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Juan Gavasa

Crímenes perfectos

Crímenes perfectos

He recordado una canción de Andrés Calamaro al leer hoy el escalofriante reportaje que firman en El País R. Chisleanschi y A. Burgo sobre el treinta aniversario de la inauguracón del Mundial de fútbol de Argentina. Lo han titulado "El Mundial más tétrico", aunque bien pudieran haber tomado prestada la canción del cantante argentino. "Crímenes perfectos" trata en realidad del desamor y de corazones rotos, de los destrozos de la ruptura, de las simas que se abren en el alma cuando asoma la soledad. Es verdad que no hay crimen trazado con mayor frialdad que el del abandono. "Todo lo que termina, termina mal" canta Calamaro. Pero no le he evocado hoy por ello. En esa monumental balada hay una estrofa que retrata a toda a una generación de argentinos:

"Me parece que soy de la quinta que vio el mundial setenta y ocho, me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor".

Hace treinta años el mundo miraba a Argentina y un país entero ocultaba bajo la alfombra su terrible ignominia mientras se entregaba a sus futbolistas. Sólo durante la celebración de ese mundial desaparecieron más de 60 argentinos. La rutina del terror y la picana en la que estaba instalada la Junta Militar de Videla no paraba ni para celebrar los goles de Kempes, que probablemente son mis primeros recuerdos sólidos en una pantalla de televisión. 

Hoy no quería hablar de fútbol sino de ciclismo -mi verdadera pasión deportiva- y de Contador, ese excepcional ciclista que tiene la insolencia de Delgado, la sensatez de Indurain y el carácter de Amstrong. Pero no escribiré de ciclismo. Otro día será. "La moneda cayó por el lado de la soledad".

Claudio Morresi, actual secretario de Deportes del Gobierno argentino, tenía 16 años en 1978 y era un prometedor centrocampista de la cantera del Huracán. Dos años antes, el 23 de abril de 1976, la dictadura militar que llevaba un mes en el poder había secuestrado a su hermano mayor, Norberto, quien desde entonces permanece desaparecido. Morresi sabía que el 1 de junio, día inaugural de la Copa del Mundo, los integrantes de la Junta Militar que gobernaba el país estarían presentes en el estadio del River Plate. Incluso, que el presidente de la misma, Jorge Rafael Videla, daría un discurso. Pero el amor por el fútbol pudo más. Se abrigó bien para combatir la fría tarde invernal y se acomodó en las gradas junto a otros 75.000 espectadores. "Cuando habló Videla, me quedé de brazos cruzados, insultando para adentro", recordó. La gran mayoría, en cambio, aplaudió. Gritó "¡Argentina, Argentina!" y se sumó a la fiesta del Mundial más polémico y controvertido de la posguerra, una mezcla de fútbol y utilización política; celebrado en medio de una brutal represión cuya dimensión, sin embargo, muy pocos conocían. Alemania y Polonia disputaron aquel encuentro inaugural. Un triste empate sin goles.

Treinta años después resulta imposible deslindar lo que se pudo ver por televisión y por primera vez en colores desde las heladas canchas argentinas (1978 fue, hasta la fecha, el último Campeonato del Mundo jugado con camisetas de mangas largas) de lo que simultáneamente ocurría alrededor.

El Alemania-Polonia se jugó a la misma hora que en la plaza de Mayo, frente a la Casa de Gobierno, un grupo de mujeres caminaba en torno a la pirámide con pañuelos blancos en sus cabezas. La ronda se repetía desde hacía más de un año ante la indiferencia general, pero la televisión holandesa decidió emitir la imagen minutos antes de conectar con el estadio del River. Las Madres de Plaza de Mayo, que pedían por sus hijos secuestrados, recibían al fin difusión masiva en el exterior. Justo en el instante en que la Junta iniciaba su gran campaña propagandística.

Para los milicos que derrocaron a Isabel Perón en marzo de 1976, el Mundial fue un maná. Argentina había sido designada en 1964, cuando perdió con México la votación para organizar el torneo de 1970. Desde entonces apenas se habían designado las sedes y, en tiempos de Isabel y José López Rega, se diseñaron la mascota y el logotipo, que evocaba los brazos levantados de Juan Domingo Perón sosteniendo una pelota.

Recién asumido el poder, Videla, Agosti y, sobre todo, Emilio Massera, el marino de la Junta, tal vez el más feroz de los represores y, sin duda, el de mayor ambición política, vieron en el Mundial su gran escaparate. Se creó una sociedad organizadora, el EAM’78, y se estrecharon los lazos con la FIFA para asegurarse que nada haría cambiar la sede del torneo.

