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Juan Gavasa

Eminencias (1)

Eminencias (1)

Le he robado esta palabra a mi mejor amigo. Él la suele utilizar con frecuencia para referirse a esa fauna de letrados, iletrados, iluminados y “craneos previlegiados” que circulan por el mundo, expresión ésta última birlada también al borracho de Luces de Bohemia. Hay palabras que se identifican inmediatamente con una persona y sin duda la de mi mejor amigo es “eminencia”; pero en masculino, “el eminencia”, porque él lo dice así para enfatizar su verdadero sentido, el último que ofrece el diccionario de la RAE. No todo el mundo puede ser “un eminencia”. Hay que hacer sobrados méritos y no siempre existe la garantía del éxito. No todos pueden ser un eminencia para mi amigo, aunque se lo curren y acaben dando motivos suficientes para ello. No, no… la cosa no es tan sencilla.

Decía que le he robado esta palabra a mi mejor amigo porque quiero hablar de vez en cuando de ellos. Será que estoy rodeado. Por aquí, por esta nueva galería de “Eminencias”, va a circular una oscura turba de figuras y figurillas, personajes de la política y de la actualidad que son capaces de alterar mis biorritmos y sacarme de mis casillas, como suele decir mi madre. Un país se retrata por sus eminencias en la misma medida en que alimenta su orgullo por los éxitos de sus deportistas. Son dos termómetros que miden las temperaturas extremas pero que en la media perfilan con exactitud la calidad de una sociedad. Hay otros muchos termómetros pero estos dos son los más populares.  De eminencias aquí vamos sobrados y tengo la ligera sospecha de que con los años el asunto se ha desbordado.

César Vidal es un supuesto historiador metido a locutor de la emisora de los curas. Presenta el informativo de la noche, un programa en el que se pasa por el arco del triunfo la máxima periodística de informar con objetividad y veracidad, contrastando las fuentes y manteniendo la imparcialidad. El grado de manipulación y perversidad que alcanza este tipo es bochornoso, continuando una línea ya abierta desde hace muchos años en sus libros sobre ¿historia? con gran ruido mediático y parece ser que de ventas.

La pasada semana volvía en coche a casa y el escaner de la radio fijó el dial en la emisora de los curas. Un extraño impulso me impidió que el dedo reemprendiera el rastreo de frecuencias. Se quedó allí, alimentado por un repentino furor sadomasoquista que duró el tiempo que tardé en aparcar el coche; apenas tres minutos. Suficiente para escuchar un compendio de barbaridades que intentaré resumir. Decía César Vidal en referencia a una manifestación que iba a realizar el colectivo de inmigrantes marroquíes en nuestro país:

 

“La manifestación del colectivo marroquí puede considerarse un acto electoral porque apoyarán a Zapatero”.

 

“La presencia de inmigrantes en nuestro país apenas ha tenido efectos positivos”.

 

“Sólo han provocado un “incremento desordenado” de la población” (las comillas son mías).

 

“Los inmigrantes están aceptando puestos de trabajo de perfil bajo con salarios menores a los que puede aceptar un español. Están quitando, por lo tanto, puestos de trabajo a los españoles”.

 

“Suponen una pesada carga para la seguridad social”.

 

“Han incrementado el número de delitos”.

 

Y como remate, no podía cerrar la perorata sin aludir a la habitual trama conspirativa que envuelve todo lo que hace el gobierno de ZP. Concluía Vidal: “Zapatero va a entregar Ceuta y Melilla a Marruecos”.

 

Ni miento ni exagero; esto es verídico como la vida misma. Esto es lo que dijo el supuesto historiador y locutor de radio en la emisora de la conferencia episcopal el pasado miércoles. Me ahorro los múltiples comentarios que podría vincular a cada una de sus afirmaciones. Me los ahorro porque no son necesarios, sus testimonios hablan por si solos. Pero es difícil concentrar en tan poco espacio tanta mentira, manipulación e inmoralidad.

Aquí no son necesarios los espejos cóncavos para deformar la realidad; la realidad viene deformada por estos personajes esperpénticos que se empeñan en que este país siga siendo la triste y lúgubre España que caricaturizó Valle Inclán. 

  

MAX .- Ilustre Don Gay, de acuerdo. La miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y de la muerte. La Vida es un magro puchero: La Muerte, una carantoña ensabanada que enseña los dientes: El Infierno, un calderón de aceite albando donde los pecadores se achicharran como boquerones: El Cielo, una kermés sin obscenidades a donde, con permiso del párroco, pueden asistir las Hijas de María. Este pueblo miserable transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras. Su religión es una chochez de viejas que disecan al gato cuando se les muere.

 

Luces de Bohemia. Ramón M.Valle Inclán

Gavarnie

Gavarnie

Gavarnie tiene un telón de fondo que estremece. El pueblo se encoge por todas sus aristas ante el increíble escenario natural que lo envuelve. Se mire por donde se mire, no puede escaparse de esa imposible pared que forma parte de las imágenes más reconocibles del Pirineo. El circo glaciar está omnipresente, se impone desde todos los ángulos del pueblo, como un decorado de cartón piedra que siempre le roba el protagonismo al eventual primer plano de la fotografía.

Hasta que llegaron los primeros pirineístas a finales del siglo XIX,  Gavarnie evocaba más bien temor y peligro al desprotegido peregrino que atravesaba el Camino de Santiago. En la iglesia de Notre Dame du Bon Port (s. XIV), en mitad del sendero, recibían auxilio espiritual de los hospitalarios de San Juan de Jerusalén antes de cruzar la Brêche de Roland o el puerto de Boucharo (Bujaruelo). Tenían que digerir todavía 911 kilómetros exactamente y una pléyade de contrabandistas y bandoleros que acechaban a cada paso.  Gavarnie era un alto en el tortuoso camino, no eran tiempos para admirar tanta belleza natural.

Siglos después nacieron las corrientes románticas y hedonistas que reivindicaban el placer como estímulo vital y Gavarnie se transformó en el templo del excursionismo que hoy conocemos. En esa época se construyeron edificios ya emblemáticos como el Hotel des Voyageurs primero, el hotel Vignemale años después o el hotel Compostela. Referencias de una forma de entender la montaña que cultivaron los grandes pirineistas como Frederic Swan, Victor Hugo, Ramond de Carbonnieres y, por supuesto, el conde Henry Russell, cuya egregia estatua ubicada a la entrada del pueblo marca en cierta medida la frontera entre los dos núcleos que componen hoy Gavarnie y que expresan el pasado y el presente. A la derecha el pueblo clásico de callejuelas estrechas y arquitectura anárquica, con casas que parecen transportadas desde el barrio de Montmatre de Paris como el albergue Jan Da Lo. A la izquierda el templo de los mercaderes,  nacido de un desarrollo turístico reciente influido más por la cercana Lourdes que por el mundo excursionista.

