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Juan Gavasa

Un territorio cuidado

Un territorio cuidado

Ayer presentamos la campaña de publicidad que hemos diseñado para el proyecto IMPULSADOS, financiado por la Comarca de La Jacetania, el Valle de Aspe y la Unión Europea a través de los Fondos FEDER. ES una campaña original, diferente y muy arriesgada. Pero estamos orgullosos del resultado final y la repercusión que ha tenido en los medios de comunicación es más que notoria. El trabajo que ha hecho el excelente diseñador zaragozano Víctor Gomollón merece un premio.

 

La campaña de publicidad “PIRINEOS-PYRÉNÉES.Aspe/Jacetania. Un territorio cuidado”, forma parte de los proyectos integrados en la Acción Número 5 del Proyecto de Cooperación Transfronteriza IMPULSA-DOS, incluido en el Programa Operativo de Cooperación Territorial España-Francia-Andorra para las anualidades 2010 y 2011. IMPULSADOS es un proyecto promovido por la Comarca de la Jacetania, como jefe de filas y socio principal, y la Comunidad de Mancomunidades del Valle de Aspe. Todo el programa está financiado en un 65% por la Unión Europea a través de los Fondos FEDER.

Los territorios de La Jacetania y el Valle del Aspe han desarrollado en los últimos años campañas en las que el medio natural o la montaña han sido el valor intrínseco sobre el que se centraban. Los sitios web de los dos territorios, sus publicaciones y sus anuncios ocasionales, han tendido, como es lógico, a “vender” la naturaleza privilegiada de la que están rodeados. El Parque Nacional de los Pirineos en Francia o los valles de Hecho y Ansó en La Jacetania han logrado ya una imagen de marca, una interiorización por parte del lector de lo que allí se van a encontrar. Espectaculares fotografías, múltiples opciones de aire libre… Lo explícito, en definitiva, es algo que el lector, en un 80% del público potencial al que está campaña está dirigido, conoce, aunque solo sea por referencias indirectas.

Por todo ello, esta campaña busca la metáfora, la sorpresa, una sonrisa o el despertar de una simpatía hacia estos territorios, huyendo de lo obvio por ya conocido y buscando la complicidad. Para ello se ha desarrollado un trabajo creativo basado en un mensaje con doble sentido que apoyado en diseños tradicionales o históricos busca despertar la imaginación a través de una idealización, tal y como se produce en el subconsciente, de lo que se recuerda con agrado.

En la época de la imagen (y de la saturación de la imagen), apostar por diseños decimonónicos y de principios del siglo XX rompe la inercia de la mayoría de campañas publicitarias. Dibujos clásicos que ejerzan de “cuento” del territorio y que logren por su aspecto anacrónico precisamente el efecto de despertar la atención del lector. Recuperar corrientes creativas que sirvieron para ilustrar y divulgar el despertar del turismo pirenaico a finales del siglo XIX, transmite además un valor de gran fuerza y eficacia: La Jacetania y el Valle de Aspe son territorios con una larga tradición turística y con unos indudables potenciales patrimoniales, históricos y medioambientales.

Para representar el ideal del paisaje y la cultura pirenaica entendemos que no hay mejor soporte estético que el cartel turístico tradicional francés del siglo XIX y la primera mitad del XX. Aquellas imágenes pirenaicas, los populares “afiches” en su denominación francesa, de los Chemins de Fer du Midi o de Sindicatos de Iniciativas Turísticas.

Mediano, la memoria ahogada

Mediano, la memoria ahogada

“Mediano. La memoria ahogada”, es un excelente documental producido por Aragón TV y dirigido por la periodista Maite Cortina y el realizador Roberto Roldán. La historia de Mediano es una de las más terribles y dramáticas de cuantas pueden ser contadas en la gran ignominia que fue la política hidráulica española del siglo XX.

Combinando eficazmente las secuencias de ficción y el formato convencional de documental, “Mediano. La memoria ahogada” no aspira tan sólo a plasmar con tono de elegía  el drama de los afectados por el embalse que anegó el bello pueblo del Sobrarbe. El criterio periodístico de Maite Cortina, hija de Mediano, se percibe consecuente detrás de la narración en la búsqueda del rigor de los datos objetivos.

Aunque es justificable la tendencia a la melancolía y la enfatización de la gran injusticia humana, existe un admirable interés por buscar todos los ángulos de la historia, aunque algunos de estos resulten incómodos e insoportables. Pero es obligación del buen periodista buscar la verdad y ampliar al máximo el zoom para captar todos los matices que ofrece una noticia. Y en el documental se consigue a base de dar voz a un buen puñado de protagonistas directos e indirectos de aquella barbarie, que nos remite a otra sociedad y a otro país en el que la vida de sus ciudadanos valía tanto como las tasas oficiales por expropiación.

