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Juan Gavasa

Jornadas Republicanas en Huesca

Jornadas Republicanas en Huesca

Sábado día 12:

11h Ofrenda floral en las trincheras de Tierz.

Intervendrá Michel Latre, vicepresidente de la MER

                                                                                 

12h Homenaje en el local social de Tierz a los combatientes del POUM y

CNT. Intervendrán los historiadores Raúl Mateo, por CNT, y Andy Durgan por la Fundación “Andreu Nin”

 

14h Comida en el Hotel Esperanza

 

19h DPH. Homenaje a Martín Arnal, combatiente cenetista.

Actuará como mantenedor el historiador José. Mª Azpiroz

 

Domingo día 13:

10h Visita a la Sierra de Alcubierre y ofrenda a los combatientes

 

12h Homenaje en Tardienta a la Columna “Carlos Marx” con proyección de fotografías en el local municipal. Intervendrán Ernesto Baringo, socialista, y José Mª Ballestín secretario del PCE-PCA

 

14h Comida de “trinchera” en el aeródromo de Tardienta

 

Lunes día 14:  

16.30h Visita a las tumbas de los Mártires de la II República en el Cementerio Municipal.

Ofrendas musicales, florales y poéticas.

 

20h Conferencia “La II República: historia y recuerdo”:

Julián Casanova, catedrático de la Universidad de Zaragoza.

 

22h Tradicional cena popular en el Camping San Jorge de Huesca

 

Martes día 15:

20h Conferencia “Las misiones pedagógicas en los tiempos de la gran

ilusión”: Víctor Juan, director del Museo Pedagógico de Aragón.

Proyección del documental de Gonzalo Tapia:“Las misiones pedagógicas”

 

Miércoles día 16:

20h Conferencia “La revista Talión y el germen de la II República en Huesca”:

José Domingo Dueñas coordinador del Centro de Estudios Senderianos.

 

Jueves día 17: 

20h Proyección de la película de 1932: “La Proclamación de la II República.

Cómo nació la República Española”: presentará Manuel Benito     

                               

Viernes día 18:

20h Presentación del libro “Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la sublevación de Jaca. 1923-1936” Juan José Oña (Pirineum Editorial)

 

Las conferencias tendrán lugar a las 20.00 horas en el Salón de Actos de la Diputación Provincial de Huesca. Durante las jornadas podrá visitarse en la Sala Saura de la DPH en horario de 18 a 21 horas la exposición itinerante de la Fundación Anselmo Lorenzo de carteles y fotografías sobre la Guerra Civil.

 

Cerler

Cerler

Cerler ya estaba antes de que llegara la estación de esquí en 1970. En los libros de historia apenas se localizan referencias y los viajeros decimonónicos parece que nunca se interesaron por su existencia, pero el origen de esta pequeña aldea está documentado en el siglo IX. Ahora Cerler sólo es el nombre de uno de los centros invernales más pujantes del estado, pero en medio de un urbanismo estereotipado sobrevive el núcleo histórico, apiñado y protegido de los golpes de aire del desarrollo.

La imagen de Cerler se ha ido moldeando en las últimas décadas a base de tópicos y lugares comunes que, de tanto usarse, han acabado transformándose en un trasunto de su historia real. Las duras rampas del mítico Ampriú que hay que ascender para alcanzar el pueblo han sido escenario tradicional de la épica ciclista nacional. Todavía son muchos los que se sorprenden al descubrir que junto a la estación de esquí hay un pequeño núcleo de casas ajeno a las nuevas urbanizaciones. Y tan eterno como intrascendente será el debate sobre si Cerler es el pueblo más alto del Pirineo o el honor lo tiene que discutir con la cercana Villarrué.

“La verdad es que Cerler casi se ha tenido que reinventar a sí mismo y escribir una nueva historia. Poco se sabe del pueblo porque en la Guerra Civil todos los archivos fueron destruidos y casi toda nuestra historia se fue con ellos” apunta Luis Cornell, concejal pedáneo de Cerler (el núcleo pertenece al ayuntamiento de Benasque), y propietario de Casa Cornell, probablemente el edificio más antiguo y de mayor valor arquitectónico que se conserva en el pueblo.

La antigua residencia de Pedro Cornell, Obispo de Tarazona en el siglo XV, es hoy un coqueto hotel que conserva la casa-patio como ejemplo casi paradigmático de planta baja protegida por un pórtico abierto al patio descubierto del interior. Los Cornell son una estirpe de tradición centenaria en el valle. Hidalgos, curas, militares e incluso un ministro jalonan el árbol genealógico de una de las familias más influyentes de la zona.

“Su importancia se extendía al otro lado del Pirineo –señala el arqueólogo José Luis Ona-. Está documentado que durante siglos los grandiosos rebaños de la familia, compuestos por cerca de cuatro mil ovejas, cruzaban los puertos a más de 2.400 metros de altitud y pastaban en la vertiente norte en Luchon, a diferencia del resto de ganaderías que bajaban en invierno al llano. Se sabe que uno de los Cornell pleiteó incluso con la Orden de Malta francesa en los tribunales parisinos por los derechos de uso de los pastos”.

La anécdota histórica pone de relieve el peso económico que tuvo Cerler en su entorno durante varios siglos, aunque como reconoce Ona, “ha sido siempre una aldea de Benasque y siempre estuvo a la sombra de ésta, por eso su arquitectura es sencilla y austera”. El caso es que el casco urbano se erige casi intacto en contraste con las urbanizaciones de dudoso gusto que se levantaron al noreste en la década de los 70 del pasado siglo al calor de la estación de esquí.

