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Juan Gavasa

Paul Weller

Style Council siempre fue una de mis bandas favoritas. El dúo formado por Paul Weller y Mike Talbot –con la intermitente aportación vocal de la sensual Dee C. Lee-, publicó en la segunda mitad de los 80 algunos trabajos vibrantes y luminosos que proyectaban todo el caudal de ferviente creatividad que estaba experimentando el Reino Unido. En un momento en el que los nuevos románticos se entreveraban con los últimos supervivientes de la movida punk y el revisionismo pop, Style Council irrumpió con frescura y talento sin despreciar el compromiso social. Su música era puro hedonismo sonoro pero sus letras no le daban la espalda al bodrio político que estaba construyendo Margaret Thacher. “Shout to the top” fue el ejemplo más brillante de cómo entendía la música Paul Weller: se puede bailar como locos y gritar al mismo tiempo contra el sistema. Aquel estruendoso grito contra el thacherismo más cruel e inhumano matizó el enorme cabreo que muchos vocearon por la supuesta traición de Weller cuando decidió disolver The Jam.

                Hasta entonces habían sido los tipos duros del Reino Unido, herederos de un sonido que establecía veladas conexiones entre el punk y el revival mod de finales de los 70, y una ensalada de heterogéneas influencias con base en la tradición de la música negra. Esta pasión oculta de Weller por el soul y el R&B se fue consolidando con los años hasta hacer inviable el proyecto de The Jam. Incluso en los últimos años de vida se atrevieron a versionear algunos clásicos de Curtis Mayfield, en lo que representaba una afrenta para quienes los tenían catalogados en el ambiguo territorio del rock. A esas alturas Weller ya tenía una merecida fama de inspirado letrista e impetuoso compositor. Sus registros musicales eran tan amplios y complementarios que muchos desistieron de buscarle etiquetas. No las tenía. Sus compañeros de The Jam (Rick Bucler y Bruce Foxton), se vieron incapaces de seguir su senda creativa y el grupo decidió disolverse justo en su mejor momento.

                Paul Weller se había empapado el catálogo de la Motown y había descubierto los senderos sonoros del jazz y del funk. Convertido definitivamente al sonido negro más estandarizado creó con Mike Talbot en 1983 Style Council. Allí se encontró con un traje a medida, sin peajes estilísticos ni poses forzadas. En plena libertad creativa el dúo publicó seis discos de estudio con algunas joyas imperecederas del pop británico de todos los tiempos. “My Ever-Changin Moods” fue la primera y le siguieron otros temas inolvidables como el citado “Shout to the top”, “The Lodgers”, “Walls Come Tumbling Down” o la sinuosa “Have You Ever Had it Blue”, suculento experimento con la bossa. Style Council transmitía felicidad pero sus letras cada vez estaban más cargadas de política y denuncia social. Quien pensara que su sonido era intrascendente se equivocaba.

                De todos esos trabajos mi favorito fue y será “Our favourite shop”, publicado en 1985. Weller se mostraba en ese disco con un flequillo interminable que casi le vinculaba más a la estética romántica que a la del nuevo tiempo que acababa de abrir. Quizá su impertérrito odio a las etiquetas le animó a esta irreverencia. La portada de ese disco es también un clásico perteneciente a un tiempo irrepetible en el que las discográficas se preocupaban por hacer bien las cosas.

                Como The Jam, Style Council se agotó cuando a Paul Weller se le quedó pequeño el horizonte. A principios de la década de los 90 el Acid House y todos sus trasuntos causaban estragos en las discotecas de medio mundo. La versión de “Promise Land” de Joe Smooth fue un guiño a la revolución que se cernía y un adiós previsible. Era el momento de comenzar a andar en solitario. Weller inició así una febril carrera que le permitiría explotar todo su poderío creativo sin tener que rendirle cuentas a nadie. Su primer trabajo fue un catálogo inmaculado de influencias: Marvin Gaye, Curtis Mayfield, Al Green, Stevie Wonder, Neil Young… temas como el absorbente “Above the clouds” eran estrictamente un homenaje al clásico “Whats going on” de Gaye.