El general Omar Actis y el contralmirante Carlos Alberto Lacoste, mano derecha de Massera, fueron designados al frente del EAM. Pero Actis, contrario a los grandes dispendios y a las pretensiones de la FIFA de montar un sistema de televisión en color para retransmitir los partidos al resto del mundo, fue asesinado el 21 de agosto de 1976, dos días antes de presentar su modesto proyecto. Su lugar lo asumió el general Antonio Merlo, pero, en la realidad, Lacoste quedó al mando y bajo su tutela Argentina montó el Mundial más caro de la historia hasta entonces, con más de 700 millones de dólares de gasto legal y una suma imposible de calcular pagada en comisiones y prebendas. Con el retorno de la democracia, Lacoste sería acusado de administración fraudulenta y enriquecimiento ilícito e implicado en el asesinato de Actis, pero João Havelange, entonces presidente de la FIFA y cuya compañía de seguros fue beneficiada con el 25% de las pólizas durante el torneo, le mantuvo como vicepresidente del máximo organismo del fútbol hasta 1984.

Los militares siguieron secuestrando: según el libro La vergüenza de todos, del periodista Pablo Llonto, 63 personas desaparecieron durante los 25 días que duró el Mundial.

Con la segunda fase llegaron los mejores momentos de fútbol. Holanda y Alemania brindaron un vibrante 2-2; Brasil se pareció a sí mismo frente a Perú (3-0) y Polonia (3-1) con un deslumbrante Dirceu al mando; Austria se dio el gusto de eliminar a Alemania con Krankl en plan estrella (3-2), y Argentina encontró en Kempes el goleador que necesitaba. Un golazo de Haan desde fuera del área metió a Holanda en la final a costa de Italia (2-1) y el célebre 6-0 a Perú clasificó a Argentina para el partido decisivo. Esa noche, en el momento en que Luque marcaba el cuarto tanto, una bomba estalló en el domicilio de Juan Alemann, secretario de Hacienda y crítico acérrimo de los manejos económicos en torno al Mundial. Nunca se conoció a los autores.

La final se jugó el 25 de junio en el Monumental, de Buenos Aires. Argentina ganó por 3-1 en la prórroga, Havelange le permitió a Videla entregar el trofeo a Passarella, el capitán argentino, y Ernst Happel, el entrenador holandés, sugirió off the record que en las dos finales sucesivas perdidas por el equipo naranja (1974 y 1978) "el laboratorio lo manejaban nuestros rivales".

Millones de argentinos inundaron las calles celebrando el título. Entre ellos iba Graciela Daleo, detenida en el centro clandestino de la ESMA, a escasos 500 metros del estadio de la final. Sus carceleros pensaron que sería una buena idea que ella y otras compañeras pudieran ver la explosión de júbilo popular. Acabaron cenando juntos en un restaurante a las afueras de la ciudad.

Al día siguiente nacía Guido, hijo de Laura Carlotto, secuestrada en 1977 y asesinada poco después de dar a luz. Guido fue dado en adopción con otro nombre. Su abuela, Estela Carlotto, es la presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo, organización que ya ha recuperado a 87 niños de los cerca de 500 que se calcula nacieron en cautiverio, y continúa buscándole. Carlotto todavía recuerda sus reproches a los familiares que gritaban los goles argentinos de aquel Mundial.

Erykah

Erykah

Llevo unas semanas escuchando casi exclusivamente el último disco de Erykah Badu, “New Amerykah”. Me suele ocurrir siempre: exprimo un CD hasta el agotamiento de manera excluyente, sin compasión hacia el resto de mi discoteca. Después, cuando la cosa no da más de sí, cuando amanece el aburrimiento, me entrego perdidamente a un nuevo disco y así sucesivamente. Luego pasan los meses y a veces hasta los años y redescubro con arrobo aquellos fogonazos deslumbrantes que en su día me habían obnubilado. Estas historias de amor y desamor con la música son fascinantes porque tienen algo del complejo dédalo de las relaciones humanas. Los reencuentros reviven los pasados felices y refuerzan la vigencia de unas sensaciones cautivas. No hay nada más redentor que la música.

            Se suele otorgar con demasiada ligereza la condición de “nueva reina del soul” a toda cantante de color que irrumpe en el panorama musical con característica voz desgarradora (cargada de matices cromáticos se entiende), remedo de Aretha y Ella; epígono estético de Billie y Diana; y todo ello bañado en algo de almíbar y un poco de ron para que el mejunje resulte más auténtico. Pero en los últimos veinte años ninguna de esas promesas pregonadas ha culminado el proyecto para el que fue creada. ¿Alguien se acuerda de Lauryn Hill? ¿Qué fue de la frágil Whitney? ¿Y Macy Gray? Tampoco la fútil Shola Ama aguantó el empuje irreverente de las leyendas de la Motown. Ahora la convulsa Amy Winehouse se despereza en un memorable empacho de soul de manual y la aditiva Duffy empuja melancólica el personaje que le han adjudicado. Ninguna progresará.

