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Juan Gavasa

Música

Prejuicios (II)

Prejuicios (II)

Pirineos Sur se inventó para romper tópicos. Decía Marcel Proust que “viajar no es cambiar de paisaje sino cambiar de mirada”. El Festival oscense nació hace casi dos décadas con ese propósito, con el de superar prejuicios y mostrar las culturas del mundo sin los barrotes de lo pintoresco y la necedad de los tópicos. En este tiempo el Festival ha trabajado concienzudamente para educar el oído y abrir las mentes. Podría parecer pretencioso el objetivo, pero en realidad en cada edición de Pirineos Sur se ha propuesto un viaje sonoro para cambiar la mirada del espectador sin necesidad de alterar el paisaje. El Valle de Tena se muestra estos días espléndido, consecuencia de una insólita primavera húmeda que ha dejado unas montañas tupidas de un intenso verde. Por lo tanto, el paisaje sigue siendo el mismo pero una vez más lo que cambia es la mirada que Pirineos Sur quiere proyectar del mundo, siempre en la búsqueda de la identidad, sin artificios.

            Se podría pensar que en Argentina el tango y la canción de autor lo dominan todo. Falso. Se podría pensar que en México las rancheras y los narcocorridos no dejan espacio para nada más. Falso también. Sería como dar por buena la especie de que en España más allá del flamenco sólo existen campos yermos. En la noche del viernes se dieron cita en el nuevo auditorio de Lanuza dos propuestas que hacen saltar por los aires algunos prejuicios de cuna. La noche era memorable, tanto en lo musical como en lo meteorológico. Y esto último no es un asunto baladí para los que han sufrido durante la historia del Festival los rigores inclementes del verano pirenaico. No hicieron falta ni chaquetas ni anoraks. Un festival veraniego en toda regla, un lujo.

            Estelares es un cuarteto de largo recorrido. Surgió en 1996 en La Plata a raíz de la puesta en común de unas cuantas certezas musicales, que transitaban desde la inevitable flema tanguera argentina hasta el pop melódico británico, todo ello aderezado con una solvente capacidad literaria de Manuel Moretti, el vocalista y guitarrista del grupo. Ellos reconocen su deuda eterna con Los Beatles, aunque ya se sabe que las influencias pueden resultar irreconocibles cuando pasan el filtro de un estudio de grabación. Desde entonces el grupo ha experimentado una interesante evolución, que le ha permitido sumar nuevos sonidos y enriquecer su directo.

Es inevitable la comparación con Calamaro y con el propio Fito Paez (que actúa en la noche del sábado en Pirineos Sur), pero igualmente se entreveran algunos punteos de guitarra que suenan a Wilco y a algunas otras bandas del nuevo rock americano. Esta es la mejor noticia; la versatilidad sonora de Estelares y su eficacia en directo, como demostró sobradamente el viernes en Pirineos Sur, presentando las canciones de su último disco “Una temporada en el amor”.

            Estelares dejaron el camino allanado a Molotov. Cambio de registro y una nueva patada a los prejuicios. Los mexicanos irrumpieron hace 15 años en el panorama musical con una irreverencia desconocida. Letras muy agresivas, crítica sin concesiones a los poderes políticos y económicos, agrestes producciones y una fuerza en directo que se acentuaba con la violencia sonora que transmitían sus dos potentes bajos. Molotov llegó para romper con todo lo establecido e inevitablemente encontró el respaldo mayoritario y entusiasta de un público joven que sintió fascinación por ese artefacto sonoro. Molotov sonó el viernes en Lanuza con la misma potencia de siempre, pese a la errática carrera del grupo, que incluso les llevó a anunciar su separación hace tan solo tres años. Fue un globo sonda que, por suerte, nunca se confirmó.

