Blogia

Juan Gavasa

Piedad

Piedad

No conozco personalmente a Miguel Mena pero me gusta la mesura de su voz en la radio, la tranquilidad que transmite su modulación y la atmósfera de intimismo que envuelve su dicción. Ya no quedan locutores como Miguel, que detestan el histrionismo de los locutores deportivos y la gravedad de los comentaristas políticos. Él sabe que no hay que chillar para captar la atención del oyente y todavía considera la moderación un valor intrínseco al periodismo. Parece ser que en la radio de nuestros días ya no es importante tener una voz bonita ni vocalizar bien. Soy un devoto de la radio por razones sentimentales y después profesionales casi desde que tengo uso de razón. Me despierto con ella, trabajo con ella y viajo con ella. Estoy enganchado al dial y compruebo con desazón el deterioro de muchas programaciones, la paulatina pérdida del espíritu de libertad y creatividad que insuflaban muchas emisoras hasta hace no demasiado tiempo.

 

Mario Ornat escribía recientemente en su blog sobre la irreversible pérdida de Radio 3 como referente de la música independiente y la vanguardia cultural. Es un ejemplo más, especialmente doloroso, pero sólo un ejemplo más. A veces tengo la sensación de que la preocupación de muchas emisoras es llenar programación pero no hacer programación: cubrir horas y horas y saturar de publicidad cualquier espacio. Es legítimo desde un punto de vista empresarial pero poco inteligente. Las emisoras locales –sobre todo-, se han convertido en altavoces oficiales del alcalde de turno y han adaptado sus programas a las agendas oficiales. Sólo se habla de política o de lo que interesa a los políticos. La radio perdió hace tiempo la batalla del ocio con la televisión y ahora ha perdido la de la inmediatez con internet. Sólo le queda lo más importante, lo que nunca debería de poner en riesgo: la calidez de su compañía y la imaginación. 

 

            Miguel Mena es uno de esos locutores que todavía me recuerda que otra radio es posible. Que hay tipos sensatos enganchados a un micrófono para contar cosas inteligentes e interesantes. Los zaragozanos lo disfrutan desde hace muchos años en el histórico “Estudio de Guardia” de Radio Zaragoza. Miguel además escribe, y escribe muy bien. Tiene varias novelas publicadas pero he de reconocer que hasta ahora no había leído ninguna. Compartimos la pasión por la bicicleta y los viajes, aunque él ha sabido plasmar esas aficiones con mucho más acierto y brillantez que yo.

 

            Estas vacaciones he leído “Piedad”, su último libro. Se trata de una recopilación de breves textos escritos a lo largo de los últimos años en los que Miguel Mena fija el universo de sus inquietudes y proyecta fogonazos en forma de pensamientos, reflexiones y recuerdos. Dice Miguel que es un “libro de recuerdos, de paradojas y de estados de ánimo”. Probablemente no se puede definir mejor. Es un trabajo inconexo, sin costuras. Seguramente no las necesita porque el desenlace de esta tormenta de palabras es un estanque de aguas mansas en el que se refleja el alma del autor. Miguel escribe como periodista y como padre, como viajero y como ciudadano que observa a veces en silencio y otras atónito el devenir de la vida.

 

            Hay lugares y personajes reconocibles, otros se intuyen. En todo caso lo que no falta es la sinceridad y la capacidad del autor para indignarse y también para llorar. Hay humor e ironía y algunas fotografías que dicen tanto como los textos. Hay relatos mínimos: “Un torrente de alegría se abre camino entre un mar de miradas heridas”. Hay desgarros del alma: “Qué raro se hace tener un hijo prácticamente mundo cuanto te ganas la vida hablando, un hijo condenado a ser analfabeto cuando llenas tu tiempo escribiendo, un hijo con poco equilibrio cuando tu afición es montar en bicicleta. Qué extraño resulta que para ser feliz no parezca necesitar nada de lo que a ti te gusta”.

 

            Hay compromiso y denuncia: “En Irán no hay homosexuales y está mal visto el uso de la corbata. Si la realidad se empeña en llevar la contraria a la doctrina, entonces promueven pequeñas licencias estéticas, como colocar una soga alrededor del cuello”. Hay también retranca y fe ciega: “Ahora me propongo dejar mi afición al fútbol porque encuentro absurdo que mi humor del domingo por la noche dependa de unos jugadores que ya no me inspiran confianza. Sólo necesito aprender cómo se abandona algo que ni se come ni se bebe ni se inhala: las emociones, el sentimiento, el alma”.

 

            Miguel Mena escribe como habla: sin estridencias. El dolor y la incredulidad asoman por las esquinas del libro pero el autor nunca se deja arrastrar por las aguas turbulentas de la vida. Todo, incluso el episodio más desolador, lo afronta Miguel como un acto de contricción. Quizá porque es verdad aquella frase de Bécquer que el autor rescata al inicio del libro: “La vida, tomándola tal como es, sin exageraciones ni engaños, no es tan mala como dicen algunos”.

