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Juan Gavasa

Viajeras (II)

Viajeras (II)

Regresando al debate sobre el concepto del viaje, hubo otros hombres y mujeres que en el ejercicio de su profesión recorrieron el Pirineo y aportaron a la cultura de la cordillera su conocimiento y el fruto de sus investigaciones. Muchos se inspiraron en los principios de la Ilustración; es decir, el conocimiento, la investigación y el deseo de registrar curiosidades eran los motivos fundamentales del viaje.

 

Sin embargo, no podemos olvidar ni arrinconar a otros grupos guiados por los mismos fines científicos que viajaron porque debían de cumplir una misión. Militares, cartógrafos, geógrafos o geodestas trazaron con extremada eficacia las coordenadas de la cordillera por encargo de los reyes y políticos de turno de ambas vertientes. El Pirineo siempre fue una zona en conflicto, un territorio en pugna y escenario de constantes enfrentamientos bélicos. El Tratado de los Pirineos firmado en 1659 estableció definitivamente la línea fronteriza entre España y Francia, pero con ello no acabaron los litigios, como bien es sabido. A finales del siglo XVIII el capitán Vicente Heredia y el oficial francés Renhard Junker recibieron el encargo de trazar el mapa geopolítico franco-español y viajaron de punta a punta del Pirineo para acometer su descomunal empresa. Todo indica que el propio Heredia, en su trabajo de medición y establecimiento de estaciones geodésicas, ascendió antes que Ramond el Monte Perdido, pero él no tuvo tiempo de  contarlo en un libro, estaba  preocupado en otras cosas.

 

El estudio científico de las montañas y la necesidad de realizar una cartografía rigurosa a efectos de inventario para los dos imperios que compartían la cordillera, fueron determinantes en las primeras incursiones foráneas en el siglo XVIII. Para repartirse el terreno tenían que saber con meridiana exactitud lo que había en él, así que las ambiciones militares propiciaron un revelador y concienzudo rastreo de las montañas. De hecho, todavía hoy perviven errores toponímicos surgidos de aquellos viejos mapas militares.  Por otro lado, en 1774, Palasser  fue el primer científico que hizo un estudio riguroso de la geología pirenaica. En 1807 el botánico Agustín Pyramus de Candolle recorrió el Pirineo de mar a mar en una exuberante campaña científica que reportó el primer gran estudio de las especies vegetales de nuestras montañas.

 

Por lo tanto, ¿se puede incorporar a Junker, a Heredia, a Pyramus o a Palasser a la lista de viajeros del Pirineo? Indudablemente sí, independientemente de que en algunos de estos casos no hubiera una voluntad propia que incitara al viaje. Nos hacemos, de este modo, la misma pregunta que formulábamos al principio y llegamos a la conclusión de que en la misma idea del viaje está el viajero, al margen de las motivaciones que impulsan el desplazamiento. Estas reflexiones me parecen interesantes como paso previo a establecer una taxonomia de la mujer viajera.

 

“Viajeras por el Pirineo en los siglos XVIII y XIX” ¿Las hubo? Por supuesto. Pero es verdad, y espero que no se me malinterprete, que desde una perspectiva global podemos afirmar que su aportación a la historia del pirineísmo no tuvo la dimensión que sí alcanzó la de los hombres. Las razones son evidentes y ya las hemos citado al inicio. Las viajeras pirenaicas fueron en su gran mayoría pertenecientes a la nobleza y a la burguesía europeas; mujeres independientes, atrevidas, cultas, románticas, de fuerte carácter y gran autoestima que disponían de los suficientes recursos económicos para emprender costosas expediciones en busca de los lugares exóticos y del alma romántica que evocaban los libros de otros viajeros como Víctor Hugo, Théophile Gautier y su influyente “Viaje por España” de 1845; George Borrow y, sobre todo, Richard Ford con su celebérrimo “Manual para viajeros por España” publicado también en 1845.

 

Está claro que para viajar en los siglos XVIII y XIX sólo se podía ser como fueron aquellas mujeres. Por ello,  la irrupción del turismo agüista a finales del siglo XVIII y la creciente popularidad de los balnearios pirenaicos –principalmente en la vertiente norte-, coincidieron con la  eclosión de una literatura de viajes femenina que se nutría fundamentalmente de clientas habituales de los lujosos y exclusivos establecimientos termales.

 

Lo que encontramos en sus libros, en sus narraciones y en sus descripciones son un conjunto de reflexiones e impresiones que transitan entre lo anecdótico y lo sustancial. Como explica la historiadora María Luisa Burguera, existe en los textos “un deseo de provocar la emotividad en el lector ante la visión de una naturaleza especialmente española”. La otra gran diferencia respecto a la anterior literatura masculina es que la mujer viajera se desprende de los preceptos cuasi-científicos  de la Ilustración y se dedica a plasmar su propia experiencia personal como única pretensión; el simple placer de viajar que se encuentra tan sólo en lugares exóticos. Y España y el Pirineo indudablemente lo eran en el siglo XIX. Ellas, generalmente, permanecen al margen de las grandes instituciones creadas en aquél tiempo –exclusivamente masculinas-, para fomentar el conocimiento y divulgación de la montaña, como la Sociedad Ramond o el prestigioso Club Alpino Francés. Su interés por el viaje tiene otra naturaleza.

