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Juan Gavasa

Música

"Aramencos"

"Aramencos"

El próximo sábado flotará en el aire del Valle de Tena el espíritu de Enrique Morente y Mario Pacheco. Ambos desaparecieron recientemente pero han dejado un inmenso legado para la historia del flamenco. El primero fue un renovador absoluto del género, un innovador que arrastró su arte a nuevos territorios hasta entonces vetados o inexplorados. El segundo contribuyó desde su discográfica “Nuevos Medios” a promover en la década de los 80 el “nuevo flamenco”. En esta etiqueta encontró acomodo una generación que quería evolucionar y experimentar con nuevos sonidos. Ketama y Pata Negra fueron sus principales exponentes.

Con el recuerdo reciente de la desaparición de estas dos figuras claves del flamenco moderno, Pirineos Sur organiza el próximo sábado un encuentro que muchos ya califican de “histórico”. El promotor aragonés y gran experto en el género, José Luis Cortes, señala que en el escenario de Lanuza se reunirán más de 25 flamencos aragoneses; “es un hecho histórico e irrepetible”. La excusa es el homenaje a Manuel Tejuela, inolvidable maestro de jóvenes flamencos y leyenda viva forjada en la edad dorada de los tablaos y saraos. El propio Cortés reconoce la sensibilidad de Pirineos Sur “con los grupos aragoneses y con el flamenco, recientemente declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad”.

Manuel Tejuela, que ha actuado en diversas ocasiones en Pirineos Sur, es un personaje determinante en la evolución del flamenco. Desde el barrio de La Magdalena de Zaragoza, microcosmos de insólita efervescencia flamenca en las últimas décadas del pasado siglo, Tejuela desarrolló una importante labor pedagógica que permitió formarse a nuevas generaciones y fortalecer las raíces del género en tierras aragonesas. Zaragoza, ciudad crecida de aluvión a mediados del pasado siglo, recibió a miles de emigrantes del sur de España que crearon una comunidad de fuerte raigambre. El flamenco, por lo tanto, pasó a ser seña de identidad y parte del paisanaje zaragozano. Como lo sería tiempo más tarde el rap y el hip hop en el mismo barrio de la Magdalena, donde nació y sigue viviendo Rapsuklei.

El homenaje a Manuel Tejuela forma parte de una noche en la que también se incluye el concierto de Miguel Poveda, probablemente el cantaor flamenco con más proyección del momento, y el espectáculo ARAMENCO (Aragón + Flamenco). Liderado por el guitarrista Manuel Santiago, que ha tocado para Camarón o Antonio Canales entre otros, el proyecto defiende una visión abierta del flamenco, a medio camino entre lo experimental y lo tradicional. La idea que lo definiría sería “mezclado pero no agitado”. Trabajar con la jota y el flamenco, géneros que el tiempo ha demostrado más compatibles que antagónicos, tiene sus riesgos pero la clave reside en lograr que en la fusión ninguno de los dos estilos pierda su pureza.

Tribus Ibéricas

Tribus Ibéricas

Artículo escrito para el Dossier de presentación de la XX edición de Pirineos Sur, que se ha presentado hoy en Huesca y en Zaragoza.

La península ibérica ha sido un territorio de conquista. Tribus, pueblos, colonos, imperios o inmigrantes cruzaron a lo largo de la historia los Pirineos o surcaron el Atlántico y el Mediterráneo para asentarse y consolidar nuevas poblaciones que con el tiempo se mimetizarían en el paisanaje. Fue un proceso natural, una evolución social que contribuyó a definir las raíces culturales de los territorios que componen la península, de tal modo que la diversidad se constituyó en el primer valor que caracterizó el suelo ibérico, y su principal riqueza.

            Cuando Pirineos Sur cumple 20 años, después de viajar de un rincón a otro del planeta buscando hasta la más remota manifestación artística, decide explorar territorios más cercanos sin renunciar a su filosofía. Es decir; sin percibir la música como un fútil fenómeno de masas sino como una manifestación cultural y artística que expresa una parte de lo que somos como individuos y como colectivo. Ese criterio se ha mantenido firme a la hora de concebir una programación que quiere mostrar, ante todo, las diferentes sensibilidades culturales que conviven en la península ibérica. Entender la diversidad como riqueza es un mantra que Pirineos Sur ha blandido desde su primera edición.

