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Juan Gavasa

Restaurar el mito

Restaurar el mito

Dice el libro sobre Canfranc de Pirineum Editorial que los mitos no se pueden destruir. Es posible. Pero algunos de ellos necesitan una profunda restauración para no correr el riesgo de perder su categoría. Es el caso de la estación internacional de ferrocarril, uno de los iconos más solventes del imaginario aragonés y en la misma medida una de sus vergüenzas más aireadas. La celebración del 80 aniversario de su inauguración coincide con la finalización de las obras de la segunda fase de su recuperación.

Cuando el arquitecto zaragozano José Manuel Pérez Latorre recibió en 2000 el encargo del Gobierno de Aragón de proyectar la rehabilitación de la estación inaugurada en 1928, se encontró con la abrumadora responsabilidad de enfrentarse no sólo a un edificio sino a un símbolo. Era por tanto una tarea que no se resolvía exclusivamente con destreza técnica sino que demandaba unas altas dosis de sensibilidad y tacto. Había que respetar los sentimientos colectivos, que habitan en el terreno de lo intangible, y aplicar además soluciones racionales y funcionales a un edificio que nunca más volverá a recibir un tren.

El encargo no ha estado exento de controversia desde el primer momento, lo que viene a confirmar aquel aserto que Pérez Latorre suele utilizar con frecuencia para dibujar el limbo en el que está instalado el Canfranc: “en Aragón hay tres cosas que nacen en el estómago de las personas: el agua, el Pilar y el Canfranc”. Y como todos los asuntos que se tratan en los arrabales de la razón, el de la línea ferroviaria ha estado y estará sometido a apasionados debates públicos en los que el arquitecto encargado de su restauración es un blanco fácil. Él lo sabe y lo asumió cuando decidió aceptar el reto.

El 16 de diciembre de 2005 comenzaron oficialmente las obras de rehabilitación de la estación de Canfranc.  Aquél día se escenificó el inicio de una nueva época, la puesta de largo de un ambicioso proyecto para recuperar el esplendor perdido del complejo ferroviario mediante su inevitable catarsis. Los nuevos tiempos obligaban a un cambio en los usos del majestuoso edificio para transformarlo en un hotel de lujo con 115 habitaciones. Sería el mascarón de proa del renacer del valle, inmerso en una parsimoniosa decadencia desde que en abril de 1970 se clausurara el tráfico internacional a través del túnel del Somport.

En estos dos años y medio el edificio ha sido sometido a una profunda rehabilitación para corregir y fortalecer su quejumbrosa estructura. Se ha utilizado el novedoso método de la fibra de carbono para reforzar la estructura de hormigón, se ha doblado el grosor de las losas y se han creado estructuras metálicas suplementarias en la cubierta. Ha sido un trabajo meticuloso y concienzudo, que ha servido también para conocer con exactitud su ADN y diagnosticar sin margen de error su cuadro clínico. Como insinuaban sus síntomas externos, el edificio corría serio riesgo de sufrir el desmoronamiento de todas sus constantes vitales. Por fuera la estación ofrecía un aspecto lamentable pero su corazón y sus vísceras todavía estaban peor. Ahora ya se puede decir que la estructura “está acabada y garantizada su estabilidad”.

En otoño desaparecerá el gigantesco armazón que ha cubierto en este tiempo todo el edificio. Pero eso no supondrá el fin de la obra. Muy al contrario, entonces comenzará el verdadero proceso de restauración de la imagen externa de la estación. Hasta ahora se ha trabajado en sus entrañas y en la cubierta pero ahora llega el momento de hacerle el lavado de cara. Y eso llevará un tiempo.

El equipo de José Manuel Pérez Latorre está volcado en este proyecto desde hace ocho años. Arquitectos, aparejadores e ingenieros trabajan en desentrañar los misterios que esconde el edificio y buscar las soluciones más razonables para que el mito siga vigente sin renunciar a su funcionalidad. Este concepto en el siglo XXI se traduce por viabilidad económica y rentabilidad. Y es precisamente una de las razones del conflicto causado por la idea original del arquitecto de elevar 1,20 m el volumen de la cubierta para que cupieran más habitaciones en el futuro hotel.

APUDEPA (Asociación para la protección del Patrimonio Cultural Aragonés), denunció esta alteración de la morfología del edificio (declarado Bien de Interés Cultural) y finalmente el Gobierno de Aragón optó por recuperar el volumen original. Pérez Latorre señala en este sentido que la elevación de la característica cubierta en forma de mansarda estaba justificada desde la necesidad de garantizar la rentabilidad del edificio. “Es fácil tener dinero para la construcción pero muy difícil para su mantenimiento, por eso nosotros teníamos la obligación de buscar fórmulas razonables y sostenibles para conseguirlo. Hay casos muy significativos como la Gare de Orsay en Paris (reconvertida en el famoso museo de pintura impresionista), o el cercano Matadero de Huesca, transformado en Casa de la Cultura”. La polémica se congeló y ahora la vieja estación renace lentamente de su ignominioso abandono.

El despacho de Pérez Latorre está conquistado por el perfil del edificio diseñado en 1925 por el ingeniero Ramírez Dampierre. Se reproduce casi en cada rincón en forma de fotos, planos, bocetos, alzados... El espíritu del Canfranc sobrevuela por toda la casa. Es un piso amplio y luminoso situado en el céntrico Paseo Sagasta de Zaragoza. Las paredes están pintadas con colores vivos y rotundos, los techos altos enfatizan la sensación de espaciosidad y la ecléctica decoración revela el carácter creativo de los profesionales que allí trabajan. 

Hay muebles antiguos en rebeldía con lámparas art decó, cientos de libros de arte y arquitectura, cuadros abstractos e impresionistas, grabados del XVI; todo el conjunto es casi un compendio de la historia del arte de los últimos siglos. Como colofón se esparcen por toda la casa algunas réplicas de edificios diseñados por Pérez Latorre, cuando eran tan solo una idea en la mente del arquitecto. Se podría decir que es uno de esos lugares que transmite “buenas sensaciones”.

La mesa de reuniones está presidida por una colección de grabados de Piranesi, el artista italiano del XVIII, correspondiente a su serie de las Carceri. Enfrente hay otro del siglo XVI perteneciente a la escuela del alemán Durero. Está extraído de un libro sobre la melancolía, argumento que da pie al arquitecto a iniciar su periplo por la azarosa memoria de su relación con el Canfranc. “La melancolía, como el Canfranc, es lo que nos da la sensación de la vida, la imposibilidad de alcanzar la perfección. Es un elemento fundamental del pensamiento, siempre se está en estado melancólico. Cuando uno se acerca al Canfranc y observa el abandono descubre la sensación de incapacidad del ser. Porque el tren era el anhelo de los aragoneses por salir a Europa y romper la barrera de los Pirineos. Ahí reside su simbolismo. El edificio no es tanto un edificio como un paisaje, desde la entrada del valle hasta las montañas que lo circundan. Y la pregunta inevitable que surge es: ¿qué hace un edificio de estas dimensiones en un lugar como éste?”.

