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Juan Gavasa

Minutos Musicales

Nick Cave. Into my arms

Titiriteros

Titiriteros

Pirineos Sur cerró este domingo su decimoctava edición pensando en el futuro. El fin de fiesta corrió a cargo de la compañía aragonesa Titiriteros de Binéfar, que presentó en directo su nuevo disco “Es un pañuelo”. Cerca de 1.000 personas –la mayoría niños acompañados de sus padres-, disfrutaron de lo lindo bajo un sol de justicia de un espectáculo trabajado y ensayado a conciencia. Paco Paricio y Pilar Amorós llevan tres décadas haciendo disfrutar a los más pequeños, saben cuáles son los códigos que utilizan los chavales, conocen sus gustos y lo que les entusiasma. Tienen una envidiable habilidad para conectar con ellos y transmitirles la pasión por la música y el teatro. Titiriteros son especialistas en conseguir que los niños esbocen una sonrisa y compartan con sus padres un momento que en realidad es tanto de los pequeños como de los mayores. El espectáculo que presentaron en Pirineos Sur así lo demostró.

La decisión de cerrar esta edición con un espectáculo de corte familiar tiene una doble vertiente: por un lado se amplía la oferta cultural para que pueda sentirse identificado todo el mundo, y por otro se sientan las bases para que los ahora niños sean en unos años nuevos espectadores de los conciertos de Pirineos Sur. Este domingo daba gusto ver disfrutar a los más pequeños en el flamante auditorio de Lanuza, un escenario que ha dado probada muestra de sus enormes posibilidades y de su indudable versatilidad.

Titiriteros de Binéfar repasaron durante casi dos horas todas las canciones de su nuevo disco, un concienzudo trabajo que recoge canciones infantiles tradicionales y otras de nueva creación. Los Titiriteros han rescatado incluso temas de México o Argentina, y en el concierto de Lanuza incorporaron además como grupo invitado a la compañía colombiana “Teatro Comunidad”. El escenario se quedó evidentemente pequeño para acoger todo el montaje del grupo, en el que sobresalía el teatro para los espectaculares y bellos títeres, construidos especialmente para las dimensiones del auditorio tensino. A lo largo de la actuación pasaron más de 30 personas, una puesta en escena tan formidable como las que nos tiene acostumbrados el grupo binefarense. Hubo grandes momentos durante la actuación; el más emotivo probablemente fue el que protagonizó el coro de niños de la Escuela Pública de Binéfar.

Como suele ser habitual en los espectáculos de Titiriteros, el público acabó formando parte del mismo contagiado por el espíritu de torrencial alegría y optimismo que destilan los artistas. Grandes figuras animales irrumpieron en escena mientras desde las gradas varios figurantes manejaban originales elementos que prolongaban el escenario hasta el último rincón del auditorio. El espectáculo en estado puro. Eran las múltiples sorpresas que el grupo ya había anunciado el día anterior, incluidas las tracas y los globos que transportaron por el límpido cielo del Valle de Tena (esta vez sí), a algunos de los títeres. Imaginación a raudales, colorido y alegría sin límite. Una gran producción de Titiriteros que seguro tendrá largo recorrido una vez presentada en Pirineos Sur. 

Así habló Eumir Deodato

Así habló Eumir Deodato

El profeta Zaratustra vivía recluido en la montaña y cuando consideró que el momento había llegado, decidió abandonar su retiro y divulgar al mundo toda su sabiduría. Eumir Deodato no atesora las virtudes del superhombre que refirió Nietzsche en su universal obra “Así habló Zaratustra”, pero su concierto del viernes en Pirineos Sur, el primero que ofrece en España aunque parezca sorprendente, fue algo así como una epifanía en medio de las montañas, el anuncio de que el veterano compositor todavía tenía cosas que mostrar a la humanidad. Deodato se hizo inmensamente famoso a principios de los años 70 del pasado siglo por hacer una versión funk de la obra de Richard Strauss “Also Sprach Zarathustra”, inspirada en el texto del filósofo alemán. El tema se incorporó a la banda sonora original de “2001. Odisea en el espacio” y derivó en una confusión legendaria según la cual no fue Strauss sino el propio Deodato el autor de la pieza original.

