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Juan Gavasa

Historia de una foto

Historia de una foto

El 5 de septiembre de 1936, un mes y medio después de que comenzara la Guerra Civil, un miliciano anarquista de 25 años, algo bravucón, murió en un cerrillo cordobés de un balazo disparado por un francotirador marroquí. A muy pocos metros, metido en una trinchera, un fotógrafo húngaro de 23 años que nació con un dedo meñique de más, simpático, mujeriego y valiente, disparaba su cámara en el mismo segundo, apuntando al mismo soldado. El miliciano, Federico Borrell, murió en el aire; el fotógrafo, Robert Capa, se escondió en la trinchera sin saber que acababa de hacer la foto más famosa de la Guerra Civil y se volvió a levantar poco después para, jugándose el pellejo, retratar a otro anarquista que también moriría en el mismo sitio un minuto después.

La fotografía de Borrell, conocida a partir de entonces como El soldado caído, estaba destinada a convertirse en un icono de la Guerra Civil y de cualquier guerra gracias a su incomparable potencia simbólica. También a arrastrar la duda de haber sido falseada, debido, entre otras cosas, a su extraña y visceral perfección, a su oportunidad inaudita al retratar el instante mismo de la muerte del soldado en un soleado páramo español.

Una exposición que será inaugurada el 17 de octubre en Londres bajo el título de Esto es la guerra, Robert Capa trabajando, aporta nuevas fotografías encaminadas a zanjar la cuestión. Una de ellas es reveladora: muestra el cadáver del segundo miliciano retratado por Capa, tendido en el cerro. El contacto fue encontrado hace un par de años por el biógrafo oficial de Robert Capa, Richard Whelan, junto con otras decenas de negativos perdidos hasta entonces pertenecientes a la desordenada herencia del fotógrafo. Gracias a estos contactos se sabe ahora mejor lo que ocurrió antes y después de la foto en aquel atardecer en Cerro Muriano.

Federico Borrell García, Taino, había nacido en Benilloba, un pueblo de la sierra alicantina. Fue el quinto de seis hermanos de una familia pobre. Su padre, Vicente Borrell, Batallón, labrador, murió cuando Federico contaba seis años. La madre, María García, La Taña, decidió emigrar a la cercana e industriosa Alcoy con toda la prole cuando consiguió un trabajo de criada. Federico aprendió a leer y a escribir y se hizo tejedor. Como otros muchos jóvenes de la zona, también era anarquista. Era presumido, echado para adelante, amigo de figurar. Tenía los pómulos muy marcados, un rasgo físico peculiar que compartía con su padre y su hermano. El concienzudo y tenaz historiador local Miguel Pascual ha reunido ésta y otras informaciones tras rastrear archivos de Alcoy y preguntar a los testigos o recordar lo que éstos dijeron en su época. "Mi abuelo le conoció", explica Pascual Mira, "y me contaba que Taino era algo alocado".

El 1 de septiembre, días después de asaltar el cuartel de Infantería de Alcoy y hacerse con armamento ligero, munición y correajes, una columna miliciana anarquista compuesta por unos 300 hombres parte hacia el frente andaluz, dispuestos a colaborar en el intento republicano de contener a las tropas del general Varela, acuartelado en Córdoba. Entre ellos figura Taino. La vida le va bien por entonces: está a punto de casarse con su novia Marina. Ha dejado guardado en Alcoy un traje recién comprado para la boda. En la columna va también su hermano Evaristo, cinco años menor, y un adolescente llamado Mario Brotons que con el tiempo jugará un importante papel en esta historia.

Taino y sus compañeros suben a Cerro Muriano, una aldea situada a pocos kilómetros de Córdoba al amanecer del día 5. Se despliegan por el terreno, ocupan las trincheras. No hay que pensar en un ejército organizado, bien armado y coordinado, sino más bien en un puñado de "civiles con escopetas", en expresión del historiador Francisco Moreno Gómez. Sus oponentes sí componen un ejército profesional con experiencia.

