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Juan Gavasa

Los años convulsos

Los años convulsos

 

Por fin hemos metido en imprenta el último libro de nuestra editorial (Pirineum). "Los años convulsos", del historiador Juan José Oña. Ha sido un proceso largo, largo, largo, que comenzó allá por el año 2004. Hubo un momento en este tiempo en el que desistimos de su edición porque los problemas que se nos presentaban parecían irresolubles. Pero se solucionaron. Y el día 12 de abril lo presentaremos en Jaca, el 18 en Huesca y el 16 de mayo en Zaragoza. (Os iré informando con detalle de estas presentaciones). De momento os anticipo la hermosa portada y la sinopsis de la contra. Se trata de un libro sobre la sublevación de Jaca a partir del hallazgo de un valioso material del fotógrafo Alfonso, uno de los mejores reporteros gráficos de la historia del periodismo español. En torno a este relevante suceso hemos trazado un viaje visual por la historia de España entre 1923 y 1936, un periodo convulso, sin duda, que explica muchas de las cosas que hoy ocurren en nuestro país. Las fotos de Alfonso nos permiten ese viaje por el retrovisor de la historia. Espero que os guste.

 

"Los años convulsos” es un viaje por la España del primer tercio del siglo XX a través de la lente del genial fotógrafo Alfonso. Se trata de uno de los periodos más agitados, apasionantes y trágicos de nuestra historia que desembocó en la Guerra Civil y en la posterior dictadura franquista. El libro gira en torno a un eje: la sublevación republicana protagonizada por los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández el 12 de diciembre de 1930 en Jaca. Para el autor, la causa de esta insurrección fue el declive irreversible de la Monarquía de Alfonso XIII; la proclamación de la Segunda República mediante unas elecciones democráticas cuatro meses después, su consecuencia directa.El volumen es el resultado de la exhaustiva investigación en los fondos del fotógrafo madrileño Alfonso sobre los sucesos de Jaca, que cubrió como reportero para los diarios El Sol y La Voz. La recuperación de un valioso material inédito de aquellas históricas jornadas ha dado pie a este libro que proyecta desde el ámbito local una perspectiva general de lo que fue España entre 1923 y 1936. Alfonso Sánchez, uno de los periodistas gráficos más importantes del periodismo español de la época, y sus hijos Alfonsito, Luis y Pepe, estuvieron presentes en buena parte de los acontecimientos políticos, sociales y culturales más relevantes de aquellos años. A través de sus fantásticas imágenes –muchas de ellas sobradamente conocidas– el libro sigue el curso de la historia española y rescata la esencia de un tiempo de convulsión y de esperanzas.

El retrato del fin

El retrato del fin

El escritor y reportero Joseph Kessel y el fotógrafo Jean Moral viajaron a España en el otoño de 1938 para cubrir para Paris Match y Paris-Soir los últimos meses de la Guerra Civil. Ciertamente no fueron conscientes hasta pisar suelo español de que lo que iban a encontrar era el estertor de la contienda, el derrumbe de la esperanza republicana y el final de la resistencia heróica de Barcelona, Valencia y Madrid. Su decepción fue mayúscula. No llegaron a tiempo de recoger la épica de la batalla ni el entusiasmo de los primeros meses. Nada de esos quedaba ya en un país destrozado y a punto de ser sometido por completo a la bota del franquismo.

            El periodista de Le Monde, Michel Lefebvre, hijo de un republicano español, ha reunido en un libro de hermosa factura todas las crónicas publicadas por Kessel y las fotos de Moral que ilustraron sus reportajes. ("Kessel-Moral. Dos reporteros en la Guerra Civil Española". Inédita Editores). Es la imagen de la rendición, de la derrota de un pueblo que lleva dos años resistiendo lo inevitable. En su mayoría son imágenes que apenas se han difundido porque carecen seguramente del misticismo romántico de las de Capa, Alix, Centelles o Taro. A nadie la interesaba el fracaso, y a esas alturas no había otra cosa en el rostro de los españoles y en el paisaje de sus frustraciones. No hay ni una sola gota de idealismo ni de utopía, el edificio sobre el que se construyó el sueño de la revolución se había desmoronado estrepitosamente.

