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Juan Gavasa

Cinco Jotas

El folclore aragonés ha sido sometido en los últimos años a una revisión en toda regla que ha removido los cimientos de un vetusto edificio poco habituado a grandes reformas. Desde influyentes formaciones de folk aragonés como Biella Nuei hasta el bailarín Miguel Ángel Berna, muchos han sido los que bajo su particular visión del arte han querido reinterpretar la venerable esencia aragonesa para adaptarla a un lenguaje más actual y fresco. Algunos no han ido más allá de una simple relectura de la tradición, sin demasiadas complicaciones ni aportaciones. Pero hay un elenco de creadores aragoneses que ha sido capaz de reflexionar e investigar sobre el folclore autóctono con el fin de reivindicarlo como una expresión actual y viva. Y ha conseguido finalmente introducir el género en una nueva dimensión que facilita su pervivencia y augura un futuro de florida creatividad y nuevas experiencias.

El trabajo de Carmen París ha sido sin duda el que mayor repercusión ha tenido, principalmente por su envergadura como artista,  su tremenda popularidad y el acierto comercial de su propuesta. Berna ha llevado la jota a unos escenarios en los que hasta no hace mucho era impensable que el público culto pudiera observar la seña de identidad aragonesa como una sofisticada producción de danza. Un efecto similar es el que ha causado el proyecto “Zambra” liderado por Alberto Gambino y los cantadores Nacho del Río y Beatriz Bernad, y que el pasado año fue programado en Pirineos Sur. Su apuesta por restituir la pureza de la jota y desprenderla de su perfil más rancio ha abierto nuevos debates sobre la necesidad de mantener en permanente evolución el folclore tradicional como única vía para fortalecer sus constantes vitales.

El trompetista oscense Gerardo López participaba de los mismos pensamientos y reflexiones cuando se decidió a promover el proyecto “Aragonian”. Pero ahora se trataba de una nueva contorsión para proyectar el folclore aragonés en clave de jazz. Los riesgos eran evidentes porque, como ha recordado López en alguna ocasión, la simplicidad armónica y melódica del folclore popular es difícil de trasladar a las composiciones de larga duración del jazz. Sin embargo han salido airosos del envite y han conseguido que esta “jota negra” no suene como una impostura sino como el resultado de un acercamiento respetuoso, consciente y cargado de sensibilidad.

El quinteto “Aragonian” (trompeta, bajo, guitarra, saxo y batería) está formado por grandes músicos aragoneses con larga trayectoria en diversas formaciones y escenarios (Alonso Martínez, Pablo Posa, Miguel Ángel Royo y Jesús Martí). Con esta distinción academicista, que es evidente sobre el escenario, el grupo navega entre los tributos a sus admirados clásicos del jazz y el insólito devenir por unas músicas que han conseguido hacer perfectamente reconocibles. Gerardo López señalaba el día de la presentación de Aragonian que “el reto principal era respetar al máximo las melodías populares porque es lo que quiere encontrar el espectador, pero utilizando una base jazzística que es la que nos permita innovar y experimentar”. Y es así como el dance de San Lorenzo, los Gigantes y Cabezudos o la Pullida Magallonera suenan contenidos y desprovistos de su vibrante garra, pero auténticos y con ese punto de melancolía propio del jazz. Estas y otras piezas forman parte de su primer álbum con un título de evocaciones múltiples: “5 jotas”.

Gerardo López ha envidado a la escena musical aragonesa a trabajar en nuevas lecturas de sus propias raíces, sin suponer ello una afrenta. Él llegó a “Aragonian” a través de unas reflexiones íntimas que extrapolaban ejemplos internacionales a la realidad autóctona. ¿Por qué no se puede mezclar el jazz y la jota como lo han hecho los cubanos, los brasileños o los americanos con su folk? La pregunta que tantas veces se ha hecho el trompetista oscense deriva de una pasión común por las músicas anglosajonas y por la tradición aragonesa. Se aproxima a ambas con una veneración plena, y sólo lo ha consumado el matrimonio después de realizar un estudio exhaustivo de nuestro folclore para evitar el riesgo de un virtuosismo superfluo. “Aragonian” es el feliz resultado.

"Fábrica de rimas"; rap para cambiar el mundo

"Fábrica de rimas"; rap para cambiar el mundo

El concepto original de world music ha quedado desfasado con el tiempo, aunque muchos lo siguen vinculando con una idea de tradición y de raíz; es decir, de folclore.  La estrategia planificada hace un cuarto de siglo por las grandes disqueras para abrir nuevos campos de negocio se ofreció al mundo como un intento loable de rescatar las culturas minoritarias y desconocidas. Algo de eso queda. Pero veinticinco años después y con una revolución digital por medio, la world music no es ni más ni menos que cualquier música del mundo; tanto las asidas a la tradición como las que bullen en las conciencias artísticas de nuevas generaciones educadas en otros lenguajes musicales, fundamentalmente urbanos y globales.

La música tradicional no es naturaleza muerta ni imaginería para hornacinas. En todos los rincones del planeta hay miles de jóvenes adaptando a nuevas narrativas sonoras lo que sus antepasados cantaron, bailaron o interpretaron. Respetan y cuidan la herencia recibida, conscientes de su responsabilidad, pero se sienten libres para hacer las cosas a su manera, actualizando los discursos y las inquietudes que vertebran las letras de sus canciones. Cargados con un fuerte compromiso social, ese inagotable caudal creativo se ha canalizado a través de culturas urbanas; fundamentalmente el rap y el hipo hop.

Hace tiempo que Pirineos Sur entendió la determinante influencia de estos géneros en la conformación de un nuevo espacio creativo entre los más jóvenes y en la definición de las músicas del nuevo siglo. Por eso le ha concedido desde hace varias ediciones un hueco fundamental en su programación. Esta apuesta decidida por el rap y el hip hop se ha plasmado en los proyectos de cooperación que ha producido el Festival, fundamentalmente en “La mirada del otro/Le regard de l’autre” en 2008, y “Casser le mur/Romper el muro” en 2009, en los que la tradición de culturas milenarias se mezclaba con sonidos urbanos de raperos de Marruecos y España. Los resultados fueron sorprendentes.