            Este Gavarnie de casas prefabricadas, tenderetes, restaurantes y tiendas de souvenirs es el precio pagado por pertenecer al universo irrepetible del circo glaciar. Bien mirado, es un precio razonable. El pueblo ha claudicado ante el empuje del turismo de masas pero ha conservado como último señuelo del viejo romanticismo decimonónico cierta armonía en la trama urbana y un impagable horizonte despejado de grandes bloques de apartamentos. La tentación de los constructores no ha encontrado terreno de cultivo. A ambos lados de la amplia calle que cruza el nuevo Gavarnie,  crecen los puestos de souvenirs. Hay de todo: la prolífica marmota convertida en mascota que silba a tu paso, ovejas que balan, osos que asustan, postales del circo desde cientos de ángulos, grandes posters de Jean Masson, gafas, camisetas, gorras, calendarios, miel del país, vino de la tierra, queso autóctono... el Pirineo convertido en producto de marketing. Y luego los burros y los asnos para garbeos turísticos hasta el circo, otra herencia de los tiempos en los que no existían los 4x4. Mochileros, niños, padres de familia, señoras de avanzada edad y discapacitados llegados de Lourdes transitan por esta arteria sin salida que va a parar al rincón más bello del Pirineo. Hay cierto cosmopolitismo que contrasta con el entorno.

            No muy lejos de ahí, aislado del ruido, apartado del fragor cotidiano, está el cementerio pirenaico, donde reposan el mayor número de pirineistas de renombre de toda la cordillera. En este pequeño terruño junto a la iglesia se escenifica en toda su magnitud el doble carácter épico y trágico de la montaña. Allí  descansa el gran Jean Arlaud, fundador de la Federación Pirenaica de esquí, muerto en Gourgs Blancs en 1938. “Por consagrar su vida a la montaña. En primer lugar a la exploración profunda de los Pirineos”, reza su epitafio. “A la memoria de Celestin Passet y de los guías de Gavarnie”, “A Claude Valleau y Richard Winkler, guías de montaña”, “A notre chere Marthe, morte en montagne”... No hay ostentación en las tumbas, sólo admiración y respeto.

            De nuevo abajo, en el núcleo original, regresan las evocaciones de tiempos pasados, cuando el conde Russell se alojaba en el Hotel des Voyageurs, el mismo en el que el 19 de agosto de 1864 se fundó la primera asociación pirineísta, la Societe Ramond. Allí también se alojaron Ramond de Carbonnieres, Henry Russell, Victor Hugo, Gustave Flaubert o el pintor Gavarní. En una de sus habitaciones nació el que años después sería Napoléon III. Esta reserva de la memoria pirineista pronto se convertirá, según anuncia un cartel, en 10 apartamentos de alto standing. Es el signo de los tiempos. Esta es la zona más montañera del pueblo, donde se encuentran los albergues y refugios con mayor tradición como el Jan Da Lo o Le Gypaete, y se conserva la trama urbana original de empinadas callejuelas diseñadas cuando sólo las podían atravesar caballos y mulos. Todo el viejo encanto tiene un aspecto actual. Parece que siempre estuvo allí, rodeado de inmensas montañas.

            Efluvios de romanticismo y modernidad que no desentonan pese a todo. Gavarnie sigue siendo la seña inequívoca del pirineismo en estado puro, el punto de partida para cientos y cientos de montañeros que cada año atraviesan la Gave de Pau para alcanzar uno de los grandes templos de la cordillera,  donde la memoria de los pioneros sobrevuela cada nueva expedición. 

           

Amarillo

Amarillo

Félix Romeo no es un escritor que me entusiasme. Leí sus dos primeras novelas, “Dibujos animados” y “Discotheque”, y ambas me dejaron indiferente. Tampoco comparto muchas de las opiniones del Félix Romeo critico literario, pienso que sus filias y sus fobias influyen en demasiadas ocasiones en su juicio. Al pobre Juan Goytisolo, por ejemplo, lo tiene enfilado desde hace tiempo y no le pasa una. Él sabrá.

            Dicho esto, quería contar que he leído su tercera novela, “Amarillo” y me ha dejado sobrecogido. Me acerqué a ella con todas las sospechas que me crea el habitual cierre de filas que practican algunos escritores zaragozanos cuando se trata de uno de sus miembros. Demasiado almíbar y camaradería de campamento.

            Pero esta vez no es el caso. El libro de Félix Romeo es tal y como la cuentan. Chusé Izuel era un joven y prometedor escritor zaragozano y crítico literario que se suicidó en 1992 en Barcelona. Se tiró del balcón del piso que compartía con el propio Romeo y Bizén Ibarra después de una tormentosa deriva tras una ruptura sentimental.

            La novela en realidad no es una novela. Al menos no lo es en el sentido clásico. Difícilmente se puede adscribir a un género determinado porque aunque hace prospecciones en muchos no resuelve ninguno. Y éste es el gran hallazgo y también el gran acierto de Romeo. El libro se ha ido tejiendo a partir de los recuerdos, los textos escritos por Izuel, los retazos de su libro póstumo (“Todo sigue tranquilo”. Ediciones Libertarias. 1994), sus críticas literarias en el suplemento “Rayuela” de El Periódico de Aragón, y sus múltiples frases nacidas de fogonazos de efímera inspiración. Es una especie de inventario del alma. Esta estructura facilita la equidistancia del autor y enfatiza con sus premeditadas reiteraciones la dimensión del desgarro que está consumiendo al protagonista.

            Romeo se ha quedado en un segundo plano como un actor secundario que observa en un discreto silencio el deambular del protagonista en el escenario. El escenario, claro está, es la vida y su protagonista un ser que habita en el quicio del abismo. Era la única forma de no caer en la tentación legítima del ditirambo. En ningún momento el Romeo escritor se deja engatusar por el Romeo amigo. No hay un solo guiño a la ampulosa retórica de los obituarios. No hay señales que anuncien una intención hagiografa.

            El libro podría parecer un necesario viraje al pasado para sellar un sofocante sentimiento de culpabilidad que no mengua; el del escritor. Un ajuste de cuentas que silencie de una vez por todas los ecos desgarrados de la memoria. Lejos de ello, el texto muestra las heridas descarnadas de ese pasado con toda su crudeza, sin tiritas ni antibióticos; con la sangre chorreando a borbotones. Así de cruel fue esta historia y así hay que contarla. Pero hay un sentimiento de culpa que cae como una losa sobre cada palabra. ¿por qué desde hace años arrastro una terrible sensación de culpa por tu muerte? se pregunta el autor. Y ésta otra más terrible todavía: ¿cómo no me di cuenta de que te ibas a suicidar?

            El tiempo y la distancia ponen luz sobre muchos de los textos de Izuel, alumbran las entrelíneas de sus escritos sincopados, anárquicos e imperfectos; interpretan y traducen los mensajes ocultos que, en realidad, eran gritos desesperados de angustia y auxilio. Pero, lo dicho, eso solo lo puede iluminar el tiempo. La lectura de “Amarillo” describe sombras muy reconocibles de la personalidad humana. Todos en algún momento de nuestra vidas nos hemos sentido huérfanos de cualquier sentido vital, todos hemos mirado con vértigo al fondo para descubrir con horror su insoportable cercanía. Todos conocemos el pellizco inconfundible de la decepción.

