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Juan Gavasa

El pasmo

El pasmo

Valle Inclán solía decirle a Belmonte: “¡Juanito, no te falta más que morir en la plaza”. A lo que el torero respondía azorado: “se hará lo que se pueda, don Ramón, se hará lo que se pueda”. Merkel unas veces y otras veces los mercados insinúan al Gobierno español lo mismo aunque de manera sutil y sofisticada, de acuerdo a un dogma de fe enfangado en el limo del equilibrio presupuestario. Rajoy viene a responder lo mismo que el torero sevillano: “se hará lo que se pueda doña Angela, se hará lo que se pueda”. Y el voluntarioso y disciplinado político español se enfrenta a las embestidas de la economía de mercado con el mismo pasmo que hizo inmensamente popular al de Triana. Rajoy ha convertido su gestión en una trocha que conduce a España a la irreversible pobreza económica y a la miseria moral. Morir es lo que le falta al país. Una tragedia pública en la mejor tradición de la historia española. Sin sangre ni espadones; sólo el último drama en directo.

Algunos nos preguntamos si merecía la pena tanto arrobo de poder para acabar haciendo esto. “Hay método en su locura” decía el Polonius de Hamlet. Y sin duda hay método en el afán de la derecha española por desmontar un sistema de convivencia y bienestar que los españoles hemos convenido concedernos a lo largo de décadas de lucha, pactos, gestiones, cesiones y negociaciones. Esta locura planificada ha encontrado el marco idóneo de una crisis inmisericorde para razonar el argumento. Subvirtiendo principios democráticos que parecían insoslayables, el partido de gobierno apela a su mayoría absoluta ganada en las urnas para destruir los pilares básicos de nuestro sistema; sin necesidad de consensos ni explicaciones. La gran paradoja es que blande su crédito democrático precisamente para hacer exactamente lo contrario que sostenía en el programa con el que se presentó a las elecciones del pasado 20 de noviembre.

El desprecio a la razón democrática y la soberbia desmedida de quien tiene un poder ilimitado han revertido la derecha de siempre, aquella para la que el gobierno era una condición natural que se veía suplantada cuando caía en manos de los socialistas. Se sentían usurpados. Cuando las cosas regresaban a su orden natural actuaban “con sentido común”, que es la manera castiza y muy conservadora de decir que las cosas tienen que seguir como estaban dentro de unos principios morales y económicos. El general Primo de Rivera pregonaba en las primeras horas de su golpe de estado que había llegado el tiempo para aquellos que tuvieran la masculinidad “completamente caracterizada”. Es decir, era una cuestión de cojones.

Ahora la derecha mediática, cada vez más enfervorizada e inyectada en sangre, pide más cojones contra quienes se sublevan frente al sistema. Son radicales que no creen en la democracia, perroflautas malolientes que necesitan mano dura, aseguran. Es decir; que la única violencia legal existente actúe contra ellos como si se tratara de criminales. El país se hunde y los levantamientos desesperados son ataques contra el sistema. Contra el mismo sistema que ha llevado a la ruina a la economía de medio mundo y con ella a millones de familias. Pero estos comunicadores y sus políticos actúan con la habilidad del profesional de la cosa y consiguen que los ciudadanos de a pie dirijamos nuestras iras contra el prójimo: el inmigrante, el funcionario, el sindicalista, el universitario. Nos despedazamos mientras ellos continúan su marcha.

Churchill decía que la democracia es algo excelente en la medida en que nos libra de sistemas políticos peores. Sin embargo, nuestra clase política está desvirtuando los valores esenciales de la democracia con una perversidad que resultaría hilarante si no fuera dramática.  El riesgo de perder lo que tenemos ya no es una hipótesis o la maldición de una distopia. Es el inicio de una nueva época y nosotros estamos en medio, comenzando a añorar lo que tuvimos e incapaces de saber lo que nos quedará.

Fernando Savater explicaba hace unos meses que hay noticias importantes en sí mismas y otras solo como síntomas. En España hace meses que las noticias dejaron de ser importantes porque son fugaces. No tenemos tiempo a digerir la toxicidad de su contenido y mucho menos a analizar sus componentes. Son yuxtapuestas por otras más letales y graves. Y en esa espiral infinita las noticias acaban siendo síntomas que proyectan el cuadro clínico de un enfermo en coma inducido. Aprovechando las ausencias o las deserciones cada día asistimos a un nuevo episodio de una regresión social, que es el escenario ideal para que hagan juego viejas ideas totalitarias que siempre que irrumpieron en la historia lo hicieron precedidas de los mismos argumentos: el miedo y la incertidumbre.

