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Juan Gavasa

Federalismo

Federalismo

Artículo de Suso del Toro en El País de hoy (21-05-09)

Por interés o comodidad olvidamos nuestra historia reciente, cuando Euskadi y Cataluña tuvieron un protagonismo como tales, como ciudadanías que exigían un reconocimiento nacional, en la lucha contra el Régimen. Debido a como salimos del franquismo, las fuerzas políticas que pactaron la democracia no establecieron un continuo constitucional con la II República, que había incorporado a su estructura política y jurídica las autonomías de Cataluña y Euskadi y, ya durante la guerra, la de Galicia, a cambio se reconocieron las "nacionalidades y regiones" como forma del Estado. Antes, Adolfo Suárez y el Rey reconocieron públicamente la existencia de un gobierno de los catalanes al recibir oficialmente al president de la Generalitat hasta entonces en el exilio. La vuelta de Tarradellas fue el restablecimiento de un continuo histórico. Del mismo modo que los vascos vivieron la recuperación de su autogobierno cuando regresó del exilio el lehendakari Leizaola. Y los gallegos no pudieron vivirlo por la ruptura en los años cincuenta entre los galleguistas del interior y el exilio americano, donde residió el Consello da Galiza.

Los nacionalismos de las nacionalidades no son algo coyuntural, son estructura del sistema ideológico y político español, son un continuo histórico tan largo como el del nacionalismo español. Resistieron bajo el franquismo, aquella utopía nacionalista realizada por militares y obispos, pactaron luego la Constitución para poder expresarse y, cambie o no la Constitución, deróguense las autonomías o modifíquese la ley electoral para eliminar a las minorías, seguirán existiendo.

Las autonomías, pues, no fueron una chapuza de politicastros para destruir España, sino un logro político democrático y una necesidad para sectores de la ciudadanía que sentían formar parte de una comunidad política propia, de forma exclusiva o no. Reflejan nuestra realidad demográfica, cultural, económica y política, paliaron desigualdades y crearon una España más dinámica y con más oportunidades.

Pero la dialéctica del Estado de las autonomías refleja también una tensión interna realmente profunda. Es más que un conflicto institucional, político, de intereses, es un conflicto esencial, se trata de la misma idea de España. La idea de España existente es la del nacionalismo español y frente a ella están los argumentos de los otros nacionalistas, que no proponen otra España porque precisamente la cuestionan. La España que integre su diversidad interna, el federalismo español, no tiene apenas soporte intelectual, social y político. La historia oficial, como toda historiografía nacionalista basada en invenciones ideológicas, impide que hablemos del mismo país. Paralelamente se construyen historiografías alternativas que explican Cataluña, Galicia o Euskadi como procesos históricos autosuficientes. Sin una Historia que refleje la complejidad histórica de reinos que confluyeron en los dos Estados peninsulares, un argumento aceptado por unos y otros, nunca habrá una España de todos, y ese argumento no existe. Tampoco existe un espacio ideológico y cultural español.

La España real tiene dentro varios núcleos fuertes económica y políticamente. En este periodo democrático España se estructuró institucional y políticamente sobre un eje complejo formado por partidos estatales. Y se construyó ideológicamente una nueva España que no fue integradora, sino una nación monolingüe y homogénea; y a cambio, en las autonomías gobernadas por nacionalistas, una idea de nación que pretendía también la propia homogeneidad. España como matrioskas o cajas chinas. Lo que crea artificialmente esas cajas son las ideologías nacionalistas.

En esa lucha de nacionalismos, Madrid juega un papel fundamental, una vez conquistado políticamente y transformado en una ciudadela, es utilizado como un instrumento contra esos otros nacionalismos y al servicio de otros intereses. En estos momentos Madrid no es la capital de todos. Azaña, intelectual puro, odió y amó la ciudad, su visión crítica es la de quien la vive como un destino personal, pero además comprendió que un país necesita una capital y por ello preconizó un Madrid "capital federal". Nunca ha estado más lejos de ello que hoy. Sus medios de comunicación, los grupos de intereses, el desconocimiento y desdén hacia el conjunto de la realidad española, la mirada ensimismada u hostil hacia las otras lenguas y capitales hacen que muchos ciudadanos no podamos verla como nuestra capital.

Es imprescindible la apertura de la capital para que funcione el conjunto del sistema español. Afortunadamente, esas cajas chinas no consiguen ser completamente herméticas, tenemos que utilizar la matemática de conjuntos para explicar nuestro complejo juego interno. En los años ochenta y noventa la vida social y política española se basó fundamentalmente en ese esquema de cajas chinas, unas veces hubo pactos de gobierno y otras veces no. La debilidad de ese juego político se refleja en que nunca haya habido ministros catalanistas o vasquistas, por ejemplo.

Rodríguez Zapatero propuso un modo de entender España, "la España plural". Con eso hizo un reconocimiento cultural, socioeconómico y político, no una propuesta jurídica e institucional nueva porque partía de que, en principio, la Constitución vigente es un instrumento suficiente para que quepa y se exprese esa pluralidad. A partir de ahí se pueden discutir sus pasos o sus decisiones, sometidas a condicionantes y circunstancias sucesivas.

¿Cómo se fue concretando ese reconocimiento de nuestra pluralidad? Creo que los límites de su política están entre el rechazo al llamado Plan Ibarretxe y el Estatut catalán. El rechazo al Plan Ibarretxe, aceptado a discusión en las Cortes, se debió a que, a juicio del Gobierno, su propuesta de autogobierno rompía las reglas del juego común, la Constitución. En la redacción del Estatut catalán, en cambio, se tuvo en cuenta su encaje constitucional reconociéndole a la ciudadanía catalana su voluntad política nacional y la bilateralidad en las relaciones entre Generalitat y Gobierno, principio explicitado luego por otros Estatutos.

Se puede discutir por todo, depende del interés que se tenga. Los nacionalistas necesitan discutir la palabra "nación", lo que ello significa y los símbolos que le acompañan. Del mismo modo, se puede discutir lo que se quiera sobre el concepto de bilateralidad, pero haberla la hay y además debe haberla. Las relaciones democráticas son por asentimiento o por pacto expreso, pero siempre implican reconocimiento del otro.

