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Juan Gavasa

Viajeros (2)

Viajeros (2)

A mediados del siglo XIX el Pirineo se transformó en un espacio para el deleite de las exclusivas élites intelectuales y aristócratas europeas. La irrupción de las corrientes románticas, que reivindicaban el placer como estímulo vital, transmutó las inhóspitas montañas en espacios naturales de exuberante belleza. El temible escenario de las oscuras leyendas del imaginario popular nutría ahora los estímulos de los primeros viajeros. Encontraron en el Alto Aragón un país pobre pero hospitalario en el que sus gentes vivían ajenas al tesoro que les cobijaba. El viajero Víctor Balaguer, explicó de forma luminosa en 1896 lo que les ofrecía el Pirineo: “no hay edificio que no tenga su historia, peña que no recuerda una tradición, sitio que no haya dado origen a una crónica”.

En un primer momento fueron la montaña y la naturaleza los aditivos de estas pulsiones nómadas. El placer de viajar y conocer recónditos parajes guió a esos pioneros entre los que descuellan Louis Ramond de Carbonnieres, Henry Russell, Franz Schrader, Edouard Wallon o Ayamard d’Arlot de Saint-Saud. Ellos relataron por primera vez las bellezas del Pirineo y le dieron un sentido poético al trabajo práctico que hasta entonces habían venido realizando los cartógrafos. Para todos ellos la cordillera pirenaica se convirtió en una íntima obsesión. El Conde Russell, considerado el padre del pirineísmo, expresó su amor de forma más pragmática y compró el macizo del Vignemale. Él había dejado escrito que “la palabra silencio no tiene sentido para el habitante de las llanuras que nunca ha vivido en las montañas”.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    

Durante muchos años sólo escribió sobre Pirineo el visitante extranjero, principalmente francés e inglés. No hubo literatura autóctona hasta mucho tiempo después. Entre 1750 y 1904 más de 80 autores extranjeros dejaron textos o libros sobre sus viajes por la cordillera. Fue el incipiente y minoritario turismo el que generó una interesante bibliografía que abarcaba casi todos los campos del saber. Desde un origen casi exclusivamente científico derivó hacia el romanticismo y el naturalismo.  Finalmente aparecieron las guías de viajes.

El pirineismo se considera que nació con el geólogo y botánico francés Louis Ramond de Carbonnieres. Su relato de la pionera ascensión a Monte Perdido en 1802 es una de las primeras aportaciones a la literatura pirenaica, trufada a partir de entonces de narraciones sobre las experiencias personales de los montañeros, viajeros y agüistas. Una de las más célebres fue la escrita a mediados del siglo XIX por Victor Hugo, el más importante escritor romántico francés, en su libro “Pirineos”. De acuerdo al perfil del pirineista ideal que proclamaba el sabio Henri Beraldi; escalaban montañas, sentían y escribían. Luego vendrían los viajeros en coche y más tarde con esquíes, y la pureza del espíritu montañero se resentiría para siempre.

El Pirineo sufrió una nueva transformación en el primer tercio del siglo XX, cuando los viejos viajeros románticos fueron relevados por una nueva especie que buscaba formas de ocio innovadoras expresadas a través del deporte. El esquí fue, sin duda, una de las grandes revoluciones en la percepción de la montaña como espacio natural. Pero también el montañero dejó de escalar por simple placer sensorial e incorporó un componente competitivo y de superación.

Las inquietudes deportivas de una sociedad que comenzaba a valorar la importancia del cuidado físico según el aserto latino “mens sana in corpore sana”, guiaron a un nuevo tipo de viajero menos romántico y más hedonista. Fue entonces cuando, por ejemplo,  prácticas ancestrales de supervivencia como la caza se convirtieron en un ocioso atractivo del paraíso pirenaico. En ese contexto hay que enmarcar también el turismo de las aguas, aunque para encontrar su origen hay que remontarse a principios del XVIII. En ese tiempo surgieron decenas de balnearios y termas que explotaban las propiedades curativas de las aguas pirenaicas. Monarcas, nobles y burgueses de toda Europa se instalaron en estos enclaves privilegiados y contribuyeron a crear lujosos balnearios de los que todavía se conserva una hermosa arquitectura de aires señoriales. 

Viajeros (1)

Viajeros (1)

Los pioneros del pirineísmo dejaron escritos los más hermosos testimonios sobre la cordillera. Sus descripciones abundaban en la exuberante belleza de las montañas y en el misterioso magnetismo de unos paisajes que azuzaban todos los instintos vitales. Henry Russell escribió que “hay mañanas en las que los ángeles tienen nostalgia de la tierra”. Pero en las faldas de esas montañas, en los fondos de los valles habitaban hombres y mujeres que pertenecían a una cultura milenaria, de la que casi nadie se había interesado durante siglos.