            Por lo tanto, el viaje sonoro por las tierras ibéricas en este Festival se ha proyectado con fino pincel, evitando la brocha gorda de las generalidades. Hay estrellas absolutamente consagradas que ya no son de esta tierra sino que pertenecen al universo musical. Andrés Calamaro,  el veterano compositor argentino, acaba de publicar “Salmonalipsis Now”, una versión reducida del monumental “El Salmón”, publicado en el año 2000 y que contenía más de 100 canciones. En esta nueva entrega recupera temas descartados de aquel derroche creativo y ofrece una nueva dimensión de una obra que se ha convertido en un clásico del rock en español. Calamaro sale de gira con el nuevo disco y con la que él ha denominado como “MVP” (Most Valuable Players), su banda habitual. Recalarán en el escenario de Lanuza el 16 de julio junto a Depedro, formación encabezada por Jairo Zavala, el guitarrista de Calexico que ha facturado en 2010 un disco impecable, “Nubes de papel”.

            La víspera pisará nuevamente el escenario de Pirineos Sur el mítico Rubén Blades. Estuvo en el año 1999 y dejó constancia de su enorme peso como artista y como agitador social. Blades, autor de algunos de los temas más influyentes de la historia de la música sudamericana, actuará en Lanuza junto a la soberbia “Roberto Delgado Orchestra”, con la que está trabajando en varios proyectos musicales. Bien podría considerarse a Calamaro y a Blades como los nombres propios del cartel de esta 20 edición de Pirineos Sur. Pero sería un error de interpretación o quizá una manera reduccionista de valorar la música. En este Festival hay que analizar las cosas en conjunto, porque sólo de este modo se puede comprender el sentido y coherencia de una programación. Poniendo el foco en la diversidad cultural, musical y lingüística de la península ibérica, el viaje es un como un gran bucle sin principio ni fin.  Desde el veterano Eliseo Parra, auténtico activista de la música tradicional castellana, hasta la magnífica fadista Katia Guerreiro, de la que han llegado a decir que es una de las voces más bellas del momento.

Desde el incombustible Kiko Veneno hasta el perturbador y onírico Zenet, en la vanguardia del flamenco/jazz o sencillamente de la música como sublimación de la sensibilidad. Un espacio éste, el de la sensibilidad, que maneja con la ternura de un virtuoso el inmenso cantaor flamenco Miguel Poveda y su voz sublime cargada de matices y vericuetos. Junto al aragonés Manuel Santiago protagonizarán el día 22 de julio el homenaje a Manuel Tejuela, inolvidable maestro de jóvenes flamencos y leyenda forjada en la edad dorada de los tablaos y saraos”.

            Y qué decir del valenciano Miquel Gil, un alquimista de sonidos, texturas y colores en ese retablo infinito de matices que es la cultura mediterránea. O de los oscenses Trivum Klezmer, una nueva vuelta de tuerca en la interpretación del mundo musical hebraico. Idóneo para combinar en el escenario con los Kroke,  proyecto musical a medio camino entre Polonia y Castilla León, que ha popularizado en las últimas décadas la música judía y el sonido klezmer. El trayecto de esta edición de Pirineos Sur se detendrá en cada estación sonora digna de considerarse como tal. Allá donde un artista ofrezca propuestas atractivas, coherentes y honestas sin atender a etiquetas y convencionalismos. Y en este Festival caben artistas antagónicos pero de irrefutable calidad como los txalapartaris Oreka TX, bregados a la sombra de Kepa Junkera; el ecléctico e inclasificable músico canario El Guincho, o la vaporosa y delicada Russian Red, primer fenómeno viral surgido en España.

            Y el fin de fiesta lo pondrá un grupo que forma parte indiscutible de la historia de Pirineos Sur; “Ojos de Brujo” se despide con una gira internacional que servirá para revisar un repertorio decisivo en la revitalización de la rumba y su adaptación al siglo XXI. Marina y compañía tocan por última vez en el que siempre han calificado como su “escenario favorito” junto a artistas de la talla de Manolo García, Eva Amaral o Miguel Campillo. Mejor, imposible.