 

Así nace el relato literario de viajes y se abandona otro tipo de relato viajero de carácter documental, fomentado por los escritores ilustrados pirineístas en las décadas anteriores. Las mujeres que viajan por el Pirineo se limitan a contar su experiencia de la forma más atractiva posible, introduciendo un carácter intimista e introspectivo que profundiza en el mundo interior de la viajera. Es lo que conocemos como literatura romántica, que en el caso de la mujer surge, no con el objetivo de un improbable reconocimiento público –como en el caso de los hombres-, sino por el afán de plasmar la belleza descubierta y la experiencia interior.

 

Es cierto también que estas viajeras vienen cargadas de grandes prejuicios e influenciadas por una larga lista de tópicos de los que generalmente no se desprenderán. De nuevo en palabras de la historiadora María Luisa Burguera, “valoran lo que esperan encontrar y rechazan lo que no entienden ni quieren entender; y como resultado de este proceso la imaginación del creador transforma lo que ve”. Esto es algo que veremos muy a menudo en muchos de los autores que escribieron sobre el Pirineo. Como el grueso de esa literatura romántica (fundamentalmente la francesa), era fruto del encargo de un editor, la obsesión por lo pintoresco y lo menos grato –en contraste con las descripciones grandilocuentes del paisaje-, tendría que ver, según J.J.A. Bertrand, con el deseo de los lectores franceses de encontrar en los relatos de viajes “cuentos fantasiosos” y las mentiras “que tanto indignan a nuestras amigos de España”, cuando se habla de la vertiente sur. La leyenda negra en definitiva.

 

En el caso de los textos vinculados con el Pirineo, sí que se observan ácidas descripciones de los alojamientos, demoledoras sentencias sobre la limpieza de las casas españolas, amargas visiones de los pueblos y exabruptos más o menos matizados sobre la comida. No intentan ahondar en las razones sociales, económicas o incluso culturales de determinados comportamientos. Son habituales los lamentos de los viajeros por la costumbre de los españoles de tener las cuadras en la planta baja de la vivienda. Las referencias al hedor son constantes en sus textos pero no reparan en que éste no es tanto un problema de higiene como un remedio práctico para calentar la vivienda en invierno con el calor de los animales.

 

Es evidente que su interés por el lugar que visitan no alcanza a desentrañar la cotidianeidad de sus gentes. La historiadora Carine Calastrenc Carrèrre lo ha explicado perfectamente: “El viajero rara vez abre los ojos. No constata la pobreza real de la población ni la precariedad o dureza de la vida en estas montañas. La mirada que lanza es distante y escasamente objetiva (...) en consecuencia, proyecta sobre el habitante del Pirineo sus propios sueños y emociones”.

 

Bien es cierto que no siempre ocurre así y ante una misma situación nos encontramos con visiones completamente divergentes. Pero podríamos recordar, por ejemplo, a la irritable Condesa de L’Epine, prolífica en andanadas poco condescendientes con los lugares que visita y las personas que le acogen. En 1818  a su llegada al balneario de Barèges escribió:

 

            “Barèges es extremadamente triste... En Barèges todo nos disgusta; las montañas degradadas, pobres, carentes de verdor, descarnadas, lánguidas, ofrecen una imagen  de naturaleza estéril y rebelde ante los esfuerzos del hombre. Todo es tristeza, desgracia en el pasado, en el futuro; el presente apenas cuenta...”

 

En Sainte-Marie-de Campan la condesa muestra una versión todavía más procaz de su proverbial inconformismo. Su relato de la noche que pasa en compañía de sus guías en una casa de la localidad de los Altos Pirineos franceses no tiene desperdicio:

 

“Mis guías, después de haber conducido a mi doncella hasta un agujero lleno de heno, vuelven y ocupan ambos esta cama, situada tan cerca de nosotros que, a pesar mío, fui testigo de su aseo nocturno. Como Mahoma, cerré los ojos pero, en realidad, lo hice por respeto a mí misma. Todo duerme en esta pocilga, excepto yo, a la que todos los insectos negros de esta maldita habitación han declarado una guerra a muerte. Este nuevo e insoportable suplicio me recuerda todos los soportados durante este penoso día”.

 

Igualmente demoledora, por aportar un ejemplo más, es la descripción que hace mucho tiempo después, en 1905, el viajero Gadeau de Kerville a su llegada a Benasque. Una descripción que, por suerte, no mantiene vigencia alguna: “En las calles de esta villa, que apenas son callejuelas, se camina sobre barro y estiércol; los cerdos circulan libremente y un persistente olor a establo envuelve la atmósfera”. Justin-Edouard Cenac-Moncaut había dicho de Panticosa en 1861 que “el pueblo entero es un establo, una majada, una pocilga...” Son tan sólo unas muestras; existen otras muchas.

“Aragonesa”. Acuarela de Gavarni.

Viajeras (I)

Viajeras (I)

El Ayuntamiento de Sabiñánigo me invitó a dar una charla ayer jueves sobre las mujeres viajeras del Pirineo en los siglos XVIII y XIX. Hubo media entrada en la flamate biblioteca "Rosa Regás", algo que no está nada mal teniendo en cuenta que competía con una charla sobre fútbol organizada por la Peña Zaragocista de Sabiñánigo. Estaba derrotado de antemano pero claudiqué con dignidad. Sobre el tema de las mujeres viajeras han escrito muchos estudiosos y estudiosas más preparados que yo, a los que voy citando a lo largo de la charla. Yo no he hecho más que recopilar el trabajo de otros. A partir de hoy os voy a ofrecer en diversas entregas todo lo que conté, y de paso alimento este desnutrido blog.