Pérez Latorre reviste de una pátina intelectual todo su ideario arquitectónico. Su discurso profesional está trazado a partir de conceptos filosóficos que buscan alimentar las explicaciones técnicas. En más de una ocasión ha reprochado a asociaciones críticas con su proyecto de rehabilitación como APUDEPA que  los criterios que exponían nacían exclusivamente de lo legislativo y no tenían ningún basamento intelectual. “El trabajo que hemos hecho es el resultado de una reflexión, no es una arbitrariedad. Aquí no existe el valor de la antigüedad sino el histórico-documental, el rememorativo o el instrumental, que son los que hacen deseable su preservación”.

El arquitecto suele describir la relación con el Canfranc como un diálogo en el que hay preguntas y son necesarias las respuestas para que la función fática actúe con eficacia. Es fundamental que exista una buena disposición mutua entre emisor y receptor. “Trato de entender el edificio. Tiene que haber una necesidad. En este caso el proyecto supera la naturaleza del encargo, que en esencia era restaurar el inmueble para convertirlo en un hotel. Visto así no es nada, si no se tratara del Canfranc”.

Todo comienza en el Archivo General de la Administración (AGA) en Alcalá de Henares. Ahí se conserva íntegra la documentación sobre el Canfranc. Recuperando el símil hospitalario, “en ese archivo está toda la historia clínica del enfermo, que era preciso conocer si queríamos curarlo y permitirle otro tanto de vida útil dentro de lo efímero que es siempre el campo de la construcción”, apunta Pérez Latorre.

En el archivo de Alcalá están detallados todos los proyectos, modificaciones y reformados a los que fue sometido el edificio a lo largo de su historia. “Al margen de la sorpresa que siempre genera su tamaño está su estructura; se trata de un edificio moderno de estructura de hormigón, aunque en el exterior tiene una fachada que no corresponde con los elementos de su interior.  Existe por un lado la estructura y por otro la forma y para nosotros esto fue un gran impacto. Para que la gente lo entienda, lo más parecido que podemos encontrar es el Pueblo Español de Barcelona. La fachada es sólo ornamento y detrás hay como una nave, por eso el Canfranc tiene algo de festivo”.

En esa inabarcable documentación se recogen los graves problemas que tuvieron que enfrentar los constructores para vencer el entorno hostil del valle de los Arañones. Se describen profusamente los continuos parones por culpa de los aludes de nieve o las inundaciones, y las indemnizaciones que hubo que afrontar por los desastres naturales que llegaron a cobrarse más de una vida. “Es en estos papeles –indica Pérez Latorre- donde compruebas que hay una parte emocional y otra racional, donde se resumen las lecciones que dejó la construcción del Canfranc y que para nosotros han sido esenciales para afrontar su restauración”.

Una de esas conclusiones es que la cubierta del edificio no estaba diseñada para soportar la climatología del Pirineo. En 1930, tan solo dos años después de inaugurarse el edificio, se produjo un grave incendio que destruyó el ala sur. Las armaduras se deformaron  y el hormigón aguantó, pero el informe técnico correspondiente ya advertía de la existencia de numerosas goteras en toda la techumbre.

Este dato y la evidencia del deterioro constante de la cubierta indujeron a introducir el zinc como sustituto de la pizarra. Este será uno de los grandes cambios en el nuevo Canfranc, aunque apenas se percibirá visualmente. “El zinc nos da garantías mayores -señala el arquitecto- y los problemas de humedad serán casi imposibles. Hay que tener en cuenta que el edificio tiene cerca de 3.500 metros cuadrados de cubierta y su mantenimiento incide muchísimo en su construcción”. Aunque la textura del zinc es diferente a la de la piedra, el resultado visual será el mismo, asegura Pérez Latorre. Además, se ha optado por un material al que ya se había recurrido insistentemente en otras épocas para cubrir zonas deterioradas del edificio, “por lo tanto, -afirma el arquitecto- no es un material en absoluto extraño”. El zinc también cubrirá respetando sus formas originales todos los elementos decorativos de piedra y hormigón que rematan el edificio.

Otra de las transformaciones se apreciará en las formas de la cúpula central. Se ha peraltado ligeramente pare evitar los problemas de acumulación de nieve que registraba desde su inauguración en 1928. También se sustituye el chapitel de remate por otro de zinc más proporcionado con la leyenda de Canfranc. La cubierta se elevará en toda su extensión entre 60 y 80 centímetros para crear una estructura de ventilación y distribución de otros servicios del inmueble. De este modo no será necesario construir nuevas chimeneas.

Existirá un Canfranc visible y otro oculto en las entrañas de la gran explanada que se creó de forma artificial en los años 20 del pasado siglo para hacer posible el complejo ferroviario. En su interior se prevé construir una galería de servicios que dejará visible la estructura de arcos de hormigón que soporta el edificio. También permitirá ocultar el parking del hotel, las cocinas y otros servicios como el spa o la piscina.

Es posible que todavía tengan que pasar algunos años para que el proyecto de restauración de la estación internacional de Canfranc sea una realidad. La coyuntura económica y los ritmos de la administración parece que tienden a ralentizar la culminación total de la obra. Pero se ha dado el primer paso para el renacimiento del emblemático edificio con todo su esplendor. Ya no hay duda de que, al menos, el mito ya nunca correrá el riesgo de derrumbarse.

Artículo publicado en el número 220 de la revista "Jacetania".

España

España

Después de quince días de vacaciones este blog regresa al tajo. Han sido dos semanas de imperfecta distensión, como todos los imperfectos estados de felicidad efímera. En este tiempo me aseguran que España ha cambiado, que ha sufrido la transformación pendiente, que su transición inconclusa a la modernidad por fin ha culminado con la victoria de la selección de fútbol en la Eurocopa. Ya adelanté al principio del torneo que el equipo de Luis Aragonés ni los que le precedieron habían logrado despojar mi indiferencia a la causa. Pero he de confesar que el formidable talento para el fútbol de estos chavales ha obrado el milagro;  estos días he disfrutado con el equipo como se disfrutan las cosas en la adolescencia, cuando no hay complejos ni prejuicios acumulados. En ese sentido me siento rejuvenecido pero bien es verdad que todo se debe a que, en la mejor tradición hispana, me he apuntado a caballo ganador cuando ya no tenía duda alguna de que iba a ganar. Pecado venial, desde luego.