El director de Pirineos Sur, Luis Calvo, ha recordado en más de una ocasión que la música tradicional o étnica no es “música muerta o antigua”, sino que se refiere a un espacio de creatividad mucho más fértil porque aúna la conciencia de un sentimiento de identidad cultural con el deseo de experimentar e investigar nuevas sonoridades. En esa clave se encuentra el proyecto “Fábrica de rimas /Fabrique de Rimes”, que promueve la Asociación Cultural Fabricantes de Ideas con base en Madrid, bregada en decenas de proyectos de cooperación con Marruecos y varios países latinoamericanos y profunda conocedora de sus realidades culturales y sociales. “La Fábrica de rimas” se presentará este domingo en el escenario de Sallent de Gállego.

El rapero argentino afincado en Madrid, L.E. Flaco, el grupo marroquí H-Kayne y el colombiano C15 dan forma a una idea que trasciende del escenario y remite a conceptos humanistas en horas bajas como la igualdad, la convivencia, la paz y el conocimiento entre culturas. La elección de estos tres artistas no es casual, todos ellos gestionan de forma paralela a sus carreras musicales diversos proyectos solidarios, sociales y educativos en sus respectivos países, y han hecho del rap y del hip hop un vehículo de comunicación y aprendizaje. Sus promotores lo han definido como un “laboratorio cultural” que se estrena en España en Pirineos Sur y que durante este año también girará por Meknes (Marruecos) y Medellín (Colombia). El pasado 21 de junio comenzó su andadura en Casablanca en el programa de nuevas culturas urbanas de Marruecos, “Zankat”.

La música urbana y todas sus manifestaciones es el eje de este proyecto en el que sobresale el grupo marroquí  H-Kayne, fenómeno de masas en su país y auténtico responsable del movimiento conocido como “Hip hop made in Marrocco”. En 2003 actuaron ante 80.000 personas y ese concierto les consagró como el mejor grupo de rap de Marruecos, un país en el que, no hay que olvidar, existe una febril actividad musical en el campo de las músicas urbanas. H-Kane representa mejor que nadie esa idea de la tradición adaptada a los nuevos usos y costumbres.

La base es un sonido groovy oriental con influencias hip hop y rotundos scratches de fondo. Las letras se alejan de las atmósferas convencionales de la violencia y la injusticia social  y se basan en textos populares que hablan de optimismo y esperanza, y que en sus bocas suenan frescos y actuales. En Marruecos la música es una oportunidad para las nuevas generaciones que no quieren emigrar a Europa. El rap y el hip hop han canalizado esas aspiraciones vitales y se han convertido en armas políticas que representan las inquietudes de miles de jóvenes que siguen a sus estrellas musicales. Es la realidad social y cultural de Marruecos, frecuentemente tergiversada por los medios de comunicación occidentales.

L.E. Flaco es un Mc argentino de larga trayectoria. Actualmente está integrado en el colectivo Dremen, un proyecto promovido por varios raperos y músicos nacionales que ha revolucionado en el último año las redes sociales. Su lenguaje de “guerrilla urbana” quiere promover un marco creativo en el que el pensamiento crítico sea la principal aspiración. L.E. Flaco ha jugado un papel decisivo en este proyecto que es un fiel termómetro del momento creativo de la cultura urbana española. Envuelto en unos sonidos extremadamente duros y abruptos, el Flaco ha desarrollado su carrera tanto en formaciones clásicas de rap como en bandas convencionales, permitiéndole gran versatilidad y una oratoria endiabladamente ágil y punzante. 2012 es el año de su primer disco, “Mercurio”, acompañado de DJ Tony Karate y 110vs13, precisamente el impulsor de Dremen. L.E. Flaco llega a Sallent de Gállego en un momento de vibrante inspiración.

En la misma sintonía se encuentra la banda colombiana C15, una contorsión más en el vasto territorio de la música de Colombia. Surgida en la Comuna de Medellin, en un lugar en el que la muerte es una desgraciada rutina, sus letras y posiciones intelectuales están comprometidas con ese drama nacional que les tocó  muy de cerca. En 2009 su fundador, Kolacho, fue asesinado y desde entonces su espíritu y su memoria sobrevuelan en cada nueva composición, siempre con la esperanza como horizonte vital. Su propuesta sorprende por un gusto casi obsesivo por la armonía y la melodía en su flow, que suaviza y mitiga la raspadura de unos textos de crudeza desoladora y profunda trascendencia. No hay vacuidad en sus rimas. El funk y el soul están en la escuela de influencias de esta banda, y eso explica cierta sofisticación que parece milagrosa viviendo de donde vienen. Ellos han creado escuelas de hip hop para los niños de Medellin, convencidos de que a través del arte se puede formar a la juventud y otorgarle una oportunidad para creer en el futuro.

 

Julieta Venegas, música y compromiso social

Julieta Venegas, música y compromiso social

Preguntada hace dos años en una revista española por el mejor escenario en el que había actuado a lo largo de su carrera, Julieta Venegas respondió directa: “Pirineos Sur”. Fue en 2001 junto con Amaral, Atercipelados y Gabriela Epumer, presentando el proyecto “Fémina Rock” que ese año giró por varias ciudades españolas. Una noche intensa y especial la de aquel concierto, en la que la mexicana se enfrentó por primera vez a los retos imprevisibles de un auditorio que igual gime por los aullidos del viento del norte que tirita por un gélido frío invernal en pleno julio. La menuda y tímida Julieta de Tijuana triunfó y quedó atrapada por la exuberancia de ese escenario onírico varado en las aguas pirenaicas, tan extraño al paisaje de la Baja California.

Una década después regresa a Pirineos Sur la cantante y compositora mexicana. Es otra artista y otra mujer; reconocida tanto por su obra artística como por su fuerte compromiso social y político en su país natal, expresado durante las recientes elecciones presidenciales en su apoyo al movimiento estudiantil “YoSoy132”, que reclama una profunda regeneración democrática.