Las normas urbanísticas llegaron a tiempo para proteger el pasado y aislarlo de las veleidades arquitectónicas posteriores. Casa Betrán, Santa Maria, Pepe, Casalero, Antondos, Barbero, Marta y Caballé componen el itinerario obligado que repasa la austeridad formal de la arquitectura popular de la zona. Una ortodoxia de piedra, forja, madera y pizarra que se repite de forma invariable por sus calles.

La del Obispo es la principal, atraviesa el pueblo desde la entrada hasta la plaza Mayor y recibe como afluentes otras vías menores de factura impecable: La Fuente, Fuendemuro, Camino Benasque... Y es que hasta que llegaron los remontes a Cerler, el único acceso al pueblo era un camino de herradura que costaba transitar casi una hora y que partía desde el puesto de la Cruz Roja de Benasque. Merece la pena echarle un vistazo ahora y convenir que treinta años no son nada.

Eugenio Saura sabe bien lo que es el aislamiento. Durante muchos años se dedicó a la cría de mulas como otros muchos del pueblo. De hecho,  Cerler tenía fama de ser el lugar donde mejor se domaba la cabaña mular. “Las domábamos durante tres o cuatro años y luego las vendíamos en las ferias de Barbastro y Graus. Íbamos andando durante tres días en pleno diciembre, era tremendo”.

Las cosas han cambiado tanto que la narración de Eugenio parece inmersa en plena edad media. Hoy el perfecto empredrado de las calles de Cerler sólo sostiene el paso de los turistas y las furgonetas de las empresas de construcción. En el valle se han creado decenas y no llegan a todos los tajos que les demandan. Las antiguas casas y los edificios agropecuarios han mudado sus usos añejos y se reinventan como hoteles, viviendas de turismo rural y restaurantes. En Cerler hay una oferta gastronómica envidiable.

José Solana, de 85 años, es un buen ejemplo. Ha convertido la soberbia casa familiar en un alojamiento turístico con vistas privilegiadas a todo el valle en plena plaza Mayor, frente a la iglesia. “todos hemos tenido que adaptarnos. Las cosas cambiaron muchísimo cuando llegó la estación y ahora está claro que el turismo es nuestra economía”. Sólo casa Paulo y Casa Poca tienen vacas y en casa Caballé y Batista todavía conservan pequeños rebaños de ovejas. Son los últimos de una larga tradición ganadera en vías de extinción. Cerler ya es sólo nieve.

El pueblo Estación

La historia de Cerler está inevitablemente unida a la estación de esquí creada en 1970. Hasta entonces el pequeño pueblo encaramado sobre Benasque no era más que un conjunto de casas apiñadas de difícil acceso e improbable futuro. Situado a 1540 metros de altitud, el núcleo se forjó en una economía de subsistencia  expresada tanto en su arquitectura como en su proyección exterior. A mediados del pasado siglo explotó una cercana mina de pirita que no fue capaz de alterar el retroceso demográfico.

            Tras la crisis de los años 80, la entrada de la sociedad mixta ARAMON en el accionariado de la estación de esquí ha provocado un renacimiento del centro invernal y de las expectativas de desarrollo de todo el valle. En la última década Cerler ha visto duplicada su población estable hasta alcanzar los 300 habitantes, un fenómeno que rompe la tendencia general del resto del Pirineo. Hace 8 años reabrió su escuela después de décadas de silencio y este curso tiene dos aulas de infantil y primaria. 

Este reportaje publicado en el número 55 de la revista El Mundo de los Pirineos recibió el primer premio de registros periodísticos del Certamen Literario "Villa de Benasque" fallado el pasado sábado.

Alfonso

Alfonso

El próximo 18 de abril presentaremos a las 20.00 horas en el Salón de Actos de la DPH en Huesca el libro "Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la sublevación de Jaca. 1923-1936". Al día siguiente será la presentación en Jaca a las 20.30 horas en la Casa de la Cultura y el 16 de mayo en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés en Zaragoza.

 

Alfonso Sánchez García nació accidentalmente en Ciudad Real en 1880 pero vivió prácticamente toda su vida en Madrid. Su padre, un antiguo republicano dedicado al inestable negocio teatral, falleció en 1891 y Alfonso tuvo que dejar la Escuela de Artes y oficios para contribuir al sustento familiar. Son duros años de vagar de tajo en tajo en un Madrid que sigue siendo un poblachón áspero de profundas desigualdades.

            Con 15 años accede como aprendiz al estudio de Amador, uno de los retratistas más conocidos de la capital. En ese estudio se brega haciendo fotos de bodas, banquetes y acontecimientos sociales dentro de los equipos ambulantes, que recorrían la ciudad buscando negocio. En esos años consigue su primera “exclusiva”; fotografía el cuerpo incorrupto de San Isidro en una de las raras exposiciones públicas que se hacía en su ermita.

            En 1897 lo contrata Manuel Compañy, uno de los mejores fotógrafos de Madrid. Su aprendizaje del oficio es constante y muy pronto muestra dotes innatas para la cámara. Se especializa en estrenos teatrales y comienza a trabar relación con destacados personajes del periodismo y la política de la época como Joaquín Costa, Mariano de Cavia o Joaquín Dicenta.

            En 1904 lo ficha El Gráfico, el primer diario ilustrado que aparece en España. Será su director, Julio Burell, el que decida firmarle las fotos simplemente con su nombre de pila, “Alfonso”. Acababa de crear una marca que será un referente del periodismo gráfico español. Trabaja después para El Imparcial de Eduardo Gasset, un personaje que tendrá gran influencia en su carrera, y sigue fomentando una de sus especialidades; el retrato.

