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Juan Gavasa

Pirineos Sur, 18 años

Pirineos Sur, 18 años

Pirineos Sur llega este año a su edición número 18 y para celebrar esta mayoría de edad el Festival Internacional de las Culturas va a recorrer las músicas negras del Atlántico, del 9 al 26 de julio, en Lanuza y Sallent de Gállego. África, América y Europa van a ser las principales protagonistas del Festival que llega a sus 18 años estrenando un nuevo emplazamiento en Lanuza, que supondrá una mejora de los servicios y triplicará el espacio actual.

 

Así, este año Pirineos Sur viaja por las dos orillas del Atlántico mostrando las creaciones africanas, americanas y europeas, pero de una manera ordenada. Cada noche tendrá un concepto en sí mismo que intentará explicar parte del término “Atlántico negro”, viajando a través de la rumba, el hip-hop o el soul. De esta manera, Pirineos Sur se adentrará en las lusofonías, en las leyendas de USA, en las cosmopolitas o en “Los otros USA”.

 

Pero como complemento, el Festival Internacional de las Culturas ofrecerá otros conciertos que intentarán explicar las conexiones entre las dos orillas del Atlántico, y teniendo en cuenta, como destacaba el director de Pirineos Sur, “que no siempre la música de origen negro ha de estar interpretada por negros”.

 

El XVIII Pirineos Sur ofrece en total este próximo mes de julio 18 noches temáticas, 9 en Lanuza y otras tantas en Sallent de Gállego, en los que se aglutinarán artistas consagrados, como Pablo Milanés, Omara Portoundo, Maceo Parker, Willie Colom, The Wailers, Marianne Fathfull, Mariza, Taj Mahal, con nuevos valores, como Otros aires, Mestizo All Star o Hip Hop Roots.

 

El Festival se abrirá el 9 de julio con una “Fiesta”, en la que participarán 17 Hippies y Shantel & Bucovina Club Orkestar, y que tendrá un precio especial, de 10 euros por entrada. Asimismo, la clausura de Pirineos Sur tendrá un sabor especial ya que regresan a este escenario Ojos de Brujo, formación que, como ha recordado Luis Calvo, “hizo su primera actuación fuera de Cataluña en este Festival”.

 

Este Pirineos Sur tampoco olvida el programa de cooperación cultural que inició el año pasado, en esa ocasión con Senegal, y este año lo retoma pero mirando hacia Marruecos, con el Boulevard Festival de Casablanca. En este marco habrá dos actuaciones coproducidas por Pirineos Sur y el festival marroquí; “Romper el muro/Passer le mur”, con la participación en Lanuza de Biella Nuei y Los Hijos del Muro, y Habibi/Amado. En el proyecto participa también en la dirección Producciones Viridiana para el escenario de Sallent de Gállego. La cooperación con Senegal, sin embargo, se mantiene con una actuación coproducida por Pirineos Sur y el Festival Banlieue Rythme de Dakar, Good Root Vibrations.

14 de abril

14 de abril

Hace 78 años el rey Alfonso XIII buscaba una salida airosa que mitigara la frustración de las elecciones municipales del 12 de abril. El pueblo se había expresado de manera contundente e inequívoca; en las principales ciudades españolas el voto republicano era mayoritario. El monarca buscó angustiado pactos insólitos que le mantuvieran en el trono, ajeno a una realidad que sonaba cada hora más atronadora en la Puerta del Sol de Madrid. “El ejército del sol, de la alegría”, que escribió Miguel Hernández. El conde Romanones –verdadero poder fáctico de la época-, intentó persuadirle de cualquier maniobra que deslegitimara lo que el pueblo ya había dictado. Sanjurjo puso a la Guardia Civil a las órdenes de la inminente nueva República, argumento demoledor que Alcalá Zamora utilizó en la desesperada reunión convocada por el propio Romanones al mediodía del 14 de abril para sondear al “enemigo”. No había nada que hacer. La II República se asomaba en la primavera del 31 con el vigor de las masas y el entusiasmo de la virginal esperanza tricolor. En la noche de ese 14 de abril el monarca cruzaba la frontera por San Sebastián camino del exilio romano: “las elecciones celebradas el domingo revelan claramente que no tengo el amor de mi pueblo…” reconoció en su escrito de despedida a la nación. Tarde comprendió el Borbón que sus súbditos querían ser tan solo ciudadanos.

            Cada 14 de abril me pregunto lo mismo: cómo actuarían los políticos de hoy en aquellas circunstancias. Quién se declararía republicano y quién confesaría simpatías monárquicas. Quién se subiría al carro de la revolución pacífica y quien conjuraría para defender el orden establecido. Quién actuaría con oportunismo y quién con mansedumbre. Quién sería quintacolumnista y quién simplemente demócrata. Mis disquisiciones se extienden, claro está, a parte de la fauna con la que a uno le toca convivir habitualmente. La pretensión final sería la de intentar buscar analogías entre la España del 31 y la de hoy como parte de un improbable experimento sociológico. Empeñados unos y otros en buscar similitudes entre la actual crispación política y la que derivó en la guerra civil, lo fácil sería aplicar de forma maniquea los mismos patrones de conducta y establecer líneas de sucesión entre los discursos y posiciones políticas de entonces y los de ahora. Pero creo que el citado experimento siempre se quedaría inconcluso y, por lo tanto, irritantemente inservible.

            Sin embargo, sí que resulta tangible el sopor de la irredenta España; la misma de entonces y la misma de ahora. La que se recluyó temerosa con el advenimiento de la República y la que ahora proclama la moral única entre cirios y saetas. Es la España púrpura y eterna que se resiste a retroceder, que niega el progreso y los derechos del individuo porque en la conquista de su libertad está también su fracaso. Es la España de santos y crucifijos, que ocupa la calle como una demostración de fuerza más que como un acto de fe. La que inunda las calles y arrolla provocadora a los iconoclastas, la que manipula la moral para arrogarse poder. Es la España de los siglos de plomo y sotana, sumida en la oscuridad de las mazmorras, aislada de la luz ilustrada y racional. Estos días esta España de fervor ultramontano me recuerda a otro país que detesto y me da miedo. Un país que regresa porque en realidad nunca se ha ido.

            Mañana martes muchos de los que han participado en esta demostración anual de músculo católico doblarán sus túnicas y guardarán sus capirotes, y acudirán a una cena republicana. Gritarán que muera el Borbón y también los curas y frailes. Cantarán el Himno de Riego y volverán a casa con su cuota de impostado republicanismo consumida hasta el año que viene. Ninguno reparará en la incoherencia de sus actos. Reivindicar lo improbable se ha convertido para ellos en un plácido ejercicio exento de riesgos morales. Nadie dijo que en la República no caben los católicos -Alcalá Zamora era un católico de misa diaria-; precisamente la grandeza de los valores republicanos reside en el respeto absoluto a las creencias y a la ideología del individuo.