Gary Moore

Otro talento que se va. El guitarrista irlandés Gary Moore fue hallado muerto en un hotel de Estepona el pasado fin de semana. El de Belfast fue un músico inclasificable, probablemente porque él mismo no fue capaz a lo largo de su vida de encontrar el espacio adecuado en el que ordenar todas sus influencias. Siempre se mantuvo en tierra de nadie, entre dos aguas, transitando entre el blues y el heavy sin llegar a ofrecer todo lo que se espera de un especialista en determinada materia.

Fue un bluesman demasiado comercial y un rockero demasiado blando, lo que le convertía directamente en un sucedáneo para todos los que pregonaban la esencia de la música. Gary Moore se sintió fascinado desde joven por los sonidos de los pioneros afroamericanos pero su cultura musical pertenecía a un tiempo de guitarras graves, sonidos incandescentes y eficaces puestas en escena. Se pedía garra antes que alma, fuerza antes que corazón, ruido antes que brisa.

De ese conflicto emocional surgió una forma de hacer música que, sin embargo, encontró una legión de seguidores que se conformaba con épicas melodías que brotaban del estómago y se apoyaban en unos fraseos de guitarra de gran poder hipnótico pero escasa relevancia. La mezcla de un trasunto de blues y un rock casi academicista situó a Gary Moore en un nivel de gran popularidad pero limitado reconocimiento crítico. Su efectista guitarra parió un sonido apto para casi todos los públicos y, seguramente sin ser consciente de ello, se convirtió en la aduana sentimental por la que entraron millones de futuros amantes del blues y el rock en sus versiones más puras.

Sus ventas, fundamentalmente en Europa, fueron millonarias pero Gary Moore siempre fue un músico considerado menor. Una injusticia nacida de su proverbial tendencia a conciliar todos sus fuegos interiores para no cometer infidelidad alguna. Esa ausencia de un compromiso excluyente acabó con cualquier posibilidad de convertirse en un referente. Simplemente quedó en un buen músico. Pero su indudable talento dejará cuentas pendientes.

Sólo una vez estuvo cerca de quebrar el destino. Fue en 1990 con “Still got de blues”, un disco más que notable en el que atisbó un indicio de renuncia en favor del blues. Creo que en ese disco Gary Moore sonaba realmente especial y personal, forjando un estilo propio e identificable que con el paso del tiempo, desgraciadamente, se diluiría en otros discos intrascendentes y reiterativos.

Antes había protagonizado momentos irrepetibles con Phil Lynott, el talento más grande que ha dado el rock irlandés. Juntos estuvieron en Skid Row y después de manera fugaz en la mítica Thin Lizzy, la banda que inmortalizó a Lynott y contribuyó a crear la primera denominación de origen de rock irlandés, allá por los años 80 del pasado siglo. Siempre me emocionó “Still in love with you”, una desgarradora balada de componentes clásicos que paseaba los fantasmas de un Lynot en las puertas de la muerte. Hoy tampoco está Gary Moore pero todavía tenemos el blues.

Sam Cooke

Sam Cooke

Diego Manrique escribía hoy en El País un formidable artículo sobre Sam Cooke. Lo titulaba sin riesgo de caer en el ditirambo, “La voz suprema del siglo XX”. Muchas décadas antes, cuando el cantante de Mississippi comenzaba a deslumbrar con sus portentosas aptitudes vocales, el dueño de la mítica Atlantic, Jerry Wexler, dijo de él que era “sin discusión el mejor cantante que haya existido nunca”. Su amigo James Alexander solía pregonar que Cooke era capaz de llevar a las mujeres hasta el orgasmo en los conciertos sólo con su voz, “en un estado de auténtico frenesí”. Si la música pudo alguna vez determinarse como una sinestesia, fue con Sam Cooke sobre un escenario. Pero como bien apuntaba Manrique, las circunstancias vitales de Sam Cooke conspiraron contra su recuerdo. Su trágica muerte (fue asesinado en un motel de Hollywood en diciembre de 1964 cuando sólo tenía 33 años), interrumpió abruptamente una fértil y consistente carrera musical y menguó considerablemente su influencia y reconocimiento dentro de la historia de la música. Otros vinieron detrás como Marvin Gaye, Otis Reeding, Solomon Burke, o Smokey Robinson, ungidos por un prestigio que tuvo eternas deudas pendientes con Sam Cooke, el verdadero inventor del soul.