            Erykah Badu (su verdadero nombre es Erica Wright) es la única. Inimitable e irrepetible. La tejana se curtió en los primeros ensayos serios del hip hop con formaciones que ya son clásicas como The Roots o Arrested Development. En esos tiempos maleó el hormigón con el que construyó las sólidas bases de un discurso filosófico y existencial que nada tiene que ver con la tradición inocua de la factoría de Detroit. Ese fue su primer éxito.

            Erykah forjó una personalidad propia y diseñó una estética y unos códigos de conducta refractarios de los modos burgueses y banales de Berry Gordy, el magnate de Tamla. Por lo tanto, era digna sucesora de las grandes divas del soul pero su compromiso iba mucho más allá que el de ser simple heredera de un legado cultural formidable. Erykah podía ser lo que fueron ellas pero nunca sería como ellas. Tenía suficiente personalidad y carácter para romper las estrictas normas de consumo.

            El soul y el funky son probablemente los territorios más encorsetados de la música. La tiranía de los productores y su desproporcionada influencia en el producto final han menguado talentos impresionantes y han magnificado terribles fraudes. Sólo Marvin Gaye en 1971 logró romper esa esclavitud estilística cuando creó “What’s going on”. Hasta entonces y, por desgracia, después de aquella extraordinaria excepción, los cantantes y sus canciones fueron lo que quisieron sus productores. Eran tan sólo un producto de consumo envuelto en una instrumentación de ensueño.

            Erykah Badu publicó en 1997 su primer disco, “Baduizm”, un conjunto de espléndidas canciones rodeadas de una atmósfera de jazz y soul que proyectaba todo el espacio de sus influencias musicales. Ese mismo año editó un disco en directo “Live”, que pasa por ser una de las más sofisticadas grabaciones de las últimas décadas. Hay momentos de ese concierto en los que el público entra en una especie de éxtasis colectivo que recuerda los efectos devastadores que provocaba Marvin Gaye o Sam Cooke en sus directos. La leyenda dice que eran capaces de provocar el orgasmo en algunas mujeres sólo con su voz. En los discos estas cosas no se ven, ya se sabe, pero podrían intuirse con algo de atención. El momento culminante es “Stay”, pero también es fascinante el guiño al estándar por excelencia del jazz: “So what” de Miles Davis. “New Amerykah”, el disco que acaba de publicar, es un cortocircuito de sensaciones. Erykah es capaz de cantar con voz de terciopelo en ese registro de diva del jazz y rasgar con la zarpa de un felino cuando se lanza por la senda de Sly Stone. Hay suaves melodías deudoras del espíritu de la Motown y carpetazos de hip hop, herencia directa de los tiempos de Arrested Development. Todo el disco es una exuberante muestra de poderío y talento que huye de la impostada estética de la música negra más comercial y agresiva. No hay ni cadenas de oro ni ese forzado rictus de clase marginada. Erykah lleva encima todo el peso de la leyenda del soul y lo sabe. Sabe que ella es la única reina, la auténtica. 

Imagina

Imagina

La primera vez que vi en una revista la librería Selexyz Dominicaen de Maastricht recordé a John Lennon e Imagine: "Imagina que no hay países, no es difícil de hacer. Nadie por quien matar o morir ni tampoco religión". Una antigua iglesia dominicana del siglo XIII transformada en una moderna librería; la sublimación espiritual de ateos, agnósticos y nihilistas. No he tenido la fortuna de visitarla y sospecho que pasarán muchos años antes de que el tiempo y el dinero me permitan la petulancia de elegir Maastricht como destino de mis vacaciones. De momento, en mi inacabada lista de lugares que me gustaría conocer antes de morir no aparece en los puestos de privilegio. Aunque eso no significa nada porque albergo la triste certeza de que la gran mayoría de esos sitios tampoco los visitaré nunca. Los acojo en mi selectiva memoria y me recreo con la incierta posibilidad de su hallazgo. Ya se sabe que viajar con la imaginación no es más que otra forma de viajar.