El Artículo 25 del Título III de la Constitución de 1931 establece: “No podrán ser fundamento de privilegio jurídico: la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la ideas políticas ni las creencias religiosas”. Es decir, la sublimación de la igualdad del ser humano. Desde mi agnosticismo irreversible respeto la fe del creyente e incluso admiro su devoción, pero no logro entender a quienes ponen una vela a Dios y otra al diablo. Pienso, como escribía Buñuel en “Mi último suspiro”, que “Dios no se ocupa de nosotros. Si existe es como si no existiese”. Hay aspectos que defiende con vehemencia esta iglesia católica española que son manifiestamente incompatibles con el ideario republicano, en tanto que valores democráticos. Decía Bertrand Russell que “la mayoría de la gente cree en Dios porque le han enseñado a creer desde su infancia”. Así es como se llega a la confusión entre fe y tradición, y se esgrime ésta última de forma demagógica cuando no farisea. Por eso me cuesta observar sin sospecha a quienes se declaran republicanos y después se escudan frívolamente en la tradición para empujar un paso o portar a la Santa en romería. No es esto, no es esto; que diría Ortega y Gasset.

Tony & Viny

Tony & Viny

Os conté estas navidades que aprovechando nuestro viaje a Canadá iba a reunir a Tony Tejerina y Vincent Friyia, dos de los jugadores canadienses que integraban la plantilla del Club Hielo Jaca que ganó la primera liga de su historia hace ahora 25 años. El encuentro (reencuentro para ellos, porque no se veían desde hace 22 años), fue realmente emocionante y emotivo. De esa reunión ha salido este artículo que hoy cuelgo en el blog y que ha aparecido publicado en la revista "Jacetania". Seguramente a la gran mayoría os importará poco este acceso nostálgico pero a los que hemos crecido jugando a hockey  sobre hielo aquella primera liga del Jaca fue un acontecimiento inolvidable. Yo era un niño pero la recuerdo en toda su intensidad. Ellos, también.

Nieva en Toronto en el invierno más gélido que se recuerda en Canadá desde hace décadas. JACETANIA ha viajado hasta la capital de Ontario para reunir después de 22 años a Vincent Friyia y Tony Tejerina, dos de los jugadores que integraban la plantilla del Club Hielo Jaca que ganó la primera liga de su historia un 7 de abril de 1984. Se cumplen, por lo tanto, 25 años de aquel éxito deportivo que, en realidad, tuvo todos los elementos de un acontecimiento social para la ciudad. El inolvidable alero de los Pinguin Pitsburgh, Mario Lemieux, solía decir que “cada día era un gran día para el hockey”. Hoy lo es, sin duda.

Desde su fundación en 1972 el Club Hielo Jaca no había pasado de ser una mera comparsa con aspiraciones ante el poderío de otros clubes como el Txuri Urdiñ, el Casco Viejo de Bilbao o el F.C. Barcelona. Jaca era el simpático equipo de pueblo que se peleaba en una lucha desigual con los clubes de las grandes ciudades españolas. Fueron necesarios más de diez años para que el hockey jaqués rompiera sus barreras y se reivindicara como el principal semillero de jugadores del país. En esa temporada 83-84 se culminó la gran obra con un triunfo agónico que instaló al Jaca en la historia del hockey sobre hielo español.  Se había ganado la primera liga. En Jaca fue la locura.

Desde entonces casi todo ha cambiado. El club ha ganado otras muchas ligas y la victoria pertenece al genoma de la entidad. No se entiende de otro modo la existencia del equipo. Sin embargo hubo un tiempo en que el triunfo era un anhelo lejano que creaba tantas frustraciones como pasiones. Jaca vivía el hockey como un hecho social que le permitía proyectarse en el exterior y disputar un juego de iguales que, en realidad, era ficticio. Pero la gente soñaba con que era verdad. Y en esa temporada 83-84 el sueño se hizo realidad. Viny era el entrenador de aquel equipo y Tony el portero titular. Ambos fueron piezas fundamentales de un equipo inolvidable formado por veteranos jugadores y jóvenes canteranos que irrumpieron ese año en la primera plantilla de forma irreverente.

Hemos fijado el encuentro en el “Hockey Hall of Fame” de Toronto, el museo de hockey sobre hielo más importante del mundo. Se respira hockey por todos los lados, es el lugar perfecto. Allí está escrita la historia de este deporte a través de sus principales leyendas: Wayne Gretzky, el “great one”; Boby Orr, el revolucionario de Boston; Phil Esposito, la máquina; Bobby Hull, el avión de oro; o Maurice Richard, aquel francés de Montreal que ganó más Stanley Cup que nadie, 8 en total.

Tony nos guía por el museo. Conoce la historia de todos los grandes de la NHL, se sabe todas las anécdotas, los triunfos y también los dramas. “Gretzky ha sido el mejor” asegura sin rodeos. “Tendrías que ver los vídeos de Boby Orr, ese sí que era bueno”, le responde Viny. Los dos se pierden entre los pasillos del museo hablando de Jaca. Después de más de dos décadas sin verse la conversación fluye en torrentes desbocados que saltan de un lugar a otro sin orden ni concierto. Hay muchas cosas que contarse y muchos recuerdos. Viny, que viaja a Jaca con cierta frecuencia,  pone a Tony al día de los viejos amigos a los que no ve desde que se marchó de España hace 23 años. A los dos el hockey les ha dado un vínculo irrompible con Jaca: Viny se casó con una jaquesa y la hermana de Tony vive en Jaca desde hace cuatro años. Piruetas del destino.

El encuentro continúa en otro templo del hockey: el popular restaurante que Wayne Gretzky abrió en el centro de Toronto junto al Air Canada Center, el estadio donde juega el Toronto Maple Leafs. Tony es un verdadero apasionado del célebre equipo blanquiazul. Ha convertido el sótano de su casa en un particular museo dedicado al centenario equipo. También guarda todos los trofeos conquistados en España, las camisetas con las que jugó en la selección española, las fotos de sus compañeros de Jaca y Bilbao… Rodeados de recuerdos imperecederos Tony y Viny alimentan su memoria, la de unos años que califican con cierta melancolía como “los mejores de nuestras vidas”.

 

¿Veintidós años sin veros?

Vincent Friyia. Creo que la última vez fue en 1987 aquí en Toronto, poco después de acabar en Jaca. ¿verdad Tony? El tiempo pasa muy rápido.

Tony Tejerina. Creo que sí. Seguro que hubo muchas oportunidades de vernos pero la vida te introduce en una dinámica y de repente te das cuenta de que llevas más de 20 años sin ver a alguien que vive a una hora de tu casa.

V.F. Ya ves, y tienen que venir de Jaca para que nos volvamos a ver...