                Desde entonces Paul Weller ha publicado un puñado de discos que le han permitido madurar como músico y compositor, y experimentar con nuevos sonidos y corrientes creativas. Siempre contestatario y controvertido, la suya es una de las trayectorias más sólidas y coherentes de la música británica. Respetado casi de manera       reverencial por las nuevas hornadas de músicos, Paul Weller vive actualmente uno de los momentos más lucidos con la publicación en pocos meses de dos discos soberbios y descomunales: “22 dreams” y “Weller at the BBC”. Este último es un doble CD donde recupera varias grabaciones realizadas durante la última década para la televisión púbica británica. Quien quiera adentrarse en el universo de Weller cualquiera de ellos es perfecto. Estos días son mi música de fondo, mi estruendoso grito.

Pirineos, tristes montes

Pirineos, tristes montes

Maestras perdidas en pueblos perdidos, andanzas de solterones empedernidos, evocaciones de ancianos sabios, viejos recuerdos de la guerra e historias alimentadas al calor del fuego de una chimenea. “Pirineos, tristes montes” es la crónica escéptica de unas montañas envueltas por la bruma de la melancolía. Severino Pallaruelo; profesor, historiador, escritor, viajero y, fundamentalmente, profundo conocedor de la cordillera, escribió hace casi veinte años este conjunto de relatos breves que nacen en lo más hondo de su sentimiento. Algunas de esas historias son tan tristes y desoladoras que el intencionado título se queda corto.

El libro, que vio la luz de forma discreta, sin hacer ruido, fue creciendo poco a poco gracias al boca a boca; la campaña de publicidad más solvente y eficaz. Desde entonces se ha reeditado en unas cuantas ocasiones y hoy en día es ya un clásico de la literatura pirenaica (la más reciente en Xordica). Su autor, entonces un desconocido profesor de instituto, está considerado en la actualidad uno de los más brillantes historiadores y pensadores de la cultura pirenaica.

            En “Pirineos, tristes montes”, Severino quiso poner orden a las historias que había conocido de niño, a los dramas que había escuchado a media voz en boca de sus padres. Casi todas son verídicas e ilustran el perfil más duro y áspero de la vida en la montaña. Como comenta su autor, las experiencias vitales aquí narradas “exigen  a veces un género literario apartado de la frialdad del ensayo académico. Son historias que, desgraciadamente, han sucedido”.

            Guiado por un pretendido tono escéptico, Severino Pallaruelo compuso un friso de personajes y situaciones que tenían en común la misma desesperanza y la misma frustración. Hombres y mujeres marcados por un destino predecible que percibieron en la montaña pirenaica su cárcel infranqueable. Son historias de un Pirineo que ya no existe, en el que los pueblos no eran rincones hermosos ni las montañas lugares paradisiacos. Eran como escribe Severino, la “separación entre dos mundos, aquí la abundancia, allá la pobreza”.

            El Pirineo que relata Severino Pallaruelo en “Pirineos, tristes montes” se encuentra en la antesala de la gran crisis del mundo rural que en la segunda mitad del pasado siglo prácticamente acabó con la cultura tradicional de la montaña. Todo un sistema social, económico y de valores se vino abajo cuando el masivo éxodo a las ciudades dejó cientos de pueblos abandonados. La provincia de Huesca tiene el triste record de ser junto a la de Soria la más azotada por el drama de la despoblación. Más de 300 pueblos se quedaron sin nadie que habitara sus casas. A las ausencias le siguieron el paulatino deterioro del patrimonio y, en muchos casos, un expolio que extinguió  cientos de siglos de historia.