La Julieta crítica y honesta, escandalizada con la violencia diaria en las calles de México, valiente para afirmar que su país es “corrupto e inmaduro”, se ha convertido en un fenómeno de masas universal con más de seis millones de discos vendidos, varios Grammys y una carga de respeto en el displicente ámbito anglosajón. El mismísimo Prince confesó sentir fascinación por la mexicana y su tema “Lento”, y le invitó en una noche de verano de 2008 a cenar en su mansión de Los Ángeles junto a la moto con la que posó para la portada de “Purple Rain”; memorable momento que la mexicana cuenta todavía incrédula.

Ese año Julieta probó la ambrosía reservada tan solo a las verdaderas figuras del mainstream: la grabación de un Unplugged para la MTV en la que colaboraron entre otros La Mala, Marisa Monte y Gustavo Santaolalla. 

El pasado año fue madre y aunque ella asegura que la maternidad no ha influido directamente en la madurez de sus canciones, lo cierto es que la Julieta de hoy es más sosegada e introspectiva que la que debutó en 1997 con “Aquí”. Y es definitivamente irreconocible en aquella casi adolescente que despuntaba haciendo SKA con la mítica ”Tijuana No” a finales de los 80. El camino transitado en estos veinte años –con cinco discos entre medio- ha sido como la paleta de un pintor; repleta de colores que se van convirtiendo sobre el lienzo en capas que mudan de una textura a otra para convertirse al final en la consecuencia de infinitas mixturas y trazos.

Julieta Venegas ha fijado las formas de una fuerte personalidad musical al tiempo que ha ido dirigiendo sus sonoridades paulatinamente hacia un espacio de cierta comodidad pop en el que dice encontrarse a gusto. Sigue flirteando con la tradición de su país y mantiene colaboraciones con gente como Café Tacuba, Anita Tijoux o Gabriel Santaolalla –productor de sus primeros discos-,  pero ahora se trata de un sello de origen impreso en su música que poco tiene que ver con los derroteros que ha tomado su creatividad.

Desde el Unplugged grabado para la MTV la producción de sus discos ha puesto el acento en los arreglos electrónicos, las percusiones y los sintetizadores como base rítmica. De vez en cuando se cuela un contrabajo, un ukelele o su inseparable acordeón para conservar la atmósfera de los desiertos de Tijuana. Y de esa textura original y bien modelada brota la voz de Julieta, cada vez más educada y poderosa, que marida con todo en un ejercicio sublime de elasticidad. La noche del sábado en Lanuza la mexicana presentará las canciones de su último disco “Otra Cosa”, que le está llevando de gira por Francia, España y Alemania. En mayo estuvo tocando en su país junto a Bunbury, Calle 13 y Café Tacuba, los tres también programados en Pirineos Sur en los últimos años y compañeros todos de viejos proyectos musicales y cinematográficos.

Y como hizo entonces, Julieta Venegas también se dará una vuelta por sus clásicos más populares, que siguen asombrando por su compleja sencillez. Armonías y estribillos tan redondos que habrá que pensar que lo comercial a veces no es el camino más fácil, pese a las apariencias. Son canciones que hablan de amor y de historias que acaban mal, visiones femeninas que ironizan con el irresuelto problema del desencuentro y con el misterio del hombre.  “Lento”, “Eres para mí”, “Limón y sal”, “Andar conmigo”, “Bien o mal” o el probable colofón de “Me voy” son himnos ya de una generación que aprendió con Julieta que México es algo más que rancheras y narcocorridos.

“Bomba Estereo”, la explosión cubana

Colombia es pura efervescencia musical en los últimos años. Si la literatura había empujado el carro del famoso “boom latinoamericano” y había situado sus letras en una esfera de reconocimiento universal, la música se recluyó en cuestiones domésticas bien cargadas de tópicos. Hace años que en Colombia están pasando cosas muy interesantes en el ámbito de la música y, por suerte, festivales como Pirineos Sur han ayudado a divulgarlo.

Como señala el periodista Rubén Caravaca, especialista en músicas latinoamericanas, Colombia “es musicalmente una potencia que perfectamente puede equipararse a las de Brasil, Cuba o Argentina”. En Pirineos Sur ha habido buenos ejemplos a lo largo de los últimos años, sobre todo en la edición de 2010 dedicada al bicentenario de las independencias en Latinoamérica. Ese año pisaron los escenarios del Festival Pernett, Totó La Monposina, Aterciopelados, La Mojarra Eléctrica, Erika Muñoz y La 33. Con esa munición a nadie le quedaron argumentos para la duda. En Colombia arriban todas las influencias que hoy nutren la escena musical de Sudamérica. Y la “Bomba Estéreo”, la banda  de Bogotá que dirige Simón Mejía desde 2006, es el mejor ejemplo.

Sin renunciar al folclor del país, el grupo heredero de los legendarios Sidestepper es indefinible en tanto que diverso y urbano. Aunque en una primera audición puede intuirse un peso desmedido de ritmos tropicales tan reconocibles como la cumbia o la champeta, enseguida esa percepción se resquebraja en una contorsión de sonidos desbocados que se pisan entre sí; se retan y se yuxtaponen. Reggae, hip hop, rock o dub se mezclan en un cocktail explosivo que en directo adquiere una dimensión nueva con la intensa voz de Liliana Saumet.

Juan Perro y la Zarabanda

Juan Perro y la Zarabanda

La XXI edición de Pirineos Sur se abre mañana viernes con el estreno internacional del nuevo proyecto del alter ego de Santiago Auserón, Juan Perro y la Zarabanda. El espectáculo es el resultado de un largo proceso de evolución y madurez intelectual y artística iniciado hace más de veinticinco años, cuando el artista zaragozano triunfaba en la escena rock hispana con Radio Futura. En aquella época Auserón ya se movía en otros parámetros creativos. Había decidido aventurarse en la exploración del inhóspito universo de la música popular cubana con la pretensión de encontrar las raíces que lo conectaban directamente con la tradición española. Auseron escribía entonces que “había una manera de cantar en español fundada en los ritmos de la negritud. Imaginábamos que Cuba podía jugar para la nueva música popular española, en otro mundo posible, un papel parecido al de Jamaica en el terreno del rock anglosajón“.