            Pero llama la atención sobremanera la atmósfera de normalidad en medio del caos, la naturalidad con la que los madrileños y barceloneses esperaban el desenlace final. Su dignidad estremeció a los dos reporteros franceses. Las bombas caían constantemente pero los bares, restaurantes y teatros seguían abiertos, fieles a su cita diaria. “Los refugios están atestados –escribe Kesse­l-, de gente que duerme bajo la asfixiante protección de la oscuridad, mientras en los teatros se actúa a la luz de los quinqués. En los clubes nocturnos, bajo la titilante llama de los quinqués de petróleo, obreros, soldados y policías hacen bailar a las chicas en medio de un coro de risas y gritos que salen de bocas invisibles”.

Los españoles se morían de hambre pero cuenta el reportero que nunca nadie le pidió ni un mendrugo de pan. “El hambre  de cigarrillos, el único confesable, obsesiona a hombres y mujeres por igual. Hasta he llegado a ver a hombres decentes seguirme por la calle para recoger del suelo mis colillas” afirma en una de sus crónicas. En otra de ellas se pregunta: “¿ cuál fue ese gobierno que, derrota tras derrota, logró poner en pie un ejército y mantener durante un año a la población civil en un estado de hambruna prácticamente crónica?”. Los reportajes de Kessel y Moral hablan del fracaso y, sobre todo, de la dignidad de un pueblo. La esperanza traicionera se ha esfumado pero se sigue cultivando un orgullo que bien podría confundirse con un mero instinto de supervivencia; un resorte natural que se activa cuando el ser humano contempla a la vuelta de la esquina el final.

Es eso lo que se desprende de las crónicas de los periodistas franceses. Quizá un brote de inconsciencia en un momento en el que ya nada importa, salvo el deseo de mantenerse en pie cueste lo que cueste. En un artículo publicado en noviembre del 38 en Barcelona recoge el testimonio de una mujer que le confiesa preferir el hambre y la muerte a la derrota. Escribe también de las costumbres inalteradas, de esos banquetes en el antiguo hotel Ritz en los que ahora el único manjar es un plato de lentejas duras como la piedra. Pero incluso en torno a ese plato putrefacto los madrileños se visten con sus mejores galas para engañar a la realidad. O ese cura que pide una oración en mitad de la misa por “los que van a morir” tras oír las sirenas que anuncian nuevos bombardeos. La normalidad de la tragedia impacta en cada texto.

Kessel volvió a Madrid con su hermano en febrero de 1939, cuando todo el mundo huía del país, cuando Barcelona ya había caído y la única esperanza era escapar. Lo que encontró es sobrecogedor: “Los dados están echados pero una parte importante de la población aún lo ignora, y agotada, se deja mecer por la calidez primaveral mientras los que saben temen represalias y otros, irreductibles, intentan aún desesperadamente inclinar hacia el otro lado la balanza del destino”. En tres meses la probabilidad de empeorar se ha cumplido. “El pasado noviembre a pesar de la hambruna y de los bombardeos, sus habitantes desprendían una alegría y una fuerza que ahora no se ve en ninguna parte”.

El final ya se conoce. Como dijo Gil de Biedma, la historia de España siempre acaba mal. Y los dos reporteros franceses llegaron a tiempo para testificar el final de un sueño de libertad que apenas duró cinco años. “Vaya y repita en Francia lo que acaba de oír” le dice un amigo republicano a Kessel, en un tono conminatorio que suena a súplica para suavizar las seguras represalias. El mismo tono utilizado por Azaña cuando pidió paz, piedad y perdón a los sublevados en su discurso de 1938. Nada de eso hubo.  

