Labordeta, el jacetano
En el mapa sentimental de José Antonio Labordeta, fallecido el pasado 19 de septiembre, estaban marcados en rojo varios rincones de Aragón y de La Jacetania. Su cartografía vital estaría definida por coordenadas muy precisas: Zaragoza, donde nació en 1935; Belchite, el pueblo de su padre y cruel testigo de la guerra civil que tanto marco su infancia y también su pensamiento; Teruel, donde a finales de los años 60 se estrenó como profesor y como hombre público; Canfranc, escenario de los veranos de su infancia y Villanúa, lugar que eligió para construir su segunda residencia hace 40 años.
Desde el pasado 27 de noviembre el auditorio del Palacio de Congresos de Jaca lleva el nombre del cantautor. En un emotivo acto organizado por el Ayuntamiento de Jaca con la presencia de su viuda, Juana de Grandes, y de dos de sus hijas, Ángela y Paula, la primera detalló el fuerte vínculo de su padre con la Jacetania: “A mi padre le gustaba ir a Jaca, pasear por sus calles e ir a la Peña Oroel. Villanúa fue una parte fundamental de nuestra vida porque allí pasó Nocheviejas y reía con sus amigos. Canfranc también es lugar de recuerdo, y Astún y Candanchú”. El Labordeta jacetano dejó grandes amigos en nuestra comarca y sobre todo el paisaje de una vida que comenzó a descollar en los veranos de su infancia en Casa Marraco, frente a la estación internacional de Canfranc.
El alumno y el profesor
La profesora Marisa Bailo, probablemente una de las amigas más cercanas a José Antonio Labordeta, acota el territorio afectivo y asegura que “él sólo tenía raíces en Zaragoza y Canfranc. Luego las echó en Teruel y Villanúa”. Bailo fue compañera de universidad de Labordeta y de la que luego sería su mujer, Juana de Grandes, en la promoción de 1956 de la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza. Labordeta empezó Derecho pero al poco tiempo cambió de carrera. Allí surgió una amistad que se fortaleció con el paso de los años.
Marisa habla con admiración de su compañero de aula y reconoce en él el impulso intelectual que movilizó a toda su generación. “Su lucha por las libertades y por la cultura se remonta a los años de la facultad. Allí nació su compromiso a través de una personalidad que influyó en todos los que éramos sus compañeros”. En aquella promoción estaban muchos estudiantes que años después ocuparían la vanguardia intelectual y académica del país. Emilio Gastón, Mario Gaviria, Emilio Alfaro, Eduardo Martínez de Pisón o Agustín Ubieto poblaban unas aulas dirigidas por un oscuro claustro afecto al Régimen y por el temible SEU (el sindicato estudiantil falangista fundado por Primo de Rivera).
El choque de trenes era previsible. Labordeta, procedente, como él solía recordar, de una familia pequeñoburguesa republicana con poso intelectual, comenzó a trabajar en lo que hoy se llamarían actividades extraescolares. Formado intelectualmente bajo el poderoso influjo de su hermano, el gran poeta Miguel Labordeta, y moldeado en las tertulias poéticas del zaragozano Café Niké, donde nació la apócrifa Oficina Poética Internacional, Labordeta puso patas arriba la molicie intelectual que residía en aquella vetusta universidad.
Albert Camus recibió en 1957 el Premio Nobel de Literatura y ese mismo año el grupo de Labordeta organizó un ciclo de lecturas del escritor francés. También unas conferencias sobre Ortega y Gasset, fallecido dos años antes, y un ciclo de cine de Buñuel. Tanta provocación intelectual despertó las conciencias aletargadas de decenas de estudiantes de aquella facultad. De repente descubrieron que la vanguardia cultural estaba en Francia y que el mundo bullía en reflexiones sobre el sentido de la vida mientras en España la abulia corroía todo. “De Camus pasamos a Sartre, Simon de Beauvoir y el existencialismo. De Buñuel al surrealismo, y de Ortega y Gasset a la Segunda República y los intelectuales en el exilio”, recuerda Marisa Bailo.
Ese era el joven José Antonio Labordeta, un activista cultural que ocupó junto a otros compañeros la primera línea de un frente intelectual que se dividía en trincheras para combatir la maquinaria de demolición del franquismo. Desarrolló esa misma actitud en Teruel, adonde llegó en 1963 en su primer destino como profesor de geografía e historia en el instituto “Ibáñez Martín”. Los que entonces fueron sus alumnos recuerdan su bonhomía y la ruptura radical que impuso con los métodos de enseñanza de la época. Labordeta era un profesor cercano que compartía con sus alumnos espacio, inquietudes y sensibilidades. Se inspiraba en la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos y abominaba del muro generacional, clasista y pedagógico levantado entre el profesorado y su alumnado.
En Teruel Labordeta rompió barreras mentales y fraguó su aragonesismo ligado a la tierra y sus gentes, influencia directa del compañero Eloy Fernández Clemente. Luego llegarían las primeras canciones, las primeras grabaciones (Cantar i Callar, 1974), y su irrupción en el espacio público, que ya no abandonaría hasta su muerte. El resto de la trayectoria vital de Labordeta es sobradamente conocida.
La infancia, veranos en Canfranc
Contaba el poeta en su libro de memorias “Banderas rotas”, editado en 2002, que en la recepción con el Rey tras conseguir su acta de diputado por CHA en las elecciones generales de 2000, el monarca le preguntó: “Y eso de cantautor, ¿de dónde le viene? Ya ve –le respondí en broma-, de cantarles a las chicas de la Sección Femenina en Canfranc. Él se echó a reír”. Y es que la localidad altoaragonesa bien podría ser la única patria de la que hablaba Rilke, aquel universo de la infancia en el que nacieron las primeras certezas de la vida y la conciencia de una tierra y de un país sometido al yugo terrible del dictador. También la amistad con los hermanos Marraco, Santiago y Pepe, determinante en su vida.
Es posible que en Teruel se revelara definitivamente el perfil intelectual y comprometido de Labordeta. Pero fue muchos años antes, en los primeros años de la década de los 40 del pasado siglo, cuando afloró la conciencia de pertenencia a un paisaje en los largos veranos que la familia Labordeta pasó en los Arañones. Escribió Rosa Montero que “de niños nos construimos una imagen cándida del mundo que de mayores se enturbia y se marchita. De algún modo vivir es traicionarse”. Son las banderas rotas que cantó Labordeta, las “que rompió la vida, la lluvia y la ventolera de nuestra dura derrota”.
En Canfranc el niño Labordeta vivió las primeras experiencias de una sociedad fracturada y oprimida. Una sociedad de “sospechosos habituales” en la que ciudadanos como Mariano o el abuelo Hilario eran bajados arbitrariamente a la cárcel de Torrero de Zaragoza cada vez que el maquis operaba por la zona. Mientras la vieja Europa se desangraba en la segunda guerra mundial, en torno a la majestuosa estación de ferrocarril surgió un nuevo mundo y una frenética actividad.