            Poderosos y contundentes, los mexicanos ofrecieron un largo repertorio que bien podía ser una retrospectiva de toda su carrera. Fue un concierto que comenzó con titubeos y terminó con una arrolladora explosión sonora, casi incontrolable. Tocaron sus éxitos más aclamados (“Puto” fue el más vibrante), y otros que pertenecen a trabajos más recientes como el disco “Con todo respeto”, en el que versioneaban clásicos de rock contemporáneo. El concierto lo abrieron con una demoledora versión del “Amadeus” de Falco. Probablemente el directo es el hábitat natural de Molotov, el ámbito en el que mejor pueden desarrollar todas sus capacidades como músicos, sin las limitaciones del frío estudio de grabación. El viernes en Lanuza confirmaron que existe una banda para mucho tiempo, si mantienen la complicidad mostrada en Pirineos Sur.

León Gieco

León Gieco

León Gieco habla pausado. Parece que su discurso está instalado en una continua improvisación pero es sólo consecuencia directa de su espíritu indomable. Es decir; no necesita la vehemencia para acentuar la fuerza de sus palabras, la honestidad de sus valores, el rotundo dolor de sus verdades.

León Gieco habla pausado. Como si quisiera abaratar el precio de su discurso. Como si un acceso de timidez asaltara sus certezas y convirtiera su verbo fluido en un constante retroceso. Como si nunca encontrara el camino libre para desparramar el espeso fluido que son sus palabras.

León Gieco habla pausado. No quiere que su voz llegue distorsionada. León dice que es como un periodista del rock, “tratando de poner poesía a la realidad”. León no quiere modular sus palabras ni utilizar amplificadores que trufen de artificio lo que es natural como la vida misma. León sabe que sus palabras no necesitan más altavoces que los de la conciencia de las personas. León sabe que la vida no hizo mucho caso a los trovadores. Tampoco tuvieron mejor suerte los predicadores del siglo XX. Sólo el peso de las conciencias logró encumbrar a los líderes sociales. Sin el hábito no hay norma. Sin conciencia no hay campo abierto.

León Gieco habla pausado. Es reivindicativo pero no panfletario. Es solidario pero no caritativo. Es viejo pero demasiado joven. Es famoso pero actúa como un desconocido. Tiene historia pero habla como un niño. Tiene cicatrices pero dice que no le duelen. Tiene amigos pero los utiliza. Tiene canciones pero sigue cantando. Tiene cansancio pero sigue luchando.

León Gieco habla pausado. Habla como esos viejos profesores que se saben la lección de carretilla. Su lección es la vida pero él no la vive como un ejercicio rutinario. Solamente algunos brotes de cinismo descomponen su compromiso vital. El cinismo es la secuela que deja la vida después de vivirla, cuando algunas esperanzas y algunos sueños se observan con una sonrisa de displicencia, de incredulidad. Entonces León Gieco suelta una de sus frases electrocutantes: “las canciones no cambian nada, sólo acompañan los procesos populares que viven los países”. Más tarde suelta ésta otra: “si las canciones pudieran arreglar los problemas del mundo, Silvio, Pablo, Juan Manuel y yo solucionaríamos todo en una tarde”. Y es entonces cuando adviertes la presencia de talentos naturales que la vida ha moldeado e incluso ha maltratado como parte de ese eterno duelo entre lo posible y lo real.

León Gieco habla pausado. León Gieco habla de sus 250 canciones, de sus 37 discos, de sus millones de copias vendidas antes de que internet acabara con el negocio. León habla de su amiga Mercedes Sosa, la más grande. León dice de ella que “es nuestro Mick Jagger, nuestro Paul McCartney”. León llora su muerte. León habla de Pablo, Pablo Milanés. León habla de Silvio, Silvio Rodríguez. León habla de Joan Manuel, Joan Manuel Serrat. León habla de James, James Taylor. León habla de sus amigos como si fueran sólo sus amigos. No importa su profesión.

León Gieco habla pausado. Y habla de su Argentina y de los desgarros de su historia. Habla del asesino Videla y de Alfonsin, habla del nefasto Menem y del corralito. León habla del rock como ansiolítico para el dolor del horror. “El rock –ha recordado-, fue por ejemplo en los años setenta en mi país un medio de combate contra la terrible dictadura”. León habla del poder de la música sin pretensiones. León habla con la modestia del artesano. Habla de su nuevo proyecto: “Quiero escribir de forma más reflexiva sobre todo lo que pasó en nuestra vida, sobre todo lo que pasó y todo lo que quisimos en nuestra juventud y no conseguimos. Sin prepotencia, simplemente pensando que sólo podemos pasar por la vida intentando dejar un mundo mejor, no cambiarlo”.