            Por eso creo que el desenlace final es un hecho ajeno a las circunstancias de Chusé. Su tormento, la tortuosa personalidad que inspira sus textos, era un terreno abonado para la desesperación. Quiero decir que en ocasiones sólo es necesaria una chispa para desatar las turbulencias que hibernan en nuestra alma y en nuestra cabeza. A veces tiene nombre de mujer y otras es simplemente la vida, que ya no sabemos vivirla.

 

"Tengo veinticuatro años y soy un anciano que agoniza, que se atraganta con su propia saliva, que se caga en los calzoncillos, que se tropieza con sus pies, que busca la salida última, que le tiene pánico a su mismo nombre".

                                                                                                                      Chusé Izuel

 

Tocad el cielo

Tocad el cielo

El empeño del hombre por superar las adversidades de la naturaleza alcanzó proporciones épicas a principios del pasado siglo, cuando un grupo de entusiastas de la meteorología y la astronomía promovió la construcción de un observatorio en la cima del Pic du Midi de Bigorre (2.877 metros de altitud) para el estudio de los astros y los fenómenos atmosféricos.

La epopeya de los hombres que construyeron el observatorio es la de tantos montañeses  anónimos que quedaron al margen de la historia, ocultos tras el brillo intelectual de los grandes pirineistas, ajenos a los reconocimientos públicos y perdidos en la memoria colectiva. Como los soldados que trabajaron para Napoleon en la apertura del abismal Chemine de la Mature, o los obreros que excavaron el interminable túnel ferroviario del Somport, los hombres que ascendieron hasta la cima del Midí con el pesado material científico arriesgaron sus vidas en interminables jornadas cargadas de calamidades y peligros constantes. Sus nombres no quedaron para la posteridad pero el resultado de su sacrificio es tan imponente que nadie puede quedar indiferente. ¿cómo lo hicieron? Cuando estás arriba, la pregunta es inevitable.

La historia nos ha dejado, sin embargo, huellas indelebles de sus promotores intelectuales. La soberbia obra no fue el fruto caprichoso de las corrientes naturalistas y románticas de finales del XIX, sino la culminación de un viejo sueño  que comenzó en 1741 con el astrónomo François de Plantade, responsable de los primeros trabajos científicos conocidos en la cima del Midi. Para él y para algún otro extravagante visionario, como François Cassini, la montaña no era el inhóspito infierno habitado por seres abominables, según la creencia instalada en el imaginario popular, sino la atalaya privilegiada donde la pureza de la atmósfera era absoluta y la visión irrepetible. Plantade pagó caro su sueño y murió ese mismo año en el Sencours (2464 m), la antesala del Midi, pero su nombre quedó para siempre vinculado a la historia de la cumbre.

            En 1787, en las vísperas de la Revolución Francesa, aparece en escena Louis Ramond de Carbonnieres, figura capital en la historia del pirineismo y en particular del Midi de Bigorre. Junto al Cardenal de Rohan, de quien era secretario particular, viaja exiliado a Barèges tras una rocambolesca historia de intrigas y acusaciones en el seno de la monarquía parisina. En ese momento comienza un intenso idilio con el Midi que le llevaría a escribir una bella obra titulada “Observations faites dan les Pyrenees pour servir de suite a des observations sur les Alpes”, que se convierte en una ardiente defensa de la construcción de un observatorio en su cima. 

La influencia de Carbonnieres en las elites políticas, científicas y económicas de su época  fue decisiva para convencer a la burguesía francesa de la necesidad de  avanzar en el terreno de la investigación y la ciencia. Pero la Revolución Francesa frenó los impetuosos avances durante varias décadas, hasta que el doctor Arnaud Costallat dio un paso gigantesco en 1852 al romper por primera vez la gruesa línea que separaba las ideas de las realidades.

Ese año construyó un pequeño albergue para turistas en  el Secours, no muy lejos de donde Plantade había muerto 89 años antes,  que los historiadores consideran el primer espacio para la observación levantado en el Midi. De hecho, muy pronto fue ocupado por científicos y astrónomos que lo utilizaban como campo base para sus estudios, pero una avalancha de nieve lo asoló a los pocos meses. Costallat no claudicó, cuatro años después  abrió un nuevo edificio y comenzó a contar con la colaboración del físico Jean Bernad Foucalt, el hombre del péndulo, o Le Verrier, el organizador de la incipiente red meteorológica francesa.

Son años de frenética actividad, de espesos debates científicos que culminan en 1865 con la fundación en Gavarnie de la Sociedad Ramond, que impulsa decididamente la construcción de un observatorio en la cima del Midi. Con tal fin se constituye la Comisión Internacional del Pic du Midi, formada, entre otros, por el prestigioso y adinerado conde Henry Russell, y Maxwell Lyte, que en 1860 había logrado fijar sobre una placa un eclipse solar.

            Costallat  muere en 1871 y toda su pasión por la ciencia y la naturaleza es transmitida a Charles de Nansouty, un singular general retirado en Bagneres de Bigorre que tenía además de un glorioso pasado en el ejército imperial, una sensibilidad especial hacia la naturaleza y el Pirineo. Desde 1873 hiverna en el pico de Sencours para observar los fenómenos meteorológicos. Las fotos y grabados de la época muestran a un hombre adulto de largos bigotes y estampa ermitaña que casa poco con el estereotipo del hombre de ciencias. Sin embargo, su pequeña locura alerta de la inminencia de unas inundaciones en el invierno de 1875 y el valle amenazado es evacuado a tiempo.

Desde entonces, la utilidad del observatorio quedará fuera de toda duda.  La primera piedra del edificio se pone en 1878 y dos años después finaliza la obra. Para su construcción se utilizaron las mismas piedras que estaban en la cima del Midi y el agua del deshielo. Eso reducía considerablemente los esfuerzos humanos para el transporte pero no así los innumerables inconvenientes propios de una construcción en altura. La arena para fabricar el cemento fue subida por mulos, un animal indispensable en la historia del observatorio,  desde el cercano lago de Oncet. En cada viaje los mulos portaban cien kilos de arena, que transportaban con una parsimonia que a veces desesperaba. Pero su presencia ahorró grandes sacrificios.  Nansouty fue el primer inquilino del flamante edificio en el invierno de 1881, cuando ya tenía 66 años.

Al año siguiente pasó a ser propiedad del estado y asume su dirección el ingeniero Celestin-Xavier Vaussenat, otro de los nombres imprescindibles de esta epopeya.  Su busto, junto al de su compañero Nansouty (considerados por la historia como los fundadores del complejo científico), preside desde principios del siglo XX la entrada al edificio de la antígua cúpula, reconvertido hoy en museo y restaurante.  Vaussentat engrosó la leyenda negra del pico al fallecer mientras era trasladado enfermo a la base en 1891.