La esvástica nazi ondeaba en el lado francés de la estación pero en Casa Marraco convivían con aparente normalidad agentes de las SS, viejos republicanos represaliados, guardiaciviles, espías aliados y fugitivos. Esa atmósfera cosmopolita y cuartelaría recibió al niño Labordeta y le marcó para siempre. El que fuera Alcalde de Canfranc y compañero de largas charradas, Víctor López, afirma que “él creía que la experiencia de la infancia en Canfranc le había aportado mucho a su formación ideológica”. Los días de aquellos veranos en Canfranc transcurrían entre tardes de monotonía y excursiones a Ordesa, el Balneario de Panticosa, Echo, la Selva de Oza o visitas furtivas a las fortificaciones de la Línea P con el aliento de la Guardia Civil en el cogote.
Labordeta ha contado en infinidad de ocasiones la amistad que surgió entre su padre y el comandante en jefe del ejército alemán destinado en Canfranc. “Una tarde mi padre paseaba por el andén de la estación con un sacerdote amigo, compañero de seminario y colega de cátedra de latín, cuando se acercó el militar nazi, muy correctamente, y en un latín purísimo les dijo que era profesor de Lenguas clásicas en la Universidad de Heidelberg; y entendiendo que al menos el sacerdote conocería el idioma, deseó saludarles y ofrecerles su amistad. Y todas las tardes, ya hiciese bueno o malo, los tres paseaban por el largo itinerario del extenso andén”. De aquellas largas conversaciones surgió una amistad que incluso perduró después de acabado el conflicto bélico.
Los alemanes se fueron y la tarde en que la colonia francesa volvió a colocar en el mástil de la estación la tricolor, “un buen número de amigos españoles estuvieron con ellos escuchando La Marsellesa que, a voz en grito, salía de las gargantas de hombres y mujeres, chicos y chicas de la nación vecina, y resonaba y retumbaba por las montañas como si todo el cielo se abriese a la esperanza”, describe Labordeta en sus memorias.
Esas montañas abruptas y descarnadas fueron para siempre un referente en el imaginario del escritor. A Canfranc le dedicó un poema en el que habla de la roca, los precipicios y el río Aragón: “Es la piedra y el reino de la piedra, lo que sobre los hombres permanece. De niño escondí en esta tierra mi inocencia, después de que la lluvia haya cesado”. Son la piedra y la estación de ferrocarril el decorado de color sepia que adquieren los recuerdos y la nostalgia. El periodista Luis Granell, amigo personal de Labordeta, rememoraba recientemente sus conversaciones sobre la anhelada reapertura: “Tenía una casita en Villanúa desde cuya terraza se tiene una hermosa vista de la ladera por la que discurre la vía, entre la estación de Villanúa y el viaducto de Cenarbe. Y muchas veces hablamos del Canfranc. Él me contaba sus viajes de antaño y yo mi ilusión por verlo abierto de nuevo al tráfico internacional. Recuerdo que alguna vez me preguntó: “¿Tú crees que alguna vez conseguiremos reabrirlo?”
La madurez y Villanúa
Porque después de Canfranc, muchos años después y seguramente por la imposición lógica del destino, Labordeta regresó al valle que surca el río Aragón para establecer su segunda residencia. Fue en Villanúa, y ya con su mujer Juana y sus hijas Ana, Ángela y Paula. Luis Terrén y su mujer Conchita Sanclemente, propietarios durante muchos años del Hotel Rocanevada y amigos de la familia, matizan que “a él le gustaba Canfranc pero siempre decía que había poco sol. Cuando llegaron en 1970 Villanúa era un desierto y en compañía de otros amigos como Santiago Marraco (con el que fundaría el PSA), su hermano Donato o Luis Gracia de Trías montaron una cooperativa y construyeron la primera urbanización de adosados junto a la carretera que sube a Francia. La llamaron Don Aire”.
Cuenta Terrén que aquella decisión le granjeó algunos reproches de los amigos de toda la vida de Canfranc. Pepe Marraco, que fue durante muchos años alcalde canfranqués, le solía preguntar con su conocida sorna: “qué José Antonio, todavía tienes la casa en Villanúa o el viento ya se te la ha llevado a Castiello”. Esa deuda moral le apretaba el zapato y aprovechaba cada ocasión para recordar a sus paisanos sus raíces afectivas. En el artículo que escribió en el programa de las últimas fiestas de Canfranc, cuando el ayuntamiento decidió poner su nombre a la calle que sube a las escuelas, Labordeta se excusó nuevamente y dejó escrito “aunque a veces resido en Villanúa, Canfranc –Los Arañones-, sigue vivo en toda mi memoria”. Seis años antes el Ayuntamiento le había nombrado Hijo Predilecto y fue el encargado de leer el pregón de aquellas fiestas.
Bajo la sombra de la imponente mole de Collarada la familia Labordeta y los amigos pasaron veranos, navidades y casi todos los periodos de ocio que le dejaba su cada vez más apretada agenda. Villanúa es clave en su producción literaria y en sus composiciones musicales. Su ya universal “Canto a la libertad” lo compuso en su casa pirenaica “una Navidad. Estaba en la cama y me surgió la letra y la melodía. Me levanté a grabarla para que no se me olvidara”.
Labordeta escribía por la noche y por la mañana tenía una rutina que apenas alteraba. Terrén recuerda que “en Villanúa buscaba la inspiración. Se levantaba tarde y lo primero que hacía era cruzar la carretera y venir a nuestro hotel a tomar el cortado o a La Estrella. Le gustaba andar pero no era montañero”. También lo corrobora Luis Granell, que se llevaba a sus hijas a esquiar a ASTUN mientras el escritor se perdía en sus costumbres: “José Antonio solía escribir por la noche, así que por las mañanas dormía hasta tarde, mientras Ana, Ángela y Paula se venían conmigo a esquiar”.
Labordeta y el Canfranc
La llegada de los Labordeta a Villanúa coincide con la última etapa de la dictadura y el despertar de los anhelos autonomistas. La reapertura del Canfranc se transforma en la bandera reivindicativa que blande el movimiento aragonesista y Labordeta es su mejor portavoz. Son años de grandes movilizaciones sociales y de posicionamiento ante la inminente desaparición del dictador. Y en La Jacetania Labordeta protagoniza numerosos actos reivindicativos que contribuyeron a forjar su leyenda. Carlos Reyes, antiguo concejal de CHA en Jaca, recuerda un concierto en Sabiñánigo en septiembre de 1975, en la víspera de los últimos fusilamientos de Franco. “El ambiente era espeso. Todos pensábamos que ese concierto no se iba a hacer pero se hizo. Labordeta salió al escenario, se quitó la camisa que llevaba y se puso otra negra de luto riguroso. Ese gesto simbólico nos envalentonó a todos, nos quitó el miedo que teníamos encima. Gestos como ese sólo lo podían hacer personajes de la talla moral de Labordeta”.