Alcaldadas

Alcaldadas

Hace días que quería escribir sobre el tenaz despropósito de Belloch y su cruzada a favor de poner una calle en Zaragoza al fundador de Opus Dei. La cuestión ha alcanzado notoriedad nacional. Desde el final de la EXPO no se había hablado tanto de la capital maña en la prensa nacional. A diferencia de aquel acontecimiento, ahora se ha escrito de Zaragoza en clave de sorna y con una preocupante recuperación de la caspa; vinculada desde tiempos inmemoriales a lo más rancio de la ciudad. Todo eso ha vuelto y parece que de repente ese multimillonaria campaña de imagen que fue la EXPO se ha borrado de un plumazo. La modernidad fue un bien efímero, de nuevo se habla de Zaragoza para citar a la Pilarica y ahora a Escrivá. ¡Bien por Belloch! Wyoming fue más allá y con su habitaul retranca dijo el otro día aquello de que "si Hitler hubiera sido maño ya tendría una calle dedicada en Zaragoza". Excesivo pero doloroso.

Hoy Julián Casanova escribe un artículo en El País que me parece de imprescindible lectura. Es didáctico, riguroso, esclarecedor y desolador para los zaragozanos. Al leerlo he entendido que mi post sobre el asunto era innecesario. Ahí va:

 

Los nombres de las calles en España, como las ceremonias conmemorativas, los festejos o los monumentos, son un claro reflejo de nuestra historia zigzagueante en los siglos XIX y XX. Liberales y absolutistas, ya durante el primer tercio del siglo XIX, bautizaron plazas y calles con nombres constitucionales o antirrevolucionarios, según quién ocupaba el poder, pero fue en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, con el crecimiento y expansión de las ciudades, cuando más ocasiones se presentaron de dar nombres a las calles.

Las principales ciudades españolas doblaron su población entre 1900 y 1930. Barcelona y Madrid, que superaban el medio millón de habitantes en 1900, alcanzaron el millón tres décadas después. Bilbao pasó de 83.000 a 162.000; Zaragoza, de 100.000 a 174.000. No era gran cosa, comparado con los 2,7 millones que tenía París en 1900, con la cantidad de ciudades europeas, desde Birmingham a Moscú, pasando por Berlín o Milán, que en 1930 superaban la población de Madrid o Barcelona. Pero el panorama demográfico estaba cambiando notablemente. La población total de España, que era de 18,6 millones a comienzos de siglo, llegaba a casi 24 millones en 1930. Mientras que hasta 1914 esa presión demográfica había provocado una alta emigración ultramarina, a partir de la I Guerra Mundial fueron las ciudades españolas las que recogieron los movimientos migratorios.

La irrupción de la industria y el incremento de la población transformaron el paisaje agreste, de corte medieval, que mantenían todavía muchas ciudades españolas a finales del siglo XIX. Los nuevos callejeros se dedicaron a honrar a los políticos del momento, liberales y conservadores, a nobles, terratenientes y a las buenas familias de la industria y de la banca. Junto a ellos, aparecieron también las glorias de España, los héroes de la Reconquista y mitos medievales, reyes y emperadores. Y como en España no hubo ruptura religiosa en tiempos de la Reforma protestante y el catolicismo se convirtió en la religión del statu quo, hubo una fusión del españolismo con el catolicismo, bien reflejada en los nuevos callejeros, repletos de personajes de raza, militares y santos. Una historia de hombres, con muy pocas mujeres, salvo las más santas y algunas reinas. De las dos primeras décadas del siglo XX procede además el culto masivo a la Virgen del Pilar y el Corazón de Jesús, dos emblemas de la religiosidad popular española que se trasladaron al callejero de numerosas ciudades y pueblos para recordar a sus habitantes la identidad católica.