Aquellas expediciones casi antropológicas resultaron ser epifánicas. El hallazgo de los viejos soneros cubanos, de los treseros más populares de la isla como Faustino Oramas “El Guayabero”, Arsenio Rodriguez, Pancho Amat o el “Trío Matamoros”, acabó por definir el espacio de sonoridades de Auserón. Allí nació también su devoción por los trovadores y por su gramática, que también ofrecía rastros evidentes en la cultura española. En cierto modo Juan Perro es una versión actualizada del viejo oficio del trovador, que encontró en el vibrante verbo de los soneros cubanos su fuente de inspiración definitiva.   

De las experiencias cubanas surgió no solo una nueva forma de observar la música sino también una suerte de proselitismo cultural. Auserón promovió aquel memorable recopilatorio cubano “Semilla del Son” en 1991 y poco después el desembarco en España del gran Compay Segundo, que pasaría a convertirse en el otoño de su vida en una estrella universal. En 1998 Auserón pisó por primera vez el escenario de Lanuza en aquel concierto mítico de Compay junto a Eliades Ochoa y Omara Portuondo. Fue una de las grandes noches de Pirineos Sur.

Confirmada sobradamente pues la conexión hispano-cubana vía África, el zaragozano se dirigió años más tarde nuevamente hacia el sur, hacia Nueva Orleans, con el propósito de hallar la tercera vía; la que establecía la relación definitiva con la sonoridad afro-norteamericana. En 1991 Auserón había escrito que las principales raíces de la música cubana “eran, repitámoslo, española y africana”. Y plasmó toda aquella muchedumbre de sonidos en el disco publicado el pasado año “Río negro”, una obra “coherente y brillante” en palabras del crítico aragonés Matías Uribe, que incorporaba secuencias de blues, soul, country o cajún. En esas exploraciones sonoras Juan Perro siempre se encontró cómodo en clave de jazz, blues y swing y quizá por ello aflora cada día con más fuerza su vertiente de crooner callejero. Cuando regresó en 2007 a Pirineos Sur lo hizo acompañado de la Original Jazz Orquestra para revisar con el envoltorio de una espléndida Big Band los clásicos de Radio Futura y los suyos en solitario.

Juan Perro y la Zarabanda es la conclusión de esta investigación de décadas, la confirmación de ese viaje de ida y vuelta que son todas las culturas mestizas. La alianza de lo múltiple en un cruce imprevisible de influencias como la rumba afrocubana, el son, el jazz, el blues, el flamenco, el cajun o el zydeco. España, Cuba, África y Nueva Orleans… la negritud sonora sincretizada por este “perseguidor de cruces sonoros”, como lo ha calificado acertadamente el crítico Javier Losilla. Auserón viene repitiendo desde hace años que “todo lo español es mestizo desde siempre”. En una reciente entrevista aseguraba sentir fascinación por el misterio del verso castellano, “al que le afecta la música hecha por gente de otra etnia, otra lengua y otro continente”. En 2011 Auserón fue galardonado con el Premio Nacional de las Músicas Actuales.

La zarabanda es ese baile proscrito del que ya escribía Cervantes, prohibido como lo fueron todos los bailes nacidos en la pobreza, como el tango o el jazz. Zarabanda es jaleo, alboroto y confusión. El baile del diablo en los contorneos de una mujer pública extasiada por el ruido de las palmas y la jarana. Así se ha concebido este espectáculo que se estrena en Lanuza después de la gira que ha realizado Juan Perro por Tijuana, San Diego, Guadalajara, Los Ángeles y San Francisco; es decir, una vez más por la frontera impura y bastarda.

En Pirineos Sur ofrecerá una antología de temas de Juan Perro y versiones novedosas que transitarán por el son cubano, el cajún de New Orleans, el flamenco, el bogaloo, la rumba, el tango o el afro-son. Para ello cuenta con una formidable banda compuesta por colaboradores habituales como el guitarra Joan Vinyals –con quien ha realizado este invierno la gira en acústico “Casa en al aire”-, el percusionista cubano Moisés Porro, el bajo Isaac Coll, el trompetista David Pastor, el saxo Gabriel Amargant o el pianista Javier Mora, casi todos ellos procedentes de esa factoría inagotable del Taller de Musics de Barcelona.

Antes de salir a escena el Perro y la Zarabanda la XXI edición de Pirineos Sur será inaugurada oficialmente por la banda portuguesa Terrakota, un ejemplo más de la febril escena lisboeta en la que todo es posible. Incluida la proliferación de bandas como ésta, que se agarran a la tradición africana para generar un sello propio repleto de influencias perfectamente compatibles desde su antagonismo. La voz de la cantante angoleña Romi Anauel embrida un catálogo de sonidos que recorre el reggae, el dub, el rap o el flamenco y que confirma la efervescencia cultural de Lisboa, para muchos la capital europea de la modernidad.

Gobernadores

Gobernadores

Cada día se hace más patente el imposible carácter depurativo de esta crisis. “Refundemos el capitalismo” consignaban algunos líderes mundiales en las primeras horas del naufragio financiero, cuando la sospecha sobre la futilidad de la debacle todavía no tenía el tufo de la ignorancia. Cinco años después todo se ha transformado agitado en un bucle infinito de mentiras y engaños, y aquella ingenuidad morosa se observa como parte del drama o como la más abyecta de las imposturas. No va a haber catarsis pero esta sobreexposición de la ruina moral en que ha devenido la crisis al menos nos permite jugar a diario con reflexiones sobre los que hemos hecho o hemos sido en el pasado. Juego vacío e inútil, pero ontológico y pedagógico.