            En 1907 comienza a trabajar con el Heraldo de Madrid y con el resto de cabeceras de la Sociedad Editora Española: El Imparcial y El Liberal. En 1909 viaja con el director de El Heraldo, José Rocamora, a cubrir la guerra de Marruecos. Una experiencia traumática que, sin duda, le marcará. Permaneció tres meses en los que apenas pudo ejercer su oficio. Contaba su hijo tiempo después que “la matanza de soldados españoles fue tan copiosa que mi padre tuvo que soltar la cámara para dedicarse a transportar en camilla a los heridos. Caían por todas partes”. Alfonso fue condecorado con la Medalla de Campaña de distintivo rojo.

            El fotógrafo madrileño se convierte en el más importante de la capital. Sus fotos ilustran los principales periódicos y revistas de la época y su prestigio crece con cada nuevo trabajo. En 1910 abre su flamante estudio en la calle Fuencarral, que se convierte en obligado punto de encuentro para toda la fauna de bohemios, intelectuales, políticos, periodistas y artistas del Madrid más farandulero. Todos los que son o aspiran a serlo pasan a formar parte del catálogo de celebridades que Alfonso fotografía: Valle Inclán, Emilia Pardo Bazán, los hermanos Machado, Pío Baroja, Ortega y Gasset, Blasco Ibáñez, Alejandro Lerroux, La Chelito, Raquel Meller, Margarita Xirgú…

            En estos años la cámara de Alfonso está presente en todo lo que se mueve. La muerte de Joselito, la primera reunión del Gobierno provisional de la república portuguesa, la foto de Pedro Mateu, uno de los tres anarquistas que atentó contra Eduardo Dato; la foto del capitán Sánchez vestido de militar (autor de uno de los crímenes más famosos de la época); o la huelga general revolucionaria de 1917.

            Tres años después se hace cargo de la sección gráfica del recién nacido diario La Voz, que ya entonces tiraba 150.000 ejemplares diarios. Trabaja con Manuel Machado y Luis de Oteyza en el democrático y progresista La Libertad, y sigue dedicado al retrato, una actividad que le distingue del resto de sus compañeros de profesión.

            En 1922 entra en escena su hijo Alfonso, que inevitablemente pasa a ser conocido en el gremio con el diminutivo de Alfonsito. Su padre le manda en compañía de Oteyza a Marruecos para recoger el desastre de las tropas españolas en Annual. Consiguen una exclusiva mundial: la entrevista con el líder de los insurrectos rifeños Abd-el-Krim. El hijo se revela como un fotógrafo de gran talento y perspicacia, digno sucesor de su progenitor. Poco a poco se van incorporando al negocio sus otros dos hijos, Pepe y Luis, y la firma Alfonso se convierte en una agencia de distribución de fotografías para España y el extranjero. Nace la Agencia Gráfica Alfonso, en la que llegarán a trabajar 23 personas. El fantástico logotipo diseñado por Manuel Torán se afianza como un excelente emblema gráfico que representa a una de las sagas fotográficas más importantes del país.

            Alfonsito, que había crecido entre cubetas, reveladores y magnesio, será el único que tendrá una sólida carrera como reportero. En esos años se editaban en el país 11 revistas ilustradas de gran calidad, algunas de ellas de resonantes evocaciones como Blanco y Negro, Nuevo Mundo, Mundo Gráfico o La Esfera. En ese Madrid lúgubre en el que pululan toda clase de buscavidas, traperos, cacharreros y bohemios, la actividad editorial resulta pletórica. Y los Alfonso ponen la imagen a esa ingente producción.

            Según señala el historiador Publio López Mondéjar, “la figura gigante de Alfonso dejó siempre en la sombra a sus hijos y colaboradores, que nunca pasaron de ocupar un lugar subalterno y segundón en la jerarquía profesional de la casa”. En los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera y durante la Segunda República se puede asegurar que los hijos fueron los autores de buena parte de las fotografías del archivo Alfonso, aunque López Mondéjar matiza que “lo único que resulta hoy incuestionable es la responsabilidad del fundador de la firma en la planificación y tramitación de los reportajes”. Así se entiende la nebulosa que ha rodeado la autoría de las placas que integran el archivo Alfonso, más aún en un tiempo en el que el concepto de los derechos de autor no existía y los fotógrafos solían pasarse las copias sin ningún problema.

            Alfonso reparte juego entre sus hijos y fortalece la imagen de marca de la Agencia. Llegan a casi todos los puntos noticiables del país y siguen extendiendo una eficaz red de contactos personales y relaciones públicas, una de las virtudes que más contribuyó a construir el inmenso catálogo de fotos y de retratos. Alfonsito, por ejemplo, se especializa en la parte más sórdida y deprimente del país, dotando a su trabajo de un apreciable contenido social. Luis y Pepe se mueven mejor por el mundo del deporte y del teatro. El padre dirige a todos. En 1930 era el único periodista gráfico de Madrid que figuraba como redactor con contrato.

            Durante la nefasta dictadura de Primo de Rivera Alfonso se relaciona con Azaña, Besteiro, Ortega y Gasset, Alcalá Zamora o Gregorio Marañón, las figuras que a partir de 1931 asumirán las riendas del país. Esas amistades explican en cierto sentido que durante la Segunda República Alfonso alcance su madurez profesional y realice sus mejores reportajes. El ministro republicano Diego Martínez Barrio dijo de Alfonso que “es un singular artista que está haciendo estéticamente la historia de una época. Sus fotografías son inexcusables para acercarse a la historia de España de este siglo”.