Decía que la librería Selexyz me impactó cuando la descubrí en un suplemento de fin de semana de algún periódico español, no recuerdo cuál. Me atraen esos edificios que han mudado sus antiguos usos y lo han hecho sin sufrir ninguna atrocidad arquitectónica. Se han reinventado pero no han caído en el anacronismo. La Gare de Orsay en Paris es uno de esos ejemplos. Aunque en un ámbito más cercano siempre me pareció mucho más auténtico el restaurante que el párroco Leminyana montó en la sacristía de la Catedral de Roda de Isábena, o la casa de la cultura en que se transformó la antigua iglesia de Castejón de Sos.

Como veréis, en realidad lo que me llama la atención es la socialización de los templos religiosos y su conversión en toda regla, sin medias tintas. No hace mucho recordaba aquellas palabras de Bertrand Russell que se resumían en que la decadencia de la fe dogmática sólo puede hacer bien. Y el bien pasa por la educación, la información y la culturización de la sociedad en el más amplio sentido de la palabra. Se corre el riesgo de practicar la demagogia al defender que en cada iglesia se levante una biblioteca y en cada catedral una casa de la cultura. Puedes decir que soy un soñador, pero no soy el único.

Sabino

Sabino

Loquillo acaba de publicar nuevo disco en solitario y Sabino Méndez ha vuelto a escribir buena parte de sus canciones, como ocurrió hasta que en 1989 se tiraron los trastos y protagonizaron uno de los choques de trenes más devastadores de la historia del rock español. “Balmoral” es un excelente disco pero la noticia es que Sabino ha vuelto con el Loco. En 2005 se produjo el primer acercamiento cuando Loquillo y Trogloditas grabaron en Bilbao un directo para reeditar con EMI el “A por ellos...”, aquel mítico doble que forma parte de la leyenda musical de este país. Sabino volvió a subirse al escenario con ellos y de nuevo tocó su guitarra. Ese disco del 89 fue la cima de popularidad de Loquillo y la traca que encendió el fuego de un odio entonces irreconciliable. Incluso en aquella portada estaban todos menos Sabino.

En las cajas en las que conservo desde hace años recortes de prensa, artículos que en su día me parecieron interesantes o periódicos de fechas señaladas, guardo un artículo que escribió Sabino Méndez en 1989 en la desaparecida revista musical Boggie. Era el anuncio de su ruptura definitiva con Loquillo. Lo titulaba “El escenario está donde tú quieras”. Lo he ido a buscar hoy a esas cajas y después de hurgar durante un buen puñado de minutos lo he encontrado. Su inconfundible tono amarillento le delata. Llevaba escondido en esa caja casi 20 años.. Estaba junto a un ejemplar de El País del día que cayó el Muro de Berlín, otro del golpe de estado en la antigua URSS en 1991 que supuso el fin de la era Gorbachov y la irrupción de Yeltsin; guardaba otro de la inauguración de los JJOO de Barcelona, uno más con el fusilamiento de los Ceausescu en Rumanía en 1989... casi dos décadas de historia concentradas en trozos acartonados de papel amarillo de periódico.

No sé por qué guardé en su día ese artículo de Sabino. Recuerdo que me enganchó su sinceridad y su honestidad. Se iba del circo sin rajar, sin caer en la tentación de verter “toneladas de mierda sobre José María Sanz”. Había una poderosa razón que se imponía sobre el resto: “Loquillo y Los Trogloditas cada día eran más Loquillo y menos Trogloditas”. Fue su elegante forma de anunciar que ya no aguantaba más la soberbia y prepotencia del Loco, su manera de entender el negocio y su tendencia a oscurecer con su alargada sombra el brillo de los que le rodeaban. Sabino es el compositor de algunas de las mejores canciones del rock español. “Cadillac Solitario”, “El Rompeolas”, “El ritmo del garage” o “Rock and Roll Star” son muchos de los sonidos que gravitaron en nuestra adolescencia y nos proporcionaron los primeros referentes musicales. Cuando éramos los mejores, o creíamos serlo en pleno atracón adolescente, como me recordaba el otro día mi amigo Enrique. Para nosotros esas canciones fueron de Loquillo pero en realidad eran de Sabino. Siempre admiré esa discreta generosidad del compositor y su convencida condición de subalterno de la estrella.

Sabino decía en aquél artículo respecto a Loquillo que “tenemos un montón de criterios divergentes sobre multitud de cosas, pero siempre agradeceré a quien corresponda los ocho años tan divertidos que he pasado junto a él. Han sido muchos buenos momentos y nos complementábamos bien. Sé que Loquillo es muy odiado en ciertos ambientes por su especial idiosincrasia y no pienso darles munición a sus detractores. Creo que El Loco ha sido realmente importante para la música de este país y me enorgullezco de haber viajado junto a él”. Aun hoy me sigue admirando la elegancia verbal de su despedida, cuando otros en sus misma situación hubieran tirado de rodillo para machacar el mito odiado. Sabino no lo hizo, y es posible que por esa razón decidiera guardar hace 19 años su artículo, porque pensé entonces que algún día me serviría esa lección de honestidad e integridad en parecidas circunstancias.