Regresos

Regresos

Después de cinco semanas y diez tormentas de nieve hemos regresado de Canadá. La nieve nos persigue desde el mismo día que abandonamos Toronto; el avión tuvo que esperar una hora y media en mitad de la pista del aeropuerto de Pearson hasta que fue despejada. Nadie se apresuró a pedir la cabeza del primer ministro canadiense ni cayó en la tentación de cuestionar las infraestructuras del país. Se sabe que cuando nieva pasan estas cosas, no es sensato politizar las nevadas. En Jaca no para de caer nieve desde la semana pasada. Me gusta pisarla recién caída, escuchar el ruido seco que provoca su compactación, ser el primero en marcar la huella antes de que el sol o nuevas pisadas rompan ese perfecto tapiz. Ahora, mientras recupero el hábito de escribir en este abandonado blog, nieva con una intensidad desconocida, abrumadora. Dicen los viejos que nunca han visto nada igual. Se sabe que la memoria es selectiva y los recuerdos recuerdan lo que quieren, pero es verdad que este invierno está resultando atípico. Nosotros lo estamos sufriendo por partida doble: primero Canadá y ahora el Pirineo.

            Cuando uno conoce un país por primera vez tiende a experimentar una suerte de síndrome de Estocolmo. Se suele renegar de los orígenes ante el impacto cautivador del desconocido lugar. La novedad hurta cualquier juicio objetivo y anestesia la capacidad crítica del viajero. Nos quedamos maravillados ante lo que vemos pero no somos capaces ni de analizarlo ni de comprenderlo. Tampoco nos interesamos por lo que no vemos; no existe. El escritor y filósofo francés Hipólito A. Taine estableció en el siglo XIX una taxanomía del turista. Entre las diversas categorías destacaba  la que él denominaba “seres reflexivos y metódicos”. Según su propia definición: “se les reconoce por la guía manual que siempre llevan consigo. Este libro es para ellos la Ley y los profetas. (…) Se les ve en lugares destacados, los ojos finos en el libro, penetrándose de la descripción e informándose con exactitud del tipo de emoción que conviene experimentar”. Taine acababa retratando a este turista de manera clarividente: “No hacen ni sienten nada si no es con una obra escrita en la mano”. Este individuo del XIX era realmente una avanzadilla del turismo de masas que se agolpa hoy en día en cada monumento recomendado. Taine hablaba también de otra clase de turista; el sedentario. “Contemplan las montañas desde sus ventanas. Después de esto dicen que han visto los Pirineos”.

 Si tenemos la oportunidad de viajar por segunda vez al mismo país comienza un proceso de descompresión. Empezamos a ver algunos defectos que no fuimos capaces de observar en nuestra primera visita y comienza a equilibrarse la balanza de las comparaciones. Nos desprendemos de la guía y adquirimos cierta autonomía que se traduce en un efecto emancipador. Ya somos adultos. Taine diría que somos sabios y también una variedad extremadamente rara. Suele surgir entonces cierto arrobo patriotero que creo que tiene que ver con la incapacidad para admitir la realidad. Pero generalmente se mantiene un grado de admiración que resulta más digestivo para nuestro equilibrio emocional.

            Cuando se visita ese mismo país en sucesivas ocasiones hasta el punto de convertirse en un destino habitual, entramos en una nueva fase crítica en la que entran en juego otros factores ajenos al propio viaje. Algo parecido me pasa a mí con Canadá. Cuanto más lo conozco más me fascina pero más me ayuda también a reconocer algunas cosas de España que consideraba irrelevantes. Es la lógica ecuación. Estos días estoy leyendo un interesantísimo libro de Stéphane Dion, líder de los liberales canadienses (actualmente en la oposición), exministro de Medio Ambiente y de Asuntos Intergubernamentales y autor de la famosa Ley de la Claridad, que reconocía la evidencia legal de una posible secesión de Quebec pero al mismo tiempo establecía el coste social y económico de esa separación para los québécois.

Desde entonces, desde que tuvieron que abandonar la cómoda placidez de los discursos teóricos para afrontar sin ambages las consecuencias de una hipotética independencia, los nacionalistas quebequeses han ido perdiendo apoyo en las sucesivas consultas electorales. Dion, que es québécois y se declara nacionalista, defiende sin embargo el valor democrático y solidario de un sistema federal basado en el apoyo mutuo de las diez provincias que componen Canadá. Esta obviedad es la base de un discurso de profundo contenido académico (Dion procede del mundo universitario), en el que apenas queda campo para la especulación política. En próximos días escribiré algo más extenso sobre el pensamiento de Dion, que resulta tremendamente cercano a la realidad española. De hecho, el discurso del político québécois ha sido adoptado por los nacionalistas vascos y catalanes e instrumentalizado convenientemente para adaptarlo a sus reivindicaciones. El propio Dion se queja de ello.

            Viene esto a cuento del interés que me suscita el enorme esfuerzo que ha realizado la sociedad canadiense por integrar a los ciudadanos de todo el mundo que han ido a parar a su territorio. En algunos momentos de la reciente historia del país seguramente la población anglófila ha sido más indulgente con el inmigrante que con el propio compatriota francófono de Quebec. Pero  este conflicto de carácter doméstico no ensombrece el indudable carácter hospitalario de Canadá, un país construido a partir de la llegada de gentes de todo el planeta. Toronto, la principal urbe del país, es la ciudad del mundo que acoge el mayor número de etnias y sus políticos han sido capaces de establecer normas y leyes de convivencia que en algunos casos contravienen la letra de la Constitución. El deseo de integrar ha podido más que el marco legal. La experiencia, en general, ha resultado positiva y Canadá es hoy un pujante país en el que se ha alcanzado un grado de convivencia entre culturas ciertamente ejemplar. Hay casos concretos que llaman la atención: un pakistaní que pertenecía a la Policía Nacional llevó a los tribunales su deseo de usar el turbante con el uniforme oficial. La justicia le dio la razón y desde entonces la popular prenda se considera parte optativa del uniforme de la policía. ¿Os imagináis en España que un guardiacivil pakistaní solicitara el uso del turbante en lugar del tricornio?    