En el caso del Estatut catalán no se ha valorado la importancia de que, con independencia de las declaraciones ariscas para contentar a la base militante, todos los nacionalistas catalanes pactaron ese Estatuto, un pacto que los integra en el juego compartido de la ciudadanía española. No es extraño que el nacionalismo españolista haya denunciado el Estatuto, ese pacto, ante el Constitucional: necesita mantener vivo el conflicto nacional.

Pero lo que más va a caracterizar esta época de Zapatero va a ser su cuestionamiento de la política de cajas chinas. Eso es lo que significa que un socialista ocupe la Lehendakaritza, una institución creada históricamente por los nacionalistas y que sobrentendían que era suya de modo natural. Con ello y gobernando en Cataluña, el Partido Socialista afirma que es una estructura transversal a todo el Estado y cuestiona los conjuntos cerrados, cambiando así la lógica implícita hasta hoy en la política española. Es lógico que ese cuestionamiento enfade tanto a tantos.

Lo que vive no quiere morir y los nacionalismos seguirán buscando existir, pero la España más parecida a lo que somos tendrá que ser federal e integradora. Se critican las políticas culturales de Euskadi, Galicia o Cataluña pero la cultura española niega cada día esas culturas. Se ha concedido un Premio Cervantes a un escritor barcelonés que escribe en castellano, extremo éste remarcado una y otra vez, y su obra bien lo merece. ¿Pero habrá alguna obra en catalán, por ejemplo, que también lo merezca? Esa vieja idea de "la Hispanidad" que subyace en la cultura española niega a una parte de la ciudadanía española. En ese sentido, no se ha dado paso alguno.

Y uno echa en falta una intelectualidad abierta a la diversidad interna, la intelectualidad española es tremendamente nacionalista, no federalista. Ésa es su responsabilidad.

Mario Benedetti

Mario Benedetti

Cada vez que nos dan clases de amnesia
como si nunca hubieran existido
los combustibles ojos del alma
o los labios de la pena huerfana
cada vez que nos dan clases de amnesia
y nos conminan a borrar
la ebriedad del sufrimiento
me convenzo de que mi región
no es la farándula de otros

en mi región hay calvarios de ausencia
muñones de porvenir/arrabales de duelo
pero también candores de mosqueta
pienos que arrancan lágrimas
cadáveres que miran aún desde sus huertos
nostalgias inmoviles en un pozo de otoño
sentimientos insoportablemente actuales
que se niegan a morir allá en lo oscuro

el olvido está tan lleno de memoria
que a veces no caben las remembranzas
y hay que tirar rencores por la borda

en el fondo el olvido es un gran simulacro
nadie sabe ni puede/ aunque quiera/ olvidar
un gran simulacro repleto de fantasmas
esos romeros que peregrinaran por el olvido
como si fuese el camino de santiago

el día o la noche en que el olvido estalle
salte en pedazos o crepite/
los recuerdos atroces y los de maravilla
quebrará los barrotes de fuego
arrastrarán por fin la verdad por el mundo
y esa verdad será que no hay olvido.

Antonio Vega

Antonio Vega

Contaba Antonio Vega que escribió “La chica de ayer” en Valencia mientras hacía la mili. Aseguró en más de una ocasión que nunca percibió que estaba componiendo un clásico. Es difícil pensar que mientras el estado te arrebata un año de tu vida uno es capaz de hacer algo trascendente fuera de la instrucción. Así era Antonio Vega, un tipo tan discreto y descreído que arrastró para siempre aquella impertinente leyenda del “chico triste y solitario”, eficazmente alimentada por una industria musical plácida en el fango ajeno. Estos días he oído hablar a decenas de personas que se presentaban como “íntimo amigo” de Antonio Vega. Todos escupían una salmodia de compungido dolor que olía a ditirambo de circunstancias. ¿Dónde estuvieron en los años de deriva?

            Cuando Nacha Pop se fue mi generación estaba llegando. Arribábamos a la plenitud adolescente repletos de principios y prejuicios, dispuestos a forjar una personalidad  arrogante y singular que no admitiera lazos con los estereotipos. En realidad éramos unos tipos estereotipados en busca de un alma errante que nos alejara de lo que más temíamos: nuestra propia simplicidad. En aquellos años de zozobra e ingenuidad la música era el único camino posible a la redención. Nuestros gustos eran volátiles e improvisados; fomentábamos la diferencia en la convicción de que nada había más glorioso que el mismo aislamiento victimista. Cuanto más solos más auténticos. Mejores.

            Cuando Nacha Pop se fue nosotros estábamos empezando a masticar la vida con las muelas. Hasta entonces sólo habíamos utilizado los dientes de leche. El mismo día que se fueron, entraron en nuestras vidas para siempre con aquel doble en directo grabado en la sala Jácara de Madrid (Nacha Pop 80-88). De repente se hizo indispensable en Claqueta. Campetes lo pinchaba una y otra vez abrumado por nuestra pertinaz insistencia. Descubrimos que junto a “La chica de ayer” Antonio Vega había compuesto una balada difícilmente clasificable que se titulaba “Una décima de segundo”. Nos atraía su mensaje indescifrable y la sencilla desnudez del piano de Manolo Villalta.  Nos producía desgarros la voz apagada y monocorde de Antonio.

“Es que no hay nada mejor que componer
sin guitarra ni papel.
Paralelas, vienen siguiéndome.
Espacio y tiempo juegan al ajedrez”.