Con el inicio del siglo XX surge la figura de Benjamin Baillaud, un científico del Observatorio de Tolouse que emprende la empresa más difícil acometida hasta entonces: la construcción de una cúpula para la observación de los astros. La realización de este proyecto culmina los sueños de todos sus antepasados; de Plantade, Darcet, Carbonnieres, Costallat, Nansouty... todos ellos habían imaginado un observatorio en el que de manera indisoluble se estudiara la meteorología y astronomía, ciencias que consideraban complementarias. Así los astros y el Midi estuvieron definitivamente más cerca.

Pero la envergadura del proyecto y las dificultades intrínsecas de su peculiar ubicación convirtieron los veranos de 1906 y 1907 en jornadas dramáticas de esfuerzos sobrehumanos y riesgos latentes. Los soldados del regimiento de Tarbes habían habilitado unos estrechos caminos de acusadas pendientes  para mover las pesadas piezas con la fuerza de los mulos. Sus dimensiones eran tan considerables que esos minúsculos caminos apenas servían para transitarlos a pie. Así que los militares tuvieron que recurrir al plan más primitivo y cargar a sus hombros las piezas y escalar con ellas en línea recta. Un suplicio agravado por el tórrido calor. Baillud dejó escrita la crónica de aquellos días: “el comandante Lallemand y los artilleros del Regimiento de Tarbes, que estaban a sus órdenes, bajo un sol de plomo, con fatigas extremas y corriendo grandes peligros,  escalaron la montaña con las piezas del instrumental. Hubo que asaltar la cima veinte veces en quince días, donde el enemigo era reemplazado por estas enormes piezas de fundición, que no sabían ni cómo sujetar ni cómo mantener. Tanto los oficiales como el resto de hombres expusieron varias veces su vida y vivieron grandes angustias. Un momento terrible fue el causado por el choque, imposible de prever, de una gran piedra que rodó desde lo alto de la montaña contra uno de los mulos”. En septiembre de 1907 concluyó la instalación del instrumental bajo la cúpula que hoy se conoce con el nombre de su promotor.

Comenzó así la edad de oro de la astronomía en altura. La instalación crecía y se modernizaba,  y decenas de científicos hivernaban en la cima del pico aprovechando las nuevas comodidades, la pureza del cielo, la nitidez de la luz,  y la ausencia de polvo en suspensión; unas condiciones inmejorables para el estudio y observación del cielo y los fenómenos meteorológicos. El abastecimiento se seguía haciendo con mulos, cuando no por los hombres más fuertes y aguerridos del valle, que se convirtieron de este modo en protagonistas secundarios pero irreemplazables de la epopeya del Midi. En 1926 la apertura de la carretera de Tourmalet a Sencours facilita el ascenso de los hombres y los materiales a través de un estrecho camino, pero también provoca un incremento de turistas que altera la anhelada soledad de los científicos.

Cuatro años después Bernard Lyot inventa el coronógrafo, que le permite observar la envoltura externa del sol. Ni la llegada de la electricidad ni de la alta tensión contribuyeron tanto al final de la epopeya del Midi como la construcción del teleférico en 1952. Su puesta en funcionamiento borró de un plumazo las adversidades a las que se tuvieron que enfrentar durante siglos todos los que lucharon por convertir su cima en un laboratorio científico. En tan solo unos meses dejó de ser ese lejano lugar en el que, según Henry Russell,  “hay mañanas en las que los ángeles tienen nostalgia de la tierra”.

 

EL TURISMO PARA GARANTIZAR SU FUTURO

Los últimos cincuenta años del Observatorio han sido especialmente azarosos. En 1963 la instalación del telescopio de 106 cm. en la cúpula Gentili permitió establecer convenios de colaboración con la NASA para la preparación de las misiones del Apollo. En 1980 entra en funcionamiento el TBL (Telescopio Bernard Lyot), el mayor de Francia, pero esta inversión no garantiza el futuro del centro, que comienza a cuestionarse desde la administración central. Cuando en 1994 el gobierno francés amenaza con su cierre los agentes políticos, sociales y científicos de la región se movilizan y crean un sindicato mixto para promover la explotación turística del Observatorio sin renunciar a sus fines originales.

El proyecto “Pic 2000” promueve la construcción de un nuevo teleférico con capacidad para 45 personas por cabina, que cubre la distancia entre la estación de Mongie y la cima del Midi en 15 minutos con un transbordo en  el pico Taulet. Parte de los antiguos espacios destinados a la investigación se convierten en restaurantes, terrazas panorámicas  y el museo, en el que se revisa la historia del observatorio y se ofrece una interesante mirada al mundo de la astronomía y la ciencia. Allí podemos observar una gran maqueta del Pic du Midi, la auténtica cúpula Baillud, instalada en 1907 para el estudio del sol, proyecciones audiovisuales, exposiciones fotográficas sobre el universo y réplicas de los aparatos de investigación. El acceso al Midi cuesta 23 euros y el teleférico, que parte desde la estación de esquí de Mongie, funciona durante todo el año, aunque supeditado a las condiciones climatológicas. Gracias a la explotación turística, el observatorio tiene garantizado desde el año 2000 el futuro de su actividad científica.

Sephira

Sephira

Ayer llegó Karen, la divertida mujer de Tony, mi cuñado. Ella es irlandesa y, por lo tanto, amante de las conversaciones interminables, el buen vino y la diversión. Los irlandeses y los españoles nos parecemos mucho, aunque sigo envidiando de ellos que tuvieran a Phill Lynot, Gary Moore, los primeros U2, Sinead O’Conor y tantos otros. Estuve en Dublín en diciembre de 2005 y por razones laborales tuve el privilegio de asistir en directo a un concierto privado del terceto Sephira, una maravillosa formación compuesta por la vocalista y violinista Joyce Oleary, su hermana Ruth Oleary y el pianista Colm Henry.

            Varados en la mejor tradición musical irlandesa, su sonido de formación académica se enreda entre voces angelicales y el fondo aterciopelado de unos violines que no suenan; susurran y acarician. La belleza melancólica, casi gótica, de las dos hermanas provocó un efecto hipnótico entre los que aisistíamos embelesados al hallazgo. Parecían pintadas por Modigliani. Sephira es la auténtica expresión de lo exquisito, me temo que lo que alguna vez pretendieron sólo en su ensoñación otros irlandeses y otras hermanas, The Corrs. Nada que ver, salvo la belleza de ellas.

            Ayer volvimos a escuchar a Sephira en honor de Karen.



El canfranero, camina o revienta

El canfranero, camina o revienta

El Canfranc casi forma parte del universo mitológico de los altoragoneses. Hay tanto de verdad como de leyenda en su breve pero azarosa historia, sometida al inapelable juicio del tiempo de forma prematura y a la corrosiva exposición de su símbolo como un sentimiento que va más allá de lo racional.

En el Canfranc se han depositado frustraciones, complejos de inferioridad y todos los secretos inconfesables de los aragoneses. Ha sido el pañuelo donde se han secado las lágrimas de la incomprensión y el zaguán en el que muchos políticos han escondido su ineptitud. Fue un sueño a mediados del siglo XIX, una esperanza el día de su inauguración y una gran decepción casi todo el resto del tiempo. Un conocido político aragonés dijo con tino que el “Canfranc nunca tuvo buenos tiempos” y parece que la realidad se empeña en darle la razón. 