Luis Granell cuenta que “una vez que cantó en la sala grande del casino Unión Jaquesa, acudió un inspector de policía provisto de las letras de sus canciones, en folios sellados por la delegación del Ministerio de Información y Turismo. Se colocó en primera fila, debajo del escenario, siguiendo con el dedo para ver si José Antonio cantaba exactamente lo que allí estaba escrito. A pesar de que el inspector pertenecía a lo que entonces llamábamos la Secreta, sus intentos eran tan evidentes para el público como para el cantante, que alteró a idea el orden de sus canciones. Había que ver al policía, entre nervioso e histérico, intentando encontrar la canción que oía, hojas adelante, hojas atrás, o haciendo gestos para que el cantor le esperase”.
Labordeta frecuentó el ambiente de los Cursos de Verano de Jaca y reforzó sus lazos con otros lugares de la comarca. En sus memorias confiesa que “un día tendré que contar que mi primera canción, con letra y música de un servidor, la inventé e interpreté una noche de desgarro surrealista en la casa del fotógrafo Tramullas de Jaca, mientras un ilustre profesor de la nada intentaba domesticar un perro lobo que huía de él como alma que lleva el diablo”. Solía acudir a Echo a la casa de Emilio Gastón y a su borda bajo Peñaforca, donde esparcieron las cenizas del amigo comunista Vicente Cazcarra. Viajaba con cierta frecuencia a la que tenía José Carlos Mainer en Ansó, o a la que poseía en Jaca el profesor Juan José Carreras. En los primeros años de la transición Labordeta cantó en casi cada rincón de la comarca: el Instituto “Domingo Miral” de Jaca, Ansó, Echo, Canfranc… Luego, en los años 90, su voz y su guitarra se alzaron para defender la vida en el Pirineo y rechazar los proyectos hidráulicos de nuevos embalses. La Asociación Río Aragón siempre pudo contar con él y todavía suenan los ecos atronadores del concierto celebrado en enero del año 2000 en el Polideportivo de Jaca. Labordeta aseguró aquella noche: “si este concierto se hubiera celebrado en Cataluña hoy saldríamos en el Telediario nacional”.
El 25 de septiembre de 1975 el cantautor ofreció un multitudinario concierto en la puerta de las escuelas de Canfranc, al que acudió el entonces secretario general de Comisiones Obreras, el histórico Marcelino Camacho, en el primer acto en Aragón del recién legalizado sindicato. Fue el primero de otros muchos en defensa de la reapertura del Canfranc. Víctor López aprovechó la permanente disposición de Labordeta para intentar amplificar las reivindicaciones de reapertura de la línea. “Cuando él venía a Villanúa yo bajaba a verle y planeábamos qué cosas podíamos hacer. Él me ofrecía los contactos de todos sus amigos y fue entonces cuando descubrí la atracción especial que José Antonio tenía sobre todo el mundo. Él me decía, espera que llamo a Aute y le cuentas lo que quieres hacer. Y así, gracias a sus contactos, yo pude hablar con Sabina (que luego frecuentaría Villanúa durante una temporada), Rosana, Manolo García, Eva Amaral, Serrat, Ismael Serrano… todos respondían sin condiciones a su llamada”.
Por La Jacetania
Ese magnetismo de Labordeta, al que tantos se han referido en los días posteriores a su muerte, desmontaba al ciudadano de a pie y al artista consagrado. Esa infinita modestia, la ausencia de impostura en sus palabras, golpeaba en las conciencias. “Cuando Celtas Cortos estaba en lo más alto de su popularidad –señala Víctor López-, presenté a Labordeta a Jesús Cifuentes. Vi que él estaba supernervioso y al final me dijo; no sé qué tiene este hombre pero me impresiona”.
En los últimos años José Antonio Labordeta siguió prodigándose por La Jacetania, manteniendo casi intacto su ritmo de compromisos pese a la enfermedad. En 2008 recibió en el Festival de Música y Cultura Pirenaicas PIR, el Truco por su trayectoria en defensa del Pirineo. Ese año presentó en Jaca en el marco de la Feria del Libro su obra “Memorias de un Beduino, en un acto introducido por su amiga Marisa Bailo. Un año después participó con Paco Ibañez y Joaquín Carbonell en un recital en homenaje a Goytisolo y nuevamente en la Feria del Libro.
Labordeta colaboró activamente con la editorial jaquesa Pirineum. Participó en el libro colectivo “Pirineo. Un país de cuento” y en “Canfranc. El Mito”, libro por el que se confesaba fascinado. El cantautor, fiel a su estilo directo y sincero, fue el primer crítico de la joven editorial cuando en 1998 editó su primer libro “Historias de Contrabando en el Pirineo aragonés”. “El libro está bien pero tenéis que editar en un papel sin brillo para que los que hemos perdido la vista podamos leer, fue el primero comentario de José Antonio”, apunta Sergio Sánchez. Un año después dedicó una hermosa crítica al libro “Historias de maquis en el Pirineo aragonés” en la edición nacional de El Mundo.
El Labordeta cantante y escritor fue ante todo, “un amigo de sus amigos”. Así resumía su viuda, Juana de Grandes, el espíritu de quien se acababa de ir. Un hombre que nunca supo decir que no –solía bromear que si hubiera sido mujer habría sido prostituta porque no sabía decir que no-, y que se movió siempre por las causas nobles y por sus amigos. Así era Labordeta; libre, librepensador y bueno, en el sentido machadiano del término. Por eso a veces su impulso inicial, arrastrado por el compromiso de la amistad, quedaba en una ausencia cuando tiempo después había que cumplir ese compromiso. Pero era Labordeta y, como a los genios, se le perdonaba alguna informalidad porque su generosidad compensaba todo. Como sostiene Marisa Bailo, “todo lo que hizo en la vida fue por compromiso con sus amigos”. Y en La Jacetania dejó unos cuantos.
Artículo publicado en el número 230 de la revista Jacetania.
La fotografía pertenece a la presentación del libro "Orosia. Mujeres de sol a sol" (ED. Pirineum), en diciembre de 2002 en la cafetería-librería "El bandido doblemente armado" de Madrid. En la foto aparece Juan Gavasa junto a José Antonio Labordeta,Sagrario Ramírez, Ángela Labordeta, Rosa Regás y Soledad Puertólas.
Gabilondo
Se acaba este 2010 y uno tiene la sensación de que un mundo se derrumba alrededor –un mundo de convicciones y anémicas certezas-, y que somos testigos activos de un proceso revolucionario en el que buscamos de forma errática nuestra posición de acuerdo a nuestros principios. Si es que existen.