Reencuentros

Reencuentros

Ethan se calzó el pasado viernes sus primeros patines. Al ponerlos en contacto con el hielo tuvo el instinto de echarse a andar. No extranió la pista ni se puso a berrear. Fenómeno!!!! La familia de Sylvia alquiló una pista de hielo para que nos encontráramos todos; los que hemos llegado y los que suelen dejarse ver poco. Las distancias en este país son un verdadero lastre para las relaciones sociales pero se acaban superando con imaginación y algunos esfuerzos. La del viernes fue una de esas jornadas fruto de un gran derroche de imaginación.

Ethan fue el centro de atención. Sus tíos Tony y Henry se erigieron en sus primeros profesores sobre el hielo. Eso que se lleva por delante. Tony, que jugó de portero hace 25 anios en el Casco Viejo de Bilbao y en el Club Hielo Jaca, sigue vinculado al hockey como profesor de ninios en Canada. Su hija Sandra es una excelente jugadora. Ethan siente cierta predilección por él. Es sorprendente los afectos que puede mostrar un ninio con apenas dos anios. Os quiero hablar también de Frank Belsué, un diseniador jacetano que emigró a Toronto hace más de 40 anios. Hace unos meses colgué un post sobre él, pero cada vez que regreso a Canada sus populares disenios me refrescan su sorprendente historia.

En los anios 60 existía en Toronto una gran demanda de diseniadores europeos. Paco Belsué, que trabajaba en una agencia zaragozana, decidió probar suerte y se trasladó a Canadá para trabajar en Savage Sloan Ltd. La agencia publicitaria había recibido el encargo de diseniar el logotipo del recien creado equipo de beisbol Blue Jays de Toronto. La franquicia es actualmente uno de los emblemas deportivos de Canada junto al Toronto Maple Leafs, el Montreal Canadiens y el Edmonton Oilers de hockey sobre hielo; y evidentemente el Toronto Raptors de la NBA. Paco fue el responsable de realizar el disenio de ese logotipo que se ha reproducido posteriormente en millones de ocasiones. El trabajo fue firmado por la agencia así que la creatividad de Paco Belsué permaneció en el anonimato. Después siguió realizando nuevos trabajos para firmas tan relevantes como American Express o Benson & Hedges pero no pasó de ser un talentoso y eficaz diseniador gráfico que hizo ganar millones de dólares a su agencia. Paco pasó a ser Frank y ahora vive jubilado en un barrio del sur de Toronto. La entrada de su casa está presidida por un gran cuadro de la Penia Oroel de Jaca pintado por él mismo.

Desde que Paco disenió aquel primer logo, los Blue Jays lo han modificado en numerosas ocasiones para adaptarlo a las tendencias de disenio de cada época. Aquí es normal alterar el logotipo original con gran frecuencia para mantener el negocio del merchandasing. Lo sorprendente es que el equipo sigue vendiendo sus productos con el dibujo que pintó Paco. Ayer lo ví en una tienda reproducido en camisetas, gorras, banderas y fotografías. Dicen que los auténticos aficionados del equipo prefieren el logotipo original que disenió un tipo de Jaca hace más de 40 anios.

Este es mi primer post de 2009. Ayer fue la Nochevieja más tranquila y atípica de los últimos anios. Primero tomamos cava con las campanadas de la Puerta del Sol y seis horas más tarde con las de Times Square en New York. Es decir: entramos en 2009 en dos ocasiones con 6 horas de diferencia y la sensación de vivir en el día de la Marmota. Maniana va a ser un día especial. Antes os hablaba de Tony, el hermano de Sylvia. En 1981 llegó a Espania junto a varios hijos de emigrantes espanioles que jugaban a hockey sobre hielo en Canadá. Casi todos ellos fueron a jugar al Casco Viejo de Bilbao y conformaron uno de los mejores equipos de la historia de la liga espaniola. Lo ganaron todo. Jugaban como espanioles pero en realidad su aportación al naciente hockey sobre hielo nacional tenía la categoría de los grandes fichajes foráneos. En la temporada 83-84 Tony fue a parar al Club Hielo Jaca. Su llegada fue el salto definitivo de calidad que necesitaba el equipo para aspirar a ganar la liga. Fue el portero menos goleado de aquella temporada y el Jaca ganó su primera liga, un acontecimiento que se vivió con verdadero entusiasmo en la ciudad. El entrenador de aquel equipo era otro canadiense de Thunder Bay, Vincent Friyia, un extraordinario jugador al que las lesiones le impidieron seguramente jugar en la NHL, la mejor liga del mundo. En 1980 había sido designado mejor jugador universitario de Canadá, lo que equivalía a un pasaporte a la fama. La mala fortuna le obligó a deambular por ligas europeas de segundo nivel. Recaló en Jaca y contribuyó a que el equipo abandonara su condición de eterna comparsa. Nada volvió a ser igual.

Maniana Tony y Vincent se van a encontrar después de 22 anios. Aprovechando las vacaciones en Toronto pensé que sería una buena forma de celebrar que en marzo se cumple el 25 aniversario de aquella primera liga. Estoy preparando un reportaje y el reencuentro de ambos me ofrece todo el material que necesito. Seguro que será emocionante revivir aquel lejano éxito que yo recuerdo con los ojos de un ninio admirado que empezaba a jugar a hockey.