Entre leyendas urbanas y una fama repentina, el compositor brasileño desapareció de la primera línea de la fama musical demasiado pronto y descendió a las galeras de la composición, donde el talento sólo se reconoce cuando se lleva un micrófono entre manos. Por eso Eumir Deodato es un perfecto desconocido para las nuevas generaciones, ajenas a su primoroso caudal compositivo, a la ingente capacidad creativa que le ha permitido trabajar con los mejores: Frank Sinatra, George Benson, Stanley Clark, Antonio Carlos Jobin, Aretha Franklin… Hasta la fecha, Deodato ha recopilado 16 discos de platino (como artista, compositor y arreglista), y ha vendido sólo en Estados Unidos, 25 millones de discos. Su discografía completa, en la que se incluye todas sus facetas musicales, supera los 450 discos y su álbum de debut, el maravilloso “Prelude” (1973), logró vender cinco millones de copias, otorgándole, además, su primer Grammy. Unas cifras demoledoras que exigen una reverencia ante el artista.

El viernes en Pirineos Sur Eumir Deodato puso sobre el escenario todo el peso de su leyenda. Acompañado de una formidable banda en la que sobresalía la sección de vientos (Piero Odorici, saxofón, y Daniele Giardina, trompeta), el músico brasileño dirigió desde el piano un concierto con efervescencias sicodélicas y nostalgia “setentera”. El jazz, el funk y el pop fueron en esa época la argamasa de una forma de hacer música que respondía con ampulosidad a la decadencia del verano del amor. Deodato fue considerado en aquellos años un verdadero maestro, un tipo que supo entender que los vigorosos arreglos orquestales y las producciones ostentosas eran el signo de los tiempos. Ayer eligió para finalizar su concierto –demasiado breve para todos-, un clásico de Steely Dan (otros maestros de las producciones orquestales), “Do it again”. No fue casualidad. Fueron los 70 años gloriosos años en los que la cultura musical se forjaba por igual en un disco, en una discoteca, en un concierto o en la sintonía de una serie de televisión norteamericana. Por eso ayer fue muy recurrente un comentario entre el público: “suena a sintonía de serie de televisión”, un reconocimiento inconsciente de la influencia que tuvieron músicos maravillosos como Deodato en la conformación de nuestra cultura musical.

La noche de Pirineos Sur presentaba como nombre genérico “Lusofonías”. Brasil se había presentado en el Auditorio de Lanuza con una versión poco convencional, si nos ceñimos a los erróneos patrones tradicionales que vinculan exclusivamente la música del país con la Bossa. La otra pata de la propuesta musical la aportaba la gran diva portuguesa nacida en Mozambique, Mariza. La enigmática fadista es ya una estrella universal que se pasea como tal por los escenarios; con una pose y una elegancia al alcance tan solo de una clase de mujeres que tiene en el gesto la sensualidad y en la voz un arma maravillosamente seductora. A Mariza ya la han situado al nivel de otras grandes divas como Edith Piaff o Ella Fitgerald. Todo es cuestión de matices y perspectivas pero no hay duda de que es la gran heredera de Amália Rodrigues, la más grande fadista de todos los tiempos.

En la noche del viernes en Pirineos Sur realizó un concierto impecable, un calificativo que de tanto usarse puede transmitir la sensación de abaratamiento. No es el caso. Impecable quiere decir magistral. Mariza domina los infinitos registros de su portentosa voz con sabiduría y profesionalidad; sabe que el público espera encontrar en los directos una versión aproximada de lo que escucha en sus discos. No se pierde en requiebros efectistas ni incita a sus músicos a desvaríos sonoros que siempre se acaban justificando por la incierta inspiración del directo. Lo que Mariza ofrece es un formato sobrio y metódico, envuelto de ternura y delicadeza, una valiosa joya vocal que tiene el tacto del terciopelo. Melancolía y dulzura por partes iguales y el soporte de unos músicos que deambulan entre pequeños brotes de inspiración jazz y la estructura tradicional que alimenta el fado, concebida para no restar ni un ápice de protagonismo a la gran y única estrella. Ayer fue Mariza y el mejor instrumento fue su voz.

Canfranc, 81 años

Canfranc, 81 años

Para la historia del ferrocarril del Canfranc han quedado grabados con letras mayúsculas los prohombres que alentaron y promovieron su construcción. Nobles, políticos, acaudalados empresarios y clérigos que pertenecían a la oligarquía dominante en una región de profundas desigualdades económicas. En la memorable jornada de la inauguración sus nombres se reproducían de manera laudatoria como paladines de una epopeya humana de dimensiones magistrales. Basilio Paraíso, Florencio Jardiel, Louis Barthou, Joaquín Gil Berges... todos ellos recibieron sonoros reconocimientos populares bañados en la prosa decimonónica de la época.