Estos días he leído “La agonía de Francia”, un lúcido análisis de los días previos a la invasión alemana escrito por ese maravilloso periodista español que siempre es necesario reivindicar, Manuel Chaves Nogales. Él es protagonista privilegiado de aquella convulsión que yuxtapuso a otra tragedia que acababa de dejar atrás: la guerra civil española. Chaves Nogales describe con su prosa vigorosa pero ágil y resuelta la crónica de una claudicación; la de la sociedad francesa ante la evidencia de la irrupción del fascismo en su peor versión.
El periodista andaluz rastrea en la sima moral abierta por una ciudadanía que decidió renunciar a los valores democráticos universales que representaba su revolución. Ellos, más que ningún otro país, tenían la obligación de defender lo que en herencia les correspondía –y que después asumieron como una conquista de la humanidad otras muchas naciones-, pero Chaves Nogales asiste desnortado a la renuncia absoluta de la población francesa. Esa pasividad complaciente de los ciudadanos facilitó la invasión de las tropas alemanas y el inicio de uno los periodos más oscuros de la reciente historia de Francia.
Chaves Nogales es especialmente severo con los ciudadanos franceses, en una medida que sólo puede explicarse desde la irrenunciable “honestidad crítica” que siempre guió su ejercicio periodístico. Esta posición le permite afirmar sin peajes morales que los políticos franceses estuvieron a mayor altura que los ciudadanos a los que representaban en aquellos días de turbación. En su análisis establece inevitables sincronías con las teorías defendidas por filósofos de la época como Ortega y Gasset y sus tesis sobre las masas.
Aquellas reflexiones sobre la responsabilidad social de los ciudadanos siguen teniendo, desde mi punto de vista, dolorosa vigencia en nuestros días. Iñaki Gabilondo, quien ayer en su despedida de CNN Plus reivindicó también su “honestidad crítica” como principal bagaje de su carrera profesional, ha disertado frecuentemente sobre el papel de la sociedad en estos tiempos de confusión, cambios y abulia. La grave crisis económica ha mudado viejos hábitos pero ha puesto también sobre el foco de la opinión pública el retrato de una sociedad democrática que ejerce poco como tal. Es una renuncia también, enmascarada en imposturas y descréditos generalizados que parecen más convenientes para la molicie general. Como escribía Daniel Pennac, fomentar la incapacidad de uno mismo resulta más cómodo y eficaz que el esfuerzo por erradicarla. Esta miasma en la que estamos enfangados facilita, desde mi punto de vista, procesos de desmovilización social, renuncias al ejercicio de la ciudadanía y la aceptación de nuevas dictaduras que no necesariamente tienen que vestir de verde.
La más atroz de esas dictaduras es sin duda, la que procede de esa entelequia llamada mercados. Hemos aceptado que no existe otro camino para resolver los problemas. Hemos renunciado a otros caminos para salir de la crisis y hemos convenido que las recetas ultraliberales que nos imponen son las únicas que pueden ser aplicadas con éxito. Nos han convencido y hemos metabolizado ese discurso. Lo hemos hecho propio. La propaganda ha tenido el mismo efecto que tuvieron las soflamas fascistas y comunistas en el primer tercio del pasado siglo. Y en este contexto social e histórico asistimos a nuevos debates que ilustran los cambios meteóricos que sufrimos. Uno de ellos es el de la cultura y su concepción mercantil en la discusión sobre la legalidad de las descargas gratuitas en internet.
Quiero referirme a la conocida como “Ley Sinde”, cuyo debate y conclusión ha reafirmado la triste realidad de la pérdida irreversible del valor de la cultura como bien social. Las generaciones que han crecido educadas en la idea de la gratuidad de la cultura ya no retrocederán en su costumbre. Considero que es una batalla perdida. Es cierto que han cambiado los hábitos de consumo cultural pero eso nunca puede suponer el cuestionamiento de la propiedad intelectual. No puede ser el usuario el que establezca las condiciones del juego con la plácida complicidad del único beneficiario de esta tropelía, el operador de telefónica.
Detrás de este conflicto existe, desde mi punto de vista, un problema de civismo y conciencia ciudadana, el derrumbamiento de unos valores que por ser cuestionados no puede considerarse que han perdido vigencia y son antiguos. Es el todo vale, la sociedad de los derechos pero ninguna obligación. No puede derrumbarse un sistema de valores construido durante décadas con el perverso argumento de que es caduco. Un argumento que esgrimen interesados los que no tienen interés en que continúe porque, fundamentalmente, pone en tela de juicio su catadura moral.
Son ellos (ese colectivo de internautas que excluye a otros millones de internatutas), de nuevo, los que establecen las normas e incluso se permiten la osada recomendación a los afectados de que busquen otras fórmulas de negocio. Que las que tenían hasta ahora ya no valen porque ha surgido una herramienta terriblemente eficaz, muy democrática e infalible de saqueo que, en realidad dicen ellos, es un canto a la libertad. Es esta sociedad empobrecida, que abarata el bien cultural hasta extremos deleznables. La sociedad de la TDT, de los frikis que decía Gabilondo. La sociedad que asiste al cierre de un proyecto periodístico honesto y de calidad como CNN Plus, mientras al mismo tiempo la tele del corazón y de Belén Estéban hace una exhibición continua de músculo en este solaz que es España.
Yo creo que el problema reside en cómo percibimos la cultura. Y tengo la sensación de que los que defienden esta barra libre tienen poco aprecio por la cultura como dinamizador social… en su libre mercadeo la han infravalorado de una manera, me temo, irreversible ante las próximas generaciones. Decía Alejandro Sanz que es la “dictadura de los señores de la red”. No quiero entrar en esas declaraciones de trazo grueso que tanto daño están haciendo al debate. Pero creo que la cuestión no debería de llevarse sólo al terreno de la legalidad sino también al de la ética y la moralidad. En definitiva, al de la propia educación.
Frecuentemente se mezcla este argumentario con el maniqueo discurso de la evolución de las tecnologías. Suelo escuchar la historia de la imprenta como ejemplo gráfico. Cuando Gutenberg inventó la imprenta acabó el trabajo de los amanuenses. Cuando se inventó el cine la radio desapareció como instrumento de ocio familiar. Cuando surgió el CD acabó la vida del vinilo y el DVD apuntilló el VHS. En todos estos casos se olvidan de matizar que lo único que cambió fue la manera de almacenar el producto cultural. En ningún momento de esos procesos históricos se cuestionó la propiedad de los derechos sobre ese producto.
La aparición de internet, las descargas libres y el tráfico de documentos no puede soportar la falaz idea de que, abiertas las puertas del campo, ya no existen normas ni leyes que protejan a los dueños de esas propiedades. Deberán de buscarse otras fórmulas para seguir viviendo porque nosotros, los internautas, (un concepto que me empieza a sonar tan fraudulento como el de los mercados) hemos encontrado las nuestras para robarles impunemente. Por supuesto, esta barra libre sólo está vigente para los bienes culturales. El resto, hasta la última cerveza que nos tomemos una noche de jarana, la pagaremos como es debido.