            Pero llegó la Guerra Civil y como tantos otros artistas y creadores, los Alfonso sufrieron la represión de los vencedores. Durante la contienda se identificaron con la causa republicana al igual que algunos compañeros de profesión como Centelles o Díaz Casariego. Pero nunca mostraron especial interés por la fotografía propagandística del frente. Sus mejores fotos de esos tres años están tomadas en la retaguardia, con la miseria de la vida cotidiana. Aun con todo ofrecieron al mundo a través de revistas como Life, Regard o L’Illustration los muertos en el asalto al Cuartel de la Montaña, la batalla de Teruel o a un decrépito Julián Besteiro anunciando el fin de la resistencia de Madrid.

            Acabada la guerra los Alfonso fueron depurados y se les prohibió ejercer el periodismo gráfico. Semidestruido el estudio de la calle Fuencarral, se trasladaron a otro más modesto en la calle Santa Engracia antes de instalarse definitivamente en la Gran Vía. Alfonso comenzó a hacer retratos de los personajes del nuevo régimen que le permitieron con los años rehabilitarse. Pero nada de la alegría y del optimismo del pasado volverían a sus fotografías. El Alfonso reportero acabó para siempre. Tampoco los franquistas olvidaron su pasado republicano. En El Alcázar se publicaba una carta conminatoria: “que trabaje, pero en silencio, sin ruido, porque no se puede provocar a los que tenemos memoria”.

            Pese a todo, en 1949 Alfonso hace un retrato de Franco para el ABC y El Alcazar. Será su último trabajo de relevancia. Tres años después son rehabilitados como reporteros gráficos pero ya no ejercerán. En 1953 muere Alfonso y con él los estertores de un prestigio marchito. Sus hijos mantendrán a duras penas el nombre de la casa, pero ahora con el trabajo de las bodas, bautizos y comuniones. Eran tiempos de subsistencia. Alfonsito, entregado en los últimos años de su vida a conservar el inmenso legado familiar, muere en 1990.

 

 

Foto: Manuel Azaña en un mitin en 1933 (Alfonso. VEGAP, Huesca 2008). La foto está extraída del libro "Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y  la sublevación de Jaca. 1923-1936".

Laicismo

Laicismo

El pasado sábado el suplemento Babelia de El País publicaba una inteligente conversación entre dos escritores brillantes y mordaces: Eduardo Mendoza y Fernando Savater. El encuentro entre los dos viejos amigos giraba en torno al libro recién publicado por el primero, “El asombroso viaje de Pomponio Flato” (Seix Barral), una hilarante novela de crímenes en la mejor línea cómica de Mendoza, ambientada en la Galilea de Augusto y Herodes. He comenzado a leerla y desde la primera página el escritor catalán ofrece muestras de haber recuperado el músculo ingenioso que se le había atrofiado tras “La aventura del tocador de señoras”.

            Volviendo a la conversación entre Mendoza y Savater, ésta giraba fundamentalmente en torno a la religión, o “a la cuestión pendiente de la religión”, como se solían referir los políticos durante la Segunda República. Una cuestión pendiente desde los anhelos liberales de los primeros Ilustrados españoles hasta esta democracia supuestamente consolidada y madura en la que nos encontramos. Inevitable es sospechar de esta madurez en una sociedad en la que todavía se producen debates al respecto propios de ensayos democráticos abocados al fracaso. No es el caso, pero es evidente que la fractura provocada por los cuarenta años de dictadura no se ha logrado recomponer y todavía existen amplios sectores sociales que defienden la existencia de una iglesia católica que, como afirmaba el escritor Juan Cruz: “ha tomado en su mano, de manera infame, el tópico de la ultraderecha, que la democracia no tiene derecho a existir sin tutelas: sin la tutela del Ejército, sin la tutela de Dios”.

            Era Bertrand Russell en su ensayo “Por qué no soy cristiano” el que ya alertaba en 1927 que “el hombre que posee el arte de despertar el instinto de persecución de la masa tiene un poder particular para el mal. (…) Contra este peligro, la protección principal es una educación sana destinada a combatir las inclinaciones a las explosiones irracionales de odio colectivo”. Russell fue encarcelado en dos ocasiones por decir cosas como ésta.

            La iglesia católica sabe muy bien que lo que advertía el filósofo británico era una verdad palmaria y por eso nunca despreció sus enseñanzas; muy al contrario, las aplicó con eficacia a lo largo de la historia y con especial énfasis durante el siglo XX. Savater cree que “la religión cristiana ha sido domesticada por el mundo civil”, y puede que tenga razón. Pero lo que no ha conseguido la sociedad civil española es que la iglesia católica asuma su subordinación al poder civil. Con el arma arrojadiza del laicismo el clero ha pretendido construir una supuesta conjura política y social de extrema izquierda que, a su juicio,  sólo pretende acabar con la libertad de expresión y por extensión con la religiosa. Sorprende este repentino interés de la iglesia católica por defender la libertad del individuo, cuando nunca a lo largo de su historia la ha practicado.