Mucho de este fervor patrio creo que tiene que ver con el simple hecho de que el triunfo y el éxito son dos poderosos catalizadores que movilizan a las masas. No hay un incondicional orgullo patrio sino una oportunista y lógica devoción por el ganador, que en este caso es de casa. El vencedor lo tiene todo, que decía la canción. Y el perdedor no es digno de la memoria popular. Pero como escribía Benedetti: “el júbilo es un ángel sospechoso, casi un enmascarado del dolor, suele durar menos que una bengala o es sólo un estrambote de la suerte”. Entiendo y me parece natural que miles de españoles salten a las calles con la bandera rojigualda en ristre. El fútbol ha hecho feliz a millones de personas en un país que todavía esconde los fantasmas acomplejados de su pasado. Desde este punto de vista, el deporte ha sido nuevamente el motor de las pulsiones primarias de una sociedad. Ninguna objeción al respecto. El entusiasmo colectivo está plenamente justificado y puedo aceptar hasta un determinado grado de desbordado nacionalismo español en estas horas de euforia mediática. ¿qué país no ha reaccionado así en similares circunstancias? ¿qué país no soñaría con un triunfo así?

Pero siento que la saturación ha llegado, y lo ha hecho demasiado pronto. Las ruidosas campañas de promoción de todos los medios de comunicación, la grandilocuencia de los periodistas, la hipérbole general y la liturgia mesiánica de Cuatro en la Plaza de Colón (la nueva Plaza Roja de Madrid), han llevado la íntima felicidad de cada ciudadano a una sobreexposición en la que no se admite la austeridad de los sentimientos. O se berrea a pulmón batiente o se es sospechoso de no ser adicto a la causa.

Y claro que uno se siente tremendamente feliz de ver jugar primorosamente a este grupo de jóvenes futbolistas. Pero no es necesario desplegar todos los atributos masculinos para expresar orgullo. Me recuerda al bando con el que Primo de Rivera proclamó la dictadura en 1923: “el que no sienta la masculinidad completamente caracterizada, que espere en un rincón”. Los que estamos rozando los 40 sabemos que hubo otra España deportiva de éxitos raquíticos e inferioridad patológica. Nosotros fuimos probablemente la última generación nacida en la caspa y el cornetín, la España de mesa camilla y deportistas lánguidos. Los triunfos que pudimos celebrar fueron discretos y aislados, fruto de la generación espontánea, tan prolífica en la producción de tipos talentosos en este país. Por eso es posible que nos encontremos incómodos ante tamaña manifestación de felicidad, tan llenos de remilgos y pudor como estamos.

Se ha escrito mucho estos días sobre el valor político y sociológico del triunfo de la selección del fútbol. Creo que es en este terreno donde el debate se ha embarrado y ha alcanzado las mayores cotas de estupidez. Del mismo modo que pienso que el fútbol es un elemento de cohesión sociológica del país, estoy convencido de que la victoria en la Eurocopa no ha servido para unirlo -en ese concepto de unión por exclusión- ni para que los que no se sienten españoles lo hagan ahora.  Las audiencias televisivas son esclarecedoras: la final la vieron 16 millones de personas, lo que indica que a otros 30 millones de españoles no les interesó para nada lo que pasaba en Viena. Una tercera parte del país pasó de “la roja”.

He leído estos días profundas reflexiones sobre lo que significa la victoria de España. La derecha mediática ha cargado la escopeta y se ha lanzado a reconquistar los territorios desafectos blandiendo la Copa de Europa. De nuevo yerran en el diagnóstico del país. La selección no creo que fomente conversos al españolismo ni sirva para liquidar los brotes independentistas, como ha escrito algún columnista esta semana. Es un poco triste comprobar también como muchos han utilizado el triunfo de la selección para pasársela por los morros a los infieles vascos y catalanes, en un torpe ejercicio de pedagogía sociológica.

La selección no es más que el reflejo de una sociedad y de un país. No somos ni Francia ni Brasil ni Argentina, por eso el equipo español siempre carecerá de afecto en algunos territorios del estado en los que sencillamente no existe el sentimiento español. El fútbol no puede acabar con esta realidad de siglos, aunque muchos se empeñen en lo contrario. El tejido afectivo está deshilachado en sus costuras. Creo que es una insensatez sentar a España en el divan para fortalecer su identidad con la autoestima que genera algo tan azaroso como el fútbol. No ha sido el sentimiento español el que ha provocado la explosión de felicidad sino el fútbol, no lo olvidemos.  El fútbol y el talento de unos futbolistas que juegan como los ángeles. Hemos ganado y además somos los mejores. Ese, entiendo yo, es el combustible que ha movilizado a miles de españoles, pero no a toda España. 

Expo

Expo

Empezó la EXPO y he de reconocer que tengo sentimientos enfrentados con el evento en cuestión. No dudo de su importancia para la microhistoria de Zaragoza y de su categoría como evento de masas. Entiendo el entusiasmo colectivo que ha generado principalmente en la capital aragonesa y no es necesario esforzarse mucho para percibir que acabará siendo un éxito popular. Esto del éxito o el fracaso es un valor relativo que nunca se suele someter a juicios objetivos. Por sistema en este país los grandes y también los pequeños acontecimientos que nacen de una iniciativa pública suelen ir acompañados de un discurso triunfalista vacunado ante cualquier crítica. No se admiten las “moscas cojoneras”, salvo que se expongan a ser descalificados y tachados de antipatriotas. En el caso de la EXPO no deja de resultar sospechosa la unanimidad absoluta que ha brindado la clase política y los principales medios de comunicación en estos tres últimos años. Ni una mácula ni una duda; nada podía desenfocar el objetivo final.

 

Tengo mis dudas sobre el verdadero valor de la EXPO más allá de su condición de extraordinario y muy caro acontecimiento social y cultural. La verdad es que no tengo argumentos sólidos para defender mi tesis; más bien parte de una ligera intuición y del conocimiento superficial de experiencias similares celebradas en el pasado. Estos días creo que tanto los políticos aragoneses como los periodistas y analistas de temporada se han emborrachado con la euforia de la inauguración y han entrado en una dinámica de declaraciones y asertos grandilocuentes de escaso rigor. Dicen que Zaragoza ha recuperado la autoestima con la EXPO; parece ser que el orgullo de una ciudad se alimenta a base de ladrillo, hormigón y fantasía arquitectónica. Costoso tratamiento que al final puede generar el efecto contrario al deseado: una depresión colectiva si el dorado no era tal.