            Fueron años de mucha música en vivo; estoy convencido de que los últimos suspiros de una forma de hacer música y de escucharla que tenía sus raíces en el valor personal que atribuíamos a cada disco adquirido para formar nuestra discoteca. Esos discos –todos ellos pequeños acontecimientos personales-, son ahora toda una biografía de nosotros mismos: con todos nuestros defectos y debilidades, que las hubo y las habrá. En esos años de la inocencia perdida –o arrebatada- la música en directo era un valor en alza: Radio Futura, Loquillo, Ilegales… para los que vivíamos en un pueblo sin demasiadas posibilidades de escuchar música en vivo, aquellas grabaciones guardaban casi todas nuestras aspiraciones de libertad. Con el tiempo saltamos las barreras físicas y mentales y fuimos insistentes espectadores de esos conciertos. De todos menos de Nacha Pop. Cuando ellos se fueron nosotros ya habíamos llegado tarde.

            Seguí después la vida de Antonio Vega inspirado por el mismo afán por descifrar los misterios de su inquietante personalidad como antes lo había hecho con sus letras. Esos textos encorvados y conmovedores hablaban de un hombre asomado a la sima de los infiernos, devorado por unos demonios interiores que operaban con la misma eficacia en sus pulmones y en su cerebro.

“Se dejaba llevar, se dejaba llevar por ti,

no esperaba jamás y no espera si no es por ti.

 

Nunca la oyes hablar, sólo habla contigo y nadie más,

nada puede sufrir, que él no sepa solucionar”.

 

No sé si Antonio Vega fue un tipo triste y solitario. Sé que nos robó a muchos la canción de amor que siempre quisimos escribir y nunca supimos. Se adelantó a todos y frustró para siempre nuestras veleidades compositoras. Cada nueva aparición, cada escalón que descendía al cadalso, cada escalofrío ante su mirada fría y huidiza agigantaba el sentido de su mítica soledad. Lo dejó escrito.

“Sólo al final
cobra sentido la soledad,
cuando el silencio es total
queda el espacio para pensar.
Y después, a la hora de volver,
conservar el secreto en mi poder”.

Premio

La editorial Pirineum de Jaca ha sido galardonada con el premio al “Mejor libro editado en Aragón en 2008”, que concede el Gobierno de Aragón por la obra “Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la Sublevación de Jaca (1923-1936). El volumen está escrito por el historiador Juan José Oña y fue editado en abril del pasado año. La distinción es otorgada anualmente por el Departamento de Educación, Cultura y Deporte del ejecutivo autónomo. En esta ocasión, el Jurado estaba formado por la directora gerente de la Biblioteca de Aragón, Pilar Navarrete en calidad de presidenta, y por los vocales José Luis Acín, José María Aniés, Manuel José Pedraza y Juan Francisco Pons junto a Agustín Ariella como secretario.

 

El Jurado ha valorado la calidad de la edición y el diseño general de “Los años convulsos”. Al premio se presentaron un total de 11 libros de cinco editoriales distintas. Para Pirineum Editorial, el galardón supone “un reconocimiento a la labor editorial que venimos realizando desde hace una década. Recibir un premio de estas características es para una editorial pequeña como Pirineum la demostración de que es posible apostar por proyectos culturales ambiciosos desde lugares periféricos como Jaca”. El galardón será entregado el próximo 5 de junio en Zaragoza en el marco de la Feria del Libro.

 

“Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la Sublevación de Jaca (1923-1936), es un viaje por la España del primer tercio del siglo XX a través de la lente del genial fotógrafo madrileño Alfonso. Se trata de uno de los periodos más agitados, apasionantes y trágicos de nuestra historia que desembocó en la Guerra Civil y la posterior dictadura franquista.

 

            El libro gira en torno a un eje: la sublevación republicana protagonizada por los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández el 12 de diciembre de 1930 en Jaca. El autor considera que la causa de esta insurrección fue el declive irreversible de la Monarquía de Alfonso XIII; la proclamación de la segunda República mediante unas elecciones democráticas cuatro meses después, su consecuencia directa. El libro, que reúne cerca de 500 imágenes, es el resultado de la exhaustiva investigación en los fondos del fotógrafo madrileño Alfonso sobre los sucesos de Jaca, que cubrió como reportero para los diarios El Sol y La Voz. La recuperación de un valioso material inédito de aquellas históricas jornadas dio pie a este libro que proyecta desde el ámbito local una perspectiva general de lo que fue España entre 1923 y 1936.

 

            Alfonso Sánchez, uno de los periodistas gráficos más importantes del periodismo español de la época, y sus hijos Alfonsito, Luis y Pepe, estuvieron presentes en buena parte de los acontecimientos políticos, sociales y culturales más relevantes de aquellos años. A través de sus fantásticas imágenes –muchas de ellas sobradamente conocidas- el libro sigue el curso de la historia española y rescata la esencia de un tiempo convulsión y de esperanzas.

El Gran Torino

El Gran Torino

Me gusta mucho el fútbol pero por lo general detesto a los futbolistas. Como he comentado en alguna otra ocasión, mi condición de "atlético" me impide observar con naturalidad este deporte porque para mi eterna desgracia soy seguidor de un equipo atípico, histriónico y conmovedor. Me he ido alejando con los años del universo futbolístico como quien huye de un anunciado dolor, cosido de heridas que supuran sin remisión y que se almacenan en una memoria que sólo conoce frustraciones desde la lejana infancia. Pero supongo que esto es el fútbol, un rasgado irreparable como lo son todos los daños del desamor. Las frustraciones del fútbol son lo más parecido al dolor por el abandono. En ningún caso se aprende de la experiencia, siempre se repiten los ingenuos errores como si nos afectara una profunda amnesia.

No me gustan los futbolistas y sospecho del mundo del fútbol pero me entusiasman las historias de fútbol. Hay grandes contadores de historias como John Carlin, Jorge Valdano, José María Martín Otín "Petón", Enric Gonzalez o el inolvidable Vázquez Montalbán. Enric González es periodista, "periquito", y autor de algunos extraordinarios libros a medio camino entre la guía de viajes y la novela como "Historias de Nueva York" o "Historias de Londres". En ambas ciudades trabajó como corresponsal y en ellas logró perforar la epidermis para manosear sin aprensión sus vísceras y sus hígados. Sólo un periodista de olfato y vocación puede diseccionar con la precisión de un cirujano las sociedades que retrató en esos dos libros. En el diario El País alterna la columna de la penúltima con Carlos Boyero  -otro canalla maldito de periodismo patrio-, desde que desapareciera su propietario legítimo, Eduardo Haro Tecglen. González huele las buenas historias, hace catas constantes en titulares secundarios y noticias breves en busca de los despojos que no quiere la prensa convencional. Maneja sus instintos con profunda convicción sabedor de que las historias que perduran son las que tienen alma. A lo largo de su dilatada trayectoria ha ofrecido infinidad de ellas.