En la pequeña historia de la cordillera, el protagonismo de la mujer hasta bien entrado el último tercio del siglo XX se redujo al angosto y sofocante ámbito de la casa, un espacio construido de renuncias, silencios y sacrificios. En una sociedad de profundas raíces conservadoras y latente machismo, la mujer fue considerada tradicionalmente un ser inferior que no tenía derecho a determinados privilegios atribuidos en exclusiva al hombre. Sin olvidar la influencia perversa e inquisidora de una iglesia católica omnipresente, preocupada en vigilar las almas y las costumbres, sobre todo, de la mujer.

 

Bien es cierto que esta realidad social se puede extrapolar a las sociedades urbanas sin necesidad de introducir demasiados matices correctores, pero a diferencia de la gran ciudad, el núcleo rural solía ser un minúsculo microcosmos aislado del exterior que encerraba sin remisión a sus habitantes; es decir, no había escapatoria posible al destino marcado desde la cuna. Ya se sabe que en Aragón el primogénito heredaba la propiedad familiar, el segundo hijo se entregaba a Dios y el resto quedaba como mano de obra barata para el resto de los días. La fortuna del hombre podía encomendarse a la tímida emancipación del servicio militar, los azares de una boda o la rutina de la trashumancia.

 

Pero la mujer quedaba fuera de este juego de la vida. En esta última escala ella ocupaba el lugar más ínfimo: el de sirvienta de los abuelos, padres, marido,  hermanos e hijos; el de madre y el de incansable trabajadora en las labores del campo. La última de la casta; un servicio impagable, sin duda, que daría pie a hablar largamente del marcado carácter matriarcal de la sociedad pirenaica. Escribía Bertall en 1876, seguramente con una mal disimulada misoginia, “eran mujeres rudas, con las que sería mejor no encontrarse en un rincón del bosque”.

 

El filósofo francés Hipólito Taine relató en su célebre “Viaje a los Pirineos” de 1858 un encuentro con un grupo de mujeres en el Valle de Ossau que transportaban piedras “por un sendero que daría miedo hasta a las cabras”, aseguraba. Taine afirmaba que labores tan duras como éstas “les han dejado en la mirada una vaga expresión de melancolía y de reflexión”. Como sentenciaba la viajera francesa Juliette Drouet en 1843, “los trabajos en el campo arruinan la belleza en muy poco tiempo”.

Pero no hemos venido aquí a hablar de la belleza de la mujer (evidentemente), ni de las nefastas consecuencias de la vida en el Pirineo en los siglos XVIII y XIX. Sí que hemos venido a hablar de la mujer en un sentido genérico y de su vinculación con la cordillera pirenaica a través del relativamente reciente fenómeno del viaje, o el tour, como se solía llamar. Me he referido en el inicio de esta conferencia a la mujer pirenaica porque aunque el título induzca a pensar que “viajera pirenaica” es aquella que procede del exterior, en realidad considero que este atributo también debe de otorgarse a las mujeres que viajaron desde el interior.

 

¿Acaso no fueron viajeras las mujeres de los valles de Echo, Ansó y Roncal que cada año cruzaban la muga para ir a las fábricas de alpargatas de Mauleon en el valle de Zuberoa? Las famosas golondrinas. ¿Se imaginan la literatura que se podría crear a partir de sus dramáticas experiencias? Eran viajes por la supervivencia, por la comida, por la simple existencia. Como escribía John Berger, “la vida campesina es una vida dedicada por entero a la supervivencia. Ésta es tal vez la única característica totalmente compartida por todos los campesinos a lo largo y ancho del mundo”. No era un viaje de placer, no había un sentido hedonista en el afán por buscar otro horizonte.

 

¿No fueron viajeras las mujeres de Ansó que bajaban a Madrid a vender té? ¿Pueden detenerse por unos instantes a imaginar las penosas condiciones de esos viajes? Yo lo puedo imaginar: interminables y tortuosos caminos, noches en vela, infaustas posadas, días de incertidumbre... eran mujeres de avanzada edad con sus hijas –y a veces con sus nietas-, las que abandonaban el ignoto valle de Ansó para viajar a la capital del país. Era salir de un mundo anclado en el Medievo para avanzar unos cuantos siglos en pocos días.

 

El valor de aquellas mujeres merecería mucha literatura ¿verdad? No sabían escribir y tampoco nadie se interesó por ellas. Hoy sólo nos lo podemos imaginar, nada más. En justicia habría que citar al pintor Joaquín Sorolla, que se quedó prendado con aquellas ansotanas vestidas con el traje típico que aparecían cada cierto tiempo por las calles de Madrid. Fueron su primera inspiración para el lienzo que dedicó a Aragón en la obra “Las regiones de España” encargada por el multimillonario americano Archer Huntigton para la Hispanyc Society de Nueva York.

 

En la localidad catalana de Massat las madres llevaban a sus hijos pequeños a Tolouse para pedir limosna, tal era su miseria. Eso también es viajar ¿verdad?  O las mujeres que huían en retirada con sus hijos por los impracticables puertos de Lera y Viejo, en Bielsa, mientras el aliento de las tropas franquistas llegaba a sus cuerpos ajados y derrotados. Fue otro viaje terrible y humillante, un dramático episodio que forma parte de la ignominiosa historia de la Guerra Civil española. A lo largo de la historia los hombres y mujeres se han visto obligados a viajar y desplazarse de sus asentamientos naturales por muchas razones; casi siempre había un drama detrás, la búsqueda de recursos para la supervivencia o una fuerza persuasiva capaz de anular la voluntad individual.