Navidad en Toronto

Navidad en Toronto

Estamos de vacaciones en Toronto desde el domingo pasado. Pido disculpas a los intrépidos que suelen visitar el blog por haberme ido así, sin avisar ni colgar un post de despedida. Las semanas previas al viaje fueron una verdadera locura y la primera semana en Canadá ha sido un torrente de emociones, encuentros, despertares intempestivos y mucho suenio. Estamos pasando la Navidad con la familia de Sylvia. Ethan ha conocido su otro país, a sus primos y también las auténticas nevadas canadienses de metro y medio. Desde que hemos llegado hemos tenido cuatro tormentas de nieve que han dejado un paisaje muy parecido al que contemplaba cada amanecer el estupefacto doctor Zhivago en la estepa siberiana. Si tuviera bigotes se me habrían helado como a Omar Sharif. Sólo se distingue el blanco en el horizonte; no hay gente en la calle, no se ven coches ni perros. Nada más que nieve y nieve. El clima es ideal para quedarse en casa y tragarse tres partidos de hockey sobre hielo diarios. Aquí es el deporte nacional y se vive con la misma pasión con la que nosotros vivimos el fútbol, aunque posiblemente sin la estupidez que rodea a la liga espanyola (este ordenador no tiene la letra enie) y a sus futbolistas.

Dicen de Canada que es un país de perfil bajo. Sus políticos apenas influyen en el mundo pese a su poderío económico y tecnológico. El primer ministro, Stephen Harper, es un tipo gris y austero que bien podría pasar por eficaz vendedor de seguros o agente inmobiliario. Harper representa al biotipo político del país, una especie con escaso protagonismo en la escena pública nacional y prestigio discutido. La política, a diferencia de Espania, se considera en Canadá una servidumbre impuesta que hay que soportar. En nuestro país ya sabemos que forma parte de nuestras pulsiones más primitivas y a veces es nuestra razón de ser, el genoma que nos identifica y nos distingue. Lo cierto es que la política canadiense apenas tiene presencia en la vida diaria y en las conversaciones de bar; el tiempo que dedican las televisiones a sus políticos es residual pero tampoco hay noticias de lo que nosotros denominamos “prensa del corazón”. Este fenómeno puramente espaniol no ha podido ser exportado a algunos rincones del planeta, para suerte de sus ciudadanos.

Admiro el civismo canadiense, una urbanidad luterana que hace todavía posibles detalles ya impensables en la vieja Europa. Después de varios viajes a este país me sigue maravillando la limpieza de las calles, las brigadas de ciudadanos voluntarios que se dedican a cuidar los parques, el autocontrol de los conductores, la bonhomia de los comerciantes, el sentido de servicio de sus funcionarios... tanto orden a veces asusta, lo confieso. Pero reconforta este equilibrio social y la ausencia de viejos litigios en un país en el que nada es viejo. Estos días veo el canal internacional de TVE y surgen como sombras perdidas en mi subconsciente los problemas domésticos de nuestro país. “Cuánto tiempo perdemos los espanioles en discusiones” me suele decir mi suegro, un madrilenio que emigró a Toronto en los anios 60 del pasado siglo. Con él he aprendido que existe un tipo de patriotismo que no tiene carga ideológica ni bandera; es un sentimiento que bebe de la nostalgia y también del orgullo. Un patriotismo sincero forjado en la distancia y fortalecido a base de alegrías y frustraciones a partes iguales. Unas veces duele Espania y otras te hace dar un salto de felicidad. Nunca se sabe. La verdad es que desde aquí parecemos mucho más pequenios e irrelevantes.

Los días pasan entre encuentros familiares, mucha comida, buena cerveza y toneladas de carcajadas. Ethan le ha cogido el gusto al stick de hockey, lo que confirma que sus genes canadienses han comenzado a operar. Queremos llevarle a patinar por primera vez: tenía que ser aquí, desde luego. Espero encontrar tiempo para seguir colgando algún post y también alguna foto propia que os permita comprobar que aquí las nevadas no son ninguna broma. Seguimos en Canadá, en el país de Leonard Cohen, Diana Krall, KD Lang o Bryan Adams. Por cierto, los canadienses siguen sin pedir perdón por haberle sacado a cantar fuera del país.

Memoria

Memoria

Hace pocos días vi unos minutos de un debate televisivo sobre la Memoria Histórica y el papel que había jugado la iglesia durante la Guerra Civil. Ciertamente la ignorancia de algunos periodistas resultó insultante y su capacidad de manipulación perversa. Si hablan con desconocimiento, mal asunto; pero si lo hacen con mala fe su estulticia es de categoría. Una periodista cuyo nombre desconozco se enredó vehementemente en una insólita teoría según la cual la represión que sufrió el clero durante el conflicto bélico fue la mayor jamás practicada contra los cristianos desde la época de los romanos (sic). Continuó afirmando que todos los curas asesinados por las hordas rojas eran personas de bien que merecían ser recordadas como ejemplo de sacrificio y entrega. Para acabar justificando las beatificaciones masivas tan del gusto de los dos últimos Papas y de la Conferencia Episcopal Española, preocupada ella como está por no reabrir viejas heridas.