Tuvieron que llegar los primeros fotógrafos para que la geografía humana adquiriera protagonismo. El viajero francés Lucien Briet fue el más popular e influyente de todos. Recorrió desde 1889 a 1911 en sucesivas campañas todo el Pirineo aragonés y dejó el mejor documento visual de la cordillera, un legado gráfico que es un auténtico almacén de la memoria. Otros reforzarían el valor estético y humano de estas montañas, como el maestro del pictorialismo José Ortiz Echagüe, los catalanes Adolf Más y Juli Soler I Santaló o los locales Francisco De las Heras, Ricardo Compairé, Aurelio Grasa, Andrés Burrel y Alfonso Foradada. Para ellos era más importante la esencia del hombre que el paisaje que le rodeaba. Unos se detuvieron en el tipismo de unas tradiciones ancestrales y otros optaron por ejercer de notarios de un tiempo que se consumía en las llamas fatuas del progreso. Pero todos compartieron la misma fascinación por unas gentes y unos pueblos que habían permanecido secularmente aislados. Allí encontraron la pureza de su inspiración creativa. La misma que condujo a Joaquín Sorolla a Ansó para elaborar el mural dedicado a Aragón en la monumental obra sobre las regiones de España encargada por la Hispanic Society.

El alemán Fritz Krüger publicó en 1935 “Los Altos Pirineos”, el mayor compendio jamás escrito sobre la tradición y las formas de vida del Pirineo español. Veinte años después el catalán Ramón Violant I Simorra editó el mítico “El Pirineo Español”, un clásico de la etnografía pirenaica que sigue siendo considerado un referente para entender la cultura y antropología pirenaicas. En ambos casos, sus autores acudieron al rescate de los restos de una civilización que intuían cercana a su desaparición. Otros, como el jaqués De las Heras, contribuyeron de manera inconsciente a dejar testimonio eterno de ese epílogo sociológico. El fotógrafo captó con su cámara el “triste desfile de muerte en vida” de las espirituadas en la procesión de Santa Orosia de Jaca en los años 20 del pasado siglo. Hoy es el único documento gráfico completo que se conserva de aquel tenebroso espectáculo.

Fue el tiempo también de los etnógrafos, antropólogos y folcloristas. Superado el impacto perturbador del paisaje, era necesario interpretar y comprender el origen de las tradiciones de los pirenaicos y el dédalo de sus creencias. Dos de los más destacados fueron la inglesa Violet Alford y el norteamericano Alan Lomax. En la primera mitad del siglo XX viajaron asiduamente a la cordillera y se detuvieron en la música y las tradiciones religiosas y festivas, imprescindibles para alcanzar a entender la dimensión antropológica de la cultura pirenaica.

En el siglo XIX los viajeros románticos exploraron con fortuna diversas manifestaciones artísticas para expresar las sensaciones que les provocaba la montaña. Los pintores Gustave Doré, Gavarní, Albert Tissander o Victor Petit fueron algunos de los más significados evocadores del paisaje pirenaico. En los primeros escarceos del siglo XX la vanguardia artística europea derivó en el Pirineo para poner en práctica su revolución conceptual. En 1906 un joven Picasso se preparaba en Gosol para transformar para siempre la visión del arte. Chagall, Dalí, Gris o Duchamp vibraron con la riqueza cromática que desprendían las montañas. Pero quizá la ejemplificación de todo ese caudal inspirador corresponde a Joaquín Sorolla con la gran pintura de los ansotanos que realizó para su monumental “Las regiones de España”.

El 24 de agosto de 1912 viajó desde el Valle de Roncal hasta Ansó para documentarse. Sorolla tenía claro desde del principio que “la encarnación máxima y más universal del espíritu aragonés se manifestaba en la jota”. Al regresar de la localidad ansotana escribió a su mujer Clotilde García: “Ansó es admirable para pintar figuras; así es que cuando tenga que hacer estudios para el cuadro de Aragón volveré aquí”.

Sorolla volvió en 1914 y se instaló en Jaca durante los tres meses de verano. Allí creó el mural definitivo que representaría a Aragón en el inmenso mural destinado a decorar la biblioteca de la Hispanic Society de Nueva York. En su estancia en Jaca pintó numerosos cuadros y bocetos de los paisajes y las montañas del entorno. El 7 de septiembre su hija María Clotilde se casa en la Catedral de Jaca obligada por su padre, que no quiere desplazarse a Madrid para la ceremonia. Está absolutamente inmerso en su trabajo y quiere plena dedicación. El padre regala a la hija un apunte de un paisaje jacetano.