Guara

Guara

 “Edgar Allan Poe no hubiese podido imaginar nada mejor para la puesta en escena de uno de sus fantásticos relatos”. El viajero Albert Lequeutre, sobrecogido y fascinado, se refería así al barranco de Mascún en el trayecto que realizó por Sierra de Guara en 1871. Sus evocaciones quedaron impresas con una prosa precipitada pero atildada en su cuaderno de viaje junto a otras reflexiones de similar registro. La literatura fue frecuentemente, cuando la fotografía todavía no tenía la virtud de la  réplica y la pintura era tan solo accesible para una élite cultivada, el territorio en el que se expresaron certeramente las impresiones del viajero.

            La Sierra de Guara, esa inmensa montaña calcárea completamente hueca, despertó la inspiración de viajeros y escritores que apenas acertaban a dar con el adjetivo preciso para describir ese perturbador desafío de la naturaleza. “Las abandonadas soledades de esta áspera tierra”, como escribió el inolvidable naturalista David Gómez, perfilan paisajes de una belleza dura y doliente. “Si alguien se atreviera a dibujar esta extraña fantasía de la naturaleza, lo tratarán de embaucador” sentenciaba en el mismo viaje Lequeutre.

            Y qué decir de la experiencia casi iniciática de Lucien Briet a su paso por el estrecho de La Tamara. “No se puede imaginar nada más transitable” escribía, pensando seguramente en la manera más directa de provocar a las mentes ansiosas de aventura de sus lectores parisinos. “El cielo apenas atreve a mirarse” sentenció para zanjar el inquietante dilema entre explicar el realismo de unos paisajes inexplicables o azuzar la imaginación de quien anhelara adentrarse en las inhóspitas gargantas de la Peonera.

            ¿Era bello o era insólito? Seguramente las dos cosas. Briet dijo de Guara que “a pesar de su tristeza y de su falta de belleza, las sierras acaban por ser atractivas”. Los viajeros del XIX y de principios del XX transitan entre la admiración y el desconcierto cuando se enfrentan a Guara. Las convenciones de la época y el tipismo que dirige frecuentemente el tour son impermeables a la sorpresa. Cierto gregarismo habilitado a través de las recurrentes guías de viajes no deja espacio a la iniciativa individual. Y Guara requiere la contemplación desacomplejada y casi libertina, como quien se enfrenta por primera vez al espectáculo del impresionismo pictórico, contemporáneo de aquellos viajeros franceses en el Pirineo. En cierta medida las sobrehumanas edificaciones kársticas, las vigorosas gargantas fabricadas en siglos de erosión fluvial inerme y las infinitas galerías que surcan  el interior de sus montañas son el resultado de una distorsión de la realidad iniciada hace 50 millones de años.

            La otra distorsión se forjó en la mente del viajero y en su percepción del paisaje. Ocurrió en el último tercio del siglo XX, cuando lo que durante siglos habían sido inquietantes e inhóspitos barrancos que pertenecían al lado más sombrío del imaginario popular, se convirtieron de repente en atractivas formas de la naturaleza que permitían nuevos placeres y una capacidad lúdica ilimitada. La sociedad del ocio devoró a la milenaria civilización pirenaica, colapsada entre atávicos miedos y supersticiones. Esa transformación del paisaje ante los ojos del viajero ha sido la gran revolución que ha convertido a Guara en uno de los paraísos de ocio del Prepirineo.

            En 1990 se creó oficialmente el Parque Natural de la Sierra y Cañones de Guara, que lo dotaba de las principales figuras de protección y reconocía su estructura territorial como una misma unidad. 47.450 hectáreas integran el Parque más 33.775 hectáreas correspondientes a la zona periférica de protección. Guara abarca los municipios de Abiego, Adahuesca, Alquézar, Arguís, Bárcabo, Nierge, Boltaña, Caldearenas, Casbas de Huesca, Colungo, Loporzano y Nueno. También un pedazo de los extensos términos municipales de Sabiñánigo y Huesca pertenecen a la zona protegida.

            El Parque se constituye así en un espacio con identidad propia, marcado por profundos contrastes entre los paisajes y el clima de las vertientes norte y sur. Su ubicación entre los Pirineos y el Valle del Ebro le confiere unas características climáticas específicas; mezcla del atlántico y mediterráneo. En la cima del Tozal de Guara, cumbre del Parque con 2.077 m se aprecia en toda su plenitud la estratégica ubicación: al norte la cordillera pirenaica en su inmensidad y al sur los Monegros oscenses.

            El interior del territorio se articula de oeste a este mediante las sierras de Gabardiella, Guara, Arangol, Balced y Sevil. Los ríos Flumen, Guatizalema, Calcón, Formiga, Alcanadre, Isuela y Vero cruzan  el Parque y se constituyen, junto a sus afluentes, en el principal atractivo del Parque con espectaculares gargantas, barrancos y resaltes; paraíso anual de miles de barranquistas. La naturaleza se materializó aquí de manera singular: cuevas, simas, dolinas, surgencias, manantiales y poljes conforman la textura de un sistema kárstico cuyo corazón reside en los Llanos de Cupierlo. Aquí más de 300 dolinas cretácicas distribuyen hacia el interior el agua que después escupirán las fuentes y surgencias de manera prodigiosa e imprevisible por los ríos del Parque, para deleite de barranquistas. Cinco puertas se abren a los secretos de Guara. Son los accesos más transitados: Loporzano, Bierge, Alquezar, Colungo y Nocito.