León Gieco habla pausado. León habla de los jóvenes músicos. A ellos pertenece internet. “Yo antes vendía medio millón de discos y ahora vendo 50.000. Pero hay músicos jóvenes que ahora tienen la oportunidad de que se les escuche sin necesidad de contar con el favor de una gran compañía discográfica. En Argentina todo es ilegal, todo el mundo descarga las canciones de internet, pero algunos pueden ser oídos ahora”.

León Gieco habla pausado. León Gieco nos dice: "ustedes se quejan de vicio. La crisis la inventó Argentina. Nosotros tenemos los derechos de autor de la crisis".

León Gieco habla de fútbol. Él soñaba con una final España-Uruguay.

León Gieco habla pausado. Es argentino.

 

León Gieco actúa este jueves día 8 en el concierto inaugural de la XIX edición de Pirineos Sur

Modestia y vanidad

Modestia y vanidad

Macaco es uno de los fenómenos de masas del actual panorama musical español. Él es consciente de que está en la cresta de la ola y que su música es en estos momentos una demanda casi general en cualquier festival. Estuvo en el Rock in Río y arrasó ante cerca de 60.000 personas con unas canciones y un estilo tan reconocibles y especiales que han creado un sello propio, difícilmente imitable. Macaco es Macaco y su personal concepto sonoro es una fórmula de éxito que puede resultar atractivo para los más modernos y para los que añoran los buenos tiempos de la rumba catalana. Él es dedudor de Peret y Gato Pérez, sin duda, pero también de Manu Chao, de Ojos de Brujo y de otros artistas que hace ya muchos años decidieron arrancarse las estiquetas de encima y experimentar con la música, la electrónica y las enormes posibilidades que ofrecía el break beat. Música real con coberturas digitales y samplers que suenan como rasgaduras. Macaco vive un dulce momento que sueñan todos los artistas; es un icóno de los adolescentes y un músico respetado por su colaboración con diversas causas sociales. En la noche del sábado en Graus se pudo comprobar el enorme tirón que tiene entre los más jóvenes con una media de edad que descendió en casi tres décadas respecto a la registrada la noche anterior con Los Secretos. Daniel Carbonell estuvo muy intenso durante todo el concierto, alternando algunas de su canciones más emblemáticas con soflamas en defensa del medio ambiente, la comunicación o la solidaridad. Sin duda el momento álgido de la noche llegó con la interpretación de "Moving", la canción que le ha llevado definitivamente a su consolidación entre el gran público. Macaco y sus conocidos movimientos sobre el escenario absorben la atención de todos. Pero no habría que olvidar la enorme calidad de su grupo, músicos de gran altura que envuelven con eficacia ese producto musical llamado Macaco.

Antes de él abrieron la noche los madrileños Joe Crepúsculo, un interesante proyecto musical que bebe de las torrenciales fuentes de la música española de finales de los 70. Sus canciones recuerdan a Aviador Dro o Kaka de Luxe, pero eso no significa que su propuesta musical sea un simple sucedáneo. Ellos reinterpretan los estilos que definen su música y se permiten versionear clásicos como "Al Alba" de Luis Eduardo Aute, una irreverencia que respeta con pulcritud el espíritu de la simbólica canción. Después de Joe Crepúsculo saltó al ruedo Amparo Sánchez  y no necesitó  ni una canción para demostrar que es una de las voces más  interesantes del panorama nacional. Despojada de las ataduras de Amparanoia, ahora  es ella y sus excelentes músicos, nadie más. Ahora es Amparo y toda su carga  de mestizaje y fusión, que le lleva a transitar por los turbulentos caminos que unen Tucson con La Habana, el nombre de su nuevo disco. Amparo es una profesional de los pies a la cabeza y, por lo tanto, su principal virtud es la modestia y la cercanía. Este año va a recorrer medio mundo con su nuevo album pero sigue siendo la misma Amparo de amplia sonrisa y mirada cercana.