Con ese crecimiento de las ciudades, apareció una clara división social de espacio urbano, con barrios ricos y bien equipados y otros pobres e insalubres, y germinó también la semilla republicana, anarquista y socialista sembrada ya en la segunda mitad del siglo XIX. Germinó frente a ese bloque social dominante, del que formaban parte los herederos de los antiguos estamentos privilegiados, la aristocracia y la Iglesia católica, junto con la oligarquía rural y los industriales vascos y catalanes. De ese bloque procedía la mayoría de los gobernantes de un sistema político, el de la Restauración borbónica, seudo-parlamentario y corrupto que excluía, con el sufragio restringido o por el fraude electoral, a eso que empezó a llamarse "pueblo", a los proletarios urbanos, artesanos, pequeños comerciantes y a las clases medias. Muchos de los profesionales que formaban parte de estas últimas eran o se harían republicanos, que intentaron acercarse a los obreros, competir con el socialismo y el anarquismo, con los que compartirían ingredientes básicos de una cultura política común, sobre todo a través del racionalismo y de la crítica a la Iglesia, intentos, en suma, de superar la dependencia de la religión católica.

Esas clases trabajadoras aparecieron en el escenario público con sus organizaciones y protestas, pero siguieron excluidas del sistema político y sus principales representantes nunca alcanzaron el reconocimiento y la honra con lápidas, monumentos o nombres de calles. Hasta que llegó abril de 1931, la II República y la quiebra de ese orden tradicional. Entonces, los símbolos religiosos cedieron paso a otros ritos laicos, más o menos reprimidos hasta entonces, y se rebautizaron calles y plazas mayores de pueblos y ciudades. Hubo más nombres de significado republicano (plaza de la Constitución, plaza de la República, calle 14 de abril) que de orientación obrera o revolucionaria, aunque la presencia anarquista, comunista o socialista en la zona republicana durante la Guerra Civil dejó su huella en las calles de ciudades como Madrid, Valencia o Barcelona, las tres capitales de la República en esos tres años, con nombres que honraban a personajes tan dispares y distantes como Durruti, Pablo Iglesias, Marx o Lenin.

Duró poco, sin embargo, esa huella, borrada a golpe de fusil del callejero y de la historia a partir del 1 de abril de 1939. Acabada la Guerra Civil, los vencedores ajustaron cuentas con los vencidos, recordándoles durante casi cuatro décadas quiénes eran los patriotas y dónde estaban los traidores. Calles, plazas, colegios y hospitales de cientos de pueblos y ciudades llevaron desde entonces los nombres de militares golpistas, dirigentes fascistas de primera o segunda fila y políticos católicos. Algunos se repitieron mucho, como Franco, Calvo Sotelo, José Antonio Primo de Rivera, Mola, Sanjurjo, Millán Astray, Yagüe u Onésimo Redondo. Se honraba a héroes inventados, criminales de guerra y asesinos en nombre de la Patria, pero también a ministros de Educación como José Ibáñez Martín, quien, con su equipo de ultracatólicos, echaron de sus puestos y sancionaron, durante la primera década de la dictadura, a miles de maestros y convirtieron a las escuelas españolas en un botín de guerra repartido entre familias católicas, falangistas y ex combatientes.

Cuando Franco murió, en noviembre de 1975, era difícil encontrar una localidad que no conservara símbolos de su victoria, de su dominio y de su matrimonio con la Iglesia católica, en calles y monumentos. Algunos de ellos desaparecieron en los primeros años de la transición a la democracia, sobre todo tras las elecciones municipales de 1979 que llevaron a los Ayuntamientos a numerosos alcaldes y concejales de izquierda. Pero los cambios siempre fueron objeto de disputa y a nadie se le ocurrió aprovechar el callejero para formar o educar a los ciudadanos en una nueva identidad democrática. Muchos políticos de derechas, y sus fieles que les apoyan, siguen defendiendo ahora, pese a la aprobación de la Ley de Memoria Histórica en diciembre de 2007, que no hay que tocar los nombres de las calles, para no herir susceptibilidades o remover los fantasmas del pasado. Los símbolos franquistas, que aparecieron por la voluntad de los vencedores en una guerra de exterminio contra un régimen legalmente constituido, se funden así con otros tradicionales, patrióticos y religiosos, representando una especie de "imagen oficial" de España, mientras el Estado y las instituciones democráticas se desentienden del asunto o no muestran ningún interés por ocupar los espacios públicos con modelos más dignos para las generaciones venideras.