Sabino no sólo hablaba de su marcha de Trogloditas. Los 80 se iban también y eran tiempos de reflexión ante lo que venía. Entonces ya lamentaba que la música popular no estaba en su mejor momento. “Esto de los grupos que empezamos en los ochenta ya ha llegado a un extremo desmesurado. Las presiones de la industria y del mercantilismo están llegando a extremos insoportables. La creación ya no es creación, sino masificación. Hay que hacer un disco al año para garantizarse las galas veraniegas”. Eso le escribía Sabino en 1989, cuando ni siquiera podía sospechar que no muy tarde llegaría internet y después O.T.

No sé si hay que leer con nostalgia estas líneas. Al fin y al cabo, de ellas nuevamente se deduce que cualquier tiempo pasado no fue mejor. Vivimos en un eterno bucle. El pasado miércoles en el programa “La Ventana” de Gemma Nierga se reunieron Loquillo, Jaime Urrutia y Ariel Rot para conversar en el fantástico espacio semanal que tienen estos dos últimos. Tanta concentración de talento no podía decepcionar; y no lo hizo. El Loco habló de su reconciliación con Sabino y lo resumió con una frase cautivadora: “nos reunió la nostalgia. Necesitábamos saber que podemos seguir contando con los amigos de siempre, que son con los que hemos crecido”. Uuuffff

Fútbol

Fútbol

Me gusta el fútbol, pero soy un descreído convencido. La razón habrá que encontrarla en que soy del Atlético de Madrid desde que tengo uso de razón y eso convierte la afición en una práctica furtiva de las emociones. Nos hemos acostumbrado a reprimir el orgullo y a aguantarlas de todos los colores. El Atleti sería el paradigma de la parodia en que se ha transformado, desde mi punto de vista, el fútbol; un deporte de egos hinchados, oscuros intereses económicos y almacén de la peor calaña de directivos. Cuando era niño y luego adolescente aún veía en los fútbolistas a admiradas estrellas rutilantes que me hacían soñar. Ahora sólo veo (salvo contadas excepciones), semianalfabetos niñatos millonarios, en acertada definición del escritor Juan Bolea. Qué le vamos a hacer, el fútbol ha perdido para mi todo el sabor del gran acontecimiento. Ha dejado abandonada en el camino la inocencia de lo puro, cuarteada en cachitos de vanidad, o lo que Santiago Segurola definiría sencillamente como "vedettismo".

En este teatro de las vanidades todos hemos contribuido a la exacerbada idolatración de los futbolistas, que pienso que es una de las causas de esta conversión del renegado. Los aficionados en tanto que apasionados hinchas alimentan los mitos con su pasión y con la fe irreductible en sus colores. Es cierto aquello de que se puede cambiar en esta vida de cualquier cosa menos de equipo de fútbol. Pero creo que son los periodistas los responsables fundamentales -complices necesarios- de engrasar esta máquina que construye leyendas con la misma velocidad que las destruye como juguetes rotos. Me parece insoportable la trascendencia que algunos periodistas se empeñan en conceder a las declaraciones siempre planas e inocuas de los fútbolistas. Sus lugares comunes, su anoréxica retórica y esa estética de nuevo rico advenedizo me ponen de los nervios. En este caso la forma ha acabado pervirtiendo la esencia, que no sé bién dónde para.

Que conste que yo pertenezco a esa inmensa mayoría que alguna vez se ha abrazado con un desonocido en un campo de fútbol para celebrar un gol. Estuve en Neptuno celebrando aquél irrepetible y lejano doblete del Atleti en 1996, y cada año renuevo mis votos rojiblancos con la misma ingenuidad infantil de siempre. Una renovación que pronto encuentra el mismo escenario de la decepción y la frustración como respuesta. Por lo tanto esta invectiva hacia el mundo del fútbol proviene de un futbolero resentido y escocido; pero de un futbolero al fin y al cabo para que no haya sospechas de desapego. Y es aquí donde viene de perlas introducir uno de los tópicos capitales del fútbol mundial: el fútbol es así.