Los que han aplaudido el fracaso de la Ley Sinde (que yo soy incapaz de defender ni de cuestionar), consideran que ha sido un triunfo de sus postulados. Ha sido una enmienda a la totalidad que confirma que un mundo ha muerto y que el que le ha sustituido no admite nuevas normas. Es interesante, como recordaba hoy el director Nacho Vigalondo (una de las voces más moderadas en este debate), que los que han atacado el texto de la Ley se apoyaban en otras leyes como la de Propiedad Intelectual de 1987 para protegerse de la posible ilegalidad de sus acciones. Es decir; proclaman que el viejo régimen ha muerto y que la industria audiovisual tiene que asumirlo y adaptarse, pero ellos siguen rigiéndose por leyes creadas en un tiempo en el que ni había ni se esperaban noticias de internet.
Este complacido conservadurismo parece la rutina del sacacuartos de toda la vida. La apelación de los internatutas (yo también lo soy pero nunca me han consultado), a la Ley de derecho a copia privada que se estableció en 1995 sólo puede causar bochorno. Sin profundizar en el hecho de que el reconocimiento a esta marco legal supone también, implícitamente, la asunción del delito. Aunque no se manifieste explícitamente. En la apropiación de la ley existe la constatación de la prueba. Es evidente que estamos inmersos en plena revolución. Somos testigos presenciales del profundo y vertiginoso cambio que está experimentando nuestra sociedad. Tan vertiginoso que no tenemos tiempo para digerirlo. Y tendrán que pasar unas décadas para que podamos analizar con perspectiva la magnitud de estos cambios y, sobre todo, cuál fue nuestro papel en mitad de este nuevo escenario. Necesitamos tiempo y distancia para reflexionar sobre nuestras responsabilidades.
Sería ingenuo mantener posturas reaccionarias y anhelar una sociedad petrificada como si fuera un cuadro de Magritte. Hay que asumir la nueva realidad pero no desprenderse de los valores que nos constituyen como tal. Eso nunca pasa de moda. Internet es una maravillosa herramienta de difusión cultural, uno de los mejores inventos de la humanidad. Y gracias a él muchos creadores anónimos han podido divulgar su obra y darse a conocer fuera de los anquilosados circuitos convencionales. Pero esta verdad considero que no puede interpretarse como el final de un tiempo en el que la cultura era un bien por el que había que pagar, como se paga la barra de pan o el coche que conducimos. Pienso que el conflicto nació cuando el ciudadano, escondido en el anonimato de la intimidad de su casa, descubrió fascinado la posibilidad de llevarse gratis lo que antes debía de pagar. El problema es de la industria discográfica, de los legisladores, de las compañías telefónicas, de los creadores… De acuerdo. Pero el problema lo creamos nosotros, los ciudadanos. La última versión del Lazarillo.
Mari Chuana
Ya está en la calle mi primera incursión en la literatura infantil. Se trata del segundo título de la colección "Mari Chuana" que edita Sua Edizioak de Bilbao. Es un cuento ambientado en el Monasterio de Piedra, ese mágico oasis zaragozano que me sigue fascinando como el primer día. La colección, que inauguró Sergio Sánchez con Mari Chuana en Ordesa, quiere mostrar a los más pequeños los rincones más bellos y emblemáticos de nuestro territorio. Una forma didáctica y amena de despertar el amor por la tierra. Espero que así sea.
Fermín Galán
El 12 de diciembre de 1930 la plaza militar de Jaca se sublevó contra la monarquía de Alfonso XIII y proclamó la II República. Los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández lideraban una insurrección en la que estaban implicados numerosos elementos civiles del pueblo. El alzamiento de Jaca formaba parte de una operación a nivel nacional en la que estaba implicada casi toda la oposición antialfonsina. Sin embargo, desde Madrid se decidió aplazar a última hora el levantamiento pero el emisario enviado a Jaca para frenar a Galán no llegó a tiempo. La sublevación de Jaca había comenzado pero estaba abocada al fracaso porque era un hecho aislado. Pese a todo, Galán, principal responsable de la insurrección jaquesa, mantuvo sus planes y entregó el nuevo poder al empresario local Pío Díaz, que se convirtió por unas horas en alcalde republicano.
A mediodía de ese 12 de diciembre la columna partió hacia Huesca por carretera y por tren. A esas alturas las tropas leales ya se habían movilizado y preparaban el choque con los sublevados. Después de un tortuoso trayecto, estos llegaron por la noche a Ayerbe en medio de los vítores de la población. Al amanecer reemprendieron la marcha y cerca de la ermita de Cillas, en la entrada a Huesca, fueron reprendidos por las fuerzas monárquicas, más numerosas y pertrechadas. El sueño republicano acabó de un plumazo. Galán y García Hernández fueron sometidos a un juicio sumarísimo y condenados a muerte. En la mañana del domingo día 14 de diciembre fueron fusilados. La renqueante monarquía de Alfonso XIII acababa de firmar con esas muertes su propia sentencia. Cuatro meses después la República llegó a través de unas elecciones municipales y el rey tuvo que exiliarse. Galán y García Hernández, los mártires de Jaca, se erigieron de inmediato en el símbolo del nuevo régimen.
Por tierra de Cajal
Este artículo que publiqué en el número 72 de la revista "El Mundo de los Pirineos" ha sido galardonado con el "Premio Félix de Azara" en el apartado de comunicación.
Hay un viento matutino que golpea cada día suavemente las tierras del Reino de los Mallos. Lo llaman “Alaniés” y es el causante de la extraordinaria luminosidad del lugar y de la pureza de su atmósfera. Este aire dulcifica el clima hasta extremos inverosímiles en el Altoaragón y facilita la producción de vino y aceite, la observación de rapaces, la escalada o el senderismo. A ello se une un patrimonio cultural de primera magnitud que ha acabado por convertir el territorio en un próspero polo de atracción turística.
Lo que se conoce por arte del márquetin como “Reino de los Mallos” tiene un poso histórico que le concede cierto rigor y sustancia. El territorio que limita al norte con las sierras de San Juan de la Peña, Oroel y el Puerto de Santa Bárbara y al sur con la ciudad de Huesca, fue en época medieval un efímero reino surgido de un gesto de amor. El rey Pedro I dejó en 1097 en herencia a su segunda esposa, doña Berta Cruz, un territorio que comprendía los mallos de Riglos y su entorno. Era la dote más hermosa de sus vastas posesiones. Tiempo después Alfonso I el Batallador reintegró el pequeño lugar en el Reino de Aragón, frustrando la última voluntad de su hermano.