La última la escribió en la edición del lunes 4 de mayo. Ese día se cumplía el 60 aniversario del trágico accidente de avión que acabó con la vida de toda la plantilla del Gran Torino, el equipo de fútbol más importante de la época. La historia mezcla el drama de un suceso fatal con la épica deportiva magnificada exponencialmente con el paso de los años. Eran los mejores, murieron de forma dramática y dejaron tal vacío en el mundo de fútbol que a partir de entonces nada volvió a ser igual. Una noticia brutal en manos del mejor contador de historias.

El 4 de mayo de 1949, hace hoy 60 años, cambió la historia del fútbol. No hablamos sólo del calcio, que se hundió en su noche más negra, sino de cualquier fútbol imaginable: ese 4 de mayo, a las 17.03, terminó un relato y comenzó otro. Si el trimotor Fiat que transportaba al mejor equipo del planeta, el Gran Torino, no se hubiera estrellado contra los cimientos de la basílica de Superga, a apenas 20 kilómetros de casa, es muy probable que no hubieran existido ni el maracanazo del Mundial de 1950 ni la posterior hegemonía brasileña. Tal vez Italia habría sido la primera selección tricampeona, con tres títulos consecutivos. Tal vez el Juventus de Turín sería hoy una institución menor, peleando en las divisiones inferiores. Tal vez desconociéramos la palabra catenaccio y el calcio simbolizara el fútbol ofensivo. Tal vez.

El Gran Torino nunca fue llamado Torino a secas. El principal club de Turín (la familia Agnelli no había adquirido aún el Juventus) proponía algo más que un fútbol maravillosamente ofensivo: encarnó, junto a los ciclistas Coppi y Bartali, el fin de la pesadilla del fascismo y la guerra. El presidente, Ferruccio Novo, ex jugador y ex entrenador, empezó a construir una formación legendaria en 1942, en plena guerra, con el fichaje de las dos estrellas del Venecia, Mazzola y Loik. Esa temporada, 1942-1943, ganó el scudetto. El campeonato, sin embargo, no se jugó la temporada siguiente. Italia se sumergió en una terrible mezcla de doble invasión (los aliados por el sur, los nazis por el norte), de guerra civil (fascistas contra partisanos) y de vacío de poder. No hubo competición hasta 1945. Para entonces, el Gran Torino ya era irresistible.

El equipo grana jugaba con una absoluta furia ofensiva. Había sido diseñado por el director técnico Ernst Ebstein, un húngaro de origen judío que, a causa de las leyes raciales, había tenido que trabajar en la clandestinidad y, pese a todo, acabó en un campo de concentración, del que pudo huir de forma casi milagrosa. Ebstein no quería defensas. De hecho, el Gran Torino jugaba con dos centrales muy técnicos, Ballarin y Maroso, y los cinco centrocampistas típicos del sistema inglés, dirigidos por Valentino Mazzola. Su leyenda se hizo sólida en la temporada 1947-1948 con 125 goles en 40 partidos. Hubo uno especialmente asombroso, contra el Roma. El equipo visitante, el Gran Torino, llegó al descanso perdiendo por 1-0. En el vestuario, los granas decidieron dar una lección a los romanos: volvieron al césped y marcaron siete tantos en 20 minutos. Ése era el Gran Torino de las cinco Ligas consecutivas.

Vittorio Pozzo, el seleccionador que ganó para Italia los Mundiales de 1934 y 1938 (con la inestimable ayuda de Mussolini y de los árbitros), había asesorado a Novo y Ebstein en su política de fichajes. Después de la guerra, montar una selección le resultó sencillo: ocho miembros del Gran Torino (Bacigalupo, Ballarin, Castigliano, Loik, Maroso, Mazzola, Menti y Rigamonti) eran titulares indiscutibles; en ocasiones, como en su victoria contra la mítica Hungría, la nazionale azzurra alineaba a diez jugadores granas. Italia se perfilaba como la gran favorita para el Mundial de 1950, en Brasil.

El 3 de mayo de 1949, el Gran Torino viajó a Lisboa para disputar un partido amistoso contra el Benfica. Mazzola, el gran capitán grana, había exigido participar en la despedida de su amigo Francisco Ferreira, capitán del equipo lisboeta y de la selección portuguesa. Tras el encuentro, concluido con victoria del Benfica por 4-3, la expedición embarcó en un avión rumbo a Barcelona. En Italia se habían quedado el presidente Novo, acatarrado, y un chavalín húngaro inmensamente triste porque el Gran Torino, tras varios partidos de prueba, había rechazado su fichaje. El chaval se llamaba Laszlo Kubala. Desde Barcelona, el Gran Torino siguió su viaje hacia Turín. El avión estaba a menos de cinco kilómetros del aeropuerto cuando, entre una espesa niebla, se estrelló contra la basílica de Superga, donde la familia real italiana enterraba a sus difuntos. Los 31 ocupantes del trimotor murieron en el acto.

Los funerales por el mejor equipo que ha visto Italia y uno de los mejores que ha visto el mundo congregaron a un millón de personas en Turín. En ese momento, a falta de cuatro jornadas, el Gran Torino llevaba cuatro puntos de ventaja al Inter. Los demás equipos decidieron alinear a los juveniles, como se vio obligado a hacer el Torino, el resto de la temporada. Ése fue el scudetto póstumo.