Sorprende (aunque a estas alturas no debiera), la frialdad con la que el funcionario circunspecto se agarra a la letra de la ley, bosquejando argumentos para justificar decisiones que por su repercusión irreversible deberían pertenecer al ámbito de los derechos humanos. Quien no conozca la historia de Mediano debería de saber que un lluvioso 29 de abril de 1969, cuando todavía quedaban 6 familias habitando en el pueblo, un ingeniero de la Confederación Hidrográfica del Ebro ordenó cerrar sin aviso previo las compuertas de la nueva presa. En pocas horas el vaso del pantano comenzó a inundarse y los aterrorizados vecinos que resistieron hasta el final tuvieron que huir con el agua en las rodillas dejando atrás casi todas sus pertenencias.

El documental intenta averiguar las razones y los responsables de aquella salvajada, aunque lo hace como parte del trabajo periodístico de reconstrucción de la historia; nunca como debilidad revanchista. No es el eje de la narración. Los responsables del documental se apropian de aquellas palabras de Juan de Mairena que recordaba hoy el periodista Miguel Ángel Aguilar, “no hay manera de ver las cosas sin salirse de ellas”, y trazan el contexto histórico en el que se produjo la aniquilación de Mediano.

Para ello es fundamental la aportación del profesor de la Universidad de Zaragoza, Perico Arrojo, quien insiste en un argumento expuesto en otras muchas ocasiones: “detrás de las políticas hidráulicas del franquismo justificadas para alimentar a la población estaba el interés de las grandes constructoras en fomentar las faraónicas obras hidráulicas”. Aterra comprobar que ese mismo argumento sigue vigente cuarenta años después, en plena democracia, con otros proyectos de similar impacto como el recrecimiento de Yesa o Biscarrués.

En aquellos años de plomo se reivindicaba la figura de Costa y su afán regeneracionista de manera demagógica e interesada, para justificar grandes obras que principalmente beneficiaban a las poderosas empresas constructoras. Como apuntaba acertadamente el periodista Julio Alvira, Costa “pedía pantanos para que pudieran comer los pobres”, pero nunca pensó en ellos como parte de una estrategia de desarrollo económico basada en el fomento del hormigón. Siete llaves al sepulcro de Costa.

Arrojo recuerda que a finales de los años 50 se decidió triplicar la capacidad de Mediano con el objetivo oficial de ampliar la zona de regadío de Monegros. Sin embargo, al tiempo que se ampliaba el tamaño del embalse se reducían los terrenos regables siguiendo políticas agrícolas de racionalización de los cultivos. En resumen; los grandes pantanos beneficiaron principalmente a las grandes empresas de la construcción. Mediano se inició en plena República, se paralizó durante la Guerra Civil y en 1941 se retomó de la mano de la recién creada compañía Dragados y Construcciones. ¿Les suena?

“Mediano. La memoria ahogada” es un documental necesario para que los aragoneses conozcamos un desconocido recodo de nuestra historia más reciente. Es necesario para recuperar el drama humano, para desmitificar la absurda y superada defensa de la política hidráulica franquista y, principalmente, para recordar a las nuevas generaciones el inmenso sacrificio que realizaron los pirenaicos durante el siglo XX. Un sacrificio que causó profundas desestructuras sociales, económicas y morales. Un sacrificio que todavía no ha sido compensado.

Manuel Alexandre

En memoria de la magistral generación de actores españoles que iluminó el país durante la larga y triste noche del franquismo. Irrepetible. Hasta siempre Manuel Alexandre.

Solomon Burke

Vi en directo a Solomon Burke en la Plaza de la Trinidad de San Sebastián en 2003. La organización del Jazzaldia había programado como el concierto estrella de aquella edición el regreso a los escenarios de uno de los personajes más determinantes de la historia del soul. Pero en 2003 Solomon todavía era una nebulosa perdida en las brumas de la memoria, una figura mitificada precisamente por la dimensión de su olvido. Desde finales de los 70 el genio de Filadelfia se había recluido en su multitudinaria familia y en la religión ante el empuje irreverente de la moda funk y el dance. La transición experimentada por la música negra en aquellos años tuvo la gravedad de una revolución ante la que muchos sólo pudieron claudicar. El inmenso Burke fue uno de ellos.

            Cuando reapareció en San Sebastián en 2003 traía bajo el brazo el disco de su resurrección; el maravilloso “Give Up On Me” en el que cantaba canciones prestadas por algunos de sus admiradores confesos. Uno de ellos era Van Morrison, que aquella noche de julio en Donosti observaba discreto en un lateral del escenario el inmenso talento de aquel inmenso hombre que tenía que cantar sentado en un grandioso trono. Burke zarandeaba su voz de los graves a los agudos como quien escucha llover. Manejaba a la parroquia con un simple gesto de su mano, mientras con la otra lanzaba rosas a las féminas de las primeras filas. El seductor Burke apenas podía gobernar su cuerpo pero ofrecía intacto el poder torrencial de su voz y de su carisma.