Cuando Gerald Brenan escribió en 1943 que España ha existido únicamente como nación “cuando se sintió bajo la influencia de alguna gran idea o impulso”, se limitaba a subrayar el antropológico carácter trágico del país y su tendencia al ventajismo. Brenan atribuía al economista Francisco Martínez de la Mata otra invectiva trastornadora del país: “no existe en ninguna de sus partes ni amor ni interés por la conservación del todo; cada hombre piensa únicamente en su utilidad presente y en modo alguno en la futura”. Lo escribía a mediados del siglo XVII.

El hispanista británico ofrecía más munición para el desaliento en la búsqueda de los dédalos del país al que había consagrado sus obsesiones más recónditas. En tiempos también de Martínez de la Mata, el embajador de Venecia en Madrid, Giovanni Cornaro, reportaba un memorándum en el que, a modo de epítome, condensaba las excelencias de lo que había encontrado al llegar a España: “desde el pobre hasta el rico, todo el mundo consume y devora la hacienda del rey; los unos, a pequeños bocados; la nobleza, a boca llena; y en cuanto a los grandes en cantidades fabulosas…”

Descubrir ahora la picaresca como parte de nuestra identidad nacional sería precisamente un juego ventajista e indudablemente reduccionista. Las cosas de la historia se mueven en otra dimensión, refractaria de sofismas y panfletos. Lo que abruma es la vigencia de los mismos males. El veterano periodista norteamericano Gay Talese afirmaba recientemente en una entrevista que “la gente importante hace declaraciones, pero eso no significa que sea la verdad”. Ácido retrato de la clase política actual, desnortada en su impericia y vanidad.

Talese retrata a una casta endogámica que mantiene fluidos vasos comunicantes con los periodistas, a los que el viejo reportero critica con sarcasmo. Desprecia su mansedumbre y su obstinado empeño en renunciar a las responsabilidades naturales del ejercicio de la profesión, observadas ahora como si se tratara de un tráfago. Una nueva irresponsabilidad que acentúa la crisis general y vulnera los equilibrios básicos sobre los que se sostenía la vejada idea de democracia. Unos y otros, políticos y periodistas influyentes, están en el frontispicio de la crisis ejerciendo de actores principales cuando, en general, sólo están capacitados para papeles secundarios o para alborotar en la clac. Las excepciones están alumbradas por la espesa luz de unos focos de escasa potencia.

Hay algo de herencia cortesana en esa actitud sumisa al poder. Uno puede comprender la fascinación que ejerce el núcleo del átomo, transitar sobre esa línea difusa que separa al político del periodista –o viceversa-; en ese reducido habitáculo de las altas esferas del poder con sus conciliábulos de intrigas y “off the record” en los que uno valora su peso profesional en función de sus fuentes y de sus silencios.  Cuando el fango llega a las rodillas de todos supongo que la reacción natural es la solidaridad. Después el instinto de supervivencia.

Siempre me ha causado hilaridad este mismo fenómeno en los ámbitos locales o provinciales. En veinte años de profesión he conocido a compañeros que transportaban su profesión en las espaldas como un mandato divino. Viven el trabajo como una nueva suerte de ascetismo y manejan la información como si manipularan piedras preciosas o la más refinada ambrosía. Se sienten parte de una estirpe privilegiada que hace del acceso a la noticia una cuestión inaprensible para el común de los mortales. Aman la intriga palaciega de rumores y desmentidos, de cafés a escondidas con el concejal de hacienda o el portavoz de la oposición. Muchedumbre de vanidades atropelladas. Cuando uno se concede tanta trascendencia acaba participando de un soporífero designio ridículo a ojos del resto. Pero ellos no solían ser conscientes de la esterilidad de sus propósitos.

Hubo en la provincia de Huesca un gobernador civil en tiempos de la dictadura, Víctor Fragoso del Toro, que como recuerda la historiadora Anabel Bonsón ”gobernó la provincia a su antojo” entre 1964 y 1975. La hemeroteca es pródiga en actos oficiales y visitas institucionales por los pueblos de Huesca rodeado de un séquito de camisas viejas, concejales de tercio y sindicalistas verticales. En los pueblos le recibían mocitos y mocitas ataviados con trajes regionales lucidos con esmero para interpretar el sacrificio público de coros y danzas. El pueblo aplaudía a rabiar y el alcalde de turno se sostenía la cabeza con el nudo de la corbata.

La democracia apenas ha mudado esos hábitos y costumbres en la relación entre el poder, el pueblo y la prensa. Más bien los ha reforzado con el falsario argumento de la legitimidad de las urnas, capaz de sostener cualquier tropelía y abuso. Ahora existe la figura de los consejeros autonómicos o los directores generales, que tras ser designados por sus méritos de militancia se ven ungidos de la noche a la mañana de una clarividencia infalible. Y viajan por los pueblos del territorio como lo hiciera aquel gobernador civil franquista y actúan con la misma solvencia institucional y el mismo recelo hacia el ciudadano. Adquieren pronto un tono indulgente en sus intervenciones, que no es más que la distorsión de un íntimo deseo de escapar del lugar para evitar incómodos trámites públicos. Pero están arropados por el calor del pueblo que admira al hombre de poder, y es la misma admiración que había brindado al viejo camisa azul cuarenta años atrás. Los libros de honor de nuestros ayuntamientos están repletos de firmas de tipos grises y mediocres que un día fueron nombrados gobernadores o consejeros o directores generales. Brenan ya se hacía la misma pregunta: “¿no es España, después de todo, el país en que la Historia –y de qué monótona manera-, se repite una y otra vez?”

Guantes rotos

Guantes rotos

 

“Mucha gente tiene la impresión equivocada de que 

 tocar fondo tiene algo de romántico o trágico"

Donald Ray Pollock

 

La vida de Perico Fernández no se escribió en los cuadriláteros, esos espacios en los que de vez en cuando quebraba la línea recta de su destino para regresar de inmediato donde solía. La leyenda del boxeador -si es que existió-, se forjó en unos escasos momentos sublimes de inspiración en los que fue capaz de concentrar todas las propiedades de un don que acabó siendo una losa. El resto fue el despropósito dramático de una pelea con la vida en la que ambos se zurraron de lo lindo en un combate desigual y previsible.