Sabemos lo que ocurrió después. Gianni Agnelli, el fundador de la Fiat, había comprado el Juventus en 1947 y aprovechó el inmenso vacío abierto en Superga para crear un equipo campeón. La temporada siguiente, la que había de convertirse en Vecchia Signora ganó el scudetto y empezó a forjar su propia historia. Ya era otro fútbol. El seleccionador Pozzo tuvo que viajar al Mundial de Brasil (en barco) con una alineación de circunstancias y un sistema ultradefensivo, que caracterizó al calcio en las décadas siguientes.

La historia de la tragedia tuvo un hermoso corolario en 1960. Sandrino Mazzola, el hijo de Valentino, que tenía seis años cuando murió el Gran Torino, acababa de fichar por el Inter. Era un chico de 18 años. Y le tocó enfrentarse al Real Madrid, campeón de Europa. Ganó el Madrid. Tras el partido, Puskas se acercó a Mazzola, le dio la mano y le dijo unas palabras: "Yo conocí a tu padre y jugué contra él. Creo que eres digno de ser su hijo". Mazzola, como es lógico, se echó a llorar.

Las Devotas

Las Devotas

El Sobrarbe es una de las comarcas más extensas de Aragón y la que posee mayor longitud de línea fronteriza de todo el Pirineo. Es, por lo tanto, una zona estrechamente vinculada al norte tanto en lo geográfico como en lo histórico. Sus relaciones con los vecinos de la otra vertiente se manifestaron desde tiempos remotos. Se sabe que el acuerdo entre el Valle de Broto y el de Bareges firmado en 1390 para el uso compartido de los pastos es el más antiguo de todos los que todavía permanecen vigentes en la cordillera. Esta anécdota, que podría parecer irrelevante, sirve para poner en contexto al viajero. Estamos en una comarca que llegó a ser estado independiente en el siglo X, pisamos un suelo del que brota la historia a borbotones al levantar cada piedra, al abrir la puerta de cada iglesia o ermita que se desparrama por su vasto territorio.

 

Bielsa, que siempre miró hacia al norte hasta bien entrado el siglo XX por obviedad orográfica, es el paradigma de una singularidad  social y económica que se mantiene pese a la evidente mejora de las comunicaciones. Como se sabe, las carreteras trajeron progreso y acabaron con el aislamiento secular, pero hay un elemento psicológico agarrado al ADN de su sociedad que ya es imposible desprender. Ni siquiera el turismo, que emerge con fuerza en esta zona, ha logrado que sus habitantes tengan la sensación de pertenecer a un territorio de Aragón que en realidad no está en ninguna parte, porque las montañas que le circundan son grandes escudos protectores. Esta misma sensación no es ajena a otras comarcas del Pirineo.

 

El camino de Bielsa al sur ya no es una aventura imposible. Lo fue hasta no hace mucho tiempo. En 1914 “La Ibérica” construyó la central hidroeléctrica en Lafortunada y cinco años después inauguró la carretera hasta Bielsa, salvando el peligroso paso de Las Devotas. La hidroeléctrica abrió esta vía para facilitar la actividad de sus trabajadores pero indirectamente trasladó a los belsetanos al siglo XX. Esta carretera fue de propiedad privada hasta los años 50. Las Devotas explica gráficamente el secular aislamiento de Bielsa y su inevitable tendencia histórica a relacionarse con sus vecinos del Valle de Aure. Franz Schrader escribió en 1878 su experiencia en este punto maldito: “¿Por dónde pasar? La cornisa en la que se apoyaba el camino desciende hacia el río, llega hasta la orilla y desaparece… aquí acaba el mundo”. Pocos años después el incansable viajero francés Lucien Briet también cruzó este estrecho y se quedó prendado por su endiablada belleza.

           

El paso, superado ahora por un túnel, está flanqueado por el Mataire y Punta Lierga por la izquierda, y por la collada de Tella por la derecha. Sus paredes verticales y el estruendo del agua del río Cinca instalan fácilmente esta angostura en el mundo de las supersticiones y las creencias populares. La teoría más extendida relaciona el nombre de Las Devotas con el hecho de que las mujeres se persignaran antes de aventurarse a cruzar el estrecho. La verdad es que cualquier leyenda tiene cabida en este punto mágico entre Bielsa y Ainsa. Su final por el sur coincide con las primeras casas de Lafortunada, un lugar que hasta principios del siglo XX no fue más que un conjunto de dos fondas que se conocían con el expresivo nombre de “La Infortunada”. El dueño de una de las posadas insistió en cambiar la denominación para borrar sus connotaciones negativas. Este hecho es constatado por el propio Briet cuando pasa por Lafortunada el 18 de agosto de 1903. Russel creyó que era un error toponímico de los mapas, pero se equivocaba.

 

La antigua parada para las caballerías es ahora un pequeño núcleo de población cuya fisonomía está determinada por la intervención urbanística realizada por la hidroeléctrica para alojar a sus trabajadores. El resultado deja mucho que desear. Al otro lado del Cinca, elevado sobre la Peña Solana y con el Cotiella vigilante, se encuentra el pequeño pueblo de Badaín, en el que destaca su iglesia desacralizada del siglo XII con una imponente torre que probablemente también tuvo funciones defensivas. En la margen izquierda del río Cinca se aprecian las grandes tuberías que transportan el agua a las turbinas de la central hidroeléctrica. De nuevo las historias pretéritas asaltan nuestro pensamiento: en 1949 estas tuberías fueron voladas por una partida de maquis que había cruzado la frontera. El sabotaje afectó al suministro eléctrico de Aragón, Navarra y parte del País Vasco. Fue la última acción de los guerrilleros en esta zona del Alto Aragón.

 

El agua, como ocurre en el vecino valle de Aure, ha sido y es uno de los catalizadores fundamentales del desarrollo socioeconómico de la comarca en el último siglo. Desde que la Sociedad Hidroeléctrica Ibérica fijara sus ambiciones en este rincón del Pirineo en 1918, se construyeron 15 presas, azudes y pequeños embalses interconectados mediante conducciones que llevan agua hasta 7 centrales. El conjunto representó en aquella época la segunda mayor central hidroeléctrica de Europa. Luego llegaría más al sur la construcción de grandes pantanos que provocarían un éxodo masivo a la ciudad. Sobrarbe empezó el siglo XX con 19.000 habitantes y lo acabó con apenas 7.000. No hay otro territorio en todo el estado español con una despoblación de semejantes proporciones.