Fago (2)

Fago (2)

Después de ver el segundo capítulo de la serie televisiva “Fago” me escandaliza todavía más que la justicia no encuentre razones para retirarla. Las apelaciones al derecho a la libertad de expresión y un supuesto vacío legal han permitido la emisión de una nueva entrega que supera en desfachatez a la anterior. Ese vacío legal más bien parece un agujero negro por el que se escapa el sentido común y la decencia. La justicia tiene estas cosas. A veces no admite como prueba una grabación que deja en evidencia el delito, y en otras como ésta considera irrelevante el riesgo de intoxicación del tribunal popular que juzgará al supuesto autor del asesinato del alcalde de Fago.

            ¿Cómo es posible? A los que vivimos en estos valles nos resulta terriblemente familiar todo lo que vemos en esta serie. Demasiados lugares comunes y demasiada información que ahora aparece tergiversada o sesgada. Por eso nuestra indignación es mayor. Los que en algún momento de nuestra vida nos hemos cruzado con Miguel Grima sabemos que era una persona complicada pero nos vemos incapaces de juzgar todos los conflictos que protagonizó con algunos habitantes de Fago. Yo, al menos, carezco de la información suficiente para tener una opinión formada. Todos se hacían lenguas de lo que pasaba pero los comentarios no tenían otra categoría que la del rumor.

            Sin embargo, la serie ha diluido cualquier posibilidad de imparcialidad. Sus responsables se han decantado claramente por el espectáculo irresponsable y han construido una enloquecida parodia de la realidad de la que sale trasquilado el propio muerto. Parece ser que había dos bandos claramente definidos en el pueblo; los que defendían al alcalde y los que le odiaban a muerte. Pero en la serie sólo encontramos las razones de los segundos. Sabemos que la mayoría del pueblo le apoyaba y le votaba en las elecciones, pero en “Fago” este dato es simplemente un detalle menor. El retrato que se dibuja del edil ofrece los trazos inconfundibles de un déspota rural, un trasunto actualizado del viejo cacique de la Restauración.

            Este Grima televisivo está construido para ser odiado, para manipular desde el primer fotograma la conciencia todavía virgen de los espectadores. No hay contrapeso. Lo he podido comprobar con mis suegros. Ellos, que viven habitualmente fuera de España y desconocían lo ocurrido, se han formado inevitablemente una idea distorsionada del alcalde asesinado. Sus fuentes sólo son las televisivas y estas sólo escupen agua en una dirección. En un momento del capítulo el policía científico que dirige los interrogatorios espeta: “tengo la sensación de estar juzgando al muerto en vez de buscar a su asesino”.  Aterradora clarividencia.

            Dice Melchor Miralles que la serie se ha basado escrupulosamente en el sumario del caso y en las declaraciones de los vecinos de Fago. Mentira.  Si fuera así, el resultado de este producto televisivo sería otro. Pero es la marca de la casa. Ya se sabe que en la factoría de Miralles se aplica aquél viejo axioma periodístico de que una verdad no te puede quitar una gran noticia. Aquí la verdad sería la justicia pero los productores optan por inflar a quienes se la toman por su cuenta. Luego lo decoran con la salmodia habitual del periodismo corporativo sobre el derecho a la libertad de expresión, y se acabó el debate.

            “Fago” es una serie muy mala y muy cutre. Los actores sobreactúan, el guión es pésimo, las situaciones improvisadas, los personajes no se los traga nadie… pero todo esto pasa desapercibido ante la dimensión de su inmoralidad conceptual. La mano de Miralles es muy alargada y alcanza hasta a algunos de los protagonistas; esos vascos de inconfundible estética abertzale y patriotismo fingido que el productor pagaría por que pertenecieran a un comando etarra. Entonces “Fago” ya sería la hostia.