Foto: Alan Lomax en una de sus campañas en España 

Casa Blasquico

Casa Blasquico

Gaby Coarasa trasciende a su restaurante. Ella es quien le dotó de personalidad propia, quien puso el sello inconfundible en su decoración y quien se encargó hace ya casi medio siglo de proponer una gastronomía del país sin complejos ni formalismos.

Casa Blasquico de Echo es el nombre de la casa pero Gaby el alma, una arrebatadora personalidad que encarna algunas de las esencias de la cultura pirenaica. Siempre fue la mujer la que se ocupó de los fogones y ella mantiene ese compromiso, aunque la responsabilidad última recae ahora en su sobrino Pepo Mateo.

            De Casa Blasquico ya se sabe que sus limitaciones son su verdadera virtud. Seis únicas mesas que convierten cada comida en un auténtico privilegio. Decoración rebosante de recuerdos personales, premios y cuadros que se agolpan por las paredes y que resumen más de 65 años de vida en una casa en la que ya daban comidas en la postguerra Guadalupe y Victoria, la madre y la tía de Gaby.

            Su cocina es famosa por la conjugación de tradición y vanguardia; verduras rellenas, cordero asado, migas, raviolis de boletus en caldo de pularda... Casa Blasquico es inconfundible. Su fachada es un mosaico de flores; no hay otra igual en Echo.

Las Tiesas

Las Tiesas

Fue la pequeña locura de Agnes Villar Le Thies y ha sobrevivido a su triste desaparición en 2002. Sus hijos Bruno y Nico cogieron el testigo y han sabido mantener la casa de turismo rural de Las Tiesas Alta (Jacetania), y el restaurante vegetariano, un verdadero referente en todo el estado.

            De difícil catalogación arquitectónica y decorativa, Las Tiesas es ante todo el espacio intimista que su creadora quiso fundar, sin ataduras formales ni patrones inalterables. Empezando por el carácter de su gastronomía, volcado en la cocina vegetariana en una tierra en la que no está bien visto salirse de los cánones tradicionales. Y es seguramente este espíritu inconformista el que ha hecho de Las Tiesas uno de esos rincones forjados a través del boca a boca, la publicidad más barata y rentable. No importa que el acceso no sea sencillo ni que el paraje sea recóndito, todo es relativo cuando se accede a este edificio construido en 1627. Las Tiesas Altas no parece el lugar ideal para establecerse. Tiene todos los inconvenientes de la vida rural pero amplificados por la soledad, el aislamiento y el frío intenso de los inviernos eternos. No da la sensación de ser un lugar recomendable. Tan fuerte es esa primera impresión que el imponente valle de Aísa queda reducido a una secuencia secundaria. La Peña Oroel, Collarada y el Aspe surgen como estampas lejanas que se diluyen entre tanta adversidad. Los ochocientos metros de pista que hay que atravesar obligatoriamente para llegar a lo alto de la colina donde se asienta la pardina de Las Tiesas no contribuyen a mejorar el panorama. Pero son impresiones precipitadas.

            El restaurante ofrece cada día un menú de tres platos y postre, sin posibilidad de alternativa. Nunca es el mismo y esa incertidumbre incrementa la expectación. En verano la recién abierta terraza exterior ofrece por el mismo precio el Aspe como decorado de fondo. Entre símbolos budistas e iconografía de otras religiones, el apetito azuza la sensación de estar en un lugar irrepetible. Y realmente lo es.

Extremadura pirenaica

Extremadura pirenaica

Las sierras exteriores del Pirineo aragonés occidental han sido históricamente la frontera natural entre el llano y la montaña. Allí se levantaron grandes parapetos fortificados durante la Edad Media y se libraron legendarias batallas. Sus caminos fueron atravesados por imperios en expansión y por pastores trashumantes. Fue casi siempre tierra de paso y antesala pirenaica, regazo de convivencia entre judíos, árabes y cristianos. Hoy ese impresionante legado no es la única razón de su existencia. La dificultad azuza el ingenio y en esta despoblada parte de Aragón surgen iniciativas empresariales que tienen algo de reivindicación autóctona. La extremadura pirenaica grita entre piedras milenarias que sigue existiendo.

 

En estas tierras uno tiene la sensación de ver pasar la historia ante sus ojos, como una secuencia cinematográfica en la que desfilan castillos y fuertes, reyes y nobles, leyendas de traiciones y bellas historias de amor. Todo parece un decorado de siglos con algo de aspecto decadente que bien observado resulta ser uno de sus grandes encantos.

Para ubicar el territorio en el que nos encontramos el lector tendrá que trazar una línea imaginaria sobre el mapa. Esa raya unirá Sos del Rey Católico con el castillo de Montearagón. Todo lo que queda a ambos lados forma una tupida red de iglesias, castillos, torres y fuertes que fueron levantados en el siglo XII como defensa de la Marca Superior. Una red que se extiende de Este a Oeste de toda la cordillera, protegiendo con precisión de tiralíneas las sierras exteriores.