 

¿Erais conscientes de que en abril se cumplía el 25 aniversario de la primera Liga que ganó el CH Jaca?

V.F. La verdad es que no. El día que me llamaste para decírmelo pensé: “qué viejos nos estamos haciendo”.

T.T. No, había caído en la cuenta, pese a que para todos los que estuvimos en aquel equipo fue seguramente nuestro mayor éxito deportivo.

 

Los dos habéis coincidido en que nadie daba un duro por vosotros aquella temporada 83-84.

V.F. La temporada anterior, mi primera en Jaca con Jamie McDonald, nos faltó un portero para poder ganar la Liga. Cuando llegó Tony pensé que lo teníamos todo para vencer. Pocos días después McDonald me dijo que se iba a Puigcerdá. Nos dejó realmente colgados pero vino Graham Longley y la ausencia de Jamie se olvidó rápidamente.

T.T. Es que yo no iba a volver a España, tenía pensado quedarme definitivamente en Canadá. Después de Bilbao estaba convencido de que me volvía a Toronto. Yo me sentía de Bilbao y no concebía ir a otro sitio. Ese verano McDonald me llamó cada semana para convencerme de que viniera a Jaca y finalmente lo consiguió porque me aseguraba que iba a ver un gran equipo. Una semana después me llamó Viny para decirme que McDonald se había ido a Puigcerdá. Me dejó descolocado después de tanta insistencia. Desde ese momento, mi gran objetivo fue ganar a Puigcerdá sólo por este suceso.

V.F. Ese año no llegamos a Jaca hasta una semana antes de comenzar la Liga. Graham vino tres días antes. Jamie me llamó un día a preguntarme cómo estábamos y le dije la verdad; que íbamos a empezar la Liga sin haber entrenado apenas.

 

Desde luego aquel no era un buen presagio para afrontar la temporada con garantías.

V.F. No porque el Puigcerdá tenía un verdadero equipazo, fundamentalmente en su primera línea. Brugman, Frank González, McDonald, Serrano, Santana… un gran equipo

T.T. Estaba claro que para ganar aquella liga lo único que teníamos que hacer era vencer en nuestros enfrentamientos con el Puigcerdá porque el resto de equipos eran de un nivel inferior. De Bilbao nos habíamos ido un montón de jugadores y sólo conservaban a Les Grahuer, un pedazo de jugador, por cierto.

V.F. Tenían también a Toni Enrique, pero es verdad que en general aquella liga era muy descafeinada, sólo estábamos cuatro equipos y dos de ellos no tenían opciones. Todo se convirtió en un duelo entre Jaca y Puigcerdá.

T.T. Fíjate que aquella temporada sólo perdimos los dos últimos partidos. El famoso de las latas contra el Vizcaya en Jaca (5-6), y el último contra el Puigcerdá en su pista. Ellos nos tenían que ganar por más de cuatro goles para quedar campeones y sólo nos ganaron 6-4.

 

¿Esas dos derrotas al final de la liga fueron fruto del vértigo ante la posibilidad de ganar la primera liga de la historia?

V.F. Realmente no éramos conscientes de que era tan importante ganar para la gente de Jaca ¡En serio! En ese famoso partido ante el Vizcaya nos empezaron marcando y nos descentramos por completo. Ese fue el problema. Luego vendría el lío final con la gente tirando latas al hielo...

T.T. El problema de aquel partido fue que estábamos celebrando el triunfo antes de jugar. Ellos no tenían nada que perder. En todos los bares estaba preparado el champan y tuvimos que ir a Puigcerdá a jugárnoslo todo en el último partido de la temporada. Una de las cosas que más me duele de mi estancia en Jaca es que aquella Liga no la pudimos celebrar con los jacetanos.

V.F. Es verdad, aquella noche fue terrible.

 

¿Y llegó el partido definitivo de Puigcerdá…?

T.T. Fuimos a Puigcerdá el día anterior al partido. La tarde del encuentro a la hora de la siesta un grupo se instaló con bombos y bocinas en la puerta del hotel y se pegó varias horas gritando: “Tejerina macaco, te vamos a meter en un saco”. Nada más empezar el partido ese grupo comenzó a gritar nuevamente lo mismo. La tensión era tremenda y yo me puse como un flan. Recuerdo que fue Piti (Pascual Puyuelo), el que logró calmarme.

V.F. Yo ya había jugado una final con una presión similar cuando jugaba en la Universidad de Thunder Bay. Perdimos 9-7 con el Regina. Ese ambiente de Puigcerdá me recordaba mucho al que yo pude vivir en Canadá.

 

¿Qué cambió en esa temporada para que el Jaca fuera el mejor?

V.F. Nuestro equipo fue una verdadera sorpresa porque no nos conocía nadie. Jóvenes jugadores como Luz, Barón o Jarne explotaron aquel año después de triunfar en juveniles. Graham era un desconocido y yo creo que en mi primer año en Jaca pasé desapercibido porque la gente se fijaba fundamentalmente en McDonald. Ese año jugamos con tres líneas, algo impensable hasta entonces.

T.T. Cuando juegas con 3 líneas acabas dando resultados positivos. Puigcerdá sólo tenía una muy buena primera línea pero detrás no tenía nada más.

V.F. El nuestro era un equipo con mucho corazón. No había mal ambiente, no había malos rollos ni ambiciones personales. Quizá la gente era algo más inocente y lo único que les importaba era jugar. Yo creo que si muchos no hubieran tenido que ir a la mili o a estudiar fuera el Club Hielo Jaca habría ganado más ligas. ¡Si Carlos Luz venía sólo a jugar los partidos porque estaba haciendo la mili fuera!

T.T. Éramos enormemente disciplinados. Había un equipo muy completo, apenas había agujeros. Y lo más importante es que apenas había diferencias entre las líneas.

V.F. Es verdad… teníamos a Carlos Luz, Graham o Barón en la defensa. Probablemente era la defensa más ofensiva del campeonato.

T.T. Quitando a Tito Marcelino, no había muchos defensas de la calidad ofensiva de los de Jaca. Luego estaban Santi Tello o Nacho Noguerol, que con sólo 16 años ya empezaba a jugar con el equipo sénior.

V.F. Luego había gente como Rivero y Aspiroz, más mayores que el resto y quizá más maduros, pero su único interés y ambición era jugar. Sólo querían jugar porque realmente amaban el deporte.

T.T. Había una mezcla perfecta de juventud y deporte.

V.F. Y esos jóvenes que acababan de llegar al primer equipo eran también los mejores cuando jugaban al fútbol o al baloncesto. Eran verdaderos talentos para el deporte.

 

¿Cómo fue vuestra vida en Jaca?

V.F. Sólo tengo buenos recuerdos. La gente siempre me ha tratado muy bien. Aún ahora cuando regreso me sigo sintiendo como en mi casa.