            Y aquí encontramos una nueva mentira; la perversa manipulación de los conceptos laicidad y laicismo. Como recordaba recientemente Gregorio Peces Barba, “la persona de fe, el creyente, está protegido en las sociedades democráticas modernas por la libertad ideológica o religiosa y por las instituciones y los procedimientos de una democracia laica. La laicidad supone respeto para los que profesan cualquier religión, mientras que personas e instituciones religiosas con visiones integristas o totalizadores, lo que abunda en sectores católicos antimodernos, no respetan al no creyente”. Es, por lo tanto, necesario aclarar que la laicidad nada tiene que ver con el laicismo, que es una actitud enfrentada y beligerante contra la iglesia. Dos ortodoxias enfrentadas.

            Russell decía también que la decadencia de la fe dogmática sólo puede hacer bien. Yo creo que las sociedades modernas y democráticas debemos de luchar por hacer real la separación de la iglesia del Estado. No una separación retórica (como la que sufrimos en España), sino un distanciamiento valiente, enérgico y civilizado. Es nuestro derecho y así aparece reflejado en el artículo 16.3 de nuestra Constitución. Es un derecho y no podemos renunciar a él. Juan Cruz defiende que la sociedad reclame “muy alto que la Iglesia vaya por su cuenta y el Estado afirme su voluntad laica, aconfesional, civil". Mientras eso llega, haremos lo que recomienda Eduardo Mendoza: “en estos tiempos, la religión es el último reducto del humor. Nada me ha divertido más que las encíclicas papales”. Pues eso, riámonos… a carcajadas.  

Jazzaldia

Jazzaldia

El 43 Heineken Jazzaldia, que se desarrollará en San Sebastián entre el 22 y el 27 de julio, ha desvelado un extraordinario programa cuajado de brillantes estrellas artísticas durante su presentación, celebrada ayer en el Club del Teatro Victoria Eugenia. El Festival continúa así su excelente trayectoria a lo largo de más de cuatro décadas que le ha hecho merecedor del Premio a la Difusión otorgado por la Academia de la Música, galardón que será recogido hoy 3 de abril, durante la gala de entrega de los Premios de la Música en Valladolid.

Durante el 43 Heineken Jazzaldia, la Sala de Cámara del Kursaal acogerá las actuaciones del jazz más ortodoxo: David Murray, Dianne Reeves, Ahmad Jamal, Anthony Braxton, Kenny Barron, Jean-Luc Ponty y Soft Machine Legacy. Sólo la enumeración de los artistas mencionados ya configura un programa excelente, pero es únicamente el principio. Por el remozado Teatro Victoria Eugenia desfilarán Johnny Winter, Maceo Parker, Steve Coleman, Don Byron, Bugge Wesseltoft, Stefano Bollani y John Hiatt, ofreciendo una forma más participativa, incluso bailando, de vivir el jazz. Y aún hay más. El magnífico Auditorio del Kursaal será el escenario de los grandes acontecimientos: Keith Jarrett, Paolo Conte, Diana Krall, Return to Forever, Lucía Lacarra bailando el Duke Ellington Ballet coreografiado por Roland Petit, y Liza Minnelli.

Pero esto no es todo. Una de las señas de identidad del Heineken Jazzaldia es la gran cantidad de conciertos gratuitos que se desarrollan en la Playa de la Zurriola y las Terrazas del Kursaal, abriendo el Festival a toda la ciudad y sus visitantes. Allí se podrá ver una muestra de los estilos más diversos: Beirut, Caravan Palace, Pink Martini, The Mungolian Jet Set, Konono Nº1, Frank Wess, Kate McGarry, Stefano di Battista, Erika Stucky, Marc Ribot, Musica Nuda, Daniel Haaksman, Benjamin Biolay, Kings of Convenience, Lokua Kanza, Richard Bona y Gerald Toto.

Bendito error

Bendito error

Hace casi ocho años publiqué en El Mundo de los Pirineos un reportaje sobre el Instituto Pirenaico de Ecología de Jaca. En aquellos momentos el centro atravesaba una importante crisis que hacía vaticinar su futura desaparición. El artículo lo enfoqué en ese sentido y me generó algunos problemas. Incluso recibí una carta del director del centro en la que me acusaba de manipular la realidad, de ser tendencioso y de no sé cuántas cosas más. El caso es que yo me limité a recoger la percepción general que se palpaba en el ambiente, el pesimismo indisimulado de los científicos y la tozudez de los hechos. Hoy puedo decir, sin embargo, que el tiempo me ha quitado la razón. Y no sábeís cómo me alegro de haber metido la pata. Hace algunas semanas ha comenzado a construirse a la entrada de Jaca  por Pamplona un nuevo Centro más moderno y mas amplio que garantiza el futuro del Instituto y refuerza su papel como principal centro de investigación del ecostistema pirenaico. Algún amigo del Instituo me ha dicho recientemente que aquél artículo ayudó a despertar conciencias y puso la primera piedra del proceso de relanzamiento del centro jaqués. Quizá resulte demasiado pretencioso creer que eso fue así (de hecho lo dudo por completo), pero la construcción del nuevo edificio es la noticia que todos quisimos dar. Bendito error.

En el Parque Nacional de Ordesa se han descubierto restos de pesticidas que llegaron transportados por el aire desde el vertedero de lindano de Bailín, en Sabiñánigo. El hallazgo es fruto de seis años de investigaciones de un grupo de científicos del Instituto Pirenaico de Ecología de Jaca, que se han dedicado en este tiempo a estudiar la cadena trófica en tierra y agua hasta confirmar que el lejano inicio de la protección del Parque no ha impedido su leve contaminación por efectos procedentes de la moderna sociedad industrial. La investigación dirigida por Cesar Pedrocchi forma parte de uno de los 35 proyectos que cada año acomete el Instituto desde su doble sede de Jaca y Zaragoza y que, en muchos casos, se extienden a ecosistemas que nada tienen que ver con la montaña. Desde su creación en 1942 con el nombre de Estación de Estudios Pirenaicos, su prestigio ha crecido constantemente hasta convertirse en un lugar de referencia, en una fuente obligada para el estudio y conocimiento de la cordillera.