En cualquier mapa surgirán como setas iconos que certifican ese pasado y, lo mejor de todo, que informan de su conservación actual. Algunos en mejor estado que otros, pero todos huella indeleble de un periodo de convulsiones y epopeyas que sirvieron para escribir una parte de la historia de los antiguos reinos de Aragón y Navarra.

Navardún, Urries, Uncastillo, Luesia, Biel, Loarre, Sádaba, Castilliscar... la acumulación de patrimonio desborda la capacidad del viajero más avezado. La visita exige mesura y templanza, virtudes que se encuentran fácilmente en los silenciosos recovecos de cualquier templo o en la soledad mística de alguna ermita entre bosques de encinas y robles. Paisajes que anuncian el inmediato Pirineo. En los días claros la cordillera se insinúa al norte despechada, y desde lo alto de la Sierra de Santo Domingo insolente y amenazante.

En Sos del Rey Católico comienza nuestra inmersión en la máquina del tiempo. Antes ya nos hemos cruzado por la C-137 con el grandioso castillo de Navardún, que fue residencia de los obispos de Pamplona. Aquí se huele la historia. En el horizonte más cercano se reconoce la silueta de la cuna del monarca Fernando, una tarjeta de visita que no admite rechazo. La torre de la antigua fortaleza preside la parte mas alta del pueblo, junto a la iglesia parroquial de San Esteban.

Las iglesias, los palacios y las casas solariegas del siglo XVI se desparraman por la montaña entre calles empedradas y fachadas de noble origen,  como la Casa Consistorial, el antiguo palacio de Isidoro Gil de Jaz o la Casa Palacio de Sada, casa en la que nació el rey Fernando II de Aragón y que hoy es un centro de interpretación sobre su figura.

En la tercera planta del Ayuntamiento está ubicada la oficina del CIDER Prepirineo (Centro de Innovación y Desarrollo Rural del Prepirineo). Esta asociación formada por instituciones públicas, empresas y sindicatos de la zona ha gestionado en la última década fondos europeos a través de la iniciativa Leader II. Las cuantiosas inversiones han tenido el efecto de un pequeño “Plan Marshall” y han permitido un desarrollo empresarial y turístico que no pasa desapercibido. Cristina Gómez, técnico del Centro, llegó hace diez años de Zaragoza para trabajar en el proyecto y se ha quedado. “Tengo una calidad de vida impresionante –asegura-, y no me arrepiento de lo hecho”. En la balanza puso ya hace tiempo el privilegio de vivir en un pueblo monumental y los inconvenientes de “estar en una zona de paso en la que todo llega tarde. El primer cajero automático lo tuvimos hace siete años, sólo hay un autobús público diario, cosas que te afectan en el día a día, pero hay otras muchas cosas que te hacen sentirte bien” afirma.

“Es una zona de paso” te recuerdan con cierta insistencia, pero las cosas están cambiando en los últimos años. Ha perdido vigencia aquella descripción que hacía en 1930 el escritor aragonés Ramón J. Sender de los habitantes de la comarca de Cinco Villas. “A falta de imaginación poseen la tenacidad, la prudencia, esas menudas virtudes que son el secreto de los países prósperos”, decía. Setenta años después conservan esas virtudes y además han derrochado imaginación para sacarle punta al futuro.

Uncastillo es el paradigma. La villa coronada por la fortaleza que le dio origen vive a la sombra de Sos del Rey Católico, más conocida y promocionada. La hermosa localidad es el resultado de varias épocas de esplendor. La primera en el siglo XII, de la que datan sus siete iglesias y cinco ermitas. Y una segunda en el siglo XVI en la que se fraguó una arquitectura popular de grandes palacios y casonas blasonadas. Mucho antes se levantó el castillo, del que se conservan restos del palacio y la torre del homenaje.

El monumental Uncastillo es hoy un hervidero de actividades empresariales que merece un estudio. Varios socios han creado las bodegas de vino ecológico Uncastellum, recuperando una antiquísima tradición vitivinícola de la zona. Recientemente sus caldos han sido premiados en el Salón del Vino de Madrid. Dos jóvenes zaragozanos, Eduardo Sancho y Rosa Barón, venden patés vegetales por todo Aragón a través de “La Conservera del Prepirineo”.

Más de veinte trabajadores forman la plantilla de la cantería Olnasa, el buque insignia del pueblo, y los quesos de Uncastillo ganan fama cada día que pasa. Son sólo un ejemplo de la envidiable salud empresarial de una localidad que apenas alcanza los 900 habitantes. “Aquí no puedes venir a trabajar de nada si no te lo montas tú –asegura Eduardo Sancho-, la clave es que todo lo que hagas sea autóctono, es la única forma de que la gente venga o se quede”.