T.T. Viniendo de Bilbao, donde no te conocía nadie, ir a Jaca y que te parara la gente por la calle e incluso te invitara a comer a su casa fue para mí algo increíble. Yo tengo en Jaca recuerdos imborrables. Yo salí en el desfile del Primer Viernes de Mayo en la escuadra de Artesanos, participé en las fiestas de Jaca… me sentía como un jacetano porque los de Jaca me trataban como uno de ellos. En el hockey nada había como jugar en Jaca, no había otro ambiente igual, no querías jugar en otra pista, sólo Puigcerdá era comparable. Los tambores, las bocinas, las banderas, la gente entusiasmada… esos recuerdos de Jaca son imborrables.

V.F. Llegaba un punto en el que la gente sólo hablaba contigo para decirte que había que ganar la Liga. No hablaban contigo de otra cosa, solo de hockey.

 

Hay muchas generaciones de jacetanos que tienen mitificado ese periodo de la historia del Club Hielo Jaca. Todo el mundo recuerda a Graham Longley, el partido de la Copa de Europa con el Steaua de Bucarest, los duelos con el Puigcerdá…

V.F. Graham era especial. Recuerdo que un directivo le recriminó que se tiraba muchas veces al suelo para parar pastillas, y que no le pagaban por eso.

T.T. ¡Pero si paraba más pastillas que yo!

V.F. ¡Es verdad! (risas). Él jugaba conmigo en la Universidad de Thunder Bay y cuando llegó a Jaca comenzó a intimidar a todos desde el primer partido. Sus slaps desde la línea azul y sus cargas las recuerda todo el mundo.

T.T. Ahora que comentas lo del Steaua, me acuerdo del impacto que tuvimos todos cuando los vimos entrenar el primer día. Alguno del equipo decía “cómo vamos a perder con ellos si tienen los pantalones rotos y los sticks son viejos”. En el primer tiempo ganábamos 1-0 y en el descanso la gente estaba convencida en el vestuario de que les podíamos ganar. Nosotros sólo habíamos tirado una vez a puerta con la suerte de que fue gol de Capi. El partido acabó con 1-16. Eran buenísimos...

 

¿Y cómo eran las relaciones con la Junta Directiva en un tiempo en el que el Club era del propio Ayuntamiento y el presidente siempre era un concejal?

T.T. Yo no tenía ningún problema. Viny debía de tener más porque era entrenador y respondía de todos ante la Junta. Pero nos sentíamos muy  arropados. Me acuerdo de Jarne, Fifo (Luis Prado), Luis de la Gala… es que yo no tuve ningún problema con nadie en Jaca

V.F. Cuando la cosa iba bien no había problemas pero cuando perdíamos no había los conflictos que veo que hay ahora porque la gente se quejaba menos, sabía que el ayuntamiento tenía el poder y que ellos decidían. No había dudas sobre quién mandaba. Ahora tengo la impresión de que eso no ocurre.

 

¿En algún momento surgió algún conflicto por el hecho de que vosotros fuerais los únicos profesionales del equipo?

V.F. Nunca hubo ningún problema.

T.T. Siempre se hablaba de eso pero no en el sentido de que nosotros no debíamos de cobrar. La gente entendía que nosotros veníamos de fuera y además ayudábamos a entrenar a los niños.

V.F. España es el único país donde no se ha llegado a un nivel de hockey suficiente que permitiera que todos los jugadores pudieran cobrar.

T.T. Pero en aquellos años en Jaca teníamos primas, estábamos asegurados, teníamos premios por objetivos… teniendo en cuenta que la mayoría era amateur ese dinero era una cantidad considerable.

V.F. Eso es verdad, pero en lo que respecta a las estructuras deportivas, había un punto en el que la gente española creía que era capaz de hacer las cosas como los rusos o los canadienses, y eso no era posible. Luego no había ni dinero ni dirección.

T.T. Pero había algo importante y era que la ciudad de Jaca quería ganar. Los niños tenían todo gratis. En Bilbao sólo jugaban los hijos de los que tenían dinero…

 

En 1986 la FEDI tomó una decisión desastrosa; la suspensión de la categoría sénior y el final de toda una generación. ¿Cómo vivisteis ese adiós prematura a vuestras carreras?

V.F. El presidente, casi riendo, nos dijo que no iba a haber hockey el año siguiente. Y así fue todo. No obstante, es algo que se venía diciendo desde hace tiempo.

T.T. Para mí era la segunda vez que ocurría porque en Bilbao se hundió la cúpula de la pista de Nogaro y nos dijeron que no iba a continuar el equipo, pero todo se arregló entonces. Yo hubiera seguido en Jaca, seguro. Habría jugado gratis si hubiera sido necesario.

V.F. Yo sabía que me tenía que buscar la vida tarde o temprano, que no iba a estar toda la vida jugando a hockey, así que la noticia la tomé como el anuncio de algo que tenía que pasar.

T.T. No fue un drama pero es verdad que en el mejor momento de nuestra carrera nos dijeron que nos teníamos que ir. Por lo que me cuentan esa fue la mejor época del hockey en Jaca. Venían jóvenes muy buenos que tuvieron que acabar sus carreras prematuramente Ese equipo podría haber jugado otros cinco años y ganar más ligas. ¡Teníamos una media de 23 o 24 años! No estábamos preparados para no jugar.

 

¿Qué lugar ocupa Jaca en vuestras vidas?

V.F. Fueron los mejores años

T.T. Irrepetibles

La foto está tomada en el "Hockey Hall Fame" de Toronto

25 años sin Marvin

25 años sin Marvin

Hace más de un año escribí en este blog un post sobre el "What’s going on" de Marvin Gaye, uno de los discos más influyentes de la historia de la música. Hoy se cumplen 25 años de la muerte del cantante a manos de su propio padre, un predicador fundamentalista que creía ver en su hijo al mismo demonio. He querido recuperar ese texto en homenaje a Marvin y a ese pedazo de álbum que marcó el rumbo futuro de la música negra.

Me gusta recrearme con el hecho de que nací el mismo año en que Marvin Gaye publicó “What’s going on”; 1971. Será una veleidad adolescente pero me divierte fomentar esta casualidad y pensar que mientras yo pedaleaba en el útero de mi madre un tipo estaba a punto de cambiar el curso de la historia de la música en el lejano Detroit. Para muchos, entre los que me encuentro, éste es uno de los mejores discos de todos los tiempos e incluso sería capaz de aseverar según qué días que indiscutiblemente es el mejor. No sólo por su valor musical sino por su repercusión en todo lo que vendría después.