Extracto del dossier publicado en el número 87 de la revista El Mundo de los Pirineos

De tu ventana a la mía

Patrimonio irredento

Patrimonio irredento

El visitante que recorra las salas del Museum of Fine Arts de Boston se topará con una bella portada románica que perteneció a la iglesia de San Miguel de Uncastillo (Cinco Villas) o con las espectaculares pinturas murales que un día fueron arrancadas de la iglesia de Santa María de Mur (Pallars Jussà). En la soberbia sala  “The Cloisters” del Metropolitan de New York podrá entretenerse en descifrar la detallada iconografía de los sepulcros góticos que pertenecieron a los Condes de Urgell en el Monasterio de Santa María de Bellpuig de les Avellanes. En el Museum of Art de Providence (Rodhe Island) un inmenso Cristo románico procedente del Pirineo aragonés se presenta como una de las piezas más cotizadas de su quinta planta dedicada al arte europeo.

Son tan sólo algunos de los ejemplos más ilustrativos del extenso patrimonio pirenaico disperso en museos y colecciones privadas de medio mundo. Durante buena parte del siglo XX el arte medieval del Pirineo fue un preciado objeto de deseo para ladrones, coleccionistas, anticuarios, marchantes y para la propia iglesia, que generalmente fue cómplice necesario y activo instigador de una sangría de bienes artísticos de incalculable valor. Este mercado indiscriminado e impune fue posible porque se ajustaba a las normas  recogidas en el Código de Derecho Canónico de 1917.

Cientos de piezas (retablos, pinturas murales, tallas, claustros, sepulcros, artesonados, puertas, capiteles…) se esfumaron de sus lugares de origen como consecuencia de una combinación perversa de avidez material e ignorancia popular. El historiador catalán Jordi Campillo ha estimado que un 82% del patrimonio del Obispado de la Seu de Urgell desapareció durante la primera mitad del siglo XX. En Aragón el también historiador Antonio Naval, que lleva años siguiendo el rastro de las piezas aragonesas dispersas en Estados Unidos, calcula que al menos 200 han cruzado el charco.

Cómo fueron a parar allí no es ningún misterio. La ruta seguida por buena parte de esas piezas (al menos las conocidas y localizadas), está perfectamente detallada y documentada. Fueron casi siempre ventas legales, pero “dudosamente morales” matiza Jordi Campilo, que se hicieron en un tiempo en el que las necesidades económicas y la ausencia de sensibilidad social hacia el arte medieval facilitaron el trabajo de coleccionistas y anticuarios. Estos sentían fascinación por lo que para los pirenaicos no eran más que sus santos protectores y su imaginería, a los que invocaban cuando lo cotidiano devenía en infierno, que era casi siempre.

Es cierto que también operó en el Pirineo una efectiva red de expoliadores que sencillamente se dedicó a robar y, por lo tanto, incurrió en delitos no siempre resueltos El caso probablemente más famoso, aunque mucho más cercano en el tiempo, es el de Erik “el belga” y la silla de San Ramón de la catedral de Roda de Isábena. Este fenómeno se enmarca en los años 60 y 70 del siglo pasado, cuando el éxodo rural y el desapego característico de los pueblos en retirada dejaron indefenso el patrimonio que todavía se había conservado. Lo expoliado se pierde así en una cartografía indescifrable de coleccionistas privados con la naturaleza de una ameba.

Pero en el caso del patrimonio vendido legalmente, certificado y de improbable retorno surge inevitablemente una reflexión:  “¿A qué nos referimos al hablar de patrimonio emigrado, sólo al que se vendió legalmente a coleccionistas y museos  extranjeros, o también al que fue a parar a museos nacionales?”. La pregunta la formula el historiador navarro Fernando Hualde en tono conativo.

Como siempre, la fuerza centrípeta que atrae las piezas se observa en origen con sospecha en función de su procedencia. La historia demuestra que los pirenaicos consideraron frecuentemente una intromisión centralista los esfuerzos de las instituciones por salvaguardar el patrimonio en peligro trasladándolo a museos de Madrid, Barcelona, Lleida, Seu d’Urgell, Vic, Jaca o Huesca (nacionales o diocesanos).

Muchas veces denodadamente levantaron la voz para evitar la salida de pinturas y tallas de valor de sus lugares de origen sin importar su destino. Otras, no hicieron distingos a la hora de vender a un coleccionista privado o a una institución. Lo mismo ocurre con los protagonistas del mercadeo; según el enfoque se considera al comprador un ilustrado  y respetado salvador o un expoliador de guante blanco. Al pirenaico como ignorante despreocupado o víctima propiciatoria.

