Blogia

Juan Gavasa

Democracia fallida

Democracia fallida

Arturo González hoy en Público

Saben que nos tienen cogidos por los testículos de la democracia. Por eso se permiten chanzas, fraudes y desprecios.

Vivimos en un sistema político con grandes virtudes, pero con grandes defectos, que no sé cuándo va a ser hora de rectificarlos, con la coartada de que llevamos 32 años de aceptable convivencia.

¿Los ciudadanos deben hacer lo que les digan los políticos o los políticos deben hacer lo que les digan los ciudadanos?

Por ejemplo, queremos listas electorales abiertas, de modo que podamos rechazar a quien no deseamos. Así, en Valencia podría darse el caso de que el PP ganase ampliamente, pero se rechazase a Camps como elegido. Sería una forma de redención del pueblo valenciano.

Queremos que no se pierdan cientos de miles de votos a los partidos pequeños, por el sistema electoral que tenemos. Para ello no es preciso cambiar la Constitución. ¿Por qué los partidos estrella no ofrecen esta pregunta a sus electores?

No queremos la sumisión al Partido que se exige a los diputados. Queremos que tengan contacto permanente con los ciudadanos de su circunscripción. Y queremos que los candidatos de cada provincia sean de esa provincia y no vengan impuestos por la jefatura central.

No queremos que se judicialice  todo asunto político, que no hace sino envenenar la política y eterniza las soluciones. Queremos que resuelvan las diferencias en el Parlamento y sin trampas.

Queremos que no insulten. Queremos un uso restringido de su inmunidad.

Queremos que se implante un porcentaje mínimo de participación para que unas elecciones sean válidas, de modo que la abstención pueda librarnos del secuestro al que nos tienen sometidos los políticos.

Queremos que si el Rey es árbitro, como señala la Constitución, le hagan caso.

No queremos que las circunstancias hagan que siempre paguen los débiles.

Queremos un Estado aconfesional, como preceptúa la Constitución, sin tamaños privilegios a la Iglesia católica.

Queremos que a los jueces los elijan directamente los ciudadanos, y no los políticos ni los propios jueces.

No queremos que el otro nunca lleve razón. Queremos oposición y crítica constructiva.

No queremos que las autonomías hagan lo que no queremos para el Gobierno central.

Queremos, y exigimos, que sean capaces de pactar una Ley de Educación.

Y queremos que la basura, todo tipo de basura, desaparezca de nuestras vidas.

Apoyo

Apoyo

Manifiesto en apoyo al proyecto y a los trabajadores del Centro de Educación e internamiento de Zaragoza

Las personas abajo firmantes queremos mostrar nuestro apoyo a todo el colectivo de trabajadores del Centro de Educación e Internamiento por Medida Judicial de Zaragoza y exponer nuestra preocupación en los siguientes puntos.

Los jóvenes a los que atienden estos profesionales son “herederos de una situación de exclusión”. Desarrollan en esa marginalidad su escaso recorrido vital. Provienen de situaciones duras, sin red sólida que les haya permitido intentar otro itinerario. Por ello entrar en este tipo de instituciones o entidades es una oportunidad para realizar un alto en el camino, reflexionar y plantearles posibles caminos diferentes al que ya conocían.

Son personas jóvenes. Si conseguimos que se queden en unas estructuras “normalizadas” con calidad de vida, además de un logro social se consigue sacar a una persona de un circuito de exclusión e indigencia que, de lo contrario, puede ser la senda por la que recorra la mayor parte del camino de su vida. Esto supone que una inversión acertada en este estadio es optimizada, porque evita muchos estadios de necesidad en el futuro.

Los objetivos de los profesionales del CEIMJ no se limitan a la custodia de todos los menores y jóvenes internados con medidas judiciales, para la cual es suficiente con contar con los espacios, sino que a través de la implicación de los profesionales es fundamental tratar de alcanzar la integración y la reinserción social de los menores, mediante la aplicación de programas educativos individualizados.

Los derechos y deberes de los menores internados son la base de la intervención en el Centro. Los trabajadores no entienden el internamiento de los jóvenes en el centro desde una perspectiva represiva, sino orientada hacia la efectiva reinserción del menor valorada con criterios socioeducativos y hacia la futura prevención en la reiteración de conductas antisociales.