Aquellos mallos enigmáticos y grandiosos son hoy el icono principal en torno al que se ha construido la nueva marca turística. Pero sería un error pensar que el valor de la zona sólo se limita a su inquietante orografía y a su intrincado pasado. En la última década sus habitantes han sido capaces de modificar un destino que parecía irreversible y han logrado hacer de la necesidad virtud y recuperar la economía de la zona. Hace 20 años se modernizó la N 330 por el puerto de Monrepós y supuso la puntilla para la carretera autonómica 132, eje vertebrador del territorio de los Mallos y hasta entonces conexión principal con el Pirineo. El tráfico derivó a la nueva vía y la otrora transitada carretera prácticamente cayó en el olvido.
La crisis provocó la catarsis y la puesta en valor de un potencial que nunca hasta entonces había sido necesario explotar. Ahora ha dejado de ser zona de paso para convertirse en destino. La apuesta por un turismo diversificado y renuente a la masificación ha obrado el milagro. En una década ha cambiado profundamente la economía y el paisanaje de la zona. Los tipos con neopreno que se lanzan por las turbulentas aguas del Gállego se mezclan con los circunspectos ornitólogos; los escaladores de siempre conviven ahora con los amantes del enoturismo y con los que se pierden por las suaves laderas del entorno en busca de setas. En el Reino de los Mallos se produce vino (hay 3 bodegas), el río ha generado una potente estructura de empresas de aventura que da trabajo estable durante casi todo el año, se ha fomentado un elitista turismo ornitológico y gastronómico, y ha adquirido una nueva proyección el valiosísimo patrimonio monumental, manifestado principalmente en el Castillo de Loarre y la Colegiata de Bolea. Hay un dato que resume definitivamente la magnitud del cambio: hace 10 años no había ninguna habitación con baño y ahora hay más de 300 en los nuevos hoteles y casas de turismo rural que se han abierto. Como afirma José Antonio Sarasa, Alcalde de Ayerbe, “hace una década pensábamos que nos íbamos a quedar solos y ahora no dejamos de crecer”.
El Reino de los Mallos está situado geográficamente en el pre-Pirineo pero ha mantenido históricamente importantes lazos económicos, sociales y culturales con la gran cordillera. Su proximidad y el empaque que le conceden los mallos de Riglos y Agüero le ubican sin discusión en ese universo montañero por el que tantos suspiran.
Aunque administrativamente pertenece a la comarca de la Hoya de Huesca, lo cierto es que tradicionalmente ha tenido una personalidad propia que ha sabido difundir con la poderosa presencia de las moles graníticas. En la actualidad la zona está formada por los municipios de Agüero, Ardisa, Ayerbe, Biscarrués, Bolea, Riglos, Loarre, Loscorrales, Lupiñén, Murillo de Gállego, Puendeluna y Santa Eulalia de Gállego. Se trata de un territorio de grandes contrastes que transita entre los paisajes abruptos del norte y los sinuosos perfiles del pantano de la Sotonera, zona de paso de las grullas e importante reserva natural.
Todos los pueblos de la zona ofrecen un importante legado monumental y un catalogo más que respetable de ejemplos de arquitectura tradicional. Se hace indispensable una visita a la bella iglesia de San Salvador de Agüero (S.XI), con su hermoso retablo barroco, o a la de Murillo de Gállego, de imponentes dimensiones. Son, tan sólo, dos ejemplos de un rico patrimonio que incluye además decenas de pequeñas ermitas que han sido restauradas con cuidado en los últimos años.
Ayerbe ha sido históricamente el centro neurálgico de la zona y una de las localidades más prosperas de la provincia. Hoy está volcada en el turismo y en una discreta actividad agrícola. Su feria fue en tiempos un verdadero acontecimiento social y económico que reunía a gentes de todo el entorno. Las fotos en blanco y negro de hace un siglo muestran un hervidero de gente haciendo transacciones de dinero, de ganado y de materias primas. Todo eso es ahora tan solo un rumor en la memoria pero las dos plazas contiguas de Ayerbe siguen imponiendo. El Palacio renacentista de los Marqueses de Urriés (s.XV), separa los dos espacios y le otorga cierta distinción al lugar. Se trata de una valiosa pieza de arquitectura civil aragonesa que está siendo rehabilitada para diversos usos públicos y privados. Los Urries fueron una de las familias más poderosas e influyentes en tiempos del emperador Carlos I. Como establecen los códigos de poder, en su árbol genealógico enraizaban militares, empresarios, curas e incluso obispos.
Junto al Palacio se encuentra la Torre del Reloj, un edificio exento levantado en 1798 que permanece inalterado pese a los avatares de la historia y su aparente fragilidad. La iglesia de Ayerbe está dedicada a San Pedro. Fue construida en el siglo XVI y es llamativa la ausencia de campanario, por lo que los ayerbenses escuchan las campanas de la torre de San Pedro, adosada a los restos de la antigua colegiata, y miran la hora en la Torre del Reloj de la plaza. En lo más alto del cerro sobre el que se esparce el casco urbano de Ayerbe, se conservan los restos del que fuera el castillo musulmán más septentrional de la península.
Las historias de Ayerbe se entreveran bajo el sol impenitente que golpea en la plaza. Por sus calles correteó el Premio Nobel, Santiago Ramón y Cajal, que vivió aquí su infancia (1860-1869), y dejó deliciosas anécdotas de ese tiempo en su célebre biografía. La casa familiar es hoy un Centro de Interpretación sobre la vida del científico, en el que tienen tanto peso sus correrías por las tapias del cementerio de Ayerbe como sus primeras aproximaciones al complejo interior del cerebro humano.
Junto a la antigua vivienda de los Cajal abrió sus puertas hace casi 20 años Casa Ubieto, un establecimiento de alimentación que, en realidad, es el punto de referencia para quienes quieren adentrarse por primera vez en el territorio. Emilio Ubieto es una caja de sorpresas. Llegó a Ayerbe atraído por el mundo de la micología, del que es uno de los expertos más reputados, y acabó desarrollando múltiples facetas al estilo del hombre renacentista. Es el organizador de las afamadas “Jornadas Micológicas” de Ayerbe que se celebran en octubre, y su libro “Trufas. Guías y recetas” recibió en 2007 el prestigioso Premio Gourmand al “Mejor libro de cocina innovadora del Mundo” y al “Mejor libro de fotografía en lengua española”. Su tienda tiene probablemente la mejor selección de títulos sobre micología de todo el país y la única temática dedicada a Ramón y Cajal. Un espacio que proyecta el sabor de los viejos colmados pero con hechuras de templo del gourmette. “Promovemos los productos de la zona; el vino, la miel, el chocolate… porque son realmente excelentes. Tenemos que recuperar nuestra autoestima”.