            Manrique también recordaba acertadamente que el reconocimiento del gran público llegó muchos años después casi de manera fantasmal,  como una de esas apariciones efímeras que tienen tanto de efectista como de incierta. Fue en la película “Único testigo”, en la escena en que Harrison Ford y Kelly McGillis bailaban en un granero del poblado amish mientras en la radio del coche sonaba “Wonderful world”. Y el Sam Cooke que cantaba esa perfecta e inocente canción, era la versión más blanda y almibarada de cuantas podía ofrecer su ilimitado registro. Como tantos artistas de su tiempo, Cooke fue en demasiadas ocasiones el producto facturado por una cohorte de productores que buscaba una música comercial de consumo rápido y beneficios inmediatos.

            En esos discos Sam Cooke renunciaba forzadamente a su espíritu originario que había forjado como cantante de góspel en aquella maravillosa formación llamada “The Soul Stirres”. Lo que empezó a hacer en la edad adulta se perdía en los ignotos caminos de la industria musical, más preocupada por fabricar una estrella que un cantante. A su música la encasillaron como “sweet soul music”, un producto tan fútil como perfecto para el público blanco, que estaba dispuesto a escuchar música de negros siempre que no pareciera que la cantaba un negro. Eran los terribles años de los conflictos raciales y la lucha por la igualdad.

            En ese convulso país en el que un cantante negro podía ser un potencial líder de masas, Cooke fue trazando una trayectoria musical limitada en lo creativo por las exigencias de la industria, y en lo conceptual por la situación social y política de Estados Unidos. Pese a todo, su discografía alterna momentos intrascendentes con verdaderas joyas imperecederas de la música contemporánea. Himnos como “Bring It On Home to me” o “A change is gonna come” son rastros fehacientes de un camino que es necesario recorrer para entender la evolución de la música negra en el siglo pasado.

            Diego Manrique olvidaba, sin embargo,  la obra póstuma de Sam Cooke, el disco grabado en directo en el Harlem Square Club en 1963 (un año antes de su asesinato), y que no apareció publicado hasta 1985. Ese hallazgo tardío pero maravilloso supuso la redención a toda una carrera y el testamento musical de quien sólo se sentía libre en el escenario, cuando su voz se proyectaba libre y rebelde. En ese disco Sam Cooke se aleja del cliché de cantante pop, casi melódico, que le había hecho tan popular en su país y ofrece la auténtica medida de sus posibilidades, Y éstas eran infinitas. El soul en estado puro, sin trabas para expresarse como artista y como hombre. Fue un concierto memorable, uno de esos en los que Sam podía transportar a su público femenino hasta el orgasmo, tan sólo con su voz. También fue su venganza póstuma, servida fría 20 años después de su muerte. Para que la historia supiera quién era el verdadero Sam Cooke.

Tom Waits

Periodistas

Periodistas

Me gusta esta foto. Los que soléis seguir mi blog bien sabéis que casi nunca cuelgo fotos mías y suelo evitar la autocomplacencia con las cosas que voy haciendo por la vida. En esos casos siempre me remito al señor “Lobo” de Pulp Fiction, para no olvidar aquella máxima del periodismo de que las noticias de hoy servirán para envolver los bocadillos de mañana. Un mantra periodístico aplicable a la vida misma, como podemos comprobar desde que tenemos uso de razón.

La foto es de Pilar Hurtado y está tomada hace unos días en una de esas ruedas de prensa que solemos convocar en Pirineos Sur todos los sábados por la tarde. La discoteca del Hotel Nievesol se transforma por unos días en una Sala de Prensa y allí se reúnen periodistas de Madrid, Barcelona, Bilbao… (casi ninguno de Aragón), para hablar de música, interrogar al artista de turno o simplemente conversar con la organización sobre el desarrollo del Festival.

Llevo veinte años dedicado al periodismo y pese a las advertencias de Kapuscinsky, lo cierto es que me he vuelto algo cínico y maniqueo con las cosas de la profesión. No me suelo creer casi nada porque generalmente detrás de las declaraciones de relumbrón uno descubrió hace tiempo que existe una trastienda más ingrata. El mundo real, vamos.