            No sé si me mosqueó más la maniquea ignorancia de la periodista o la incapacidad del resto de contertulios, que la dejaron irse de rositas entre alegres aplausos del público ante cada bravuconada que soltaba. Nadie fue capaz de enfrentarle argumentos sólidos, rigurosos y objetivos que desmontaran una salmodia en la que se olvidaba convenientemente del papel represor de la iglesia durante la Guerra Civil, de los curas fusilados por pertenecer al bando leal (esos, por lo visto, no fueron ejemplo de sacrificio), o del atroz exterminio al que fue sometido el colectivo de profesores por el bando franquista.

En esa mesa estaba Maria Antonia Iglesias, autora de un estremecedor libro sobre los maestros republicanos que fueron asesinados, represaliados o simplemente depurados. Su indomable histrionismo le impidió centrarse en lo esencial y olvidarse de las refriegas verbales inocuas. Se conoce pero muy pocas veces se dice que durante la Guerra Civil fue el profesorado republicano y no el clero el colectivo que más muertos acumuló. Los profesores representaban para el franquismo la libertad de pensamiento, la luz del conocimiento, el espíritu de independencia que era necesario destruir para construir un país de ciudadanos sumisos y atemorizados.

            Dijo también la citada periodista que “la República quemó conventos”. La acusación actúa como una sinécdoque. Es como decir que a Ignacio Uría le asesinó el miércoles Euskadi, todo Euskadi sin distinción. Probablemente la periodista en su atrabiliaria ensoñación desconocía –quiero pensar- que en España ya se quemaban conventos en 1835 y que sólo en mayo de 1931 (recién estrenada la II República), se produce un foco de violencia contra edificios religiosos en Madrid a cargo de un grupo de descontrolados. Aquellos hechos lamentables se magnificaron hasta convertirlos en artillería contra la “caótica República”, que sigue utilizándose hoy de forma simplista.

            La periodista se cargó de tópicos y argumentos de estudiante de Secundaria para defender el asunto de las beatificaciones. Como en su discurso no cabía la profundidad y la reflexión serena, no fue capaz de ahondar en la razón del odio que se desató contra la iglesia en aquellos calurosos meses de 1936. No explicó que en ese conflicto de clases que fue la Guerra Civil Española la iglesia representaba el poder opresor y dominante junto al ejército y la oligarquía económica. No habló de la miseria del país, de la inmoral vinculación del clero católico con los poderosos, de su implicación activa en el baño de sangre. Como ha explicado en tantas ocasiones el historiador Julián Casanova, “la iglesia ofrece sus servicios y ella es la gran beneficiada con el privilegio que obtiene con la liberación del anticlericarismo y el monopolio de la enseñanza. Durante dos o tres décadas no hay nadie que se mueva frente a los privilegios eclesiásticos. Su actitud no se justifica sólo por la represión que sufrían los curas”. La repentina preocupación de la Conferencia Episcopal por la imposición de la asignatura de Educación para la Ciudadanía contradice la plácida comodidad con la que vivió durante siglos su monopolio educativo. El profesor de la Universidad de Cádiz, Manuel Santos, recuerda que “la iglesia jugó un papel fundamental en la represión y depuración del magisterio. Hay pruebas de la intervención que tuvieron los clérigos, las denuncias concretas que pusieron básicamente contra maestros”.

            En la eterna discusión sobre qué bando cometió las mayores atrocidades en la Guerra Civil, Santiago Carrillo recordaba esta semana en el programa “59 segundos” que “la diferencia entre las víctimas que la República pudo hacer injustamente y las que hizo el franquismo es que las que hizo la República han sido ya resueltas, resueltas porque, en cuanto triunfó el franquismo, se rehabilitó a esas víctimas, se las subió de grado, se las enterró cristianamente, fueron héroes durante 40 años en este país, mientras que las víctimas de la República pues no han sido rehabilitadas”.

            El historiador Ian Gibson escribía el lunes en El Periódico que “es evidente que más de 30 años después de la muerte del dictador, la derecha española es todavía incapaz de asumir la verdadera y horrorífica dimensión de la política de exterminio y de odio hacia el adversario practicada por el franquismo, sobre todo después de la guerra. Prefiere que se olvide antes de conocerse”. Eso es lo que reclamaba la periodista de la tele.

Labordeta

Labordeta

Hace tiempo que tenía ganas de escribir de Labordeta. El homenaje que se le brindó el miércoles en el Principal de Zaragoza es la excusa perfecta. Sin duda. Sería conveniente que dijera de entrada que no me gusta el Labordeta cantante; no tengo ninguno de sus discos y en cierta medida mi conciencia de buen aragonés está tranquila porque comparto el mismo sentimiento que suele airear el propio José Antonio. “Yo no iría nunca a uno de mis conciertos”, dice con esa discreta sonrisa que todavía sostiene el fulgor infantil que nunca acabó de perder. Aunque como escribía en “Tierra sin mar”, “nunca vuelven los infinitos días de la infancia”. Otra cosa son sus letras; a alguien he leído esta semana sostener que “Somos” debería de haber sido el Himno de Aragón. Si los himnos fueran necesarios yo también opinaría lo mismo.