El telón lo bajaron los Rap'susklei con la presentación de las canciones que componen su último disco, "Pandemia". Los zaragozanos son tremendamente solventes en el escenario y conocen a la perfección los inciertos estados de ánimo por los que puede gravitar un auditorio durante un concierto. Eso sólo se puede llegar a conocer con muchas horas sobre el escenario y ellos entendieron que los grausinos querían marcha y poderío. Ellos no defraudaron y fueron el colofón perfecto a tres días de música con "ñ".

Nostalgia y vanguardia

Nostalgia y vanguardia

La primera noche del Ribagorza Pop Festival en el escenario del Centro Recreativo Gradense respondió a las expectativas de la organización. Noche de verano, buena entrada y tres propuestas musicales tan diferentes que permiten entender con claridad cuál es la filosofía de este Festival: valores emergentes del panorama nacional con estrellas consagradas. Esta parte de la programación quedó en manos de Los Secretos, mítica banda madrileña  que acaba de iniciar su nueva gira después de recorrer el país con un tour primaveral en el que recuperaron parte de su repertorio menos conocido. Sin embargo, en Graus la banda que lidera Álvaro Urquijo fue a lo seguro y durante hora y media se dedicó a repasar su inmensa y brillante discografía, compuesta por algunos de los iconos musicales más populares de la música española de las últimas tres décadas. Nostalgia y profesionalidad, una buena mezcla que Los Secretos pusieron en práctica ante un auditorio que sabía lo que quería. Cuando en el repertorio conviven canciones como "Déjame", "Sobre un vidrio mojado" o "La calle del olvido", todas ellas parte de la memoria musical de toda una generación de españoles, dificilmente se puede fracasar.

    Con esa materia prima lo normal es que el público se rinda ante los primeros acordes. Y si además los músicos son buenos profesionales, solventes y eficaces con sus instrumentos, el éxito es una cuestión rutinaria. Y así ocurrió ayer. Los Secretos manejan un catálogo memorable de canciones y Álvaro Urquijo puso ese conocido tóno melancólico en cada interpretación, que las hace inimitables e intemporales. 30 años de historia se pueden resumir de muchas maneras y seguramente una de las más interesantes es a través de la música. La memoria de un país es también la memoria de sus canciones y Los Secretos son responsables de un pedazo fundamental de su banda sonora. Grupo superviviente y tenaz, recuperado una y mil veces de cada golpe de la vida, y en su caso han sido unos cuantos. El recuerdo de Enrique Urquijo sobrevoló inevitablemente el auditorio gradense y cada una de sus canciones fue como un pequeño homenaje de un público, mayoritariamente "cuarentón", que regresó por unos minutos a los felices tiempos de la adolescencia.
   
    Antes de Los Secretos abrió la noche el grupo local El eterno proyecto, interesante banda que transita entre el Indie y el Pop. Los grausinos son un claro ejemplo de la filosofia que impregna la programación del Ribagorza Pop Festival. La apuesta por grupos emergentes de calidad que difícilmente pueden encontrar un hueco en los circuitos habituales. Su programación en la nueva edición del Festival responde a esa idea genérica de apoyar todo lo bueno que está surgiendo en el panorama musical nacional. El eterno proyecto demostró sobre el escenario que tiene tablas y una idea muy precisa del sonido que quiere experimentar. Algo parecido a lo que ocurre con Telephunken, la extraordinaria banda liderada por el zaragozano Ernesto Sánchez. Ellos tienen un recorrido más largo y una trayectoria avalada por cuatro discos y un sonido que ha sido unánimemente elogiado por la crítica musical. Sobre el escenario son un cañón de sonidos y estilos en los que se entrevera el funk, el jazz, el break beat, la música latina o el raggamufin. Una propuesta moderna, atractiva y sofisticada que mejora con el paso de los años. Telephunken forma parte de la élite española de la música electrónica y en cada concierto se muestran más solventes y brillantes. Ayer hicieron un concierto impecable, ideal para una noche de verano y para un público que sólo quería bailar y pasarlo bien. Y en eso Telephunken son auténticos maestros.