 

Pero estarán de acuerdo conmigo en que siempre que hay un viaje, surge una experiencia que contar, independientemente de su valor, su relevancia histórica o su interés.  Al fin y al cabo, en el caso del pirineísmo, los relatos de los viajeros nos han servido, sobre todo, para conocer con mayor profundidad un tiempo, una sociedad y una cultura prácticamente extinguidos. Generalmente, no fue tan trascendente el propio viaje como las descripciones que nos dejaron los que decidieron –o pudieron- plasmar en un papel sus experiencias.

 

Esta afirmación cargada de obviedad viene al caso porque existe el permanente debate sobre los parámetros que se utilizan generalmente para definir el concepto de viajero o viajera. Los historiadores disertan con frecuencia sobre cuál es el límite en el que hay que circunscribir la idea misma del viaje, quién posee los atributos del viajero tradicional –o convencional-, y quién es simplemente mero espectador de paso. Queda lejos ya el conocido axioma del sabio Henri Beraldi, según el cual el viajero ideal era aquél que escalaba montañas, sentía y escribía.

 

Hoy en día al viajero ya no se le exige ese compromiso intelectual, pero a lo largo de los tres últimos siglos podemos encontrarnos con numerosos ejemplos que nos harían dudar, o cuando menos abrir un fructífero debate, sobre cualquier posición preestablecida al respecto. La antropóloga Elisa Sánchez defiende que “viajero es la persona dotada de la energía y el empeño suficientes para llevar ese viaje a cabo”. Y Julio Llamazares argumenta que “el turista viaja por capricho y el viajero por necesidad”. Aserto que se podría completar con aquél de Proust que afirma que “viajar no es cambiar de paisaje sino cambiar de mirada”.

 

En la definición y construcción de lo que se conoce como pirineísmo tuvieron un papel relevante los montañeros y los viajeros; los protagonistas de la “conquista del Pirineo”, los hombres y mujeres que escalaron por primera vez las míticas cumbres y después lo narraron con primoroso lirismo. Así surgió también una suerte de literatura pirenaica que hizo tanto por el conocimiento de la cordillera como los estudios antropológicos o geomorfológicos posteriores. Se considera comúnmente que el pirineísmo nació con Louis Ramond de Carbonnieres y su célebre relato de la pionera ascensión a Monte Perdido en 1802, una de las primeras aportaciones a esa literatura pirenaica. 

 

Pero es el francés Henry Russell al que la historiografía pirenaica ha concedido la categoría de “padre del pirineísmo”, sin ningún disfraz científico, como matiza el escritor Marcos Feliú. Elevó su amor por la cordillera al paroxismo hasta el punto de adquirir en concesión por 200 años una parte del Vignemale, la montaña a la que se entregó en vida y con la que firmó un simbólico matrimonio –él que era profundamente católico-, que reforzaba su visión panteísta del universo. Rusell probablemente fue el último viajero romántico del Pirineo, antes de que el siglo XX mudara los hábitos del viaje y surgiera tímidamente el fenómeno del turismo tal y como lo conocemos hoy en día.

 

Entre 1750 y 1904 más de 80 autores extranjeros dejaron textos o libros sobre sus viajes por la cordillera, muchos de ellos de una calidad literaria incuestionable, otros, no tanto. De ellos, tan solo una pequeña parte procedía de la pluma de una mujer. Y nos referimos solamente a los foráneos porque, como todo el mundo sabe, la anémica Ilustración española no dio para mucho, y menos para crear una literatura propia sobre el Pirineo. Hasta la primera década del siglo XX sólo supimos de nosotros por las descripciones que hicieron los viajeros extranjeros (franceses, ingleses y alemanes, principalmente).

 

En esa formación de la idea del pirineísmo se ha otorgado un brillo especial, como se puede ver, a los viajeros románticos e Ilustrados, quizá porque el propio vigor de su pluma tuvo más eco popular que otras aportaciones de carácter científico. Otra cosa es si todos los hechos que contaron fueron verídicos o si sus textos son útiles como fuentes históricas o documentos etnográficos.

“Aldeanos de Panticosa”. Litografía de Touchstone.

Valle de Tena

Valle de Tena

Los geógrafos suelen referirse al Valle de Tena como el territorio más diverso e interesante de todo el Pirineo aragonés. En este privilegiado microcosmos se encuentran algunos de los últimos glaciares de la cordillera y varias cumbres que superan los tres mil metros. Se trata, por lo tanto, del paisaje pirenaico en estado puro. Encerrado entre Biescas por el sur y el francés Valle de Ossau por el norte, guarda pintorescos pueblos, decenas de senderos que conducen hasta ibones y picos, y vestigios históricos que nos remontan a la prehistoria.

La entrada meridional por el congosto de Santa Elena es un lugar mítico.  En él se entreveran creencias cristianas y paganas con episodios trascendentales de la historia de la vieja Corona de Aragón, como el enfrentamiento en 1592 de las tropas de Felipe II con las del antiguo secretario real, Antonio Pérez, que pretendía invadir Aragón ayudado por Enrique de Navarra.

            El pantano de Bubal es la primera muesca de la histórica presión hidroeléctrica sufrida por el valle, determinante en su actual fisonomía. En la margen izquierda y apostados sobre los contrafuertes del macizo de Telera, se encuentran Piedrafita de Jaca, Tramacastilla de Tena y Sandiniés, tres bellos núcleos de casas de piedra, madera y tejado de pizarra, muchos de ellos con la característica doble inclinación de la arquitectura tensina. En Tramacastilla la visita a la iglesia de origen románico es tan ineludible como sentarse a la mesa de algunos de sus restaurantes, famosos por sus tradicionales migas y el ternasco del país. Es recomendable también un paseo por el Parque Faunístico Lacuniacha de Piedrafita, una excelente introducción a la fauna que puebla el valle.

