Blogia

Juan Gavasa

Berlanga por Boyero

Berlanga por Boyero

Aplicamos el concepto de genialidad con excesiva alegría, con generosa irresponsabilidad. Se confunde a veces con el talento, con una personalidad florida, con la originalidad, con un estado pasajero de gracia, con la casualidad. Se etiqueta frecuentemente con ella a flores de un día, a modas con demanda inmediata, a lo esforzadamente raro, al hermetismo para iniciados. Con el termino clasicismo hay un poco más de cuidado, tal vez porque es fácil relacionarlo con lo académico, con esas obras modélicas de las que todo el mundo ha oído hablar, pero que muy pocos se preocupan por conocer de primera mano.

Berlanga poseía un mundo y un lenguaje intransferibles, lo cual no evitó en bastantes ocasiones que sus películas se equivocaran o desfallecieran, pero cuando el estilo y el contenido encontraron una armonía mágica, nacieron obras de arte tan incontestables, profundas y deslumbrantes como Plácido y El verdugo, películas cuya fuerza expresiva no se agota aunque las hayas visto cien veces, con un encanto al que pueden acceder el espectador profano y el cultivado, retrato inmejorable en necesario blanco y negro de una España auténtica, vitalista, sórdida y eterna, fusión de la comicidad y la tragedia a través de un realismo que deriva en el mejor esperpento, feroces y piadosas, relatos en los que no falta ni sobra una imagen ni una palabra (y son millones las que salen de las bulliciosas bocas de esa gente permanentemente incomunicada, obsesionada exclusivamente con el ¿qué hay de lo mío?), con una atmósfera que transmite sensación de verdad, que esos personajes no interpretan, que lo que hacen y dicen, sus gracias y sus miserias han sido filmadas con una cámara oculta, en las que te olvidas de la prodigiosa puesta en escena que hay detrás de esos inimitables planos secuencia.

Ese Berlanga no revela solo a un director superdotado, a un inventor de climas, a alguien que sabe expresar todos los registros de la naturaleza humana, sino a algo tan infrecuente como un genio. Son dos creaciones sin fecha de caducidad. Lo que cuentan es universal, pero conviene haber nacido en este país para disfrutar de toda su complejidad, su lenguaje, sus matices. Su simultánea capacidad para hacerte reír y helarte la sangre, para que retengas en el oído y en la retina diálogos e imágenes impagables, su poder de conmoción, emparenta a Berlanga con las cosas más hermosas y perdurables que han ocurrido en la cultura española. Con genios como Buñuel (lástima que solo pudiera rodar tres películas en la tierra que le parió), Valle-Inclán, Quevedo, Goya, Picasso, Cervantes, gente así.

Evidentemente, el universo de Berlanga había nacido mucho antes, pero no puede ser casual que su encuentro con la acidez y la sabiduría de Rafael Azcona potencie las esencias de su cine, el complemento admirable de dos inteligencias fuera de lo común. Existe gracia, ternura (tal vez excesiva), vocación lírica, costumbrismo del bueno, ironía (no el sarcasmo posterior) en el Berlanga anterior a Plácido y El verdugo. Reconozco el poderío tragicómico de los que esperaban en vano a mister Marshall, el refugio humanista de un sabio en el pueblo de Calabuch, los novios a la vista, la dificultad de una pareja para ser felices, los jueves en los que ocurren milagros, pero solo son un preludio atractivo de arte mayor.

Creo que después del prodigio, Berlanga la pifia en La boutique y ¡Vivan los novios! Al revisar Tamaño natural descubro que me afecta poco la soledad de ese misógino enamorado de una muñeca infiel. El Berlanga extraordinario renace con La escopeta nacional y va perdiendo aliento en la segunda y tercera parte de la saga de los Leguineche, aunque el personaje de Luis Escobar sea un clásico. Me aburre el realismo soez de La vaquilla, su mayor éxito comercial. Y me resulta doloroso, ante la ilusión y las expectativas que me despertaba cualquier cosa que llevara su firma, constatar que Moros y cristianos, Todos a la cárcel y París-Tombuctú parecen una caricatura del mejor Berlanga, que nada respira, que la sátira ha perdido la gracia aunque el estilo visual y narrativo siga siendo reconocible. Da igual. Haber creado Plácido y El verdugo conceden bula eterna, infinito agradecimiento.

Laicismo agresivo

Laicismo agresivo

El Papa ha pasado por Santiago de Compostela y Barcelona dejando un reguero de indignación y estupefacción en muchos sectores sociales del país. Nunca antes una visita del jefe de la iglesia romana había levantado en los días previos y en las reflexiones posteriores tanta contrariedad y divergencia. Tampoco nunca antes había surgido una reacción popular tan manifiesta de los sectores más agredidos por la doctrina de la iglesia que dirige Benedicto XVI. Barcelona, nuevamente en la vanguardia de los movimientos sociales y de contestación ciudadana, ha dado un ejemplo de compromiso cívico y de conciencia ciudadana, si entendemos ésta como parte de la responsabilidad que cada individuo tiene en la defensa, reivindicación y cumplimiento de los valores democráticos.