 

Está claro que la autoestima no se recupera con cultura, civismo, solidaridad y bienestar. De unos años a esta parte estos conceptos -que serían objetivos irrenunciables de cualquier colectivo- se maquillan con grandes obras civiles que explotan nuestro orgullo ciudadano pero dejan intacto cualquier atisbo de conflicto moral. Los edificios emblemáticos y los cinturones de circunvalación acaban con cualquier sentimiento de inferioridad. No hay mejor antídoto contra la depresión y las deudas históricas.

 

La EXPO además creo que va a empeorar aquél doloroso diagnóstico del sociólogo Mario Gaviria, que en plena transición hablaba del “Zaragoza contra Aragón” para describir las profundas desigualdades de la comunidad y su irreversible macrocefalia. A más Zaragoza menos Aragón. Pero quizá ésta era la última de las preocupaciones de quienes se inventaron la EXPO para espabilar a la provinciana capital. Fueron hábiles y buscaron en el agua la coartada perfecta para justificar el invento y dotarle de la legitimidad social y política exigida. El lema como excusa necesaria.

 

No he ido a la EXPO pero iré. Por eso no hablo de su contenido ni me atrevo a adelantar opiniones de las que luego me pueda arrepentir. Por la televisión tiene buena pinta; el puente de Zaha Hadid es impresionante y la torre del agua tiene hechuras de icono. Un desapasionado vistazo a los periódicos nacionales logra encontrar el matiz crítico que en Aragón no surge ni por asomo.  Veremos en los próximos meses. De momento, os hablo de otra EXPO que se celebrará en Zaragoza del 28 de junio al 6 de julio pare denunciar los conflictos que el agua genera en todo el mundo. El agua aquí no es la coartada; es el drama.

 

Como es sabido, entre Junio y Septiembre tendrá lugar en Zaragoza la Expo Internacional – 2008 bajo el lema “Agua y Sostenibilidad”. A pesar del lema, esta EXPO dista mucho de inscribirse en la lógica de la Nueva Cultura del Agua, al haber entrado en contradicción flagrante con los principios más elementales de la sostenibilidad; por otro lado, supone un gasto ingente de dinero público que podría y debería tener otros destinos más razonables.

 

Por ello, un amplio abanico de colectivos y movimientos sociales hemos decidido organizar el Foro Mundial de la Luchas del Agua (FMLA), a modo de un Foro Social del Agua, al margen de la Expo, abierto a la participación de los diversos movimientos que vienen luchando en todo el mundo por una Nueva Cultura del Agua basada en principios de sostenibilidad, equidad y participación ciudadana. El FMLA acogerá y dará espacio de apoyo y debate a los representantes de los colectivos y movimientos que defienden el derecho de los afectados a vivir en sus pueblos, hoy amenazados por la construcción de grandes presas y trasvases; a las comunidades que viven de la pesca y defienden la salud de los ríos, lagos, humedales y manglares de los que depende su supervivencia; a los pueblos que vienen oponiéndose a la privatización de los servicios de agua y saneamiento, bajo la presión del Banco Mundial; a los movimientos que defienden el derecho humano al agua potable y que luchan contra la mercantilización del agua y de los ecosistemas acuáticos; a los que luchan contra la minería a cielo abierto que envenena las cabeceras fluviales y mata poco a poco a millones de personas; a las comunidades indígenas que luchan por preservar sus derechos ancestrales y su derecho colectivo a existir como pueblos…

El FMLA, que se celebrará entre el 28 de junio y el 6 de julio de este año en Zaragoza, se convoca para acoger en nuestra casa a todos aquellos que están y han estado implicados en las luchas del agua. A todos aquellos que habiéndose sacrificado con generosidad para conservar lo más importante hoy se ven criminalizados y reprimidos con brutalidad en muchos casos. El Foro quiere convertirse en altavoz de denuncia, espacio de información y de participación ciudadana, al tiempo que en ámbito de solidaridad y acogida. Los días del Foro serán también reivindicativos. No queremos ni podemos callarnos; y no puede ser de otra manera en organizaciones nacidas en la lucha por la defensa de los derechos más inalienables.M uchos de esos grandes proyectos hidráulicos, de las actividades contaminantes más agresivas y de los procesos de privatización de aguas en países en desarrollo, están siendo protagonizados por empresas Europeas, e incluso Españolas. Por ello los movimientos de afectados en esos países buscan en Zaragoza, y encontrarán en este Foro un espacio de información, de denuncia y de solidaridad frente a estas empresas, que venden en los países desarrollados imágenes corporativas bien diferentes.

 

Por la mañana tendrán lugar reuniones y encuentros entre los diversos movimientos en lucha, no sólo de nuestro entorno europeo, sino de todo el mundo, abordando cada día un área temática. Junto a los debates y encuentros se están organizando actos reivindicativos. Por la noche, la Plaza de San Bruno será el espacio ciudadano de la Nueva Cultura del Agua y, tras presentar las conclusiones del día, disfrutaremos, en compañía de amigos y amigas, los conciertos diarios que se han organizado gracias al apoyo desinteresado de los artistas y grupos que han comprometido sus actuaciones.

 

El Sábado tendrá lugar, en el Teatro Principal, un solemne y emotivo acto de homenaje a los pueblos que luchan en los múltiples conflictos de agua abiertos en todos los continentes. Con la participación de artistas, poetas, cantantes y personas de alto reconocimiento nacional e internacional, vinculadas en muchos casos a los movimientos altermundialistas, se rendirá un emotivo homenaje a los representantes invitados que vienen de Narmada (India), Tres Gargantas (China), Yacyretá (Argentina-Paraguay), Chixoy (Guatemala), La Parota (Méjico), Río Senegal (Senegal), Kariba (Mozambique), Mekong (Camboya), Cochabamba (Bolivia), Ilitsu (Kurdistán), Cajamarca (Perú), Alta (Noruega), Loira (Francia), Vajont (Italia), Klamath (EEUU). Junto a estas personas rendiremos también el merecido homenaje a las gentes que han luchado y luchan en nuestro país: Yesa, Biscarrués, Santaliestra, Jánovas, Delta del Ebro, Mularroya, El Val, Itoiz, Genal, Río Grande, Riaño, Castrovido, Ter, Bajo Júcar… entre otros. Por último, el domingo 6 de Julio, cerraremos este Foro con la gran fiesta reivindicativa de los ríos europeos: el Big Jump, el Gran Chapuzón, que se convoca cada año en preparación de la convocatoria fijada para que en 2015 (cuando la Directiva Marco de Aguas esté completada) cientos de miles de europeos se bañen a la misma hora en sus ríos, como espacios ciudadanos a recuperar.