            En aquellos días de julio de 1928 nadie recordó a los obreros muertos en su construcción, nadie midió la magnitud del Canfranc por el sacrificio humano ocasionado. Pero desde el inicio de la perforación del túnel de Somport en 1908 hasta la inauguración de la línea internacional veinte años después, decenas de obreros perdieron la vida sepultados bajo las rocas arrancadas a golpe de dinamita de la montaña pirenaica, o arrollados por las máquinas que operaban en la vía. Muchos de ellos fueron anónimos mártires de un progreso que, como lamentaba el periodista jaqués Carlos Quintilla en 1912, “no sabe abrirse paso si no a fuerza de destrozar hombres y de quebrar ilusiones”.

            Cuando comenzó a horadarse el túnel del Somport, el ferrocarril de Canfranc ya era la empresa de mayor envergadura de Aragón junto a la sociedad Minas y Ferrocarriles de Utrillas. Las obras de perforación y de explanación del valle de Arañones exigían cuantiosa mano de obra que fue demandada a todo el país. Ya en 1888, en las vísperas del inicio del tramo entre Huesca y Jaca, La Crónica de Huesca informaba de la presencia en la ciudad de “numerosos pobres que imploran la caridad pública. La casi totalidad de ellos, jornaleros que acuden ante la idea de hallar trabajo en las obras del Canfranc”. El tren sirvió en aquellos primeros empentones ferroviarios para “aliviar el hambre de muchos infelices”, en expresión de la época.

            A Canfranc llegaron en 1908 centenares de trabajadores procedentes de todo el país. La creciente actividad e influencia del movimiento anarquista (un año antes, en Barcelona, se había constituido Solidaridad Obrera) llegó hasta el corazón del Pirineo en el zaguán de aquella masa proletaria que muy pronto se dejó oír. Alfonso XIII, asiduo visitante de las obras, había sufrido un grave atentado el día de su boda en 1906, cuando el anarquista Mateo Morral lanzó dos bombas al paso de la comitiva y luego se suicidó.

            En julio de 1909, coincidiendo con el estallido en Barcelona del movimiento revolucionario conocido como la Semana Trágica, más de 100 obreros del túnel del Somport se declararon en huelga en protesta por el cambio del horario de descanso, que les dejaba expuestos más tiempo de lo aconsejable a los gases emanados de los explosivos utilizados para abrir la roca. La movilización se transformó en fuertes disturbios que obligaron a intervenir a cerca de cincuenta miembros de la Guardia Civil y del cuerpo de Carabineros procedentes de los puestos de Canfranc y Jaca. Las negociaciones no surtieron efecto y se reforzó la presencia de la fuerza pública tras perpetrarse cuantiosos destrozos en el material de las obras. Al día siguiente se logró persuadir a los huelguistas y se reanudaron los trabajos, aunque la mecha ya no se apagaría.

            El reclamo de las obras del ferrocarril provocó un flujo constante de obreros que, en muchos casos, se veían obligados a regresar a sus lugares de origen tras comprobar que las peonadas estaban cubiertas. En abril de 1910 El Pirineo Aragonés de Jaca informaba de que muchos de esos trabajadores tenían que “pedir socorro para regresar a sus casas”. Dos meses antes había muerto el primer obrero tras chocar dos vagonetas. En julio fallecía un peón dentro del túnel al ser aplastado por una piedra desprendida de la bóveda. No se conoció su nombre ni el del tercer obrero que pereció una semana más tarde arrollado por otra vagoneta. Varios compañeros resultaron con heridas de gravedad.

            A mediados de julio de 1910 se declaró la segunda huelga en Canfranc, que fue secundada por 300 obreros. Estos exigían un aumento salarial de una peseta en compensación por el riesgo que corrían sus vidas ante la aparición de numerosos manantiales que dificultaban la ejecución de la obra. El tiempo demostró que aquella denuncia tenía sentido. Los yacimientos obligaron a paralizar en numerosas ocasiones la perforación del túnel y causaron graves accidentes que exigieron modificaciones en el proyecto.

            En todo caso, el brote huelguista era fiel reflejo de lo que estaba ocurriendo en el resto del país. Las campañas anarquistas habían tenido gran repercusión en las principales ciudades industrializadas (Barcelona y Bilbao), y el intento de asesinato del político conservador Antonio Maura había estrechado el cerco sobre los líderes anarcosindicalistas. En un Pirineo envuelto todavía en las brumas de la Edad Media, Canfranc era un remedo de la revolución industrial. El impacto social de aquella masa proletaria en mitad de las montañas merece un exhaustivo estudio.

             En octubre otro obrero, esta vez en el tramo de la vía que se construía a la altura de Castiello, perdía la vida como consecuencia de un brutal desprendimiento. Eran muertes sin nombres ni apellidos, anónimos obreros que habían buscado en el Pirineo una oportunidad laboral que escaseaba en el resto del país. Mientras tanto, la perforación del túnel avanzaba con serios problemas. En marzo de 1911 los jornaleros tuvieron que abandonar el tajo durante varios días por los escapes de agua registrados en el interior del túnel.