            En aquel trono posaba sus posaderas una leyenda viva de la música, autor y cantante de algunas de las piezas más populares de la historia de la música negra. Todavía hoy es necesario recordar que “Everybody needs somebody to love” es suya, o que “Cry to me”, popularizada en España en la BSO de “Dirty Dancing”, no era de Sam Cooke u Otis Reeding. Aquella voz desgarrada a punto de quebrar era la de Solomon. O que algunos de los discos fundamentales en la discografía de Ray Charles fueron en realidad su respuesta atemorizada a la memorable ingeniería sonora que construía el de Fildafelfia en sus discos de los 60.

            Solomon Burke ha sido realmente uno de los grandes. Un grande en todos los sentidos. Su vida mantiene vínculos inexorables con la leyenda maldita que acompañó a muchos músicos de su generación. Siempre al borde del abismo, siempre rozando el drama; con un pie dentro del fango y el otro tanteando los resortes que separan la vida del éxito o del fracaso. Él, que empezó como tantos otros cantando góspel en la iglesia y que incluso leía sus propios sermones, vivió en la indigencia mucho tiempo y tuvo que aprender demasiadas cosas terribles que sólo son necesarias en la calle. Él sabía que la fama era una condición efímera, absurda a veces. Un capricho del destino que casi siempre emparentaba con la vanidad del ser humano.

            Por lo tanto vivió las etapas de la vida con la naturalidad de quien no espera nada especial. Esperó su momento mientras dormía en la calle y administró el éxito cuando éste, puñetero, le tocó por la espalda. Cuando de nuevo se fue sin avisar se recluyó en su familia y volvió a predicar. Sin perder su socarronería de proporciones bíblicas. Se ha apagado para siempre la voz de Solomon y uno se pregunta qué hacer para superar vacios tan irreparables como éste. Vacíos tan estruendosos.

Vargas Llosa por Muñoz Molina

Vargas Llosa por Muñoz Molina

Las grandes novelas de Mario Vargas Llosa funcionan como laberintos constructivos que han de ir siendo descifrados gradualmente por la inteligencia y la imaginación del lector. Escribo funcionan de una manera muy deliberada: en Vargas Llosa los artificios de la novela están calculados con una plena intención, como elementos de un organismo dinámico que depende de la eficacia de cada uno de ellos para que la historia se vaya desplegando en la conciencia del lector. Cuanto mejor es una novela más activamente está implicada en ella el proceso de la lectura, desde luego, pero en el caso de las de Vargas Llosa ese acto de leer es central: el modo en que la información se va administrando configura las expectativas sobre la naturaleza y la forma de la historia que se tiene por delante, o que se va extendiendo alrededor de uno. Las voces narrativas, las indicaciones de lugar, los fragmentos de conversaciones, los puntos de vista, configuran un murmullo que solo se podrá dilucidar con la debida atención, en estado de alerta, con el oído dispuesto a detectar resonancias que nos permitan intuir las formas más amplias de la melodía.

El novelista escribe poniéndose en el lugar en el que se encuentra el lector en cada momento. Su visión de la historia va siendo más completa según avanza la escritura, y por lo tanto su control sobre ella se hará más concienzudo cuanto más cerca se encuentre del final, pero aun entonces no perderá de vista la diferencia entre lo que él ya sabe y lo que todavía no sabe el lector. Porque de algún modo muy primario, el novelista se parece al lector en que nunca sabe lo que viene después, incluso cuando más seguro cree estar de sí mismo o de los materiales que maneja. Se sigue escribiendo una novela por la misma razón por la que luego el lector seguirá leyéndola: para descubrir qué viene a continuación. Las sutilezas técnicas del modernismo literario del siglo XX, por encima de su ruptura formal con muchos códigos de la novela del XIX, están al servicio del propósito más primitivo de todos: explicar el mundo con relatos que solo serán eficaces a condición de que despierten y sostengan la atención del que ha de escucharlos.

Mario Vargas Llosa es un personaje público que ejerce con solvencia y brillantez sus variados talentos, y que ha adquirido con los años una solemnidad entre de diplomático y de estadista. Pero yo lo he visto apasionarse hablando de literatura, recordando novelas, cuentos, escritores que le gustan, con un entusiasmo generoso que no es muy habitual en el gremio. Porque, debajo de las adherencias que los largos años de vida pública han ido superponiendo a su figura de escritor, y de todas las que se acumularán desde ahora sobre él porque le han dado el Premio Nobel, lo que hay en Mario Vargas Llosa, y lo que su literatura transmite como un contagio instantáneo, es el amor por la narración de historias que se sostengan en sí mismas por su calidad de fábulas y que al mismo tiempo alumbren zonas de la experiencia humana y del paisaje social y político de América Latina. También el paisaje literal, la presencia de la naturaleza y los mundos yuxtapuestos de las ciudades: la mayor parte de nosotros no viajaremos nunca a la Amazonia peruana, pero nos hemos perdido y asustado en ella en las páginas de La casa verde; y nadie que haya leído el principio de Conversación en La Catedral olvidará la desolación de esa Lima de grisura, pobreza, llovizna y desorden que se extiende delante de nosotros como si anduviéramos por sus calles camino de un encuentro que será el hilo que nos lleve al conocimiento de la sucia atmósfera moral de una dictadura y de secretos que tendrán mucho que ver con nuestra propia vida.