Ese día, el general Varela inicia una ofensiva por la sierra cordobesa. Los cañonazos que resuenan demasiado cerca aterrorizan a los habitantes de Cerro Muriano, que salen de sus casas y escapan a la carrera en busca de un lugar más seguro. A la hora de la siesta, cuando por el flanco izquierdo del frente avanza en silencio una columna nacional de marroquíes bajo el mando del coronel Sáenz de Buruaga, los milicianos de Alcoy reciben una visita inesperada. "Aquel día llegaron a Cerro Muriano al menos tres vehículos de periodistas", escribe Moreno Gómez en su libro 1936, el genocidio franquista en Córdoba (Crítica), que se publicará este mes. En uno de los coches viaja Robert Capa y su novia, la también fotógrafa de guerra Gerda Taro.

El frente está tranquilo a esa hora. Capa aprovecha para captar a un grupo de milicianos en una trinchera, con los fusiles en alto, saludando. El hombre de la camisa clara de la izquierda que sonríe mirando hacia un lado es Federico Borrell y morirá en un rato. El tercero por la izquierda, con bigote, también.

A partir de aquí las versiones no coinciden. El historiador Gómez Moreno, basándose en un detallado estudio de los movimientos de tropas, concluye que Taino y los suyos se vieron sorprendidos por el ataque de los regulares de Sáenz de Buruaga y que acudieron, corriendo ladera abajo, a taponar el flanco. "Todo un negro panorama que hace impensable que Robert Capa tuviera ni tiempo ni oportunidad para ensayar fotomontajes", afirma. En la batalla muere Borrell.

El biógrafo oficial del fotógrafo, Richard Welham, fallecido en 2007, en un artículo publicado tres años atrás en la revista Aperture, reconstruye esa tarde de una forma un poco diferente. Este estudioso coincide en situar la llegada de Capa y el resto de los corresponsales al inicio de la tarde. Como la zona estaba tranquila, Capa convence a los milicianos para que posen para él con sus armas. Éstos se prestan. Y desarrollan varias maniobras de avance en grupo, de salto de trincheras, de tiro.... Los 40 negativos expuestos ahora en la exposición de Londres así lo confirman. Cynthia Young, responsable de la exposición y que ha examinado cuidadosamente todas las fotografías añade: "Es evidente que mientras Capa y Taro hacen las fotografías no están en el corazón de ninguna batalla".

Pero estas maniobras aparentemente inofensivas atrajeron al enemigo. O, de creer al historiador Moreno Gómez, fue entonces cuando llegó la columna de Sáenz de Buruaga. El caso es que el ejercicio se volvió trágico. Welham lo ha reconstruido así: Capa se encontraba en una hondonada o una trinchera. Al pie de ella, estaba Federico Borrell. A unos metros a su derecha, el otro miliciano de bigote. Es en ese preciso momento cuando una bala impacta contra Taino. Capa se agacha en la trinchera. El miliciano de bigote, que jamás ha sido identificado, se pone de rodillas para ofrecer menos blanco, coge a Borrell por las axilas y, ayudado por sus compañeros, conduce a Federico a la trinchera. Después, cuando está recogiendo su fusil, es abatido a su vez, casi en el mismo sitio que Federico. Capa retrata también ese momento. Y asimismo, su cadáver, en una tercera foto que no se había visto hasta ahora.

Al día siguiente, el hermano pequeño, Evaristo Borrell, dejaba el frente y regresaba a Alcoy para informar a sus hermanas de que Federico había muerto. Su hija, Empar Borrell, la sobrina de Federico, recordaba el lunes pasado que su padre guardó para siempre una idea particular y penosa de ese día de guerra: "Ya no se volvió a presentar voluntario. Es más, siempre nos aconsejó que no nos presentáramos voluntarios para nada en la vida". Años después, Evaristo se casaría con el traje de boda que Federico había dejado sin estrenar. "Por entonces había muy poco dinero y no era cosa de desaprovecharlo", explica Empar con una sonrisa. El rastro de la novia de Federico se desvaneció para siempre: "De Marina no sabemos qué vida llevó o qué hizo: mi padre perdió el contacto para siempre".

También el rastro de la historia de Federico y de Evaristo y de la columna anarquista de Alcoy se fue perdiendo salvo para los familiares y los historiadores locales. Mientras tanto, la foto del miliciano se convertía en un icono planetario y se reproducía en todas las revistas y periódicos del mundo. También de Alcoy. Un día, Mario Brotons, aquel adolescente que con 14 años había luchado en Cerro Muriano, convertido ya en un hombre de 75 y tras escribir un libro en el que relataba su aventura en la columna anarquista, Retazos de una época de inquietudes, aseguraba que su paisano Taino era el miliciano derrumbado en la foto. La madre de Empar, la cuñada de Federico, que aún vivía entonces, lo confirmó. El biógrafo Welham lo dio por bueno.