            La realidad periodística es un camino paralelo a la vida real. A veces se cruzan pero por lo general lo que se proyecta a través del trabajo del plumilla suele ser una deformación interesada y forzada, o simplemente la conclusión a años de desengaños. Valle Inclán utilizaba la metáfora de los espejos cóncavos para explicar la decadencia de España. Una cosa era lo que veíamos o lo que queríamos ver, y otra la realidad. El periodismo es una profesión mentirosa; te atrapa al principio pero pronto se revela como un amante cargado de defectos y oscuros rincones. Del éxtasis del enamoramiento químico pronto se pasa a la más profunda de las decepciones, al descubrir que casi nada en lo que creíste es real.

            En las ruedas de Prensa de Pirineos Sur me suelo reconciliar por unos minutos con la profesión. Los periodistas musicales suelen ser tipos bien formados, divertidos, sagaces y, sobre todo, amantes apasionados de su profesión. Nunca sueltan preguntas de compromiso, nunca se quedan callados si delante tienen alguien que merece la pena. Siempre tienen una cuestión en la boca que desarma por su contundencia y sentido. Cada pregunta suele tener una base histórica, un rigor musical que explica los años de audiciones, festivales y críticas. Cuando descubres que todavía es posible aprender de un compañero de profesión, todo lo anterior queda en cuarentena. Hasta la próxima vez.

Grosem me envía una de las memorables frases que aparecen en el memorable guión de "Primera Plana". Creo que acaba de cerrar el artículo.

- Walter Matthau: "Cásese con un enterrador o con un verdugo; con quien sea, menos con un periodista".

- Susan Sarandon: "Pero Hildy va a dejar el periodismo".

- Walter Matthau: "No se pueden quitar las manchas a un leopardo ni enganchar un caballo de carreras a un carro de basura".

Zaragoza, Casablanca, Orán

Zaragoza, Casablanca, Orán

Pirineos Sur ha forjado su prestigio de festival ideológico a partir de varias certezas y convicciones. La más importante es que el rastro musical que sigue por el mundo desde hace casi dos décadas está marcado por un olfato privilegiado para percibir lo interesante. A veces las músicas sólo pueden ser catalogadas entre buenas y malas. En escasas ocasiones se logra además que lo bueno tenga sustancia; es decir, que resulte perecedero, trascienda de su tiempo y acabe convirtiéndose en un clásico. En Pirineos Sur la nómina de clásicos es ya inabordable para la memoria. En la noche del sábado, la más multitudinaria hasta el momento en esta XIX edición, se reunieron un clásico de la talla del argelino Rachid Taha; una estrella universal en ciernes, la marroquí Oum, y un músico que hará escuela, el aragonés Alejandro Monserrat. Mucha dinamita para una noche construida con varios registros y una coherencia artística digna de elogio.

Oum ya estuvo el pasado año en Pirineos Sur como figura central del proyecto de cooperación “Romper el muro” con el festival Le Boulevard de Casablanca, que dirigió Luis Miguel Bajén y su Biella Nuei. Entonces la cantante marroquí ya dio pistas de su dimensión como artista y mostró sobre el escenario un aura que sólo acompaña a algunos elegidos. Ella lo es. En aquella ocasión apenas se pudo ver un perfil de Oum, quizá el más cercano a sus raíces musicales más tradicionales, las cuales forman parte de su bagaje musical pero más como referencia intelectual que como propuesta artística.

Ayer fue muy diferente. En Pirineos Sur se vio a una Oum más occidental, navegando por unas aguas en las que se encuentra cómoda y segura, moldeando su prodigiosa voz para adaptarla a unos registros menos exigentes pero más sugerentes. Y es así como se descubre a una Oum completamente rendida a las voces clásicas del soul y del funky de todos los tiempos, facturando un concierto que bien podría firmar la mismísima Erikah Badu o la brasileña Cibelle (incluso la forma de vestir recuerda asombrosamente a la de Texas). Las referencias son tan evidentes y el sonido tan envolvente que algún despistado seguramente no caería en la cuenta que Oum nació en Casablanca y no en Detroit. Oum es una estrella en su país, un personaje de gran poder mediático que seguramente muy pronto romperá definitivamente el muro con occidente para instalarse en las emisoras europeas. Ella es muy buena, ella es hermosa, ella tiene una imagen arrolladora.