            “What’s going on” sigue siendo hoy uno de los discos más influyentes y analizados de toda la historia, un álbum conceptual que transformó para siempre la vida de su autor y marcó una gruesa línea entre su pasado almibarado y su futuro comprometido y combativo. Marvin Gaye llevaba varios años triunfando como uno de los valores más seguros y rentables de la mítica Tamla Motown, dirigida por el ambicioso Berry Gordy, un personaje de fino olfato y certeras intuiciones. Gaye aspiraba a rivalizar con Sinatra o Nat King Cole pero se quedó en representante de una generación que suspiraba con sus inolvidables y fogosos duetos románticos que sublimaban su imagen de soulman; Mary Wells, Kim Weston y, sobre todo, Tammi Terrel, con quien firmaría el hermoso “Ain’t No Mountain High Enough”.

            Pero mientras la factoría de Gordy producía decenas de singles que inundaban los primeros puestos de las listas de discos, en Estados Unidos estaban pasando muchas cosas. El país estaba inmerso en la guerra de Vietnam, Nixon gobernaba en Washington, los derechos civiles movilizaban a la población de color, las drogas causaban estragos en el otoño de la revolución hippie y el deterioro ambiental comenzaba a levantar conciencias. Estados Unidos había perdido la inocencia definitivamente y el soul vitamínico de letras intrascendentes de la Tamla era un duro contraste.

            Marvin Gaye, un personaje marcado por una dura infancia –su padre lo educó con mano de hierro-, y eternamente insatisfecho sintió que se agotaba el producto musical que representó con solvencia durante los 60 y comenzó a explorar nuevos trayectos. Envuelto en brumas y cerca del abismo artístico, Gaye se lanzó a trabajar en el que sería el primer álbum sobre el que tendría un control absoluto. Abandonó el discurso estilístico de la Motown y se adentró en las alcantarillas de una sociedad que tenía serios problemas. Así nació un disco íntimo que era fiel reflejo del signo de los tiempos: política, esclavitud, guerra drogas… con “What’s going on” el soul dejó atrás la plácida adolescencia y maduró de la noche a la mañana. Fue el primer disco conceptual que abordó sin complejos las miserias de una sociedad convulsa y desconcertada.

            Tal fue el impacto en la factoría de Detroit que Berry Gordy se negó a editar el LP porque lo consideraba excesivamente político y escasamente comercial. Probalemente le preocupaba más la segunda razón. Pero Gaye se hizo fuerte y se negó a aceptar cualquier condición que limitara su caudal creativo. Gordy aceptó que se publicara como anticipo el single “What’s going on”. Fue uno de los mayores éxitos comerciales de la historia de la compañía. El LP vio la luz en abril de 1971. Producido por el propio Gaye, sus maravillosas orquestaciones, la sensual cadencia de sus ritmos, los lujosos saxos y la voz  en plena madurez de Marvin lo convirtieron de inmediato en un acontecimiento musical. Nada volvería a ser igual. Stevie Wonder, Curtis Mayfield, Michael Jackson, Prince… todos son hijos de “What’s going on”.

           

             38 años después Estados Unidos tiene otra guerra y un negro es presidente del país.

 

“Padre, padre, no necesitamos ascender. Verás que la guerra no es la respuesta. Sólo el amor puede conquistar el odio. Sabes que tenemos que encontrar una manera para atraer el amor hoy. Piquetes y pancartas, no me castigues papa con brutalidad, ven, háblame para que tú veas lo que está pasando”.

What’s going on

L'Estanguet

L'Estanguet

El sábado se cumplieron 39 años de la rotura del puente de L’Estanguet en el valle del Aspe. Aquel turbio suceso fue el acta de defunción del Canfranc. Desde entonces la reivindicación de su reapertura forma parte de los anhelos de los aragoneses; se ha instalado en el imaginario colectivo con una mezcla de frustración y melancolía. Aquel accidente tardó varios días en darse a conocer por la prensa franquista. Entonces se habló de un cierre temporal pero ahora se sabe que los funcionarios franceses comenzaron  a desmontar sus instalaciones poco después del incidente. Nunca se podrá demostrar pero la hipótesis invita a todo tipo de intrigas: los franceses provocaron el accidente porque no tenían el menor interés en mantener una lína férrea deficitaria y obsoleta. El tiempo ha confirmado las peores sospechas.

Hoy no quiero escribir del Canfranc con el trazo habitual. No me apetece volver a lamerme las heridas con una historia que es un eterno buclé. Me apetece recordar aquel 18 de julio de 1928, el día en que se inauguró la línea. Probablemente fue el único día feliz que tuvo el Canfranc. Las crónicas de la época destilaban optimismo y clarividencia; se acababa para siempre el secular aislamiento de la región. Por fín éramos Europa. Ocho años después una pandilla de militares nos devolvió a los corrales.

“La paciencia es un arma que consigue grandes victorias”. El aforismo era publicado por el diario zaragozano “La voz de Aragón” junto a su cabecera el 19 de julio de 1928, al día siguiente de la inauguración del Canfranc. La acertada cita resumía setenta y cinco años de lucha e ilustraba el estado de excitación colectiva que había provocado en Aragón la apertura del tráfico internacional. Porque sólo la proverbial paciencia, versión edulcorada de la arquetípica tozudez aragonesa, había hecho posible la jornada del 18 de julio de 1928, probablemente el único día en la historia del Canfranc en el que nadie dudó de la impresionante aventura que se acababa de acometer.

            Todos los periódicos españoles abrieron sus ediciones con la inauguración del ferrocarril, lo que evidenciaba el enorme interés político de la obra y las extraordinarias expectativas que había generado. Nadie faltó a la histórica cita, nadie quiso perderse los grandes fastos a los que acudieron las máximas representaciones políticas de los dos países; el rey de España Alfonso XIII y el presidente de la República Francesa, Gaston Doumergue. Por debajo de ellos, una interminable nómina de políticos, empresarios, militares, periodistas, curas y personalidades que alcanzó los 275 invitados.

            Aquel 18 de julio de 1928 era miércoles y hacía calor. Los asistentes tenían que vestir chaqué o uniforme y respetar un riguroso protocolo que se complicaba con la masiva presencia de las fuerzas del orden. Pocas semanas antes había sido abortado un intento de insurrección anarquista en Madrid programado para el día de la inauguración del Canfranc, y aunque los elementos sediciosos estaban controlados, a esas alturas la desacreditada monarquía de Alfonso XIII ya no se fiaba ni de su sombra. “El entusiasmo se sobrepuso discretamente a la etiqueta” firmó al día siguiente en “El Noticiero” el enviado especial Fernando Castán Palomar. La estación fue literalmente tomada por centenares de soldados, guardia civiles y carabineros, que anularon cualquier atisbo de celebración popular.