Ocurre que Labordeta casi siempre cantó a la tierra prometida, a los países oprimidos, a los pueblos perdedores y perdidos, a la eterna desilusión… “Somos como esos viejos árboles, batidos por el viento que azota desde el mar”.  A veces se llamaba Aragón pero en la mayoría de los casos podía ser cualquier lugar del mundo. Por eso Labordeta trasciende de lo aragonés y se erige en icono apátrida que pertenece a cualquiera que se identifique con sus anhelos. Él contaba hace poco que en su despacho de profesor de Teruel, en los últimos años del franquismo, no había colgada ninguna bandera. Sus ideales eran los únicos que vestían el habitáculo y estos, si son nobles, tampoco necesitan banderas. “Si acaso Eloy Fernández Clemente” espetaba. El Labordeta libre y librepensador, contradictorio y cenizo, encaja mal en la ortodoxia. Y peor aún en la disciplina política. Muchos le han tachado en estos años de chaquetero, impredecible, confuso, y voluble. No ha habido otro personaje aragonés al que se le haya fiscalizado tanto el pensamiento como a Labordeta. Con el tiempo he llegado a la conclusión que los que nos movíamos y cambiábamos éramos los demás: Labordeta no se apartó ni un milímetro de su lugar natural; siempre estuvo en el mismo espacio de libertad y compromiso, refractario de normas, etiquetas y convenciones. Puede que fuera contradictorio, pero también coherente. Eso es lo que todos envidiamos de él, que siempre ha hecho y ha dicho lo que le ha dado la gana. José Antonio cantante y escritor, poeta y político, profesor y pensador, activista de conciencias y movilizador de frustraciones… el hombre que puso letra a los sueños de libertad y sentó a Aragón en el diván.

“Desde tiempos a esta parte vamos camino de nada” cantaba en los años 70. En el año 2002, en plena mayoría absoluta de Aznar, en aquel tiempo de plomo y violencia verbal, en vísperas de la guerra de Irak, estuvimos con José Antonio en Madrid presentando “Orosia. Mujeres de sol a sol”. Había venido a acompañar a su hija Ángela, que participaba en el libro. Nos juntamos en la cafetería-librería de Soledad Puértolas, “El bandido doblemente armado”, con Rosa Regás y Sagrario Ramírez. Fue una mañana memorable de anécdotas y vivencias, como son todos los momentos que se pasan junto a ese inagotable contador de historias que es Labordeta. En aquellos días de diciembre de 2002 remaba solitario contra el vendaval misántropo que representaba el PP. Creo que todavía no los había mandado a la mierda pero estaba a punto de realizar una de las intervenciones más hermosas que se recuerda en el Congreso de los Diputados. La volvieron a leer Ana Belén y Victor Manuel el pasado miércoles en el Principal para constatar la contundente belleza de unas palabras que nunca entendieron aquellos políticos tecnócratas y belicistas que sólo supieron aplaudir el discurso del odio de su jefe. Labordeta habló de paz y de humanidad, de injusticias y de vergüenzas. Y recurrió a su hermano Miguel para rescatar un poema que todavía golpea en algunas conciencias.

  

Mataos,

Pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna.

Invadid con vuestro traqueteo los talleres, los navíos, las universidades,

las oficinas espectrales donde tanta gente languidece.

Triturad toda rosa, hollad al noble pensativo.

Preparad las bombas de fósforo y las nupcias del agua con la muerte…

Inundad los periódicos, las radios, los cines, las tribunas,

pero dejad tranquilo al obrero que fumando un pitillo

ríe con los amigos en aquel bar de la esquina.

Asesinaos si así lo deseáis,

Exterminaos vosotros: los teorizantes de ambas cercas

Que jamás asiréis un fusil de bravura.

Asesinaos pero vosotros los inquisitoriales azuzadores de la matanza

 

Mariancho escribía ayer que éste es su Labordeta más admirado. También el mío. Aunque son impagables sus historias, su humor somarda tan aragonés, la sequedad de sus palabras cuando sabe que no es necesario decir más. Es ese José Antonio que está de vuelta de todo, que mira con ironía los vaivenes nacionalistas de su partido y se arma de recuerdos y anécdotas para retratar a los aragoneses. Su favorita, la que ha contado cientos de veces, es aquella de Luis Buñuel, que al regresar a Zaragoza tras ganar en Cannes la Palma de Oro con “Viridiana”, se encontró a un conocido en el Paseo Independencia que le paró y le soltó: “don Luis, muy flojica la última película”.

 

La foto es de José Antonio Melendo

Juan Goytisolo

Juan Goytisolo

Goytisolo ha recibido el Premio Nacional de las Letras. A muchos no les va a hacer nada de gracia el galardón pero yo creo que lo merece, aunque como he comentado en alguna otra ocasión, no otorgo especial relevancia a los premios ni creo que nadie sea mejor por recibirlos. Precisamente Goytisolo decía hace poco algo así como que los premios los hacen grandes los que los reciben, no los que los dan. "Son los autores los que honran o deshonran los premios". Yo creo firmemente en ello. Goytisolo escribía el domingo en El Pais un excelente artículo en relación a la iglesia  y su estulticia; la inmoralidad de sus posiciones ante la Ley de la Memoria Historica y su empeño en pretender que los oprimidos asuman la conveniencia del olvido sin considerar la necesidad del perdón. Nuevamente ayer Rouco volvió a hablar de perdón y olvido apelando al "espíritu de la Transición", ese que se reclama ya tan sólo cuando los eternos vencedores ven amenazado el privilegio de su memoria intacta. Mientras, la iglesia sigue beatificando a sus muertos y recordándoles en fastuosas ceremonias religiosas. Los asesinados del otro bando y sus familias sólo tienen derecho a olvidar a golpe de crucifijo.