Por todo esto y por mucho más el viaje en el “canfranero” no es un simple trayecto en tren. Abstraerse de todo lo que representa sería abaratar el valor de la memoria y hasta cierto punto concederle a otros ferrocarriles el privilegio de compartir la categoría que nunca tendrán.

El Canfranc es único, “un símbolo para todos los que amamos los trenes, primero está el Canfranc y después el resto”, me aseguraba recientemente, con una rotundidad difícil de expresar por escrito, el historiador y especialista en trenes Carlos Teixidor. Viajar en un símbolo tiene que ser tan complejo de explicar como ser un mito. Los mitos, como los símbolos, son la piel que envuelve a los mortales, el aura que hace especial lo que nació en igualdad de condiciones.

 Nada de eso se escapa a la experiencia íntima de viajar en el canfranero y recorrer su tramo más pintoresco e insólito, el que parte de Huesca y llega a Arañones casi tres horas después. El tiempo deja de tener un valor absoluto cuando te introduces en sus vagones, hay que asumir el viaje como un medio para alcanzar el placer, nunca como un medio para el transporte. Cuando las prisas se instalaron en la sociedad, se convirtió de inmediato en una maravillosa reliquia. Quizá siempre lo fue, mientras esperaba que alguien cambiara su destino.

La nueva estación intermodal de Huesca es el único edificio que respira aires de modernidad en todo el trayecto. Funcional y austero, carece de la intensidad vital de otras estaciones mayores, del ensordecedor murmullo de voces en despedida, de taconeos apresurados y llamadas por la megafonía. Es posible que las estaciones sean un reflejo de sus ciudades. Las hay vigorosas, nerviosas y tumultuosas, otras que son tímidas, discretas y silenciosas. La de Huesca es una de éstas.

No hay demasiado movimiento en esta mañana de lunes de noviembre. Acaba de salir un tren Altaria con destino a Zaragoza.  De repente, han desaparecido las dos azafatas que daban la bienvenida a los pasajeros en la entrada del andén. Ese simple gesto de distinción se ha borrado de un plumazo cuando llegamos los tres viajeros que vamos a subir al canfranero. Está claro que somos clientes de segunda, como el ferrocarril en el que vamos a viajar. También ese andén parece haber retrocedido de categoría hasta quedarse nuevamente en una simple estación de provincias.

Los tres pasajeros nos hemos distribuido en dos de los tres vagones que componen el tren automotor de una sola pieza que RENFE ha reciclado para esta línea. No hay tumultos en el acceso ni embotellamientos en los pasillos, aunque le hemos roto el sueño a la joven que dormía plácidamente en la parte delantera. Se ha despertado tan aturdida que probablemente ha dudado un instante dónde estaba. El caso es que con ella somos cuatros viajero y el revisor, que acaba rápido su trabajo.

La mañana es fría, muy fría, cubierta por una espesa niebla que sólo comienza a retroceder cuando nos acercamos al Pirineo. El paisaje de la Hoya oscense evoca escenarios misteriosos en los que cualquier cosa es posible. El horizonte se vuelve cercano y la visión desde el interior del tren pasa a ser plana y monótona, sólo rota por la silueta perdida de algún castillo en ruinas o una fonda en desuso.

El primer tramo del trayecto atraviesa la comarca de Huesca, la parte más sencilla del recorrido. Aquí el tren se muestra ligero y atrevido, como si quisiera dejar en evidencia todas las leyendas sobre su impuntualidad, sus achaques y su senectud. No hay todavía noticias del Pirineo y eso se nota en la velocidad. En Plasencia del Monte el tren no se detiene, no hay ningún viajero que haya demandado sus servicios previamente.

Así seguiremos, rumbo a toda máquina hasta Ayerbe, donde nos detendremos diez minutos para esperar el cruce con el tren que viene de Jaca. La estación es todo abandono. Una adolescente con aspecto hippie y un señor de avanzada edad esperan silenciosos en uno de los bancos del anden. La estampa y el decorado acentúan los contrastes de una escena que bien podría pertenecer al universo de Almodóvar. En este tiempo no se miran ni se mueven, tan sólo apuran sus cigarros como si el reloj no corriera. Y es que parece que no corre.

El edificio de la estación aguanta a duras penas la caída del calendario. Tiene la melancolía de esos lugares en los que todavía se conservan tenuemente las huellas de un pasado no lejano de vitalidad. Pero no son más que huellas que se vuelven cada día más mohínas.

Nadie se ha subido al tren y el maquinista reemprende la marcha. El revisor aprovecha para dar una pequeña cabezada. Maneja los tiempos del viaje con el rostro aburrido de quien sabe perfectamente lo que va a pasar en los próximos minutos. Esa certeza relaja el espíritu, me imagino. En el interior no se oye más que el sonido monótono del tren. Fuera todo pasa por el filtro blanco de la niebla, cada vez más difusa. Avanzan los kilómetros y el paisaje se vuelve más agreste y bello, y crece la convicción de que estamos ante una soberbia obra del ser humano. Hemos dejado el llano oscense y nos dirigimos hacia el Pirineo. El tren torna cansino y extenuado su ritmo y por momentos da la sensación de que no va a dar más de sí. La vía se interna por estrechos corredores, por paredes rasuradas que encajonan la máquina y limitan la perspectiva. Surgen los túneles, y con cada uno de ellos el trayecto se empina un poco más.

Es ahora cuando comienza a adquirir su verdadera dimensión el símbolo del Canfranc. Es en estas primeras rampas, que anuncian la inminencia del Pirineo, donde la intervención del ser humano se hace palpable, donde se inicia el duelo entre el hombre y la naturaleza. En las cercanías de Riglos también toma cuerpo el valor social del tren como vertebrador del territorio. Muchos de los pueblos que atraviesa lo recibieron hace setenta años como el último eslabón que les podía unir a la modernidad, al desarrollo y a la esperanza de un futuro. Se sacrificó el tiempo pero se aseguró entonces la vida de numerosas localidades.

Los mallos de Riglos asoman la cabeza entre los últimos estertores de la niebla. La visión que se tiene de ellos desde el tren es irrepetible, parece que en algún momento se van a volcar irremediablemente sobre la máquina. Aquí tampoco se para el tren, aunque reduce considerablemente la velocidad para atravesar con seguridad el corredor que cruza la vertical de los mallos. En los años 40 decenas de montañeros utilizaron el tren para viajar hasta el templo de la escalada y conquistar sus cumbres, hasta entonces inaccesibles.

Vamos ahora hacia el pantano de la Peña y Santa María. Los técnicos franceses que participaron a finales del siglo XIX en el diseño del trazado de la línea internacional siempre fueron claros con sus homólogos españoles: “hay que trazar una línea recta, el Canfranc sólo será viable si hacemos el trayecto más corto”. Está claro que las cosas no se hicieron así y casi todos los estudiosos del ferrocarril coinciden en atribuir al tortuoso trazado español una de las razones de su fracaso. La Z que dibuja desde Huesca a Canfranc fue letal para su rentabilidad.