Por eso no es una cuestión irrelevante la polémica suscitada estos días por el empeño del alcalde de Zaragoza, Juan Alberto Belloch, en dar a una calle el nombre de San José María Escrivá de Balaguer. Su primera intención fue rebautizar con el nombre del fundador del Opus Dei la calle general Sueiro, coronel de infantería en julio de 1936 y uno de los protagonistas de la sublevación militar y de la represión en la capital aragonesa. Cuando apareció la noticia, Luisa Fernanda Rudi, presidenta del Partido Popular de Aragón, declaró que ella "no tenía ni idea" de quién era ese general y que mejor sería que los ediles se dedicaran a algo más productivo que cambiar calles de gente desconocida. En definitiva, la ex alcaldesa de Zaragoza no conocía a uno de los golpistas contra la legalidad republicana en su ciudad y el actual regidor decide honrar a un personaje, santo para la Iglesia católica, inextricablemente unido, él y su institución, a Franco y a su dictadura. El catolicismo, y en este caso un tipo de catolicismo no compartido por muchos de sus creyentes, se impone a los valores cívicos y laicos en el territorio de la política democrática. Pura historia de España. 

Collioure

Collioure

Collioure establece el límite septentrional de los Pirineos y es ante todo un acogedor pueblo marino que ha sido perfilado por los vientos de la historia. Su privilegiada posición dentro de las rutas comerciales más transitadas fue codiciada por los reinos medievales hasta que en 1659 con el Tratado de los Pirineos se incorporó a Francia dentro del Roselló. El formidable castillo real de Collioure es la muestra palpable de ese pasado. El primer edificio data del lejano año 673. Después se reformó completamente entre 1242 y 1280 y en el siglo XVI experimentó su renovación definitiva para adaptarse a los progresos de la artillería. En 1642 la Guerra dels Segadors convirtió Collioure en gran escenario bélico con el enfrentamiento de las tropas francesas y españolas. La victoria de los primeros aceleró el tratado de paz.

            Los ecos de aquellas batallas sólo se conservan en el flamante castillo y en la toponimia de algunas calles. El resto es sólo historia. Porque Collioure tiene otras muchas cosas que ofrecer: su casco urbano está repleto de pintorescos rincones que recuerdan a los viejos pueblos pesqueros. Las callejuelas se pierden entre comercios de toda la vida y cafeterías que han heredado el poso intelectual que dejaron los pintores fauvistas a principios del siglo XX. Talentos de la talla de Matisse, Dérain o Chagall se sintieron seducidos por la luz clara y límpida de Collioure y pusieron en práctica su interpretación colorista de la realidad. Lugares como el paseo de la fortaleza de los Hasburgo, entre el castillo y el mar, avivaron seguramente su ingenio. Hoy se pueden conocer a través de Le Chemin du Fauvisme los lugares que recorrieron los pintores en sus estancias en Collioure.

            Hay otro nombre vinculado para siempre a la localidad de la Catalunya francesa: el poeta español Antonio Machado. En febrero de 1939, pocos días después de emprender su doloroso exilio, murió “ligero de equipaje” en un hotel de la localidad, a donde había llegado exhausto y muy enfermo. Fue enterrado en el cementerio local. Desde entonces en su tumba nunca faltan las flores de miles de españoles que viajan expresamente hasta Collioure para mostrar su admiración y respeto a uno de los mejores poetas en lengua castellana de la historia. La visita a la tumba de Machado es una parada obligatoria junto con un recorrido pausado por la iglesia de Nostra Senyora dels Angels, ubicada en un extremo de la bahía. La inconfundible cúpula fálica rosácea de su torre es uno de los símbolos indiscutibles de la localidad.