Con todo, El soldado caído sigue concitando interpretaciones encontradas. Hay dos documentales que lo corroboran. Uno de ellos, Los héroes nunca mueren, estrenado en 2004 y dirigido por Jan Arnold, reconstruye los hechos acaecidos en Cerro Muriano y localiza el lugar exacto en el que Borrell caía abatido, denominado Cerro de la Coja. Arnold no cree que la foto de Capa sea un montaje: "Él estuvo en muchas guerras, muy cerca de la línea de fuego. Y jamás tuvo necesidad de falsear ninguna foto. No entiendo por qué lo tenía que hacer entonces".

El otro documental, La sombra del iceberg, dirigido por Hugo Doménech y Raúl M. Riebenbauer y premiado en 2007 en el Festival de la Ciudad de México, cuestiona tanto la veracidad de la foto como el hecho de que sea Taino el que aparece en la imagen. También el historiador Miguel Pascual, basándose en sus propias investigaciones, está convencido de que la foto es un montaje y de que Borrell murió en otro momento de la batalla.

Young, la organizadora de la exposición, cree que la polémica no acabará jamás. A pesar de la aparición de los nuevos negativos que se exhibirán a partir del día 17. A pesar de la foto del cadáver. "Que haya gente que desconfíe es inevitable. No se ha encontrado la secuencia entera de los negativos. Tal vez se perdió. Tal vez no aparezca nunca. O sí. Pero lo que hay de nuevo da información relevante, que corrobora lo que sostenía el biógrafo Whelan".

No se sabe dónde ni quién enterró a Federico Borrell. No hay ninguna inscripción en ningún registro. Lo más seguro es que su cuerpo, junto con el del segundo miliciano, estén en el cementerio de Villaharta, a pocos kilómetros de Cerro Muriano, donde acabaron muchos cadáveres de la batalla. De ser así, de ser todo cierto, ahí se encontrará también la bala que atravesó su corazón en el instante mismo en que Capa apretaba el obturador de su cámara Leica.

Artículo publicado en El País, en su edición del 5 de octubre de 2008

Minutos musicales (II)

"Take Five" The Dave Brubeck Quartet

Minutos musicales

"Viva la Vida". Coldplay

Anchel Conte

Anchel Conte

Hace unos diez años andábamos preparando un especial de la revista El Mundo de los Pirineos dedicado a analizar con perspectiva el siglo XX que estaba a punto de finalizar. Pretendíamos reflexionar sobre los profundos cambios experimentados por la sociedad tradicional pirenaica en ese periodo y calibrar el alcance de la gran revolución que derivó en la crisis y el desmantelamiento del mundo rural. No había duda de que el Pirineo se había transformado en cien años más que en los diecinueve siglos anteriores. Esta visión multidisciplinar se proyectaba con trazos gruesos pero también con las pequeñas pinceladas de la microhistoria local. Durante el siglo XX, en un mundo marginal como el pirenaico, no hubo grandes acontecimientos que cambiaron la historia universal pero sí que existieron personajes que en sus reducidos ámbitos fueron capaces de alterar el curso del destino. Y eso en el Pirineo era tanto como acabar con la pesada inercia de siglos que se parecía a una maldición bíblica. Por eso quisimos crear una galería de hombres y mujeres que merecieran un reconocimiento por la audacia de sus iniciativas para lograr el progreso de los montañeses.