El beduino

El beduino

Aseguraba Kapuscinski que los cínicos no podían dedicarse al periodismo. Nada dijo al respecto de los políticos. Leyendo a Labordeta en sus “Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados”, a uno no le queda ninguna duda de que hacen falta pesadas cargas de cinismo para dedicarse a la cosa pública en la capital de la Corte y no morir en el intento. El libro de Labordeta es un vaivén de recuerdos, anécdotas y experiencias contadas con la conocida austeridad de su prosa y la certera percepción de quien camina por la vida sin maquillaje.

            Labordeta ya era muy popular antes de lograr el acta de diputado en Madrid. Lo era en Aragón como símbolo de una identidad en ciernes, y en el resto del estado como parte de un movimiento social y cultural que reivindicaba la democracia primero y con ella la errante justicia. Llegó esa democracia pero no necesariamente acompañada de los valores que se le suponían. Muchos se volvieron acomodaticios y otros se hicieron demócratas de toda la vida sin necesidad de grandes esfuerzos morales. Quedó finalmente una minoría que siguió combatiendo en el convencimiento de que el experimento democrático venía lastrado por los cuarenta años de dictadura y la volatilidad de los nuevos principios.

            Y así llevamos más de treinta años, alardeando en el exterior de las bondades de nuestra transición sin ser capaces de percibir sus notorias debilidades. La comodidad del discurso complaciente ha eliminado cualquier arrobo autocrítico y ha grabado a fuego aquella extendida tesis de que en 1978 se logró un gran acuerdo ejemplar entre vencedores y vencidos para reinstaurar la democracia en España. Como recordaba hace algún tiempo el historiador oscense Manuel Benito, en realidad lo único que ocurrió en aquellas fechas es que los que estaban en el carro del poder “dejaron un hueco para que se subieran los que habían permanecido en la oposición durante la dictadura”.

            Las fisuras de aquel “gran acuerdo” se han dilatado con el paso del tiempo y actualmente los síntomas de agotamiento y caducidad de la Constitución son alarmantemente patentes. La experiencia de Labordeta en el Congreso de los Diputados -más allá de su interés memorístico y su carga de ironía y retranca-, refleja las telarañas de un sistema obsoleto y carpetovetónico, construido para perpetuar la partitocracia y anular valores tan democráticos como la participación ciudadana o la conciencia cívica. El profesor de Análisis Económico en la Universidad de Valencia, Juan Manuel Blanco, escribía recientemente: “Así, la partitocracia acaba vaciando de contenido una buena parte de los órganos del Estado porque las decisiones que estos órganos toman formalmente ya se han adoptado previamente en otros ámbitos. De este modo, la separación de poderes desaparece de hecho pues suele ser el jefe del partido mayoritario (generalmente también jefe del ejecutivo), quien toma realmente las decisiones por todas estas instituciones aunque ellas sean formalmente independientes”.

            La presencia de un tipo tan normal como Labordeta en el Congreso (se entiende por normal al individuo ajeno a las élites políticas y no al que apelaba por exclusión insistentemente Rajoy en la última campaña electoral), nos permite observar de manera desfigurada la realidad oficial de la sede parlamentaria, el supuesto templo de las libertades y símbolo supremo de la democracia española. Labordeta, como diputado único de CHA, afronta su llegada al Congreso como esos famosetes que son lanzados a una isla desierta en mitad de un océano. El presunto noble juego de la política se convierte de inmediato en un ejercicio de supervivencia en un medio hostil y desconocido. Cada paso que da el beduino (alter ego de Labordeta), por esos pasillos enmoquetados esconde una trampa difícilmente previsible para el diputado de provincias ajeno a las castas políticas. Sólo los profesionales de carrera conocen las claves que esconden los mapas.

            Su narración de los primeros días de su primera legislatura (2000-2004, la del rodillo de Aznar), es en síntesis el testimonio de una ascensión al Everest: los compañeros de expedición son los diputados del Grupo Mixto, todos ellos políticos “peligrosos” y “desafectos” al régimen de Aznar. Entre “separatistas” e “izquierdosos trasnochados” Labordeta y sus compañeros articulan una improbable oposición política que encuentra el desprecio del PP y el silencio de los medios madrileños. Su voz es casi imperceptible en medio de un coro de fieles palmeros; pero su dignidad y su compromiso público lograrán sonados triunfos mediáticos y una reconfortante paz interior. En las sesiones previas a la invasión de Irak el grito de la razón resonó más que las voces desbocadas e uniformes de decenas de diputados mercachifles.

            Labordeta se revela en ocasiones cargado de inocencia democrática; una pecado venial para quien cree que los poderes del estado se constituyeron para servir al pueblo. Estos poderes están agujereados por infinidad de subterfugios, callizos y usufructos que en la práctica hacen inviable la participación activa del ciudadano en la vida política. El caso de la Comisión de Peticiones es especialmente ilustrativo: “aquello me pareció una estafa desde el primer día”, concluye Labordeta. O las famosas “peneles” (Proposiciones no de ley), que durante la segunda legislatura de Aznar sólo fueron aceptadas cuando procedían del partido mayoritario.

            Las reflexiones de Labordeta en el Congreso nos remiten en algún momento a Manuel Azaña, cuando confesaba en su diario a principios de 1933 que “he de permanecer aquí hasta hacerme pedazos y quedar inutilizado”. El beduino escribe: “y dispuesto a cruzar el Rubicón de los elementos contrarios, me fui acorazando contra mucha desilusión, demasiado combate y, sobre todo, enormes carretas de incomprensión. Porque el diputado forastero que era no había estudiado en los colegios mayores en los que habían estudiado los jefes, los segundones y los arribistas; tampoco había sido subjefe de algo, ni director de asuntos varios, ni compañero de pupitre de ilusionados violadores del verso, con perdón solicitado a mis paisanos del rap. Pronto comprendí la inutilidad de todo eso que tú crees que eres, porque no eres nada para los que, con mucamas filipinas, llevan los zapatos brillantes y las corbatas relucientes”.