Esa conciencia aguda del lugar del lector en la ficción yo la adquirí cuando era muy joven en las novelas policiales que publicaban Borges y Bioy en el Séptimo Círculo y en las de Mario Vargas Llosa: quién cuenta qué en cada momento; de qué forma gravita lo que todavía no se sabe con lo que ya nos ha sido revelado; cómo la tensión entre los polos magnéticos de lo dicho y de lo no dicho hace que se levante sin apariencia de peso ni esfuerzo el edificio magnífico de la ficción, que fluya el tiempo en ella, en cada frase, como una corriente eléctrica, con una pulsación hacia delante como la que le da el swing a la música de jazz. Ese es el talento de los narradores antiguos, y el de cualquier novelista heredero de Cervantes. Vargas Llosa ha escrito sobre las grandes novelas canónicas ensayos de una devoción apasionada que tiene mucho de proselitismo; pero los narradores a los que ha celebrado en sus propias ficciones son los otros, los primitivos, los orales, los contadores de historias de las tribus del Amazonas, los charlatanes y embusteros de las tabernas de Lima, los escribidores caudalosos de radionovelas: ellos eran los depositarios del secreto inmemorial de hechizar con relatos en voz alta que solo existen plenamente en la imaginación del que los escucha.

Plazas

Plazas

La mayoría de pueblos pirenaicos comparten una misma fisonomía. Las adversidades del clima primero y las costumbres sociales después forjaron una morfología urbana que nos permite desgranar a través de su urbanismo un pedazo de su historia. Cómo fueron o qué padecieron en el pasado puede ser un ejercicio de funambulismo antropológico si no se manejan elementos tangibles. La arquitectura es uno de ellos y, en este ámbito, las plazas son probablemente su elemento más significativo. Hubo plazas defensivas, otras nacieron para desahogar los intrincados callejeros. Algunas fueron el resultado de los años de las luces y otras simplemente fruto del azar urbanístico. Cuando uno camina por la angosta plaza de Alquezar entiende que sus reducidas dimensiones no son una consecuencia de su modestia. El tamaño no otorga la relevancia; sí lo que ocurre en su interior. Como recuerda el escritor Fernando Biarge “el movimiento que registra proporciona el reflejo fidedigno del acontecer diario de una comunidad”.

La de Alquezar es tan estrecha que incluso podría cuestionarse su categoría de plaza. Más bien parece un simple ensanchamiento de su trama urbana. Pero en realidad es una plaza con todas las de la ley, reforzada por esos soportales que en el Pirineo siempre nos advierten de la existencia de una tradición mercantil. La heterodoxia constructiva realza el valor de los edificios más nobles, casi todos ellos concentrados en este punto del pueblo. El popular pirineísta francés Lucien Briet pasó por Alquezar a principios del siglo XX y descubrió en la plaza Mayor (actualmente Rafael Ayerbe), a las mujeres lavando la ropa. “Esta plaza mide 8,25 metros de ancha por 22,50 de larga y constituye el corazón y la síntesis de esta región”, dejó escrito en su cuaderno de viaje. En Alquezar se celebraban las ferias y los mercados.

Como en Ayerbe, plaza señorial donde las haya y ejemplo de prematura planificación urbanística. Cuando no existían los Planes Generales de Ordenación Urbana, los pirenaicos se regían por el sentido común y cierto instinto de supervivencia. Había que dulcificar los pueblos para hacer más cómoda la ingrata vida del montañés. Ayerbe fue hasta mediados del siglo XX un espacio de tumulto mercantil, con una feria que atraía a gentes de toda la comarca. La suya es una plaza especial. Lejos todavía del rigor pirenaico el espacio se vertebró en torno al palacio de los Urriés, familia de espléndido árbol genealógico y poseedora de propiedades infinitas en tiempos del emperador Carlos I. El formidable Palacio renacentista separa la plaza en dos. Junto a él se alza la Torre del Reloj, edificio exento de finales del XVIII. Podría decirse que la doble plaza de Ayerbe tiene más carácter urbano que rural. Con hechuras de espacio cosmpolita que busca la estética por encima de los planteamientos prácticos de la cotidianeidad.