            El clima de descontento crecía cada día con nuevos accidentes y una sensación general de inseguridad laboral que los responsables de la empresa constructora, los prestigiosos ingenieros italianos Caldera y Bastianelli, difícilmente podían mitigar. La Nochebuena de 1911 se produjo un enfrentamiento en el lado francés entre varios trabajadores españoles (la gran mayoría de los obreros que construyeron el tramo francés del Canfranc también eran españoles), que se saldó con un muerto y varios heridos.

            La tragedia sobrevolaba el puerto de Somport constantemente. Aun así, a principios de 1912 seguían llegando trabajadores a Arañones. Una partida de 108 obreros procedente de Cartagena pasaba por Jaca camino de la frontera. Era la primera que llegaba al Pirineo tras el anuncio publicado en los principales medios de comunicación nacionales de la necesidad de dos mil obreros para intensificar los trabajos con la llegada de la primavera. Paradójicamente, en esos días una gran filtración de agua inundó más de un kilómetro de la galería del túnel. Durante una semana las obras se paralizaron hasta que pudo ser contenido el manantial que escupía 70 litros por segundo.

            En abril fallecían dos obreros en el túnel número 5, cerca de Aratorés, al explosionar de manera fortuita dos barrenos cuando se encontraban trabajando en el interior. Antonio Callizo y Salvador Granada, los dos de Villanúa, quedaban destrozados por la dinamita y varios compañeros sufrían graves heridas. Al mes siguiente más de 200 obreros tenían que abandonar el túnel durante varios días al anegarse nuevamente el interior. Las dificultades crecían y también el miedo entre los trabajadores.

            El cantero jaqués Mariano Vizcarra perdía la vida en septiembre al ser aplastado por una roca cuando operaba en la vía con una vagoneta. Pero el suceso más dramático se produjo pocos días después cuando Ildefonso Sansegundo y su hijo Gaspar, ambos de Ávila, morían al ser arrollados por un vagón descarrilado del convoy de materiales. En un clima de incontenible indignación visitó ese mes las obras el rey Alfonso XIII y entregó 500 pesetas a un grupo de obreros. Poco valor para tanta pérdida. El túnel estaba apunto de ser perforado en su totalidad pero la falta de agua en el lado francés dejó a más de quinientos obreros españoles sin tajo en el lado norte y deambulando por las calles de Jaca.

            A finales de 1912, año convulso para la monarquía alfonsina con el asesinato de Canalejas, el presidente del Gobierno, se unían las dos partes del túnel y se celebraba una fiesta en la que el ingeniero italiano Gino Valatelli proponía grabar en lápidas los nombres de los obreros muertos en la obra y colocarlas a la entrada del túnel. A esas alturas se contabilizaban doce pérdidas humanas, pero habría más.

            En los primeros días del nuevo año una brigada nocturna que operaba en vagoneta volcó, muriendo Higinio Rodríguez y Raimundo González. Los que iban a relevarles en el turno se encontraron con el macabro espectáculo y a los pocos minutos un nutrido grupo de obreros se declaró en huelga. Hizo falta la presencia de 20 soldados destacados en el fuerte de Coll de Ladrones y varias parejas de la Guardia Civil para reprimir las manifestaciones de protesta.

            En junio fallecía aplastado por un desprendimiento en el interior del túnel el trabajador abulense Ignacio López Martín, y un jornalero era sometido a una operación para amputarle uno de sus brazos tras sufrir la explosión de un barreno. Canfranc seguía siendo un lugar peligroso pero también la única esperanza de trabajo para cientos de trabajadores que seguían llegando del sur de Huesca huyendo de la sequía que arrasaba las tierras de cultivo.

            En mayo de 1914 se producía el suceso más grave desde el inicio de las obras. Una tremenda explosión registrada en la fragua instalada a la salida del túnel acabó con la vida de tres obreros. Abel Soria tenía 27 años y era de Mianos. Joaquín Cavero y Lorenzo Beltrán eran naturales de Canfranc; el segundo de ellos sólo tenía 14 años. Las crónicas dicen que la explosión “descuartizó los cuerpos de los tres infelices, lanzándolos a más de 100 metros de distancia”.