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Paul Newman

Paul Newman

Lo publica hoy Carlos Boyero. Como en la mayoría de las ocasiones en las que cuelgo un texto ajeno, se trata de un artículo que me hubiera gustado escribir a mi pero alguien se adelantó. Y también como siempre, lo hace mucho mejor que yo. Así que lo más inteligente es no caer en la tentación de emular a nadie y simplemente publicar el post con un poco de evidia sana y frustración eterna. Va por Paul.

Leo en este periódico que el irremplazable Apolo está seriamente enfermo. Lo ha contado su amigo y su socio. Lo desmiente el agente de una de las mayores empresas publicitarias del progresismo, de la belleza combinada con la inteligencia, de un tipo llamado Paul Newman. Y pienso que cada uno hace su trabajo, pero lamento que tu colega íntimo vaya de chota con los cuervos si tú no le has dado permiso para constatar la presencia del monstruo. Son cosas privadas. Tu enfermedad, tu decrepitud, tu adiós.

Me enseñan fotografías publicadas en The Independent en las que percibes el ensañamiento del ogro con el rostro del hombre más bello (me he vuelto cursi, pero no encuentro definición más precisa) que ha existido, de alguien que representó durante infinitos años el esplendor en la hierba, de unos ojos espectacularmente azules que estaban coordinados con la inteligencia, del hombre más guapo, más sexy, más complejo, más inteligente, más fiable, que ha llenado la apetencia y los sueños del personal femenino desde que la cámara se enamoró de su jeta, de sus armónicos movimientos, de una gestualidad hipnótica, de un fondo de credibilidad, de una forma de ser y de estar. Era escandalosamente guapo sin ser ofensivo para los tíos. Era listo, era ágil mentalmente, podía encarnar nuestras incertidumbres y nuestros miedos, podía encarnar la derrota existencial a pesar de ser apolíneo, era alguien cercano a pesar de su condición divina.

No habiendo disfrutado por desarreglos genéticos y vocacionales de la condición homosexual o bisexual, tan de moda ellas, confieso sentir el placer de la hermosura cuando veo y escucho en una pantalla a Cary Grant, a Brando, a Bogart, a Mitchum, a Nolte, a Connery. Y haciendo esfuerzos épicos incluso encuentro en el cine moderno a un chulazo sensible como Matt Dillon recogiendo esa herencia de machos. Pero, ante todos, flipo con la hermosura del Newman joven, admiro cómo consolida su talento cuando el físico amenaza con el deterioro, y cuando se hace definitivamente viejo posee el respeto, la admiración y el amor de las leyendas perdurables, del incontestable veredicto del jamás existió un actor tan guapo, tan magnético, tan deseable.Siempre desconfié del Newman joven. Demasiado narcisismo, demasiada interiorización, demasiado tributo a ese invento fatuo, prestigioso y sobrevalorado (quería decir asqueroso, pero el maximalismo sin causa ya no queda bien a mis años) que se inventó el intocable Stanislasvki, esa cuna de impostores que podían disimular con adornos la falta de auténtico talento, de simulacros obsesionados con la expresión corporal, de tanto sentimiento vistoso y hueco.

Pero un tal Robert Rossen, un chivato de la caza de brujas, alguien simplemente eficiente que a raíz de su sentido de culpa, del pecado y la necesidad de explicarlo se inventa dos películas tan atormentadas como geniales llamadas El buscavidas y Lilith le ofrece que interprete a Eddie Felson, ese virtuoso del billar que no sabe beber, ese genio arrogante que tendrá que sufrir el templado e implacable machaqueo del Gordo de Minnesota, el suicidio de esa borracha coja que intenta convencerle de que un artista jamás es un perdedor, la necesidad de la redención para sobrevivir en el infierno. Y a partir de ese momento sublime, entre humo, resaca, tormento, peligro, desolación, Newman encarna la épica más dolorosa, la resistencia moral frente al capitalismo inteligente y depredador. Le recordaría durante toda mi vida aunque solo hubiera interpretado a esa piltrafa que aprende dignidad y desafía a su amo con un sobrecogedor: "Dime Bert: ¿Cómo puedo perder? Ya sé lo que es tener carácter".

Nadie ha envejecido mejor que Newman. A partir de los 40 años todo en él es veracidad, ritmo, matices, gracia, aroma, seducción, profundidad. Se despidió del cine con una interpretación memorable en Camino de Perdición, la de ese patriarca irlandés que tiene que salvar a Caín aunque ame a Abel. Qué grande es usted, señor Newman. La demostración de ese milagro de que el más guapo también puede ser el más listo.

Nabateros

Nabateros

El viernes se inaugura la Expo de Zaragoza y Severino Pallaruelo ha publicado en Prames un necesario libro sobre la historia de las nabatas y los nabateros. Con ese trabajo metódico de recopilación y reflexión, mostrado ya en libros imprescindibles como "Pastores del Pirineo, "José. Un hombre del Pirineo" o la "Guía de Aragón", Severino aporta un estudio riguroso pero agradablemente ameno sobre la historia de los hombres que usaron durante siglos los ríos del Pirineo como caminos. En pleno jolgorio de la fiesta del agua, este libro es una serena aportación que nace de la experiencia anónima de cientos de pirenaicos. Está planteado también como un justo homenaje a su memoria y tiene la vocación de reivindicar unos modos de vida que cayeron fulminados cuando el rayo del progreso reventó de pleno en las montañas. Pero no lo hace con melancolía ni nostalgia. Severino Pallaruelo no ha caído en la tentación de otros historiadores de mirar al pasado con frustración, como si su tiempo fuera el que nunca llegó a conocer. La historia es una secuencia de acontecimientos que sólo se puede alcanzar a analizar desde su globalidad, sin pervertir la lógica de la relación causa efecto.

Y en este sentido Pallaruelo no se cansa de relativizar el mito romantico de las montañas, construido sobre lugares comunes y una sobrecarga de teoría y literatura fantástica. Lo que ocurrió en el Pirineo a mediados del siglo pasado -la crisis del mundo rural y el éxodo a las ciudades- fue la consecuencia de un conjunto de elementos y circunstancias que no pueden ser segmentados. Hubo una parte de displicencia y otro de catarsis necesaria; un abandono forzado y también un camino abierto entre matorrales hacia la modernidad. Todo ocurrió demasiado rápido, pero la velocidad no puede errar el objetivo del análisis. En su libro sobre los nabateros Severino ofrece la crónica del fin de una época y, como todos los profundos cambios, fue una traumática experiencia en la que se colapsó el sentido de la vida y el tradicional pausado ritmo de los acontecimientos.