Sólo a través de la calidad de un equipo de profesionales formados, con experiencia en el campo y en la Institución, con reconocimiento y con involucración en un proyecto educativo y con miras a investigar e innovar, es posible llegar a alcanzar una sólida estructura de intervención exitosa y eficiente. Establecer ratios de usuarios por profesionales, es demostrar que se carece de un conocimiento de esta Institución y del trabajo que se ha llevado a cabo enorme y profundamente.

Muchos de los Centros de Reforma del conjunto del Estado se encuentran en la diana de la polémica ante las continuas denuncias por prácticas contrarias a los derechos de los menores, pésima gestión educativa de los recursos con falta de coherencia con los preceptos filosóficos que encuadran la Ley Penal del menor 5/2000 y el enriquecimiento de las entidades y empresas que los atienden, olvidando la mejora de las condiciones profesionales y laborales del personal educativo.

Se han vertido preocupantes denuncias y abusos más recientemente de los organismos oficiales (Informe del Defensor del Menor y ,hace menos de dos años, desde la Memoria de la fiscalía General del estado en el año 2008), en los que se pone de manifiesto no sólo la limitación de recursos en España sino su deficiente adecuación para menores de edad con trastornos conductuales, toxicomanías y problemas de otra índole asociados estrechamente con la comisión de delitos, que hacen que su tratamiento sea particularmente complejo y en la mayoría de los casos poco efectivo.

En el CEIMJ de Aragón no ha ocurrido nada de eso desde el año 2004. Al contrario. La propía consejera de Servicios Sociales y Familia, Doña Ana María Fernández Abadía en el libro publicado por la Diputación General de Aragón en el año 2009 bajo el título de “La intervención con los menores de edad en conflicto con la Ley Penal” dice: “En nuestra comunidad Autónoma los servicios para menores en conflicto con la ley han alcanzado un alto grado de desarrollo, que permite aplicar en toda su extensión la Ley Orgánica 5/2000 de responsabilidad penal de los menores”  

Otras instituciones se han ido encargando, día a día, en dar a conocer y difundir diversos proyectos, educativos y terapéuticos, que el CEIMJ ha llevado a cabo, o está llevando: la Universidad de Zaragoza en las facultades de Ciencias Sociales y Derecho, la UNED, el Observatorio internacional de justicia juvenil, centros de internamiento de menores de otras comunidades, la propia Diputación General de Aragón, e incluso gobiernos de otras comunidades autónomas, amén de la prensa ordinaria… Y es paradójico que hablemos del buen hacer de un centro donde la máxima social (en esta materia y para este tipo de centros) es ser invisible. Y entendemos que así debe de ser, o cuando menos comprendemos que tradicionalmente la sociedad lo ha querido así, sobre todo a tenor de que este tipo de centros ha tenido un recorrido mediático que entra más en el campo del escándalo y del horror que en el de la excelencia en el trabajo.

Por todo ello, por el bien de la sociedad en general, de los jóvenes, de las políticas sociales, de los invisibles y olvidados de la sociedad, rogamos al Gobierno de Aragón y a la empresa adjudicataria del CEIMJ reconozca la necesidad de mantener y mejorar la política y el proyecto educativo que se venía desarrollando hasta ahora en el centro. Para lo cual es necesario mantener a todos los profesionales que con su esfuerzo y su entrega han conseguido poner un pedazo de esperanza en las vidas de tantos niños excluidos.

16/02/1936

16/02/1936

Precisar el momento en que quienes conspiraban contra la República española optaron por sublevarse para derrocarla es importante para entender mejor sus motivos. La mitología del 18 de julio, que pretendía que la guerra se había iniciado como una respuesta a los abusos cometidos por el Gobierno del Frente Popular, ponía el acento en el asesinato de Calvo Sotelo, el 13 de julio de 1936, para legitimar el levantamiento militar con este suceso.