Ayer se cumplieron 70 años de la muerte de Antonio Machado en Colliure.

Un año de blog

Este blog cumple un año. En este tiempo he comprendido que el blog no es lo que uno escribe sino lo que los demás quieren leer. Así las cosas, la vida de un blog pertenece a sus visitantes en tanto que son ellos los que acaban estimulando el trabajo de actualización. Dicho de otro modo: si nadie te lee acabas entregándote a la holgazanería y la desidia. Eres tu propia mímesis. Por suerte en este año he tenido visitantes asiduos, ojeadores ocasionales, rastreadores en busca de huellas perdidas y finalmente los amigos y la familia. Estos últimos no deberían de contar porque en ellos no reside el mérito de la tenacidad sino la obligación del afecto. Pero han estado allí también y me han hecho sentirme muy bien.

            Cuando comencé a escribir hace un año este blog arrastraba una larga rémora de prejuicios y pudores cuyo origen habría que buscar en la larga y maravillosa noche de la adolescencia. Alguien decía recientemente que la única patria posible no era la infancia –como decía el poeta-, sino la adolescencia. Y yo estoy completamente de acuerdo. Bueno, que me desvío… el caso es que mi temor era la reiteración, la falta de originalidad, la levedad, la intrascendencia, la obviedad, la demagogia, el discurso de taberna, la especulación, la rumorología, la inexactitud, la irrelevancia… tenía demasiadas razones para no escribir un blog, como veis. No sé si he logrado evitar algunas de estas debilidades pero evidentemente he puesto en práctica muchas de ellas con el ánimo entreverado y el impulso desbocado.

            Razonables debilidades humanas a parte, quería escribir este post para daros las gracias a todos los que habéis visitado alguna vez este blog. Estoy convencido de que diariamente existen un puñado de cosas más interesantes y constructivas que hacer, pero habéis tenido el detalle de perder un minuto y leerme. No puedo pedir más. Confío en seguir alimentando la criatura con más asiduidad, si es posible, y espero que sigáis al otro lado para que la fiesta no decaiga. Y como no se me ocurre nada mejor para celebrar este primer cumpleaños, os regalo música que vosotros me habéis regalado a mí. Viva la multipropiedad.

El primero es un temazo del grupo galés Stereophonics. En los créditos de cierre de “Crush”, esa maravillosa película de Paul Haggis que ganó el Oscar en 2006, sonaba una canción que me fascinó desde el primer instante. Sin embargo, su búsqueda se convirtió en un caso para los chicos de Grissom: no aparecía en la BSO, nadie conocía su existencia y no había referencias en su web oficial. Hasta que 39 escalones, la biblia cibernética del cine, resolvió el enigma con su conocida eficacia y erudición. Gracias compañero.

El otro tema es un hallazgo recientísimo. Jánovas no rebla me lo descubrió ayer y, para mi vergüenza torera, resulta que se trata de su tercer disco. Es “Antony & The Johnsons”, pura delicatessen musical, orfebrería acústica y muchas cosas más que se me ocurren… un placer. Gracias prima.

Bielsa

Bielsa

En la primavera de 1938 la ruptura del frente del Ebro con el avance de las tropas nacionales hacia el norte dejó aisladas en las estribaciones pirenaicas a la 31ª y 43ª divisiones republicanas. La primera huyó en desbandada y la segunda se hizo fuerte desde el 14 de abril hasta el 15 de junio en la popularmente conocida como Bolsa de Bielsa. 8.000 soldados mantuvieron una heroica defensa de sus posiciones ante el acoso de los 15.000 hombres del ejército franquista y las bombas de la inclemente aviación.  