Campillo señala que “la fuerte necesidad económica de estas poblaciones, la imposibilidad de conservar las obras y la presión de los coleccionistas y los museos nacionales y privados” abonaron un caldo de cultivo propicio para la desbandada. Antonio Naval habla de “menosprecio con ignorancia” de los pueblos. Más condescendiente es el historiador Domingo Buesa, que afirma que “no era desapego sino necesidad”.

La especialista Marisancho Menjón pone el foco en los coleccionistas y en los expertos que los asesoraban y que siempre proclamaban fines proselitistas: “si lo que pretendían, como decían, era evitar que esas valiosas piezas salieran de España lo único que tendrían que haber hecho era “enseñar al que no sabe” y advertir a cada pueblo que aquella pieza que tenían en su iglesia era de gran valor y la debían conservar”.  Evidentemente durante mucho tiempo el arte medieval pirenaico fue tan solo “un producto útil para el mercado”, en palabras de Antonio Naval. Cuando no un botín de guerra como en la de 1936, que contribuyó a mermar más si cabe el arte religioso en algunos valles pirenaicos.

En esta azarosa historia del patrimonio pirenaico hay multimillonarios que suspiran por poseer una colección privada, venerables museos americanos fascinados con el arte medieval europeo, museos nacionales con afán centralizador, agiotistas anticuarios, ávidos coleccionistas, testaferros sin escrúpulos y también especialistas guiados por un sincero espíritu de conservación de un patrimonio que respetaban y que veían en peligro.  

Y todo se produce en un convulso contexto histórico de profundos cambios de naturaleza social, económica e incluso identitaria. Lo ha analizado rigurosamente Jordi Campillo, en su libro “On ès la calaixera? L’espoli del patrimoni historicoartístic altpirenenc al segle XX”. Instituciones como el CEC de Catalunya, el SIPA de Aragón o la Junta de Museos de Barcelona, venían alertando desde principios de siglo de la “desaparición” inmediata del patrimonio religioso de las iglesias pirenaicas. En ese momento ya existía una creciente inquietud de una parte de la sociedad por el destino de aquel  patrimonio. En Catalunya había adquirido nuevo valor dentro del movimiento cultural conocido como la Reinaixença, que quería renacer el arte y la cultura como señas de identidad del país. La historiadora Marisancho Menjón considera necesario recordar que hasta entonces los expertos habían despreciado el valor del arte medieval, “el arte del mal gusto” le llamaban.

Así las cosas, las historias que se trazan tienen algo “shakesperiano” en cuanto que definen el alma humana y reproducen temas eternos de la literatura como la deslealtad y la traición. De hecho, hay un innegable pulso novelesco en los relatos de esta realidad. En 1919 el pintor Joan Vallhonrat, que estaba copiando por encargo del Instituto de Estudios Catalanes (IEC) los frescos de la iglesia de Santa Maria de Mur, descubrió una conjura montada por anticuarios y financieros (entre ellos el anticuario polaco Ignasi Pollak y el empresario y coleccionista catalán Lluis Plandiura), con la aquiescencia de las autoridades civiles y eclesiásticas, para adquirir en bloque todas las pinturas murales del Pallars. Las de Mur acabaron en Boston entre la conmoción popular, pero la Junta de Museos de Barcelona llegó a tiempo de recomprar el resto y entre 1919 y 1923 fueron arrancadas y trasladadas al Museo Nacional de Catalunya.

Conocida es la historia del llamado “Terno de San Valero”, de Roda de Isábena”, unos despojos de incalculable valor que el Obispado de Lleida vendió a Lluis Plandiura en 1922 por la astronómica cantidad de 200.000 pesetas pese a la oposición del pueblo aragonés, que denunció el caso al Gobernador Civil. Esa venta dio origen a un pleito muy famoso en la época entre el coleccionista barcelonés y Joaquim Folch i Torres, presidente de la Junta de Museos de Barcelona.  No sería ni el primero ni el último. Cuatro años después del litigio la Justicia dio la razón a Plandiura. Después de dar mil y una vueltas, en la actualidad es la pieza más importante del Museu Téxtil i de la Indumèntaria de Barcelona.

El camino seguido por la portada románica de San Miguel de Uncastillo hasta llegar a Boston es propicio para un guión cinematográfico. La compró en 1915 por 400 pesetas el librero catalán Salvador Babra al Obispado de Jaca, que desoyó el clamor de los vecinos del pueblo. Las cerca de 150 cajas que guardaban las toneladas de piedra deambularon de un almacén portuario a otro durante años en busca de comprador. Cuando en 1927 el Museo de Boston se interesó ya estaba en vigor la ley que impedía la exportación de este tipo de piezas.  A través de intermediarios y empresas de paja la puerta acabó en Estados Unidos vía Marsella gracias a la adquisición de un tal Francis Barlett, que después la donó al Museo. La figura de la “donación” fue utilizada habitualmente para tapar una compra ilegal.