Nada que ver con la plaza de Luis XIV de Donibane Lohitzun, en la que estableció su residencia el monarca francés antes de su matrimonio. Se trata de un amplio espacio con aroma a salitre y ambiente inconfundiblemente pesquero. El rojo de la madera de las fachadas evoca otro tiempo y otro ambiente, trufado de viejas historias marineras e intrigas portuarias. La plaza se abre al mar o bien podría ser el mar el que se arrulla en las faldas de Donibane. En medio, el kiosco de música otorga al lugar un aspecto bohemio y fantasioso, como de cuento de niños. Todos los días de verano hay conciertos de música.

Este aspecto de gran espacio abierto al exterior contrasta con entramado medieval del casco urbano de Prats de Molló, hermosa localidad amurallada en la comarca francesa del Vallespir. Aunque la mayoría de edificios son de nueva planta la trama urbana se mantiene desde su origen, conformando una suerte de callejero cosido con vericuetos, pasadizos y calles que no llevan a ninguna parte. La plaza más importante de Prats de Mollo es la de Josep de la Trinxera, donde se levanta el ayuntamiento construido en el siglo XVII. Pero probablemente la que más encanto guarda es la de Armas, que más que una plaza es el vértice que forman las calles de la Puerta de Francia y la Puerta de España. Pero en los días de sol los visitantes se apostan en las terrazas de las cafeterías y entonces ese minúsculo lugar encajonado entre enormes edificios de tres plantas parece una sucursal del barrio de Saint Germain de París. Bohemia y turismo de masas suelen ser una mezcla de difícil resolución pero en Prats logran convivir con cierto civismo.

Unos kilómetros al sur, en la Garrotxa catalana, Besalú se despereza contemplada por siglos de historia y unas cuantas leyendas que hacen justicia al lugar. Su famoso puente fortificado, inspiración de escritores y alimento del legendario popular, es el icono de la villa medieval. Pero no es el único. Como podemos advertir en otros pueblos pirenaicos, su plaza mayor no es una casualidad urbanística sino un espacio imaginado y deseado por sus gentes, probablemente planificado como un deshago en las tinieblas de la Edad Media. Aquí la llaman la Plaça de la Llibertat y como en Alquezar, los soportales de las casas delatan un pasado de ferias y mercados, potenciado por su condición de cruce de caminos entre Olot, Figueres y Girona. La presencia de la casa consistorial y del bello edificio de la antigua Curia Real (s. XVI), rematan un espacio amplio con categoría de salón del pueblo.

Cerca de Besalú, en pleno Parque Natural de la Zona Volcánica de la Garrotxa, Santa Pau es otro ejemplo de trama urbana de origen medieval, con algunas características muy reconocibles que se manifiestan en otras localidades pirenaicas, como la conservación del recinto amurallado o la sucesión de calles y callizos que responden a necesidades cotidianas como el frío o la construcción en secuencia adosada de las viviendas. Unas se apoyaban sobre las otras. En Santa Pau está la Plaça Major o Firal dels Bous. El propio nombre lo indica, fue lugar de mercado y ferias desde la concesión real otorgada a la villa en 1297. De nuevo los soportales son como el ADN del lugar. Pero en este caso hay algunas excepciones propiciadas por el propio terreno sobre el que se asentó la villa. La plaza es irregular y desnivelada, e incluso los propios arcos muestran formas y tamaños desiguales. Todo el conjunto, sin embargo, transmite un extraño equilibrio, quizá sustentado en la iglesia gótica de Santa María y en el viejo castillo, referente sobre el que se dibujó la disposición un tanto anárquica de la plaza.

Francisco De las Heras

Francisco De las Heras

Francisco De Las Heras está considerado el fotógrafo más prolífico de Aragón del primer tercio del siglo XX. Este dato para la estadística sería irrelevante si no se tuviera en cuenta las condiciones en que desempeñó su trabajo. Lejos de los grandes centros urbanos y siempre a remolque de las innovaciones que irrumpían en el joven mundo de la fotografía, De Las Heras desempeñó en Jaca desde 1910 hasta 1945 una intensa actividad que sólo ha sido reconocida medio siglo después de su muerte. Fue un fotógrafo discreto y silencioso, sin veleidades artísticas ni pretensiones intelectuales, un obrero de la cámara que recorrió buena parte del Pirineo en busca de la noticia y del tiempo perdido.

De las Heras nació en 1886 en Torre de Valdealmendras (Guadalajara). Con 22 años se traslada a Zaragoza y comienza a trabajar en el estudio del prestigioso Coyne, uno de los referentes indiscutibles de la fotografía aragonesa. Junto a su privilegiado maestro se sumerge en las nuevas técnicas y aparatos que impone el mercado y participa en algunos de los acontecimientos más notables de la época como la Exposición Universal de 1908.