Ya en Luesia, de nuevo una torre fortificada junto a la iglesia de San Esteban. En el camino nos hemos desviado al castillo de Sibirana, maravilla escondida con sus torres gemelas, y el pozo Pigalo. En unas recientes excavaciones han aparecido restos de un palacio medieval en las inmediaciones de la torre de Luesia, edificio civil en el que pudo habitar el arzobispo Hernando de Aragón, nieto de los Reyes Católicos.

Por la misma carretera tortuosa y retorcida, llegamos  a Biel. Fue una de las juderías más importantes del antiguo reino y residencia de los reyes de Aragón. Sancho Ramírez mandó construir en el siglo XI su imponente fortaleza de la que todavía se conserva su torre.

En el restaurante El Caserío, Fernando Muñoz, su propietario, charla con el administrativo del ayuntamiento sobre las escuelas que llegó a tener Biel. El pueblo apenas alcanza ahora los 80 habitantes pero hace cuatro décadas superaba los 1400, cuando todavía estaban abiertas las minas de cobre. El Caserío es un lugar de peregrinación gastronómica, así como el pan y las migas que comercializa en el mercado de Zaragoza su hermano David.

El pequeño de la familia se ha vuelto al pueblo y ha cogido las riendas del horno familiar. “De aquí no me mueven. Tengo cerca el monte y en Biel se vive como en ningún sitio”. El caso es que ahora tiene tres bares, una panadería y una tienda de ultramarinos, lo nunca visto. “Vivimos mejor pero estamos menos” lamenta David.

El camino se angosta y el paisaje adquiere aires mediterráneos. Por Fuencalderas nos dirigimos a Ayerbe entre coscojales y carrascales. A lo lejos se adivinan los mallos de Agüero y también los de Riglos. Cruzamos el río Gállego para ir a Loarre, el castillo románico mejor conservado de Europa. Por Bolea hasta Huesca para alcanzar Montearagón, el final de la frontera imaginaria.

Artículo publicado en el número 45 de la revista El Mundo de los Pirineos

Medallas

Medallas

España no está alcanzando sus objetivos en Pekin. Dicen los entendidos que el equipo olímpico estaba en condiciones de superar las 22 medallas de Barcelona 92 y alcanzar las 30, a la altura de incuestionables potencias mundiales del deporte como Italia, Australia o Gran Bretaña. La cosa no está saliendo como esperaban las autoridades deportivas del país. Es posible que si la previsión la hubieran hecho los técnicos deportivos y los entrenadores, este optimismo desaforado y un punto insensato hubiera resultado más prudente y menos osado. Ésta es otra de las razones que explica el estrecho nexo de unión entre el deporte y la política; evidencia que unos y otros se empeñan en negar cada vez que surgen los conflictos que empañanan el esplendor ólímpico. La política sólo puede ser el medio para ganar medallas, ¿o son las medallas el medio para hacer política?

Estos días resulta indignante seguir los JJOO a través de algunos medios de comunicación. Sus periodistas no hacen el más mínimo esfuerzo por maquillar la frustración que les causa el fracaso de algunas deportistas españoles en la conquista de las preseas. Sólo les importa sumar y sumar para que el prestigio patrio se mantenga intacto. Les interesa poco la historia humana que se esconde tras el deportista, apenas prestan atención a las explicaciones del atleta, no hacen el menor esfuerzo por conocer las interioridades de un deporte que volverán a olvidar cuando se acaben los Juegos Olímpicos. Si no hay medalla no hay vida. Si no se gana se fracasa. No hay más. Esta peculiar forma de entender el deporte que corresponde al concepto patria-negocio articulado por el movimiento olímpico en los últimos 25 años, ha sido asimilado por todos con una naturalidad que asusta. Esta unanimidad sólo puede decepcionar a los que nos gusta el deporte como una fiesta y una competición en la que sólo está en juego un resultado. Yo no creo que lo que se dispute sea la dignidad de un país y su pujanza en el concierto internacional. Aunque lo parezca.

Por eso me encantaría que los periodistas deportivos sólo vieran deporte en los JJOO. Me gustaría que no cayeran reiteradamente en la tentación de hacer política con las medallas. Les diría que evitaran caer por la cuesta de la melancolía cada vez que un deportista no hace lo que esperaban sus responsables políticos o federativos. Me haría feliz que fueran capaces de disfrutar con los ojos de un niño con la carrera de Usain Bolt, o el salto de Isinbayeva, o la fuerza de Nadal o la épica de Phelps. Eso eran los Juegos Olímpicos hasta no hace mucho.