 

Como para tantas otras cosas, llamé a Severino Pallaruelo para que me indicara qué nombres consideraba imprescindibles en esa lista. “Anchel Conte tiene que ser uno de ellos” me dijo. He de confesar que entonces yo no sabía quién era Anchel y mi ignorancia dio paso a la suspicacia. Si no lo conocía no debía de ser muy importante, pensé. Severino me habló de un joven profesor que a finales de los años 60 del pasado siglo llegó a Ainsa procedente de Barcelona para impartir clases en el Colegio Libre Adoptado Sobrarbe. Me habló de sus innovadores métodos pedagógicos inspirados en la vieja Institución Libre de Enseñanza: respeto al alumno, desprecio a los dogmas, convivencia con la naturaleza…

 

Severino me contó que Anchel llegaba a un mundo que se moría desangrado por la despoblación. Apareció justo en el momento en el que una época estaba a punto de clausurarse con la terrible angustia de desconocer qué es lo que iba a ocurrir después. Severino me explicaba lo difícil que era permanecer en la tierra que te había visto nacer cuando la autoestima se tendía en el suelo y el orgullo por lo propio había mudado. “Nos habíamos criado en un mundo viejo” me dijo… y entonces llegó Anchel.

 

Estos días he leído “Una isla de libertad”, el libro editado por el Centro de Estudios del Sobrarbe para homenajear a Anchel Conte. Es un libro emotivo y emocionante, intenso y sincero como pocos, cargado de verdades y de una profunda admiración y respeto. Varios de sus antiguos alumnos y de sus compañeros de claustro han escrito unas líneas para refrescar sus recuerdos y hacer justicia con el espíritu del viejo profesor. Son textos que nacen del agradecimiento eterno y de la nostalgia, avivados por la llama de unas vivencias que se intensifican conforme pasa el tiempo y se agranda la figura de Anchel.

 

Los que fueron sus alumnos escriben con la lucidez de la persona afortunada, la que es consciente de que sólo una vez en la vida alguien se puede cruzar en tu camino para hacerlo más llevadero. Y ellos tuvieron la fortuna de encontrarse con un brillante profesor que les sacó de las catacumbas para descubrirles que, lejos de las montañas, había otros mundos maravillosos en los que no había dictadores y la libertad no se exigía, pertenecía.

 

Anchel les hablaba de Cimabue y Botticelli, recitaba a Lorca y a Machado, cantaba a Brassens, les hacía escuchar a Verdi y a Mozart; y en el colmo de la audacia les enseñaba en pleno franquismo que existían los derechos humanos y que la dictadura era el más infame de todos los regímenes. “Cómo sonaba todo aquello cuando se había dejado dos horas antes la aldea del cerro, sin carretera ni agua”, escribe Severino en el libro.

 

Anchel era un tipo culto que había vivido en Italia y que estaba al tanto de todas las vanguardias culturales del momento. Podía haber liderado cualquier revolución en un instituto de Madrid o de Barcelona pero fue a parar al culo del mundo. Y actuó con el mismo compromiso social y con el mismo entusiasmo, para dicha de los adolescentes sobrarbenses de aquel tiempo. “Nos habíamos criado en un mundo viejo y nos hiciste recorrer siglos en poco tiempo” afirma Severino. El profesor aportó algo más que conocimiento; recuperó la autoestima de aquellos montañeses que vivían convencidos de que su milenaria cultura era material de desguace, sólo útil en los museos de arqueología de la memoria. Anchel ponía tanto empeño en hablar del Renacimiento y de Florencia como en conocer las ermitas de la zona, los topónimos de los campos, las tradiciones de los pueblos y la lengua que ya sólo hablaban los mayores. Promovió campos de trabajo con sus alumnos para descifrar la extraordinaria geología de la zona y la riqueza del despreciado patrimonio artístico, que se arruinaba como la misma sociedad rural. “Picasso y segallo, García Lorca y chinibro, Rosalía de Castro y jadico”.

 

Anchel se dedicó durante los cinco años que permaneció en Ainsa a recorrer todos los pueblos de la comarca y grabar en un cassete el aragonés que hablaban los ancianos y las danzas que ya no se bailaban desde hacía décadas. Probablemente sin ser consciente se convirtió en el eslabón perdido, en el enlace entre un pasado agónico y un futuro que empujaba sin referentes culturales. Así nació el grupo Viello Aragón, formación indispensable del folclore aragonés, formado por los alumnos de Anchel. Los abuelos lloraban al verles bailar las danzas que ellos habían rescatado de alguna sima de sus recuerdos gracias a la insistencia del profesor. Muchos de los grupos folclóricos del momento nutren sus actuaciones del trabajo de investigación realizado por Anchel en los años 70. Algunos han obviado ese detalle.