He rescatado un artículo que nos escribió Severino Pallaruelo hace 8 años para el monográfico de la revista "El Mundo de los Pirineos" que dedicamos al siglo XX; la centuria de la revolución pirenaica. Es un evocador artículo sobre las nabatas y los nabateros, un texto de corte periodístico sobre el comienzo del fin. Severino, que es hijo de nabatero, lo narra con la fuerza y el crédito del testigo presencial. Ocurrió hace casi cien años pero la crónica parece extraída del diario de ayer.

"Al comenzar el siglo XX había grandes planes para los ríos pirenaicos. En los despachos de la Administración  y en las sedes de las grandes compañías, entre datos pluviométricos y medidas de aforos, bullían los proyectos hidráulicos: presas, canales, centrales eléctricas, regadíos... Nadie parecía acordarse de que los ríos eran también caminos. Se estaba planificando cómo cerrarlos y cómo sacar el agua de sus cauces naturales sin que una sola voz se alzara para recordar que por los ríos navegaban los troncos y que mucha gente, en los Pirineos, se ganaba la vida conduciendo madera desde los bosques de las montañas hasta las ciudades de las riberas y hasta las puertas del mar. Los llamaban almadieros en Navarra y en la parte occidental de Aragón, nabateros en el Cinca y raiers en Catalunya, pero los tres nombres definían un mismo oficio: el de los hombres que, erguidos sobre grandes plataformas de madera atados con ramas de avellano o de sauce, guiaban la madera mediante remos muy largos sobre las aguas que nacían de las nieves pirenaicas. Para construir presas había que hacer túneles que desviaban el caudal hacia las entrañas de la roca, dejando libre el viejo cauce. A los hombres del río no les dijeron nada. Un año, al descender con sus almadias,  en mayo, vieron gente que medía algo y examinaba las rocas del acantilado donde el valle se estrechaba en un desfiladero imponente. Al año siguiente, cuando volvieron a descender, en primavera, ya no pudieron pasar por el camino fluvial que habían seguido ellos y sus padres desde tiempo inmemorial: les hicieron entrar con sus nabatas por un túnel al que llegaba el caudal describiendo un quiebro dificilísimo. Alguien pagó con la vida el nuevo camino. Pero nadie les dijo nada. No importaban: eran seres del pasado. Su futuro era oscuro como el túnel.

            En los años veinte no se hacían sólo obras hidráulicas. El ferrocarril estaba llegando a las entrañas de los Pirineos. Donde llegaba el tren desaparecía la almadía. En el río Gállego se abandonaron al comenzar el siglo. En la cabecera del Aragón pocos años después el ferrocarril de Canfranc acabó con el transporte fluvial. Lo mismo sucedía con las carreteras: su apertura traía el abandono del camino del río. En los años del dictador Primo de Rivera la fiebre de las carreteras llegó a todas partes. Los camiones pudieron acceder a los principales valles y los almadieron, impotentes, tuvieron que dejar su viejo oficio.

            Agonizaban sin sufrir la más pequeña evolución técnica. Los dibujos del siglo XVI muestran nabatas y herramientas de nabateros que son exactamente iguales a las que se empleaban en 1930, cuando el oficio de raier se extinguió en Catalunya y, en Navarra, los almadierons dejaban de conducir madera por el agua, camino del Ebro. Tras la Guerra Civil, el proceso de ruralización que se dio en toda España, y la escasez de combustibles aun forzaron una cierta revitalización del viejo oficio del río, que todavía resistió una década. Los que más aguantaron fueron los más aislados, los que no tenían ferrocarriles ni camiones, aquellos a los que habían obligado en 1915 a pasar con sus troncos  por un túnel tenebroso. Los nabateros del Cinca cerraron la página del transporte fluvial en los ríos pirenaicos: en julio de 1949, con madera procedente de los montes del Sobrarbe, llegaron a Tortosa los últimos nabateros. El asfalto había ganado. Los ríos ya no eran caminos". 

El último partido

El último partido

Hoy debuta España en la Eurocopa pero he de confesar que el partido no ha logrado despertar mis efluvios futbolísticos. España no me pone, definitivamente. Y el fútbol cada vez menos. Pero hoy he leído en El País un reportaje de Vitorio Duque de Seras sobre el último partido internacional que disputó la selección de la España republicana; fue un 3 de mayo de 1936, dos meses antes de que estallara la Guerra Civil. Y este texto sí que ha logrado captar mi atención, aunque sólo tenga una relación transversal con lo que hoy se cocina en Innsbruck. El artículo tiene un incontenible e inevitable hedor melancólico, porque es una historia que acaba mal.

Berna, 3 de mayo de 1936. Estadio de Neufeld: 12 jugadores españoles, junto al seleccionador y un directivo, posan para una foto antes de enfrentarse a la selección suiza. Sobre el pecho, el escudo de la Federación Española de Fútbol. Un cronómetro suizo se alza desafiante a sus espaldas. La publicidad reza Zenith, die genaueste Uhr, que, traducido al castellano, viene a decir algo así como Zenith, el reloj más exacto. Aquel formidable equipo de España había llegado a su cénit aquella mañana suiza. Un grupo de futbolistas que jamás volvería a reunirse tras esa foto. Dos meses después, la Guerra Civil dio un zarpazo brutal a la furia que nació en Amberes. Sólo uno de ellos, Gorostiza, volvería a enfundarse la camiseta nacional.

Tras la guerra, Blasco, Luis Regueiro, Lángara, Aedo y Ventolrá siguieron sus exitosas carreras profesionales en México. Zubieta, el jugador más joven en debutar con la selección absoluta y que esa tarde alcanzaba su segunda y última internacionalidad con 17 años, llegó a ser todo un ídolo en Argentina. Fue capitán del San Lorenzo de Almagro y ha sido el jugador que más veces se ha enfundado la camiseta del club argentino. Muguerza y Guillermo Eizaguirre se retiraron del fútbol. Zabalo triunfó en Francia. Roberto Echevarría, Lecue y Gorostiza siguieron jugando en nuestra Liga. Pero ya nada fue lo mismo. Un océano de penosas circunstancias había separado a aquellos 12 futbolistas para siempre.

"Cuando mi padre se fue de gira con la selección vasca durante la guerra, lo hizo porque era un deportista. Era un futbolista. Si sus compañeros iban, él tenía que ir", relata emocionado el hijo de Aedo desde México. "No podía estar parado. Mi padre era un aldeano de Barakaldo que no entendía de política. Inconscientemente, tomó una decisión deportiva que tuvo consecuencias políticas. Pero era un hombre de principios. Cuando a los jugadores vascos exiliados se les ofreció regresar, la mayoría de aquella selección vasca optó por no hacerlo", añade; "habían tomado una decisión y la siguieron hasta el final. Mi padre no volvió a ver a su madre. Mi padre no regresó para firmar con el Barcelona, con quien lo tenía hecho para la temporada 1936-1937 por un dineral. El valor de una palabra dada, aunque vaya en contra de tus intereses, era sagrado para él". La ropa de invierno de su padre estuvo muchos años esperándole en una maleta en la sevillana pensión de las hermanas Conde, lugar donde vivía antes de la guerra Serafín Aedo, entonces jugador del Betis.