            Pero nada impidió que la jornada fuera descrita con el verbo vigoroso de la prensa de la época. El “Heraldo de Aragón” publicaba un comprometido editorial en el que reconocía que “la cultura francesa nos traerá la inquietud de sus preocupaciones progresivas; tal vez una adaptación conveniente al espíritu de los tiempos”, y aventuraba que Zaragoza se convertiría con la nueva comunicación en “emporio de riquezas materiales y morales que hagan de ella la máxima metrópoli interior”.

            Algo parecido había dejado escrito para un discurso que nunca llegó a leer por enfermedad el deán Florencio Jardiel, presidente de la Comisión Gestora del Canfranc. “Zaragoza tiene que ser un centro comercial quizá el más importante de la Península, pero para ello el Canfranc tiene que tocar el Mediterráneo” afirmaba. Alberto Porras escribía en “La Voz de Aragón” que “las regiones de uno y otro lado del Pirineo no tienen grandes cosas que cambiarse entre sí, pero es indudable que la calidad de comunicación empezará fomentando el turismo y ya se sabe que detrás del viajero va siempre la mercancía”. Juan Lacasa era algo más críptico cuando razonaba que la línea la usarían “numerosos turistas y por lo corta y económica, peregrinaciones al Pilar y Lourdes”.

            Sesudas reflexiones y análisis de tráficos futuros se reprodujeron en toda la prensa aragonesa durante el mes de julio. La mayoría de los autores rememoraban la gran gesta colectiva desde el lejano 1853, y todos evocaban las glorias pasadas de la región para ubicar en la misma dimensión histórica la inauguración del ferrocarril. Sancho Ramírez, Agustina de Aragón y el Conde de Aranda eran ahora el ingeniero Gil Berges, el dean Florencio Jardiel o el ministro Albareda, firmante de la Ley del Canfranc en 1882. La vieja Corona de Aragón renacía dos siglos después para expandirse por el norte.

            Y precisamente del otro lado de los Pirineos llegó ese 18 de julio a las once y diez de la mañana un tren en el que venían 125 invitados franceses, junto con fotógrafos y periodistas de todo el país. Era la avanzadilla de la máquina oficial en la que viajaba el presidente de la República y su séquito. La Banda de Ibiza entonó La Marsellesa cuando arribó en Canfranc quince minutos más tarde.

            Para entonces ya llevaba media hora en la estación Alfonso XIII. Había llegado en un tren de la Compañía del Norte conducido por el Duque de Zaragoza. Cuentan las crónicas que el rey fue vitoreado por todos los pueblos que atravesó y que incluso en Jaca se le insistió reiteradamente para que prolongara su presencia. “El rey, sonriente, trataba de disuadirles de ello, haciéndoles ver que era preciso ir a los Arañones”, narraba el redactor de “El Noticiero”.

            En Jaca el día anterior la ciudad ya se había vestido de fiesta. “Alegría desbordante en todos los pechos. El pueblo, engalanado. Afluencia inusitada de forasteros. Los del campo invadiendo la ciudad con sus mejores galas. Caravanas de automóviles de todas partes y de todas direcciones. Abarrotados hoteles, fondas y hospedajes, los visitantes asaltan las casas particulares, cuyos moradores las ofrecen gustosamente. Los últimos trenes de la noche nos traen visitantes de la Villa y Corte. La prensa madrileña envía una brillante representación  de redactores literarios y gráficos. El tránsito por las calles no cesó en toda la noche...”. Eso era Jaca la víspera de la inauguración del Canfranc.

            “Hay en las cumbres inmediatas muchas gentes que esperan ver desde aquellas atalayas la llegada del tren real. Fuerzas de los regimientos de Palma, de Ibiza y de La Montaña forman ante la explanada de la estación... la mañana es espléndida. Acaso calurosa en exceso”. Así describía el periodista Fernando Castán el ambiente en Canfranc cuando Alfonso XIII puso pie en el anden de la estación. Con los sones de la Marcha Real el monarca saludó a todos los asistentes y se introdujo en el vestíbulo acondicionado para la ocasión mientras llegaba el tren francés.

            A la llegada de Doumergue comenzó una liturgia de marcado tono castrense. Revista de tropas, desfiles y marchas militares sazonaron un programa en el que se habían cuidado todos los detalles. Las dos locomotoras portaban las banderas española y francesa, las alfombras rojas cubrían el anden y los símbolos de los países y las regiones limítrofes se sucedían por todo el recinto. Contaba hace varios años el canfranqués Julio Ara, testigo de excepción de aquella mañana, que al acabar el desfile los dos jefes de estado se volvieron hacia atrás, observaron la estación, se miraron y sonrieron.

El protocolo de aquella mañana fue un verdadero juego de equilibrios políticos y territoriales para no herir susceptibilidades. Alfonso XIII era muy consciente de que los aragoneses se sentían los únicos responsables del éxito de la empresa que se inauguraba.

Por eso el despacho en el que se reunieron durante unos minutos los dos jefes de estado estaba presidido por los escudos de Zaragoza, Huesca, Canfranc y España.

En los almacenes transformados por unas horas en el inmenso comedor hispano francés se reconocía un enorme retrato de Alfonso XIII custodiado por los escudos de Aragón y Huesca. En el panel opuesto; los de Francia y España, y los de todas las provincias. A las doce y media comenzó el almuerzo al que habían sido invitados 275 comensales. La casa Lhardy de Madrid había sido la encargada de servir el banquete y la Compañía del Norte la responsable de maquillar ese almacén con tapices, alfombras, guirnaldas, gallardetes, lienzos, mesas, sillones y toda suerte de elementos decorativos. Las mesas se colocaron en forma de U y se sirvió un menú salpicado de exquisiteces españolas. El champagne Möet Chandon es el único guiño a los invitados franceses.

 En el turno de discursos Alfonso XIII glosa las excelencias del ferrocarril internacional en un texto que los analistas de la época sin duda leyeron entrelíneas. “Francia, republicana, y España, monárquica, constitucional y parlamentaria la primera, en suspensión de estos principios la segunda, que busca afanosa las modalidades para reestablecerlos purgados de errores y defectos que una larga experiencia puso de relieve entre nosotros”. Ninguno de los periodistas acreditados fue capaz de describir el rostro del general Primo de Rivera al escuchar estas palabras.

Doumergue también tuvo momentos de calculada intriga en un discurso que recordaba la actualidad del conflicto con Marruecos y los intereses compartidos. Sobre todo cuando aseguró que el futuro económico del Canfranc era optimista “a pesar de las dificultades que puede suscitar a veces la oposición de intereses y en las que debe procurarse siempre hacer triunfar la equidad”. Quizá el presidente francés ya estaba advirtiendo de la nefasta política empresarial que la Compañía del Norte iba a ejercer sobre el ferrocarril aragonés en beneficio de Irún y Port Bou, también de su propiedad.