Alquezar

Alquezar

Alquézar es de color naranja y albero, mimetizado entre la tierra y la roca caliza que define la naturaleza de las sierras prepirenaicas. Los encalados tostados de las fachadas y las tejas que cubren sus tejados parecen dispuestas con ese fin camaleónico, intentando evitar la quiebra de una armonía que resulta fascinante cuando el perfil de Alquézar se presenta insolente por la carretera que nos ha traído desde Radiquero. Nada fue dejado a la improvisación en esta obra de siglos nacida con carácter defensivo.

 

En realidad todo es una cuestión de percepciones y de ángulos. El naranja se matiza y se atenúa en la cercanía pero nunca se pierde la sensación de estar en un espacio de voluntariosa discreción, resguardado bajo la gran mole que soporta la Colegiata de Santa María la Mayor, verdadero icono y referencia visual de Alquézar. La antigua fortaleza musulmana es el origen y la razón de todo. El propio pueblo debe su nombre al castillo o Al-Qasr, construido a finales del siglo IX para defender el acceso a la capital de la Barbitania (Barbastro) de los núcleos de resistencia cristianos del Pirineo.

 

Lo cierto es que resulta complejo hablar de Alquézar sin recurrir a tópicos mil veces usados. Sin abusar de referencias literarias de los viajeros decimonónicos que vieron en la vieja fortaleza tanta belleza como misterio en los fondos abismales de los barrancos que la rodean. El pueblo ha sido escrito y cantado, dibujado y recorrido por los primeros pirineístas, por los franceses Lucien Briet y Aymard d’Arlot de Saint-Saud, por Lucas Mallada y el dibujante Albert Tissandier. Todos ellos describieron sobrecogidos este espectáculo de riscos y barrancos rematado con la fortaleza como espadaña de un templo natural.

 

            Las fotos que nos legó Briet en su “Superbes Pyrénées” a principios del siglo XX muestran un pueblo de calles estrechas y empinadas, de casas apiñadas y trazos urbanos imposibles, forzados por la dureza de una orografía que todo lo condiciona. El mismo Briet dejó escrito en su diario de viaje: “escudos nobles se mezclan con postigos esculpidos y caducos. Gracias a la inclinación del terreno, las calles que descienden se juntan con las que suben. Hay que andar con la vista en el suelo para no torcerse el tobillo”. Todos los inconvenientes que advirtió el popular viajero hace cien años son hoy parte de la sustancia que hace de Alquézar uno de los pueblos más hermosos y singulares del Pirineo aragonés.

 

            El Parque Natural de la Sierra y los Cañones de Guara es el escenario que lo decora. Alquézar está en el sureste del mapa del Parque, erigiéndose como puerta principal de acceso y referente fundamental para barranquistas y amantes de los deportes de aventura. Ésta es la pequeña revolución experimentada por el pueblo en las últimas décadas al albur de un desarrollo turístico tan imprevisible como sorprendente. Lo que durante siglos fueron inquietantes e inhóspitos barrancos que pertenecían al lado más sombrío del imaginario popular, se convirtieron de repente en atractivas formas de la naturaleza que permitían nuevos placeres y una capacidad lúdica inédita.

 

            Esas profundas huellas labradas durante siglos por las aguas del río Vero atrajeron primero a decenas de franceses y mas tarde a una romería constante de amantes de las nuevas expresiones deportivas que no deja de crecer.  Alquezar se transformó en el templo del barranquismo y hoy comparte un turismo interesado por su  historia con otro que camina con neopreno en busca de las corrientes de agua. En el pueblo han tenido que aprender rápido el francés para atender tanta demanda e incluso varios compatriotas del inolvidable Briet han seguido sus pasos un siglo después pero esta vez para instalarse definitivamente en Alquézar. El pintor Albert Tissander escribía en un viaje realizado en 1889 que “no nos cansaríamos de pasear por las afueras de la ciudad, entre olivos plantados en todos los sitios donde la tierra vegetal se ha podido retener entre las inmensas rocas que forman el foso natural de la fortaleza”. Las evocaciones del paisaje son hoy de otra naturaleza en los nuevos visitantes.

 

El casco urbano no puede substraerse a la imponente presencia del castillo, monasterio y colegiata de Santa María la Mayor, elevado sobre un istmo rocoso del que parten desparramadas las callejuelas siguiendo sinuosos diseños para adaptarse al relieve. El caserío adquiere forma de media luna, como si quisiera perpetuar su cuna, y sus viviendas se apretujan en trazados de origen medieval que se complican con pasos elevados. Hay una tradición en Alquézar que asegura que hace algunos siglos se podía cruzar el pueblo sin necesidad de pisar la calle a través de esos pasos.