La conversación con Emilio fluye de un rincón a otro con asombrosa facilidad. Habla del espectáculo de los almendros en flor que cautivó al director británico Ridley Scott cuando en 2004 grabó en Loarre el “Reino de los Cielos”. Reflexiona sobre las huellas descarnadas que dejó la Guerra Civil en toda la zona y atisba signos de esperanza cada vez que un nuevo forastero decide instalarse en algún pueblo del entorno. El último de ellos es un profesor de la Sorbona de París y su mujer, entregados a un estudio sobre la etnociencia y la etnología de la comarca.
Ayerbe es el punto de partida de todos los caminos. Desde aquí se toma la carretera que conduce a las faldas de los mallos de Riglos, siempre deslumbrantes y sobrecogedores. Al otro lado del río Gállego se erigen los de Agüero, más discretos y contenidos. Ambos son un lugar de peregrinación para los aficionados a la escalada en roca y un paraíso ornitológico. Recientemente se ha puesto en funcionamiento el Centro ARCAZ de Riglos para la observación de aves rapaces y la educación medioambiental. La instalación forma parte del proyecto de cooperación conocido como “Vultouris”, en el que participan también los centros pirenaicos de la Foz de Lumbier y Aste-Beon en el Valle de Ossau.
El río Gállego se desvía a la altura de Ayerbe y continúa su curso hacia Biscarrués. El nombre de esta localidad se ha asociado en los últimos años al proyecto de embalse que amenaza el futuro de la zona. Los vecinos lideraron una frontal oposición que obligó a la administración a reconsiderar el proyecto original, que anegaba el casco urbano de la localidad y arruinaba el negocio de las empresas de aventura. Lola Giménez, portavoz de la “Coordinadora Biscarrués”, asegura que el nuevo proyecto “sigue inundando todo el cañón de aguas bravas, lo que en la práctica supone acabar con uno de los medios de vida más estables de la zona”. Así lo confirma Gustavo Ortas, presidente de la Asociación de Empresas de Aventura, quien recuerda que en un reciente estudio socieconómico de la zona quedaba constatado que la influencia del sector en el territorio era fundamental para mantener la población y cifraba el impacto económico entre los 6 y los 9 millones de euros.
Un impacto también relevante es el que generan los dos grandes monumentos de la zona. El Castillo de Loarre es la joya de la corona. Su primoroso estado de conservación –es la fortaleza románica mejor conservada de Europa- y su privilegiada posición sobre un promontorio de vistas inabarcables lo consolidan en la lista de los monumentos más valorados de todo el país. El lugar es fascinante. Desde su posición se puede controlar la extensa llanura de la Hoya de Huesca, y no es difícil imaginar la tensión con la cercana Bolea, la principal plaza musulmana en este extremo de la Marca Superior de Al-Andalus.
En esta localidad se esconde otro de los tesoros del patrimonio de Huesca, la Colegiata de Santa María. Levantada en el siglo XVI, acoge en su interior el maravilloso retablo mayor, considerado una obra maestra de la pintura española del Renacimiento. Pedro Bergua, Presidente de la Comarca de La Hoya y fundador de la “Asociación de Amigos de la Colegiata de Bolea”, explica con pasión los arcanos del templo, al que ha dedicado parte de su vida. Le ha tocado de todo, desde recoger restos humanos de una cripta hasta hacer labores de peón. En realidad, su perfil político se diluye cuando ejerce de cicerone; “la Colegiata y su retablo es una de las grandes joyas de nuestro patrimonio y no podemos olvidar que ha sido la iniciativa ciudadana la que evitó en su día que el templo acabara prácticamente en ruinas”.
La reflexión adquiere el aire de metáfora vinculada con el propio territorio del Reino de los Mallos. Los años de incertidumbre que cayeron sobre la zona parece que se están superando como si se tratara de un monumento en proceso de restauración. Por toda la zona se suceden las obras de rehabilitación de iglesias y ermitas (Marcuello, Agüero, Mueras, Concilio, Santa Águeda…), los planes de dinamización y los proyectos empresariales que responden a una idea de país basada en la prudencia y la austeridad. Como indica Silvia Fernández, gerente del Plan de Dinamización Turística que destina 3 millones y medio de euros a inversiones en la zona, “tenemos que coger nuestros recursos y ponerlos en valor para creer en nosotros mismos”.
Voto femenino
El 19 de noviembre de 1933, los colegios electorales abrieron sus puertas para celebrar unos comicios con una novedad trascendental: las mujeres participaban con su voto en unas elecciones generales. Antes que Francia, Bélgica o Italia, la II República española reguló su derecho al voto como dictaba la Constitución de 1931 en su artículo 52: “El Congreso de los Diputados se compone de los representantes elegidos por sufragio universal, igual, directo y secreto”.
El debate parlamentario, liderado por Clara Campoamor, sobre la participación de las mujeres como electoras en igualdad de condiciones con los hombres, hizo difícil el trámite. La oposición al voto femenino utilizó desde distintas posiciones políticas todo tipo de argumentos; desde el puro machismo, el miedo a la manipulación del voto femenino por parte de los sacerdotes católicos o la concepción de una España que todavía no estaba preparada para ese cambio.
Independientemente de aquel debate, de la victoria de la CEDA y de lo injustos que fueron ciertos sectores progresistas con Clara Campoamor; aquel 19 de noviembre se celebraron unas elecciones totalmente democráticas. Pero ¿por qué esa fecha no es conmemorada por las instituciones?
Con la muerte del dictador Francisco Franco se abrió la posibilidad de recuperar la democracia, algo por lo que habían luchado durante la dictadura muchos hombres y mujeres que no tienen fotografía en ningún libro de historia. Quienes pilotaron el proceso, o bien debían cambiar de chaqueta y de camisa, o bien, desde la oposición al franquismo y después de 40 años de dictadura, sólo tenían en mente conseguir la democracia. A costa de muchas renuncias o con objetivos de promoción personal borraron conscientemente el pasado democrático.
De ese modo construyeron en tiempo real el mito de la Transición; muy alto y muy frondoso para que cuando la sociedad mirase hacia atrás no pudiera ver que la Transición española a la democracia ocurrió en los años treinta. Así la paternidad y la maternidad de esas libertades políticas podía ser ocupada por representantes de luchadores antifranquistas y usurpada por antidemócratas disfrazados de constructores de libertades.
La ocultación de ese proceso, la negación de su existencia, ha tenido diversos efectos perversos, entre ellos el de convertir la dictadura franquista en “la transición a la Transición”, con todo lo que tiene de edulcorante esconder el aplastamiento de aquella primera democracia. Borrando ese pasado, ocultando ese precedente, resultaba natural que no se depurasen los principales aparatos del Estado, porque eran ellos los que habían propiciado las condiciones que convirtieron el franquismo, de la noche a la mañana, en una democracia ejemplar.