            Avanzaba el año y las obras del túnel estaban cerca de su fin. Pero estalló la Primera Guerra Mundial y Francia paralizó los trabajos, acuciada por las exigencias bélicas. “Una verdadera irrupción de españoles ha llegado a Jaca por el puerto de Canfranc. Son los obreros del ferrocarril (...) cuyos trabajos han quedado totalmente paralizados con motivo de la angustiosa situación que Europa padece”. El Pirineo Aragonés hablaba en su crónica de 1500 obreros.

            El invierno de 1915 fue uno de los más gélidos del primer tercio del siglo xx. Las grandes nevadas obligaron a la 6ª División Hidrológico Forestal a replantear todos los sistemas de contención de aludes, una vez demostrada la fragilidad de los proyectados hasta entonces. Un gran alud había arrasado el albergue de presidiarios situado en la boca del túnel, aunque no hubo muertos. La nieve causó estragos en aquel invierno de 1916. El último de la larga lista de ”mártires del progreso” falleció en 1925 al quedar sepultado bajo una montaña de arena. De nuevo otro obrero anónimo, triste metáfora para quienes dieron su vida por la gloria ajena.

Joe Bataan y Maceo Parker

Joe Bataan y Maceo Parker

Está claro que la mayoría de edad de Pirineos Sur será también la de las adversidades climatológicas. El jueves fue una granizada de dimensiones bíblicas y el viernes un frío helador mezclado con una lluvia intermitente que nada pudo hacer, pese a todo, para aguar la fiesta. Era la noche marcada en rojo por los amantes del funky, el bogaloo y la música de baile, y la fiesta no decayó. En el escenario de Lanuza se esperaban dos auténticas instituciones con trayectorias impresionantes y propuestas musicales perfectamente engarzadas para una noche que se anunciaba de alto voltaje: el cantante neyorkino Joe Bataan y el saxofonista Maceo Parker. Todo lo que se esperaba se cumplió con creces. El cielo del valle de Tena aportó su parte enigmática al espectáculo: a veces desaparecía oculto entre inquietantes nubarrones que presagiaban lo peor, y otras irrumpía vigoroso y estrellado. El asunto del tiempo en Pirineos Sur ya forma parte de su legendario particular, un elemento incorporado a su programación que suele utilizar el factor sorpresa. A estas alturas es ya uno de la casa al que se le sabe ignorar cuando se pone impertinente.

Joe Bataan (1942) abrió la noche con poderío. Hay que decir de entrada que la leyenda del soul latino mantiene un estado de forma envidiable y una fuerza sobre el escenario que todavía recuerda a la que le hizo tan popular en los ambientes latinos en la década de los 60. Quizá sea cuestión de genética o el resultado de la convivencia artística con músicos muchos más jóvenes que él. Estos bien podrían pasar por paisanos del Spanish Harlem de New York pero en realidad se trata del grupo catalán Los Fulanos, una de las escasas bandas españolas de latin soul y bogaloo, nacida de miembros de la Fundación Tony Manero, Los Van Van y Chocadelia Internacional. Con ellos ya ha realizado alguna gira por nuestro país y publicó este año el disco “King Of Latin Soul”.

Así que lo justo sería decir que Joe Bataan y Los Fulanos facturaron un concierto impecable que provocó una riada incontenible de baile en las gradas del auditorio de Lanuza. Fiesta en estado puro con algunos de los éxitos más resonantes de Bataan, entre los que no podía faltar “Johnny is not good”, el clásico de Los Temptations “Gipsy woman”, que le lanzó a la fama en 1967, o el versionadísimo “The bottle”, recuperado en los últimos años en varias antologías de acid jazz. Joe Bataan inventó en los setenta del pasado siglo el concepto “salsoul”, que define por si solo los ingredientes que componen su música y que él, después de tantos años, sigue aliñando como nadie. En la noche del viernes el cantante y pianista neyorkino expuso las poderosas razones por las que sigue considerado de manera indiscutible el rey del latin soul.

Otro por el que no pasan los años es Maceo Parker (1943). El músico norteamericano fijó hace casi dos décadas la fórmula que le iba a convertir en uno de los saxofonistas más reconocidos y comerciales del planeta: “un 2% de jazz y un 98% de funk”. Y con la mágica composición a cuestas ha labrado una sólida carrera en solitario después de permanecer durante 25 años al abrigo del gran James Brown. En este tiempo grabó 12 discos y compartió la sección de vientos de su banda con otra leyenda viva, el saxofonista Pee Wee Ellis, que precisamente el pasado año actuó también en Pirineos Sur. Con esa trayectoria y un notable sentido del espectáculo Maceo Parker lo tenía fácil para triunfar. Hoy en día es un habitual de los grandes festivales de jazz de todo el mundo y es reclamado por influyentes artistas de la escena rock y pop para colaborar en sus grabaciones.