Simón Lecue, el jugador que marcó el último gol de aquella España republicana aquel día en Berna, pasaba el verano de 1936 en su Arrigorriaga natal. Al estallar la guerra, un directivo de la federación le recogió en su coche y, vía Barcelona, le trasladó a Madrid. El niño de oro debía estar a buen recaudo, lejos de riesgos para la entidad que había invertido muchísimo dinero en su contratación. Una vez terminada la guerra y según reza su ficha federativa, fue sancionado con seis años de suspensión seguramente "por jugar donde no debía". La pena le fue conmutada por la de seis meses de suspensión.

Gorostiza, que se enroló en la selección vasca durante el periodo bélico, decidió regresar a España. Volvió a vestir la camiseta roja en la entonces España franquista. Acabó sus días en un asilo, olvidado de todos, como recoge el maravilloso documental de Manuel Summers Juguetes rotos. Para unos fue un traidor. Para otros, un héroe. Él sólo fue un futbolista. Cuando no les fue útil, le abandonaron los unos y los otros. Paradojas del destino: su último partido con la selección española fue ante Suiza, como sus compañeros de foto de 1936, pero el día de los inocentes de 1941.

El 22 de julio de 2006, y sobre el mismo césped de Berna, un miembro de esa misma Federación Española de Fútbol mira su reloj. Piensa en un segundo que ha llegado al cénit de su carrera arbitral. Va a dirigir la final del Campeonato de Europa sub 19 femenino entre Alemania y Francia. Se llama Paloma Quintero Siles. Ella no sabe lo que pasó en el Neufeld Stadion hace 70 años. Le llama la atención el viejo graderío con bancos de madera. Parece como si... Pero sí, ha pasado el tiempo. Mucho tiempo. Y ha pasado para bien. Ella es una excelente muestra de ello.

El mito

El mito

Al final nos hemos decidido a reeditar "Canfranc. El Mito", el libro que publicamos en 2005 sobre la historia de la línea ferroviaria y la estación internacional. Se agotó en apenas cuatro meses y desde entonces han sido constantes las peticiones de adquisición procedentes de todo el país e incluso de Sudamérica, donde es sorprendente el conocimiento que se tiene del Canfranc. El libro lo presentaremos el próximo 18 de julio en el Hotel Santa Cristina de Somport, coincidiendo con el 80 aniversario de la inauguración de la línea. Creo que no podía ser mejor día para presentar la segunda edición. La fecha se las trae. El destino (y una pandilla de miltares) quiso que ese 18 de julio, que el periódico zaragozano El Noticiero bautizó como "San Canfranc", pasara a ser ocho años después el símbolo del alzamiento nacional y el día del inicio del horror. En Canfranc el 18 de julio era la representación de la vida, una exaltación festiva; la estación dio origen al poblado de Arañones y como en las historias épicas del viejo Oeste americano, el tren llegó para instalar el progreso y la modernidad. Un contraste terrible con el triste significado que tiene para la mayoría de españoles.

Este solapamiento de "emotividades" creó no pocas suspicacias en los años de la transición. De hecho, los primeros ayuntamientos democráticos de Canfranc, arrastrados por esa necesaria corriente depurativa que quería limpiar las miasmas de la memoria franquista, decidieron trasladar la fecha de las fiestas para que nadie dudara de su sentido y oportunidad. En esa entendible esquizofrenia ideológica, donde la sospecha tenía el peso de la certeza, el 18 de julio desapareció del calendario sentimental de los canfranqueses, pese a que ellos sabían bien que aquél día de 1928 un tren les apeó en la estación de la esperanza. Esperanza, bien es verdad, que pronto se tranformó en la mayor de las frustraciones que ha experimentado esta tierra en el último siglo.

80 años después la estación de Canfranc está en pleno proceso de rehabilitación para su conversión en un hotel de cinco estrellas. El majestuoso edificio diseñado por el ingeniero Ramírez Dampierre nunca volverá a recibir un tren, pero al menos ahora sabemos que tampoco correrá el riesgo de hundirse; hipótesis muy real hasta no hace mucho. En otoño desaparecerá el enorme andamio que ahora cubre la estructura del edificio y entonces podremos ver el resultado de la primera fase de su restauración. Pero aún tendrán que pasar algunos años más para que el inmueble vuelva a tener un uso definido y desaparezcan los vacíos y los silencios. 

El Canfranc nunca ha tenido buena suerte. Incluso ahora, cuando por fin las administraciones se deciden a frenar su vergonzoso deterioro, la crisis económica jugará seguramente a medio plazo en contra de sus intereses. La restauración del edificio la pagará el Gobierno de Aragón con las plusvalías que le genere la urbanización y construcción de la inmensa playa de vías que se extiende en el lado francés. El parón del sector inmobiliario va a afectar directamente a las vías de financiación del proyecto. A mi me sigue sorprendiendo la tibieza de los apoyos que recibe el Canfranc en contraste con otros proyectos que se han desarrollado en Aragón en los últimos años. Si el ferrocarril pertenece al territorio de los símbolos y sobre él se construyó el discurso autonomista en los años de la transición, cómo es posible que cueste tanto dignificarlo. ¿No está en juego nuestra propia dignificación como sociedad? Yo creo que si.

Eugene Smith

Eugene Smith

La primera y única vez que tuve un ejemplar de la revista Life en el que aparecía publicado el famoso reportaje “Sapanish Village” del fotógrafo americano Eugene Smith fue en una tienda de GAP en Montreal. Insólito lugar, sin duda, para tan prometedor y efímero encuentro. En la tienda de ropa habían diseñado un espacio dedicado a moda mediterránea, o lo que ellos desde Canadá identificaban como tal: un empacho de colores estridentes que pasaba en varios pueblos a lo que aquí entendemos como un hortera contenido. En resumen; que era un horror.  Siempre he sospechado que para los canadienses el concepto de Mediterráneo era un confuso cruce de leyendas medievales y oníricos paisajes de postal donde todo es posible.