En Santa María vuelve a girar bruscamente a la izquierda camino de Anzánigo. Son zonas de escasa demografía y comunicaciones poco desarrolladas. El tren que trajo en los años 30 la prosperidad a todos esos pueblos, apenas es hoy un leve aliento incapaz de insuflar algo de esperanza. La preeminencia de la carretera de Somport como conexión hacia el Pirineo hirió de muerte a principios de los 80 los caminos históricos de Santa Bárbara y Oroel, precisamente los que sigue transitando el tren, cada vez más solitario.

Anzánigo es simplemente un hito en el libro de ruta, el tren no se detiene. La pequeña estación es un edificio desvencijado y abrumado por el paso de los años, la ausencia de servicio y el abandono. Como casi todas las estaciones y edificios ferroviarios que surcan el camino, pasó de ser centro de actividad local a esporádico refugio de excursionistas y cobijo de noches a la intemperie.  

En Caldearenas la maleza ha borrado las vías auxiliares. Fue una de las estaciones más prósperas y febriles de la zona pero esos fueron otros tiempos. Por aquí ya no pasan los obreros que venían todos los días desde Ayerbe para trabajar en la incipiente industria de Sabiñánigo. No hay remolinos de gente impaciente esperando el espectáculo del siguiente tren. El pequeño hilo de vida que surca el Pirineo está repleto de memoria, pero de nada más.

Sabiñánigo ha remozado recientemente su estación. Aquí, como en Canfranc, el tren está indisolublemente unido a su historia. Se ha bajado la chica somnolienta y ya sólo quedamos los mismos tres viajeros que nos habíamos subido en Huesca. La parada es breve y el tren reemprende su marcha camino de Jaca. Cruzamos de la Val estrecha a la Val Ancha y vemos a la izquierda Collarada y a la derecha la Peña Oroel. Por unos minutos el trayecto recupera la horizontalidad y la máquina se toma un respiro. Queda lo peor, pero también lo más bello.

 

Jaca y el tren

Cuentan las crónicas de la época que cuando el tren llegó por primera vez a Jaca, en 1893, la empresa concesionaria del ferrocarril se indignó considerablemente porque ningún jacetano fue a recibir el nuevo y extraño artefacto. Había preparado un convite popular pero ante el escaso éxito del invento sólo invitó a los trabajadores. No es difícil imaginar el tremendo impacto del tren en los jaqueses de finales del siglo XIX. El panorama que observó el maquinista de aquel primer ferrocarril cuando se acercaba a la estación poco tiene que ver con el que se contempla hoy. La expansión urbanística de la ciudad ha dejado el edificio en medio de las nuevas zonas residenciales, y las vías se han integrado en el casco como una calle más. Probablemente ningún urbanista visionario podría haber imaginado esto hace un siglo, cuando se tuvo la prudencia de ubicar la estación lejos del casco urbano amurallado.  Esta vez el tren ha parado en Jaca y se ha subido una pareja de avanzada edad. Por la sonrisa entusiasta de sus rostros, parece que están ante su bautismo ferroviario en el canfranero. Sonríen sin parar y miran a todos los lados, como si no quisieran perder ni un solo detalle del paisaje prometido. La máquina comienza la marcha y se adentra en el valle de Canfranc con paso firme pero discreto. Ha rebajado la velocidad ligeramente.

Hemos atravesado Castiello de Jaca, disfrutando de una panorámica privilegiada que no permite la carretera. Después de atravesar un largo túnel llegamos al viaducto con sus 28 arcos, una de las obras más notables del majestuoso Canfranc, fotografiada primero por De las Heras en los años 20 y después por cientos de fotógrafos que buscaban la belleza del tren. Aquí, sin duda la encontraban. Pronto queda Villanua abajo y la vía alcanza su altura máxima. La carretera nacional parece minúscula y el valle se hace angosto y temerario. Canfranc Pueblo muestra las huellas descarnadas del incendio de 1944, aunque la reciente fiebre constructora hace que cada nueva casa sea como una tirita en la herida. Contemplando el paisaje hemos llegado a los Arañones y disfrutamos del momento único del acceso al anden de la estación internacional. La expectativa es tan grande que surge el reconocible pinchazo de la frustración ante la soledad del recibimiento. Cómo no imaginar los tiempos de esplendor del edificio, cuando se mostraba a cada nuevo viajero insolente, vivo y orgulloso. El nerviosismo infantil de cruzar el túnel y viajar a Francia.

Artículo publicado el año 2006 en la revista "Jacetania" que edita el Centro de Iniciativa y Turismo de Jaca y realiza Pirineum.

 

Premios

Premios

Herbie Hancock ha sido el gran triunfador de la última edición de los Grammy. Una de las últimas leyendas vivas del jazz acumula los premios más importantes (mejor disco del año) del galardón más comercial, previsible, superfluo y convencional de la industria musical. Sería una excelente noticia si los premios significaran algo, pero detrás de esa aureola de prestigio no hay más que combustible para el ego, que es la máquina que alimenta el mundo de la creación. Y dinero, más dinero.

            Hace tiempo que no creo en los premios; en ninguno de ellos. Siempre he pensado que el oscuro secreto que guía a algunos de sus promotores es ser ellos mismos los receptores algún día de su criatura. Así se cierra el círculo y todos estamos contentos. Tranquilo muchachos que habrá para todos. Los premios Nobel sirven para poner a prueba nuestra culturilla general, sobre todo los de Literatura y la Paz, que son los únicos en los que todo el mundo tiene opinión aunque no se sepa de qué se está opinando. Lo de economía o ciencia es un rollo que a nadie interesa, claro está. 

Reinterpretando a Groucho diría aquello de que no puedo aceptar unos premios que nunca premiaron a Lorca o Machado, por poner ejemplos cercanos. Y aquí, lo siento, soy intransigente. La reciente apertura de los archivos de la academia sueca ha puesto al descubierto la zafiedad oportunista de los criterios manejados por los académicos en sus deliberaciones. Escribes bien pero hablas demasiado; me gusta cómo escribes pero no cómo piensas… así que no hay nada que hacer. Qué pena, si a éste no lo hubieran fusilado por maricón y rojo igual le hubiéramos  premiado… pero ya es demasiado tarde.

Pero parece que estamos subidos en una corriente en la que lo propio y recomendable es conjeturar sobre los premios como si fuéramos alquimistas de la incertidumbre y lo arbitrario. Nos gusta especular con las especulaciones de los jurados y nos encanta todavía más hacer esas quinielas que sólo sirven para alimentar los mitos sobre los que se han construido tantos premios que sólo tienen piel; no hay ni vísceras ni pulmones y muchos menos corazón. 