Dos años después siente que ha alcanzado la madurez suficiente para emanciparse profesionalmente y se traslada a Jaca para dar continuidad al negocio del recientemente fallecido Félix Preciado. La llegada de De las Heras a la ciudad pirenaica es recogida por el semanario local, El Pirineo Aragonés, como un acontecimiento. Se loan sus conocimientos en la materia y su experiencia junto al gran Ignacio Coyne en algunos artículos que todavía destilan cierta desconfianza hacia “el aparato de retratar”.

Es el año 1910 y el Pirineo está sumido en profundos cambios. Jaca todavía está amurallada pero muy pronto se liberará de ese cerco medieval. Muy cerca se está construyendo el ferrocarril de Canfranc, la obra más importante en el Aragón de la época. Miles de trabajadores procedentes de todo el país han llegado hasta ese recóndito lugar de la península, y con ellos un cargamento de ideas revolucionarias que chocan de lleno con el carácter desconfiado y supersticioso de los montañeses.

De las Heras se encuentra con ese paisaje en pleno proceso de catarsis. También con unos pueblos que alcanzan el máximo índice demográfico de todo el siglo XX, en los que todavía perduran los usos y costumbres casi inalterados desde la Edad Media. Pero es un Pirineo que se desintegra a marchas forzadas, a impulsos de un desarrollo que se manifiesta en forma de centrales hidroeléctricas y pantanos.

En septiembre de 1910 edita su primera colección de postales sobre Jaca y antes de finalizar el año otra sobre el Monasterio de San Juan de la Peña. En muy pocos meses sienta las bases de su negocio y comienza a consolidar la actividad por la que sería conocido en toda la región. La costosa producción de postales es su sello de identidad, una arriesgada pero visionaria apuesta comercial que le daría excelentes resultados.

Esas primeras postales muestran paisajes de Jaca y de su entorno, pintorescas calles y recoletas plazas. No son fotos de autor ni pretende introducir criterios de diseño. Muestra la realidad tal y como es, desprovista de filtros y carente de ambiciones estéticas. Nada que ver con el trabajo de algunos de los fotógrafos coetáneos aragoneses más reconocidos como Ricardo Compairé o Aurelio Grasa. Pero ahí reside su valor, en la enorme fuerza documental de sus imágenes.

Francisco De las Heras fue el único fotógrafo que residió permanentemente en el Pirineo. Por eso huyó de lo que otros consideraban pintoresco y evitó los tópicos en su producción fotográfica. Quizá ahí resida la razón del profundo olvido al que ha estado sometido durante varias décadas. Fue, en realidad, un notario de lo cotidiano, un fotógrafo de pueblo que tan pronto acudía a una boda como fotografiaba un terrible alud en el Balneario de Panticosa. A veces inmortalizaba a los niños jacetanos en el día de su Primera Comunión y otras veces se detenía en todos los detalles que brindaba la monumental obra del Canfranc.

Respondió De Las Heras con una soberbia capacidad de trabajo a los retos que le ofrecía el arriesgado negocio de la fotografía en aquellas primeras décadas del siglo XX. Su producción de postales aumentó de forma considerable y pasó de ser una anécdota a convertirse en una verdadera industria. Primero fue Jaca y sus alrededores pero más tarde el Balneario de Panticosa, Ansó, Echo, el desaparecido Balneario de Tiermas, la incipiente Sabiñánigo, el valle de Roncal, el valle de Tena, Biescas, Huesca, el valle de Aspe... Pocos rincones quedaron fuera del objetivo del fotógrafo jaqués. Hoy esas postales se cotizan al alza en las tiendas de coleccionistas y los mercados de viejo.

Luis Serrano, uno de los más importantes coleccionistas de postales antiguas de Aragón, no tiene dudas en afirmar que “De las Heras es el fotógrafo más prolífico de nuestra tierra, no hay nadie más que produjera la ingente cantidad de postales que produjo él. Su mérito es tremendo porque no hay que olvidar que él no estaba en Zaragoza, donde todo era mucho más sencillo. Vivía en Jaca, que entonces era un pueblo de 5000 habitantes sin apenas comunicaciones. Y sin embargo fue mucho más hábil, más dinámico y más visionario respecto al mundo de la fotografía que el resto de fotógrafos aragoneses y muchos de los españoles”.

Para explicar la extraordinaria dimensión del legado de De las Heras hay que ahondar en su encomiable labor comercial. A diferencia de otros fotógrafos contemporáneos, hacia fotos para comer y en aquellos años eso no era una tarea sencilla todos los días. La prensa jaquesa de la época describe con lucidez las penurias de buena parte de la población para encontrar trabajo y la escasez de recursos.

En ese contexto, su hiperactividad responde por igual a un meritorio desarrollo vocacional y a un ejercicio de supervivencia que no admitía pausas. En Jaca De las Heras era el fotógrafo de las bodas, bautizos y comuniones y en el exterior el promotor de interesantes colecciones de postales sobre el Pirineo. Los pioneros del turismo de montaña y los furtivos esquiadores las utilizaron para mostrar a lejanos parientes las bellezas de la cordillera. Pero además ejercía de periodista gráfico para el Heraldo de Aragón, el ABC o la revista Aragón. Fue un impagable corresponsal de prensa que firmó interesantes reportajes ahí donde otros no llegaron a tiempo.

