fue por ejemplo en los años setenta en mi país un medio de combate contra la terrible dictadura”. León habla del poder de la música sin pretensiones. León habla con la modestia del artesano. Habla de su nuevo proyecto: “Quiero escribir de forma más reflexiva sobre todo lo que pasó en nuestra vida, sobre todo lo que pasó y todo lo que quisimos en nuestra juventud y no conseguimos. Sin prepotencia, simplemente pensando que sólo podemos pasar por la vida intentando dejar un mundo mejor, no cambiarlo”.

León Gieco habla pausado. León habla de los jóvenes músicos. A ellos pertenece internet. “Yo antes vendía medio millón de discos y ahora vendo 50.000. Pero hay músicos jóvenes que ahora tienen la oportunidad de que se les escuche sin necesidad de contar con el favor de una gran compañía discográfica. En Argentina todo es ilegal, todo el mundo descarga las canciones de internet, pero algunos pueden ser oídos ahora”.

León Gieco habla pausado. León Gieco nos dice: "ustedes se quejan de vicio. La crisis la inventó Argentina. Nosotros tenemos los derechos de autor de la crisis".

León Gieco habla de fútbol. Él soñaba con una final España-Uruguay.

León Gieco habla pausado. Es argentino.

 

León Gieco actúa este jueves día 8 en el concierto inaugural de la XIX edición de Pirineos Sur