Ayer en Lanuza ofreció un formidable concierto junto a su excelente banda de casi toda la vida, en la que adquiere un relevante protagonismo su hijo Corey Parker; cantante, Dj y en cierta medida el eslabón que enlaza el funky tradicional de su padre con estilos más contemporáneos como el hip-hop o el rap. Pero es el gran Maceo el eje sobre el que gravita toda la puesta en escena. Su portentosa presencia y el inconfundible sonido de su saxo alto –casi un icono sonoro-, se bastan para encender la mecha y desatar el vendaval funk en un formato clásico pero solvente y eficaz. Maceo ha grabado recientemente un disco con la WDR Big Band, “Roots and grooves”, en el que incluye además una serie de versiones de temas de su idolatrado Ray Charles. El viernes tocó algunos de ellos –“Georgia on my mind”-, pero también buceó por su basto repertorio y rescató los temas que probablemente mejor funcionan en directo como “Make it funky” o “My baby loves you”. Un guiño para sus seguidores más fieles y un regalo para los que simplemente disfrutan escuchando a músicos que hacen muy bien su trabajo.

Dirty Dozen

Dirty Dozen

Los componentes de “Dirty Dozen Brass Band” habían disertado sobre las raíces de la música de Nueva Orleans en la rueda de prensa ofrecida a los medios de comunicación acreditados en Pirineos Sur. Cercanos y divertidos, hablaron de las múltiples influencias de su música, tantas como los gustos individuales de sus componentes y como las culturas que arribaron en su ciudad a lo largo de la historia. 

Franceses, españoles y británicos se la repartieron durante siglos y ellos supieron hacer de la necesidad virtud para apropiarse de lo mejor que tenían los colonizadores de turno. Así se explica el magma de sonidos y estilos que han nacido en Nueva Orleans y la primorosa versatilidad de sus músicos, auténticos talentos que transitan con naturalidad desde el jazz hasta el funky, pasando por el cajun, el zideco, el pop e incluso el rock.

La noche del sábado los “Dirty Dozen Brass Band” volvieron a demostrar que en el ADN de los ciudadanos de Nueva Orleans existe una extraña molécula que activa unos sentidos especiales para hacer música. Lo decían ellos mismos; en la ciudad del Mississippi cualquier niño de cinco años ya sabe tocar un instrumento.

Ellos tienen unos cuantos más y al talento han unido una experiencia formidable, que les permite engrasar sobre el escenario una maquinaria perfecta que desprende un sonido tan contundente como demoledor. En el pantano de Lanuza estuvieron el sábado los espíritus de Louis Amstrong, Fats Dominó Marvin Gaye e incluso el recientemente fallecido Michael Jackson, al que dedicaron el último tema. “Dirty Dozen Brass Band” no hace honor a su nombre; sencillamente porque son mucho más que una brass band. En realidad lo que ofrecieron en Lanuza fue un concierto de funky en toda regla sazonado con pequeñas dosis de jazz tradicional. Un homenaje a Nueva Orleans con todo lo que tiene que tener un buen fiestorro: músicos talentosos, sentido del espectáculo, tablas sobre el escenario y una pasión intacta que hace que cada concierto parezca que vaya a ser el último.

Foto de Pilar Hurtado

Marianne Faithfull

Marianne Faithfull

A Marianne Faithfull le turba el peso de su leyenda. A estas alturas la vida le ha dejado una voz rota y unas cuantas cuentas pendientes con el pasado. Icono de la música popular inglesa, novia de Mick Jagger y letrista de los Rolling Stones, actriz y musa sexual de una generación que roza los sesenta; Marianne ha sido una mujer etiquetada desde que a los 17 años fuera descubierta por un productor en un café londinense. Luego ella optó por vivir la vida desde el lado más turbulento posible, coqueteando de forma retadora con las drogas hasta alcanzar un pacto de no agresión: nos necesitamos así que vamos a llevarnos bien. Y el pacto sigue vigente después de tantos años, como esos matrimonios que mantienen la impostura porque sospechan que fuera de la rutina hace demasiado frío.

La diva salió al escenario de Pirineos Sur y comenzó a moverse con su familiar descoordinación, tan sutil y seductora. “Times Square” abrió una noche inolvidable, a la altura de su misterio legendario. Hacía mucho frío en el flamante nuevo auditorio de Lanuza. La Faithfull guardó el corpiño que había lucido la noche anterior en “La Mar de Músicas” y se embutió en un traje de chaqueta negro que enfatizaba su elegancia contenida; entre una vieja estrella de country y una sofisticada dama de la alta burguesía londinense.