 

El libro está trufado de anécdotas deliciosas. La entonces alumna Mariví Broto y hoy Consejera de Educación del Gobierno de Aragón rememora la primera pregunta que le hizo Anchel en clase: “¿Conoce usted el problema de Irlanda? Ante la ignorancia de Marví el profesor le espetó retador: “Esas son las mujeres que quiere Franco”. Y hay que recordar que Franco seguía campando a sus anchas. Cuando Mariví se fue a estudiar al instituto de Huesca los profesores la enfilaron porque procedía de Ainsa. “Las alumnitas de Ángel Conte habéis aprendido más de marxismo, de decir tacos y de hacer la revolución que de cómo poneros guapas”, le dijo un profesor. Aquello probablemente fue un estigma ante el profesorado pero le generó la admiración del resto de compañeras, ávidas de descubrir los secretos prohibidos que sólo conocían los que procedían de aquella isla de libertad perdida en el Pirineo.

 

Anchel les llevó a Italia a conocer a los maestros del Renacimiento, les enseñó por primera vez el mar y logró que el grupo de danzas saliera varias veces en televisión, ellos que no tenían televisión en sus casas. Bailaron en Madrid ante los príncipes de Asturias el Ball de Benás, y cuando comenzó a sonar la melodía del Himno de Riego se hizo un silencio absoluto en la sala, roto en segundos eternos por un atronador aplauso del público. Hay un recuerdo estremecedor de Severino Pallaruelo: “A mí me sacó una pena honda que me enturbiaba el pecho. Yo sólo había oído en las aulas que los rojos eran criminales. Callaba y asumía un pesar hondo y difuso: yo era de aquellos, mi padre era de los vencidos y yo también. Y llegaste tú para decirnos que los rojos habían defendido la legalidad democrática y republicana frente a la barbarie fascista. Y a mí tus palabras me reconciliaron conmigo y me borraron, en un instante, tanto peso acumulado, me cambiaron la vida”. Esta actitud honesta y comprometida le acabó pasando factura y el régimen, preocupado por preservar la salud moral de sus ciudadanos, lo trasladó de destino sin explicación alguna en 1973. “Sólo yo sé el dolor inmenso que sentí al perder todo aquello que amaba”, escribe Anchel en el libro.

 

Anchel Conte fue el verdadero impulsor de la recuperación del aragonés en un momento en el que no existía ninguna sensibilidad hacia la lengua. Escribió y habló en aragonés y fue el autor de algunos de los libros más hermosos en fabla como el poemario “No deixez morir a mia voz” o la novela “Aguardando lo zierzo”. Con los años conocí a Anchel y he tenido la suerte de compartir con él conversaciones sobre este Pirineo que tanto nos duele. En 2003 participó en nuestro libro colectivo “Pirineo. Un país de Cuento”, con un bello relato escrito, cómo no, en fabla. Por eso y por otras muchas cosas seguramente inconfesables sorprende que cierto nacionalismo aragonés le haya arrinconado y no le perdone que ante todo sea un librepensador. El homenaje y el libro son un ejercicio de justicia y de redención, como escribe Severino, “el triunfo de lo que merece la pena, de lo sincero y profundo sobre lo aparente y falso”.

Exilios

Exilios

Recientemente atravése el mítico Coll d'Ares, el paso fronterizo que separa el valle de Camprodón en Catalunya de la comarca francesa del Vallespir. Hoy es un hermoso enclave pirenaico que cada año atraviesan por placer miles de senderistas y excursionistas. Pero en medio de tanta belleza no podía borrar de mi mente una de las fotos más terribles del exilio republicano en los últimos días de la Guerra Civil. Con los años se supo que sus protagonistas eran los García, una familia de Monzón; Alicia es la niña mutilada que se apoya en su padre, Mariano; y detrás está el pequeño Amadeo agarrado a la mano de Thomas Coll, un vecino de Prats de Molló. Cuando a los rostros anónimos se les descubren nombres y apellidos y una historia, todo es más duro.

El paso pirenaico del Coll d’Ares es un nombre propio en la terrible historia de la Guerra Civil. Sus connotaciones enfatizan el drama humano de la contienda y lo vinculan inexorablemente con la tragedia de los vencidos en su huida de las garras del fascismo. Por este puerto pasaron durante el mes de febrero de 1939 cerca de 100.000 personas que derivaron en Prats de Molló, la localidad del Vallespir francés que jugó un papel determinante en la acogida de los refugiados.