¿Alguien sabe de dónde procede el supuesto prestigio internacional de los premios Príncipe de Asturias? A estas alturas ya parece algo incuestionable pero yo creo que fuera de aquí pasan desapercibidos. En este país todos los medios de comunicación ya sólo se refieren a ellos con la concesión previa de esa categoría que, a mi entender, debe de usarse con infinita prudencia. Eduardo Haro Tecglen hace tiempo recordaba que era muy español lo de pasarse en los elogios, casi tanto como en las críticas. Cuando leía que una obra de teatro había triunfado “de forma memorable y unánime” en su primera representación fuera del país, él solía acudir a la prensa de ese país extranjero para  comprobar que o pasaba desapercibida o sólo era objeto de escarnio. Y en todo esto los medios tienen buena culpa. Se otorga el dogma de la infabilidad al desconocido jurado de turno que toma decisiones, supongo, con criterios arbitrarios y subjetivos influídos por cómo se ha levantado ese día..

            La tentación es libre pero me niego a seguir el juego. Los Goya son el esperpento versión hispana con su punto rancio y kitsch. Hay premios para todos, y si no nos ha dado la gana darte uno no te preocupes que cuando estés a punto de morir nos inventaremos otro para tapar todos los feos que te hemos hecho en vida. ¡Será por premios! Y los Oscar… ahí reconozco que lo tengo más difícil. Nunca he visto una gala de entrega por la televisión; suelo dormirme demasiado pronto y me aburre tanto esa liturgia de agradecimientos y falsas pulsiones que azuza mi pereza congénita. Pero, lo dicho, aquí juego en campo contrario y no poseo el balón.

            A Elia Kazan le dieron un Oscar honorífico a toda su carrera, incluida supongo su etapa de confidente y dedo acusatorio de sus compañeros en la peor etapa del macarthismo. Pero era lo políticamente correcto y para eso los americanos no tienen pudor. No los tuvieron tampoco para loar a Nixon el día de su muerte, banalizando casi el episodio de su dimisión como consecuencia del pequeño desliz del Watergate. Una chiquillada.

            Perdón por la digresión. Hablaba de Kazan pero quería hablar también de Clint Estwood, premiado por la menor “Million Dollar Baby” en compensación por la huérfana y excelsa “Mistyc River”. A eso me refiero, a la injusticia histórica de los premios, a la falsa apariencia de objetividad y rigor cuando lo que se lleva entre manos es el poder de decidir y manipular, de ensalzar y de humillar, de conceder y negar, de premiar y de castigar. Las trayectorias quedan supeditadas al momento, encapsulado en una suerte de gloria efímera que congela la parte por el todo. Hay tantos castigos históricos como reconocimientos memorablemente injustificados en la trayectoria de los Oscar.  El premio como medio, no como fin.

            Quizá el único honesto sea el Planeta. El que se presenta lo hace por la pasta y el que gana no hay duda de que exulta de alegría por los 100 millones de pesetas (50 después de impuestos) que le han tocado. No hay imposturas ni falsa retórica. Lo del prestigio y el honor está muy bien pero 100 kilos son 100 kilos. Así que volviendo a los Grammy de este año, uno que adora el jazz asiste indiferente al premio al mejor álbum del año que ha recibido Hancock por su excelente revisión de la obra de la canadiense Joni Mitchell en “River: The Joni Letters”. Pero inevitablemente el premio es sospechoso. Desde el memorable y lejano encuentro entre Stan Getz y Astrud Gilberto no se había vuelto a premiar un disco de jazz fuera de su categoría. Ahora le toca al autor del magistral “Maiden Voyage” con un disco que ni de lejos es el mejor de su trayectoria. Justicia a medias. Supongo que alguien habrá tocado arrebato y se habrá convenido que era necesario abrir la ventana para que entrara aire fresco; para volverla a cerrar de inmediato por si alguien se enfría. No es bueno cuestionar la industria ni experimentar demasiado. En 2009 seguro que volveremos por donde solíamos transitar: U2, Santana, Madonna, Beyoncé… en su estertor camuflados como lo más “cool” del momento.

            Por cierto, ha muerto Henri Salvador. Hasta siempre maestro.



Frank Belsué; Paco de Jaca

Frank Belsué; Paco de Jaca

Francisco Belsué Galindo nació en Jaca en 1935 en el seno de una familia numerosa. Su madre era la mondonguera más popular de la ciudad y su padre trabajaba en la serrería de Altahoja. Los duros años de la postguerra los pasó entre las aulas de los Escolapios y como monaguillo en las liturgias diarias, en las que se quedaba absorto contemplando el arte sacro, ajeno a las diatribas del sacerdote de turno. Ahí nació su pasión por el diseño, que con el tiempo se convirtió en una fructífera carrera profesional que le condujo en 1968 a Canadá. En el país de la hoja de arce ha vivido desde entonces y ha dejado su singular concepción de la estética publicitaria en infinidad de trabajos, algunos de los cuales se convirtieron en reconocidos iconos que compitieron en popularidad con la propia bandera rojiblanca. Hoy, jubilado pero activo en su producción creativa, piensa en su próximo viaje a Jaca mientras sigue a través de internet la actualidad de su pueblo y de Aragón. Su despacho lo preside una gran foto hecha desde Oroel y el remite de sus emails lo firma con un expresivo “Paco de Jaca”. 

En el verano de 2004 conocí a Francisco Belsué en Toronto, la próspera capital de la provincia de Ontario, en el sureste de Canadá. Allí vive desde que llegó hace ahora cuarenta años. Ocupa un pequeño adosado de dos plantas cerca del barrio de “Greekville”, una extensa zona del sur de Toronto habitada por la numerosa colonia griega. Está a escasa distancia del omnipresente lago de Ontario, desde donde se disfruta de todo el skyline de la ciudad, con la popular CN Tower, el Air Canada Center, el estadio del mítico Toronto Maple Leafs (NHL) y de los Toronto Raptors (NBA), y el moderno centro financiero, expresión del espectacular crecimiento económico experimentado por la ciudad en las dos últimas décadas.

Paco tiene una sonrisa contagiosa y un timbre de voz casi infantil que no se corresponde con su inmensa figura, rematada por una barba blanca que le da un aire entre intelectual y bohemio, algo ácrata y sin duda inconformista. Media vida en Canadá no ha sido suficiente para borrar las huellas de su origen, plasmado tanto en los cuadros que decoran la casa (estampas de Prado Largo antes de ser urbanizado, Albarracín, Rapitán...) como en su particular forma de expresarse, una nueva versión del incipiente “spanglish” transformado en “sparanglish”. En su conversación se mezcla el “lunch-time” con el “mozo”, el diseño “nice” con el “hay que joderse”, o el “anyway” con el muy jacetano “jodo”. Uno no ha anulado al otro, simplemente se han sumado para enriquecer su vocabulario.

           La historia de su vida está marcada por el viaje que decide realizar en 1968 a Canadá para trabajar en una película de dibujos animados. Su amigo Juan Tudela había recibido una carta en la que pedían dibujantes españoles, cotizadísimos entonces entre todas las agencias publicitarias. Eran unos privilegiados en aquella España triste y casposa que empezaba a desperezarse con el desarrollismo industrial y el turismo emergente. Paco no desperdició la oportunidad y con el aval de su experiencia en tres agencias de publicidad de Zaragoza decidió cruzar el Atlántico y establecerse en un desconocido país que no era habitual receptor de la emigración española. “Aunque yo siempre he dicho que emigré para viajar, era lo único que quería hacer, no tenia intención de quedarme tantos años, pero, ya ves, la vida siempre está dispuesta a sorprendente” señala.