            Está claro, como apuntaba recientemente el teólogo Juan José Tamayo, que el Jefe de Estado del Vaticano es probablemente la autoridad terrenal menos capacitada para cuestionar los movimientos sociales y la respuesta ciudadana en la calle: son legítimas expresiones de soberanía popular y de libertad de expresión. Estos valores están consagrados en nuestra Constitución, el único documento que puede regir la conciencia colectiva de un país democrático. En contraposición a esta realidad política, Tamayo recordaba que la elección de Ratzinger como Papa Benedicto XVI fue obra de “114 "príncipes de la Iglesia", sin consulta ni participación de la comunidad cristiana, lo que limita sobremanera su capacidad para representar a todos los católicos. Benedicto XVI ejerce su autoridad religiosa antidemocráticamente y la jefatura de Estado de la Ciudad del Vaticano con un poder absoluto superior al de los faraones egipcios, los emperadores romanos y los califas del Imperio Otomano”.

Por lo tanto, el ciudadano libre está, sin duda, en un plano moral superior al del máximo representante de la iglesia católica en la tierra. Un plano moral legitimado por su libertad individual para opinar y para elegir; para discernir poniendo en práctica los atributos de la razón que tanto exasperan a los guardianes de la ortodoxia católica. Benedicto XVI no sólo ha visitado un Estado soberano y aconfesional con todos los gastos pagados (no merece la pena, por obvio, entrar en el derroche de dinero público que ha supuesto este viaje. Dinero pagado con los impuestos de todos los ciudadanos españoles, independientemente de su fe), sino que además ha cometido la insolencia de criticar a sus generosos anfitriones con una falta de educación y de rigor sólo comparables a su infinita ignorancia sobre la realidad social de España.

Benedicto XVI ha acusado al gobierno español de practicar un “laicismo agresivo” y ha comparado la supuesta clerofobia radical que vive el país con la que se desató durante la Segunda República y la Guerra Civil. Es interesante el sintagma “laicismo agresivo”, casi actúa como un oximorón. Porque el laicismo sólo puede ser real si se aplica consecuente con lo que expresa. Que la sociedad se organice de forma aconfesional sin vínculo alguno con ninguna religión –entendiendo que éste es un ámbito que sólo puede organizarse en la conciencia personal de cada individuo-, nunca podrá calificarse de agresivo. No es posible otra praxis del laicismo. Sólo puede sentirse agredido quien ha ostentado un poder omnímodo durante siglos fundamentado en la connivencia con el poder. Sólo puede sentirse agredido quien nunca mostró la mayor inquietud por la persecución a la que eran sometidas el resto confesiones. Sólo puede sentirse agredido quien vivió plácidamente su condición de religión oficial, vigilando la educación y las almas de millones de ciudadanos. Sólo puede sentirse agredido quien ejerció el poder durante siglos sin escrúpulos. Sería justo decir que España ha sufrido durante siglos un catolicismo agresivo que le alejó de Europa, de la modernidad y del progreso, de las luces de la Ilustración y de la claridad de la razón.

Pero como escribía ayer Juan G. Bedoya, pese a que la Iglesia ha perdido su influencia en algunos ámbitos de la sociedad española desde la llegada de la democracia, “pocos gobiernos han tratado mejor que éste a la Iglesia romana desde la muerte de Franco y la cancelación del repugnante nacionalcatolicismo que sirvió de sostén durante décadas a la brutal dictadura”.

Quizá debería analizar Benedicto XVI las razones de la irrefrenable pérdida de clientela en España, la tradicional reserva espiritual de occidente. Se equivocará deliberadamente si se empeña en buscar el rastro en la izquierda política y social. Debería preguntarse porqué existe un anticlericarismo histórico en este país que incluso pervivió cautivo durante las décadas del yugo, la cruz y las flechas. Debería leer la historia de España para conocer el papel fundamental que desempeñó su iglesia en la conformación histórica, económica y social del país, y también en su proverbial retraso. Sólo así podrá llegar a comprender la magnitud del rencor y el hastío acumulado por una sociedad que creció mutilada moralmente por un guardián severo e inflexible.