Los orígenes de la revuelta, sin embargo, hay que ir a buscarlos cinco meses antes, al domingo 16 de febrero de 1936, cuando se realizaron elecciones generales en España. La jornada electoral fue tranquila, como reconocía ABC el lunes 17: “Ha llovido copiosamente en la madrugada del domingo. Las calles aparecen encharcadas. Llovizna a la hora de abrirse los colegios y esto retrae un poco a los comodones. Luego cesa de llover, no hace mucho frío y el sol aparece a ratos. A diferencia de otras elecciones, la gente ha cargado desde mediodía. Contribuyó a ello que se propagaba por todo Madrid la noticia de que la tranquilidad era absoluta. Nada de lo que amenazaban los derrotistas tuvo confirmación. Ni huelga, ni agresiones, ni escándalos. Todo el mundo votó como quiso, con absoluta libertad. Señálese este importante detalle en honor de los españoles, porque lo mismo que en Madrid ocurrió en toda España”.

Algo más había ocurrido, sin embargo, que ABC no contaba. A las tres de la madrugada de la noche del 16 al 17, cuando las primeras noticias indicaban que podía producirse una victoria del Frente Popular, José María Gil-Robles, jefe de la CEDA, el principal de los partidos de la derecha, despertó al jefe del Gobierno, Manuel Portela Valladares, para decirle que la llegada al poder de la izquierda era peligrosa y que no había otra salida que la de que Portela siguiese al frente del Gobierno y proclamase una dictadura, para lo cual podía contar con la total adhesión de las derechas, “así como de cuantos elementos representaban la estabilidad y el orden en el país”. En vista de que Portela se mostraba indeciso, Gil-Robles se puso en contacto con el general Franco, jefe del Estado Mayor, quien se puso de inmediato a conspirar por su cuenta.

Los planes de Franco incluían aprovechar su posición en el ministerio para ordenar a las regiones militares que declarasen el estado de guerra, y adueñarse del poder con un golpe militar en la capital. Según contó el propio Franco en un texto escrito en 1944: el lunes 17 de febrero “convocó a aquellos generales que le habían expuesto en otras ocasiones su disgusto y necesidad de un movimiento para evitar que el Frente Popular se hiciese con el poder”. Contaba con los generales Goded y Del Pozo, y “con otros dos jefes de unidades armadas de cuya incondicionalidad (sic) no dudaba”. Pero “no tardaron estos generales en regresar de sus gestiones con la cabeza baja”. Los jefes de la guarnición de Madrid consideraban que la oficialidad no secundaría enfrío un movimiento contra los poderes constituidos, si la Guardia Civil y los guardias de asalto no tomaban parte en él. Esta es la razón que explica que Franco hiciese todavía otro intento, tratando de convencer al general Pozas, inspector general de la Guardia Civil, para que se sumase a la sublevación.

El martes 18 de febrero Pozas acudió a ver a Portela para denunciarle “que los generales Franco y Goded están dando instrucciones desde el Ministerio de la Guerra para que los militares declaren el estado de guerra y se apoderen del Gobierno”. Portela se mostró indignado, pero no hizo nada. Lo único que deseaba en aquellos momentos era abandonar el poder cuanto antes, de modo que decidió dimitir de inmediato, sin aguardar siquiera a que concluyera el escrutinio de los votos. Muchos gobernadores civiles hicieron lo mismo y las provincias quedaron sin autoridades, con la gente echándose a la calle.

Ante semejante vacío de poder los vencedores se vieron obligados a hacerse cargo del Gobierno de inmediato, de modo que el jueves 20 de febrero se celebró el primer consejo de ministros, en una difícil situación que Azaña describía con estas palabras: “Continúan los alborotos en algunos puntos de Andalucía y Levante. En Valencia hay un lío tremendo por la sublevación de los presos de San Miguel de los Reyes. Han quemado parte del penal. Están revueltos los presos comunes y los políticos, que han caído como en rehenes de aquellos. En Alicante han quemado alguna iglesia. Esto me fastidia. La irritación de las gentes va a desfogarse en iglesias y conventos y resulta que el Gobierno republicano nace, como el 31, con chamusquinas. El resultado es deplorable. Parecen pagados por nuestros enemigos”.