Cuando cantar es una caricia

Cuando cantar es una caricia

Ana Fernández tiene una voz que atrapa. Sus registros son tan variados que difícilmente se le puede adscribir a un estilo determinado. Su voz es un instrumento más, un delicado artefacto que ella maneja con una sorprendente mezcla de delicadeza y fortaleza. Sabedora de un privilegio innato, difícilmente moldeable si no existe un valor natural, ella canta como si sostuviera sobre la atmósfera de sus conciertos cada palabra de cada una de sus letras. Su voz acaricia el sonido de la guitarra y transforma sus mensajes en un susurro, en un derroche contenido de talento que ella dosifica sabiendo que en los pequeños suspiros se almacena mejor lo bello. Luego están los jardines del Espacio Pirineos, un rincón que parece inventado precisamente para albergar conciertos como el de la noche del jueves. Difícilmente se puede encontrar un lugar más recógido y magnético. La sonoridad es perfecta y la atmósfera que genera invita a dejarse mecer por la música como si se tratara de canciones de cuna. Cuentan que Baltasar Gracián escribió en ese lugar a mediados del siglo XVI su popular obra "El Criticón". El aragonés era entonces un hombre desengañado de la vida y el cinismo del pesimismo dirigía su prosa. Aquellos muros, otrora convertidos en un encierro para el jesuita aragonés, inspirarían en noches como la del jueves otro verbo y otra visión de la vida, alejada de los conflictos morales que provocaron su caida en desgracia.

Uno de los populares aforismos de Gracián mil veces repetido es el de lo bueno, si es breve, es dos veces bueno. El concierto de La Bien Querida fue breve, apenas duró una hora, y durante este tiempo recorrió buena parte de las canciones que componen su primer disco "Romancero", al que la crítica ha recibido con una unanimidad de elogios. "Rock de Luxe" y "Mondosonoro" coincidieron en considerarlo el mejor disco español de 2009. Y el pasado año estuvo presente en la programación de dos de los festivales más importantes del calendario nacional, el FIB de Benicassim y el Primavera Sound.

El Ribagorza Pop Festival siempre se ha caracterizado por tener un olfato especial para reconocer la calidad de los valores emergentes. A lo largo de sus cinco años de historia ha apostado por formaciones minoritarias que poco después han dado el salto al gran público. Con La Bien Querida el Festival vuelve a acertar de pleno y proyecta la calidad indiscutible de una banda y de una cantante, Ana Fernández, que indiscutiblemente es una de las mejores voces del panorama español.

Massive Attack

A principios de los 90 del pasado siglo el mayor foco de creatividad musical se concentró en Bristol, la ciudad portuaria de la costa oeste de Inglaterra. Los últimos años de los 80 habían estado marcados por la irrupción definitiva del hip hop como género musical mayor, y el nacimiento de numerosas corrientes alternativas y subgéneros que compartían la misma raíz callejera y experimental. La electrónica vivía en permanente revolución y se había despojado de las ataduras conceptuales y técnicas de pioneros como Kraftwer. Definitivamente era otra cosa, el universo se había abierto y para muchos fue como una epifanía, una caída paralela de otros muros de la creación, una caída tan estrepitosa y trascendental como la del muro de Berlin.

            En Bristol comenzó a cocinarse todo. Desde Estados Unidos llegaban con una profusión incontrolable nuevos estilos y experiencias que dejaban en constante evidencia la capacidad de renovación de la música europea. Así había sido desde principios de la década de los 70, cuando la desaparición de los Beatles trasladó definitivamente el pulso de la inspiración y de la experimentación al otro lado del charco. Ahora la música se fraguaba en pequeños estudios de grabación o en la mesa de mezclas de DJs neoyorkinos o de la costa oeste. La discoteca había alcanzado la condición de templo de la creación musical. Y en cierta medida, aunque con una revisión permanente de los decorados de fondo, así ha seguido siendo hasta ahora, cuando el ordenador y los beats han sustituido definitivamente la composición convencional a partir de un grupo de instrumentos.