El Obispado de la Seu vendió en 1918 la sillería del coro gótico de la catedral de la Seu d’Urgell al magnate del periodismo norteamericano, Randoph Hearst, aprovechando las obras de restauración que estaba realizando el arquitecto Puig i Cadalfach. Se asegura que el obispado lo hizo para financiar las obras de restauración, pero Campillo insiste en que la desaparición de este patrimonio “fue una práctica consentida e incentivada por la propia iglesia durante décadas”. Antonio Naval aporta más datos: “En Capella el obispado fotografió todas las piezas de valor con claros objetivos mercantiles y en Arén se vendieron objetos para arreglar el suelo con las ganancias”. Son tan sólo unos ejemplos.

Recientemente han regresado a Andorra La Vella los frescos de la iglesia de Santa Coloma, que fueron vendidos en los años 30 del pasado siglo por el obispado de La Seu d’Urgell al barón Van Cassel Van Doorn. Viajaron hasta Alemania pasando por España, Francia y Austria. Con el inicio de la II Guerra Mundial el noble alemán se refugió en Estados Unidos dejando atrás parte de su colección, cuya propiedad quedó repartida entre sus herederos y el Gobierno alemán. El ejecutivo andorrano los compró en 2007 y ahora se exponen en el Museo Nacional de Andorra.

Frecuentemente los compradores eran asesorados por experimentados anticuarios y reputados hispanistas, que se habían dedicado durante años a recorrer toda la península Ibérica empujados inicialmente por un afán de conocimiento. Nombres como los de Kingsley Porter, Chandler Post o Arthur Byne se repiten una y otra vez y se intuyen determinantes para enfocar y materializar el disperso, impreciso y repentino interés por el arte medieval de las nuevas fortunas norteamericanas de principios del siglo XX. Libros como el publicado por Byne, asesor personal del magnate Randolph Hearst, y su esposa Mildred Stapley, “Arquitectura española del siglo XV”, fueron utilizados tiempo después como si se tratara del catálogo de una grandiosa subasta.

Pero hay también anticuarios nacionales como Celestí Dupont, Luis Ruiz y Josep Bardolet –algunos de los cuales llegaron a abrir sucursal en Nueva York-, o coleccionistas como el ya citado Lluis Plandiura que rivalizaron en la carrera por conseguir las piezas más codiciadas. Antonio Naval recuerda que “los anticuarios españoles exportaron para la subasta piezas en número que resulta increíble. En ese tiempo se hicieron no menos de 30 subastas monográficas de arte español en Nueva York”.

En Catalunya se creó en 1902 la Junta de Museos de Barcelona con el objetivo de recuperar, ordenar y centralizar las piezas artísticas esparcidas por el territorio y que corrían el riesgo de desaparecer. Durante mucho tiempo la tarea de sus promotores -el arquitecto Josep Puig I Cadalfach, Lluis Folch i Torres, el cura Josep Gudiol o Josep Pijoan-, fue una continua y agónica carrera para adelantarse a la adquisición de tipos como Plandiura, personajes de gran prestigio social, valiosos contactos y considerables fortunas. A veces lo consiguieron, otras no.

Mercè Vidal i Jansà cuenta en su libro “Teoria i crítica en el Noucentisme. Joaquim Folch i Torres” una anécdota que define la atmósfera de aquellos tiempos: el Obispado de La Seu d’Urgell sacó a subasta las piezas que componían el altar de la parroquia d’Encamp de Andorra. A la puja acudió Lluis Plandiura pero también la Junta de Museos, que estaba empeñada en no perder las piezas. Ganaron la subasta pero cuando Joaquim Folch regresaba por el congosto de San Juliá de Loria con el altar, su vehículo fue asaltado y las piezas robadas. Sobre el “autor intelectual” de ese hurto se pueden abrir todo tipo de hipótesis. Ironías de la vida, en 1932 Plandiura, agobiado por una fuerte crisis económica, se vio obligado a vender por 7 millones de pesetas toda su colección precisamente a la Junta de Museos.

Pese a la orden emitida en 1919 por la Nunciatura Apostólica, que prohibía la “venta y extracción de objetos artísticos y de pinturas de sus templos o conventos”, o la ley contra la exportación de obras de arte promulgada por el gobierno español en 1926, y las posteriores mucho más avanzadas ya en periodo democrático, la sangría patrimonial no se detuvo de ningún modo. La llegada del estado de las autonomías y la recuperación de identidades perdidas ha otorgado nueva conciencia social a este patrimonio, como ocurre en Aragón con los bienes que pertenecen a las iglesias de la Franja, actualmente en Lleida, y causa de un ardoroso conflicto que va para diez años.