Las cosas están claras: mientras las víctimas de la behetría reinante en el campo republicano durante los primeros meses de la Guerra Civil reciben el tratamiento de mártires -977 de ellos disfrutan ya de la gloria eterna de los beatos y está en marcha la ascensión a las alturas de 500 más-, los exterminados metódicamente por el entonces llamado Movimiento Salvador -los ciento catorce mil y pico de desaparecidos, ejecutados por la Falange y los militares alzados contra la legalidad constitucional desde el 17 de julio de 1936 hasta un cuarto de siglo después-, deben seguir pudriéndose en las fosas comunes esparcidas por toda la Península, según el portavoz de los obispos, so pena de "reabrir heridas", "sembrar cizaña entre nuestros compatriotas" y "perturbar la paz social".

Las palabras del cardenal Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, ante la asamblea sinodal celebrada en Roma el pasado mes de octubre, en las que arremetía contra la cultura moderna y su concepción inmanentista del hombre, sin referencia explícita ni implícita a Dios Creador y Redentor de la humanidad, a Dios "que es amor", llenan de estupor a cualquier conocedor del poco ameno historial de la Iglesia católica: tras un periodo de relativa tolerancia -el de los concilios de Basilea y de Constanza-, se convirtió a partir de Trento en una máquina implacable de persecución. Sin necesidad de remontarse a la Contrarreforma y a la muy poco santa Inquisición, su intervención en el siglo XIX a favor del absolutismo fernandino y de los facciosos carlistas para quienes el liberalismo era pecado mortal, y en el siglo XX, de la Cruzada de Franco y de la despiadada dictadura que le sucedió, desmienten su pretensión de que el dios que invocan sea el "Dios del amor".

La Iglesia que se dice agredida por el divorcio (con las sonadas excepciones que todos sabemos), el uso de los preservativos, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la muerte asistida y un largo etcétera, se aferra con garras y dientes a un Concordato abusivo como el de 1979 y, con un ojo en el cielo y otro en las arcas, lucha por una financiación estatal claramente discriminatoria de las demás creencias implantadas en España. Si acepta de mala gana una tolerancia contraria a sus principios y prácticas viejas de siglos, diaboliza el laicismo que deja a Dios en las conciencias y al ciudadano en las aulas. Su oposición tenaz a la asignatura Educación para la Ciudadanía es otra expresión patente de su doble rasero moral. La experiencia nos enseña que ninguna concesión financiera podrá descabalgarla de su oposición a un laicismo republicano como el que Combes estableció en Francia en 1905, ya que sus dogmas e intereses políticos se oponen a ello. Hablar de laicismo positivo como Sarkozy es pu-ro dislate. Las cenizas de quienes fijaron la separación entre Iglesia y Estado deben de removerse en sus tumbas.

En una obra de publicación reciente, Les Nouveaux Soldats du Pape, sus autoras, Caroline Fourest y Fiametta Venner, consideran el apoyo resuelto de Benedicto XVI a las corrientes más conservadoras e intransigentes de la Iglesia como una respuesta del actual pontífice a los desafíos simultáneos del laicismo, el protestantismo y el Islam. La caída alarmante del número de vocaciones religiosas católicas en la Europa de nuestros días (a causa, según Rouco, "del nihilismo existencial y de la dictadura del relativismo ético"), el trasvase de comunidades enteras a las iglesias evangélicas en Iberoamérica y el agravio comparativo con la buena salud y celo proselitista de su rival histórico desde tiempos de las Cruzadas, conducen a Ratzinger a reafirmar el cambio de orientación madurado ya en el pontificado de su predecesor: el retorno a las esencias y principios diluidos en una modernidad "sin rumbo" por el aggiornamento de Juan XXIII y el Segundo Concilio Vaticano. Tras el aperturismo al mundo de hoy -el catolicismo de rostro humano- Wojtyla dio marcha atrás. Su patrocinio de nuevas formas de apostolado seglar como las del Opus Dei y los Legionarios de Cristo Rey -a los que habría que añadir la del Camino Neocatecumenal de Kiko Argüelles-, fue el indicativo del cambio que Benedicto XVI impulsa con fervor. Puesto que los seminarios, conventos y parroquias se vacían, la transmisión del mensaje de la Iglesia a las sociedades hedonistas y crecientemente laicas -esto es, la misión de liderar la vuelta a los valores y ritos anteriores al aggiornamento- recae en aquellos movimientos, a la vez tradicionalistas y expertos en una mercadotecnia al servicio de la salvación de las almas. Disciplina, militancia, buenas conexiones con el capital y afán de pastorear el rebaño de fieles sin brújula se conjugan en la visión de Ratzinger con la reivindicación de unas ceremonias y prácticas arrinconadas desde el Segundo Concilio y, en especial, del latín.

Los jerarcas y sacerdotes nostálgicos de los buenos tiempos de la cruz y la espada pueden expresarse de nuevo en un idioma que la inmensa mayoría de fieles no entiende y rodearse de una solemnidad que exhibe sin recato su poder temporal y de una ostentación de riqueza más próximas a las del César que a la figura de Jesús. Todo ello sin desdeñar nuevas vías de conectar con las masas -particularmente con niños y jóvenes- a través de festivales de música, himnos coreados al unísono, apariciones carismáticas en lugares de culto mariano y otras concesiones al universo mediático de la época. Ratzinger, como Wojtyla, lo han comprendido bien: el titular de la Silla de Pedro ha de ser un gran comunicador.