Tras el almuerzo toda la comitiva cruzó el túnel de Somport y se dirigió a las Forges D’Abel, donde se reprodujeron los mismos actos y un nuevo almuerzo, en esta ocasión con horario español. Al acabar, los jefes de estado se despidieron y Alfonso XIII partió en coche hacia San Sebastián con escala en el Balneario de Tiermas. Para la pequeña historia del Canfranc quedó el nombre del periodista madrileño Emilio Herrero, primer viajero que facturó se equipaje en la aduana de Canfranc.

Primo de Rivera se fue hacia Jaca, donde presidió horas después un acto del Somatén y un nuevo lunch en el Hotel Mur. Aquella tarde la ciudad pirenaica estaba engalanada y era una fiesta. En Zaragoza la Gran Vía se iluminó por la noche con una colección de fuegos artificiales que celebraba el final de los Pirineos.

 

Renegados

Renegados

Hace ahora un año se publicó en Canadá el libro del periodista Michael Petrou, “Renegades. Canadians in the Spanish Civil War”. El volumen no ha visto la luz en nuestro país y parece que por el momento no lo hará. No pasaría de ser un libro más que sumar a la extensa bibliografía del conflicto bélico si no fuera por el extraño magnetismo que causó en un grupo de jóvenes canadienses la lejana guerra española. La desclasificación de los archivos soviéticos permitió al periodista de la revista política “McLeans” –una de las más influyentes de Canadá-, profundizar con rigor en un acontecimiento histórico al que sólo se había acercado imbuido de romanticismo. El trabajo ha sido editado en colaboración con la “Studies in Canadian military history”.

                El libro está cargado, bien es verdad, de lugares comunes y de demasiados tópicos respecto a la Guerra Civil, que en la historiografía de nuestro país ya están superados hace tiempo. Es un acercamiento que arrastra algo de inocencia y de buena fe, lo que no le impide aportar algunos datos que seguramente resultarán novedosos, cuando no sorprendentes. Casi 2.000 canadienses llegaron como voluntarios a España para luchar en las Brigadas Internacionales con su propio batallón: el Mackenzie-Papineau, denominación que tomaron de dos dirigentes nacionalistas del siglo XIX. En proporción a la población del país de origen, Canadá fue la segunda nación que más brigadistas aportó al bando republicano después de Francia.

                Michael Petrou aporta dos razonamientos para explicar el influjo que la Guerra Civil provocó en una parte de la sociedad canadiense. El primero es demoledoramente prosaico: la crisis económica que vivía el país como consecuencia de la Gran Depresión arrastró a muchos jóvenes sin trabajo ni ataduras familiares a la aventura de la guerra. El segundo recompone los cristales rotos del ideario romántico: muchos de los brigadistas pertenecían al Partido Comunista de Canadá y fijaron en España el objetivo prioritario de su lucha contra el fascismo.

                No deja de resultar sorprendente que en un país que nunca sufrió una guerra ni padeció las garras del fascio, se activara un relevante núcleo comunista con esa capacidad movilizadora. En los años 30 del pasado siglo Canadá todavía se estaba formando como nación y carecía probablemente de los resortes ideológicos e identitarios que caracterizaban a los países de la vieja Europa.

                Pero las cosas no fueron sencillas ni en España ni en su propio país para los brigadistas de la Mackenzie-Papineau. Michael Petrou describe en su libro con detalle la desoladora decepción de muchos de ellos al enfrentarse a la cruel cotidianeidad de la guerra. Aquí es donde se abusa de los testimonios y experiencias particulares pero también donde se encuentra la turbadora verdad de la retaguardia. El frío, la escasez de armas, el hambre y la incompetencia de demasiados oficiales llevaron a algunos canadienses a desertar. Otros aguantaron por la fortaleza de sus convicciones. Orwell ya contaba en “Homenaje a Catalunya” que un español será el mejor amigo posible y también el peor de los soldados.

                Los canadienses se inventaban canciones para engañar a la realidad y exorcizar los demonios de la guerra. :

 

“Oh. I wanna go home

I don’t wanna die

Machine guns they rattle

The cannons they roar

I don’t wana go to the front any more

 

Oh take me over the sea

Where Franco can’t get at me

Oh! My ! I’m too young to die

I wanna go home!”

               

400 de ellos no volvieron. Los que lo hicieron se encontraron con la hostilidad de sus autoridades, obsesionadas con anular el empuje comunista. En 1937 se había aprobado la “Foreign Enlistment Act”, una ley que prohibía a los ciudadanos canadienses combatir en otras guerras. Por eso muchos de los brigadistas que lucharon en España pasaron a ser en su país delincuentes. Como contaba el periodista de El País, Enrique Fanjul, hace varios meses, sólo en los últimos años se ha levantado en Canadá el pesado velo que tapaba la historia de este puñado de compatriotas. Ahora es cuando se han podido realizar algunos homenajes que han rescatado la memoria perdida de los brigadistas. Algunos de ellos regresaron a España tiempo después (Petrou lo cuenta en uno de los capítulos más emocionantes), y otros recibieron en Canadá la visita de viejos amigos españoles. Jim Higgins salvó en 1938 en Corbera d’Ebre a un niño herido que era arrastrado por el agua de un depósito bombardeado. Cuando le rescató sólo acertó a decirle para tranquilizarle: “Soy canadiense, me llamo Jim”. A finales de los años 70 ese niño, ahora inmigrante, contactó con él en Canadá. Llevaba toda la vida intentando localizarle. Se llamaba Manuel Álvarez.

Aludes

Aludes

En febrero de 1915 un gran alud de nieve arrasó el Balneario de Panticosa. El fotógrafo jaqués Francisco De las Heras llegó al lugar a las pocas horas e inmortalizó las devastadoras consecuencias de la avalancha. La nieve destruyó el Hotel de la Pradera y causó graves daños en el Continental y en el Casino, que había sido construido apenas diez años antes. Las imágenes son impresionantes: todas las estancias del Continental quedaron sepultadas bajo la nieve y perdieron su reconocible fisonomía. En una de esas fotos los compañeros de De las Heras en aquel viaje posan encima de la nieve y se les puede ver a la misma altura que las lámparas que todavía cuelgan del techo. Dos años después se produjo otra gran avalancha procedente de Brazato que arrasó la Casa de la Laguna y parte de la Casa Balneario.

            A finales del siglo XIX y principios del XX el Balneario de Panticosa vivió sus momentos de máximo esplendor coincidiendo con la irrupción de la moda del turismo agüista entre la realeza, la nobleza, los políticos y las clases más pudientes del país. En 1864 se construyó la carretera que salvaba el difícil acceso al centro termal. Pese a todo, quienes querían acceder hasta sus aguas tenían que pasar verdaderas penalidades y sufrir los rigores de la nieve. Hasta bien entrada la primavera era normal que el coche de línea que unía Sabiñánigo con el Balneario se viera obligado a parar a la altura de Escalar, punto crítico por la frecuencia y virulencia de los aludes.