Todo esto viene a cuento por la literatura que estos días ha generado el descenso del Zaragoza a la segunda división. La prensa deportiva aragonesa se ha embarrado en una disección en canal del moribundo, al que muchos ya le firman el acta de defunción. El debate es de una gravedad mayúscula, a tenor de los recursos semánticos utilizados por unos y otros. El maximalismo se ha apoderado de los periódicos aragoneses. No dudo de la negativa influencia del descenso en la microeconomía zaragozana y en la metafísica colectiva, pero quizá es tiempo de sensatez y ponderación. Fútbol es sólo fútbol. Por eso me ha encantado leer a Mario Ornat en su blog. Mario es uno de los periodistas que mejor escribe en Aragón y desde luego una de sus mentes más lúcidas. Su post es, en realidad, lo que a mi me hubiera gustado escribir hoy.

 

Me extraña cómo pueden parecerse tanto los días a los recuerdos de otros días. El 6 de mayo de 2002 llovía con gris lentitud como hoy, 19 de mayo de 2008. Nos protegimos del agua bajo el tejadillo de lata del aparcamiento de la Ciudad Deportiva, y ahí escuchamos las últimas declaraciones de Savo Milosevic como zaragocista. La noche anterior el equipo había descendido a Segunda División en Villarreal, Láinez se pegó o bien le pegó a un aficionado que lo había agredido saltando al campo, Acuña derribó a otro tras una persecución tabernaria, de un zarpazo, como hacen los felinos en la sabana con las gacelas Thompson. Finalmente Milosevic, en medio de la furia desatada y el caos, retrató de un manotazo a Oliver Duch, fotógrafo y amigo del Heraldo, cuando éste lo intentó retratar a su salida del campo.

Aquella fue una mañana muy triste y la lluvia se me quedó grabada en la memoria como una postal metafórica. Esa noche, en Villarreal, escribí con una rabia avergonzada, agresiva y revanchista. El domingo por la noche, cuando relaté este nuevo descenso del Zaragoza, me di cuenta de que me estoy haciendo un periodista mayor o algo veterano, o bien resabido, o bien un poco más sabio, o tal vez desencantado, puede ser que sereno, o puede que sólo escribiera protegido del efecto terrible de lo que estaba contando por otros problemas más acuciantes; o bien, como creo yo, simplemente porque tenía asimilado el descenso hace semanas, muchas semanas. Creo que la primera vez que dije "nos vamos a Segunda" lo dije con absoluta convicción, sabiendo que no se trataba de la lástima reactiva a una goleada o a otro partido lamentable del Zaragoza; era una conciencia absoluta, indudable, de cuál iba a ser el desenlace. Eso ocurrió en la jornada 25, con trece aún por jugarse, en el descanso del partido Sevilla-Zaragoza. Lo puse en un sms que envié a una amiga que me preguntaba qué le pasaba al equipo. Unos días después me encontré por la calle con Charlie Cuartero y él me preguntó qué pensaba que iba a ocurrir. Le repetí mi triste convicción (esos días estaba verdaderamente triste, por esto y por más), y él me vaciló: "Entonces, cuando nos salvemos te la envainarás y escribirás que no confiabas en este equipo". Desde luego, le dije. Esa misma semana me había disculpado por un artículo bastante desagradable contra los futbolistas y le dije que un periodista que se disculpa en público está dispuesto a envainársela y a lo que haga falta. Por desgracia, no tendré la oportunidad de hacerlo.

Cuando tenga un rato dejaré la crónica de hoy en AS, que más que una crónica del partido viene a ser un juicio con el que cada cual estará más o menos de acuerdo. No puede ser de otra manera. Probablemente esta noche. Siento todo esto por la afición, y esto no es demagogia populista. En Villarreal recuerdo haber llorado cuando vi llegar a la gente del Zaragoza al estadio, cantando, sosteniendo las últimas esperanzas de un equipo que se iba, que se fue. Siempre he tenido en cuenta que los periodistas, en cuanto al Real Zaragoza, estamos por obligación uno o dos escalones por debajo de sus socios y aficionados. Lo nuestro (con sentimientos por el medio, porque muchos sentimos al equipo como el que más) tiene un inevitable lado profesional; el fútbol es y siempre será de la gente que lo mira, lo quiere, lo siente y lo paga. Sobre todo, la que lo paga. Parece una anécdota pero se trata de una diferencia esencial, definitiva. Al menos, para mí lo es.