Las sorprendentes referencias de Benedicto XVI a la Segunda República, sorprendentes por insólitas, nos trasladan nuevamente a un periodo de la historia reciente de España que de manera incuestionable ha quedado fijado en la historiografía como el único experimento de modernización que fue capaz de poner en práctica España. La historia ya se sabe cómo acabó, pero ahora que se han cumplido 70 años de la muerte de Manuel Azaña se hace necesario recuperar alguno de los párrafos del memorable discurso que pronunció el 13 de octubre de 1931 cuando defendía la necesidad de una reforma religiosa que acabara con el lastre que representaba para el país la omnipresente iglesia católica. Si en aquellas palabras hay que buscar el rastro del actual laicismo severo, que venga Dios y lo vea.

 “... Yo no puedo admitir, señores diputados, que a esto se le llame problema religioso. El auténtico problema religioso no puede exceder de los límites de la conciencia personal, porque es la conciencia personal donde se formula y se responde la pregunta sobre el misterio de nuestro destino. Éste es un problema político, de constitución del Estado, y es ahora, precisamente, cuando este problema pierde hasta las semejas de religión, de religiosidad, porque nuestro Estado, a diferencia del Estado antiguo, que tomaba sobre sí la curatela de las conciencias y daba medios de impulsar a las almas, incluso contra su voluntad, por el camino de su salvación, excluye toda preocupación ultraterrena y todo cuidado de la fidelidad, y quita a la Iglesia aquel famoso brazo secular que tantos y tan grandes servicios le prestó. Se trata, simplemente, de organizar el Estado español con sujeción a las premisas que acabo de establecer”.

 “… yo creo más bien que es el catolicismo quien debe a España, porque una religión no vive en los textos escritos de los Concilios o en los infolios de sus teólogos, sino en el espíritu y en las obras de los pueblos que la abrazan, y el genio español se derramó por los ámbitos morales del catolicismo, como su genio político se derramó por el mundo en las empresas que todos conocemos”.

 “... Tengo los mismos motivos para decir que España ha dejado de ser católica, que para decir lo contrario de la España antigua. España era católica en el siglo XVI, a pesar de que aquí había muchos y muy importantes disidentes, algunos de los cuales son gloria y esplendor de a literatura castellana, y España ha dejado de ser católica, a pesar de que existen ahora muchos millones de españoles católicos, creyentes”.

 Me quedo finalmente con otra de las afirmaciones del teólogo Juan José Tamayo, “yo creo que el Vaticano como Estado y el autoritarismo papal son dos de los factores que más han contribuido al fracaso del cristianismo en su historia y que más escándalo generan entre los no creyentes, pero también entre no pocos cristianos evangélicos. Además, están en abierta oposición al Evangelio, que acusa a los jefes de las naciones de dominar al pueblo e imponer su autoridad (Marcos 10, 42-45), al tiempo que alejan, más que acercan, de la fe en Jesús de Nazaret. La desaparición del Vaticano es condición necesaria para la recuperación de la credibilidad de la Iglesia en el mundo actual”.

Clot de Moro

Clot de Moro

En Castellar de N'Hug (Berguedá), se encuentra uno de los restos más interesantes e insólitos de arquitectura industrial pirenaica de principios del siglo XX; se trata de la antigua fábrica de cemento de El Clot de Moro, un impresionante edificio adaptado también a la montaña sobre un terreno de piedra calcárea. En 1904 el prestigioso empresario catalán Eusebio Güell, mecenas de Gaudí, eligió este lugar  para levantar Asland, la primera fábrica de cemento portland del estado. Encargó el diseño de la planta al arquitecto Rafael Guastavino, quien levantó un edificio que destaca por las galerías situadas en distintos niveles y las majestuosas bóvedas que las cubren.  Güell encargó a Gaudí un chalet junto a la fábrica para los encargados y un refugio en la sierra de Catllarás para los ingenieros.

La fábrica se cerró en 1970 y el viejo edificio modernista se contempla ahora desde la carretera como un extraño anacronismo fuera de contexto.  En los últimos años se ha rescatado de la ruina la galería inferior, que alberga el museo del cemento (narra el proceso de fabricación y la historia de la construcción de la planta); y el Museo del Transporte, que cuenta con una de las mejores colecciones de Europa de vehículos antiguos. Entre ellos destaca la colección de ferrocarriles de vía estrecha e industriales, con más de 30 locomotoras, la sección de transportes públicos con unos 12 tranvías de Barcelona, una muestra antigua de coches de línea y un clásico autobús londinense de dos pisos.

Gaudí también visitó la zona en 1905 para realizar los encargos del Conde Güell y se alojó en el cercano pueblo de La Pobla de Lillet. A instancias de la familia Artigas, en cuya casa durmió, hizo los bocetos de un jardín para su finca particular que acabaron siendo los maravillosos “Jardins Artigas”, nacidos de la formidable imaginación del arquitecto, otro de los puntos más visitados de la zona.

El resto de la campaña...

El resto de la campaña...