Artículo publicado en el número 86 de la revista El Mundo de los Pirineos

Por miedo a la docilidad

Por miedo a la docilidad

Albricias. Por fin tenemos reforma laboral. Ha quedado plasmada en el decreto ley del pasado viernes. El recurso a este procedimiento confirma que es el preferido por un Gobierno popular sin problema alguno de mayoría parlamentaria. La primera salva de ordenanza con la que la han recibido sus promotores hubiera podido proceder también de sus críticos porque se ha centrado en el reconocimiento de que será incapaz por sí misma de generar empleo. Así que en lenguaje matemático estaríamos ante una condición necesaria pero no suficiente. Eso sí, ya sabemos que ha gustado en Berlín hasta el punto de que la canciller Angela Merkel la ha puesto de ejemplo. Veremos ahora si el texto es capaz de llevarnos a la huelga general, como Mariano Rajoy se maliciaba en su comentario al primer ministro de Finlandia durante el Consejo Europeo del pasado 30 de enero en Bruselas.

Por el momento, los secretarios generales de Comisiones Obreras, Ignacio Fernández Toxo, y de la UGT, Cándido Méndez, rehúsan embestir al primer trapo que les han ofrecido. Prefieren quedar a la espera de que se den las condiciones objetivas, es decir, de que los perjudicados les obliguen a dar una respuesta de máximo calibre. Se confirma otra vez que las huelgas generales se hacen mejor contra un Gobierno socialista, según se observó en tiempos del presidente Felipe González, cuando se sumó incluso la patronal, y de José Luis Rodríguez Zapatero. Ahora, las circunstancias sociales son adversas para estas convocatorias. No por falta de motivos, sino por exceso de miedo paralizador. Porque el poder y su orquesta mediática han demostrado su extrema habilidad en la siembra del miedo con el resultado provechoso de recolectar actitudes generalizadas de parálisis reivindicativa y de mansa docilidad. Son los mismos estímulos que sostuvieron con éxito el caciquismo de tanta raigambre en nuestro país. Para que todo funcione hace falta además que se produzca una pérdida de horizonte. En este caso, de horizonte europeo. Porque como teníamos advertido o Europa recuperaba su poder radiante de difusora de derechos y libertades o acabaría por importar esclavitudes y precariedades. Y en esa segunda opción estamos empeñados en ser más competitivos que los chinos.

En su libro El crash de la información, Max Otte explica bien los mecanismos de la desinformación cotidiana que tanto ayuda en las tareas anteriores. Nuestro autor impugna la religión del neoliberalismo de estricta observancia. Deja claro que lo sucedido no habría tenido por qué suceder. Subraya que ni se ha embridado el mundo financiero ni se ha puesto freno a los agentes sin escrúpulos de una economía monetaria desbocada. En su opinión, la tendencia ha ido precisamente en la dirección opuesta: se han descompuesto las pautas generalmente reconocidas; se han eliminado las reglas que hasta ahora parecían funcionar bien para abrir el mercado y poder ocultar mejor comportamientos fraudulentos. Entiende Otte que la política lo puede todo cuando quiere y que auténticas regulaciones podrían haber reconducido a vías algo más tranquilas el desarrollo caótico del mercado. Pero argumenta que para eso se necesitaría otra cultura económica, lo que exigiría una rebelión contra la religión del neoliberalismo y la decisión de no abdicar del propio entendimiento.

Sucede que al eclipse de Europa se suma el declive de los Estados Unidos, con un sistema político crecientemente bloqueado que ofrece espectáculos como el de las primarias del Partido Republicano. Sucede, según explica Paul Krugman, que cunde la desigualdad y que los datos de la Oficina de Presupuestos del Congreso en Washington resaltan el aumento del desfase salarial y sitúan a Estados Unidos en la cima de los países donde la condición económica y social tiene más probabilidades de ser heredada. Entonces llegan los conservadores para restar importancia al estancamiento de los salarios y poner el foco en el hundimiento de los valores familiares de la clase trabajadora. Para estos abanderados de la moralidad tradicional es irrelevante que el salario base ajustado a la inflación de los hombres con el bachillerato terminado haya caído un 23% desde 1973 y que, mientras en 1980 el 65% de quienes con esta educación trabajaban en el sector privado tenían seguro médico, en 2009 ese porcentaje había descendido hasta el 29%. Mientras, Adam Gopnik en The New Yorker subraya que la tasa de presos por cien mil habitantes ha pasado de 222 en 1980 a más del triple (731) en 2010. En la actualidad hay más hombres negros sometidos a procedimientos penales que esclavos en 1850. De manera que el gasto en prisiones se ha incrementado seis veces más en los últimos 30 años que el de la educación superior. Atentos.