Hizo de la necesidad virtud y supo sacar el máximo rendimiento de los escasos medios disponibles. Se convirtió en un maestro del retoque fotográfico, que utilizaba para maquillar una imagen y utilizarla en dos colecciones distintas de postales. Pintaba la nieve para diseñar una serie de paisajes nevados y después la borraba cuando lo que vendía era el Pirineo primaveral. Un prodigio del marketing cuando éste no existía.

En 1923 dio el salto y se instaló en un espacioso local de la calle Mayor, la principal arteria de Jaca. Él mismo diseño la fachada de ese edificio con reminiscencias árabes que todavía hoy se puede contemplar en el número 30. Ese año inauguró también el primer estudio con luz natural de la ciudad y prosiguió en su labor de promoción del Pirineo aragonés Cuatro años antes había realizado una incursión en el mundo de los libros al editarle al historiador Ricardo del Arco el lujoso libro “La Covadonga de Aragón. San Juan de la Peña” profusamente ilustrado con sus propias fotografías.

El fotógrafo de pueblo ya había alcanzado la categoría de gran empresario, reportero, editor, documentalista, promotor turístico y divulgador. Es en este tiempo cuando desarrolla probablemente sus trabajos más meritorios y perdurables. Suyas son las únicas fotografías conservadas del Balneario de Tiermas, desaparecido en los años 50 bajo las aguas del pantano de Yesa. A él se debe también el detallado seguimiento visual de las obras del ferrocarril de Canfranc, al que dedicó largos años y notables esfuerzos. Esa dedicación culminó el 18 de julio de 1928 cuando fotografió a Alfonso XIII y el presidente de la República Francesa, Gaston Domuergue, en la inauguración de la Estación Internacional. Esa imagen forma parte de la historia gráfica española del siglo XX.

Dos años después fue el único fotógrafo que pudo captar las primeras horas de la sublevación republicana de los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández. Cuando cuatro meses después se proclamó la II República, De las Heras se apresuró a publicar un anuncio en la prensa en el que recordaba que el retrato de Galán que blandían miles de españoles en las primeras manifestaciones de entusiasmo republicano había sido realizado por él. Esa foto se había convertido de la noche a la mañana en un icono del nuevo Estado.

Pero quizá su aportación más valiosa a la historia de la fotografía es su serie sobre las “endemoniadas” de Jaca tomada en 1922. Aquella patética procesión de mujeres que creían estar poseídas por el diablo bajo la peana de Santa Orosia es hoy un documento antropológico de un valor incalculable. Incluso en esas circunstancias cuenta el antropólogo Ángel Gari que “una de esas fotografías está retocada. Una de las posesas se quitó la camisa  al experimentar mejoría, pero De Las Heras la tuvo que pintar en el contacto final ante las amenazas de un familiar”.

Tras la Guerra Civil, De las Heras fue perdiendo el pulso fotográfico y pasó los trastos a su yerno, Primitivo Peñarroya. Todavía tuvo tiempo de plasmar otro horror, el del incendio que asoló en 1944 el pueblo de Canfranc. Las llamas que acabaron en unas horas con la milenaria población  fueron como la metáfora del tiempo vivido, el periodo más convulso de la historia del Pirineo retratado con primorosa dedicación para las futuras generaciones.

La cámara de De las Heras ha dejado testimonios de gran valor sobre los profundos cambios experimentados por la cordillera aragonesa en la primera mitad del siglo XX. Probablemente sin ser consciente de su trascendental labor histórica, captó escenas irrepetibles, paisajes modificados por el hombre para siempre y una sociedad que ya sólo será posible conocer a través de sus fotografías. Cuando murió en 1950, la pequeña ciudad que le había recibido con los brazos abiertos cuarenta años atrás comenzaba su transformación en centro turístico. Sesenta años después su nieto Carlos mantiene abierto el negocio fotográfico en el mismo edificio que él diseño en 1923.

 

Exposición "De las Heras-Peñarroya. 100 años". Hasta el 12 de octubre en el Palacio de Congresos de Jaca

Trabajo

Trabajo

Jean Baudrillard escribió hace unos años un ensayo titulado El crimen perfecto (Anagrama, 1996) en el que mantenía la tesis de que en nuestra época se producía el asesinato de la realidad.

La crisis que estamos viviendo no es la única ni la más grande de la historia, ni los factores que la han desencadenado (la ingeniería financiera, la desigualdad, la plena libertad de movimientos de capital…) nos pueden resultar novedosos. Quizá sí haya sido la primera auténticamente global, pero tampoco esto es un hecho del todo nuevo en un planeta como el nuestro afectado por el cambio climático o por crisis alimentarias que tienen que ver con lo que ocurre en cada una de sus esquinas.