En el hospicio del Pignatelli de Zaragoza decían que un tal Perico daba “hostias como panes”. Y ese Perico huérfano, rebelde e indomable resultó que sacudía con la misma violencia al incauto que osaba retarle y también a la vida misma. Pero ya se sabe que ésta se revuelve con una rapidez endiablada y que su respuesta siempre es desproporcionada. Entonces el  pegador mueve sus puños con torpeza y sólo acierta a golpear al aire en el ejercicio más inútil y patético que puede darse sobre un cuadrilátero. Es la expresión certera de la derrota, de la incapacidad para estar a la altura del combate. Cuando sólo eres capaz de tremolar tus puños las cosas acabarán mal.

Perico lleva golpeando al aire desde hace décadas. Arrumbados y amarilleados los recuerdos de su efímera gloria, el boxeador arrastra el malditismo de su deriva como una epopeya que tiene algo de poética del fracaso; tan fascinante como insoportable. Fran Osambela y Rafael Rojas han escrito “Guantes rotos”, un libro con apariencia engañosa. Fran se dedica a reunir de forma deshilvanada y sin orden cronológico un puñado de anécdotas de la vida de Perico que ayudan a conocer al personaje en su versión más íntima; es la historia del hombre, no la del boxeador. Rafael Rojas, por su parte, ofrece un recorrido por la trayectoria deportiva del que fuera varias veces campeón de España, Europa y el Mundo entre 1973 y 1983 con la intención de defender un argumento: Perico, Carlos Lapetra y Conchita Martínez son los tres mejores deportistas que ha dado Aragón. Los dos textos son las dos caras de una misma vida.

Al final del capítulo escrito por Fran Osambela uno entiende la naturaleza del relato y la técnica de su autor. La sucesión de anécdotas sin cronología posible (deshilachadas en el tiempo y en el espacio, algunas hilarantes, muchas dramáticas, pocas irrelevantes), es la única manera posible de contar la trayectoria de Perico. Uno, ante el fracaso de una vida, siempre busca la respuesta al mayor de los misterios: “¿dónde comenzó el declive”? En el caso del boxeador, el libro de Fran nos ayuda a comprender que en la línea temporal de su vida no existe un punto de inflexión ni una quiebra. El enigma se explica en el origen de sus días, en esa “sórdida mezcla” de hospicio, orfandad y postguerra de la que habla el periodista Luis Alegre en el libro.

 Por eso “Guantes rotos” tiene una apariencia engañosa, porque el tumulto de anécdotas no es un error formal sino una habilidosa jugada del bregado periodista para estimular en el lector la sensación de caos en la que siempre ha estado instalada la vida del boxeador. Así, la sola enumeración de las peripecias de este zascandil entrañable es suficiente para llegar a conclusiones de todo pelaje, tantas como el grado de severidad o benevolencia de quienes juzguen. La principal es, sin duda, la irreversibilidad del destino. En esa interpretación temporal de la teoría nietzscheana del eterno retorno, Perico Fernández retrocede constantemente después de cada supuesto avance para repetir los mismos errores. Y el lector espera impotente que en algún momento el protagonista recapacite, altere su destino escrito y encuentre el hueco por donde huir de esa encerrona en que se ha convertido una vida de fama repentina sin bagaje para digerirla. Y al final uno se remite a la reflexión de Kiko Amat, cuando afirma que la caída hacia el infierno es “algo a lo que te deslizas sin esfuerzo, una caída sin aspavientos”.  

El viejo amigo Fran ha dicho que “Guantes rotos” es “un reportaje periodístico a lo bestia”. Tiene todos los atributos del buen ejercicio periodístico y las virtudes de quien lleva más de veinte años dedicado febrilmente a la profesión. Hay un método claro del que no se separa en ningún momento: cada testimonio necesita ser contrastado. Y así Fran se ha perdido durante meses por las calles de Zaragoza buscando el rastro de aquellos que compartieron siquiera un momento en la vida de Perico Fernández, sólo para disipar la duda del carácter legendario de las anécdotas y coser, de este modo, la vida del boxeador a la realidad.

No hay intención de ditirambo ni la tentación de caer en una nostálgica admiración del ídolo caído. En este sentido, las cosas se cuentan con una desnudez a veces impúdica y provocativa. Y esta elección es determinante para dimensionar la figura deportiva y humana del protagonista: para entender por qué se convirtió en un fenómeno de masas a principios de los años 70 del pasado siglo y por qué casi de forma paralela puso los cimientos de su propio cadalso. Hay en el libro testimonios recuperados de periódicos de la época, como los de Andrés Astruell o Manuel Alcántara, que resultan ahora esclarecedores y dramáticamente premonitorios. La inconsistencia del nuevo mito era tan evidente que la cuestión era fijar la fecha de su caída y no la de su redención. No se equivocaron.  

La novedad en el género biográfico es que Fran utiliza un intermediario para interpretar y traducir la narración del boxeador. Se trata de Paco Millán, probablemente el único amigo que nunca abandonó a Perico y del que éste dice  “es la única persona que dejaría que me engañara”. Paco es la memoria de Perico y la única certeza que el boxeador conserva de que un día fue grande entre los grandes. Paco estuvo en todos los momentos de gloria del deportista y también compartió los lances del prematuro declive, cuando las ausencias se hacían cada vez más sonoras. El diálogo entre Paco y Perico –ese tipo de conversación que sólo pueden tener dos amigos-, es el hilo narrativo sobre el que Fran Osambela va tejiendo una florida red de recuerdos, anécdotas, vivencias, secretos y rumores de un pasado que se antoja lejano y volátil.

La trémula locuacidad de Perico,  trufada de síncopes, extravagancias y retruécanos, encuentra en Paco Millán el punto de raciocinio necesario para evitar que los desvaríos abonen nuevas versiones de su historia. A Paco no se las cuela. Él es además el único habilitado para ofrecer una interpretación de los demonios que todavía anidan en la cabeza del gran boxeador.