Artículo de Miguel Ángel Aguilar en El País

Alan Lomax

Alan Lomax

Alan Lomax (1915-2002), folclorista extraordinario, viajero incansable, etnomusicólogo de personalidad tempestuosa, músico, escritor y cineasta ocasional soñó hacia el final de su vida que el enorme archivo de grabaciones de campo que amasó durante seis décadas estaría algún día disponible para todo el mundo y en todas partes en una de esas primitivas computadoras que tan ajenas resultaban a su alma de beatnick. Fue antes de obrarse ese milagro llamado Internet y antes de que un ataque le arrebatara las más elementales dotes comunicativas, tan cruciales para el antropólogo. Aquella y otras utopías se han hecho al fin realidad. Veinte años después de ser soñado y cumplida una década de la muerte del soñador, el proyecto Global Jukebox, una suerte de gramola global, echó a andar en la Red el 30 de enero, día en el que habría cumplido su 97 cumpleaños.

La Asociación por la Equidad Cultural, que vela por el legado del tipo que introdujo el folk en la cultura de masas, una de las figuras más influyentes y también controvertidas de la música popular del siglo XX, ha culminado la digitalización de su asombroso archivo, compuesto por 5.000 horas de grabaciones sonoras, 150.000 metros de película, 5.000 fotografías y páginas y páginas sobre las costumbres de medio el mundo.

Accesible gratis en culturalequity.org, se trata de "una gran fiesta a la que están invitadas las naciones de todo el planeta”, como prometió el propio Lomax en 1992 durante una recepción para recaudar fondos (llegó a involucrar a Apple y Microsoft). También está convidada España, adonde el antropólogo estadounidense llegó en 1952, plena noche del franquismo, para grabar durante dos semanas un certamen folclórico en Palma de Mallorca. Se quedó seis meses, gracias al apoyo de la BBC y de la casa de discos Columbia. "Cuando se dio cuenta de la asombrosa riqueza y variedad musical del país, decidió prolongar el viaje, que diseñó a partir de los consejos de Julio Caro Baroja y otros estudiosos y ante el atento escrutinio de la Guardia Civil, que llegó a confiscarle el equipo", recordaba esta semana desde Toronto la etnomusicóloga Judith R. Cohen, especialista en las andanzas españolas de Lomax.

Aquel viaje con paradas en Andalucía, Extremadura, Euskadi, Aragón, Asturias, Castilla, Cataluña, Baleares, Murcia, Navarra y Cantabria se puede reproducir al detalle en el nuevo archivo digital, que ofrece escrupulosa información y centenares de fotografías sobre los pueblos y los músicos registrados, ya fueran campesinas, marineros, vagabundos o alcaldes. Lo mismo sucede con el resto de los periplos que Lomax emprendió entre 1946 y 1982, tiempo en el que además de España recorrió pueblos y cárceles del sur de EE UU, así como Inglaterra, las Indias Occidentales, Italia o Irlanda.

Queda pendiente la digitalización de las grabaciones previas. Como esos discos de acetato que registró con una poco fiable máquina de cilindros prestada por la viuda de Edison en 1933, año del primer viaje por penitenciarias estatales junto a su padre, John, y a sueldo de la Biblioteca del Congreso de Washington, guardián en las tres dimensiones del legado Lomax. También, su colección particular del trabajo de otros archivistas y una impresionante cantidad de material "sobre la danza en dos mil culturas distintas, la mayor colección personal de baile del mundo", según los cálculos de Don Fleming. Director ejecutivo de la asociación y antiguo productor de bandas como Sonic Youth o Hole, Fleming trabaja bajo la supervisión de Anna Lomax Wood, hija de Alan. Buscan dinero para el proyecto, administran licencias como la que ha permitido a Bruce Springsteen utilizar fragmentos de las grabaciones de campo de Lomax en su nuevo álbum o editan discos en un sello recién creado.

La vastedad de su empeño hace justicia a la leyenda excesiva del tipo que descubrió, entre otros, a Muddy Waters, Son House o Woody Guthrie. Un izquierdista que creía en recoger la voz del pueblo y que por ello acumuló en los archivos del FBI un dosier con ochocientas páginas sobre asuntos variados (de sus hábitos de bebedor a las amistades que frecuentaba) o anotaciones como esta: “Es un individuo ciertamente peculiar, con facilidad para la dispersión y ningún cuidado por su apariencia”.

"Nunca encontraron nada de fuste contra él", explica John Szwed, autor de la exhaustiva biografía The man who recorded the world (Viking, 2010). "Supongo que pasearse por ahí en los cuarenta con una grabadora haciendo preguntas a los negros pobres era un modo eficaz de despertar sospechas". Lo cierto es que Lomax, asfixiado por el macartismo, dejó EE UU a principios de los cincuenta para instalarse en Londres, base ideal para sus viajes europeos.

A su vuelta a Nueva York, en 1957, lo encontró todo cambiado. Los chicos jóvenes de las ciudades habían descubierto gracias a su trabajo y al de otros archivistas como Harry Smith el tesoro del folclore de su propio país, como quien vislumbra una tierra ignota ("una república invisible", en la definición de Greil Marcus). Como el padre purista del revival folk, del que saldrían figuras como Bob Dylan o Joan Baez, participó en la organización del Festival de de Newport, así como en el confuso enfrentamiento que originó aquel concierto de Dylan de la edición de 1965, de resonancias míticas porque el músico introdujo con gran bronca instrumentos eléctricos en el hábitat acústico del cantautor.