 

“Fago” fue visto en la noche del lunes por 4.766.00 millones de espectadores, un millón más que en el primer capítulo.

Mallos

Mallos

Inmensos y solitarios, los mallos singularizan el paisaje de las sierras exteriores del Pirineo central. No pertenecen al perfil grandioso de la cordillera axial pero rivalizan en espectacularidad y asombro. Riglos, Agüero, Vadiello... grandes torres de conglomerado surgidas de la nada, ancladas como barcos varados en medio de paisajes que no están a la altura de las circunstancias de la naturaleza. Los mallos, topónimo aragonés derivado del latín malleus “mazo”,  son  grandes escarpes rocosos de rotunda verticalidad,  adosados en la ladera de una montaña. Nacieron en la era terciaria de un antiguo cono de deyección constituido por una masa de conglomerados que se depositaron en el borde externo de la cordillera pirenaica. Estos deshechos adquirieron vida propia y se transformaron en sugerentes y altivas formaciones graníticas tan salvajemente bellas que se instalaron en el imaginario popular como obra de seres malignos. Sólo una mente diabólica podía ser capaz de tamaño reto a la madre naturaleza.            

Y así durante la oscura Edad Media los mallos, principalmente los de Riglos y Agüero, fueron habitados por seres malignos que protegían las formaciones rocosas y sus privilegiadas perspectivas. En este tiempo Riglos fue el efímero Reino de los Mallos, cuando a su muerte Pedro I dejó  en herencia a su esposa Doña Berta Cruz,  el único paisaje que podía compararse a su belleza y dignidad. Poco después Alfonso I el Batallador recuperó los territorios para el Reino de Aragón y rompió con su espada aquel sueño de amor.           

En esos riscos imposibles Pedro el Saltamontes labró su leyenda de saltador prodigioso y atleta memorable. Una vez apostó con los vecinos que podía saltar desde el Pisón, el mallo más alto de Riglos, al suelo sin sufrir daño alguno. Sólo puso como condición que los espectadores se alejaran del lugar de caída “para verle mejor”. Nada más saltar corrió con su mujer y el dinero de la apuesta en dirección contraria y nunca más se supo de él. Los mallos mantienen intacta la magia que azuza retos humanos y nuevas conquistas. Paraíso de sueños montañeros y buitres que realzan con su sereno vuelo la altivez y majestuosidad de una verticalidad natural sobrecogedora.

Fago

Fago

A Fago le han estigmatizado para siempre. La repugnante serie que emite la televisión pública desde el pasado lunes ha vinculado definitivamente el nombre de la localidad pirenaica con las más tenebrosas pulsiones humanas. Una versión moderna del clásico Fuenteovejuna pero sin el matiz heroico y de justicia social de la obra de Lope de Vega. En este Fago televisivo todo huele a espectáculo inmoral. Sus responsables se desentienden de la polémica y aseguran que han querido hacer una historia de ficción a partir de un suceso real, lo que los ingleses llaman “faction”. Sólo les ha faltado decir que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia y que los protagonistas son personajes creados por la imaginación del director.

            Detrás de este esperpento está el periodista Melchor Miralles, todo un experto en construir conjuras imposibles y escándalos mediáticos al abrigo de su padrino profesional; Pedro J. Ramírez. Por lo tanto, el resultado de este despropósito está en la línea de su conocidísima trayectoria profesional. Sus últimos y más llamativos capítulos se pueden encontrar en la serie por entregas que el diario El Mundo nos ofreció hace unos meses sobre los atentados del 11 M. En ella se disparaba munición sin discreción para intentar argumentar la insólita teoría según la cual, ETA, el PSOE, el gobierno de Marruecos, la Policía, un puñado de confidentes, seguramente el mismísimo Bin Laden y el Atlhetic de Bilbao se habían puesto de acuerdo para hacer los atentados con el fin de echar del poder al PP.