Los de GAP, no contentos con dejar en evidencia nuestros gustos estéticos, habían decorado la “zona mediterránea”  con grandes fotos de Mikonos y Creta; una réplica de las utilitarias Vespas romanas que popularizó Fellini, unas panorámicas de la Costa Azul y como remate una pequeña librería nutrida con libros de España. Aparentemente los interioristas de GAP no se habían roto la cabeza. Casi todos esos libros tenían más de 50 años; uno de ellos era un bello tomo de fotografías en blanco y negro de la Andalucía de los años 60 del pasado siglo. Cada foto estaba acompañada por un verso de Lorca, Machado o  Miguel Hernández.

Junto a él, casi humillado por la incontinencia de los grandes libros de fotografía que poblaban la librería, permanecía discreto y ninguneado un viejo ejemplar de LIFE, roído por las puntas como casi todas las viejas revistas. Era el número del 9 de abril de 1951 en el que Eugene Smith publicó el reportaje “Spanish village”. Ese pueblo español era Deleitosa, en Cáceres, y el fotógrafo no lo eligió por casualidad.

Con la revista en mis manos me agarró por el cuello la lógica y muy razonable tentación de robarla. ¿Para qué iban a querer estos canadienses este ejemplar ajado de LIFE? ¿Qué coño sabían ellos de España y de Deleitosa? Seguro que no echarían en falta la revista si me la llevaba. Pero no me la llevé. Se impuso mi proverbial canguele ante estos episodios de ansiedad delictiva y empecé a imaginar alarmas ensordecedoras y vigilantes de dos por dos (ahí en Canadá todos los guardas jurados y los policías tienen esa proporción), abalanzándose sobre mi para evitar el formidable hurto. Así que el ejemplar de LIFE se quedó en el GAP de Montreal y yo me fui derrotado y convencido de que a esos vigilantes seguramente la dichosa revista se la traía muy floja.

Eugene Smith ha vuelto a España gracias a la exposición que se ha montado en el Teatro Fernán Gómez de Madrid con motivo del certamen “PhotoEspaña”. El reportaje que realizó en mayo de 1950 en Deleitosa por encargo de la oficina de LIFE en París provoca un nudo en el estómago por su crudeza y realismo descarnado. No podía ser de otra forma en una España miserable como aquella. Siempre he considerado este trabajo como el mejor retrato posible de la España franquista, un adagio visual que es posible elevar a una dimensión todavía más tenebrosa con la música de fondo de otro adagio, el de Barber.

Smith formó parte del primer contingente de fotógrafos extranjeros que entró en España a partir de 1950. Cartier Bresson, Robert Frank, Jean Dieuzaide o William Klein recorrieron con mayor o menor intensidad algunas de las regiones españolas que ofrecían el catálogo más completo de tópicos y arquetipos del país. Casi todos ellos lo hicieron desde una óptica artística, buscando casi lo antropológico a partir de planteamientos estéticos que reforzaban la idealizada visión que tenían de la vigente España medieval.

Smith, sin embargo, era ante todo un reportero gráfico y quería hacer periodismo. Acompañado de su ayudante Ted Castle viajó por casi todo el país buscando un pueblo que representara la esencia española. El encargo buscaba mostrar los problemas de aprovisionamiento que sufría la España interior en pleno bloqueo internacional, más como una pretensión de narración costumbrista que de periodismo de denuncia. Por eso las autoridades franquistas, tan espabiladas y eficientes ellas, no pusieron ninguna traba burocrática al fotógrafo americano, que sería el primer reportero autorizado a moverse con cierta libertad por España desde el final de la Guerra Civil. El franquismo creía que era una oportunidad fantástica de denunciar una vez más la habitual conjura judeo-masónica y de mostrar al mundo el espíritu libertador del régimen. Pero ese espíritu vagaba como alma en pena en un país desolado e inmerso todavía en la memoria colectiva del horror.

El fotógrafo lo vio claro muy pronto: “Voy a intentar entrar en el pueblo español a fin de describir la pobreza y el miedo engendrado por el régimen franquista". Los franquistas tardaron bastante más, cuando ya no había remedio y el reportaje se preparaba en las rotativas de LIFE en París. Smith escribió una carta a su madre con un tono epifánico: “será algo absolutamente irrefutable, como lo fueron mis fotos de la guerra”. Y es que cuando el fotógrafo llega a España arrastra una larga experiencia en algunos de los acontecimientos más importantes de la época; sobre todo la segunda Guerra Mundial que cubrió en el frente del Pacífico en Pearl Harbor. Por lo tanto, no era un advenedizo, sabía lo que quería y tenía la capacidad de descifrar los mensajes implícitos de las situaciones extremas.

El objetivo de su cámara se enfocó desde el primer momento en ofrecer la versión real de España, alejada del ridículo mesianismo franquista. Lo que el fotógrafo de Kansas tenía ante sí era un conmovedor paisanaje, “una suerte de reivindicación del orgullo y la fortaleza moral de unas gentes obligadas a sobrevivir en condiciones de extrema dificultad”, según sus propias palabras. Smith  y Castle acompañados por su guía, Nina Peinado, estuvieron en Deleitosa (un pueblo de apenas 2.000 habitantes), varios días retratando la cotidianeidad simple y llana. No necesitaba recrear la realidad. Su descripción de los modos de vida de una pequeña comunidad de la España rural más marginal  fue perturbadora. El ritual de la muerte, las celebraciones religiosas, la actividad en el campo, las hilanderas o la intimidad de una casa desvencijada fueron el mejor antídoto para la perversión de la propaganda oficial.

Consciente de ello, Smith se fue el 23 de mayo a Madrid para revelar el material con la intención de regresar para finalizar el reportaje. Antes de llegar a la capital había hecho la más famosa de todas sus fotos: el trío de guardias civiles, tétrica estampa de un país acongojado. Castle se quedó en Madrid y el fotógrafo volvió a Deleitosa pero ya no pudo hacer ninguna foto más porque las autoridades le buscaban para incautar los negativos. Un año después, las fotos dieron la vuelta al mundo.

Smith no quería retratar la belleza, quería la verdad. No hay tipismo en sus imágenes ni tópicos recurrentes. No se encuentran en su producción las hermosas gitanas que retrató como nadie Dieuzaide (la más bella de todas la Gitana del Sacromonte (1951), que mira con el rostro iluminado al horizonte mientras su hijo de meses mama en su pecho desnudo). O la gitana rumana que tiempo atrás había fotografiado Ricardo Compairé en el mercado de Huesca. Smith fue despedido cinco años después de LIFE por incompatibilidad con sus jefes, pero siguió siendo uno de los reporteros gráficos referenciales. Estuvo en el 69 en Woodstock, cuando sus problemas con el alcohol y el dinero le empujaban por ambientes poco aconsejables. Dos años después se fue como profesor a Tucson y falleció en 1978. Desde entonces cada año se concede el premio “W. Eugene-Smith” al mejor reportaje fotográfico.