Por eso, hoy que leo los diarios, me pregunto si muchos de los analistas que han florecido en esta lluvia primaveral, con los puños cargados de verdades, soportarían que alguien escribiera una, dos, tres o cuatro páginas analizando los resultados económicos y editoriales de cada medio; las crónicas, la gramática, la sintaxis de sus frases, la valía profesional de sus periodistas y por supuesto sus sueldos, sobre todo sus sueldos. Me pregunto qué se podría decir de la pérdida masiva de lectores, de los resultados en las oleadas del Estudio General de Medios, de la marcha en fila de profesionales punteros en sus áreas, de los modelos redaccionales, de las noticias que se dan y no se dan, o de los resultados publicitarios y de ventas. Sería interesante. Sobre todo puede que fuera divertido. Más que nada, sería justo. Sería justo que alguna vez nos diéramos cuenta de que nuestra posición no nos otorga la plenipotencia de un deus ex machina para construir patíbulos, que en muchos casos deberían incluirnos. Habría que pensarlo. Resulta bastante higiénico hacerlo, al menos para compensar esa costumbre tan entretenida de pedir que dimitan todos los demás, especialmente los que nos caen mal o nos miran con recelo o no se fían de nosotros.

El cinismo no hace periodistas. Naturalmente, yo soy un loco y seguramente también un cínico ocasional Yo mismo voy a tener que escribir alguno de esos análisis y ya lo he hecho alguna vez. Pero lo que de verdad me gustaría es escribir los otros, lo juro. Los de los periodistas y nuestros periódicos, radios y televisiones. Eso sí que me daría placer profesional y sobre todo personal. Con el punto final, por descontado, iría a pedir el finiquito. Afortunadamente no pertenezco a ninguna asociación, para así poder hacer lo que me dé la gana sin que nadie me expulse del cuerpo corporativo corporizado. Con la cifra que me metiera al bolsillo, me compraría un billete a la Antártida y desde allí os contaría semana por semana el flujo de las mareas, el catálogo de estrellas del hemisferio contrario y la frecuencia de las banquisas de hielo en los canales del fin del mundo. Y recordaría que mi vida profesional me proporcionó en 1995 una oportunidad impagable: quedarme en el paro de mi trabajo de periodista y poder ver a mi equipo ganar la Recopa como lo hace un zaragocista de verdad, pagando un pasaje en clase turista, la entrada más cara del Parque de los Príncipes y zorro como un canasto después de haberme pasado el día cantándole al vino y al Zaragoza por las calles de París.

En Zaragoza

En Zaragoza

El pasado viernes, como os había anunciado con impertinente insistencia, presentamos en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Zaragoza nuestro libro "Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la Sublevación de Jaca. 1923-1936". Más de media entrada y muchos amigos y caras conocidas. Permitidme que agradezca la presencia del Delegado del Gobierno en Aragón, Javier Fernández, que aceptó sin dudarlo nuestra invitación para que introdujera el acto. Javier es un viejo conocido. Mucho antes de que entrara en política ya había compartido con nosotros en Jaca algún acto cultural y había presentado alguno de sus libros en nuestra librería. Pero eso fue ya hace mucho tiempo. Con todo lo que ha llovido y lo que han cambiado nuestra vidas (sobre todo la suya), sigue respondiendo a nuestras llamadas igual que entonces. Es de agradecer. Javier es historiador, abogado y militar. En su primera faceta se especializó en la violencia política de la primera mitad del siglo XX, precisamente el argumento que sirve de base a nuestro libro sobre el fotógrafo Alfonso.

En Zaragoza el viernes volvimos a recordar algunas anécdotas que siempre resultan divertidas, aunque tienen un trasfondo inquietante. Hace dos años, cuando celebramos con el Círculo Republicano de Jaca el 75 aniversario de la sublevación, le invitamos a que participara en una de las mesas redondas. Él, como siempre, aceptó gustoso. El diario La Razón, siempre preocupado por defender las escencias patrias, polemizó con el asunto y publicó una noticia en la que denunciaba que el Delegado del Gobierno socialista en Aragón defendía la III República en una jornadas que se iban a organizar en Jaca. Pese a la polvoreda y las perversas intenciones del periódico madrileño, Javier no rebló y mantuvo su compromiso de acudir a las jornadas. Este viernes hablamos también de la Ley de Memoria Histórica, de su importancia para cerrar las heridas todavía abiertas en este país y hacer justicia con los que sufrieron en silencio la represión franquista. Un tema recurrente que parece ahora lejano y olvidado, uno de esos asuntos de vida efímera que pueblan las páginas de la prensa diaria. Pero ocurrió hace escasos meses, cuando el juego político nos situaba al borde del abismo guerracivilista, según decían. 