            En los últimos años varias asociaciones dedicadas a recuperar la memoria del bando republicano han organizado numerosas iniciativas para recordar la dimensión de la tragedia que se vivió en el sendero del Coll d’Ares aquel gélido febrero de 1939. Son nuevamente historias de la frontera, como tantas otras que han servido para descifrar las claves de  la vida en la montaña y la extraña empatía entre las gentes de ambos lados de la cordillera. La bella localidad francesa de Prats de Molló fue por unas horas la última ciudad de la república española. En lo alto del puerto los huidos arrojaron sus vehículos, sus muebles y cientos de objetos inútiles en la nueva patria. Todavía quedan restos de aquel precipitado desguace.

            En el Coll d’Ares el fotógrafo de la revista L’Ilustration, perteneciente a la Agencia Roger Viollet, tomó la foto más famosa del exilio, la de una niña mutilada de una pierna ascendiendo las rampas del puerto con una muleta en una mano y la otra agarrada a la de su padre. Esa desgarradora imagen tiene el mismo valor iconográfico que la de la niña vietnamita huyendo de las bombas de napalm lanzadas por los americanos. Fue en Ares, en mitad de unos paisajes inconmensurables que ahora se han transformado en idílicas rutas para los turistas. Los días claros se puede llegar a ver el mar Mediterráneo al Este y en el norte el Canigó, la mítica montaña de los catalanes. Pero es difícil rehuir del recuerdo.

                El valle de Camprodón fue testigo del derrumbamiento definitivo de la Segunda República. Juan Negrin, el último presidente del gobierno legítimo, estuvo alojado durante algunos días en una de las viviendas del Paseo Maristany de Camprodón antes de cruzar definitivamente la frontera. En La Vajol, en el Alt Empordá, Manuel Azaña y Josep Companys vivieron las últimas horas antes de cruzar la muga. En esta localidad se colocó hace muchos años el único monumento dedicado a los españoles del bando perdedor: una figura en piedra de la niña mutilada y el padre que se arrastraban por las rampas del Coll d’Ares

Fran

Fran

Cuando nos llamaron estábamos en la plaza mayor de Oiartzun, absortos intentando descifrar los rostros de aquellos hijos del pueblo que colgaban de la fachada del ayuntamiento. Héroes para sus vecinos, asesinos fuera de la siniestra lógica terrorista. ¡vaya paradoja! Ante nosotros los ojos de quienes desprecian la vida; y por teléfono nos anunciaron que la vida había despreciado a Fran. ¡qué putada nos has hecho! No quiero hablar bien de tí, sería demasiado fácil en estos momentos.  No quiero caer en la cómoda tentación del recuerdo redentor, no quiero la lágrima, no quiero pensar que todo ha sido tan estúpido y desconcertante como realmente ha sido.

Bromeábamos muchas veces con el fatal destino que nos esperaba a muchos si seguíamos retando a nuestros cuerpos de esa forma tan desconsiderada. Éramos inconscientes porque no aceptábamos el final de nuestros días gloriosos -si es que existieron-, pero en esa ínfima probabilidad no estabas tú. Tú eras diferente; eras el más joven, un pedazo de tío que nos acomplejaba cada viernes en el vestuario. En ese vestuario que se convirtió este viernes en un impensable cadalso de amargo estupor.

Nunca supe qué había que decir en un entierro. No supe o no quise aprenderlo porque frecuentemente me parecía algo impostado. La retórica de las despedidas suele ser un catálogo de mentiras y convenciones. Pero hoy no puedo despedirme de ti porque te voy a seguir viendo cada viernes en el vestuario. No logro quitar tu rostro de mi mente. No entiendo la vida, no entiendo qué paso el viernes. Pero ayer lo tuve que aceptar ante tu tumba oculta por las flores.

Viajeros (3)

Viajeros (3)

El Pirineo está considerado uno de los espacios naturales más valiosos del planeta. Desde tiempos remotos ha atraído el interés de botánicos, geólogos y naturalistas por su extraordinaria riqueza y diversidad. De hecho, los primeros exploradores de la cordillera, los que acuñaron a mediados del siglo XVIII el concepto del “pirineísmo”, fueron científicos y geodestas que participaban de las nuevas ideas de la Europa ilustrada. El conocimiento de la naturaleza era una de sus características.