            Labordeta; que ha cantado a la libertad y a las utopías, que ha rescatado del anonimato al hombre humilde y sencillo, que ha transitado por los caminos polvorientos de la España adusta, esculpe en su libro un retablo compuesto por políticos y politicastros, dóciles meritorios y arribistas acomplejados, hombres sensatos y viejos influyentes en el otoño de su poder. A todos los describe con el mismo tino y el trazo certero del eterno observador. Al final la diferencia entre unos y otros es la forma de llevar la corbata.

Pirineo desconocido (I)

Pirineo desconocido (I)

Este viaje por algunos de los pueblos menos conocidos y más bellos del Pirineo aragonés comienza en su vertiente más occidental, en un territorio en el que las montañas todavía no alcanzan la categoría de grandes cumbres y los paisajes son acariciados levemente por el clima atlántico. Biniés es la puerta de entrada a los valles occidentales de la comarca de la Jacetania, especialmente a Ansó y Fago. También es una de las postales más reconocibles de esta zona. Su castillo-palacio del siglo XI domina toda la panorámica del pueblo y a uno le hace pensar que no fue construido por casualidad en este lugar.

Alguien decidió que aquí, construido en un promontorio sobre las aguas del río Veral, el edificio reforzaría su condición de fortaleza y competiría en grandiosidad con el entorno. Biniés da nombre también a una de las foces más hermosas y espectaculares del Pirineo central. Durante siglos fue uno de los escasos pasos naturales hacia el valle de Ansó y actualmente es un destino turístico obligado. Biniés no es un pueblo pirenaico en el sentido geológico del término. Se despereza entre las grandes llanuras cerealistas de la Canal de Berdún y los primeros indicios de la cordillera, pero su historia lo vincula directamente con los pueblos del inminente Pirineo.

En cierta medida, su castillo-palacio le otorgó la condición de puerta natural de acceso a las cumbres y hoy en día es una especie de salvoconducto turístico. El renombrado edificio fue asolado por un incendio en 1928 y restaurado completamente en 1998. Hoy, más que una antigua fortaleza parece el capricho de algún multimillonario desconocido. Enfrente se alza la iglesia parroquial de San Salvador, un singular ejemplo de barroco popular en una tierra donde se prodigó con especial intensidad el arte románico.

            La foz de Biniés puede ser una excelente alternativa para llegar a Urdués a través del valle de Ansó primero, y después del de Echo, a cuyo término municipal pertenece. Urdués no suele estar en las guías de viajes, su nombre se esconde ensombrecido por el esplendor de Echo y la magnificencia de los valles cercanos. Bien visto ésta puede ser una de las razones del aspecto casi inmaculado de su pequeño casco urbano, recogido bajo el pico de La Cuta (2.147 m.). El barranco de Romasiete, que se precipita directamente desde la cumbre del pico, marca la divisoria entre el pequeño núcleo de casas y el arrabal levantado junto a la iglesia de San Martin (s. XII).

            La pureza de los paisajes y el silencio rompe con todos los tópicos del Pirineo masificado. Da la impresión de que nada ha sido alterado en siglos. El conjunto urbano mantiene algunas constantes muy reconocibles en toda la arquitectura del valle. Los característicos tejados de dos y cuatro aguas rematan unas casas generalmente individuales que quedan separadas por un estrecho callejón que en esta zona le llaman “gallizo”. La piedra cara vista contrasta con algunas fachadas encaladas en las que se pueden ver bellos ejemplos de chimeneas troncocónicas y cuadradas. Casa Mingué, Casa Arrigaz o Casa Cabalero son referencias indispensables en un recorrido por el pueblo. La iglesia de San Martín es de origen románico pero las sucesivas intervenciones transformaron por completo su aspecto original. Su llamativa torre, sobredimensionada respecto a la planta, fue levantada en el siglo XVII.

La ruta nos marca un itinerario imaginario de Oeste a Este por los pueblos de la Jacetania y Alto Gállego. Paralelo a Urdués está el valle de Jasa y Aragüés del Puerto y después el de Aísa. Estamos ante uno de los valles menos humanizados del Pirineo aragonés. Surcado por el río Estarrún y presidido por el imponente Aspe y la Llana de la Garganta y Del Bozo, la historia del pueblo es la crónica mil veces repetida de una lucha épica por superar las dificultades de la vida en el Pirineo. Pero esa historia también habla de una tenacidad épica por defender la tierra y sostener el pueblo ante los empentones del progreso y el éxodo rural.

Aísa (1.045 m), ha logrado salir airoso de todas esas plagas del siglo XX y hoy en día luce un formidable aspecto. Buena parte de sus casas han sido sometidas a concienzudas rehabilitaciones que han realzado el conjunto urbano. No pasa desapercibida cierta abundancia en el pueblo, una contenida alegría económica que se ha traducido en pequeñas obras y restauraciones que han dejado calles perfectamente empedradas y plazas de impecable factura. No hay que olvidar que la estación de esquí de Candanchú pertenece al término municipal de Aisa y ello tiene que influir en la cuenta de resultados de su ayuntamiento.

            En el pueblo cuentan historias de muchos vecinos que tuvieron que irse hace décadas a Jaca o Huesca en busca de prosperidad y ahora han regresado. Lo dicen con orgullo y cierta complacencia. Muchos vuelven sólo el fin de semana pero unos y otros han cumplido un pacto no escrito para preservar la esencia del pueblo y contribuir a su mejora. En la plaza Ramón y Cajal o en las calles Alta y Baja se pueden apreciar interesantes ejemplos de arquitectura tradicional en los que destacan los laboriosos trabajos de forja de los balcones o algunas chimeneas de cierta entidad.