No es aquella la única polémica que persigue la memoria de Lomax. Él y su padre fueron acusados de aprovecharse del bluesman Lead Belly en los 30, durante el viaje que hicieron los tres entre la penitenciaria de Angola (Luisiana), donde estaba interno por asesinato el guitarrista, y la fama nacional. Se le achaca haber firmado canciones en las que no intervino su autoría y resurgen con cierta periodicidad reproches de colaboradores (como el folklorista negro John Work III o la cantante británica Shirley Collins) que reclaman su protagonismo en la historia (los afanes novelescos del libro más famoso de Alan, The land where blues began, no contribuyen precisamente a lo contrario). "Conozco esas historias", aclara Szwed, "pero también sé que Lomax nunca tenía un duro y que en los últimos días tuvo que dejar su apartamento en Nueva York, amenazado por el desahucio; algo que no parece encajar con el final de un ventajista sin escrúpulos".

Lo cierto es que en el ánimo de Anna Lomax Wood y los suyos subyace la conciencia de la obligación de saldar ciertas deudas. "Pretendemos difundir en la Red la música que mi padre recogió por todo el mundo para devolverla a sus lugares de procedencia”, explica sobre el programa de "repatriaciones" de la fundación, que consiste en depositar en las bibliotecas de los pueblos donde fueron grabados una copia de los fondos allí registrados.

Esta semana, una celebración en Como (Misisipi) dio la bienvenida al archivo Lomax. Así, con música tradicional y discursos se cerró al fin un viaje comenzado en 1959. Fue entonces, en el primer día de otoño, cuando un blanco con una moderna grabadora estéreo Ampex dio en el porche de una casa desvencijada con la escalofriante voz y la guitarra embrujada del legendario Misissipi Fred McDowell.

Artículo de Iker Seisdedos en El País. La foto está tomada por Alan Lomax en Yebra de Basa en 1952. Es Alfonso Villacampa.

Hoy me gustaría ser extranjero

Lo ha escrito Ramón Lobo. No tengo más palabra que decir. Y acaba con Labordeta. Yo también querría ser hoy conciencia, como Labordeta

Ramón Lobo en su blog

El New York Times con Garzón

El New York Times con Garzón

Crímenes terribles fueron cometidos durante y después de la guerra civil española sin que ningún tribunal los haya  examinado o juzgado. Nadie sabe cuántas personas fueron torturadas y asesinadas. Ahora, uno de los más importantes jueces de instrucción de España, Baltasar Garzón, está siendo juzgado por haberse atrevido a abrir una investigación sobre esas atrocidades.

España es ahora una democracia vibrante, pero el juicio del juez Garzón, que abrió sus puertas la semana pasada, es un inquietante eco de pensamiento totalitario de la era de Franco. Se enfrenta a cargos penales que podrían causar su inhabilitación durante 20 años por desafiar a una amnistía promulgada en 1977 para facilitar la transición a la democracia. Con razón, la defensa argumenta que, en virtud del derecho internacional, no puede haber amnistía para los crímenes de lesa humanidad y que las desapariciones no resueltas - miles de fosas comunes han sido abiertas - constituyen un delito continuado.

En 2008, el juez Garzón inició una breve una investigación oficial, ordenando la apertura de 19 fosas comunes y acusando simbólicamente al general Francisco Franco y a varios ex funcionarios, ninguno con vida, de la desaparición de más de 100.000 personas. Un tribunal de apelaciones cerró la investigación. Al año siguiente, dos grupos de extrema derecha se querellaron contra el juez por desafiar la ley de amnistía. El Fiscal del gobierno argumentó que ningún crimen se había cometido, pero el Tribunal Supremo aceptó el caso.

Por otra parte, el juez Garzón se enfrenta a cargos penales por delitos en otros dos casos cargados de connotaciones políticas. No podemos juzgar las razones de los mismos. Pero la persecución penal de los magistrados por sus resoluciones es poco frecuente en España, y podría enfriar la independencia judicial.

El juez Garzón se hizo famoso por sus juicios a los terroristas vascos, a los torturadores argentinos, al ex dictador de Chile, general Augusto Pinochet, y a los políticos españoles. Sus poderosos enemigos ahora ven una oportunidad para poner fin a su carrera.

El juez Garzón es sin duda una figura llamativa y en ocasiones se extralimita, pero perseguirlo para cavar en los crímenes del franquismo es un delito contra la justicia y la historia. El Tribunal Supremo español no debería haber aceptado este caso. Ahora bien, debe absolverlo.

Editorial del NY Times / 4 de febrero