El formidable septeto que la acompañaba desplegó toda su capacidad sonora para envolver los desgarros de su voz arrastrada, encogidos a veces en un tono intimista y exuberantes y altivos cuando elevaba las notas. Una magistral lección de interpretación de quien está de vuelta de todo y sabe que la redención no es posible. Su voz es su leyenda y sus letras una confesión en toda regla. Marianne Faithfull interpretó temas de su vigésimo y último trabajo, “Easy come, easy go”, un álbum de versiones con destacadas colaboraciones como las de Keith Richards, Nick Cave, Rufus Wainwright o Morrisey. “Broken English”, “La balada de Lucy Jordan”, “Sing me” o “Sister morphine” sonaron magistralmente en un auditorio que apenas alcanzó los mil espectadores. Una pena.

Pirineos Sur celebró su mayoría de edad con un concierto magnífico que seguramente quedará en el recuerdo como uno de los mejores de la historia del Festival. Habituado a una programación con una notoria carga étnica, la apuesta por un mito anglosajón abre nuevas vías en el concepto artístico del Festival y puede atraer nuevos públicos, aunque todos los cambios –como las revoluciones-, necesiten de pedagogía y tenacidad. Ayer fue el primer intento. Habrá más.

Michael Jackson

Michael Jackson

Quería dejar pasar unos días para escribir de Michael Jackson. Esperaba que su muerte se convirtiera en un macabro suceso en manos de quienes se solazan en el fango del vecino. Así ha sido. Todos los medios de comunicación se han lanzado estos días a publicar extensísimos y documentados suplementos en los que se revisa con detalle la penosa vida de Jackson. En el más mediocre de los ejercicios periodísticos posibles, se ha puesto el acento en los turbios episodios de su vida y se ha dejado en un plano inferior la maravillosa aportación que realizó a la historia de la música. Tendrán que pasar unos cuantos años para que se alcance a comprender la dimensión de su muerte y el valor de su legado. Las torpes urgencias del periodismo amarillo han yuxtapuesto la vida íntima del artista con la trascendencia de su obra. Es cierto que la proyección pública de un personaje como Michael Jackson hizo inevitable que en ocasiones se confundiera su vida íntima con la ficción del escenario. Pero en este caso, más que en ningún otro, el cantante que se encerraba en sus demonios infantiles nada tenía que ver con el que se proclamaba poderoso sobre el escenario como el rey del pop. Su música y su carisma no fueron consecuencia de sus tormentos; más bien el arte fue la salida natural al infierno de su insatisfacción eterna. La música era la máscara, no el espejo.

                Nunca me atreví a juzgar a Michael Jackson más allá de sus discos. No me interesaba. Me entusiasma el trabajo de muchos tipos que probablemente en la intimidad son unos verdaderos estúpidos. Siempre me pareció ridículo el ego infantil de Prince, pero le considero uno de los artistas más brillantes del último tercio del siglo XX. Me importaron poco las incursiones en la India de algunos de los Beatles y me siguen resultando divertidas por absurdas las leyendas sobre los periódicos cambios de sangre de Mick Jagger. Que hagan lo que les de la gana, pero que compongan buena música. No les pido nada más. No tengo derecho a exigirles nada más.

                Michel Jackson fue el primer artista global de la historia de la música. La fama de Elvis Presley no pasó de Estados Unidos y la Europa occidental. Los Beatles se separaron bastante antes de que llegara la cultura audiovisual y Frank Sinatra fue tan sólo el cantante de cabecera del mundo anglosajón. Jackson fue el único que logró en vida conquistar los cinco continentes y convertirse en un icono universal de la música, en la figura que representaba todo el caudal creativo de finales del siglo XX. Nunca antes un artista construyó una personalidad tan arrolladora, diferente y fascinante. La efigie de Michael Jackson puede ser utilizada perfectamente para resumir toda una etapa de la historia de la humanidad. Él representó la modernidad, el final de la guerra fría, la revolución musical de la era digital y una nueva forma de entender la industria discográfica basada en el poder de la imagen. Creo que la historia le situará a la altura de Elvis y de los Beatles.

                Hay una clase de críticos musicales que nunca pudo digerir la fuerza comercial de su música. No le perdonaron sus ventas millonarias, las veleidades horteras de su estética y la atormentada deriva de su vida. Era una clase de críticos acomplejada y menguada, demasiado frustrada para reconocer el talento alejado de discos de rock clásico estructurados en torno a austeras guitarras. Lo que ofrecía Michael Jackson era suntuoso y sobrecargado, un alambicado retablo rococó de sonidos, samplers y voces que fascinaba tanto como irritaba. A ello se unía una puesta en escena grandiosa -nada que ver con lo que se había visto hasta entonces en toda la historia de la música-, y una coreografía asombrosa que influyó directamente en la naciente cultura break. En ese aspecto, Michael también fue un verdadero revolucionario.