            En Bristol comenzó la última etapa de esa revolución, la que estableció las bases sobre las que se desarrollaría una forma de hacer música que bien podría calificarse como el arte del reciclaje o, como escribía Boris Vian, el aprovechamiento de “las sobras completas” de unos y de otros. Al fin y al cabo, en Bristol se dignificó el ejercicio del usurpaje como expresión máxima de una manera de crear que reinventaba lo que otros ya habían hecho, o mejor dicho, reutilizaba lo que otros ya habían olvidado en sus roperos. Una suerte de “deconstrucción” de tonos, armonías, ritmos, secuencias y los famosos breakbeats. “Soul crepuscular” le llamaron.

            En Bristol estaba Massive Attack, un grupo que mantenía estructuras formales que no se limitaban al propio hecho creativo. Constituidos como una comunidad o fábrica de ideas, un atelier en el que se horneaba el futuro de la música, se autodenominaban “The Wild Bunch”, marca que nunca llegaron a perder puesto que sus primeros discos aparecieron bajo el sello del mismo nombre. Andrew “Mushroom” Vowles, Grant “Daddy G” Marshal y el artista grafitero 3D fueron la primera formación estable de esa comunidad que en 1990 pasaría a llamarse Massive Attack. A ellos se uniría eventualmente la cantante Shara Nelson, mujer de portentosa voz que tendría después una discreta trayectoria en solitario. En aquellas fechas ya habían grabado algunos temas como “Daydreaming” pero hasta 1991 no tuvieron oportunidad de publicar “Blue line”, el disco más influyente de la década de los 90 y, sin ninguna duda, uno de los mejores de la historia de la música.

            “Blue line” abre la puerta de lo que pronto se universalizaría como trip hop, una variante del hip hop que estaba directamente vinculado con el movimiento musical que se había generado en Bristol, hasta el punto de que muchos lo bautizaron sencillamente como “Bristol Sound”. La creación de ampulosas secuencias atmosféricas a partir de breakbeats reiterados con una velocidad inferior a la habitual, estableció un sello inconfundible que muchos lo compararon con la experiencia de un viaje sonoro. Como un levitar arropado por sonidos que parecen condensados en la atmósfera. Todo ese artilugio se tejía a partir de influencias claramente definidas como el jazz, el soul, el rap y  otros géneros menores como el dub jamaicano.

            En torno a Massive Attack se movía un círculo de creadores cosidos por el mismo patrón, muchos de ellos protagonistas en primera línea de numerosos acontecimientos posteriores en la música de los 90. Tricky y Portishead ya habían colaborado en varios trabajos de “The Wild Bunch” y desarrollaron carreras inevitablemente influenciadas por Massive. Sus vínculos se mantendrían durante mucho tiempo, aunque tuvieron trayectorias independientes con desigual fortuna. “Blue line” fue un fracaso comercial pero logró una unánime e insólita acogida de la crítica, fascinada por la revolución sonora que llegaba desde Bristol. En esa obra maestra de nuestra tiempo sobresalen joyas intemporales como “Safe from harm” y, sobre todo, “Unfinished sympathy”, una monumental canción nacida para trascender de las modas e instalarse en la sala de los clásicos. Shara Nelson alcanza la plenitud como vocalista y probablemente también su cumbre como artista. Veinte años después “Blue line” sigue vigente, su sonido no ha perdido ni un ápice de vanguardia y frescura, fue tan innovador entonces que ahora le sobre fuelle para pasarle por la izquierda y por la derecha a tantas nuevas tendencias que no son más que remedos del pasado.

Massive Attack ha publicado nuevo disco, “Heligoland”. Ellos sufrieron la ingratitud de la genialidad. Su opera prima no admitía segundas partes y no las hubo. Todo lo que vino después tuvo un perfil menor, sin la exuberancia del primero ni su irreverente capacidad de sorpresa. Todo lo que tenían que decir lo dejaron escrito en “Blue line”. Pero aun con todo Massive Attack mantiene un extraño prestigio que no puede justificarse por el resultado global de su trayectoria. Sólo algunos discos y algunas canciones están llamados a ocupar un lugar en nuestros corazones. Pero muy pocos pueden hacer que nos sintamos orgullosos de haber sido contemporáneos de esa obra. Nosotros asistimos al parto de “Blue line”... algún día lo podremos contar.