Sin embargo, su salud no atraviesa un buen momento; más bien ofrece síntomas preocupantes. En un país que no concede demasiada importancia a la investigación, el trabajo del IPE de Jaca parece realizado por los “últimos mohicanos” de la ciencia, por una “rara avis” que pone en su empeño las mismas dosis de vocación que de pasión por el Pirineo. Aunque su director, Pablo Martínez Rica, asegura con rotundidad desde Zaragoza que “el centro tiene la viabilidad asegurada y su cierre es imposible”, hay indicios que parecen cuestionar esta afirmación. Y no es una inquietud reciente. Desde que en 1990 el Centro Superior de Investigaciones Científicas creara, no sin traumas, la doble sede en Jaca y Zaragoza, la decadencia del centro jaqués ha sido lenta pero constante. Hay quien habla de una segura “muerte biológica” dentro de quince años, cuando buena parte de la plantilla actual engrose la lista de jubilados. Porque desde 1986 no ha vuelto a contratarse a ningún científico. Daniel Gómez, que ostenta ese dudoso honor, no oculta su preocupación por un futuro que “depende inexcusablemente de que se vayan renovando las plantillas. En este tiempo se han perdido muy buenos científicos que tras acabar su periodo como becarios tuvieron que buscarse la vida como pudieron porque el centro no les acogía”.       

En la actualidad trabajan en la sede de Jaca 35 personas entre profesores de investigación, investigadores, científicos, becarios y personal auxiliar. Desde el inicio de la década de los 90 se gestiona bajo el “modelo americano”, que se basa en la autofinanciación mediante la gestión de proyectos con instituciones y entidades privadas. Cada uno de los tres grupos en los que está dividida la plantilla científica tiene la responsabilidad de buscar proyectos, asegurar su financiación, contratar a becarios, adquirir el material, pagar el teléfono y algunas cosas más. El CSIC sólo asume lo básico. “Al final se pierden más esfuerzos en la gestión financiera que en la investigación, y así no se puede ser competitivo”, lamenta Cesar Pedrocchi. No obstante, este modelo se aplica actualmente en casi todo el mundo. “Antes era el científico el que se interesaba por unos temas. Ahora, con la escasez de recursos para la investigación, tiene que trabajar en los temas que la sociedad demande y que esté dispuesta a pagar”, explica Martínez Rica. Además, si a esa investigación se le quiere dar valor curricular tiene que publicarse en alguna de las revistas científicas que conforman el “Citation Index”, un listado de publicaciones, la mayoría americanas, que destacan por su prestigio y trascendencia en el mundo científico.            

La vieja sede de Jaca tiene cierto aire de antiguo ministerio, un aspecto anacrónico que se lleva mal con lo sofisticado. Tan solo los ordenadores y algún aparato de investigación son capaces de romper la impresión de que a la vuelta de cualquier esquina van a surgir los espíritus de Ramón y Cajal o de Severo Ochoa. Sus largos pasillos carecen de cualquier elemento decorativo. Los grandes murales del Pirineo y de la fauna, las conclusiones de investigaciones recientes, el tablón de anuncios y alguna cartografía indescifrable componen el adusto decorado. Todo lo demás es un  silencio de convento de clausura. Un silencio alterado de vez en cuando por el teléfono de la recepción. A cada lado hay despachos atiborrados de papeles, carpetas, fotografías, planos, mapas y los objetos más insospechados. Y siempre alguien con los ojos clavados en un monitor de ordenador o en un microscopio, que parece vivir ajeno a todo lo que pasa alrededor. “Aquí solo paramos para comer. Estamos metidos en tantos berenjenales y asumimos tantas investigaciones que nuestros días y nuestros años los pasamos aquí dentro”, afirma Federico Fillat. Con su grupo de “Ecología de Sistemas Pastorales” trabaja desde hace más de diez años en un interesante proyecto de desarrollo sostenible en el pequeño pueblo de Fragen, en el valle de Broto.  En ese entorno han desplegado un ambicioso estudio que analiza los pastos, la biodiversidad, los cambios de uso en el territorio y su influencia en el cambio climático. Este verdadero laboratorio natural ha roto también con la vieja idea de que las investigaciones que realiza el centro casi nunca son conocidas por la sociedad. “En este caso hay un compromiso de transferir el proyecto a los agentes sociales representados en la Asociación de Ganaderos del valle de Broto. Además desde hace cuatro años en el colegio de Broto se explica a los críos todo lo que estamos trabajando y después se les lleva al monte para que lo apliquen”, recuerda Fillat. Esta implicación de los futuros ganaderos y agricultores acerca un poco más el sueño del desarrollo sostenible.           

En la planta baja está el herbario, la joya más preciada del Instituto. Tres personas trabajan en la conservación, catalogación y ampliación de la tercera colección más importante del país después de las de Barcelona y Madrid. Pedro Monserrat, el verdadero padre de la obra, llegó al Pirineo en 1960 para explorar su riqueza botánica. Su fascinación fue tal que se quedó en Jaca y comenzó a acumular especies, primero en el ámbito regional y después en el europeo. Cuarenta años después están catalogadas diez mil especies diferentes de toda la flora de Europa y el norte de África y más de 250.000 ejemplares. Su participación en sociedades de intercambio de todo el mundo explica su extraordinaria dimensión. “Sólo por el tamaño de esta colección es imposible pensar que algún día se cerrará este Instituto, es imposible moverla. Además, el clima de Jaca es el idóneo para su conservación”, explica Luis Villar. Hoy el herbario se puede visitar y se ha convertido en un lugar único para la consulta de los aficionados a la botánica.            