El foco de atención de la noche estaba puesto, sin embargo, en el proyecto producido por Pirineos Sur y Le Boulevard, “Miradas cruzadas”, con la dirección del guitarrista zaragozano Alejandro Monserrat. La cooperación entre los dos festivales está mostrando una fertilidad creativa más que notable y un compromiso ideológico que no sólo se queda en las grandes frases y los buenos propósitos. Alejandro es un tipo tímido y discreto que se transforma en el escenario con su guitarra. Entonces deja los complejos en el camerino y se viste con un poderío y un carisma que muy pronto se transmite al resto de músicos. El proyecto que le propuso Pirineos Sur era un reto en toda regla; fusionar el flamenco con la música tradicional marroquí y con otros géneros contemporáneos como el rap, el hip hop y la electrónica, que en el país vecino gozan de una sorprendente vitalidad. El resultado ha sido primoroso.

Alejandro explicaba en las horas previas que éste era un encuentro de músicos y no de músicas. Quería decir que con buenos músicos todo es posible y en este proyecto compartido con la formación Al-Baïda lo que sobraba era talento y mentes abiertas. Las diez canciones compuestas para el proyecto y ensayadas con gran disciplina y meticulosidad durante varios meses de residencias suenan perfectas, cosidas con un fino hilo que da coherencia y sentido a la globalidad del proyecto. La guitarra de Alejandro es la columna vertebral sobre la que se apoya el resto del grupo, formado por diez músicos de aquí y de allá que logran el difícil equilibrio entre el respeto al espíritu del proyecto y la libertad para sondear sus propios territorios creativos. Alejandro Monserrat ha logrado diseñar un proyecto que es fiel al legado cultural de ambos países pero que no se queda en la mera reproducción de sonidos, como si la fusión no fuera otra cosa que mezclar cosas sin criterio. Eso no sería mestizaje y en este caso Monserrat no ha mezclado sino que ha maridado lo mucho que tenemos en común para crear algo nuevo que, sin embargo, es respetuoso con las materias primas que ha utilizado. El guitarrista aragonés estaba obsesionado con no ofender, con cuidar las fuentes de su proyecto consciente de que el bien cultural es el patrimonio más importante de los pueblos. En Casablanca recibió en mayo la aprobación entusiasta del público marroquí. El sábado en la reválida aragonesa recibió la matrícula de honor.

La noche todavía no había terminado. Pirineos Sur había dejado para el final un viejo conocido de Lanuza, el cantante argelino Rachid Taha, uno de los pioneros del rock árabe allá por la década de los 80. A los conciertos de Taha se asiste como los taurinos a las corridas de Curro Romero; con la disposición a vibrar de emoción o quebrar de lamento. Es lo que tienen los mitos, que pueden permitirse determinadas debilidades porque incluso en esos momentos ofrecerán accesos de lucidez que resultarán inolvidables. En Lanuza Rachid Taha hizo un concierto a la carta, recurriendo a sus grandes clásicos para no complicarse la vida. Un salto con red para cerrar una apacible noche en la que el público sólo quería bailar y bailar. Acompañado como siempre de excelentes músicos, el de Orán interpretó con esos desgarros de voz tan reconocibles casi todas las canciones que han servido para construir durante tres décadas su azarosa trayectoria musical. Carismático y cercano, Taha tocaba en casa y sabía que al otro lado del escenario no estaba el enemigo. Lo sabía y ordenó su repertorio manejando un tempo ascendente que culminó con la mejor versión hecha nunca del clásico de los Clash, “Rock el Casbah”. Fuego en Lanuza para despedir al mito.

 

La foto es de Pilar Hurtado.

De Tucson a Sevilla vía Bogota

De Tucson a Sevilla vía Bogota

Howe Gelb procede de los áridos desiertos de Arizona. Es normal que piense que la lluvia es agua bendita. Raimundo Amador nació en Sevilla y por una cuestión de genética se balanceó siempre entre el flamenco que corría por sus venas desde la cuna y el blues que producía desgarros en el alma humedecida de las plantaciones del sur de Estados Unidos. El flamenco y el blues tienen en común su tendencia dramática, incapaz de concebir su existencia desde la cómoda placidez de la levedad vital. Pero otras veces Raimundo retaba a su conciencia y empujaba a su “Gerundina” a los territorios ignotos de los fiordos islandeses, para hacer maridaje con Bjork. No había un patrón de conducta establecido. 