Prejuicios

Prejuicios

Los prejuicios marcan en buena medida nuestra determinación en la vida. Son una fuerza extraña que al modo freudiano limitan nuestra autonomía y nos impiden ejercer con total libertad nuestro yo. Los prejuicios nacen en la adolescencia, en la necesidad de construir una personalidad que nos refuerce en el ámbito tribal en el que se desenvuelven esos años de zozobra y soberbia. El imperioso sentido de pertenencia al grupo nos exige grandes renuncias, algunas inconscientes y la mayoría insensatas. Los prejuicios hacia el otro, hacia lo desconocido, hacia lo diferente, hacia lo que nos gusta pero no nos conviene… a lo largo de la vida dejamos en forma de goteo constante una retahíla de abandonos y de renuncias. Es una huella imperecedera que adquiere el perfil de nuestra otro yo, aquél al que renunciamos un día por incómodo. Como Dorian Grey, nos miramos en un retrato que en realidad no es otra cosa que un sucedáneo de lo que realmente quisimos ser.

Esos jirones en el camino, esos desechos son la estela de una perversión. Los restos que vamos dejando dicen tanto de nosotros como todo lo que decidimos acumular. He pensado muchas veces en ese gran derribo del alma que son nuestros prejuicios. Estos días he escuchado insistentemente el nuevo CD de Bunbury, “Las consecuencias”. El zaragozano me parece un inspirado letrista que está muy por encima de la media nacional; a veces me supera su engolado y sobreactuado modo de cantar pero entiendo que forma parte de su perfil artístico y de la personalidad que ha ido tejiendo eficazmente durante dos décadas.

En ese disco incluye una versión de un tema del compositor Manuel Alejandro, “Frente a frente”, una canción que hizo muy popular en los años 70 del pasado siglo la meliflua Jeannette. El resultado es realmente sorprendente. Bunbury ha rescatado de los vertederos de la caspa nacional una canción que definió como ninguna otra la corriente baladista que asoló la música nacional en aquellos primeros años de la transición.

Pero, indirectamente, Bunbury ha querido reivindicar la figura de un compositor excepcional, Manuel Alejandro, al que su altura creativa nunca correspondió la de los cantantes que perpetraban sus composiciones. Leí el otro día a Bunbury decir que siempre le habían gustado las canciones de Alejandro. A mí también. Y el iconoclasta zaragozano, artista libre y librepensador, ha querido recuperar de forma valiente y desacomplejada un tipo de creador que no tiene hueco posible en el habitual y excluyente “establishment” nacional.

Manuel Alejandro es el típico ejemplo del creador superado por el contexto. O más bien, el claro caso de artista superviviente en un medio hostil, donde la creación estaba al servicio de un país tan triste y poco refinado como el dictador que gobernaba. En “La silla de Fernando”, Fernando Fernán Gómez reconocía que le tocó trabajar en infinidad de películas infames porque “era lo que había en ese momento”. La confesión del actor en realidad no era tal, simplemente constataba el hecho de la claudicación estética del país y, sobre todo, la necesidad de comer diariamente. Otros actores coetáneos de Fernán Gómez tuvieron que arrastrarse por el mundo cinematográfico con dolorosas interpretaciones y bochornosos guiones: Alfredo Landa, José Luis López Vázquez, José Sacristán… Cuando el dictador murió y se abrieron las ventanas y se fue el olor a cerrado y a naftalina, esos inmensos actores encontraron por fin unos guiones a la altura de su talento.