Muchos de esos hombres de ciencias fueron después los grandes cronistas del Pirineo, fruto de un amor incondicional hacia estas montañas. Pero su interés primigenio tenía que ver con el conocimiento.  Palasser fue pionero en 1774 en el estudio de la geología pirenaica y aportó los primeros datos rigurosos.

Una década después el capitán Vicente de Heredia y el oficial francés Reinhard Junker dirigieron por encargo de las cortes de ambos países el proyecto para trazar el mapa franco-español y poner fin a siglos de litigios. Es posible que Heredia, en su trabajo de medición,  ascendiera antes que  Ramond el Monte Perdido. La cartografía militar fue, por lo tanto, otro vehículo de conocimiento del medio.  

Esa fiebre ilustrada del saber propició aventuras apasionantes por el Pirineo. La más celebrada fue la del botánico suizo Agustin Pyramus de Candolle, que en 1807 recorrió el Pirineo de mar a mar para estudiar sus especies vegetales. Fue una de las primeras aproximaciones científicas al patrimonio natural pirenaico.

La botánica y la ornitología han sido dos de los principales alicientes científicos del Pirineo. A principios del siglo XIX se sucedieron los trabajos de investigación sobre la flora de la cordillera, de gran valor por sus numerosas especies endémicas.  Uno de los más destacados fue el realizado de manera conjunta entre Picot de Lapeyrouse y Ramond sobre las especies que crecían en la alta montaña.

Como en la literatura, la mayoría de los estudiosos procedían de Francia, Alemania e Inglaterra. La anémica Ilustración española apenas dio nombres de prestigio en este campo. Sólo el militar, naturalista e ingeniero oscense Félix de Azara (Barbuñuales 1742-1821) se hizo un hueco en la pléyade de científicos de la época, aunque sus investigaciones más influyentes se realizaron en Paraguay.

Sin formación académica pero con grandes inquietudes ilustradas, se dedicó al estudio de los mamíferos y las aves de la región, aportando interesantes novedades a las investigaciones realizadas hasta entonces. Félix de Azara se anticipó a la teoría de la evolución de las especies que medio siglo después elaboraría Darwin. Al regresar a España en 1801 realizó dos trabajos centrados en el Alto Aragón: “Los olivos de Alquézar y sus aldeas” y “Las Pardinas del Alto Aragón”.

La economía de la montaña pirenaica tuvo durante siglos un carácter autárquico. La “casa”, era la institución sobre la que se vertebraba la sociedad. El individuo era desde niño una unidad de producción que contribuía a la supervivencia de la “casa” y a su desarrollo socioeconómico. La del Pirineo es una historia de sacrificios y renuncias, de dramas silenciosos y una entrega secular a las esclavas tareas del campo y el ganado.

La precariedad económica y la necesidad fueron el combustible de otros viajes: los del éxodo y la migración laboral. Históricamente la trashumancia ha sido uno de los movimientos de población más determinantes en la sociedad pirenaica. No sólo porque condicionaba el calendario de la vida, sino porque contribuía al sostenimiento familiar. La trashumancia fue también la vía de apertura de la economía de montaña hacia las transacciones monetarias en detrimento del tradicional trueque.

La madera, como recurso natural de primer orden, fue también hasta mediado el siglo XX un motor apreciable de la economía de montaña. La explotación forestal  y el transporte de la madera por los ríos formando “navatas” pertenecen a  la antropología pirenaica. También el exilio económico en los meses invernales a las fábricas de alpargatas de Mauleón (en el valle francés de Zuberoa), cuando la incipiente industria manufacturera finisecular ofreció una nueva oportunidad de subsistencia a los pirenaicos.

Ya hemos dicho que la geología fue el origen del interés por el Pirineo. El estudio científico de las montañas y la necesidad de realizar una cartografía rigurosa a efectos de inventario para los dos imperios que compartían la cordillera, promovieron las primeras incursiones foráneas en el siglo XVIII. Muchos siglos antes hasta el geógrafo griego Estrabón había especulado  sobre la orientación de la cordillera en su volumen dedicado a Iberia.