El entorno de Tramacastilla es tierra de brujas. En el siglo XVII se produjo el proceso documentado más importante de la historia de la Inquisición española. Decenas de mujeres de la zona fueron juzgadas y acusadas por posesión demoniaca. Dicen que en el cercano bosque de El Betato, a la sombra de la omnipresente Peña Telera, se concentraban las brujas para celebrar sus reuniones.

            En el otro lado del pantano se suceden Hoz de Jaca y El Pueyo de Jaca. El primero ofrece algunas de las vistas más impresionantes del valle desde su mirador natural situado a 1.254 metros de altitud sobre el embalse. Las duras rampas de acceso al pueblo merecen la pena por el simple hecho de palpar el sosiego de la vida rural, roto tan sólo en los meses estivales con la llegada masiva de visitantes. El Pueyo de Jaca se solaza en la misma orilla de la cola del pantano de Bubal, como queriendo acariciar sus mansas aguas.

En este punto se abre el pequeño valle transversal que conduce primero a  Panticosa y después al emblemático balneario (1.636 m), emplazado en mitad del circo que forman los picos Argualas, Garmo Negro, Pondiellos, Marcadau, Baciás y Brazato. En los últimos años ha sido sometido a una profunda transformación en la que han intervenido arquitectos del prestigio de Rafael Moneo y Álvaro Siza.

            De nuevo en la carretera general cruzamos el pueblo de Escarrilla y tras atravesar un pequeño túnel alcanzamos el pantano de Lanuza, construido en la década de los 70 del pasado siglo para regular las aguas del río Gállego. Los ingenieros erraron en los cálculos y el pueblo sólo fue anegado parcialmente, lo que propició treinta años después un proceso de reversión y la reconstrucción fidedigna del magnífico casco urbano. Hoy las chimeneas de Lanuza vuelven a escupir humo y sus calles han recuperado la vitalidad perdida con la apertura de nuevos establecimientos hoteleros.

La última localidad del valle es Sallent de Gállego, también la más importante. Protegida por la omnipresente mole calcárea de Foratata, el viejo  pueblo de ganaderos y contrabandistas se ha transformado en un importante centro turístico. El pueblo está dividido en dos por el modesto río Aguas Limpias. A la izquierda; el barrio del Paco, que soporta buena parte del desarrollo urbano más reciente. A la derecha; el núcleo histórico en el que encontraremos bellos ejemplos de arquitectura tradicional de origen noble como Casa Caperán, Casa Lorentón o Casa Félix. En lo alto del barrio del Vico descuella la iglesia gótica dedicada a la Asunción.

            Desde Sallent se puede observar con nitidez el perfil de la moderna estación de ARAMON Formigal. Sus extensas laderas salpicadas de remontes nos acompañarán hasta el alto del Portalet, frontera natural con Francia. Desde aquí las propuestas de excursiones de alta y media montaña son interminables. La más clásica es la que conduce a los ibones de Anayet, desde los que se disfruta de una estampa inigualable presidida por los picos de origen volcánico de Anayet y Midi d’Ossau. Algunos sarrios y el ganado vacuno y caballar serán probablemente nuestros compañeros de viaje.

Artículo publicado en el número 115 de la revista Viajes National Geographic.

Manifiesto

Manifiesto

El próximo 30 de octubre se va a presentar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid un manifiesto en defensa de otra política y otros valores para salir de la crisis. No sé cuál es el valor real de estas iniciativas más allá de su indudable carga simbólica y de su vocación de denuncia. Pero no tengo duda de la necesidad de estos pronunciamientos cívicos para constatar que hay una parte de la sociedad que se resiste a aceptar esta democracia mutilada y viciada.

En mitad de este bochornoso espectáculo de tramas corruptas, prevaricación, pagos de favor, regalos inmorales y horteras engominados, la sociedad debe de posicionarse claramente en otro registro moral; marcar claramente las diferencias entre los que instrumentalizan la política en beneficio propio y los que creemos que otra democracia es posible siempre que haya voluntad regeneradora.

La crisis del capitalismo no puede ser un paréntesis, un descanso antes de reemprender la marcha con los mismos conductores y las mismas costumbres. Quienes desde posiciones ultraliberales han detestado el Estado y ahora en el caos reclaman su intervención, deberían de saber que los viejos tiempos han acabado. Pero me temo que la ingenua ignorancia reside en quienes no nos hicimos ricos en los años de bonanza y tampoco lo conseguiremos en el futuro. Sospecho que nuevamente somos agentes pasivos de un espectáculo en el que no se nos ha concedido la palabra. Ocupamos el gallinero del teatro mientras en el escenario esbozan una media sonrisa los que mueven los hilos de las marionetas.

 

El Manifiesto está firmado por personalidades variadas del mundo de la ciencia, la cultura, la educación, el periodismo y las artes. Después de dos años de una crisis que ha creado millones de desempleados y ha provocado que el número de personas hambrientas y desnutridas en el mundo alcance un nuevo record, están bien claras las causas de esta grave situación. Dejar en plena libertad a los capitales financieros y dejar que los mercados sean los únicos reguladores de las relaciones económicas sólo lleva, como estamos comprobando, a la inestabilidad permanente, a la escasez de recursos financieros para crear empleo y riqueza y a las crisis recurrentes.

Se ha demostrado también que la falta de vigilancia e incluso la complicidad de las autoridades con los poderosos que controlan el dinero y las finanzas, esto es, la falta de una auténtica democracia, sólo produce desorden, y que concederles continuamente privilegios, lejos de favorecer a las economías, las lleva al desastre. Dejar que los bancos se dediquen con absoluta libertad a incrementar artificialmente la deuda con tal de ganar más dinero es lo que ha provocado esta última crisis.