Así tenemos hoy a eminentes franquistas formando parte de la vida pública, capitaneados por Manuel Fraga, capaz de afirmar hace unos años que el siglo XX había comenzado en España en 1936. El asesinato de miles de civiles y toda la represión generada por el franquismo era lo que había modernizado este país. ¿Qué ocurriría en Alemania si alguien sostuviera que en 1933, con el ascenso de Hitler al poder, llegó la modernidad? Los casos son numerosos y algunos igual de relevantes, como el de Rodolfo Martín Villa, que de la camisa azul y el brazo en alto pasó a ejercer tras la muerte del dictador una forma de guerra sucia y aún hoy mantiene el discurso de que en el franquismo todos fuimos víctimas.
La partida de nacimiento de nuestra democracia sufrió numerosos tachones en la segunda mitad de los setenta, con el objeto de asignar el honor de su origen a quienes no hicieron nada por favorecer el regreso de las libertades hasta asegurar su impunidad y la continuidad de sus privilegios.
Se trata de una ocultación que continúa. En 2008 mi hija estudiaba cuarto de primaria. En su libro de Conocimiento del Medio había un capítulo dedicado a las instituciones. En el apartado relativo al Congreso de los Diputados se decía que las primeras elecciones democráticas con voto masculino y femenino se habían celebrado hacía “más o menos 75 años”. ¿Para averiguarlo era necesaria una prueba de carbono 14 o bastaba con ir a una hemeroteca o a algún libro de historia y localizar la fecha exacta? Entonces, ¿por qué esa imprecisión a la hora de enseñar esa fecha tan importante? ¿Por qué no decir que esos comicios se celebraron durante la Segunda República?
Según los franquistas iban creando las condiciones para su ingreso impune en la democracia, los paladines de las ciencias sociales dieron continuidad a los trabajos de Juan José Linz, que bautizó la dictadura del general Franco como “régimen autoritario”; es decir, casi democrático. Politólogos, sociólogos y periodistas comenzaron a construir una historia a la medida de los padres e hijos del franquismo y de una monarquía que debía inventar una imagen democrática después de que Juan Carlos de Borbón hubiera ido de la mano del dictador durante años.
En este contexto, el proceso de recuperación de la memoria iniciado hace unos años tiene entre sus objetivos reconocer que el origen de nuestra democracia está en el año 1933, momento en el que de verdad entró nuestro país en el siglo XX. Eso hace que al ver los crímenes del franquismo se exija justicia o, al conocer el abandono y el desprecio que han padecido por los padres y las madres de nuestro primer periodo democrático, se sienta que se ha llevado a cabo una usurpación de sus logros y sus luchas.
Sólo falta esperar a que las instituciones liberen la historia, dejen de utilizarla para el embellecimiento de dudosas biografías y conmemoren una fecha que fue un paso para la humanidad y un gran salto para nuestra sociedad.
Emilio Silva es presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Artículo publicado en Público.
Sahara
Los políticos siempre acaban siendo una decepción. Quizá el problema es nuestro, de los ingenuos ciudadanos que primero nos entusiasmamos y después caemos en el desencanto, sumidos en una melancolía que todavía no somos capaces de reconocer a la legua. Esta partitocracia de mercachifles, vendedores de humo y profesionales de la nada nos ha vuelto a engañar. Un amigo me recordaba el otro día que un conocido italiano suyo solía calmar su decepción diciéndole: “tranquilo que los españoles sois unos demócratas muy jóvenes. Con el tiempo os acostumbrareis a todo”.
Efectivamente, la cultura democrática española es tan anémica como lo fue su Ilustración o su revolución Industrial. Siempre hemos llegado tarde a casi todo y cuando fuimos pioneros en algo lo hicimos a golpe de sable y crucifijo, incapaces de reprimir nuestras pulsiones siquiera para llevar la pragmática diplomacia al otro lado del charco. Nosotros, los españoles, somos nuestro principal problema.
El cinismo del gobierno de Zapatero con el conflicto del Sahara sólo se puede medir en términos de infinita desvergüenza moral y profunda irresponsabilidad. Al no condenar la actuación represiva del gobierno marroquí en el campamento de Gdeim Izik –con varios muertos, entre ellos un ciudadano español-, instala su retórica política en el mismo registro que la de Batasuna. Es decir; la formación abertazle sigue ilegalizada por no condenar el terrorismo de ETA pero el gobierno español se niega a condenar la violencia de estado del gobierno marroquí y se limita a lamentar los hechos. Sorprendentemente, el arsenal semántico es el mismo.
¿Con qué autoridad moral se podrá exigir a Batasuna a partir de ahora que condene la violencia? ¿Cómo explicar que los intereses de estado están por encima de los derechos humanos? ¿Cómo explicar la ausencia de una condena enérgica al trato recibido por los periodistas españoles desplazados la semana pasada a El Aaiun? ¿Cómo explicar tanta decepción?
La ministra de cultura Ángeles González Sinde instaba ayer a moderar las declaraciones públicas de unos y otros y dejar hablar solo a los expertos en el tema. Curioso razonamiento. Hay aspectos de la vida que no pertenecen a territorios ignotos, están muy cerca de nosotros, en el sentido común y la decencia. Busco la sensatez y soy consciente de que, como en todo conflicto bélico, las fuentes de información siempre llegan infectadas por la propaganda. Ésta es una herramienta más, incluso más poderosa que el armamento. Supongo que desde el colectivo Resistencia Saharaui y el Frente Polisario se está mezclando la verdad con dosis de eficaz propaganda para que resuene el eco de sus históricas y despreciadas reivindicaciones. Dada la terrible situación del pueblo saharaui no cabe más que la comprensión y el apoyo.
Marruecos, donde ha crecido toda una generación de ciudadanos ajena al conflicto, convencida de que el Sáhara es territorio marroquí, la estulticia de su monarquía y de su gobierno no es más que fiel heredera de aquella Marcha Verde de 1975 que acogotó a un gobierno español arrumbado por un caudillo agonizante, origen de todo lo que ha pasado en las últimas décadas.
De nuevo el gobierno español se retrata ante Marruecos. En el primer tercio del siglo XX fue la monarquía de Alfonso XIII la que utilizó el viejo protectorado para el lucro de las oligarquías dominantes. La explotación y protección de las minas del conde de Romanones llevó a la muerte a miles de ciudadanos españoles en una guerra eterna escondida en falsos intereses generales. La Semana Trágica de Barcelona en 1909 fue el detonante de una revuelta social que se resistía a que los pobres pusieran los muertos para que los poderosos recogieran el dinero.
Hoy los intereses parecen más sofisticados. Pero el razonamiento es el mismo y el resultado no ha variado. El pueblo saharaui es el triste damnificado de unos juegos diplomáticos en los que el individuo no es más que una pieza. A veces sirve para ganar la partida pero casi siempre es un estorbo que hay que retirar.