 

La iglesia de San Miguel (1681), sobria y robusta, saluda al visitante en el extremo occidental del casco. Su decoración  quedó prácticamente destruida durante la Guerra Civil, lo que explica la austeridad de su interior. Desde ahí y a través de una puerta gótica en forma de arco nos introducimos en la calle Pedro Arnal Cavero. La antigua calle Mayor está labrada de casas rústicas, grandes portaladas, edificios de una austeridad espartana y escudos de armas esculpidos en las paredes. Así llegamos a la Plaza Mayor, recoleta y modesta, especial por los soportales de anarquía constructiva que cubren tres de sus vertientes. Aquí se detuvo Briet hace casi cien años para contemplar a las mujeres de Alquézar lavar la ropa, y lo contó en su diario con gran virtuosismo descriptivo: “Esta plaza mide 8,25 metros de ancha por 22,50 de larga y constituye el corazón y la síntesis de esta región”. Hoy esa imagen es imposible pero el decorado permanece intacto.

 

La plaza es un buen punto de referencia en la visita. Si seguimos por la calle de la iglesia accederemos por la derecha al mirador O’Bicon sobre el río Vero y por la izquierda a Santa María la Mayor a través de la Plaza Cruz de Buil. La antigua fortaleza musulmana perteneció a la familia del político Jalaf Ibn Rasin Ibn Asad. Sancho Ramírez, hijo de Ramiro I, conquistó el pueblo en 1074 y con él la magnífica fortaleza que pasó a ser monasterio benedictino. En ese momento comienza una profunda transformación acometida en diversas fases atendiendo a los estilos arquitectónicos de cada momento. La magna obra que hoy podemos contemplar es el resultado de siglos de trabajo, y sólo los restos de la torre vigía delatan el remoto origen.

 

Santa María la Mayor requiere tranquilidad y sosiego para su visita. De repente entramos en un mundo de princesas y leyendas, de malvados reyes musulmanes y heroicas intervenciones populares. Una guía nos introduce en este universo singular con aportaciones no menos singulares sobre la trayectoria del monumento. A veces las interpretaciones libres de la historia logran despertar el interés dormido de los turistas y éste es un claro ejemplo. La torre albarrana domina la rampa en forma de zigzag de subida al castillo. Fue la primera aportación de los reyes cristianos tras arrebatar la fortaleza a los musulmanes. Pasamos poco después ante la puerta del calabozo donde fueron martirizadas las vírgenes Nunila y Alodia. El legendario en torno al edificio adquiere forma con una historia que acabó en drama. Sobresale el bajorrelieve del siglo XV  sobre la clave de la puerta.

 

Al llegar a la plaza de la colegiata accedemos al interior del irregular claustro románico, la joya escondida de la colegiata. Fue construido en 1258  y restaurado en  el siglo XIV con claras influencias del de San Juan de la Peña. Sus capiteles historiados y los frescos del siglo XV que lo rodean lo convierten en excepcional. En el interior de la iglesia de Santa María destaca el formidable órgano barroco del siglo XVI y la capilla barroca del Santo Cristo, espléndida talla de transición románico-gótico de finales del siglo XII.

 

De regreso a la plaza, disfrutamos de una vista casi cenital de Alquézar. Los naranjas del principio se han vuelto marrones y en cierta medida manejamos la sensación de dominar el tiempo y la historia. Los primeros barranquistas de la temporada comienzan a pulular por las calles, la imagen exótica de hace unos años forma parte ya del paisanaje del lugar. Esta primavera el fuerte deshielo ha vuelto bravo el Vero y el verano se anuncia inmejorable. Alquézar tiene los más accesibles y bellos barrancos de Europa, los infiernos del pasado son el cielo del presente para los nuevos turistas.

 

Historias de princesas y reyes

El origen musulmán de Alquézar y la mezcla de culturas y religiones que ha marcado su historia aviva una suerte de legendario popular de gran riqueza y colorido. Las leyendas y tradiciones se multiplican y repiten en formas diversas, localizando de forma invariable los escenarios en la cumbre de la Colegiata o en el infierno de los cercanos barrancos. Aseguran en Alquezar que en la noche de difuntos todavía se escuchan voces desgarradoras procedentes del Vero, justo bajo la mole pétrea que soporta el monumento. Esas voces son las de los soldados musulmanes que huyeron despavoridos tras conocer la muerte de su rey a manos de una joven del pueblo.

            La leyenda sostiene que un malvado rey moro exigió los favores de la joven más bella de Alquézar con amenaza de muerte para sus familiares si no atendía sus propósitos. Los vecinos, cansados de tanto abuso, se reunieron la noche anterior a la finalización del plazo para tramar un plan. La misma joven decidió recogerse sus largos cabellos y esconder en su interior una daga con la que daría muerte al rey. Al día siguiente accedió a sus maravillosos aposentos rodeada de lujos inimaginables y en un momento de soledad le arrancó la cabeza y la mostró desde uno de los balcones de la fortaleza a sus vecinos.