Pirineo

Pirineo

Se acabó el periplo pirenaico. Acabé exhausto después de 1.900 kilómetros por carreteras secundarias y endiablados puertos de montaña. Ya está hecho, ahora toca escribir. El Pirineo me produce frecuentemente una terrible melancolía. Comparto las mismas sensaciones que en alguna ocasión ha descrito Severino Pallaruelo, cuando habla de la triste soledad de los pueblos pirenaicos, de la desazón que le producen las calles vacías en una tarde de lluvia, las puertas y ventanos cerrados, el silencio confundido erróneamente con la paz anhelada por los urbanos. Ese ingenuo romanticismo de los neorrurales siempre me ha llamado la atención por su pesada carga de utopía e ignorancia. Tanta como la que acumula esa otra extendida tendencia que reivindica con nostalgia el sistema de valores y los modelos tradicionales de vida de la montaña. Sin duda, no saben bien de qué hablan. Como decía Enrique Satué, seguramente tiene algún vínculo con la cuestión de la identidad y la necesidad del individuo de asirse a “esquemas ya dados, angustiado por la dificultad de buscar unos propios”.

No es que reivindique lo que ahora tenemos, sino que estoy convencido de que lo que hubo era mísero, en los arrabales de la indignidad humana. Aunque ahora nos fascinen los símbolos y tradiciones de una cultura milenaria que tenemos la obligación de conservar. La revolución experimentada por la sociedad pirenaica en este último medio siglo ha sido devastadora y en cierta medida necesaria, pero ha provocado un desmoronamiento demasiado precipitado de unos modos de vida ancestrales. Satué era el que afirmaba también que “no son buenos los cambios generacionales tan bruscos, especialmente si se pierde o no se cultiva la memoria”. La misma memoria que sacralizaba el escritor británico John Berger en “Puerca Tierra”, la crónica del desmantelamiento del mundo campesino. Una historia paralela a la pirenaica.

He visitado estos días muchos pueblos que sólo pueden transmitir desesperanza. El Pirineo está pletórico y hermoso pero vive sumido en una agónica paradoja. Esos pueblos que sufrieron el impetuoso azote del éxodo en los años sesenta del pasado siglo disfrutan hoy de las mismas comodidades que buscaron sus antiguos habitantes. Pero son pueblos virtuales que se agarran a la vida con la resignación de quien conoce sus limitaciones y asume su destino. La virtualidad reside en su condición de entes subsidiarios dependientes de la arbitrariedad de las modas y, por desgracia, de la economía. Son pueblos en tanto que son productos. Su músculo se dilata en función de la demanda de ocio que genera. Se encoge cuando son olvidados.

Algunos diréis que éste no es un análisis justo, que quizá peca de apocalíptico. Y probablemente tengáis razón. Pero lo que intento transmitir es la sensación de provisionalidad que proyectan muchos de esos pueblos. Como si vivieran en la milla verde, esperando un final que llegará seguro, aunque nadie sabe cuánto tardará en aparecer. Esos pueblos tienen maravillosas casas rehabilitadas, formidables urbanizaciones de piedra, madera y pizarra para respetar la ortodoxia, pero apenas respiran. Si Madoz regresara al Pirineo ya no podría hablar de almas como hizo en el siglo XIX, sino de casas; casi todas vacías.

En el otro extremo está el voraz urbanismo que ha destrozado los paisajes y ha engordado artificialmente cascos urbanos y antiguos campos de cultivo. Eduardo Martínez de Pisón dijo que “la pérdida de la dignidad de los paisajes es la pérdida de la dignidad de las personas”. Hablaba del Pirineo, claro está. Me ha salido este post demasiado pesimista, como podréis ver, así que lo acabaré hablando de las fantásticas galletas “Birba” de Camprodón (todo un hallazgo); de Prats de Molló (hermoso pueblo amurallado en el norte pirenaico); de Castellar de N’Hug (ejemplo de conservación); del vértigo del Tourmalet; de Anciles, Artiés y Arreau; de San Pere de Roda, de la butifarra de Ribes y del sofisticado atardecer en Cadaqués. La foto es de Cap de Creus el pasado viernes, el inicio y final de este, pese a todo, fascinante Pirineo.

Más Alfonso

El próximo viernes 16 de mayo a las 19.30 horas presentaremos en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Zaragoza (Pº Independencia) el libro "Los años convulsos" del historiador Juan José Oña. Ya os he informado sobradamente de la publicación de este hermoso volumen en el que recuperamos la figura del fotógrafo madrileño Alfonso, que cubrió como enviado especial de los diarios La Voz y El Sol la sublevación republicana de los capitanes Galán y García Hernández en diciembre de 1930 en Jaca. Hace dos semanas Antón Castro dedicó en su programa "Borradores" (Aragón TV), un amplio espacio al libro y abrió la entrevista con un excelente montaje de la realizadora oscense Yolanda Liesa, en el que se recrea con las fotografías de Alfonso y consigue transmitir toda la intensidad y turbulencia de aquellas históricas jornadas. Son dos minutos que resumen a la perfección lo que es el libro, no son necesarias más explicaciones. Nos vemos el viernes.