Pero también es una evidencia que las políticas neoliberales basadas en reducir los salarios y la presencia del Estado, el gasto social y los impuestos progresivos para favorecer a las rentas del capital, han provocado una desigualdad creciente. Y que la inmensa acumulación de beneficios de unos pocos, en lugar de producir el efecto “derrame” que pregonan los liberales, ha alimentado la especulación inmobiliaria y financiera que ha convertido a la economía mundial en un auténtico e irracional casino.

Y es evidente que esos desencadenantes de la crisis no tienen que ver solamente con los mecanismos económicos, sino con la política controlada cada vez más por los mercados, por el poder al servicio de los privilegiados y por el predominio de la avaricia y el afán de lucro como el único impulso ético que quieren imponer al resto del mundo los grandes propietarios y los financieros multimillonarios. Por eso la crisis económica que vivimos es también una crisis política y cultural y ecosistémica.

Las prácticas financieras neoliberales que la han provocado se justificaron con el predominio de unos valores culturales marcados por la soledad, el individualismo egoísta, la degradación mercantil de los conceptos de felicidad y de éxito, el consumo irresponsable, la pérdida del sentido humano de la compasión y el descrédito de las ilusiones y las responsabilidades colectivas. Los debates surgidos en torno a esta crisis demuestran que en las democracias occidentales se ha establecido un enfrentamiento peligroso entre los poderes económicos y la ilusión política.

Los partidarios del mercado como único regulador de la Historia piensan que el Estado debe limitarse a dejar que los individuos actúen sin trabas, olvidando que entre ellos hay una gran desigualdad de capacidades, de medios y de oportunidades. Por eso le niegan capacidad pública para ordenar la economía en espacios transparentes, y para promover los equilibrios fiscales y la solidaridad social. Y por eso desacreditan el ejercicio de la política. Pero la política no debe confundirse con la corrupción, el sectarismo y la humillación cómplice ante los poderes económicos.

La política representa en la tradición democrática el protagonismo de los ciudadanos a la hora de organizar su convivencia y su futuro. Palabras como diálogo, compromiso, conciencia, entrega, legalidad, bien y público, están mucho más cerca de la verdadera política que otras palabras por desgracia comunes en nuestra vida cotidiana: corrupción, paraíso fiscal, dinero negro, beneficio, soborno, opacidad y escándalo. Como esta crisis es política y cultural, debemos salir de esta crisis reivindicando la importancia de la política, la educación y la cultura.

No podemos confundir la sensatez y la verdad científica con diagnósticos interesados en perpetuar el modelo neoliberal y sus recetas financieras. Ahora resulta prioritario buscar una respuesta progresista a la crisis. Para evitar nuevas crisis en el futuro hay que luchar en primer lugar contra todas las manifestaciones de la desigualdad.Y para ello es necesario garantizar el trabajo decente que proporcione a mujeres y hombres salarios dignos y suficientes, y el respeto a sus derechos laborales como fundamento de un crecimiento económico sostenible.

Así mismo, es imprescindible que se lleven a cabo reformas fiscales que garanticen la equidad, la solidaridad fiscal, sin paraísos ni privilegios para millonarios, y la mayor contribución de los que más tienen, para que el Estado pueda aumentar sus prestaciones sociales y ejercer como un potente impulsor de la actividad económica. Frente a los daños ecológicos de la ambición especulativa, una respuesta progresista supone revisar los marcos jurídicos para que sea posible una mayor protección de nuestro ecosistema y establecer suficientes incentivos para promocionar la producción y el consumo sostenibles. Frente a un modelo productivo basado en la especulación financiera e inmobiliaria y en la consideración de que nuestros recursos son ilimitados, una respuesta progresista supone invertir más en educación, investigación y cualificación laboral. Frente al desprestigio de la política, una respuesta progresista supone devolverle la autoridad a los espacios públicos y a los representantes de los ciudadanos para que regulen en nombre del interés común las estrategias del mercado.

Frente a la misoginia y la discriminación de género, una respuesta progresista supone consolidar las políticas de igualdad, defender el derecho a la reproducción y medidas específicas para evitar que las mujeres se vean relegadas al paro o a la economía sumergida y a soportar muchas más horas de trabajo no retribuido que los hombres, sufriendo así en mucha mayor medida que éstos los efectos de la crisis. Frente al racismo y a la xenofobia, una respuesta progresista supone defender los derechos de los trabajadores extranjeros y asegurar el respeto jurídico a la dignidad las personas. Frente a la soledad, la pobreza y el egoísmo, una respuesta progresista supone apostar por los valores culturales de la solidaridad, que no son ideales utópicos trasnochados, sino la mejor muestra de la dignidad cívica de los sentimientos humanos.

Firmas: Ángeles Aguilera (periodista), Ana Belén (actriz, cantante), Fernando Beltrán (poeta), Felipe Benítez Reyes (escritor), Juan Diego Botto (actor), Concha Caballero (profesora de literatura), José Manuel Caballero Bonald (escritor), Juan Ramón Capella (analista social), Fernando Delgado (escritor), Concepción del Moral (librera), Luis García Montero (escritor), Jesús García Sánchez (Editor), Jordi Gracia (catedrático de universidad), Almudena Grandes (escritora), María Isabel Lázaro (arabista), Olga Lucas (traductora), Víctor Manuel (cantante), Mariano Maresca (profesor Filosofía del Derecho), Eduardo Mendicutti (escritor), Román Orozco (periodista), Benjamín Prado (Escritor), Rafael Reig (escritor), Manuel Rico (escritor y crítico literario), Javier Rioyo (cineasta y periodista), Miguel Ríos (cantante), José Ramón Ripoll, (poeta), Azucena Rodríguez (cineasta), Olga Rodríguez (periodista), Ana Rossetti (escritora), Joaquín Sabina (cantante), Ángel Sáenz Badillo (hebraísta), José Luis Sampedro (escritor), Judit Targarona (hebraísta), Juan Torres (catedrático de universidad), Manuel Ángel Vázquez Medel (catedrático de universidad), Juan Vida (pintor), entre otros.