Antes de iniciar la inconsciente diáspora, su vida entre Jaca y Zaragoza es un guión escrito con casualidades, abierto a la improvisación y modelado a impulsos de una personalidad que tenía mal encaje en la provinciana España franquista. Crear sin resultar sospechoso, admirar el arte sin prejuicios raciales y aspirar a un horizonte más abierto formaban parte de una declaración de principios poco considerada con el poder establecido. “Muchos nos sentíamos asfixiados en la España de entonces, aunque ahora compruebo que la dictadura de Franco era como la de Bush”. Aquí emerge el Belsué mas combativo, el mismo que critica sin miramientos la política belicista de la administración norteamericana, el poder de las multinacionales –“me jode haber trabajado para grandes compañías”, asegura-  o la gestión hidráulica del anterior gobierno español. La suya es una actitud permanente de hostilidad ante cualquier poder.

Desde niño se vincula a las actividades religiosas de casi todas las iglesias de Jaca. “No soy una persona religiosa –asegura-, he sido monaguillo de todas las iglesias del pueblo. Siempre digo que soy creyente por si acaso. Yo estaba de monaguillo y me perdía fascinado por lo que veía. Me quedaba embobado viendo los retablos, era lo que verdaderamente me interesaba”. Con doce años ayudaba a misa en las Benitas y recibía en compensación un pedazo de chocolate que las monjas de clausura le dejaban en el torno. “Allí tenían una habitación que ya no está en la que se guardaba en sepulcro de Doña Sancha. Yo tenía llave y la enseñaba a los turistas porque la conocía perfectamente” recuerda.

Infancia entre retablos y olor a incienso que marcó definitivamente su vocación creativa y su pasión por el arte sacro. Sus primeras creaciones nacieron de los duros de oro y plata que le traía el padre capuchino Esteban para que los transformara en alambre para rosarios. “Hice montones de pulseras”. Eran los años de la escasez y el racionamiento en una Jaca acongojada por la cercana guerra civil. El ritmo diario lo marcaba la iglesia, el ejército y una burguesía local que se había preocupado en acrecentar las diferencias entre clases. Con la mirada del niño y la memoria del adulto, los recuerdos infantiles se empapan de ese sabor agridulce que siempre queda en el poso de las cosas. “Un mes de febrero los escolapios nos hicieron subir a los “externos” del colegio, así nos llamaban a los que no podíamos pagar la matrícula,  todos los ladrillos que hacían falta para construir la segunda planta del edificio de la calle mayor. Los que pagaban no lo hicieron, por supuesto. Es algo que todavía recuerdo”.

Otro escolapio, el padre Benito, le encargó que calculara cuántas baldosas había que comprar para alicatar el popular zócalo del patio interior del colegio. “Dibujé todos los cuadritos, uno por uno, y al final me equivoqué en muy pocos. Confiaban en mí para estas cosas y ellos también se quitaban responsabilidades”.

 Poco después empezó a trabajar en la Joyería Muñoz como aprendiz y más tarde en la librería El Siglo. Un día llegó Víctor Sarriá, un viajante que comercializaba las postales Victoria, y le ofreció un trabajo en Zaragoza y 300 pesetas de sueldo. Así comenzaba la etapa zaragozana y su dedicación definitiva al diseño. Enseñó dibujo en las Escuela Pías y estudió en la Escuela de Artes y Oficios con los profesores Félix Burriel y Luis Berdejo, aunque siempre se ha definido como “un autodidacta en todo. Fui profesor sin acabar el bachillerato, mi único título es el de Maestro Artesano, aunque lo considero una anécdota”, apunta.

Su calidad le permitió entrar como diseñador en los afamados Talleres Quintana, especializados en orfebrería religiosa. Era la culminación de un sueño tan anhelado que había prometido diseñar un manto para Santa Orosia si conseguía el trabajo. Lo hizo en 1958 y hoy se sigue exponiendo cada 25 de junio. Paco seguía los pasos de su hermano Santiago, que ya se había convertido en un reputado encuadernador y restaurador de libros. Entre 1956 y 1957 trabaja intensamente en las reformas del camarín de la Virgen del Pilar y en el diseño de la corona que se coloca en la ofrenda de flores. Suyas son también las vidrieras, sagrarios y comulgatorios de la iglesia de Caldearenas. La impronta religiosa está presente en esos primeros trabajos de forma palmaria y comprueba hasta qué punto ha sido rentable su infancia entre curas y retablos, “conocía la iconografía religiosa a la perfección y pude trabajar desde muy joven adaptando sus interpretaciones a mi gusto”.

El cierre de Talleres Quintana le obliga a especializarse en publicidad y artes gráficas. Combina el trabajo en varias agencias con la formación junto a Natalio Bayo, Juan Tudela y José Luis López Velilla en el estudio de pintura de Alejandro Cañada. La orfebrería y la cristalería han dado paso a los anuncios de Pikolín, Konga o la Pitusa. En Zaragoza una generación pionera de excelentes dibujantes se forma de manera autodidacta en las artes del diseño publicitario. Francisco Belsué es uno de sus principales ejemplos.

UN SÍMBOLO DE CANADÁ

Los Blue Jays son el primer equipo de béisbol de Canadá y el principal emblema deportivo de Toronto, sólo superado por el equipo de hockey sobre hielo de los Toronto Maple Leafs, uno de los seis históricos fundadores de la NHL, la primera liga del mundo. El club se fundó a mediados de los setenta con un despliegue mediático inusitado y el respaldo de algunas de las primeras compañías del país. El diseño del logotipo había sido adjudicado a la agencia Savage Sloan Ltd. en la que acababa de desembarcar Paco Belsué. No le gustaba el deporte pero recibió el encargo de diseñar la imagen del equipo.

El blue jays es un pájaro azul, blanco y gris que abunda en toda la zona noreste de Norteamérica. Con esa imagen hizo unos cuantos bocetos hasta dar con el definitivo. Sin pretenderlo, acababa de diseñar uno de los iconos más populares de Canadá, el símbolo más conocido después de la hoja de arce. Sólo la primera semana generó diez millones de dólares de beneficio, aunque Paco sólo cobró su cheque semanal en la empresa. Fue el artista anónimo para el logotipo más reconocido. En el libro “This side of Spain”, que reflejaba la actividad de la colonia española en el país en los años 80, se referían a Belsué asegurando que “su contribución a Ontario y Canadá ocupará un lugar en la historia del país”.

            Aquél logotipo fue modificado tiempo después por los dueños del club, pero los auténticos aficionados siguen llevando en cada partido el de Paco, el primero de todos. Incluso en la página web del equipo se sigue utilizando y comercializando. No ha sido el único. Empresas como American Express, Banco de Italia, Viscount, Benson & Hedges o Kellogg’s han pasado por las manos del jaqués.