Estamos hablando de finales de los años 70 y principios de los 80 del pasado siglo. Michael Jackson se había desprendido de las cadenas que le ataban (en el sentido literal de la palabra), a la factoría Motown del inefable Berry Gordy –la llamaban ilustrativamente “la plantación”-. Junto con sus cuatro hermanos había triunfado en los años anteriores con los Jackson 5, un juguete que dio pingües beneficios a Gordy en la misma medida que sirvió para destrozar la infancia y la autoestima del pequeño Michael. Hoy ya no hay duda de que aquellos años de explotación y férrea disciplina paterna moldearon la frágil personalidad del artista y contribuyeron a construir su universo maldito de miedos, inseguridades, desafectos e infelicidad.

Michael fichó por Epic y de la mano del mítico Quincy Jones grabó en 1979 “Off the wall”, un disco clave en la historia de la música pop y, para muchos, el mejor de su carrera. Jones le diseñó una lujosa producción, soberbia y sofisticada. Su responsabilidad en el nuevo sonido de Michael puede compararse a la que tuvo Phil Spector en las últimas grabaciones de los Beatles. La música disco entraba en barrena con el agotamiento por sobreexplotación de muchas de las estrellas de la Motown, y la dimisión por sobreexposición de algunos nombres que habían exprimido al máximo los años de gloria de las discotecas. Isaac Hayes, Earth, Wind and Fire, James Brown, Al Green, Curtis Mayfield, Sly Stone and the family, Stevie Wonder… todos eran artistas en franca recesión y la música de color necesitaba un revulsivo inmediato. Michael irrumpió con “Off the wall” y todo cambió.

Tres años más tarde llegó “Thriller” y lo que ocurrió a partir de entonces ya forma parte de la historia de la música, está escrito en los libros. “Billie Jean” primero y después “Thriller” convirtieron el álbum producido nuevamente por Quincy Jones en un verdadero fenómeno social en todo el mundo. El disco fue grabado en diversas pistas y montado posteriormente en estudio con todos los inconvenientes de la incipiente técnica digital. Sin embargo el meticuloso Jones logró construir una atmósfera sonora impecable y maravillosa, en la que todas las voces e instrumentos se ensamblaban con la delicadeza de un orfebre. El erudito crítico musical oscense Luis Lles afirma desde hace años que “Thriller” es el mejor disco de la historia. Yo no me atrevería a afirmaciones tan rotundas pero no tengo ninguna duda de que se trata de uno de los mejores. Por el conjunto de canciones que encierra, por la magia de su sonido y por el carácter revolucionario de su estrategia promocional es evidente que estamos ante uno de los discos más influyentes de la historia.

 

Con “Thriller” se instaló definitivamente en la industria musical una forma de hacer las cosas que todavía hoy, en plena era de las descargas por internet, sigue vigente. El vídeo de “Thriller” dio alas a un dubitativo proyecto empresarial: la MTV. El corto de 13 minutos que dirigió John Landis con la participación de Vincent Price obligó a todas las discográficas a echar el resto en la producción de los videoclips de sus estrellas. Sin “Thriller” probablemente las cosas hubieran sido bien distintas. Los detractores de Michael Jackson suelen criticar su endeble propuesta musical, la levedad de sus baladas y la almibarada comercialidad de sus canciones. No aprecian que, en realidad, Michael era un adelantado a su tiempo en muchos aspectos y un verdadero visionario de las tendencias musicales en ciernes. En “Thriller” hacía un evidente guiño a la música africana en “Wanna Be Startin Somethin” (tantas veces sampleada posteriormente), ofrecía indicios de hard rock en “Beat it” con la participación de Edie Van Halen, y sentaba las bases de la nueva música dance y del funk con “Billie Jean”. Este inagotable caudal de influencias e intuiciones se reforzaría en el también magnífico  “Bad”, y en menor medida en “Dangerous”, donde contó con la colaboración del guitarrista Slash. Pop, Rock, Rap, Hip hop, hard rock, funk, soul… el legado musical de Michael Jackson es en realidad una perfecta síntesis de casi todo lo que ha sonado en los últimos 30 años en el mundo. Lástima que la máscara de artista no pudiera esconder la miseria del hombre. Pero, como decía Luis Lles, a los mitos no les pedimos que sean como el vecino de arriba, queremos que sean diferentes y extravagantes para adorarlos.