Ferrer i Guàrdia

Ferrer i Guàrdia

El 31 de mayo de 1906, el anarquista Mateo Morral lanzó una bomba desde un balcón de la calle Mayor de Madrid al paso del cortejo real, que regresaba a palacio una vez celebrada la boda de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg en la iglesia de los Jerónimos. El atentado no consiguió su objetivo, al tropezar el artefacto con el tendido del tranvía, y los reyes salieron ilesos de la potente deflagración, pero murieron 23 personas, entre militares y civiles, y más de un centenar resultaron heridas como consecuencia de aquel regicidio frustrado. Pocos días más tarde, el autor del atentado se suicidaba cerca de Torrejón de Ardoz después de matar a quien lo había detenido.

La anómala muerte de Morral acabaría por dejarlo ante la historia como único ejecutor y responsable del hecho, sin trama o complot que lo respaldara en su proyecto y realización. Sí figuró como presunto instigador en un principio, entre los varios encausados que fueron condenados como encubridores, Francesc Ferrer i Guàrdia, el pedagogo racionalista fundador de la Escuela Moderna, centro en el que Mateo Morral había sido bibliotecario. Absuelto Ferrer, la sentencia que lo dejó en libertad bajo fianza hizo constar “las ideas disolventes y anarquistas del procesado, sin que fueran motivo legal suficiente para entender que tuvo que ser partícipe en el delito cometido por su amigo y cooperador Mateo Morral”. Una gran campaña mediática europea defendió entonces la inocencia del maestro anarquista, defensor de una enseñanza libre y racional frente a la España autoritaria y dogmática, sin que esa campaña pudiera erradicar la creencia entre buena parte de la ciudadanía, tal como sostienen hoy muchos historiadores, de que Ferrer i Guàrdia pudo haber intervenido de alguna forma en aquel atentado.

Dos años después, esa misma España a la que el librepensamiento europeo había tildado de inquisitorial e intransigente iba a tener oportunidad de procesar nuevamente a Francesc Ferrer i Guàrdia (grado 31 de la masonería) como consecuencia de la huelga convocada en Barcelona el 26 de julio de 1909 en protesta por la movilización de tropas de reemplazo para proteger las minas del Rif, algo que para los soldados españoles sin medios para pagar la cuota que les eximiera de la milicia suponía riesgos de masacres muy similares a las sufridas en Cuba y Filipinas. La huelga derivó en una revuelta popular espontánea que se prolongó durante siete días y es conocida como Semana Trágica, sin que, a pesar de su en verdad trágico balance (en torno a un centenar de muertos, de los que sólo tres eran militares), sufrieran merma los intereses de los bancos, las empresas o las fábricas. También murieron tres religiosos, uno de ellos de infarto, y recientemente hemos conocido, por la documentación inédita extraída del Archivo Secreto del Vaticano, el testimonio de una de las monjas francesas del convento de la Asunción de Poble Sec: los huelguistas llamaron a la puerta para advertir a la hermana tornera de que iban a saquear el lugar.

Como resultado de los incidentes, magnificados como un movimiento revolucionario y separatista por parte del Gobierno que tan duramente los reprimió, hubo dos millares de detenidos, 739 procesamientos y 17 condenas a muerte, aunque sólo se llegaron a ejecutar 5. Entre estas últimas, la de Francesc Ferrer i Guàrdia, que fue acusado como autor y jefe de la rebelión. Sin embargo, la revisión objetiva de los más de 600 folios de la causa abierta contra el pedagogo catalán permite afirmar que su fusilamiento en el castillo de Montjuic, hace ahora un siglo, fue un crimen judicial. Como tal lo conceptúa Francisco Bergasa, que este mismo año, con motivo del centenario de la Semana Trágica y de aquella ejecución, ha puesto en la calle su libro ¿Quién mató a Ferrer i Guàrdia?, una pormenorizada y diáfana crónica periodística de la causa procesal que llevó al maestro anarquista ante el pelotón de fusilamiento.

Además de ser un pedagogo muy avanzado para su tiempo, propulsor de la educación libre, racional y laica, integral e igualitaria, es reconocido el carácter que como revolucionario conspirador, anticlerical y antimonárquico distinguió al maestro de Alella. En respuesta al título que puso a su libro, Bergasa estima que su muerte fue en buena parte obra de todos. Molestaba al rey, obviamente, pues aparte de su supuesta y no probada intervención o instigación en el atentado de Madrid contra Alfonso XIII,no faltan indicios que lo podrían relacionar con el que tuvo lugar en la calle Rohan de París un año antes. Tanto al Gobierno como a la Iglesia les afectaba en su intereses la proyección y competencia que la nueva escuela de Ferrer i Guàrdia comportaba en el ámbito de una enseñanza confesionalmente católica. La derecha lo odiaba, pero tampoco era grato a la izquierda, y así lo demuestran las declaraciones de sus compañeros republicanos y sindicalistas en la denominada Causa contra Ferrer i Guàrdia instruida por la jurisdicción de Guerra. Los primeros pretendieron evadirse de sus responsabilidades en los hechos y los socialistas y anarquistas nunca lo apreciaron como uno de los suyos, pues lo consideraban, según Francisco Bergasa, un burgués enriquecido de costumbres libertinas.