            Sin embargo la historia más conocida es la de Nunilo y Alodia, que estuvieron cautivas en el castillo antes de ser condenadas a muerte por no renunciar a la fe cristiana. Finalmente fueron decapitadas en el año 851.

Isaac Hayes

Isaac Hayes

La muerte de Isaac Hayes, a los 65 años y por causa natural, deja a la música negra estadounidense sin uno de sus más activos e innovadores representantes. Compositor, arreglista, productor, pianista y vocalista, Hayes fue parte esencial del irrepetible soul de Stax Records, la legendaria compañía con residencia en Memphis. A él se le debe buena parte del avance de los sonidos negros hacia el funk, con arreglos menos viscerales y más bailables y atmosféricos.

Nacido en 1942 en un pueblo del Estado de Tennessee, la historia de Hayes tiene atributos casi épicos. Se quedó huérfano al poco de nacer después de que su padre abandonó a su madre y ésta murió a los 18 meses de dar a luz. Fue educado en la pobreza por sus abuelos, mientras una radio le mantenía en contacto con el mundo y, especialmente, con la música de aquellos años. “Solía soñar con tener una cama caliente, un buen almuerzo y ropas decentes que ponerme”, confesó en una entrevista años después. Ciertamente, en los comienzos de su vida, nunca tuvo un lugar adonde ir. Cuando sus abuelos se trasladaron a Memphis, amparados por tíos lejanos, Hayes estuvo viviendo en todo tipo de lugares y trabajando de cualquier cosa para sacar dinero. Llegó a dejar el colegio por la vergüenza que le daba asistir con zapatos llenos de agujeros, aunque luego regresó y ganó un concurso de talentos al cantar un tema de Nat King Cole.

Stax Records fue su hogar

La música sería su refugio, y la compañía Stax Records, en pleno guetto negro de Memphis, su hogar. En la que fue la casa de los sonidos más excitantes que ha dado la música negra, Hayes se convirtió a principios de los setenta en uno de los músicos más solicitados. Tras tocar con varias bandas por garitos de la ciudad, empezó a colaborar en grabaciones del sello. Al poco tiempo pasó a ser uno de los más activos pianistas de sesión de la casa, sin olvidar en ningún momento su faceta como letrista, lo que le llevó a formar parte de más de 200 colaboraciones. Recibió su primer sueldo de Stax tocando el piano para Otis Redding, con el que grabaría el magnífico Otis Blue.

Por aquel entonces, cuando Estados Unidos era invadido por el pop de los grupos británicos desde los Beatles hasta los Rolling Stones, Hayes era un músico contratado por Stax Records, cuyo nombre había que buscar en la letra pequeña de los créditos de algunas de esas canciones negras que no llegaban a las listas blancas pero que la historia ha situado como auténticas joyas desfogadas del rythym & blues. En su haber se encuentra, entre otras, Soul Man, de Sam & Dave, B-A-B-Y, de Carla Thomas, o I Had a Dream, de John Taylor. Pero su imaginación y peculiar sentido del ritmo le llevaron a desarrollar un sonido más personal, alejado de la fuerza vocal de otros compañeros.

Atmósferas orquestales

Tenía olfato para los arreglos diferentes y se ganó una reputación dentro de la compañía, por lo que pudo impulsar su técnica en solitario y publicó con inesperado éxito Hot Buttered Soul, donde sus limitaciones como vocalista son hábilmente dosificadas por atmósferas orquestales de larga duración. En un período en el que sólo se conocían singles, este disco contaba con tan sólo cuatro cortes superando los 40 minutos. La instrumentación ganaba mucho protagonismo y se salpicaba con notas vocales de sensualidad. Eran los cimientos para el edificio del funky instrumental y romántico que luego habitaron artistas como Marvin Gaye y Barry White. Otros nombres como George Clinton, Temptations o Sly & The Family Stone partirían de esa sonoridad para adentrarse en otros experimentos igual de interesantes.

El reconocimiento del gran público llegaría en 1971 al obtener el Oscar y dos Grammy por su canción Shaft para la película del mismo título. Luego, grabaría bandas sonoras, empezaría una carrera de actor para cine y televisión y se involucraría en varios proyectos humanitarios. El nombre de Isaac Hayes era entonces sinónimo de éxito e independencia artística, e incluso tuvo connotaciones religiosas. En 1972 ganaría otro Grammy por su álbum Black Moses, en cuya portada aparecía como el mesías negro. No lo era, pero hoy son muchos los raperos estadounidenses que reconocen su legado. Al fin y al cabo, fuera de cualquier liturgia, su música tuvo algo de anunciación y consagración para el soul, el funk y lo que llegara después.

* Artículo publicado en la edición de El País de hoy