Luego está la austera iglesia de La Asunción, un templo del siglo XVIII construido sobre otro anterior del que tan sólo se conservan un contrafuerte adosado al muro sur. El término municipal de Aisa está conformado también por los núcleos de Esposa y Sinués, en donde se mantiene uno de los dances más originales del todo el Pirineo aragonés. En todo el valle todavía se conservan los modelos tradicionales de economía agro-ganadera.

Siempre se habla de los valles de Aísa y Borau como una misma unidad. Son vecinos pero históricamente independientes, y eso lo subrayan cada vez que pueden los habitantes de Borau. Y es que el pueblo llegó a tener hasta mediados del pasado siglo médico, notario y escuelas, lo que en resumen significaba poder económico y relevancia social. Nada queda ya de ese pasado de esplendor salvo lo esencial: un casco urbano primorosamente conservado y algunos ejemplos de arquitectura tradicional realmente espléndidos.

Borau está arremolinado en torno al Lubierre, un modesto riachuelo que en el estío se seca y el resto del año apenas es capaz de transportar un exiguo caudal. Su proverbial aislamiento modeló un hermoso caserío que crece escalonado en un anfiteatro sobre la ribera izquierda del río. En Borau no se ha abusado de la arquitectura tradicional rediseñada en los últimos años en los despachos de arquitectos. Es decir; la ortodoxia de las fachadas de piedra cara vista apenas es visible y sí, por el contrario, una mezcla de estilos en los que se impone la pared encalada como era costumbre en el Pirineo hasta no hace mucho tiempo.  

Borau ha quedado al margen de la fiebre constructora que ha sufrido el Pirineo en las últimas décadas. Apenas hay edificios de nueva planta y los que se han construido han respetado escrupulosamente los elementos de la arquitectura tradicional del valle. Algunas chimeneas troncocónicas de sobria factura aportan nuevos elementos al rico catálogo de detalles y ornamentos que lucen sus casas, todas grandes y aparentes.

            A la entrada del pueblo se erige la más sorprendente de todas: es la vieja escuela del pueblo inaugurada en 1929, diferente a todas las del entorno. Su torre rematada con un llamativo reloj no se encuentra en el resto del Pirineo. Ahora que ya no hay niños (en el pueblo apenas viven 30 personas), las viejas aulas se han transformado en restaurante y salón social. Detrás del edificio se levanta uno de los frontones más lustrosos de la comarca. En lo alto del pueblo domina buena parte del valle la iglesia de Santa Eulalia, un sobrio edificio de grandes proporciones levantado en el siglo XVI. Su lamentable estado de conservación obliga a mantenerlo cerrado mientras alguna administración se decide a intervenir para evitar su ruina. En la plaza central hay una pequeña ermita abierta al culto. Allí está también la vieja “Casa Cipriano”, hoy felizmente restaurada, que muestra en su fachada una característica ventana geminada. A escasos kilómetros del pueblo se encuentra el antiguo monasterio de Sasabe (siglo XI), una de las piezas más relevantes del primer románico aragonés.

Hay un pueblo en la comarca de la Jacetania desconocido y sorprendente. Se trata de Botaya, un núcleo de larga historia escondido en una recóndita hondonada en las estribaciones meridionales de la sierra de San Juan de la Peña. Hasta hace una década coqueteaba peligrosamente con el umbral del abandono pero en los últimos años ha visto cómo se reabrían algunas de sus casas y se instalaban jóvenes familias de aspecto neorrural. Botaya ha recuperado la vida y con ella se ha desprendido de cierto anonimato que encubría uno de los cascos urbanos más bellos e impresionantes de la comarca jacetana. Muchos consideran que es el pueblo mejor conservado de la zona y probablemente no les falte razón. Todas las recientes rehabilitaciones se han realizado con un primoroso respeto, utilizando materiales tradicionales como la losa en los tejados y la madera en los vanos. El resultado es un caserío de extraordinaria armonía en el que no hay elementos distorsionadores. Pocos casos pueden encontrarse en el Pirineo aragonés con esa pureza formal.

            Las robustas casas de Botaya transmiten también la idea de un pasado de cierto esplendor bajo la influencia del monasterio de San Juan. Son edificios poderosos y soberbios como Casa el Herrero y Casa Francha, ambas del siglo XVI, ubicadas en la plaza del pueblo. Este rincón es el salón de la localidad y también el centro neurálgico que distribuye el resto del caserío. La otra pieza arquitectónica que establece la referencia visual es la iglesia de San Esteban, un templo de origen románico aunque profundamente alterado en el siglo XVII. En su portada destaca el valioso tímpano con imágenes de Cristo, los apóstoles y un crismón trinitario. Cuentan en el pueblo que el deteriorado estado de conservación de las figuras de los apóstoles se debe a la costumbre de los más pequeños de probar su puntería con las cabezas de los santos.

En la línea divisoria entre las comarcas de Jacetania y Alto Gállego está Acumuer, el único pueblo habitado del valle que atraviesa el río Aurín. Es un corredor natural agreste, de pronunciadas laderas forradas por frondosos bosques de pinos, abetos y hayas. Al final de ese valle se eleva Acumuer sobre un magnífico promontorio que le concede unas vistas privilegiadas. Detrás se insinúa el pico Collarada y la Collaradeta, geográficamente pertenecientes al valle de Canfranc pero con gran ascendente sobre Acumuer.

El pueblo sobrevive con escasa población y un núcleo urbano que conserva dignamente algunos de sus valores arquitectónicos más preciados. Casa Piedrafita con su fachada blasonada o los ornamentos de Casa Bordetas llaman la atención de inmediato por su belleza en medio de cierta austeridad. Son interesantes ejemplos de arquitectura señorial pirenaica. También sorprende por lo insólito el exótico jardín japonés de una de las viviendas ubicadas a la entrada del pueblo, propiedad de  Manuel Vinué, un artista de la localidad. El contrapunto lo ponen los bancales yermos de las laderas, herencia nostálgica de los tiempos en los que el pueblo y el valle palpitaban de vida y actividad.

Publicado en el número 68 de la revista El Mundo de los Pirineos

Premio "Villa de Benasque" de registros periodísticos 2009