En estas condiciones comenzó a gobernar el Frente Popular, mientras los militares que habían tratado de impedir que llegase al poder seguían preparándose para derribarlo cuanto antes. Lo que está claro es que el 17 de febrero de 1936, cuando Franco realizó su primer intento de sublevación militar, no había ocurrido todavía nada que lo justificase. La Guerra Civil española no se hizo ni contra los “desmanes del Frente Popular”, ni contra la inexistente “amenaza” del comunismo, sino contra el programa de reformas de unos republicanos moderados que no amenazaban más que los privilegios injustos de unas clases dominantes que obstaculizaban el progreso del país.

 

El historiador Josep Fontana hoy en Público.

Félix de Azara

Félix de Azara

Un poco de autobombo. El viernes se entregaron los XIII premios Félix de Azara que concede la Diputación Provincial de Huesca. El objetivo de estos galardones es reconocer la labor de personas y entidades en la defensa y preservación del medioambiente. Realmente no sé si este propósito se puede alcanzar a través de las líneas de un reportaje periodístico, pero el jurado que otorgó los premios de esta edición consideró que un artículo mío, “Los Mallos, el renacer de un reino” publicado en la revista El Mundo de los Pirineos contribuía a este fin. Lo agradezco pero honestamente considero que otros esfuerzos diarios, otros compromisos cotidianos y otros hábitos anónimos pueden hacer más que las inciertas líneas de un escribidor.

            En todo caso, me gustaría resaltar el trabajo de Valentí Zapater, el fotógrafo que realizó las imágenes que ilustran el reportaje. Los que nos dedicamos al periodismo de viajes y naturaleza sabemos que un buen texto puede pasar desapercibido si está acompañado por un mediocre reportaje gráfico. Igualmente asumimos que un mal texto adquirirá de manera repentina un brillo propio si viene arropado por unas buenas fotografías. Es la tiranía de la sociedad visual. Pero los que vivimos de juntar letras recibimos con íntima satisfacción la posibilidad de maridar nuestros textos con el trabajo visual de buenos profesionales. Hemos entendido que ellos darán lustre y esplendor a la medianía; que la luz de sus imágenes y el acierto de sus encuadres proporcionarán sentido a los arcanos inexpugnables de unos textos perdidos de manera irremediable en el sopor de los lugares comunes. Y en este caso, considero que la mirada de Valentí es esencial para construir el discurso periodístico y darle coherencia.

Foto: DPH / P. Montaner

Gary Moore

Otro talento que se va. El guitarrista irlandés Gary Moore fue hallado muerto en un hotel de Estepona el pasado fin de semana. El de Belfast fue un músico inclasificable, probablemente porque él mismo no fue capaz a lo largo de su vida de encontrar el espacio adecuado en el que ordenar todas sus influencias. Siempre se mantuvo en tierra de nadie, entre dos aguas, transitando entre el blues y el heavy sin llegar a ofrecer todo lo que se espera de un especialista en determinada materia.

Fue un bluesman demasiado comercial y un rockero demasiado blando, lo que le convertía directamente en un sucedáneo para todos los que pregonaban la esencia de la música. Gary Moore se sintió fascinado desde joven por los sonidos de los pioneros afroamericanos pero su cultura musical pertenecía a un tiempo de guitarras graves, sonidos incandescentes y eficaces puestas en escena. Se pedía garra antes que alma, fuerza antes que corazón, ruido antes que brisa.

De ese conflicto emocional surgió una forma de hacer música que, sin embargo, encontró una legión de seguidores que se conformaba con épicas melodías que brotaban del estómago y se apoyaban en unos fraseos de guitarra de gran poder hipnótico pero escasa relevancia. La mezcla de un trasunto de blues y un rock casi academicista situó a Gary Moore en un nivel de gran popularidad pero limitado reconocimiento crítico. Su efectista guitarra parió un sonido apto para casi todos los públicos y, seguramente sin ser consciente de ello, se convirtió en la aduana sentimental por la que entraron millones de futuros amantes del blues y el rock en sus versiones más puras.