En 1893 el tren llegó hasta el apeadero de Sabiñánigo en su camino a Canfranc. De hecho, se decidió construir esta parada (origen de la localidad serrablesa), para facilitar el transporte a las cientos de personas que cada año accedían a Panticosa. Militares como Prim, Martinez Campos o Rosales; políticos de la talla de Cánovas y Sagasta o el propio Alfonso XIII visitaron en algún momento el Balneario. En el siglo XX comenzó una lenta decadencia y diversos cambios de propiedad que no mejoraron su actividad. En los últimos cinco años un grupo inmobiliario ha invertido miles de millones con la intención de recuperar aquel viejo esplendor.

Nada es sencillo en la montaña y menos aún cuando se actúa con tanta soberbia e ignorancia. Este invierno el Balneario ha quedado aislado en tres ocasiones como consecuencia de las grandes nevadas que se han registrado en la cordillera. Las viseras y antialudes construidas hace algunos años se mostraron insuficientes para detener la furia de la naturaleza. Los nuevos dueños del Balneario han descubierto desconcertados la realidad del Pirineo y la crueldad de los hechos: el dinero no calma el ímpetu de la montaña.

Ahora se preguntarán cómo evitar nuevos aludes, cómo gobernar el monte para que no arruine el negocio. Harán números para calcular el alcance de una nueva inversión que mitigue futuros desastres. Le consultarán al Gobierno sobre el interés público de la cosa y acabaremos pagando todos las veleidades mesiánicas de constructores despechados. En el Pirineo se cuenta una anécdota: en una campaña electoral hace muchos muchos años llegó un político de la capital a un pueblo y reunió a todos los paisanos. Les vendió esto y aquello y les prometió que les haría un puente si le votaban. Los del pueblo le respondieron: “pero si no tenemos río”. No os preocupéis –dijo muy serio el político-, que también os haré el río”. Cada vez que veo algunas obras en este Pirineo nuestro me acuerdo del cacique que prometía el río. Ahora son estaciones de cuarta generación, campos de golf, parques temáticos y desarrollo sostenible. Lo único que no cambia es la desfachatez.

Van Morrison

Van Morrison

En el mundo de la música hay tipos desagradables y otros simplemente antipáticos. Los hay que exhiben formas impostadas y otros que rehúyen los artificios y el maquillaje. Hay quienes primero fueron niñatos, después se hicieron músicos y para desgracia de la humanidad acabaron alimentando su primera faceta en detrimento de la esencial. Hay quienes creyeron ser artistas y engordaron su estupidez mientras seguían sin ser nada. Y luego está Van Morrison, perteneciente a una casta de primos hermanos -Bod Dylan, Iggy Pop, Morrisey y alguno más-, al que su misantropía le precede como extraño símbolo de decencia y valentía. Pocos músicos alcanzan en la actualidad esa dimensión estratosférica en la que estas menudencias del ser son minimizadas.

            El león de Belfast acaba de publicar un disco en directo en el que interpreta las 8 canciones que componen el mítico “Astral Week” (1968), considerado unánimemente uno de los mejores discos de la historia. Ayer fue entrevistado en El País por tal motivo y nuevamente mostró su flema más ácida y áspera; la que esperamos encontrar todos los que amamos su música. En pleno desmoronamiento de la industria musical, tal y como la hemos conocido hasta ahora, Van Morrison engarza varias perlas que más allá de su expresión formal deberían de invitar a la reflexión.

            Primera verdad: “Lo único que me encanta es la música. El resto es pura mierda. El tipo de mierda que la fama atrae es muy oscura. Es muy oscura. Me gusta la música, eso es todo”. Segunda verdad: “No es como en los viejos tiempos, cuando había productores y sellos discográficos de verdad; gente que realmente sabía algo de música. El principio del fin fue cuando muchos de esos tipos vendieron sus sellos. Probablemente hayamos dejado atrás el final de la historia de la verdadera industria discográfica..." Y tercera gran verdad: “Nunca me ha interesado realmente la música pop. Me aburría y me sigue aburriendo”.

            Qué queréis que os diga, hay días en los que da gusto leer cosas así, desprovistas de esa grandilocuencia meliflua tan al gusto de lo políticamente correcto. No importa que Van Morrison no salude ni se despida en sus conciertos. Da igual que casi nunca ofrezca un bis, me parece irrelevante su tendencia al nihilismo –quizá a veces profundamente compartida-. Diría que admiro la soltura con la que derrama el ácido sobre sus palabras para que su componente corrosivo actúe de forma rápida y eficaz. Tan eficaz como la belleza inconmensurable de sus melodías y el reconocible olor a poesía de sus letras.

            Hoy he vuelto a escuchar después de mucho tiempo “Astral Weeks”. Abruma como siempre la sencillez de sus arreglos y la fusión perfecta de su voz con los instrumentos. La voz de Van Morrison es realmente un instrumento más, quizá el más maravilloso y versátil. A veces juguetea con una flauta y otras veces se enreda en delicados escarceos con un violín y una guitarra. Las secciones de viento irrumpen con irreverencia para engrandecer el delicado tejido sonoro que envuelve toda la grabación. En esencia es un disco de folk pero su concepto creativo se vincula con la estructura típica del jazz.

El propio Van Morrison reconocía en la entrevista de El País que “se grabó como un disco de jazz, que es como a mí me gusta hacerlo. Lo más importante era la espontaneidad de lo que estaba sucediendo”. Como las sesiones en las que se grabó “Kind of blue”, “Astral Weeks” fue la consecuencia de una concentración de talento e inspiración irrepetibles con un genio irlandés de 23 años a la cabeza. Van Morrison contó con músicos procedentes del mundo del jazz, como el contrabajista Richard Davis o el percusionista Connie Kay. Familiarizados con las técnicas de improvisación y coordinación que pretendía Morrision, en tres jornadas dieron carpetazo a la grabación y dejaron preparadas ocho piezas que recrean una atmósfera onírica y sensual. En la inabarcable trayectoria del músico de Belfast no hay otro disco como ese. Es posible que alguno le supere (sobre todo “Moondance”), pero ninguno adquiere los registros mágicos que cautivan al mismo tiempo por su desnudez y su sofisticada sencillez.

En “Sweet Thing” dan ganas de correr al campo y comenzar a recoger las primeras flores primaverales. En “Astral Weeks” y “Cyprus” recuperamos el gris otoñal y nos desfondamos en un carrusel melancólico irreparable. Morrison a veces canta, otras se pierde en retos épicos con los instrumentos y en algún momento susurra, como si lo que tuviera en sus labios fueran palabras a punto de extinguirse. Discos como “Astral Weeks” son realmente obras maestras que escuchadas con el tiempo certifican la extinción de una raza musical.