Al frente de esa defensa se erige Antonio Beltrán, apodado “El Esquinazau”, un personaje con una trayectoria vital digna de ser novelada. Había participado en la trama civil que respaldó a los capitanes Galán y García Hernández en la sublevación republicana de Jaca de diciembre del 31. Antes había estado luchando en México con los zapatistas y en Estados Unidos. Después de la Guerra Civil combatiría en la Segunda Guerra Mundial y se graduaría en la Academia Frunze de la URSS antes de regresar a México para acabar sus días como pastor. Lo dicho; una vida de novela.

            Beltrán ideó un plan magistral para resistir los ataques franquistas. Simularon la rendición entre el 14 y el 15 de mayo y encendieron hogueras para hacer creer al enemigo que se estaban despojando del material bélico.  Al día siguiente, confiados los oficiales franquistas, comenzaron a avanzar a campo abierto y al alcanzar las posiciones republicanas recibieron el ataque sorpresa. La pequeña victoria tuvo una gran resonancia en el bando republicano, necesitado de acciones que levantaran la decaída moral. Incluso el jefe del Gobierno, Juan Negrin, se desplazó hasta Bielsa para insuflar ánimos a los embolsados.

            La respuesta franquista no se hizo esperar. Los bombarderos Heinkel 45 y Savoia 79 escupieron una y otra vez durante varios días su mortal carga, arrasando por completo Bielsa. La 43 organizó una retirada ordenada y ejemplar que tiempo después sería estudiada en las academias militares soviéticas. Los puertos de Lera y Viejo fueron los escenarios de la dramática huida de los belsetanos por unos caminos imposibles por la nieve. Niños, abuelos, mujeres y heridos mostraron la cara más terrible de la guerra. La mayoría de los soldados republicanos volvieron nuevamente a España para seguir combatiendo hasta el final.

Cauterets

Cauterets

En 1843 la viajera Juliette Drouer había escrito en su diario las impresiones de su primera visita al balneario de Cauterets. En aquellos momentos era uno de los centros termales más populares del Pirineo, punto de reunión de buena parte de la aristocracia europea. Pese a todo, Drouer contaba que los habitantes del valle tenían acceso gratuito y también los pobres que poseían un certificado de indigencia, aunque sólo podían bañarse de dos a cinco de la madrugada. La Revolución había triunfado, pero sólo a medias. Cauterets sigue siendo hoy en día uno de los balnearios más prestigiosos del sur francés. En los últimos años ha incorporado además la estación de esquí, un moderno complejo invernal al que se accede desde el mismo balneario a través de un teleférico que culmina en el circo de Lys. Desde este punto se pueden iniciar innumerables rutas de montaña.

Cauterets desprende lujo decimonónico por sus estrechas calles. Sigue resultando cautivador y señorial, una pequeña suiza instalada en el corazón de los Pirineos con un aroma a Belle Époque y turismo de clase. El arquitecto de Pau, Lucien Cottet, fue el responsable de diseñar a mediados del siglo XIX el crecimiento urbano de Cauterets y le dio un aspecto unitario que recuerda al urbanismo de ciudades como Paris o Burdeos. Victor Hugo estuvo aquí en el verano de 1843 y dejó escrito en su libro “Pirineos” las sensaciones de aquella inolvidable estancia: “el valle es apacible, el escarpamiento es silencioso. El viento calla. De repente en un recodo de la montaña aparece el torrente. Es el ruido de la pelea”.

Los ostentosos hoteles del siglo XIX de estilo neoclásico hablan de un pasado esplendoroso, de unos tiempos en los que todo era posible gracias a las devotas visitas de los aristócratas. Es el caso de la Princesa Galitzine, de origen ruso, que mandó construir en 1840 un maravilloso palacete pero lo acabó vendiendo tras comprobar cómo crecía enfrente y le robaba las vistas el Hotel Inglaterra. Cauterets tiene dos termas; las de Cesar ubicadas en el centro del núcleo urbano, y las de Raillerè, localizadas a dos kilómetros y que se reconocen de inmediato por el inconfundible olor a huevos podridos que desprenden.