El despertar de la geología como herramienta de conocimiento de la materia pirenaica trajo por extensión un interés por las cavidades de sus montañas, por esos recónditos espacios que pertenecían al oscuro mundo de las creencias ancestrales. La espeleología en la cordillera fue una de las especialidades desarrolladas por el geólogo oscense Lucas Mallada, considerado el padre de la paleontología española. También por el incansable Lucien Briet, que dejó constancia de su interés por el tema en sus campañas por el Alto Aragón. No pasó mucho tiempo hasta que esas cuevas fueron un importante reclamo turístico e incluso un escenario deportivo incomparable, como los cañones de Sierra de Guara. En Villanúa, sus populares grutas fueron abiertas al público en 1926 por iniciativa del Sindicato de Iniciativas y Progreso de Aragón (SIPA).

En la foto Lucien Briet.

Infame turba

Infame turba

Reproduzco el artículo publicado por Javier Rioyo el pasado domingo en El País en relación con el estreno de la película “Los girasoles ciegos” de José Luis Cuerda, basada en la perturbadora novela homónima de Alberto Méndez. En estos días en los que una parte del país se rasga las vestiduras porque otra parte quiere dignificar la memoria de sus muertos, el texto de Rioyo es aleccionador. Yo creo que España necesita exorcizar su pasado oculto, desterrar  de una vez por todas sus fantasmas para cerrar finalmente la enorme herida de la que todavía brota sangre. Ahora no hay riesgo de reabrir heridas, simplemente porque siguen abiertas.

“Infame turba de nocturnas aves", decía Góngora. El verso lo recordó Alberto Méndez en Los girasoles ciegos. Y lo vemos en la película de Cuerda copiado en las paredes del refugio en que el joven poeta que ya está solo, sin versos, sin la mujer adolescente y sin el hijo nacido en la huida. Solo y perseguido por ser republicano. Después, muerto sin sepultura. Uno más. Uno de los miles de inocentes que terminaron asesinados en caminos, descampados, tapias o en su propia casa. Su caudillo les había asegurado que estaban luchando en una cruzada en defensa de la civilización.

Expulsados, encarcelados, torturados, asesinados sin defensa ni juicio, con falsos juicios, sin piedad ni perdón. Sin paz. Sin sepultura. Supervivientes que vivieron escondidos como el maestro de la película: culpable hombre bueno, machadiano que no soporta el terror de la humillación. Derrotados y silenciosos que callan, se ocultan porque han visto cómo actúa la infame turba. Las nocturnas bandas de asesinos que abandonan en barrancos, cunetas o descampados, entre cardos y cañaverales dispersos, a sus víctimas de cada noche. Nocturnas escuadras, infame turba que actuaba en los pueblos, en las ciudades, como complemento del ejército rebelde. "Golpead duro y será el terror", les había dicho su general Mola. Su caudillo les había asegurado que estaban luchando en una cruzada en defensa de la civilización. Alguien tenía que hacer el trabajo sucio para dejar limpia España de los "malos españoles".

Esa turba, en compañía de curas que enseñaban el canto de los himnos, los nuevos amaneceres, de las escuadras vencedoras, aparece en la película al lado de los derrotados, escondidos, perseguidos y muertos. No es complaciente. No es de risa, aunque, para sorpresa del director y de otros que estuvimos en el estreno en Orense, parte del público se reía con los excesos patrióticos de los curas. Parece un chiste, un esperpento, es una tragedia basada en hechos reales. La verdad de las mentiras del cine, de la literatura.

Hay que leer la novela de Ramiro Pinilla La higuera para recordar, por la verdad de la ficción, cómo y quiénes mataron en aquel bando que pretendía devolver a España la espiritualidad. Sobre esos muertos de la anónima tierra, sobre los descampados que guardan el secreto de aquellos huesos, creció una higuera. Uno de los asesinos no puede soportar la mirada de un niño que vio asesinar a su familia. La mirada de la memoria.

Ahora, los hijos de ese niño quieren que se sepa qué hay debajo de la higuera. Quieren poner nombre a los que no tuvieron ni una modesta tumba en cementerios bajo la luna. Durante años soportaron, siguen soportando, las listas de otros muertos en las paredes de espacios públicos, de iglesias, de monumentos. Ahora, con la ayuda de un juez que se atreve, quieren dignificar públicamente a los que siempre fueron dignos.