Manuel Alejandro escribió hermosas canciones pero casi nunca encontró cantantes que las hicieran mejores. A caso Nino Bravo, Raphael y poco más. Pero sus composiciones pertenecen a un tiempo polvoriento y soporífero en el que la belleza sólo se intuía y la sombra alargada del dictador emborronaba incluso las letras más inspiradas. Ese tiempo pasó y es el momento de mirarnos a nosotros mismos, sin complejos, para saber realmente cómo somos, quien se esconde realmente detrás de nuestro autorretrato.

Belleza

Estoy inmerso estos días de forma insistente en los envolventes sonidos de Mogwai. La melancolía atmosférica de sus primorosas orquestaciones me devuelve constantemente a tiempos pasados, a la niñez, cuando el frío o la lluvia me encogían el alma en un descenso frenético hacia el interior. Cuando escucho “Take me somewhere nice” comprendo que no todo se ha perdido, que aún es posible un mundo más hermoso, que aún existe ese lugar que demanda Mogwai. Esa isla en la que poder naufragar.

Cuando escucho a Mogwai identifico y comprendo la belleza, y me rebelo con más vehemencia contra la pesada levedad de esta sociedad pueril y alienada. Me rebelo contra el horror cotidiano de la televisión, contra esa tendencia autodestructiva alimentada con lo más soez y canallesco de nuestro mundo. Si había alguna posibilidad de que las cosas fueran más feas, esa posibilidad fue encontrada. Y así los personajes que proyecta la televisión son la peor versión de nosotros mismos, un triste chiste si no fuera porque son reales y omnipresentes. Escatológicos muñecos de trapo que se han apropiado de los iconos de nuestro tiempo, referencias visuales encontradas en los basureros más inmundos, deshechos sociales encaramados a la fama efímera, arrogante y humillante.

Así nos hemos constituido como sociedad moderna; en torno a políticos corruptos embadurnados de eufemismos para ocultar su inmoralidad, con patéticas figuras mediáticas que se constituyen en el modelo a imitar por las nuevas generaciones. Lo sucio y lo feo se ha impuesto en una sociedad que busca ejemplos de procacidad para justificar la pereza intelectual y el innecesario valor del conocimiento y de la experiencia. Caminamos por senderos sin retorno, guiados por impostores y poderosos “gurús” que han encontrado un campo abonado en los agujeros negros de nuestras mentes. Tan negros y tan grandes como el universo mismo.

El rock orquestal de Mogwai nos empuja a la reflexión autocrítica. Nos arroja por la ventana de nuestros propios miedos en la seguridad de que difícilmente quedaremos indiferentes. Cuando escucho a Mogwai reconozco la belleza pero, fundamentalmente, me defiendo ante el atronador estruendo de las radio-fórmulas, me apeo de una música que ni es mía ni quiero hacer esfuerzos para comprenderla. No quiero contextualizar el tedio, me niego a buscar coartadas para explicar lo que detesto. Cuando escucho a Mogwai me reafirmo en mis convicciones y acentúo mi irremediable frustración, mi eterno desengaño.

“Take me somewhere nice” es probablemente uno de los temas más utilizados en internet para ambientar montajes audiovisuales. La belleza contenida de sus acordes, esa desesperante melancolía de sus pasajes sonoros encierra el concepto mismo de la belleza, tal y como lo entiende cualquier persona sensible. En 1999 -dos años antes de publicarse el disco “Rock action”, en el que estaba incluido este tema-, Fridmanns hizo un soberbio vídeo titulado con el mismo nombre. Cuando Mogway publicó el disco lo utilizó para su vídeo; el resultado lo podéis encontrar en youtube. No creo que mis palabras puedan decir mucho más: http://www.youtube.com/watch?v=cIUHxVeFgSA&feature=related

Sin embargo, os quiero recomendar también el cortometraje animado realizado por el diseñador Manuel Morales hace 2 años. Utilizó el tema de Mogwai como banda sonora y seguramente no pudo encontrar mejor maridaje entre la ambientación musical y su discurso creativo, un compromiso con la paz y contra cualquier manifestación de violencia. La historia de los dos niños amigos, uno alemán y el otro judío, en la antesala del horror nazi sólo puede encogeros el corazón. En su pueril sencillez se encuentra la esplendorosa belleza, aunque a veces esta belleza produzca dolor.