La labor de investigadores como Enrique Balcells, director durante 20 años, o Pedro Monserrat es indispensable para entender la larga historia del centro y también su papel en los albores del nuevo siglo. Para Pablo Martínez Rica, ·”nuestra labor es demostrar que es muy importante estudiar la montaña y que los centros de estudio tienen que estar cerca de ella”. Luis Villar aporta más argumentos  incuestionables para defender la necesidad del centro cuando afirma que “El Pirineo es una de las zonas de Europa más interesantes en el estudio de la flora”. Pero esta clara conciencia sobre la importancia del IPE choca cada día con la realidad de una sociedad que arrincona la investigación y, en ocasiones, le hace la vida imposible. Ricardo García, que en sus 25 años de profesión ha trabajado en más de 20 proyectos, apunta que “siempre hay que estar empezando de nuevo porque la gente se va. Está unos años como becario y se va porque no tiene posibilidades de lograr estabilidad laboral. Siempre hay que estar renovando los equipos”. En esa situación de incertidumbre se encuentra Chema Martinez, que trabaja como becario en un proyecto de investigación de las relaciones entre las aves y los arrozales en Monegros. “Nosotros estamos en periodo de formación pero cada vez estamos más como mano de obra. El sesenta y cinco por ciento del trabajo está hecho por becarios que trabajan en condiciones precarias. Si no hay sustituto al becario, la investigación se tambalea.” Con un ojo en el nuevo proyecto y otro oteando el incierto horizonte, los trabajadores del Instituto Pirenaico de Ecología no frenan, pese a todo, su ingente actividad investigadora y continúan con la publicación de libros, la colaboración en revistas, el asesoramiento a instituciones en materia medioambiental y la contribución a la creación de una conciencia social respetuosa con la naturaleza. Son, como bautiza César Pedrocchi, “los obreros de la investigación”.

Foto del Despacho de arquitectos Ramón Fañanas

Los libros muertos

Los libros muertos

Llevo casi toda la semana con un trancazo primaveral que me ha dejado hecho unos zorros, con pocas ganas de alimentar el blog. Pero el blog necesita agua casi a diario (qué os voy a contar), y hoy voy a reproducir un artículo del escritor madrileño Luisgé Martín que publicó ayer en la página 2 de Babelia. Creo que más de uno se reconocerá en el texto. Confío en que pronto pase el virus.

Mi padre, cuando yo era niño, compraba libros, los hojeaba vagamente y los guardaba luego en la biblioteca que teníamos en el salón mientras repetía una frase ritual: "Para la jubilación". Yo crecí creyendo, así, que los libros eran uno de esos tesoros que se van acopiando poco a poco para ser gastados luego con paladeo. Crecí creyendo que la recompensa que traía la vejez era ésa: la placidez de un tiempo interminable en el que poder leer.

Cuando por fin se jubiló, mi padre no leyó ninguno de aquellos libros, pues algunos hábitos necesitan adiestramiento. Yo, sin embargo, seguí creyendo que en la edad provecta encontraría ese paraíso: días sin fin ocupados con la lectura. Hasta los treinta años estuve convencido de que, salvo que muriera joven, tendría tiempo a lo largo de mi vida para leer todo lo que me interesaba. Por eso gastaba mucho dinero en comprar libros que no podría leer de inmediato pero que, en esa jubilación dorada o en alguna vacación, tendría ocasión de disfrutar. Luego empecé yo mismo a publicar libros, a conocer a escritores y a tener tratos con editoriales de todo pelaje. Comenzaron a llegarme a casa novelas, ensayos, volúmenes de cuentos y tomos misceláneos que había que sumar a los que yo seguía comprando meticulosamente. Y llegó un momento en el que me di cuenta de que, como muchas otras cosas cardinales, aquel asunto tenía una formulación dolorosamente matemática. A causa de mis obligaciones laborales, de los tratos con amistades y familia, de mi pasión por el cine y del desafuero de la vida urbana, solía leer al año entre 40 y 60 títulos. En ese mismo periodo, mi biblioteca, haciendo números redondos, se engrosaba con unos 250, de los cuales me apetecía leer al menos la mitad. Es decir, que cada año mi saldo negativo engordaba en 75 libros, a los que yo de vez en cuando acariciaba el lomo diciendo: "Para la jubilación".A los cuarenta años me hice construir en mi dormitorio una pequeña biblioteca para acoger los libros pendientes, pero se llenó enseguida. A los cuarenta y tres, aprovechando una mudanza, me hice fabricar otra con muchas más estanterías y purgué los títulos con un criterio exigente: guardé allí sólo aquellos por los que sentía verdadero deseo y trasladé a la biblioteca ordinaria o regalé los que habían dejado de interesarme poderosamente. Redoblé además el rigor con el que abandonaba a medio leer los libros que no me seducían lo suficiente, procurando así vaciar con mayor rapidez los estantes hacinados. A pesar de todos mis esfuerzos, sin embargo, siguieron llenándose sin remisión.