            De esta esquizofrenia periodística nacían perlas como la famosa cinta de la Orquesta Mondragón, transformada de repente en una credencial de la cooperativa vasca, que desde hace años se empeñan en vincular con ETA desde los medios más conservadores de Madrid. Cosas como ésta son fruto de esas investigaciones periodísticas tan al gusto de Miralles, siempre a marchamartillo caiga quien caiga.

Pues este Fago televisivo es primo hermano de los productos de la factoría Miralles. Se cogen cuatro datos verídicos, se revuelven con cuatro certezas de cosecha propia, se eliminan algunas verdades incomodas y todo se agita para que parezca lo que tiene que parecer. Mejor dicho; lo que nos interesa que parezca. El morbo ante todo.

Que existía y existe un conflicto entre los vecinos de Fago es una evidencia. Que supuestamente uno de esos vecinos asesinó al alcalde parece otra evidencia. Que el alcalde tenía problemas con parte del pueblo es otra prueba. Que lo que pasaba en Fago es la historia eterna de desencuentros en el endogámico mundo rural es algo que sabe todo el que tiene relación con cualquier pueblo de este país. Pero nada de eso tiene que ver con el planteamiento tendencioso de la serie, teledirigido desde la primera escena para contextualizar el asesinato y, de paso, implicar implícitamente a la mitad del pueblo en su ejecución.

La serie televisiva es un insulto a la inteligencia y un mediocre trabajo profesional. Actores  de registro plano, biotipos convenientemente enfatizados, lugares comunes y un mejunje de hechos verídicos y otros completamente falsos componen este bodrio infame producido a mayor gloria del share. La escena final de la pelea entre los dos bloques en mitad de la plaza es sencillamente una desfachatez. Nunca ocurrió pero los cerca de cuatro millones de espectadores que la vieron difícilmente podrán desligarse ya de una idea que sobrevuela toda la serie: en el Pirineo hay pueblos en los que mejor no acercarse.

Eminencias (2)

Eminencias (2)

Los que hemos estudiado en colegio de curas sabemos que, al igual que en las películas policiacas de Serie B, siempre está el cura bueno y el cura malo. Pero conviene no confundirse. Hay polis que por exigencias del guión son tipos verdaderamente honestos y entregados a su profesión, convencidos de que han nacido para servir al prójimo con entera dedicación. Buenos padres de familia y mejores profesionales. Alguno pensará que policía bueno es un oximorón, una falsa apariencia, pero como decía antes, son exigencias del guión y ahí reside su pureza.

            Sin embargo el cura bueno es una especie más difícil de catalogar. Los que hemos estudiado en colegio de curas sabemos que al cura malo se le veía venir; primero porque la fama le precedía y en segundo lugar porque no hacía absolutamente nada contradictorio con su leyenda. Si era un cabrón, lo era desde que se levantaba hasta que se acostaba.

            El cura bueno era peor. Solía utilizar tu mismo lenguaje, manejaba sutiles pero muy efectivas tácticas de acercamiento y penetración en el grupo, muchas veces jugaba contigo a fútbol o baloncesto y en el colmo del buen rollo ejercía en ocasiones de confidente de la tropa de imberbes. Cuando tú bajabas la guardia convencido de que era uno de los tuyos, cuando el instinto de supervivencia flaqueaba... ¡zas! Surgía el verdadero rostro del cura bueno, que era tan fiero como el del cura malo. Es decir; que te daba las mismas hostias con el agravante de que no te las esperabas. Casi siempre eran por detrás, para despistar, entre la colleja y la oreja, en ese territorio habituado a grandes batallas y grandes derrotas, objeto de todos los fracasos y todos los mamporros. Y siempre con la mano abierta.