Contra Ferrer i Guàrdia se orquestó un proceso judicial falto de toda garantía y saturado de irregularidades, fruto de las filtraciones a la prensa interesada, que fomentó una intensa campaña para culpabilizarlo a base de declaraciones falaces y juicios paralelos. Si los periódicos librepensadores europeos presionaron al Gobierno español para que la justicia lo dejara en libertad en 1907 por falta de pruebas, la prensa española más reaccionaria lo quiso reo de muerte en 1909, también sin pruebas, y así fue como mediática, política y efectivamente fue ajusticiado.

Félix Población en Público

Let's Get Lost

Costumbres

Costumbres

Leí esta semana al filólogo portugués Gabriel Magalhaes una de esas frases que desarma por su didáctica sencillez: “cuando se construye una nación, hay que desconocer un poco los demás países”. Luego citaba a Pessoa para acabar de redondear el círculo: “Todas las naciones son misterios. Cada una es el mundo entero a solas”. Probablemente el escritor portugués pensaba en su país pero bien podría ser España la aludida.

 

            Los nacionalismos vasco y catalán se construyen negando a España, y ésta se hace fuerte ninguneando cualquier disidencia interior. Unos y otros crecen acomplejados por sus propias inseguridades y se zafan del contrario buscando la vulnerabilidad de su código genético. Se trata de un juego infantil que proyecta una sombra chinesca sobre el escenario, para admiración de los parroquianos y bochorno de la mayoría latente y paciente. Unos gritan embravecidos, los más dibujan un mohín y callan. Tal expresión de inmadurez sólo puede justificarse por la necesidad de poseer un enemigo para reafirmar nuestra propia existencia. El otro nos da la vida. Antes se decía la solemne estupidez de que contra Franco se vivía mejor. No hay diferencia entre ambos supuestos.

 

            España se ve muy chiquita desde el exterior. Nuestros soporíferos problemas domésticos sonrojarían a cualquier sociedad civil mínimamente armada, y arrojaría dudas sobre el alcance de nuestra cultura democrática. Alexis de Tocqueville decía en el siglo XIX que las leyes son siempre inestables cuando carecen del apoyo de las costumbres. Venía a decir que la democracia no se podía imponer si no existía previamente un basamento social que facilitara su construcción. La administración Bush debería de haber leído, entre otros, al pensador francés para saber que con bombas no se puede imponer una democracia en lugares de escasa tradición democrática como Irak o Afganistan. “Las costumbres son el único poder resistente y duradero de una nación” concluía Tocqueville. Es posible que esa fuera también la dolencia de la II República, la falta de costumbre democrática.

 

            En España no caen bombas que dañan físicamente, pero los ciudadanos sí que estamos sometidos diariamente a un bombardeo mediático de una virulencia desproporcionada y letal. Los medios alineados a la derecha llevan años sosteniendo una estrategia de acoso y derribo en la que no importa que se resientan las instituciones del Estado si se consiguen los objetivos pretendidos: apartar a la izquierda del poder, devolver a la iglesia católica su tradicional influencia, sentar las bases de una economía ultraliberal del laisezz faire y, en última estancia, vaciar de contenido al Estado.

 

            Hay una derecha española que no cree en la democracia, se sirve de ella simplemente como instrumento necesario para alcanzar el poder. Es capaz de cuestionar al Gobierno, la Judicatura, la Policía y los medios de comunicación con tal de salir airoso de sus cuitas. En la mejor tradición de la derecha patria, se instrumentaliza el poder y se lanza a los abismos al país. En 1933 la CEDA llegó al gobierno de la II República y se apresuró a desmontar el edificio legal levantado por la izquierda de Azaña durante los dos primeros años. En el año 2000 Aznar mostró su verdadero rostro cuando logró la mayoría absoluta; se desprendió del embarazoso apoyo de los nacionalistas vascos y catalanes y se lanzó a la reconquista de la España desafecta a golpe de más nacionalismo español. En ambos casos, el desprecio del sistema era el desprecio de las preocupaciones colectivas.

 

            La historia siempre se repite. Desde hace un tiempo las amenazas a la sagrada unidad de España vienen como oleadas paradójicamente desde las comunidades autónomas gobernadas por el Partido Popular. Valencia y Madrid han sido más desleales al Gobierno central que Euskadi y Catalunya. A estos se les supone la rebeldía por cuestiones étnicas e históricas –forma parte de la “enciclopedia de nacionalidades” a la que se refiere Gabriel Magalhaes cuando habla de España-, pero a los primeros sólo se les puede atribuir un espurio interés político. Lanzan mesiánicos discursos advirtiendo de la desintegración de la secular España, y al tiempo operan de forma incisiva en la yugular del Estado por el que supuestamente se desvelan. Quizá tenía razón Weber cuando atribuía a los países de tradición católica un afán por predicar y recogerse espiritualmente, en contraste con el valor que los protestantes otorgaban al trabajo y las relaciones mercantiles. Mientras unos miraban al cielo y perdían el tiempo los otros labraban el campo. Así que inevitablemente somos un país de charlatanes, alcahuetes y mercachifles, capaz de autodestruirse mientras discute si fue penalti o fuera de juego. Si los trajes los pagué yo o la factura la perdió mi mujer. No hay costumbre.

Minutos musicales

Curtis Mayfield. Freddies Dead