Sus ventas, fundamentalmente en Europa, fueron millonarias pero Gary Moore siempre fue un músico considerado menor. Una injusticia nacida de su proverbial tendencia a conciliar todos sus fuegos interiores para no cometer infidelidad alguna. Esa ausencia de un compromiso excluyente acabó con cualquier posibilidad de convertirse en un referente. Simplemente quedó en un buen músico. Pero su indudable talento dejará cuentas pendientes.

Sólo una vez estuvo cerca de quebrar el destino. Fue en 1990 con “Still got de blues”, un disco más que notable en el que atisbó un indicio de renuncia en favor del blues. Creo que en ese disco Gary Moore sonaba realmente especial y personal, forjando un estilo propio e identificable que con el paso del tiempo, desgraciadamente, se diluiría en otros discos intrascendentes y reiterativos.

Antes había protagonizado momentos irrepetibles con Phil Lynott, el talento más grande que ha dado el rock irlandés. Juntos estuvieron en Skid Row y después de manera fugaz en la mítica Thin Lizzy, la banda que inmortalizó a Lynott y contribuyó a crear la primera denominación de origen de rock irlandés, allá por los años 80 del pasado siglo. Siempre me emocionó “Still in love with you”, una desgarradora balada de componentes clásicos que paseaba los fantasmas de un Lynot en las puertas de la muerte. Hoy tampoco está Gary Moore pero todavía tenemos el blues.

El Cairo

El Cairo

“Muchos de los autos marchaban sin duda hacia la plaza de Oriente. La curiosidad del público estaba concentrada allí. La multitud se apretaba densa y amenazadora. Habían tenido que acordonar el Palacio Real. En la puerta del edificio estaban pegados los retratos de Galán y García Hernández”.

Pío Baroja

 

Cuando veo estos días las emocionantes imágenes de las movilizaciones de los ciudadanos egipcios en contra de Mubarak, o las de hace unas semanas en Túnez que acabaron con el sátrapa Ben Alí, tiendo a reflexionar –como tantas otras veces-, sobre nosotros mismos y el concepto excluyente que tenemos del sentido de la democracia como patrimonio de Occidente.

La ejemplar lucha por la libertad de los ciudadanos de varios estados árabes debe obligar, inevitablemente, a una profunda meditación de las principales potencias occidentales y de los países que conforman la Unión Europea. Ensimismados en nuestro modelo de civilización, hemos aceptado para los otros dictadores con máscara de demócratas aupados al viejo mantra de “mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer”. O peor aún; mejor una dictadura con cara amable que una democracia de la que emane una decisión popular incómoda para nuestros intereses.

Julio Anguita decía el otro día en una entrevista en el diario Público que los españoles nunca lucharon por la libertad, “ésta cuando vino siempre fue regalada”. Se refería fundamentalmente a la Transición y al discreto papel que jugaron los ciudadanos en la recuperación de la democracia. Esta tesis no es compartida por la historiografía oficial y por algunos historiadores como Nicolás Sartorius y el aragonés Alberto Sabio, que en su libro “El final de la dictadura. La conquista de la democracia en España. Noviembre 1975–junio 1977”, defienden la tesis de que la lucha sindical, los movimientos universitarios y el trabajo sordo de la oposición fueron fundamentales para el deterioro irreversible del régimen franquista. En el libro publicado en 2007 argumentan que la esperanza de un franquismo sin Franco a la que se aferraban los hombres del dictador, se transformó en una hipótesis inviable entre noviembre de 1975 y junio de 1976 gracias al irrefrenable aliento democrático que movilizó a millones de españoles.

Sin duda ha transcurrido un tiempo prudencial, que en historiografía se antoja necesario, para considerar de forma objetiva hipótesis como la que trabajan los dos autores, pero entiendo que Julio Anguita se refería a los procesos previos al hito histórico. La forma en que estos se producen y los fenómenos que lo provocan. El político, que lidera en la actualidad una plataforma que reflexiona y trabaja en defensa de la III República, considera que el estado republicano sólo llegará como consecuencia de un proceso de cambio que nazca de la sociedad y nunca de las élites políticas, como ocurrió durante la Transición. Es decir, necesariamente tendrá que crecer de abajo a arriba para que se consolide.