            Venía a cuento este devaneo nostálgico tipo “historias de la puta mili” porque el individuo de la foto de arriba es, sin duda, el rostro del cura malo malísimo, ese que imponía un permanente estado de terror allá por donde pisaba. Miro la foto una y otra vez y siento un permanente “Deja Vu”. La diferencia es que aquellos curas de nuestra infancia, como mucho, nos dieron un inagotable arsenal memorístico para aburrir a nuestros nietos y la conciencia del sistema pedagógico que abominamos.

            El de la foto, sin embargo, tiene más poder y, por lo tanto más peligro. Antonio María Rouco Varela, Tucho para los amigos, ha vuelto a ser elegido jefe de los obispos españoles, si es que alguna vez había dejado de serlo. Es el jefe de esa iglesia reaccionaria y carpetovetónica que financia una emisora de radio donde se dicen cosas tan tremendas como que la victoria de Zapatero del domingo es como la de Hitler en 1933. O donde se acusa a Pilar Manjón de haber fingido las lágrimas y haber hecho teatro en su comparecencia ante la Comisión de Investigación del 11 M.

            Es la misma iglesia que no ha tenido pudor alguno en pedir el voto al PP en las últimas elecciones. Que ha alimentado en homilías y cartas pastorales la teoría de la conspiración en los atentados de Atocha y ha abierto un enfrentamiento directo contra el gobierno democrático español al sentirse ultrajada por las medidas sociales y de igualdad aplicadas en estos últimos cuatro años. La misma iglesia que se encolerizó con la Ley de Memoria Histórica y al día siguiente beatificó a más de 500 curas muertos en el bando nacional durante la Guerra Civil.

            Una iglesia que no difiere mucho de aquella que en 1937 escribió una carta colectiva de apoyo al golpe de estado de Franco en la que decía que “fue el poder Ejecutivo del Estado con sus prácticas de gobierno, el que se empeñó en torcer bruscamente la ruta de nuestra historia en un sentido totalmente contrario a la naturaleza y exigencias del espíritu nacional, y especialmente opuesto al sentido religioso predominante en el país”. ¿Les suena? Insisto, esto fue escrito en 1937, aunque nos parezca que lo escuchamos ayer en la emisora de la Conferencia Episcopal.

            El teólogo Juan José Tamayo escribía recientemente que el estado tiene un problema pendiente con la religión; con la católica fundamentalmente. Al margen de proponer tres medidas para resolver esta situación insólita en cualquier país occidental (supresión de la financiación de la iglesia, nueva Ley de Libertad de Conciencia y Libertad Religiosa y un estatuto de laicidad), denunciaba con razón la actitud de nuestros políticos. “No dice mucho a favor de la laicidad del Estado la reiterada presencia de representantes de las distintas instituciones públicas en ceremonias religiosas de profundo significado simbólico como procesiones, funerales católicos llamados de “Estado”, elevación de obispos españoles al cardenalato, canonizaciones, beatificaciones, etc. Esa presencia choca con la no menos reiterada ausencia de autoridades políticas del mismo rango en otras confesiones religiosas”.

            Ahora que se acerca la Semana Santa vamos a volver a asistir a ese ritual que, para sorpresa de muchos, ya nadie cuestiona, ni siquiera la mayoría de nuestros amigos que consideramos de izquierdas. “Es la costumbre” me suelen decir. Hay que joderse. Valle Inclán decía al respecto que en cuestiones religiosas España es un país tercermundista. También el escritor Adolfo García recordaba con tino hace unos días que la iglesia católica y el islam “viejos enemigos mutuos a sangre y fuego, están íntimamente unidos  hasta el punto de coincidir en lo más paradigmático de su esencia común: la manipulación de la verdad, y con ello la manipulación de las vidas y los derechos de las personas, evitando su progreso hacia la libertad y legislando el hechizo inmovilista del origen”.           