Resulta comprensible que los miembros de Redes Cristianas, los seguidores de la Teología de la Liberación y otros movimientos dignos surgidos al calor de la encíclica Pacem in terris se sientan frustrados por la actual deriva tradicionalista y el entierro del legado de Juan XIII. La acumulación de disparates contrarios al saber demostrable y a la ética social (condena inapelable de la interrupción del embarazo, presunto diseño inteligente del universo, reprobación de la investigación científica de células madre, la abstinencia sexual como remedio a los estragos del sida, etcétera) muestran a las claras la brecha abierta entre la Iglesia católica y la sociedad del segundo milenio. Pero, a fin de cuentas, los laicos de mi especie no deberíamos indignarnos demasiado. Hace bastantes años, el aggiornamento inspiró a un descreído el texto homónimo que reproduzco a continuación:

"Dos teorías antagónicas abordan la solución del problema: una sostiene el argumento consabido de que su escenografía y vestuario es puro anacronismo, motivo de justa irritación, piedra de escándalo. Que al fin y al cabo son como los demás y como tales debieran ir vestidos. Otra pretende todo lo contrario y refleja la opinión de los poetas. Acentuar, al revés, las diferencias y ayudar así a que el vulgo los distinga: preservar las ceremonias y la pompa, las carrozas doradas y los palios, el trono de marfil y los flabelos. Exigir de ellos ritos y disfraces y hacerlos, en general, más vulnerables al dedo indicador y la sonrisa".

 

(El laico feroz autor de estas líneas, a las que añadió algunas más en una de sus novelas, no es otro que el firmante de este artículo de Opinión).

Fermín Arrudi

Fermín Arrudi

Fermín Arrudi, el gigante de Sallent, es uno de los personajes más célebres de la historia popular del Pirineo aragonés. Su desmesurada altura, 2,29 metros, marcó por completo su vida y le arrastró al territorio de la leyenda, donde se convirtió en una figura casi mítica con un potencial literario tan poderoso como su estatura. Autores como el inolvidable Rafael Andolz o Antón Castro habían indagado en su vida, pero ahora el jacetano David Dumall explora el registro novelesco de Arrudi con una novela –la primera que publica-, en la que repasa los episodios más relevantes de su intensa peripecia vital. La vida del gigante sirve a David Dumall para dibujar un aguafuerte de la sociedad pirenaica de finales del siglo XIX, inmersa en pleno desconcierto ante los avances tecnológicos y el desmoronamiento de la sociedad tradicional. La propia figura de Arrudi bien podría ser la metáfora de ese tiempo de incertidumbre.

“Era una figura titánica, colosal, legendaria, como si fuese arrancada de la mitología griega, salida del monte Yda, lanzada en medio de la sociedad actual pero exornada de carne y hueso y vida regularizada". La prensa de principios de siglo, tan amante de la épica, la perífrasis y la metáfora, describía con este derroche de imaginación a Fermín Arrudi, el gigante aragonés. Nacido en Sallent de Gállego en 1870, su monumental estela es hoy uno de los iconos más popularizados del Pirineo. Pero Fermín no era sólo un cuerpo interminable, impropio de su época y su entorno. Detrás de su inmensidad cegadora habitaba un ser inquieto y sensible, preocupado por conservar y difundir las raíces culturales de su tierra, obsesionado por ser algo más que una mera atracción de feria. Y no hay duda de que lo fue.

Pese a que amasó una respetable fortuna mostrando su anatomía por medio mundo, Paris, Nueva York, Viena... Fermín siempre rehuyó de esta servidumbre que le obligaba a interpretar el personaje extraordinario que detestaba. Cuentan que en aquellas interminables giras su rostro se teñía de tristeza y pudor, acomplejado por las sonrisas, la soledad y la enorme admiración que provocaban sus más de dos metros de altura. Esa introversión se volvía en exultante vitalidad cuando regresaba a Sallent, cuando volvía a su casa y se encontraba con sus paisanos. De cada viaje traía regalos para todo el pueblo, un extenso anecdotario cargado de extraordinarias vivencias y, sobre todo, más ganas de no salir nunca más del valle.

En los montes de Tena Fermín pasaba largas jornadas practicando la caza (osos, sarrios...), en los campos de la familia. Su formidable anatomía era más valiosa que cualquier máquina y en los ratos de ocio sacaba su diminuto guitarrico y entonaba jotas que hablaban de amor y la tierra chica. París fue el escenario idílico donde conoció a Louis Carle Dupuis, la que sería poco después su mujer. Con ella vivió los años más felices, aquellos en los que la prosperidad económica le permitió construir su propia casa en Sallent, comprar un pequeño ganado y prolongar sus estancias cada vez más. Cuba, Nueva York, el mayor éxito de su vida, y otra vez el Pirineo. Esta vez para siempre.

Seis hombres portan a duras penas su féretro por las estrechas calles que conducen a la iglesia. Tenía 43 años y la huella que dejó en Sallent fue tan grande como su cuerpo. El párroco del pueblo, Mosen Miguel, se olvidó de la fría burocracia para escribir en el Libro de Difuntos su partida de defunción: “...Fermín Arrudi Urieta, era conocido con el nombre de “Gigante Aragonés” por su extraordinaria estatura: dos metros veintinueve centímetros, y por el anillo de su dedo pasaba holgadamente una moneda de diez céntimos. Su calzado medía cuarenta centímetros de largo por dieciocho de ancho; levantaba pesos que cuatro hombres robustos no podían mover...”