En Cauterets está también el Museo 1900, dedicado a explicar la vida del valle en aquella época. También llama la atención por su descontextualización arquitectónica la antigua estación de tren, un edificio de madera de pino labrado que bien podría pertenecer a cualquier poblado del viejo Oeste americano. Se construyó para recibir la línea de ferrocarril  Pierrefitte-Cauterets en 1898 y dejó de tener usos ferroviarios en 1949 tras clausurarse la línea de alta montaña. Hoy es la terminal de autobuses y el Centro Social de Cauterets, mientras que los viejos raíles se han transformado en una Vía Verde de 30 kilómetros que supone un enorme atractivo para los senderistas.

No se puede abandonar el valle de Cauterets sin recrearnos con el Vignemale, la gran montaña del Pirineo francés, el escenario de la legendaria rivalidad entre Ann Lister y el Príncipe de Moskova por coronarla por primera vez en el verano de 1838. La pionera fue la intrépida aventurera británica, pese a las malas artes del noble, que intentó convencer a todos de que él había sido el primero. Al final se descubrió su engaño y Lister pasó a la historia como la primera montañera que ascendió el Vignemale. El Pont d’Espagne, a siete kilómetros de Cauteret, es otra visita obligada, tanto en verano por sus paisajes y senderos como en invierno por su circuito de esquí de fondo. Desde el Pont, confluencia de los ríos Gaube y Marcadau, se puede coger un teleférico que nos llevará hasta el maravilloso lago de Gaube.

Jean Bepmale

Jean Bepmale

Jean Bepmale fue un abogado y político francés que recorrió toda la cordillera pirenaica durante las dos primeras décadas del siglo XX. Culto, emprendedor, autodidacta y aventurero, Bepmale atravesó muchos de los caminos que ya había transitado Lucien Briet pero fue capaz de ofrecer una nueva visión personal del paisaje y del paisanaje pirenaico. Fruto de esos viajes es un extenso legado fotográfico formado por más de 13.000 imágenes que nunca había sido expuesto y que no contaba, por lo tanto, con la popularidad de su coetáneo parisino. Sin embargo, su archivo está probablemente al mismo nivel de calidad y tiene el mismo valor histórico como documento de caracter antropológico. Bepmale nació en Saint-Gaudens en 1852 y dedicó parte de su vida a recorrer los pueblos y valles pirenaicos para rescatar las formas de vida de sus gentes y la belleza de sus rincones.

Su obra había permanecido oculta y dispersa por varios archivos particulares hasta que el Museo de Saint Gaudens la adquirió y unificó en 2003. Durante ese verano una pequeña selección de su inmenso catálogo fue expuesta en Abizanda y en Ancizan, en concreto la que pertenece al viaje realizado por Bepmale en 1913 por el Sobrarbe. A través de sus fotografías se ha recreado el viaje que inició en la localidad francesa de Cauterets. El recorrido penetra seguidamente en España por Panticosa y recorre la mitad norte de la comarca de Sobrarbe, para regresar a Francia por el valle de Bielsa y finalizar en la localidad de Sarrancolin.

El legado de Bepmale permanecía dividido desde hace varias décadas en numerosas colecciones y fondos privados. Esta circunstancia había imposibilitado su difusión pese a que Jean Bepmale es un relevante personaje de la historia contemporánea de Saint Gaudens. De hecho, en su localidad natal da nombre a una de las principales calles del casco histórico. No fue hasta el año 2003 cuando el Museo de Saint Gaudens decidió reunir y comprar todo el fondo fotográfico a través del colaborador Frantz Petiteau, figura clave en esta adquisición. Desde entonces trabajan en la catalogación del extenso material, cuya calidad estética y documental ha sido equiparada por numerosos expertos a la de su compatriota Lucien Briet.