Y con este interlocutor privilegiado Fran Osambela ha dibujado un relato frenético de idas y venidas en el tiempo; que proyecta de forma indirecta la rancia España de una época en la que los exiguos éxitos deportivos eran blandidos por el régimen como  espadas contra las conjuras judeomasónicas de turno. Perico perteneció a esa generación de deportistas españoles surgidos por ensalmo que alcanzó la gloria en el peor país posible. Ángel Nieto, Severiano Ballesteros o Manuel Orantes fueron, como él, genios dotados de un don natural para ser extraordinarios en un lugar mediocre. Pero como recuerda Luis Alegre en la frase atribuida a Capote, “cuando a alguien Dios le concede un don, también le da un látigo para autoflagelarse”. Y Perico lo usó tozudamente porque ni estaba preparado para la fama ni nunca la buscó. Vino ella sola y él se entretuvo dándole hostias como panes.

Lo que somos

Lo que somos

Escribía Manuel Chaves Nogales en su dramático prólogo a la primera edición del trémulo “A sangre y fuego”, que la estupidez y la crueldad “se enseñoreaban en España”  en los primeros días de la Guerra Civil. “Es vano el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita” apuntaba el periodista sevillano, que atribuía indistintamente a ambos bandos. Las trágicas horas del conflicto bélico revelaron la ruina moral de un país y su incapacidad para resolver pacíficamente, o cuando menos dignamente, sus males endémicos. En el naufragio de la nación salieron a flote todas las verdades ocultas durante siglos conformando un miasma que lo emponzoñó todo con su pestilente hedor.

España se enfrenta a una nueva hora dramática con la misma resuelta tendencia a la autodestrucción. La música ahora ya no son marchas militares ni el arte propaganda, pero el enemigo localizado en otras trincheras más inhóspitas y abruptas ha acabado por volver a sacar lo peor de nosotros mismos. La inicial crisis financiera ha devenido en una crisis sistémica y moral que ha arrumbado todas las certezas sobre las que habíamos consolidado nuestra etapa democrática.

Y como en todas las grandes crisis de la historia del país, el efecto anestésico de la fatalidad ha dejado al descubierto la gran mentira en la que vivíamos. En la crisis de 1898 los españoles descubrieron que ya no formaban parte de un imperio y que si éste había existido alguna vez fue tan solo en la tumultuosa ensoñación de algunos reyes de ambiciones desbocadas. Aquel estrépito generó un fenómeno todavía perdurable de desafectos hacia la idea de España y un estado de melancolía del que ya nunca nos desprendimos. Aprendimos también entonces que el nuestro era un país de derrotas, constatación que consagraría Gil de Biedma en aquella frase terrible: “de todas las historias de la Historia, la más triste, sin duda, es la de España porque termina mal”.

Otros vinieron para ahondar en la herida y hacer costumbre del sentido trágico nacional. Ortega acabó asumiendo que España era el problema; un sintagma con aspiración de fórmula para redimirnos de nuestros pecados originales. En la Transición las élites políticas protagonizaron un simulacro de consenso democrático que, convenientemente publicitado, prosperó como modelo de pacto, convivencia y reconciliación. Pero el tiempo ha demostrado que era una solución de emergencia tan eficaz en su momento como incapaz en su devenir. Enric González afirma que la idea de la Transición “consistía en saltar por encima de los problemas endémicos de España y plantarse en el futuro sin resolver el pasado”.

La prosperidad económica de las últimas décadas y la sensación general de progreso alimentaron la ilusión colectiva del final de nuestra leyenda negra. Europa representaba la síntesis de todo lo que habíamos anhelado durante siglos, una estación de destino en la que nos esperaba el futuro. La única certeza posible. Nos habíamos desprendido del hatillo y ahora viajábamos con equipaje. Pero como escribía el periodista alemán Sebastian Schoepp en el Süddeutsche Zeitung, en nuestra alocada carrera “modernizarse significaba, sobre todo, parecer moderno”.

El dinero fácil de la última década escondió por un tiempo todos los defectos de una construcción nacional que, utilizando el símil, tenía más el aspecto de una “burbuja democrática” que de un proyecto solvente de regeneración. Esa repentina fe democrática traía toda la prosopopeya del converso.  El teórico de la democracia, Alexis de Tocqueville, ya advirtió en el siglo XIX de que la cultura democrática no era posible si carecía del apoyo de las costumbres. Y mientras la riqueza fue un bien común asistimos con displicente indiferencia a los defectos de forma de nuestro país, convencidos de que eran taras asumibles en el nuevo tiempo. No nos importaba la escasa cultura democrática de nuestra clase política, la permanencia de las élites económicas y políticas de siempre en los principales estamentos del país, la corrupción que atribuíamos a la tradición tragicómica española, el despilfarro legítimo de los nuevos ricos o el derecho a una nueva vida en la que era más importante aparentar que ser.

La crisis se ha llevado por delante no sólo la economía del país y la de millones de familias sino la idea irresponsable e irreverente de que la democracia es un bien natural que no requiere grandes atenciones. Ahora, cuando sumidos en una sima económica y moral comprobamos cuan falsos eran los pilares sobre los que se sostenía nuestro edificio, clamamos contra todo lo que nos rodea sin percibir nuestra cuota de responsabilidad. Enric González culpabiliza de la ruina económica a los errores de la construcción europea, “pero la ruina moral es enteramente nuestra”.

Todas nuestras certezas están bajo sospecha. Como señalaba en El País, José Ignacio Torreblanca, las sombras han ido alcanzando a las principales instituciones del país y ya hemos asumido que nuestro modelo social se está transformando para un futuro que será más incierto todavía. España no tiene solución. Esta nueva crisis, quizá más angustiosa y clarividente que las que la antecedieron, nos está devolviendo a nuestro estado natural con la sensación de que nunca más tendremos derecho a aspirar a tiempos mejores. Cometimos la imprudencia de vivir un sueño sin más argamasa que nuestra voluntad y el crédito ilimitado. Los excesos del pasado nos han dejado la más desoladora de las realidades; no es posible cambiar el rumbo de nuestro destino, que se manifiesta como si de una maldición bíblica se tratara. Somos lo que éramos.