            Cuando Rouco Varela dice que las políticas de progreso tienden hacia el relativismo y el fin de la democracia, cuando suelta los fantasmas del Apocalipsis a pasear, cuando denuncia que la asignatura de Educación para la Ciudadanía manipula conciencias, cuando defiende exclusivamente su modelo tradicional de familia, cuando niega los derechos de los homosexuales... cada vez que dice una estupidez de este calibre la iglesia refuerza su posición en la retaguardia de la sociedad, donde siempre estuvo y donde más cómoda se encuentra. Es el momento de que la sociedad coja distancia y escape de su alargada sombra.

El roto

El roto

Cuando la democracia es un combate.

Xavi Brescó

Xavi Brescó

En Casa Escolá siempre se había hecho chocolate. Así al menos se lo repetían los más viejos del lugar a Francisco Brescó, propietario de la tienda de ultramarinos de la calle Mayor de Benabarre.

            El suyo era el colmado de toda la vida, una especie del medio rural en peligro de extinción, en el que se vendía desde pan hasta la última urgencia cotidiana. En la memoria del pueblo todavía flotaba el aroma difuso a chocolate negro, como incierta huella de un pasado no demasiado remoto.

            Y resultó ser cierto. En 1985 Francisco Brescó descubrió en el altillo de la casa los viejos manuscritos del abuelo con las recetas de la elaboración del chocolate y los instrumentos con los que se hacía. Los viejos del pueblo tenían razón.

            Aquél hallazgo tenía la forma de una herencia tardía. El abuelo había fabricado chocolate hasta que su muerte en 1936 truncó una tradición que, parece ser, se remontaba hasta 1830. Demasiado peso familiar para obviarlo.

            El chocolate pasó a ser otra vez el alma de la economía de Casa Escolá. Francisco Brescó falleció en un desgraciado accidente en 2003 y su hijo Xavi, que estudiaba en el seminario de Barbastro, decidió colgar los libros para continuar con la tradición familiar. “Yo trabajaba con mi padre en verano y en vacaciones. Recordaba de niño que él había empezado a trabajar con el chocolate y que pasaba horas en el obrador. Yo me fijaba en cómo lo hacía y con esos recuerdos comencé a fabricarlo yo. Alguna vez se me quemó pero he progresado”.

            Xavi ha madurado con rapidez. Con quince años apartó las inquietudes de un adolescente y se puso al frente de una empresa familiar que crecía gracias al chocolate de piedra, elaborado casi con los mismos métodos rudimentarios que utilizaba el bisabuelo. “No han cambiado muchas cosas. Evidentemente hemos incorporado máquinas que nos permiten producir más cantidad para responder a la gran demanda que tenemos, pero modernizarse mucho supone perder el sello de artesano y es llevar también la herencia de mis antepasados a la nada”.

            Ha recibido clases del gran pastelero catalán Lluis Morera, que trabajó muchos años en la prestigiosa marca Valor. “Él me está formando para dar el salto de calidad que pretendemos, sin perder nuestra esencia”. Y sobre esa delgada línea  han construido un sello propio apoyado en una amplia gama de productos que abarca desde el chocolate negro clásico (50% de cacaco) hasta el novedoso chocolate con frutas del bosque o naranja, los bombones de coca-cola y los que llevan maíz salado. “Tenemos más de cien tipos de bombones y chocolates de todo tipo. Tenemos puntos de distribución en todo el Pirineo oscense y catalán, en algunos puntos del país y en Japón, Alemania e Inglaterra”.

            Hace cuatro años abrieron una nueva nave al pie de la carretera N-230 en la que trabajan siete personas. “Con los embutidos y los quesos somos los tres pilares de la economía local. Yo siempre tuve muy claro que tenía que continuar con esto por mi familia y también por Benabarre, porque nuestro chocolate trae turismo y se nos conoce fuera. Soy feliz aquí, soy montañés y aragonés hasta la médula, sólo hace falta que nos den oportunidades para quedarnos aquí. Yo la he tenido”.

La foto es de Jacques Valat y pertenece a la exposición "El rostro del Pirineo" de la Diputación Provincial de Huesca