Franco murió en la cama. La autopsia del dictador bien podría ser el acta de un fracaso, el documento que certificó la claudicación de una sociedad que en su inmensa mayoría prefirió durante décadas acomodarse antes que arremangarse. No se puede culpar a las sociedades sometidas al terror de un dictador. El miedo es tan legítimo como la constatación de la derrota. El miedo hace tanto ruido como el valor. Sus consecuencias, a veces, dicen mucho de una sociedad. Los españoles no hicieron suya la calle hasta que el dictador no descansó bajo la cripta del Valle de los Caídos. Entonces surgieron los demócratas convencidos y los luchadores por las libertades de toda la vida. La Transición sigue considerándose un modelo de reconciliación y convivencia pero en el fondo sabemos que fue la carta de naturaleza de una rendición necesaria, el sacrificio supremo de medio país para que le dejaran vivir en paz, sin cuentas pendientes.

En algo se equivoca Julio Anguita. Hubo un día, hace ahora 80 años, en que los españoles perdieron el miedo al poderoso y salieron a la calle para decirle que se fuera. Primero hablaron las urnas y allí donde el cacique rural no pudo manipular las urnas y las conciencias, el pueblo se expresó libremente y le dijo al monarca que había llegado la hora de la libertad, la justicia social y la igualdad. Los días que transcurrieron entre el 11 y el 14 de abril de 1931 Madrid fue El Cairo, fue Túnez, fue Ammán… Madrid fue la vanguardia de un sentimiento popular que trajo pacíficamente la II República. Otros se juegan estos días la vida para traer a sus países la democracia.

Sam Cooke

Sam Cooke

Diego Manrique escribía hoy en El País un formidable artículo sobre Sam Cooke. Lo titulaba sin riesgo de caer en el ditirambo, “La voz suprema del siglo XX”. Muchas décadas antes, cuando el cantante de Mississippi comenzaba a deslumbrar con sus portentosas aptitudes vocales, el dueño de la mítica Atlantic, Jerry Wexler, dijo de él que era “sin discusión el mejor cantante que haya existido nunca”. Su amigo James Alexander solía pregonar que Cooke era capaz de llevar a las mujeres hasta el orgasmo en los conciertos sólo con su voz, “en un estado de auténtico frenesí”. Si la música pudo alguna vez determinarse como una sinestesia, fue con Sam Cooke sobre un escenario. Pero como bien apuntaba Manrique, las circunstancias vitales de Sam Cooke conspiraron contra su recuerdo. Su trágica muerte (fue asesinado en un motel de Hollywood en diciembre de 1964 cuando sólo tenía 33 años), interrumpió abruptamente una fértil y consistente carrera musical y menguó considerablemente su influencia y reconocimiento dentro de la historia de la música. Otros vinieron detrás como Marvin Gaye, Otis Reeding, Solomon Burke, o Smokey Robinson, ungidos por un prestigio que tuvo eternas deudas pendientes con Sam Cooke, el verdadero inventor del soul.

            Manrique también recordaba acertadamente que el reconocimiento del gran público llegó muchos años después casi de manera fantasmal,  como una de esas apariciones efímeras que tienen tanto de efectista como de incierta. Fue en la película “Único testigo”, en la escena en que Harrison Ford y Kelly McGillis bailaban en un granero del poblado amish mientras en la radio del coche sonaba “Wonderful world”. Y el Sam Cooke que cantaba esa perfecta e inocente canción, era la versión más blanda y almibarada de cuantas podía ofrecer su ilimitado registro. Como tantos artistas de su tiempo, Cooke fue en demasiadas ocasiones el producto facturado por una cohorte de productores que buscaba una música comercial de consumo rápido y beneficios inmediatos.

            En esos discos Sam Cooke renunciaba forzadamente a su espíritu originario que había forjado como cantante de góspel en aquella maravillosa formación llamada “The Soul Stirres”. Lo que empezó a hacer en la edad adulta se perdía en los ignotos caminos de la industria musical, más preocupada por fabricar una estrella que un cantante. A su música la encasillaron como “sweet soul music”, un producto tan fútil como perfecto para el público blanco, que estaba dispuesto a escuchar música de negros siempre que no pareciera que la cantaba un negro. Eran los terribles años de los conflictos raciales y la lucha por la igualdad.