La teoría de que el miedo paraliza a las masas ya no es sólo atribuible a los estados totalitarios. En esta democracia mutilada y vigilada los ciudadanos hemos sucumbido a un estado de alienación colectiva que nos impide racionalizar la arbitrariedad  de los abusos, los desmanes y la arrogancia de los poderosos. Y ahora, frustrados y con la resignación de una pueril culpabilidad, comprobamos exhaustos que las palabras de Gil de Biedma se han transformado en una letanía: siempre termina mal, siempre termina mal.

¡Vaya tropa!

A la misma hora que la "rentable y transparente" Bankia (Mister Rato dixit) mostraba sus vergüenzas y sus dirigentes silbaban y ponían la mano con el Rolex para exigir un pastón cósmico al erario, un matrimonio de invidentes iba a ser desahuciado por no pagar la hipoteca, uno más entre miles.

Les diré ahora una obviedad: la crisis no trata igual a los de arriba que a los de abajo. En medio de ese océano que llamamos crisis sobrenadan dos clases de expertos: los que saben de lo que hablan y los que hablan de lo que saben. Los primeros suelen ser los prácticos, esos ciudadanos anónimos sumergidos en los remolinos de su trabajo cotidiano que día tras día afrontan con ánimo las llagas de la maldita crisis. Profesionales de la educación, la sanidad, la asistencia social y todos aquellos jornaleros posmodernos que se relacionan con las personas realmente existentes, uno a uno y ojo en el ojo, tratando de combatir su ignorancia, de reparar las averías del cuerpo y del espíritu que les causan sus formas de vida; normopatías, las llama un amigo psicoanalista. Pegados a la piel del mundo, suelen tener un equipamiento moral inoxidable que los hace aún combativos y optimistas. Son un enjambre de buenos funcionarios, campesinos, oficinistas, pequeños empresarios autónomos, artesanos y demás obreros de nuestro agonizante Estado del bienestar. Clase media amenazada de derribo, gente cabal que se ganó el nombre de pueblo, que sabe de lo que habla aunque no alcance a expresarlo con palabras de terciopelo, porque ellos trabajan y viven prácticamente en el mundo real; y los mejores de entre estos lo habitan poéticamente, como quería aquel loco solemne llamado Hölderlin. Fin de la descripción del pueblo medio y bajo, por decirlo con un gramo de demagogia. Veamos cuál es el perfil de los de arriba.

LOS DEL ÁTICO viven en otro planeta. Asentados en una amurallada urbanización para ricos, sobrevuelan el mundo real en una ingrávida burbuja de cinismo y elegancia. Hablan y no callan de lo mucho que saben; pero es un saber formalista, desvitalizado, aprendido en sede académica y en las cotizaciones de bolsa, contando rentabilidades y poniéndose de perfil para citar bibliografía y espiar la crónica de miserias y triunfos de sus cofrades. Pura güisquipedia. Magistrados de puñetas y crucifijo; políticos y parlamentarios electos y convictos; concejales y tertulianos; banqueros orondos y obispos ingrávidos; publicistas, truchimanes y demás criaturas de palabra fácil, sustanciosos ingresos y vida regalada, en el doble sentido de acomodada y gratuita.

Algunos provienen de abajo pero acontece con regularidad pasmosa que, en cuanto echa barriga su currículo, aumentan sus amistades y plusvalías, escalan sigilosamente o trepan ruidosamente, según temperamentos, y se afanan por llegar a la cima donde verdean pesebres y billetes; y codician por colarse en un discreto consejo de administración donde el usurero encorbatado baila con el sindicalista barbado. Es el paraíso donde el dinero canta su bendita letanía: calla, que algo te queda. Otros ni se han esforzado en subir: tienen marcados en el lomo los genes necesarios para habitar el ático y, claro, dan como cosa natural de su casta los privilegios, regalías y robos de guante blanco de su cofradía. Corporativismo, silencio y pelotazo. Hay un detalle que tiene gracia: esa tropa de presuntos expertos, que asesinan la gramática nada más abrir la boca, se olvida pronto de aquel aireado sueño de su lejana juventud de un mundo justo y fraternal. No solo lo olvida sino que, si el sueño reaparece hoy como movimiento de indignación social, se ríe con sarcasmo del perro y la flauta y se apresura a llamar a los guardias de la porra.

LOS DE ARRIBA creen que han llegado a la cima y alivian su raquitismo moral tapándose el cerebro con una camiseta de fútbol o una boina identitaria de buena marca, de esas impermeables a la reflexión propia. El poder corrompe solo a quien se quiere corromper y a quien calla ante la corrupción ajena por interés y cálculo. Lo público se evapora, la privatización arrasa y se condena a la miseria y a la explotación laboral a los de abajo. Virus nuevos que alcanzan ya a la clase media, ese sector social que había crecido con la democracia, la educación pública y la sanidad universal. Mientras, la engominada parentela del Tío Gilito está encantada de unos políticos que, a solas, les comen en la mano con la docilidad del pícaro lacayo que se inclina calculando su ganancia.

ESTE ES UN PAÍS de buena gente que quiere vivir su vida con alguna dignidad pero que es desvalijada por una docena de tiburones financieros y una recua de tiralevitas y palmeros que les ríen las gracias. Se liquidan las viejas reglas del juego democrático y mucha gente desconcertada pide mano dura ya. Vaya tropa de usureros mafiosos, vaya tropa de incompetentes para afrontar la crisis; más parecen personajillos de una comedia bufa de Lope de Vega. Pero tanta vileza no puede durar tanto tiempo ni vulnerar a tantos. Nadie olvide que si de la indignación a la desesperación hay un paso, de esta a la violencia no hay ni medio.

Artículo del periodista Fabricio Caivano en El Periódico