Pero me parece que está empezando a ser singular porque las respuestas que se les están dando no podrían llegar a ningún lado si no se estuviera produciendo al mismo tiempo el “exterminio progresivo del mundo real” del que hablaba Baudrillard.

Cada vez menos de lo que dicen y hacen los gobiernos y los grandes organismos internacionales es verdad. Han logrado convertir la crisis en una gran excusa. Haciendo creer a la ciudadanía que luchan denodadamente contra ella, toman en realidad medidas que van a provocar dentro de poco otra semejante a la que aún estamos sufriendo.

Afirman que ponen fin a la avaricia bancaria y al desorden regulatorio de las finanzas, pero no mueven ni una coma de las normas que han dejado y siguen dejando hacer a su antojo a la banca, que continúa sin utilizar los billones de recursos que se han puesto a su disposición para financiar a empresas y consumidores mientras se dedica a jugar al Monopoly sobre el tablero del mundo.

Dicen que desean relanzar la economía y favorecer la creación de empleo, pero lo que hacen es limitar el gasto y aplicar medidas de austeridad que van a volver a reducir el crecimiento. Y afirman que así debe ser para limitar el impacto negativo de los déficits y la deuda, cuando lo más probable es, como han demostrado recientemente Mark Weisbrot y Juan Montecino, del Center for Economic and Policy Research de Washington, que la nueva desaceleración que están provocando limite a medio y largo plazo las posibilidades de obtener ingresos y, por tanto, de reducirlas efectivamente.

El Gobierno español insiste en mostrarse como un adalid de las políticas de igualdad, pero acaba de presentar un proyecto de presupuestos en los que se reducen las prestaciones por maternidad, paternidad, riesgo durante el embarazo y lactancia natural y las ayudas a las familias con escasos recursos, y que incluso incumple la ley recién aprobada el año pasado que determinaba la ampliación del permiso de paternidad de las dos a cuatro semanas a partir del 1 de enero de 2011.

Hablan de que es imperioso obtener recursos para salir adelante y huir así de la amenaza de la crisis y, sin embargo, se dedican a remover el chocolate del loro que más daño hace a los trabajadores mientras pasan de soslayo por las inmensas fortunas de los poderosos o de los multimillonarios gastos militares. Y con la reforma laboral que ha motivado la huelga general se alcanza, de momento, la cima del argumento falsario.

Ni siquiera les resulta necesario a quienes la promueven ponerse de acuerdo en los argumentos con que justificar el mayor recorte de derechos laborales de nuestra historia democrática. Sea una medida o su contraria, afirman sin rubor que es imprescindible para crear empleo, aunque a su lado el otro promotor diga que es para aumentar la productividad por lo que se adopta, o el de más allá afirme que es para reducir la temporalidad, y el de acullá sostenga que es para favorecer a los jóvenes desempleados. Y siempre, eso sí, porque sin tales medidas no podremos salir de la crisis, cuando la realidad indica que la teoría económica más solvente no es la que reduce los problemas del empleo a lo que ocurre en los mercados de trabajo, sino la que pone el acento en los mercados de bienes y servicios. Y los efectos que sin lugar a dudas va a provocar en ellos esta reforma es su nuevo y progresivo deterioro. Es decir, el empeoramiento de todo eso que dicen que van a mejorar.

No hay ni una experiencia histórica que muestre que reformas de este tipo traen consigo más bienestar, mejores salarios, empleos más numerosos y de mejor calidad, o derechos más potentes para los débiles. Todo lo contrario. Pero los gobiernos y quienes les han escrito la partitura articulan su discurso para convencer a la gente de que son estas normas las que muestran la perfecta correspondencia de los verdaderos progresistas con los nuevos tiempos. Y la derecha, mientras tanto, que hizo exactamente lo mismo al gobernar, aunque quizá con menos ditirambo, se autoproclama de seguido como el partido de los trabajadores. Puro teatro.

Los ajustes y reformas que se están llevando a cabo y las que van a venir enseguida para poner a disposición de la banca una mayor parte del ahorro que los trabajadores dedican a financiar las pensiones públicas y para proporcionar nuevas fuentes de rentabilidad privatizando servicios públicos no nos llevan al final de la crisis sino a las puertas de otra. Y las razones que se dan para poner todo esto en marcha no son argumentos, sino la forma de colocar a la ciudadanía en el “ombligo de los limbos”, al que se refirió Baudrillard.

Pero esta huelga general no es sólo una prevención frente al daño de la reforma laboral, o la que viene de las pensiones, sino una imprescindible defensa frente al crimen perfecto, mucho más peligroso, que las acompaña.

 

*Juan Torres López, catedrático de economía aplicada de la universidad de Sevilla, hoy en Público