Howe Gelb es un tipo singular. Es un peso pesado del folk norteamericano pero a diferencia de otros compañeros del género, su universo no se circunscribía a la América profunda sino que buscaba y buscaba otros sonidos que pudieran casar con su concepto intuitivo de la música. Es muy conocida su anécdota de los años que pasó en el desierto, en los que sólo tenía tres cintas en su coche; de Tom Waits, Miles Davis y Tomatito. Por lo tanto era cuestión de tiempo que el destino o un visionario productor como Fernando Vacas uniera a Howe y Raimundo para inventar algo grande. El de Sevilla ya había hecho colaboraciones memorables con el gran BB King, por lo tanto manejaba los códigos de la convivencia con el blues como parte de su proceso de madurez como artista.

Howe lidera desde hace más de 20 años la banda Giant Sand, de la que salieron años después dos de los fundadores de Calexico. Cuando Howe, de gira por España en 2007, escuchó en Córdoba la propuesta de Fernando Vacas para grabar un disco en el que mezclara el folk americano, el blues y el flamenco, recordó las palabras de Rainer Ptacek, ex guitarrista de Giant Sand fallecido en 1997: “el flamenco es la mejor música de guitarras del mundo”.

Así surgió el proyecto para grabar el disco “Alegrías”, que se concibió desde el principio con el mismo tacto que el orfebre utiliza en el diseño de sus piezas. La portada está ilustrada con el bello cuadro de Julio Romero de Torres, de mismo nombre. Y en estas apareció Raimundo para completar la Gypsies Band, formación excepcional creada para sostener el proyecto de Howe Gelb. En la noche del viernes todo ese encuentro de emociones, intuiciones, convicciones y arte irrumpió en el escenario de Lanuza con la fuerza que sólo puede contener algo realmente especial.

No llovió en la noche pirenaica, no al menos esa lluvia epifánica que estimula a Howe. Pero hizo frío como es norma en Lanuza de vez en cuando. Después del verano pleno de la primera semana llegó el verano crepuscular que en el valle de Tena significa abrigos y chaquetas. Raimundo Amador decía que le gustaba la sucia aspereza de las guitarras de Giant Sand, limpias de cualquier operación estética. Incluso confesó que después de grabar “Alegrías” llegó a la conclusión de que Howe era el gitano y él el payo. En Lanuza se pudo entender lo que quería decir Amador, al que aquellos flirteos con el blues de sus años de Pata Negra le sirvieron para engranar perfectamente en esta banda interina que transita entre el blues y el folk americano. El de Sevilla tiene menos protagonismo en este proyecto formado por músicos de largo recorrido como el propio Fernando Vacas, Juan Fernández, Añil Fernández y Thorke, pero sigue teniendo magia en sus dedos. Faltaban algunos de los músicos que participaron en la grabación de “Alegrías” pero el resultado fue igualmente espléndido, con un Howe Gelb en plenitud que anclado unas veces a su guitarra, otras a su órgano o a veces a los dos al mismo tiempo, ejerce de indiscutido maestro de ceremonias. 

La noche la abrieron “La Mojarra eléctrica”. El hallazgo de grupos como el colombiano justifica por sí solo la existencia de Pirineos Sur. Aunque en su país son una institución en España no han logrado pasar hasta el momento de los circuitos minoritarios o muy especializados. Una pena. Ellos anunciaban una explosión sonora en el escenario y así fue. Con unos músicos excepcionales y unos deslumbrantes arreglos, la banda de Bogotá puso en escena todo el catálogo de influencias que manejan en su repertorio. Pueden sonar a veces a la Van Van y otras a John Coltrane e incluso a Ornette Coleman, con todo el significado que tiene el vínculo con el inventor del free jazz. Su música bebe de aquí y de allá, hay evidentes bases rítmicas abrochadas al funky más tradicional encarnado en James Brown o al reggae de Bob Marley. Pero lejos de parecer un refrito, “La Mojarra eléctrica” suena a nuevo porque bajo esa argamasa de estilos hay una sólida identidad colombiana que da coherencia, rigor y credibilidad a lo que hacen. Porque pese a todo, “La Mojarra” es una banda fundamentalmente colombiana que no olvida que en sus raíces está África, y que en todo su territorio se conserva una diversidad que responde al carácter mestizo de la sociedad. Desde la “chalupa” y el “bullerenge” de la Costa Atlántica hasta los sonidos nacidos a orillas del Pacífico sur. Una maravilla que justifica esta XIX edición de Pirineos Sur.