He calculado que a este ritmo llegaré a la edad de jubilación con 2.000 libros pendientes de lectura. Suponiendo que viviera veinte años más con buena salud y que el ritmo de engordamiento anual de mi biblioteca fuera en ese tiempo menor (descartados ya los clásicos), debería engullir unos cuatro libros cada semana para morir en paz literaria, todo ello sin darme ocasión a releer ni una sola página. Es decir, debería dedicar mi vejez a leer sin desfallecimiento, obsesivamente, lo que resulta una tarea imposible y desagradable. Por eso cuando entro cada día al dormitorio y me paro frente a los anaqueles a mirar los libros sin abrir, veo las sombras de la muerte. Trato de averiguar cuáles de aquellos volúmenes mansos irán quedándose allí año tras año. Qué personajes o qué aventuras. Qué palabras del laberinto.

Luisgé Martín (Madrid, 1962) es autor de Los amores confiados y El alma del erizo, ambos en Alfaguara.

 

 

Nueva York

Nueva York

Nueva York. ¿qué se puede decir original de Nueva York? Absolutamente nada. Es la ciudad de los lugares comunes. Todas las ciudades tienen sus lugares comunes repetidos hasta el vómito por sus visitantes, pero en Nueva York la cosa es hilarante. Lo normal es contar a tu regreso que Nueva York es una ciudad que resulta tremendamente familiar, que todas sus avenidas, sus plazas, sus restaurantes, sus edificios y sus parques parece que ya los hayas visto mil veces. Esta es la primera tontería que solemos decir al regresar de Nueva York.

            El escritor irlandés Brendan Behan iba más allá y aseguraba que cualquier persona que vuelve a casa después de estar en Nueva York encontrará bastante oscuro su lugar de origen. Esto no es una tontería. Es la gran verdad del individuo enfrentado en su levedad a la ciudad que nunca duerme. El periodista Enric González, en su luminoso “Historias de Nueva York” afirma que cuando en la Gran Manzana “son las tres de la tarde, en Europa son las nueve de diez años antes”. Uno de los personajes de Paul Auster sostenía que Nueva York “es un espacio inagotable, un laberinto de interminables pasos”. Escribo hoy de Nueva York porque es mi ciudad favorita, el escenario de mis ensoñaciones; y también porque en los últimos días dos personas cercanas me han anunciado que pronto viajarán a Manhattan. Pocas cosas me pueden producir más envidia.

            De pequeño tenía una gran foto apaisada del skyline de Nueva York en mi habitación, ese conocido encuadre realizado desde Brooklyn con el puente en primer plano. Si a algo se le puede considerar un icono del siglo XX, sin duda es a esa imagen. El póster era el sueño imposible de un adolescente de pueblo, la lamentable constatación de que existían paraísos lejanos inexpugnables. Hace pocos días discutía con un amigo sobre el alcance de la influencia del cine americano en nuestra educación y, sobre todo, en nuestros referentes culturales. En este sentido no me escondo; soy un producto (o quizá un subproducto), del cine americano, de sus paisajes y de su lenguaje visual, de sus códigos de expresión y de su arquitectura estética. Casi todo me parece maravilloso, empezando por Nueva York, el mayor plató cinematográfico jamás conocido.

            Milito también, como Carlos Boyero, en ese amor sin condiciones hacia el talento de Hollywood. Ni el cine europeo ni, por supuesto, el asiático, han logrado alcanzar un dominio del arte cinematográfico tan brillante y eficaz como el americano. Si alguno lee esto rápidamente podrá añadir que los americanos también han hecho los bodrios más grandes de la historia. Y no le faltará razón. Pero yo no estoy hablando ahora de bodrios, sino de la grandeza del cine como expresión artística.

            Es inevitable virar al cine cuando se habla de Nueva York. La primera vez que estuve, en compañía de dos amigos, nos alojamos en el Hotel Pensylvannia, en plena Octava Avenida, frente al Madison Square Garden. Pero no os llevéis a engaño; el hotel era una pensión de mala muerte, con suelos de sospechosa alfombra y paredes mil veces agujereadas. Uno de mis amigos sostiene, seis años después de aquel viaje, que en la primera noche sintió que un roedor le pasaba por encima del estómago. Seguramente la posibilidad del roedor es la más laxa de todas las hipótesis. Pero incluso esa habitación tenía el lúgubre encanto de la decadencia. Sólo faltaba un neón rosa iluminando intermitentemente la estancia. Y el dueño del hotelucho abriéndonos las ventanas vestido con una camiseta interior de tirantes, un cigarro en la boca y una cerveza en la mano.

            Al día siguiente estuvimos en una exposición de Richard Avedon en el Metropolitan. Y topamos con el imponente Jeff Goldblum. Nosotros, que llevábamos el pueblo en la cara y la ignorancia en los bolsillos, flipamos con aquel encontronazo. La verdad es que el primer viaje a Nueva York es una permanente pérdida de la virginidad. Tu carga de inocencia es tan pesada a la llegada que son necesarios unos cuantos kilómetros por Manhattan para acabar todo el proceso de descompresión. Pero esa primera experiencia es fascinante. Boyero también suele decir que envidia desesperadamente a quienes todavía pueden disfrutar del primer encuentro con Nueva York; es decir, a quienes todavía no la conocen. Bienaventurados ellos porque serán deslumbrados por la luz cegadora de un hallazgo irrepetible. Todos los viajes a Nueva York son inolvidables, pero ninguno puede superar al primero. Yo guardo a fuego el impacto que me produjo el skyline nocturno de Manhattan cuando salimos del Queens- Midtown Tunnel. Era el póster de mi niñez, por fin hecho realidad.