            En ese convulso país en el que un cantante negro podía ser un potencial líder de masas, Cooke fue trazando una trayectoria musical limitada en lo creativo por las exigencias de la industria, y en lo conceptual por la situación social y política de Estados Unidos. Pese a todo, su discografía alterna momentos intrascendentes con verdaderas joyas imperecederas de la música contemporánea. Himnos como “Bring It On Home to me” o “A change is gonna come” son rastros fehacientes de un camino que es necesario recorrer para entender la evolución de la música negra en el siglo pasado.

            Diego Manrique olvidaba, sin embargo,  la obra póstuma de Sam Cooke, el disco grabado en directo en el Harlem Square Club en 1963 (un año antes de su asesinato), y que no apareció publicado hasta 1985. Ese hallazgo tardío pero maravilloso supuso la redención a toda una carrera y el testamento musical de quien sólo se sentía libre en el escenario, cuando su voz se proyectaba libre y rebelde. En ese disco Sam Cooke se aleja del cliché de cantante pop, casi melódico, que le había hecho tan popular en su país y ofrece la auténtica medida de sus posibilidades, Y éstas eran infinitas. El soul en estado puro, sin trabas para expresarse como artista y como hombre. Fue un concierto memorable, uno de esos en los que Sam podía transportar a su público femenino hasta el orgasmo, tan sólo con su voz. También fue su venganza póstuma, servida fría 20 años después de su muerte. Para que la historia supiera quién era el verdadero Sam Cooke.

Lenguas

Lenguas

España está por inventar. España es un estado recostado en un diván en busca de su identidad. Una errante certeza geográfica carente de convicciones para consolidarse como una realidad identitaria y mental. España es un país con cuatro lenguas oficiales: el castellano, euskera, catalán y gallego. Todas son lenguas españolas. El Senado es la “Cámara de Representación territorial”, según establece el Artículo 61.1 de la Constitución, ese texto que constituye para algunos el dogma inviolable e infalible de nuestra democracia y para otros la elegía de un país irresoluble. Por lo tanto, lo ocurrido esta semana en el Senado no es más que la constatación de una indomable realidad, para ira de algunos, y la declaración de una valiosa riqueza cultural que es necesario proteger y fomentar.

            Cada vez que España intenta mudar sus hábitos para ser coherente con su realidad multinacional y plurilingüe, hay una parte de este país que saca los tanques a la calle para evitar la metamorfosis pendiente. Cada vez que intenta avanzar en el camino de la concordia entre pueblos, toca arrebato el centralismo castizo de siempre. Al modo de los numerosos monarcas españoles que se autoproclamaron a lo largo de la historia como reyes “de las Españas y las Indias”, lo ocurrido en el Senado es la expresión natural de un país cosido en los telares de la historia con hilo fino y poco tiento.

            Cuando estos días se ha recurrido al tendencioso y demagógico argumento del despilfarro que supone la traducción simultánea de las intervenciones en el Senado, se olvida conscientemente que este país tiene cuatro lenguas oficiales, tres de las cuales (vasco, catalán y gallego), son habladas por un 40% de ciudadanos españoles. Si ésta no es razón suficiente para justificar esfuerzos públicos tan razonables y escasamente gravosos para el erario público (supone el 0’7 del gasto anual del Senado), realmente tendremos que colegir que a los nacionalismos periféricos les asiste la razón en su conflicto de encaje en España.

            Lo que debería de ser una manifestación más de la riqueza cultural de este país, se utiliza desde el irredento nacionalismo español para azotar los fantasmas de la desvertebración y recuperar el melancólico “prietas las filas” en la defensa de una grande y libre. Detestar esta realidad plurinacional es en cierta medida negar la voluntad de convivencia y omitir algún derecho irrenunciable a aquellos ciudadanos españoles que se educaron en otra lengua diferente al castellano. Puede que sólo sea algo simbólico, pero símbolo es también la bandera por la que tantos consideraron a lo largo de la historia que era justo matar y honroso morir.